MIL MESETAS

Capitalismo y esquizofrenia


Gilles Deleuze Félix Guattari


Traducción de José Vázquez Pérez

con la colaboración de Umbelina Larraceleta


PRE-TEXTOS

La traducción de este libro ha contado con una ayuda del

Ministerio de Cultura Francés


La reproducción total o parcial de este libro, no autorizada por los editores, viola derechos reservados. Cualquier utilización debe ser

previamente solicitada.


1a Edición: mayo 1988 2a Edición: marzo 1994 3a Edición: julio 1997 4ª Edición: marzo 2000

5a Edición: octubre 2002 6a Edición: septiembre 2004


Título de la edición original en lengua francesa:

Mil plateaux (capitalisme et schizophrénie)


Traducción: José Vázquez Pérez

con la colaboración de Umbelina Larraceleta Diseño cubierta: Pre-Textos (S. G. E.)

© Les Editions de Minuit, París, 1980

© de la presente edición:

PRE-TEXTOS, 2004

Luis Santángel, 10

46005 Valencia


IMPRESO EN ESPAÑA / PRINTED IN SPAIN

ISB: 84-85081-95-1 DEPÓSITO LEGAL: V.3555-2004


T.G. RIPOLL, S.A. - TEL. 96 132 40 85 - POL. IND. FUENTE DEL JARRO 46988 PATERNA (VALENCIA)


SUMARIO


Pág.


PREFACIO..................................................................................................


1. INTRODUCCIÓN: RIZOMA.................................................................

2. 1914 - ¿UNO SÓLO O VARIOS LOBOS?...........................................

3. 10.000 a J.C. - LA GEOLOGÍA DE LA MORAL...............................

  1. 20 noviembre 1923 -POSTULADOS DE LA LINGÜÍSTICA.........

  2. 587 a J.C. - SOBRE ALGUNOS REGÍMENES DE SIGNOS.........

  3. 28 noviembre 1947 - ¿CÓMO HACERSE UN CUERPO SIN ÓRGANOS?................................................................................................

7. AÑO CERO – ROSTRIDAD..................................................................

8. 1874 - TRES NOVELAS CORTAS O ―¿QUÉ HA PASADO?‖......

9. 1933 - MICROPOLÍTICA Y SEGMENTARIDAD...........................

10. 1730 - DEVENIR-INTENSO, DEVENIR-ANIMAL, DEVENIR-IMPERCEPTIBLE.....................................................................................

11. 1837 - DEL RITORNELO.......................................................................

12. 1227 - TRATADO DE NOMADOLOGÍA: LA MÁQUINA

DE GUERRA.............................................................................................

13. 7.000 a. J.C. - APARATO DE CAPTURA............................................

14. 1440 - LO LISO Y LO ESTRIADO.......................................................

15. CONCLUSIÓN: REGLAS CONCRETAS Y MÁQUINAS ABSTRACTAS....................................................................................................


ÍNDICE DE REPRODUCCIONES.....................................................

8


9

33

47

81

117


155

173

197

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239

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359

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511


523


PREFACIO


Este libro es la continuación y el fin de Capitalismo y esquizofrenia, cuyo primer tomo fue El anti-edipo.

No está compuesto de capítulos, sino de ―mesetas‖. Más adelante trataremos de explicarlo (y también por qué están fechados los textos). Estas mesetas pueden ser leídas, en cierta medida, independientemente las unas de las otras, salvo la conclusión que no debería serlo hasta el final.

Fueron ya publicadas: «Rhizome» (Ed. de Minuit, 1976) (trad. cast. ed. PRE-TEXTOS, 1977), «Un seul ou plusiers loups?» (revue Minuit, n.° 5), «Comment se faire un corps sans organes?» (Minuit, n.° 10). Retomadas y modificadas en este volumen.


I INTRODUCCIÓN: RIZOMA



El Anti-Edipo lo escribimos a dúo. Como cada uno de nosotros era varios, en total ya éramos muchos. Aquí hemos utilizado todo lo que nos unía, desde lo más próximo a lo más lejano. Hemos distribuido hábiles seudónimos para que nadie sea reconocible. ¿Por qué hemos conservado nuestros nombres? Por rutina, únicamente por rutina. Para hacernos nosotros también irreconocibles. Para hacer imperceptible, no a nosotros, sino todo lo que nos hace actuar, experimentar, pensar. Y además porque es agradable hablar como todo el mundo y decir el sol sale, cuando todos sabemos que es una manera de hablar. No llegar al punto de ya no decir yo, sino a ese punto en el que ya no tiene ninguna importancia decirlo o no decirlo. Ya no somos nosotros mismos. Cada uno reconocerá los suyos. Nos han ayudado, aspirado, multiplicado.

Un libro no tiene objeto ni sujeto, está hecho de materias diversamente formadas, de fechas y de velocidades muy diferentes. Cuando se atribuye el libro a un sujeto, se está descuidando ese trabajo de las materias, y la exterioridad de sus relaciones. Se está fabricando un buen Dios para movimientos geológicos. En un libro, como en cualquier otra cosa, hay líneas de articulación o de segmentaridad, estratos, territorialidades; pero también líneas de fuga, movimientos de desterri-

torialización y de desestratificación. Las velocidades comparadas de flujo según esas líneas generan fenómenos de retraso relativo, de viscosidad, o, al contario, de precipitación y de ruptura. Todo eso, las líneas y las velocidades mesurables, constituye un agenciamiento (agencement). Un libro es precisamente un agenciamiento de ese tipo, y como tal inatribuible. Un libro es una multiplicidad. Pero todavía no sabemos muy bien qué significa lo múltiple cuando cesa de ser atribuido, es decir, cuando es elevado al estado de sustantivo. Un agenciamiento maquínico está orientado hacia los estratos, que sin duda lo convierten en una especie de organismo, o bien en una totalidad significante, o bien en una determinación atribuible a un sujeto; pero también está orientado hacia un cuerpo sin órganos que no cesa de deshacer el organismo, de hacer pasar y circular partículas asignificantes, intensidades puras, de atribuirse los sujetos a los que tan sólo deja un nombre como huella de una intensidad. ¿Cuál es el cuerpo sin órganos de un libro? Hay varios, según la naturaleza de las líneas consideradas, según su concentración o densidad específica, según su posibilidad de convergencia en un

―plano de consistencia‖ que asegura su selección. En este caso, como en otros, lo esencial son las unidades de medida: cuantificar la escritura. No hay ninguna diferencia entre aquello de lo que un libro habla y cómo está hecho. Un libro tampoco tiene objeto. En tanto que agenciamiento, sólo está en conexión con otros agenciamientos, en relación con otros cuerpos sin órganos. Nunca hay que preguntar qué quiere decir un libro, significado o significante, en un libro no hay nada que comprender, tan sólo hay que preguntarse con qué funciona, en conexión con qué hace pasar o no intensidades, en qué multiplicidades introduce y metamorfosea la suya, con qué cuerpos sin órganos hace converger el suyo. Un libro sólo existe gracias al afuera y en el exterior. Puesto que un libro es una pequeña máquina, ¿qué relación, a su vez mesurable, mantiene esa máquina literaria con una máquina de guerra, una máquina de amor, una máquina revolucionaria, etc..., y con una máquina abstracta que las genera? A menudo, se nos ha reprochado que recurramos a literatos. Pero cuando se escribe, lo único verdaderamente importante es saber con qué otra máquina la máquina literaria puede ser conectada, y debe serlo para que funcione. Kleist y una loca máquina de guerra, Kafka y una máquina burocrática increíble... (¿y si después de todo se deviniese animal o vegetal gracias a la literatura —que no es lo mismo que literariamente—, acaso no se deviene animal antes que nada por la voz?). La literatura es un agenciamiento, nada tiene que ver con la ideología, no hay, nunca ha habido ideología.

Nosotros no hablamos de otra cosa: las multiplicidades, las líneas, estratos y segmentaridades, líneas de fuga e intensidades, los agenciamientos maquínicos y sus diferentes tipos, los cuerpos sin órganos y su construcción, su selección, el plan de consistencia*, las unidades de medida en cada caso. Los estratómetros, los deleómetros, las unidades CsO de densidad, las unidades CsO de convergencia no sólo


* Hemos traducido plan de consistance (o de inmanence) por plan de consistencia (o de inmanencia). Y lo hemos hecho así para mantener la oposición entre ese plan y el plan de organización y de desarrollo (de transcendencia). Pero no hay que olvidar que plan, en francés, significa a la vez ―plan‖ y ―plano‖, y que siempre que Deleuze habla de plan de consistance (o de inmanence) también está hablando de un plano, puesto que, según él, ese ―plan de consistencia‖ es un plano en sentido geométrico. (N. del T.).

cuantifican la escritura, sino que la definen como algo que siempre es la medida de otra cosa. Escribir no tiene nada que ver con significar, sino con deslindar, car-tografiar, incluso futuros parajes.

Un primer tipo de libro es el libro-raíz. El árbol ya es la imagen del mundo, o bien la raíz es la imagen del árbol-mundo. Es el libro clásico como bella interioridad orgánica, significante y subjetiva (los estratos del libro). El libro imita al mundo, como el arte a la naturaleza: por procedimientos propios que llevan a cabo lo que la naturaleza no puede, o ya no puede hacer. La ley del libro es la de la reflexión, lo Uno que deviene Dos. ¿Cómo iba a estar la ley del libro en la naturaleza si es ella la que regula la división entre mundo y libro, naturaleza y arte? Uno deviene dos: siempre que encontramos esta fórmula, ya sea estratégicamente enunciada por Mao, ya sea entendida lo más ―dialécticamente‖ posible, estamos ante el pensamiento más clásico y más razonable, más caduco, más manoseado. La naturaleza no actúa de ese modo: en ella hasta las raíces son pivotantes, con abundante ramificación lateral y circular, no dicotómica. El espíritu está retrasado respecto a la naturaleza. Incluso el libro como realidad natural es pivotante, con su eje y las hojas alrededor. Pero el libro como realidad espiritual, el Árbol o la Raíz en tanto que imagen, no cesa de desarrollar la ley de lo Uno que deviene dos, dos que devienen cuatro... La lógica binaria es la realidad espiritual del árbol-raíz. Incluso una disciplina tan ―avanzada‖ como la lingüística conserva como imagen de base ese árbol-raíz que la vincula a la reflexión clásica, (Chomsky y el árbol sintagmático que comienza en un punto S y procede luego por dicotomía). Ni qué decir tiene que este pensamiento jamás ha entendido la multiplicidad: para llegar a dos, según un método espiritual, necesita presuponer una fuerte unidad principal. Y en lo que se refiere al objeto, según el método natural, se puede sin duda pasar directamente de lo Uno a tres, cuatro, o cinco, pero siempre que se pueda disponer de una fuerte unidad principal, la del pivote que soporta las raíces secundarias. En realidad, viene a ser lo mismo: las relaciones biunívocas entre círculos sucesivos no han hecho más que sustituir a la lógica binaria de la dicotomía. Ni la raíz pivotante ni la raíz dicotómica entienden la multiplicidad. Mientras que una actúa en el objeto, la otra actúa en el sujeto. La lógica binaria y las relaciones biunívocas siguen dominando el psicoanálisis (el árbol del delirio en la interpretación freudiana de Schreber), la lingüística y el estructuralismo, y hasta la informática.

El sistema-raicilla, o raíz fasciculada, es la segunda figura del libro, figura que nuestra modernidad invoca con gusto. En este caso, la raíz principal ha abortado o se ha destruido en su extremidad; en ella viene a injertarse una multiplicidad inmediata y cualesquiera de raíces secundarias que adquieren un gran desarrollo. La realidad natural aparece ahora en el aborto de la raíz principal, pero su unidad sigue subsistiendo como pasado o futuro, como posible. Cabe preguntarse si la realidad espiritual y razonable no compensa este estado de cosas al manifestar a su vez la exigencia de una unidad secreta todavía más comprensiva o de una totalidad más extensiva. Véase si no el método del cut-up de Burroughs: el plegado de un texto sobre otro, constitutivo de raíces múltiples y hasta adventicias (diríase un esqueje), implica una dimensión suplementaria a la de los textos considerados. Pero la unidad continúa su trabajo espiritual, precisamente en esa dimensión su-

plementaria del plegado. En ese sentido, la obra más resueltamente fragmentaria puede ser perfectamente presentada como la Obra total o el Gran Opus. La mayoría de los métodos modernos para hacer proliferar las series o para hacer crecer una multiplicidad son perfectamente válidos en una dirección, por ejemplo lineal, mientras que una unidad de totalización se afirma tanto más en otra dirección, la de un círculo o un ciclo. Siempre que una multiplicidad está incluida en una estructura, su crecimiento queda compensado por una reducción de las leyes de la combinación. Los abortistas de la unidad sí que son aquí creadores de ángeles*, doctores angelici, puesto que afirman una unidad realmente angélica y superior. Las palabras de Joyce, precisamente llamadas ―de raíces múltiples‖, sólo rompen efectivamente la unidad lineal de la palabra, o incluso de la lengua, estableciendo una unidad cíclica de la frase, del texto o del saber. Los aforismos de Nietzsche sólo rompen la unidad lineal del saber remitiendo a la unidad cíclica del eterno retorno presente como un no-sabido en el pensamiento. Ni qué decir tiene que el sistema fasciculado no rompe verdaderamente con el dualismo, con la complementaridad de un sujeto y de un objeto, de una realidad natural y de una realidad espiritual: la unidad no cesa de ser combatida y obstaculizada en el objeto, mientras que un nuevo tipo de unidad triunfa en el sujeto. El mundo ha perdido su pivote, el sujeto ni siquiera puede hacer ya de dicotomía, pero accede a una unidad más elevada, de ambivalencia o de sobredeterminación, en una dimensión siempre suplementaria a la de su objeto. El mundo ha devenido caos, pero el libro continúa siendo una imagen del mundo, caosmos-raicilla, en lugar de cosmos-raíz. Extraña mistificación la del libro, tanto más total cuanto más fragmentado. De todas formas, qué idea más convencional la del libro como imagen del mundo. Verdaderamente no basta con decir ¡Viva lo múltiple!, aunque ya sea muy difícil lanzar ese grito. Ninguna habilidad tipográfica, léxica, o incluso sintáctica, bastará para hacer que se oiga. Lo múltiple hay que hacerlo, pero no añadiendo constantemente una dimensión superior, sino, al contrario, de la forma más simple, a fuerza de sobriedad, al nivel de las dimensiones de que se dispone, siempre n-1 (sólo así, sustrayéndolo, lo Uno forma parte de lo múltiple). Sustraer lo único de la multiplicidad a constituir: escribir a n-1. Este tipo de sistema podría denominarse rizoma. Un rizoma como tallo subterráneo se distingue radicalmente de las raíces y de las raicillas. Los bulbos, los tubérculos, son rizomas. Pero hay plantas con raíz o raicilla que desde otros puntos de vista también pueden ser consideradas rizo-morfas. Cabría, pues, preguntarse si la botánica, en su especificidad, no es enteramente rizomorfa. Hasta los animales lo son cuando van en manada, las ratas son rizomas. Las madrigueras lo son en todas sus funciones de hábitat, de provisión, de desplazamiento, de guarida y de ruptura. En sí mismo, el rizoma tiene formas muy diversas, desde su extensión superficial ramificada en todos los sentidos hasta sus concreciones en bulbos y tubérculos: cuando las ratas corren unas por encima de otras. En un rizoma hay lo mejor y lo peor: la patata y la grama, la mala hierba. Animal y planta, la grama es el crab-grass. Ahora bien, somos conscientes de que no


* Aquí, en el texto original, hay un juego de palabras entre avorteurs y faiseurs d'anges, que en francés son sinónimos. (N. del T.).

convenceremos a nadie si no enumeramos algunos caracteres generales del rizoma.

1.° y 2.° Principios de conexión y de heterogeneidad: cualquier punto del rizoma puede ser conectado con cualquier otro, y debe serlo. Eso no sucede en el árbol ni en la raíz, que siempre fijan un punto, un orden. El árbol lingüístico, a la manera de Chomsky, sigue comenzando en un punto S y procediendo por dicotomía. En un rizoma, por el contrario, cada rasgo no remite necesariamente a un rasgo lingüístico: eslabones semióticos de cualquier naturaleza se conectan en él con formas de codificación muy diversas, eslabones biológicos, políticos, económicos, etc..., poniendo en juego no sólo regímenes de signos distintos, sino también estatutos de estados de cosas. En efecto, los agenciamientos colectivos de enunciación funcionan directamente en los agenciamientos maquínicos, y no se puede establecer un corte radical entre los regímenes de signos y sus objetos. En lingüística, incluso cuando se pretende atenerse a lo explícito y no suponer nada de la lengua, se sigue estando en la órbita de un discurso que implica todavía modos de agenciamiento y tipos de poder sociales específicos. La gramaticalidad de Chomsky, el símbolo categorial S que domina todas las frases, es un marcador de poder antes de ser un marcador sintáctico: construirás frases gramaticalmente correctas, dividirás cada enunciado en sintagma nominal y sintagma verbal (primera dicotomía...). A tales modelos lingüísticos no se les reprochará que sean demasiado abstractos, sino, al contrario, que no lo sean lo suficiente, que no sean capaces de alcanzar la máquina abstracta que efectúa la conexión de una lengua con contenidos semánticos y pragmáticos de los enunciados, con agenciamientos colectivos de enunciación, con toda una micropolítica del campo social. Un rizoma no cesaría de conectar eslabones semióticos, organizaciones de poder, circunstancias relacionadas con las artes, las ciencias, las luchas sociales. Un eslabón semiótico es como un tubérculo que aglutina actos muy diversos, lingüísticos, pero también perceptivos, mímicos, gestuales, cogitativos: no hay lengua en sí, ni universalidad del lenguaje, tan sólo hay un cúmulo de dialectos, de patois, de argots, de lenguas especiales. El locutor-oyente ideal no existe, ni tampoco la comunidad lingüística homogénea. La lengua es, según la fórmula de Weinreich, ―una realidad esencialmente heterogénea‖. No hay lengua madre, sino toma del poder de una lengua dominante en una multiplicidad política. La lengua se estabiliza en torno a una parroquia, a un obispado, a una capital. Hace bulbo. Evoluciona por tallos y flujos subterráneos, a lo largo de los valles fluviales o de las líneas de ferrocarril, se desplaza por manchas de aceite1. En la lengua siempre se pueden efectuar descomposiciones estructurales internas: es prácticamente lo mismo que buscar raíces. Pero ese método no es un método popular, el árbol siempre tiene algo de genealógico. Por el contrario, un método del tipo rizoma sólo puede analizar el lenguaje descentrándolo sobre otras dimensiones y otros registros. Una lengua sólo se encierra en sí misma en una función de impotencia.

  1. ° Principio de multiplicidad: sólo cuando lo múltiple es tratado efectivamente como sustantivo, multiplicidad, deja de tener relación con lo Uno como sujeto o como objeto, como realidad natural o espiritual, como imagen y mundo. Las multiplicidades son rizomáticas y denuncian las pseudomultiplicidades arbores-

    centes. No hay unidad que sirva de pivote en el objeto o que se divida en el sujeto. No hay unidad, ni siquiera para abortar en el objeto o para ―reaparecer‖ en el sujeto. Una multiplicidad no tiene ni sujeto ni objeto, sino únicamente determinaciones, tamaños, dimensiones que no pueden aumentar sin que ella cambie de naturaleza (las leyes de combinación aumentan, pues, con la multiplicidad). Los hilos de la marioneta, en tanto que rizoma o multiplicidad, no remiten a la supuesta voluntad del artista o del titiritero, sino a la multiplicidad de las fibras nerviosas que forman a su vez otra marioneta según otras dimensiones conectadas con las primeras: ―Denominaremos trama a los hilos o las varillas que mueven las marionetas. Podría objetarse que su multiplicidad reside en la persona del actor que la proyecta en el texto. De acuerdo, pero sus fibras nerviosas forman a su vez una trama. Penetran a través de la masa gris, la cuadrícula, hasta lo indiferenciado... El juego se asemeja a la pura actividad de los tejedores, la que los mitos atribuyen a las Parcas y a las Normas‖2. Un agenciamiento es precisamente ese aumento de dimensiones en una multiplicidad que cambia necesariamente de naturaleza a medida que aumenta sus conexiones. En un rizoma no hay puntos o posiciones, como ocurre en una estructura, un árbol, una raíz. En un rizoma sólo hay líneas. Cuando Glenn Gould acelera la ejecución de un fragmento, no sólo actúa como virtuoso, transforma los puntos musicales en líneas, hace proliferar el conjunto. El número ha dejado de ser un concepto universal que mide elementos según su posición en una dimensión cualquiera, para devenir una multiplicidad variable según las dimensiones consideradas (primacía del campo sobre el conjunto de números asociados a ese campo). No hay unidades de medida, sino únicamente multiplicidades o variedades de medida. La noción de unidad sólo aparece cuando se produce en una multiplicidad una toma del poder por el significante, o un proceso correspondiente de subjetivación: por ejemplo la unidad-pivote que funda un conjunto de relaciones biunívocas entre elementos o puntos objetivos, o bien lo Uno que se divide según la ley de una lógica binaria de la diferenciación en el sujeto. La unidad siempre actúa en el seno de una dimensión vacía suplementaria a la del sistema considerado (sobrecodificación). Pero precisamente un rizoma o multiplicidad no se deja codificar, nunca dispone de dimensión suplementaria al número de sus líneas. En la medida en que llenan, ocupan todas las dimensiones, todas las multiplicidades son planas: hablaremos, pues, de un plan de consistencia de las multiplicidades, aunque ese ―plan‖ sea de dimensiones crecientes según el número de conexiones que se establecen en él. Las multiplicidades se definen por el afuera: por la línea abstracta, línea de fuga o de desterritorialización según la cual cambian de naturaleza al conectarse con otras. El plan de consistencia (cuadrícula) es el afuera de todas las multiplicidades. La línea de fuga señala a la vez la realidad de un número de dimensiones finitas que la multiplicidad ocupa efectivamente; la imposibilidad de cualquier dimensión suplementaria sin que la multiplicidad se transforme según esa línea; la posibilidad y la necesidad de distribuir todas esas multiplicidades en un mismo plan de consistencia o de exterioridad, cualesquiera que sean sus dimensiones. El libro ideal sería, pues, aquél que lo distribuye todo en ese plan de exterioridad, en una sola página, en una misma playa: acontecimientos vividos, determinaciones históricas, conceptos pensados,

    individuos, grupos y formaciones sociales. Kleist inventa una escritura de este tipo, un encadenamiento interrumpido de afectos, con velocidades variables, precipitaciones y transformaciones, siempre en relación con el afuera. Anillos abiertos. También sus textos se oponen, desde todos los puntos de vista, al libro clásico y romántico, constituido por la interioridad de una sustancia o de un sujeto. El libro-máquina de guerra frente al libro-aparato de Estado. Las multiplicidades planas de n dimensiones son asignificantes y asubjetivas. Son designadas por los artículos indefinidos, o más bien partitivos (es grama, rizoma...)*.

  2. º Principio de ruptura asignificante: frente a los cortes excesivamente significantes que separan las estructuras o atraviesan una. Un rizoma puede ser roto, interrumpido en cualquier parte, pero siempre recomienza según ésta o aquella de sus líneas, y según otras. Es imposible acabar con las hormigas, puesto que forman un rizoma animal que aunque se destruya en su mayor parte, no cesa de reconsti-tuirse. Todo rizoma comprende líneas de segmentaridad según las cuales está estratificado, territorializado, organizado, significado, atribuido, etc.; pero también líneas de desterritorialización según las cuales se escapa sin cesar. Hay ruptura en el rizoma cada vez que de las líneas segmentarias surge bruscamente una línea de fuga, que también forma parte del rizoma. Esas líneas remiten constantemente unas a otras. Por eso nunca debe presuponerse un dualismo o una dicotomía, ni siquiera bajo la forma rudimentaria de lo bueno y de lo malo. Se produce una ruptura, se traza una línea de fuga, pero siempre existe el riesgo de que reaparezcan en ella organizaciones que reestratifican el conjunto, formaciones que devuelven el poder a un significante, atribuciones que reconstituyen un sujeto: todo lo que se quiera, desde resurgimientos edípicos hasta concreciones fascistas. Los grupos y los individuos contienen microfascismos que siempre están dispuestos a cristalizar. Por supuesto, la grama también es un rizoma. Lo bueno y lo malo sólo pueden ser el producto de una selección activa y temporal, a recomenzar.

    ¿Cómo no iban a ser relativos los movimientos de desterritorialización y los procesos de reterritorialización, a estar en constante conexión, incluidos unos en otros? La orquídea se desterritorializa al formar una imagen, un calco de avispa; pero la avispa se reterritorializa en esa imagen. No obstante, también la avispa se desterritorializa, deviene una pieza del aparato de reproducción de la orquídea; pero reterritorializa a la orquídea al transportar el polen. La avispa y la orquídea hacen rizoma, en tanto que heterogéneos. Diríase que la orquídea imita a la avispa cuya imagen reproduce de forma significante (mimesis, mimetismo, señuelo, etc.). Pero eso sólo es válido al nivel de los estratos —paralelismo entre dos estratos de tal forma que la organización vegetal de uno imita a la organización animal del otro—. Al mismo tiempo se trata de algo totalmente distinto: ya no de imitación, sino de captura de código, plusvalía de código, aumento de valencia, verdadero devenir, devenir avispa de la orquídea, devenir orquídea de la avispa, asegurando cada uno de esos devenires la desterritorialización de uno de los términos y la reterritorialización del otro, encandenándose y alternándose ambos según una


    * El partitivo francés du, du chiendent, du rhizome, en español no se traduce, de ahí que no aparezca en: es grama, rizoma. (N. del T).

    circulación de intensidades que impulsa la desterritorialización cada vez más lejos. No hay imitación ni semejanza, sino surgimiento, a partir de dos series heterogéneas, de una línea de fuga compuesta de un rizoma común que ya no puede ser atribuido ni sometido a significante alguno. Remy Chauvin tiene razón cuando dice: ―Evolución aparalela de dos seres que no tienen absolutamente nada que ver el uno con el otro‖3. Desde un punto de vista más general, puede que los esquemas de evolución tengan que abandonar el viejo modelo del árbol y de la descendencia. En determinadas condiciones, un virus puede conectarse con células germinales y transmitirse como gen celular de una especie compleja; es más, podría propagarse, pasar a células de una especie totalmente distinta, pero no sin vehicular ―infor-maciones genéticas‖ procedentes del primer anfitrión (por ejemplo las investigaciones actuales de Benveniste y Todaro en un virus de tipo C, en su doble conexión con el ADN de zambo y el ADN de algunas especies de gatos domésticos). Los esquemas de evolución ya no obedecerían únicamente a modelos de descendencia arborescente que van del menos diferenciado al más diferenciado, sino también a un rizoma que actúa inmediatamente en lo heterogéneo y que salta de una línea ya diferenciada a otra 4. Una vez más, evolución aparalela del zambo y del gato, en la que ni uno es evidentemente el modelo del otro, ni éste la copia del primero (un devenir zambo en el gato no significaría que el gato ―haga‖ el zambo). Hacemos rizoma con nuestros virus, o más bien nuestros virus nos obligan a hacer rizoma con otros animales. Como dice Jacob, las transferencias de material genético por virus u otros procedimientos, las fusiones de células procedentes de especies diferentes, tienen resultados análogos a los de los ―amores abominables‖ tan apreciados en la Antigüedad y en la Edad Media5. Comunicaciones transversales entre líneas diferenciadas que borran los árboles genealógicos. Buscar siempre lo molecular, o incluso la partícula submolecular con la que hacemos alianza. Más que de nuestras enfermedades hereditarias o que tienen su propia descendencia, evolucionamos y morimos de nuestras gripes polimórficas y rizomáticas. El rizoma es una antigenealogía.

    Igual ocurre con el libro y el mundo: el libro no es una imagen del mundo, según una creencia muy arraigada. Hace rizoma con el mundo, hay una evolución aparalela del libro y del mundo, el libro asegura la desterritorialización del mundo, pero el mundo efectúa una reterritorialización del libro, que a su vez se desterritorializa en sí mismo en el mundo, (si puede y es capaz). El mimetismo es un mal concepto, producto de una lógica binaria, para explicar fenómenos que tienen otra naturaleza. Ni el cocodrilo reproduce el tronco de un árbol, ni el camaleón reproduce los colores del entorno. La Pantera Rosa no imita nada, no reproduce nada, pinta el mundo de su color, rosa sobre rosa, ese es su devenir-mundo para devenir imperceptible, asignificante, trazar su ruptura, su propia línea de fuga, llevar hasta el final su ―evolución aparalela‖. Sabiduría de las plantas: incluso cuando tienen raíces, siempre hay un afuera en el que hacen rizoma con algo: con el viento, con un animal, con el hombre (y también un aspecto por el que los animales hacen rizoma, y los hombres, etc.). ―La embriaguez como irrupción triunfal de la planta en nosotros‖. Continuar siempre el rizoma por ruptura, alargar, prolongar, alternar la línea de fuga, variarla hasta producir la línea más

    abstracta y más tortuosa de n dimensiones, de direcciones quebradas. Conjugar los flujos desterritorializados. Seguir las plantas: comenzar fijando los límites de una primera línea según círculos de convergencia alrededor de singularidades sucesivas; luego ver si en el interior de esa línea se establecen nuevos círculos de convergencia con nuevos puntos situados fuera de los límites y en otras direcciones. Escribir, hacer rizoma, ampliar nuestro territorio por desterritorialización, extender la línea de fuga hasta lograr que englobe todo el plan de consistencia en una máquina abstracta. ―Empieza por acercarte a tu primera planta y observa atentamente cómo corre el agua de lluvia a partir de ese punto. La lluvia ha debido transportar las semillas lejos. Sigue los surcos abiertos por el agua, así conocerás la dirección de su curso. Ahora es cuando tienes que buscar la planta que en esa dirección está más alejada de la tuya. Todas las que crecen entre esas dos son tuyas. Más tarde, cuando éstas últimas esparzan a su vez sus semillas, podrás, siguiendo el curso de las aguas a partir de cada una de esas plantas, ampliar tu territorio‖6. La música no ha cesado de hacer pasar sus líneas de fuga como otras tantas ―multi-plicidades de transformación‖, aunque para ello haya tenido que trastocar sus propios códigos que la estructuran o la arborifican; por eso la forma musical, hasta en sus rupturas y proliferaciones, es comparable a la mala hierba, un rizoma 7.

  3. ° y 6. ° Principio de cartografía y de calcomanía: un rizoma no responde a ningún modelo estructural o generativo. Es ajeno a toda idea de eje genético, como también de estructura profunda. Un eje genético es como una unidad pi-votal objetiva a partir de la cual se organizan estadios sucesivos; una estructura profunda es como una serie cuya base se puede descomponer en constituyentes inmediatos, mientras que la unidad del producto está en otra dimensión, transformacional y subjetiva. Así no se sale del modelo representativo del árbol o de la raíz pivotante o fasciculada (por ejemplo el ―árbol‖ chomskyano, asociado a la serie de base, y representando el proceso de su engendramiento según una lógica binaria). Esa sólo es una variación del pensamiento más caduco. Para nosotros el eje genético o la estructura profunda son ante todo principios de calco reproduci-bles hasta el infinito. La lógica del árbol es una lógica del calco y de la reproducción. Y tanto en la lingüística como en el psicoanálisis tiene por objeto un inconsciente representativo, cristalizado en complejos codificados, dispuesto en un eje genético o distribuido en una estructura sintagmática. Su finalidad es la descripción de un estado de hecho, la compensación de relaciones intersubjetivas o la exploración de un inconsciente déjà là, oculto en los oscuros recovecos de la memoria y del lenguaje. Consiste, pues, en calcar algo que se da por hecho, a partir de una estructura que sobrecodifica o de un eje que soporta. El árbol articula y jerarquiza calcos, los calcos son como las hojas del árbol.

Muy distinto es el rizoma, mapa y no calco. Hacer el mapa y no el calco. La orquídea no reproduce el calco de la avispa, hace mapa con la avispa en el seno de un rizoma. Si el mapa se opone al calco es precisamente porque está totalmente orientado hacia una experimentación que actúa sobre lo real. El mapa no reproduce un inconsciente cerrado sobre sí mismo, lo construye. Contribuye a la conexión de los campos, al desbloqueo de los cuerpos sin órganos, a su máxima apertura en un plan de consistencia. Forma parte del rizoma. El mapa es abierto,

conectable en todas sus dimensiones, desmontable, alterable, susceptible de recibir constantemente modificaciones. Puede ser roto, alterado, adaptarse a distintos montajes, iniciado por un individuo, un grupo, una formación social. Puede dibujarse en una pared, concebirse como una obra de arte, construirse como una acción política o como una meditación. Una de las características más importantes del rizoma quizá sea la de tener siempre múltiples entradas; en ese sentido, la madriguera es un rizoma animal que a veces presenta una clara distinción entre la línea de fuga como pasillo de desplazamiento, y los estratos de reserva o de hábitat (cf. el ratón almizclero). Contrariamente al calco, que siempre vuelve ―a lo mis-mo‖, un mapa tiene múltiples entradas. Un mapa es un asunto de performance, mientras que el calco siempre remite a una supuesta competance. Contrariamente al psicoanálisis, a la competencia psicoanalítica, que ajusta cada deseo y enunciado a un eje genético o a una estructura sobrecodificadora, y saca hasta el infinito calcos monótonos de los estadios en ese eje o de los componentes de esa estructura, el esquizoanálisis rechaza cualquier idea de fatalidad calcada, sea cual sea el nombre que se le dé, divina, anagógica, histérica, económica, estructural, hereditaria o sintagmática. Es evidente que Melanie Klein no entiende el problema de cartografía de uno de sus pacientes infantiles, el pequeño Richard, y se contenta con sacar calcos prefabricados —Edipo, el buen y el mal padre, la mala y la buena madre— mientras que el niño intenta desesperadamente continuar una performance que el psicoanálisis desconoce totalmente8. Las pulsiones y objetos parciales no son ni estadios en el eje genético, ni posiciones en una estructura profunda: son opciones políticas para problemas, entradas y salidas, callejones sin salida que el niño vive políticamente, es decir, con toda la fuerza de su deseo.

¿No estaremos restaurando un simple dualismo al oponer los mapas y los calcos como el lado bueno y el lado malo? ¿No es lo propio de un mapa poder ser calcado? ¿No es lo propio de un rizoma cruzar raíces, confundirse a veces con ellas? ¿No conlleva un mapa fenómenos de redundancia que ya son como sus propios calcos? ¿No tiene una multiplicidad sus estratos en los que se enraízan unificaciones y totalizaciones, masificaciones, mecanismos miméticos, hegemonías significantes, atribuciones subjetivas? ¿No reproducen incluso las líneas de fuga, gracias a su eventual divergencia, las formaciones que ellas deberían deshacer o evitar? Pero lo contrario también es cierto, es una cuestión de método: siempre hay que volver a colocar el calco sobre el mapa. Y esta operación no es en modo alguno simétrica de la precedente. Porque no es rigurosamente exacto que un calco re-produzca el mapa. Un calco es más bien como una foto, una radiografía que comenzaría por seleccionar o aislar lo que pretende reproducir, con la ayuda de medios artificiales, con la ayuda de colorantes o de otros procedimientos de contraste. El que imita siempre crea su modelo, y lo atrae. El calco ha traducido ya el mapa en imagen, ha transformado ya el rizoma en raíces y raicillas. Ha organizado, estabilizado, neutralizado las multiplicidades según sus propios ejes de significación. Ha generado, estructuralizado el rizoma, y, cuando cree reproducir otra cosa, ya sólo se reproduce a sí mismo. Por eso es tan peligroso. Inyecta redundancias, y las propaga. El calco sólo reproduce los puntos muertos, los bloqueos, los embriones de pivote o los puntos de estructuración del rizoma. Véase si

no el psicoanálisis y la lingüística: el primero nunca ha hecho más que sacar calcos o fotos del inconsciente, la segunda, calcos o fotos del lenguaje, con todas las traiciones que eso supone (no debe, pues, extrañarnos que el psicoanálisis haya unido su suerte a la lingüística). Véase si no lo que ya ocurría con el pequeño Hans, dentro del más puro ejemplo de psicoanálisis infantil: no han cesado de ROMPERLE SU RIZOMA, de EMBORRONARLE SU MAPA, de ponérselo al derecho, de bloquearle cualquier salida, hasta hacerle desear su propia vergüenza y su culpabilidad, hasta lograr enraizar en él la vergüenza y la culpabilidad, FOBIA (le cortan el rizoma del inmueble, luego el de la calle, le enraízan en el lecho de los padres, le ―enraicillan‖ en su propio cuerpo, le bloquean con el profesor Freud). Freud considera explícitamente la cartografía del pequeño Hans, pero siempre y únicamente para ajus-tarla a una foto de familia. Véase si no lo que hace Melanie Klein con los mapas geopolíticos del pequeño Richard: saca fotos, hace calcos, adoptad la pose o seguid el eje, estadio genético o destino estructural. Os romperán vuestro rizoma, os dejarán vivir y hablar a condición de bloquearos cualquier salida. Cuando un rizoma está bloqueado, arborificado, ya no hay nada que hacer, el deseo no pasa, pues el deseo siempre se produce y se mueve rizomáticamente. Siempre que el deseo sigue un árbol se producen repercusiones internas que lo hacen fracasar y lo conducen a la muerte; pero el rizoma actúa sobre el deseo por impulsos externos y productivos.

Por eso es tan importante intentar la otra operación, inversa pero no simétrica: volver a conectar los calcos con el mapa, relacionar las raíces o los árboles con un rizoma. Estudiar el inconsciente, en el caso del pequeño Hans, sería mostrar cómo intenta constituir un rizoma con la casa familiar, pero también con la línea de fuga del edificio, de la calle, etc.; cómo al estar bloqueadas esas líneas, el niño se hace enraizar en la familia, fotografiar bajo el padre, calcar sobre el lecho materno; luego, cómo la intervención del profesor Freud asegura tanto la hegemonía del significante como la subjetivación de los afectos; cómo al niño ya no le queda otra salida que un devenir-animal aprehendido como vergonzoso y culpable (el devenir-caballo, verdadera opción política del pequeño Hans). Siempre habría que re-situar los puntos muertos sobre el mapa, y abrirlos así a posibles líneas de fuga. Y lo mismo habría que hacer con un mapa de grupo: mostrar en qué punto del rizoma se forman fenómenos de masificación, de burocracia, de leadership, de fas-cistización, etc., qué líneas subsisten a pesar de todo, aunque sea subterránea-mente, y continúan oscuramente haciendo rizoma. El método Deligny: hacer el mapa de los gestos y de los movimientos de un niño autista, combinar varios mapas para el mismo niño, para varios niños...9 Bien es verdad que una de las características fundamentales del mapa o del rizoma es tener múltiples entradas, incluso se tendrá en cuenta que se puede entrar en él por el camino de los calcos o por la vía de los árboles-raíces, pero, eso sí, con todas las precauciones necesarias (también aquí habría que renunciar a un dualismo maniqueo). Así, a menudo, uno se verá obligado a caer en puntos muertos, a pasar por poderes significantes y afecciones subjetivas, a apoyarse en formaciones edípicas, paranoicas, o todavía peores, como territorialidades rígidas que hacen posibles otras operaciones transformacionales. Hasta es muy posible que el psicoanálisis sirva, muy a pesar suyo,

claro está, de punto de apoyo. En otros casos, por el contrario, habrá que apoyarse directamente en una línea de fuga que permite fragmentar los estratos, romper las raíces y efectuar nuevas conexiones. Hay, pues, agenciamientos muy diferentes, mapas-calcos, rizomas-raíces, con coeficientes de desterritorialización variables. En los rizomas existen estructuras de árbol o de raíces, y a la inversa, la rama de un árbol o la división de una raíz pueden ponerse a brotar en forma de rizoma. La localización no depende aquí de análisis teóricos que implican universales, sino de una pragmática que compone las multiplicidades o los conjuntos de intensidades. En el corazón de un árbol, en el interior de una raíz o en la axila de una rama, puede formarse un nuevo rizoma. O bien es un elemento microscópico del árbol-raíz, una raicilla, la que inicia la producción del rizoma. La contabilidad, la burocracia proceden por calcos; pero también pueden ponerse a brotar, a producir tallos de rizoma, como en una novela de Kafka. Un rasgo intensivo se pone a actuar por su cuenta, una percepción alucinatoria, una sinestesia, una mutación perversa, un juego de imágenes se liberan, y la hegemonía del significante queda puesta en entredicho. Semióticas gestuales, mímicas, lúdicas, etc., recuperan su libertad en el niño y se liberan del ―calco‖, es decir, de la competencia dominante de la lengua del maestro —un acontecimiento microscópico altera completamente el equilibrio del poder local—. Así, los árboles generativos, construidos según el modelo sintagmático de Chomsky, podrían abrirse en todos los sentidos, hacer a su vez rizoma 10. Ser rizomorfo es producir tallos y filamentos que parecen raíces, o, todavía mejor, que se conectan con ellas al penetrar en el tronco, sin perjuicio de hacer que sirvan para nuevos usos extraños. Estamos cansados del árbol. No debemos seguir creyendo en los árboles, en las raíces o en las raicillas, nos han hecho sufrir demasiado. Toda la cultura arborescente está basada en ellos, desde la biología hasta la lingüística. No hay nada más bello, más amoroso, más político que los tallos subterráneos y las raíces aéreas, la adventicia y el rizoma. Amsterdam, ciudad totalmente desenraizada, ciudad-rizoma, con sus canales-tallos, donde la utilidad se conecta con la mayor locura, en su relación con una máquina de guerra comercial.

El pensamiento no es arborescente, el cerebro no es una materia enraizada ni ramificada. Las erróneamente llamadas ―dendritas‖ no aseguran la conexión de las neuronas en un tejido continuo. La discontinuidad de las células, el papel de los axones, el funcionamiento de las sinapsis, la existencia de microfisuras sinápticas, el salto de cada mensaje por encima de esas fisuras, convierten el cerebro en una multiplicidad inmersa en su plan de consistencia o en su glia (articulación), todo un sistema aleatorio de probabilidades, incertain nervous system. Muchas personas tienen un árbol plantado en la cabeza, pero en realidad el cerebro es más una hierba que un árbol. ―El axón y la dendrita se enrolla uno en otro como la enredadera en el espino, con una sinapsis en cada espina‖11. Y lo mismo se puede decir de la memoria... Los neurólogos, los psicofisiólogos, distinguen una memoria larga y una memoria corta (del orden de un minuto). Ahora bien, la diferencia entre ellas no sólo es cualitativa: la memoria corta es del tipo rizoma, diagrama, mientras que la larga es arborescente y centralizada (huella, engramma, calco o foto). La memoria corta no está en modo alguno sometida a una ley de contigüidad o de in-

mediatez a su objeto, puede ser a distancia, manifestarse o volver a manifestarse tiempo después, pero siempre en condiciones de discontinuidad, de ruptura y de multiplicidad. Es más, las dos memorias no se distinguen como dos modos temporales de aprehender una misma cosa; no captan lo mismo, el mismo recuerdo, ni tampoco la misma idea. Esplendor de una idea corta (concisa): se escribe con la memoria corta, así pues, con ideas cortas, incluso si se lee y relee con la memoria larga de los amplios conceptos. La memoria corta incluye el olvido como proceso; no se confunde con el instante, sino con el rizoma colectivo, temporal y nervioso. La memoria larga (familia, raza, sociedad o civilización) calca y traduce, pero lo que traduce continúa actuando en ella a distancia, a contratiempo, ―intempestivamente‖, no instantáneamente.

El árbol o la raíz inspiran una triste imagen del pensamiento que no cesa de imitar lo múltiple a partir de una unidad superior, de centro o de segmento. En efecto, si consideramos el conjunto de ramas-raíces, el tronco desempeña el papel de segmento opuesto para uno de los subconjuntos recorridos de abajo arriba: ese segmento será un ―dipolo de unión‖, para diferenciarlo de los ―dipolos-unidades‖ que forman los rayos que emanan de un solo centro12. Pero las uniones pueden proliferar como en el sistema raicilla, sin que por ello se salga de lo Uno-Dos, de las multiplicidades tan sólo aparentes. Las regeneraciones, las reproducciones, las retroacciones, las hidras y las medusas tampoco nos permiten salir. Los sistemas arborescentes son sistemas jerárquicos que implican centros de significancia y de subjetivación, autómatas centrales como memorias organizadas. Corresponden a modelos en los que un elemento sólo recibe informaciones de una unidad superior, y una afectación subjetiva de uniones preestablecidas. Véase si no los problemas actuales de la informática y de las máquinas electrónicas, que, en la medida en que confieren el poder a una memoria o a un órgano central, siguen utilizando el esquema de pensamiento más caduco. Así, en un magnífico artículo que denuncia ―la imaginería de las arborescencias de mando‖ (sistemas centrados o estructuras jerárquicas), Pierre Rosenstiehl y Jean Petitot señalan: ―Admitir la primacía de las estructuras jerárquicas significa privilegiar las estructuras arborescentes. (...) La forma arborescente admite una explicación topològica. (...) En un sistema jerárquico, un individuo sólo admite un vecino activo, su superior jerárquico. (...) Los canales de transmisión están preestablecidos: la arborescencia preexiste al individuo que se integra en ella en un lugar preciso‖ (significancia y subjetivación). Los autores señalan a este respecto que, incluso cuando se cree haber conseguido una multiplicidad, puede ocurrir que esa multiplicidad sea falsa —lo que nosotros llamamos tipo raicilla— puesto que su presentación o su enunciado aparentemente no jerárquico sólo admiten de hecho una solución totalmente jerárquica: por ejemplo, el famoso teorema de la amistad, ―si en una sociedad dos individuos cualesquiera tienen un amigo común, siempre existirá un individuo que es amigo de todos los otros‖ (como dicen Rosenstiehl y Petitot, ¿quién es el amigo común, ―el amigo universal de esta sociedad de parejas, maestro, confesor, médico? —ideas que por otra parte no tienen nada que ver con los axiomas de partida‖—, ¿el amigo del género humano, o bien el filósofo tal y como aparece en el pensamiento clásico, incluso si representa la unidad abortada que sólo es válida en función de su misma

ausencia o de su subjetividad, al decir no sé nada, no soy nada?). Los autores hablan a este respecto de teoremas de dictadura. Tal es el principio de los árboles raíces, o la salida, la solución de las raicillas, la estructura del Poder 13.

A estos sistemas centrados, los autores oponen sistemas acentrados, redes de autómatas finitos en los que la comunicación se produce entre dos vecinos cualesquiera, en los que los tallos o canales no preexisten, en los que los individuos son todos intercambiables, definiéndose únicamente por un estado en un momento determinado, de tal manera que las operaciones locales se coordinan y que el resultado final global se sincroniza independientemente de una instancia central. Una transducción de estados intensivos sustituye a la topología, y ―el grafo que regula la circulación de información es, en cierto sentido, el opuesto del grafo jerárquico... No hay ninguna razón para que el grafo sea un árbol‖ (nosotros llamábamos mapa a este grafo). Problema de la máquina de guerra o del Firing Squad:

¿es necesario un General para que n individuos lleguen al mismo tiempo al estado fuego? La solución sin General la proporciona una multiplicidad acentrada que incluye un número finito de estados y de señales de velocidad homóloga, desde el punto de vista de un rizoma de guerra o de una lógica de guerrilla, sin calco, sin copia de un orden central. Se demuestra incluso que esa multiplicidad, agenciamiento o sociedad maquínicas, rechaza como ―intruso social‖ cualquier autómata centralizador, unificador14. De ahí que N siempre sea n-1. Rosenstiehl y Petitot insisten en lo siguiente: la oposición centrado-acentrado es menos válida por las cosas que designa que por los modos de cálculo que aplica a las cosas. Unos árboles pueden corresponder al rizoma, o, a la inversa, brotar en forma de rizoma. Por regla general, una misma cosa admite dos modos de cálculo o dos tipos de regulación, pero no sin cambiar singularmente de estado en uno y otro caso. Tomemos una vez más el psicoanálisis como ejemplo: no sólo en su teoría, sino también en su práctica de cálculo y de tratamiento, el psicoanálisis somete al inconsciente a estructuras arborescentes, a grafos jerárquicos, a memorias recapituladoras, a órganos centrales, falo, árbol-falo. El psicoanálisis no puede cambiar de método: su propio poder dictatorial está basado en una concepción dictatorial del inconsciente. El margen de maniobra del psicoanálisis queda así muy reducido. Tanto en el psicoanálisis como en su objeto, siempre hay un general, un jefe (el general Freud). Por el contrario, tratando el inconsciente como un sistema acentrado, es decir, como una red maquínica de autómatas finitos (rizoma), el esquizoanálisis es capaz de llegar a un estado completamente distinto del inconsciente. Y las mismas observaciones sirven para la lingüística; Rosenstiehl y Petitot consideran, acertadamente, la posibilidad de una ―organización acentrada de una sociedad de pala-bras‖. Tanto para los enunciados como para los deseos, lo fundamental no es reducir el inconsciente, ni interpretarlo o hacerlo significar según un árbol. Lo fundamental es producir inconsciente, y, con él, nuevos enunciados, otros deseos: el rizoma es precisamente esa producción de inconsciente.

Resulta curioso comprobar cómo el árbol ha dominado no sólo la realidad occidental, sino todo el pensamiento occidental, de la botánica a la biología, pasando por la anatomía, pero también por la gnoseología, la teología, la ontología, toda la filosofía...: el principio-raíz, Grund, roots y fundations. Occidente tiene una

relación privilegiada con el bosque y con el desmonte; los campos conquistados al bosque se plantan de gramíneas, objeto de una agricultura de familias, basada en la especie y de tipo arborescente; también la ganadería que se desarrolla en el barbecho selecciona familias que forman toda una arborescencia animal. Oriente presenta otra imagen: una relación con la estepa y el huerto (en otros casos con el desierto y el oasis) más bien que con el bosque y el campo; una agricultura de tubérculos que procede por fragmentación del individuo; un abandono, una exclusión de la ganadería que queda confinada en espacios cerrados o arrojada hacia la estepa de los nómadas. Occidente, agricultura de una familia seleccionada con muchos individuos variables; Oriente, horticultura de un pequeño número de individuos relacionados con una gran gama de ―clones‖. ¿No existe en Oriente, sobre todo en Oceanía, una especie de modelo rizomático que se opone desde todos los puntos de vista al modelo occidental del árbol? Haudricourt cree incluso que esa es una de las razones de la oposición entre las morales y las filosofías de la transcendencia, tan estimadas en Occidente, y las de la inmanencia en Oriente: el Dios que siembra y siega, por oposición al Dios que horada y desentierra (horadar frente a sembrar) 15. Transcendencia, enfermedad específicamente europea. Tampoco la música es la misma, la tierra no tiene allí la misma música. Tampoco es la misma sexualidad: las gramíneas, incluso reuniendo los dos sexos, someten la sexualidad al modelo de la reproducción; el rizoma, por el contrario, es una liberación de la sexualidad, no sólo con relación a la reproducción, sino también con relación a la genitalidad. Entre nosotros el árbol se ha plantado en los cuerpos, ha endurecido y estratificado hasta los sexos. Hemos perdido el rizoma o la hierba. Henry Miller: ―La China es la mala hierba en el huerto de berzas de la Humanidad (...). La mala hierba es la Némesis de los esfuerzos humanos. De todas las existencias imaginarias que prestamos a las plantas, a los animales y a las estrellas, quizá sea la mala hierba la que lleva una vida más sabia. Bien es verdad que la hierba no produce ni flores, ni portaaviones, ni Sermones de la Montaña (...). Pero, a fin de cuentas, la hierba siempre tiene la última palabra. A la larga todo vuelve al estado China. Es lo que los historiadores llaman habitualmente las tinieblas de la Edad Media. No hay más salida que la hierba (...). La hierba sólo existe entre los grandes espacios no cultivados. Llena los vacíos. Crece entre, y en medio de las otras cosas. La flor es bella, la berza útil, la adormidera nos hace enloquecer. Pero la hierba es desbordamiento, toda una lección de moral‖16. ¿De qué China habla Miller, de la antigua, de la actual, de una China imaginaria, o bien de otra que formaría parte de un mapa cambiante?

América ocuparía un lugar aparte. Por supuesto, América no está libre de la dominación de los árboles y de una búsqueda de las raíces. Lo vemos hasta en la literatura, en la búsqueda de una identidad nacional e incluso de una ascendencia o genealogía europeas (Kérouac parte a la búsqueda de sus antepasados). No obstante, todo lo importante que ha pasado, que pasa, procede por rizoma americano: beatnik, underground, subterráneos, bandas y pandillas, brotes laterales sucesivos en conexión inmediata con un afuera. Diferencia entre el libro americano y el libro europeo, incluso cuando el americano anda a la búsqueda de árboles. Diferencia en la concepción del libro. ―Hojas de hierba”. Pero en América hay distintas direc-

ciones: en el Este se llevan a cabo la búsqueda arborescente y el retorno al Viejo Mundo; el Oeste, con sus indios sin ascendencia, su límite siempre escurridizo, sus fronteras móviles y desplazadas, es rizomático. Todo un ―mapa‖ americano al Oeste, donde hasta los árboles hacen rizoma. América ha invertido las direcciones: su Oriente lo ha situado al Oeste, como si la tierra se hiciese redonda precisamente en América; su Oeste coincide con la franja del Este17. (El intermediario entre el Occidente y el Oriente no es la India, como creía Haudricourt, es América la que hace de pivote y de mecanismo de inversión). La cantante americana Patti Smith canta la biblia del dentista americano: ―no busquéis la raíz, seguid el canal...‖

¿No habría también dos burocracias, e incluso tres (o todavía más)? La burocracia occidental: su origen agrario, catastral, las raíces y los campos, los árboles y su papel de fronteras, el gran censo de Guillermo el Conquistador, la feudalidad, la política de los reyes de Francia, asentar el Estado sobre la propiedad, negociar las tierras mediante la guerra, los procesos y los matrimonios. Los reyes de Francia eligen el lis, porque es una planta de raíces profundas que fija los taludes. ¿Ocurre lo mismo en Oriente? Por supuesto, resulta muy fácil presentar un Oriente inmanente y rizomático; el Estado no actúa allí según un esquema arborescente que correspondería a clases preestablecidas, arborificadas y enraizadas; es una burocracia de canales, por ejemplo el famoso poder hidráulico de ―propiedad débil‖ en el que el Estado engendra clases canalizantes y canalizadas (cf. lo que nunca ha sido refutado en las tesis de Wittfogel). El déspota actúa allí como río, y no como una fuente que todavía sería un punto, punto-árbol, o raíz; más que sentarse bajo el árbol, abraza las aguas; hasta el árbol de Buda deviene rizoma. El río de Mao y el árbol de Luis. ¿No desempeña América una vez más un papel de intermediario? América actúa por exterminios, liquidaciones internas (no sólo de los indios, sino también de los granjeros, etc.). Y por sucesivas oleadas externas de inmigraciones. El flujo del capital produce un inmenso canal, una cuantificación de poder, con

―cuantos‖ inmediatos, en el que cada cual se aprovecha a su manera de la circulación del flujo-dinero (de ahí el mito-realidad del pobre que se convierte en millonario y que de nuevo vuelve a ser pobre): todo se reúne en América, a la vez árbol y canal, raíz y rizoma. El capitalismo universal y en sí no existe, el capitalismo está en la encrucijada de todo tipo de formaciones, siempre es por naturaleza neocapitalismo; desgraciadamente inventa una versión oriental y otra occidental, y la transformación de ambas.

De todas formas estas distribuciones geográficas no nos llevan por el buen camino. ¿Estamos en un callejón sin salida? Qué más da. Si de lo que se trata es de mostrar que los rizomas tienen también su propio despotismo, su propia jerarquía, que son más duros todavía, está muy bien, puesto que no hay dualismo, ni dualismo ontológico aquí y allá, ni dualismo axiológico de lo bueno y de lo malo, ni tampoco mezcla o síntesis americana. En los rizomas hay nudos de arborescencia, y en las raíces brotes rizomáticos. Es más, hay formaciones despóticas, de inmanencia y de canalización, específicas de los rizomas. En el sistema transcendente de los árboles hay deformaciones anárquicas, raíces aéreas y tallos subterráneos. Lo fundamental es que el árbol-raíz y el rizoma-canal no se oponen como dos modelos: uno actúa como modelo y como calco transcendente, incluso si engendra

sus propias fugas; el otro actúa como proceso inmanente que destruye el modelo y esboza un mapa, incluso si constituye sus propias jerarquías, incluso si suscita un canal despótico. No se trata, pues, de tal o tal lugar de la tierra, ni de un determinado momento de la historia, y mucho menos de tal o tal categoría del espíritu, sino del modelo que no cesa de constituirse y de desaparecer, y del proceso que no cesa de extenderse, interrumpirse y comenzar de nuevo. ¿Otro o un nuevo dualismo? No. Problema de la escritura: siempre se necesitan expresiones anexactas para designar algo exactamente. Y no porque necesariamente haya que pasar por ahí, no porque sólo se pueda proceder por aproximaciones: la anexactitud no es de ningún modo una aproximación, al contrario, es el paso exacto de lo que se hace. Si invocamos un dualismo es para recusar otro. Si recurrimos a un dualismo de modelos es para llegar a un proceso que recusaría cualquier modelo. Siempre se necesitan correctores cerebrales para deshacer los dualismos que no hemos querido hacer, pero por los que necesariamente pasamos. Lograr la fórmula mágica que todos buscamos: PLURALISMO = MONISMO, pasando por todos los dualismos que son el enemigo, pero un enemigo absolutamente necesario, el mueble que continuamente desplazamos.

Resumamos los caracteres principales de un rizoma: a diferencia de los árboles o de sus raíces, el rizoma conecta cualquier punto con otro punto cualquiera, cada uno de sus rasgos no remite necesariamente a rasgos de la misma naturaleza; el rizoma pone en juego regímenes de signos muy distintos e incluso estados de no-signos. El rizoma no se deja reducir ni a lo Uno ni a lo Múltiple. No es lo Uno que deviene dos, ni tampoco que devendría directamente tres, cuatro o cinco, etc. No es un múltiple que deriva de lo Uno, o al que lo Uno se añadiría (n+1). No está hecho de unidades, sino de dimensiones, o más bien de direcciones cambiantes. No tiene ni principio ni fin, siempre tiene un medio por el que crece y desborda. Constituye multiplicidades lineales de n dimensiones, sin sujeto ni objeto, distri-buibles en un plan de consistencia del que siempre se sustrae lo Uno (n-1). Una multiplicidad de este tipo no varía sus dimensiones sin cambiar su propia naturaleza y metamorfosearse. Contrariamente a una estructura, que se define por un conjunto de puntos y de posiciones, de relaciones binarias entre estos puntos y de relaciones biunívocas entre esas posiciones, el rizoma sólo está hecho de líneas: líneas de segmentaridad, de estratificación, como dimensiones, pero también línea de fuga o de desterritorialización como dimensión máxima según la cual, siguiéndola, la multiplicidad se metarmorfosea al cambiar de naturaleza. Pero no hay que confundir tales líneas, o lineamientos, con las filiaciones de tipo arborescente, que tan sólo son uniones localizables entre puntos y posiciones. Contrariamente al árbol, el rizoma no es objeto de reproducción: ni reproducción externa como el árbol-imagen, ni reproducción interna como la estructura-árbol. El rizoma es una antigenealogía, una memoria corta o antimemoria. El rizoma procede por variación, expansión, conquista, captura, inyección. Contrariamente al grafismo, al dibujo o a la fotografía, contrariamente a los calcos, el rizoma está relacionado con un mapa que debe ser producido, construido, siempre desmontable, conectable, alterable, modificable, con múltiples entradas y salidas, con sus líneas de fuga. Lo que hay que volver a colocar sobre los mapas son los calcos, y no a la inversa.

Contrariamente a los sistemas centrados (incluso policentrados), de comunicación jerárquica y de uniones preestablecidas, el rizoma es un sistema acentrado, no jerárquico y no significante, sin General, sin memoria organizadora o autómata central, definido únicamente por una circulación de estados. Lo que está en juego en el rizoma es una relación con la sexualidad, pero también con el animal, con el vegetal, con el mundo, con la política, con el libro, con todo lo natural y lo artificial, muy distinta de la relación arborescente: todo tipo de ―devenires‖.

Una meseta no está ni al principio ni al final, siempre está en el medio. Un rizoma está hecho de mesetas. Gregory Bateson emplea la palabra ―meseta‖ (pla-teau) para designar algo muy especial: una región continua de intensidades, que vibra sobre sí misma, y que se desarrolla evitando cualquier orientación hacia un punto culminante o hacia un fin exterior. Bateson pone como ejemplo la cultura balinesa, en la que los juegos sexuales madre-hijo, o bien las disputas entre hombres, pasan por esa extraña estabilización intensiva. ―Una especie de meseta continua de intensidad sustituye al orgasmo‖, a la guerra o al punto culminante. Un rasgo deplorable del espíritu occidental consiste en relacionar las expresiones y las acciones con fines externos o transcendentes, en lugar de considerarlas en un plan de inmanencia según su valor intrínseco18. Por ejemplo, en la medida en que un libro está compuesto de capítulos, tiene sus puntos culminantes, sus puntos de terminación. ¿Qué ocurre, por el contrario, cuando un libro está compuesto de mesetas que comunican unas con otras a través de microfisuras, como ocurre en el cerebro? Nosotros llamamos ―meseta‖ a toda multiplicidad conectable con otras por tallos subterráneos superficiales, a fin de formar y extender un rizoma. Nosotros hemos escrito este libro como un rizoma. Lo hemos compuesto de mesetas. Si le hemos dado una forma circular, sólo era en broma. Al levantarnos cada mañana, cada uno de nosotros se preguntaba qué mesetas iba a coger, y escribía cinco líneas aquí, diez líneas más allá... Hemos tenido experiencias alucinatorias, hemos visto líneas, como columnas de hormiguitas, abandonar una meseta para dirigirse a otra. Hemos trazado círculos de convergencia. Cada meseta puede leerse por cualquier sitio, y ponerse en relación con cualquier otra. Para lograr lo múltiple se necesita un método que efectivamente lo haga; ninguna astucia tipográfica, ninguna habilidad léxica, combinación o creación de palabras, ninguna audacia sintáctica pueden sustituirlo. En efecto, a menudo, todo eso sólo son procedimientos miméticos destinados a diseminar o desmembrar una unidad que se mantiene en otra dimensión para un libro-imagen. Tecnonarcisismo. Las creaciones tipográficas, léxicas o sintácticas sólo son necesarias si dejan de pertenecer a la forma de expresión de una unidad oculta, para devenir ellas mismas una de las dimensiones de la multiplicidad considerada. Conocemos pocos logros de este género19. Nosotros tampoco lo hemos conseguido. Únicamente hemos empleado palabras que a su vez funcionaban para nosotros como mesetas. RIZOMÁTICA = ESQUIZOANÁLISIS = ESTRATOANÁLISIS = PRAGMÁTICA = MICROPOLÍTICA. Estas

palabras son conceptos, pero los conceptos son líneas, es decir, sistemas de números ligados a tal dimensión de las multiplicidades (estratos, cadenas moleculares, líneas de fuga o de ruptura, círculos de convergencia, etc.). En ningún caso aspiramos al título de una ciencia. Nosotros no conocemos ni la cientificidad ni la

ideología, sólo conocemos agenciamientos. Tan sólo hay agenciamientos maquínicos de deseo, como también agenciamientos colectivos de enunciación. Nada de significancia ni de subjetivación: escribir a n (cualquier enunciación individualizada permanece prisionera de las significaciones dominantes, cualquier deseo significante remite a sujetos dominados). Un agenciamiento en su multiplicidad actúa forzosamente a la vez sobre flujos semióticos, flujos materiales y flujos sociales (independientemente de la recuperación que puede hacerse de todo eso en un corpus teórico y científico). Ya no hay una tripartición entre un campo de realidad, el mundo, un campo de representación, el libro, y un campo de subjetividad, el autor. Un agenciamiento pone en conexión ciertas multiplicidades pertenecientes a cada uno de esos órdenes, de suerte que un libro no se continúa en el libro siguiente, ni tiene su objeto en el mundo, ni su sujeto en uno o varios autores. En resumen, creemos que la escritura nunca se hará suficientemente en nombre de un afuera. El afuera carece de imagen, de significación, de subjetividad. El libro agenciamiento con el afuera frente al libro imagen del mundo, el libro-rizoma, y no el libro dicotómico, pivotante o fasciculado. No hacer nunca raíz, ni plantarla, aunque sea muy difícil no caer en esos viejos procedimientos. ―Las cosas que se me ocurren no se me presentan por su raíz, sino por un punto cualquiera situado hacia el medio. Tratad, pues, de retenerlas, tratad de retener esa brizna de hierba que sólo empieza a crecer por la mitad del tallo, y no la soltéis‖20. ¿Por qué es tan difícil? En realidad, ya es un problema de semiótica perceptiva. No es fácil percibir las cosas por el medio, ni por arriba ni por abajo, o viceversa, ni de izquierda a derecha, o viceversa: intentadlo y veréis como todo cambia. No es fácil ver la hierba en las palabras y en las cosas (de la misma forma, Nietzsche decía que un aforismo debía ser ―rumiado‖, toda meseta es inseparable de las vacas que la pueblan, y que también son las nubes del cielo).

Se escribe la historia, pero siempre se ha escrito desde el punto de vista de los sedentarios, en nombre de un aparato unitario de Estado, al menos posible, incluso cuando se hablaba de los nómadas. Lo que no existe es una Nomadología, justo lo contrario de una historia. No obstante, en este campo, aunque escasos, también existe grandes logros, por ejemplo a propósito de las Cruzadas de niños: el libro de Marcel Schwob que multiplica los relatos como otras tantas mesetas de dimensiones variables. El libro de Andrzejwski, Las puertas del Paraíso, convierte una frase ininterrumpida en flujo de niños, flujo de marcha con estancamiento, estiramiento, precipitación, flujo semiotico de todas las confesiones de niños que acuden a sincerarse al viejo monje que encabeza el cortejo, flujo de deseo y de sexualidad, iniciando cada cual la aventura por amor, y más o menos directamente arrastrado por el oscuro deseo póstumo y pederástico del conde de Vendôme, con círculos de convergencia —lo fundamental no es que los flujos hagan ―Uno o múltiple‖, ese ya no es el problema: hay un agenciamiento colectivo de enunciación, un agenciamiento maquínico de deseo, incluidos el uno en el otro, y en conexión con un prodigioso afuera que de todas formas hace multiplicidad—. Más recientemente, el libro de Armand Farrachi sobre la IV Cruzada, La dislocación, en el que las frases se separan y se dispersan, o bien se atropellan y coexisten, y las letras, la tipografía, se ponen a bailar, a medida que la Cruzada delira 21. Todos

estos libros son algunos modelos de escritura nómada y rizomática. La escritura sigue una máquina de guerra y líneas de fuga, abandona los estratos, las segmentaridades, la sedentaridad, el aparato de Estado. Pero, ¿por qué todavía hace falta un modelo? ¿No sigue siendo el libro una ―imagen‖ de las Cruzadas? ¿No sigue existiendo una unidad oculta, como unidad pivotante en el caso de Schwob, como unidad abortada en el caso de Farrachi, como unidad del conde mortuorio en el caso más hermoso de las Puertas del Paraíso? ¿No hace falta un nomadismo más profundo que el de las Cruzadas, el de los verdaderos nómadas, o bien el nomadismo de los que ya ni siquiera se mueven, ni tampoco imitan nada, el de los que sólo agencian? ¿Cómo puede el libro encontrar un afuera satisfactorio con el que poder agenciar en lo heterogéneo más bien que un mundo a reproducir? Cultural, el libro es forzosamente un calco: calco de sí mismo en primer lugar, calco del libro precedente del mismo autor, calco de otros libros a pesar de las diferencias, reproducción interminable de conceptos y de palabras dominantes, reproducción del mundo presente, pasado o futuro. Pero el libro anticultural todavía arrastra un gran lastre cultural: no obstante, hará de él un uso activo de olvido y no de memoria, de subdesarrollo y no de progreso a desarrollar, de nomadismo y no de sedentarismo, de mapa y no de calco RIZOMÁTICA = POPANÁLISIS, incluso si el pueblo tiene algo más que hacer que leer, incluso si los bloques de cultura universitaria o de pseudocientificidad continúan siendo demasiado penosos o pesados. La ciencia sería una cosa muy loca si la dejaran hacer, véase si no las matemáticas, que no son una ciencia, sino un prodigioso argot, y además nomádico. Incluso en el dominio teórico, y especialmente en él, cualquier argumentación precaria y pragmática vale más que la reproducción de conceptos, con sus cortes y sus progresos que nada cambian. Antes la imperceptible ruptura que el corte significante. Los nómadas han inventado una máquina de guerra frente al aparato de Estado. La historia nunca ha tenido en cuenta el nomadismo, el libro nunca ha tenido en cuenta el afuera. Desde siempre el Estado ha sido el modelo del libro y del pensamiento: el logos, el filósofo-rey, la transcendencia de la Idea, la interioridad del concepto, la república de los espíritus, el tribunal de la razón, los funcionarios del pensamiento, el hombre legislador y sujeto. El Estado pretende ser la imagen interiorizada de un orden del mundo y enraizar al hombre. Pero la relación de una máquina de guerra con el afuera no es otro ―modelo‖, es un agenciamiento que hace que el propio pensamiento devenga nómada, y el libro una pieza para todas las máquinas móviles, un tallo para un rizoma (Kleist y Kafka frente a Goethe).

Escribir a n, n-1, escribir con slogans: ¡Haced rizoma y no raíz, no plantéis nunca! ¡No sembréis, horadad! ¡No seáis ni uno ni múltiple, sed multiplicidades!

¡Haced la línea, no el punto! La velocidad transforma el punto en línea22. ¡Sed rápidos, incluso sin moveros! Línea de suerte, línea de cadera*, línea de fuga. ¡No suscitéis un General en vosotros! Nada de ideas justas, justo una idea (Godard).


* En español, se pierde la rima que existe en francés entre, ligne de chance, ligne de hanche. Por otra parte, estas frases forman parte del estribillo de una canción que Ana Karina canta en la película de J. L. Godard, Pierrot le fou. (N. del T.).

Tened ideas cortas. Haced mapas, y no fotos ni dibujos. Sed la Pantera Rosa, y que vuestros amores sean como los de la avispa y la orquídea, el gato y el babuino. Se dice del viejo hombre-río:


He don‟t plant tatos Don‟t plant cotton

Them that plants them is soon forgotten

But old man river he just keeps rollin along.


Un rizoma no empieza ni acaba, siempre está en el medio, entre las cosas, inter-ser, intermezzo. El árbol es filiación, pero el rizoma tiene como tejido la conjunción ―y...y...y...‖. En esta conjunción hay fuerza suficiente para sacudir y de-senraizar el verbo ser. ¿A dónde vais? ¿De dónde partís? ¿A dónde queréis llegar? Todas estas preguntas son inútiles. Hacer tabla rasa, partir o repartir de cero, buscar un principio o un fundamento, implican una falsa concepción del viaje y del movimiento (metódico, pedagógico, iniciático, simbólico...). Kleist, Lenz o Büchner tienen otra manera de viajar y de moverse, partir en medio de, por el medio, entrar y salir, no empezar ni acabar23. La literatura americana, y anteriormente la inglesa, han puesto aún más de manifiesto ese sentido rizomático, han sabido moverse entre las cosas, instaurar una lógica del Y, derribar la ontología, destituir el fundamento, anular fin y comienzo. Han sabido hacer una pragmática. El medio no es una media, sino, al contrario, el sitio por el que las cosas adquieren velocidad. Entre las cosas no designa una relación localizable que va de la una a la otra y recíprocamente, sino una dirección perpendicular, un movimiento transversal que arrastra a la una y a la otra, arroyo sin principio ni fin que socava las dos orillas y adquiere velocidad en el medio.

NOTAS


1 Cf. BERTIL MALMBERG, Les nouvelles tendances de la linguistique, P.U.F., (el ejemplo del dialecto castellano), págs. 97 s. (trad. cast., ed. siglo XXI).

2 ERNEST JÜNGER, Approches, drogues et ivresse, Table ronde, pág. 304, S 218.

3 RÉMY CHAUVIN, en Entretiens sur la sexualité, Plon, pág. 205.

4 Sobre los trabajos de R. E. Benveniste y G. J. Todaro, cf. Yves Christen, ―Le rôle des virus dans l’evolution‖, La Recherche, n.º 54, marzo 1975: ―Los virus pueden transportar, tras una integración-extracción en una célula como consecuencia de un error de escisión, fragmentos de DNA de su huésped y transmitirlos a nuevas células: ese es el fundamento de lo que se denomina engineering genético. Como consecuencia, una información genética específica de un organismo podría ser transferida a otro gracias a los virus. Si nos interesamos por las situaciones extremas, podríamos perfectamente imaginar que esa transferencia de información podría efectuarse de una especie más evolucionada hacia una especie menos evolucionada o genitora de la precedente. Ese mecanismo ac-tuaría, pues, a contracorriente del que clásicamente utiliza la evolución. Si estos pasos de informaciones tuviesen una gran importancia, uno se vería obligado, en ciertos casos, a sustituir por esquemas reticulares (con comunicaciones entre ramificaciones según sus diferenciaciones) los esquemas en matorral o en árbol que se utiliza en la actualidad para representar la evolución” (pág. 271).

5 FRANÇOIS JACOB, La logique du vivant, Gallimard, págs. 312-333 (trad. cast., ed. Laia).

6 CARLOS CASTAÑEDA, L‟herbe du diable et la petite fumée, ed. du Soleil noir, pág. 160. (trad. cast. ed. F.C.E.)

7 PIERRE BOULEZ, Par volonté y par hasard, ed. du Seuil, pág. 14: ―la plantais en cualquier mantillo y, de repente, se pone a proliferar como la mala hierba‖. Y passim, sobre la proliferación musical, pág. 89:

―una música que flota, en la que la propia escritura va unida, para el instrumentista, a la imposibilidad de mantener una coincidencia con un tiempo pulsado‖.

8 Cf. MELANIE KLEIN, Psychanalyse d‟un enfant, Tchou: el papel de los mapas de guerra en las actividades de Richard (trad. cast., ed. Paidós).

9 FERNAND DELIGNY, ―Voix et voir‖, Cahiers de l‟immuable, Recherches, abril 1975.

10 Cf. DIETER WUNDERLICH, ―Pragmatique, situation d’enonciation et Deixis‖, en Langages, n.‖ 26, junio 1972, págs. 50 s.: las tentativas de Mac Cawley, de Sadock y de Wunderlich de introducir

―propiedades pragmáticas‖ en los árboles chomskyanos.

11 STEVEN ROSE, Le cerveau conscient, ed. du Seuil, p. 97, y, sobre la memoria, págs. 250 s.

12 Cf. JULIEN PACOTTE, Le réseu arborescent, schème primordial de la pensée, Hermann, 1936. Este libro analiza y desarrolla diversos esquemas de la forma arborescente, que no es presentada como un simple formalismo, sino como ―la base real del pensamiento formal‖. Lleva hasta las últimas consecuencias el pensamiento clásico. Recoge todas las formas de lo ―Uno-Dos‖, teoría del dipolo. El conjunto tronco-raíces-ramas da lugar al siguiente esquema:




Más recientemente, Michel Serrres analiza las variedades y secuencias de árboles en campos científicos muy diferentes: como el árbol se forma a partir de una ―red‖ ( La traduction, ed. de Minuit, págs. 27 s.; Feux et signaux de brume, Grasset, págs. 35 s.)

13 PIERRE ROSENSTIEHL y JEAN PETITOT, ―Automate asocial et systèmes acentrés‖, en Communications, n.º 22, 1974. Sobre el teorema de la amistad, cf. H.S. Wilf, The Friendship Theorem in Combinatorial Mathematics, Welsh Academic Press; y sobre un teorema del mismo tipo, llamado de indecisión colectiva, cf. K.J. Arrow, Choix collectif et préférences individuelles, Calmann-Lévy.

14 Ibid. La característica principal del sistema acentrado es que en él las iniciativas locales se coordinan independientemente de una instancia central, realizándose el cálculo para el conjunto de la red (multiplicidad). ―Por eso el único lugar en el que puede constituirse un fichero de personas es en las propias personas, las únicas capaces de llevar su descripción y de tenerla al día: la sociedad acentrada

natural rechaza como intruso social el autómata centralizador‖ (pág. 62). Sobre ―el teorema de Firing Squad‖, págs. 51-57. Incluso puede suceder que algunos generales, en su sueño de apropiarse de las técnicas formales de guerrilla, recurran a multiplicidades ―de módulos sincrónicos‖ ―a base de numerosas células ligeras, pero independientes‖, que teóricamente sólo implican un mínimo de poder central y de ―relevo jerárquico‖: así GUY BROSSOLLET, Essai sur la non-bataille, Belin, 1975.

15 Sobre la agricultura occidental de gramíneas y la horticultura oriental de tubérculos, sobre la oposición sembrar-horadar, sobre las diferencias con relación a la domesticación animal, cf. HAUDRICOURT, ―Domestication des animaux, culture des plantes et traitement d’autrui‖, (LHomme, 1962) y

―L’origine des clones et des clans‖ (LHomme, enero 1964). El maíz y el arroz no son objeciones: son cereales ―adaptados tardíamente por los cultivadores de tubérculos‖ y tratados de forma parecida; es muy posible que el arroz haya aparecido como una mala hierba en los canales de colocasia‖.

16 HENRY MILLER, Hamlet, Corrêa, págs. 48-49.

17 Cf. LESLIE FIELDLER, Le retour du Peau-rouge, ed. du Seuil. En este libro hay un hermoso análisis de la geografía, de su papel mitológico y literario en América, y de la inversion de las direcciones. Al Este, la búsqueda de un código específicamente americano, y también de una recodificación con Europa (Henry James, Eliot, Pound, etc.); en el Sur la sobrecodificación esclavista, con su propia ruina y la de las plantaciones en la guerra de Secesión (Faulkner, Caldwell); la descodificación capitalista que procede del Norte (Dos Passos, Dreiser); el papel del Oeste, como línea de fuga, en el que se conjugan el viaje, la alucinación, la locura, el indio, la experimentación perceptiva y mental, la movilidad de fronteras, el rizoma (Ken Kesey y su ―máquina de niebla‖; la generación beatnik, etc.). Cada gran autor americano hace una cartografía, incluso por su estilo; contrariamente a lo que ocurre entre nosotros, hace un mapa que se conecta directamente con los movimientos sociales reales que atraviesan América. Por ejemplo, la localización de las direcciones geográficas en toda la obra de Fitzgerald.

18 BATESON, Vers une écologie de lesprit, t. I, ed. du Seuil, págs. 125-126. Hay que señalar que la palabra

―meseta‖ se emplea clásicamente en el estudio de los bulbos, tubérculos y rizomas: cf. Dictionnaire de botanique de Baillon, artículo ―Bulbe‖.

19 Así JÖELLE DE LA CASINIÈRE, Absolument nécessaire, ed. de Minuit, que es un libro verdaderamente nómada. En la misma dirección, cf. las investigaciones del ―Monfaucon Research Center‖.

20 KAFKA, Journal, Grasset, pág.4 (trad. cast., ed. Bruguera).

21 MARCEL SCHWOB, La croisade des enfants, 1896 (trad. cast., ed. Tusquet); Jersy Andrzejewski, Les portes du paradis, 1959, Gallimard; Armand Farrachi, La dislocation, 1974, Stock. A propósito precisamente del libro de Schwob, Paul Alphandéry decía que la literatura, en algunos casos, podía renovar la historia e imponerle ―auténticas líneas de investigación‖ ( La chrétienté et lidée de croisade, t. II, Albin Michel, pág. 116).

22 PAUL VIRILIO, ―Véhiculaire‖, en Nomades et vagabonds, 10-18, pág. 43: sobre la aparición de la linealidad y las alteraciones de la percepción debidas a la velocidad.

23 Cf. J.C. BAILLY, La légende dispersée, 10-18: la descripción del movimiento en el romanticismo alemán, págs. 18 s.

2

1914

¿UNO SÓLO O VARIOS LOBOS?


¿Campo de huellas o línea de lobo?


Aquel día, el Hombre de los lobos se levantó del diván más cansado que de costumbre. Sabía que Freud tenía la genialidad de rozar la verdad, pasar de largo, y suplir luego el vacío con asociaciones. Sabía que Freud no entendía nada de lobos, de anos tampoco, por cierto. Freud sólo entendía de perros, de colas de perro. Y eso no bastaba, no bastaría. También sabía que muy pronto Freud le consideraría

curado, pero que no era cierto, que continuaría siendo eternamente tratado por Ruth, por Lacan, por Leclaire. Por último, sabía que estaba a punto de adquirir un verdadero nombre propio, Hombre de los lobos, mucho más propio que el suyo, puesto que con él accedía a la más alta singularidad en la aprehensión instantánea de una multiplicidad genérica, los lobos, pero que ese nuevo, ese verdadero nombre propio iba a ser desfigurado, mal ortografiado, retranscrito en pa-tronímico.

A pesar de todo, Freud iba a escribir poco después algunas páginas extraordinarias. Páginas fundamentalmente prácticas, en el artículo de 1915 sobre ―El in-consciente‖, relativas a la diferencia entre neurosis y psicosis. Freud dice que un histérico o un obseso son personas capaces de comparar globalmente un calcetín con una vagina, una cicatriz con la castración, etc. Sin duda, aprehenden el objeto como global y perdido a un tiempo. Ahora bien, captar eróticamente la piel como una multiplicidad de poros, de puntitos, de pequeñas cicatrices o de agujeritos, captar eróticamente un calcetín como una multiplicidad de mallas, eso sí que no se le ocurriría a un neurótico, sólo un psicótico es capaz de hacerlo: ―creemos que la multiplicidad de las pequeñas cavidades no permitiría que el neurótico las utilizase como sustitutos de los órganos genitales femeninos‖1. Comparar un calcentín con una vagina, todavía pasa, lo hacemos a diario, pero comparar un puro conjunto de mallas con un campo de vaginas, eso sólo puede hacerlo un loco, dice Freud. Y es un descubrimiento clínico muy importante: ahí radica toda la diferencia de estilo entre neurosis y psicosis. Así, cuando Salvador Dalí se esfuerza en reproducir sus delirios puede hablar largo y tendido DEL cuerno del rinoceronte; no por ello su discurso deja de ser un discurso de neurópata. Pero cuando se pone a comparar la piel en carne de gallina con un campo de minúsculos cuernos de rinoceronte, está muy claro que la atmósfera cambia, y que hemos entrado de lleno en la locura.

¿Una nueva comparación? Más bien una pura multiplicidad que cambia de elementos o que deviene. Al nivel micrológico, las pequeñas ampollas ―devienen‖ cuernos, y los cuernos, penes pequeños.

A punto de descubrir el gran arte del inconsciente, el arte de las multiplicidades moleculares, Freud no cesa de volver a las unidades molares, y de reencontrar sus temas familiares, el padre, el pene, la vagina, la castración..., etc. (A punto de descubrir un rizoma, Freud siempre vuelve a las simples raíces). El procedimiento de reducción es muy interesante en el artículo de 1915: Freud dice que el neurótico orienta sus comparaciones o identificaciones hacia las representaciones de las cosas, mientras que la única representación que le queda al psicótico es la de las palabras (por ejemplo la palabra agujero). ―La identidad de la expresión verbal, y no la similitud de los objetos, es la que dicta la elección del sustituto‖. Así pues, cuando no hay unidad de cosa, al menos hay unidad e identidad de palabra. Se observará que los nombres están tomados aquí en un uso extensivo, es decir, funcionan como nombres comunes que aseguran la unificación de un conjunto que incluyen. El nombre propio sólo puede ser así un caso límite de nombre común que contiene en sí mismo su multiplicidad ya domesticada y la relaciona con un ser y objeto planteado como único. La relación del nombre propio como intensidad con la multiplicidad que él aprehende instantáneamente queda así comprometida,

tanto para las palabras como para las cosas. Según Freud, cuando todo se fragmenta y pierde su identidad, aún queda la palabra para restablecer una unidad que ya no existía en las cosas. ¿No estamos asistiendo al nacimiento de una aventura ulterior, la del Significante, esa instancia despótica e insidiosa que suplanta a los nombres propios asignificantes, que sustituye las multiplicidades por la pálida unidad de un objeto que se considera perdido?

No andamos lejos de los lobos. El Hombre de los lobos, en su segundo episodio llamado psicótico, vigilará constantemente las variaciones o el trayecto variable de los agujeritos o pequeñas cicatrices de la piel de su nariz. Pero en el primero, que Freud considera neurótico, cuenta que ha soñado con seis o siete lobos en un árbol, y ha dibujado cinco. Ahora bien, ¿quién ignora que los lobos van en manada? Nadie, salvo Freud. Lo que cualquier niño sabe perfectamente, Freud lo desconoce. Freud pregunta, con falso escrúpulo: ¿cómo explicar que haya cinco, seis o siete lobos en el sueño? Como ha decidido que era una neurosis, emplea el otro procedimiento de reducción: no inclusión verbal al nivel de la representación de las palabras, sino asociación libre al nivel de la representación de las cosas. El resultado es el mismo, puesto que siempre se trata de volver a la unidad, a la identidad de la persona o del objeto supuestamente perdido. Los lobos tendrán que desembarazarse de su multiplicidad. La operación se realiza asociando el sueño con el cuento del Lobo y los siete cabritos (de los que sólo seis fueron comidos). Asistimos al júbilo reductor de Freud, vemos literalmente la multiplicidad salir de los lobos para afectar a los cabritos, que no pintan nada en esta historia. Siete lobos que ahora son cabritos, seis lobos, puesto que el séptimo cabrito (el propio Hombre de los lobos) se oculta en el reloj, cinco lobos, puesto que quizá fue a las cinco cuando vio a sus padres hacer el amor, y porque la cifra romana V se asocia con la abertura erótica de las piernas femeninas, tres lobos, puesto que los padres quizá hicieron el amor tres veces, dos lobos, puesto que eran los padres more fe-rarum, o tal vez dos perros que con anterioridad el niño habría visto acoplarse, un lobo, puesto que el lobo es el padre —estaba claro desde el principio—, por último, cero lobos, puesto que ha perdido su cola, tan castrado como castrador. ¿A quién quieren tomar el pelo? Los lobos no tenían ninguna posibilidad de salir bien parados, de salvar su manada: desde el principio se había decidido que los animales sólo podían servir para representar un coito entre padres, o, a la inversa, para ser representados por ese coito. Freud ignora totalmente la fascinación que ejercen los lobos, el significado de la llamada muda de los lobos, la llamada a devenir-lobo. Unos lobos observan y fijan al niño que sueña; cuánto más tranquilizador es decirse que el sueño ha producido una inversión, y que es el niño el que mira a los perros o a los padres haciendo el amor. Freud sólo conoce el lobo o el perro edipizado, el lobo-papá castrado castrador, el perro atado, el Sí... Sí... del psicoanalista.

Franny escucha una emisión sobre los lobos. Yo le pregunto: ¿te gustaría ser un lobo? Respuesta altanera: ―qué tontería, no se puede ser un lobo, siempre se es ocho o diez, seis o siete lobos. No que uno sea seis o siete lobos a la vez, sino un lobo entre otros lobos, un lobo con cinco o seis lobos‖. Lo importante en el devenir-lobo es la posición de masa, y, en primer lugar, la posición del propio sujeto

respecto a la manada, respecto a la multiplicidad-lobo, la manera de formar o no parte de ella, la distancia a la que se mantiene, la manera de estar o no unido a la multiplicidad. Para atenuar la severidad de su respuesta, Franny cuenta un sueño:

―Hay un desierto. Pero tampoco tendría sentido decir que estoy en el desierto. Es una visión panorámica del desierto, ese desierto no es trágico ni está deshabitado, sólo es desierto por su color ocre y su luz, ardiente y sin sombra. En él hay una multitud bulliciosa, enjambre de abejas, melé de futbolistas o grupo de tuaregs. Yo estoy en el borde de esa multitud, en la periferia; pero pertenezco a ella, estoy unida a ella por una extremidad de mi cuerpo, una mano o un pie. Sé que esta periferia es el único lugar posible para mí, moriría si me dejara arrastrar al centro de la melé, pero seguramente me sucedería lo mismo si la abandonara. Mi posición no es fácil de conservar, incluso diría que es muy difícil de mantener, porque esos seres se mueven sin parar, sus movimientos son imprevisibles y no responden a ningún ritmo. Unas veces se arremolinan, otras van hacia el norte y luego, bruscamente, hacia el este, sin que ninguno de los individuos que componen la multitud mantengan la misma posición con relación a los demás. Así pues, también yo estoy en perpetuo movimiento, y eso exige una gran tensión, pero a la vez me proporciona un sentimiento de felicidad violento, casi vertiginoso‖. Qué gran sueño esquizofrénico. Estar de lleno en la multitud y a la vez totalmente fuera, muy lejos: borde, paseo a lo Virginia Woolf (―jamás volveré a decir soy esto, soy aquello”).

Problema del poblamiento en el inconsciente: todo lo que pasa por los poros del esquizofrénico, las venas del drogadicto, hormigueos, bullicios, ajetreos, intensidades, razas y tribus. ¿No es de Jean Ray, que tan bien ha sabido asociar el terror con los fenómenos de micromultiplicidades, ese cuento en el que una piel blanca está levantada a causa de tantas ampollas y pústulas, y por cuyos poros pasan negras cabezas enanas, gesticulantes, abominables, que es necesario afeitar a navaja cada mañana? Y también las ―alucinaciones liliputienses‖ producidas por el éther. Uno, dos, tres esquizofrénicos: ―en cada poro de la piel me crecen bebés‖

—‖Pues a mí no es en los poros, es en las venas donde me crecen barritas de hierro‖ —―No quiero que me pongan inyecciones, salvo si son de alcohol alcanfo-rado. De lo contrario, me crecen senos en cada poro‖. Freud intentó abordar los fenómenos de multitud desde el punto de vista del inconsciente, pero no vio claro, no veía que el propio inconsciente era fundamentalmente una multitud. Miope y sordo, Freud confundía las multitudes con una persona. Los esquizofrénicos, por el contrario, tienen una mirada y un oído muy finos. Jamás confunden los rumores y las oleadas de la multitud con la voz de papá. En cierta ocasión, Jung sueña con osamentas y cráneos. Un hueso, un cráneo, nunca existen solos. El osario es una multiplicidad. Freud se empeña en que eso significa la muerte de alguien. ―Jung, sorprendido, le hace observar que había varios cráneos, no uno sólo. Pero Freud continuaba...‖ 2

Una multiplicidad de poros, de puntos negros, de pequeñas cicatrices o de mallas. De senos, de bebés y de barras. Una multiplicidad de abejas, de futbolistas o de tuaregs. Una multiplicidad de lobos, de chacales... Ninguna de estas cosas se deja reducir, sino que más bien nos remite a un cierto estatuto de las formaciones del inconsciente. Intentemos definir los factores que intervienen aquí: en primer

lugar algo que actúa como cuerpo lleno —cuerpo sin órganos—. El desierto en el sueño precedente. El árbol desnudo en el que están encaramados los lobos en el sueño del Hombre de los lobos. La piel como envoltura o anillo, el calcetín como superficie reversible. Una casa, una habitación, y tantas cosas más, cualquier cosa. Nadie hace el amor con amor sin constituir para sí, con el otro o los otros, un cuerpo sin órganos. Un cuerpo sin órganos no es un cuerpo vacío y desprovisto de órganos, sino un cuerpo en el que lo que hace de órganos (¿lobos, ojos de lobos, mandíbulas de lobos?) se distribuye según fenómenos de masa, siguiendo movimientos brownianos, bajo la forma de multiplicidades moleculares. El desierto está poblado. El cuerpo sin órganos se opone, pues, no tanto a los órganos como a la organización de los órganos, en la medida en que ésta compondría un organismo. No es un cuerpo muerto, es un cuerpo vivo, tanto más vivo, tanto más bu-llicioso cuanto que ha hecho desaparecer el organismo y su organización. Unas pulgas de mar saltando en la playa. Las colonias de la piel. El cuerpo lleno sin órganos es un cuerpo poblado de multiplicidades. El problema del inconsciente no tiene nada que ver con la generación, y sí mucho con el poblamiento, la población. Es un asunto de población mundial en el cuerpo lleno de la tierra, y no de generación familiar orgánica. ―Adoro inventar hordas, tribus, los orígenes de una raza... Regreso de mis tribus. Por ahora, soy hijo adoptivo de quince tribus, ni una más, ni una menos. Y son mis tribus adoptivas, porque las quiero a todas más y mejor que si hubiera nacido en ellas‖. Nos dicen: ¿pero el esquizofrénico no tiene también un padre y una madre? Sentimos tener que decir no, que como tales no los tiene. Sólo tiene un desierto y tribus que lo habitan, un cuerpo lleno y multiplicidades que se aferran a él.

En segundo lugar hay, pues, que definir la naturaleza de esas multiplicidades y de sus elementos. EL RIZOMA. Uno de los caracteres esenciales del sueño de multiplicidad es que cada elemento no cesa de variar y de modificar su distancia respecto a los demás. En la nariz del Hombre de los lobos, los elementos no cesarán de bailar, de crecer y disminuir, caracterizados como poros en la piel, pequeñas cicatrices en los poros, pequeñas grietas en el tejido cicatricial. Ahora bien, esas distancias variables no son cantidades extensivas que se dividirían unas en otras, sino que más bien son siempre indivisibles, ―relativamente indivisibles‖, es decir, que no se dividen ni antes ni después de un cierto umbral, que no aumentan ni disminuyen sin que sus elementos no cambien de naturaleza. Enjambre de abejas, e inmediatamente después melé de futbolistas con camiseta a rayas, o bien banda de tuaregs. O también: el clan de los lobos se refuerza con un enjambre de abejas contra la banda de los Deulhs, bajo la acción de Mowgli que corre en el borde (claro que sí, Kipling comprendía mejor que Freud la llamada de los lobos, su sentido libidinal, y además en el Hombre de los lobos también hay una historia de avispas y de mariposas que sustituirá a la de los lobos: se pasa de los lobos a las avispas). Pero, ¿qué quiere decir eso, esas distancias indivisibles que se modifican sin cesar, y que no se dividen ni se modifican sin que sus elementos no cambien siempre de naturaleza? ¿No suponen el caracter intensivo de los elementos y de sus relaciones en ese género de multiplicidad? Exactamente igual que una velocidad o una temperatura, que no se componen de velocidades o de temperaturas,

sino que se engloban en otras o engloban a otras que indican cada vez un cambio de naturaleza. Pues esas multiplicidades no tienen el principio de su métrica en un medio homogéneo, sino en otra parte, en las fuerzas que actúan en ellas, en los fenómenos físicos que las habitan, precisamente en la libido que las constituye desde dentro, y que no las constituye sin dividirse en flujos variables y cualitativamente distintos. El propio Freud reconoce la multiplicidad de las ―corrientes‖ libidinales que coexisten en el Hombre de los lobos. Por eso no deja de sorprendernos su forma de tratar las multiplicidades del inconsciente. Para él siempre habrá que reducirlo todo a lo Uno: las pequeñas cicatrices, los agujeritos serán las subdivisiones de la gran cicatriz o del agujero mayor llamado castración, los lobos serán los substitutos de un único y mismo padre que aparece por todas partes, tantas como se le haya puesto (como dice Ruth Mack Brunswick, adelante, los lobos son ―todos los padres y los médicos‖; pero el Hombre de los lobos piensa: y mi culo, ¿no es un lobo?).

Había que hacer lo contrario, había que comprender en intensidad: el Lobo es la manada, es decir, la multiplicidad aprehendida como tal en un instante por su acercamiento o su alejamiento de cero, distancias que siempre son indescomponibles. El cero es el cuerpo sin órganos del Hombre de los lobos. Si el inconsciente no conoce la negación es porque en él no hay nada negativo, tan sólo acerca-mientos y alejamientos indefinidos del punto cero, que de ningún modo expresa la carencia, sino la positividad del cuerpo lleno como soporte y agente (pues ―se necesita un aflujo hasta para expresar la falta de intensidad‖). Los lobos designan una intensidad, una banda de intensidad, un umbral de intensidad en el cuerpo sin órganos del Hombre de los lobos. Un dentista le decía al Hombre de los lobos ―le van a caer los dientes a causa de su forma de masticar, usted mastica con mucha fuerza‖; al mismo tiempo sus encías se cubrían de pústulas y de agujeritos 3. La mandíbula como intensidad superior, los dientes como intensidad inferior, y las encías pustulosas como acercamiento a cero. El lobo como aprehensión instantánea de una multiplicidad en esa zona, no es un representante, un substituto, es un yo siento. Yo siento que devengo lobo, lobo entre los lobos, en el borde de los lobos, y el grito de angustia, el único que Freud oye es: ayúdeme a no devenir lobo (o, al contrario, a no fracasar en ese devenir). Y no es una representación: nada de creerse un lobo, de representarse como lobo. El lobo, los lobos, son intensidades, velocidades, temperaturas, distancias variables indescomponibles. Todo un hor-migueo, un ―lobeo‖. Y ¿quién puede creer que la máquina anal no tiene nada que ver con la máquina de los lobos, o que ambas sólo estén unidas por el aparato edípico, por la figura demasiado humana del Padre? Pues al fin y al cabo el ano también expresa una intensidad, en este caso el acercamiento a cero de la distancia que no se descompone sin que los elementos no cambien de naturaleza. Da igual campo de anos que manada de lobos. ¿No está el niño unido a los lobos por el ano, en la periferia? Descenso de la mandíbula al ano. Estar unido a los lobos por la mandíbula y por el ano. Una mandíbula no es una mandíbula de lobo, la cosa no es tan sencilla, sino que mandíbula y lobo forman una multiplicidad que se transforma en ojo y lobo, ano y lobo, según otras distancias, siguiendo otras velocidades, con otras multiplicidades, en límites de umbrales. Líneas de fuga o de desterritoriali-

zación, devenir-lobo, devenir-inhumano de las intensidades desterritorializadas, eso es la multiplicidad. Devenir lobo, devenir agujero es desterritorializarse según líneas distintas enmarañadas. Un agujero no es más negativo que un lobo. La castración, la carencia, el substituto, qué historia contada por un idiota demasiado consciente que no entiende nada de las multiplicidades como formaciones del inconsciente. Un lobo, pero también un agujero, son partículas, producciones de partículas, trayectos de partículas en tanto que elementos de multiplicidades moleculares. Ni siquiera vale decir que las partículas intensas e inestables pasan por agujeros, un agujero es tan partícula como lo que pasa por él. Los físicos dicen: los agujeros no son ausencias de partículas, son partículas que van más rápido que la luz. Anos volantes, vaginas rápidas, la castración no existe.

Volvamos a esa historia de multiplicidad, porque fue un momento muy importante la creación de ese sustantivo precisamente para escapar a la oposición abstracta de lo múltiple y lo uno, para escapar a la dialéctica, para llegar a pensar lo múltiple al estado puro, para dejar de considerarlo como el fragmento numérico de una Unidad o Totalidad perdidas, o, al contrario, como el elemento orgánico de una Unidad o Totalidad futuras —para distinguir más bien los tipos de multi-plicidad—. Así por ejemplo, el físico-matemático Riemann establece una distinción entre multiplicidades discretas y multiplicidades continuas (estas últimas sólo encuentran el principio de su métrica en las fuerzas que actúan en ellas). Meinong y Russell hablarán de multiplicidades de magnitud o de divisibilidad, extensivas, y de multiplicidades de distancia, más próximas de lo intensivo. Para Bergson hay multiplicidades numéricas o extensas, y multiplicidades cualitativas y de duración. Nosotros hacemos más o menos lo mismo cuando distinguimos multiplicidades arborescentes y multiplicidades rizomáticas. Macro y micromultiplicidades. Por un lado, multiplicidades extensivas, divisibles y molares; unificables, totalizables, organizables; conscientes o preconscientes. Por otro, multiplicidades libidinales, inconscientes, moleculares, intensivas, constituidas por partículas que al dividirse cambian de naturaleza, por distancias que al variar entran en otra multiplicidad, que no cesan de hacerse y deshacerse al comunicar, al pasar las unas a las otras dentro de un umbral, o antes, o después. Los elementos de estas últimas multiplicidades son partículas; sus relaciones, distancias; sus movimientos, brownianos; su cantidad, intensidades, diferencias de intensidad.

Todo esto tiene una base lógica. Elias Canetti distingue dos tipos de multiplicidad, que unas veces se oponen y otras se combinan: de masa y de manada. Entre los caracteres de masa, en el sentido de Canetti, habría que señalar la gran cantidad, la divisibilidad y la igualdad de los miembros, la concentración, la sociabilidad del conjunto, la unicidad de la dirección jerárquica, la organización de territorialidad o de territorialización, la emisión de signos. Entre los caracteres de manada, la pequeñez o la restricción del número, la dispersión, las distancias variables indescomponibles, las metamorfosis cualitativas, las desigualdades como diferencias o saltos, la imposibilidad de una totalización o de una jerarquización fijas, la variedad browniana de las direcciones, las líneas de desterritorialización, la proyección de partículas4. Sin duda, no hay más igualdad ni menos jerarquía en las manadas que en las masas, pero no son las mismas. El jefe de manada o de banda actúa por

acciones sucesivas, debe partir de cero en cada acción, mientras que el jefe de grupo de masa consolida y capitaliza lo adquirido. La manada, incluso en su propio terreno, se constituye en una línea de fuga o de desterritorialización que forma parte de ella, y a la que da un gran valor positivo; las masas, por el contrario, sólo integran tales líneas para segmentarizarlas, bloquearlas, afectarlas de un signo negativo. Canetti señala que en la manada cada miembro permanece solo a pesar de estar con los demás (por ejemplo los lobos-cazadores); cada miembro se ocupa de lo suyo al mismo tiempo que participa en la banda. ―En las constelaciones cambiantes de la manada, el individuo se mantendrá siempre en el borde. Estará dentro, e inmediatamente después en el borde, en el borde, e inmediatamente después dentro. Cuando la manada forma un círculo alrededor de su fuego, cada cual podrá ver a sus vecinos a derecha y a izquierda, pero la espalda está libre, la espalda está abiertamente expuesta a la naturaleza salvaje‖. Reconocemos aquí la posición esquizofrénica, estar en la periferia, mantenerse en el grupo por una mano o un pie... A ella opondremos la posición paranoica del sujeto de masa, con todas las identificaciones entre el individuo y el grupo, el grupo y el jefe, el jefe y el grupo; formar parte plenamente de la masa, aproximarse al centro, no permanecer nunca en la periferia, salvo cuando la misión lo exige. ¿Por qué suponer (como Konrad Lorenz por ejemplo) que las bandas y su tipo de camaradería representan un estado evolutivamente más rudimentario que las sociedades de grupo o de conyugalidad? No sólo hay bandas humanas, sino que hasta las hay especialmente refinadas: la ―mundanidad‖ se distingue de la ―sociabilidad‖, puesto que está más próxima de una manada, y el hombre social tiene una imagen envidiosa y errónea del mundano, puesto que desconoce las posiciones y jerarquías específicas de la mundanidad, las relaciones de fuerza, sus ambiciones y proyectos tan particulares. Las relaciones mundanas no se corresponden nunca con las relaciones sociales, no coinciden con ellas. Hasta los ―manierismos‖ (los hay en todas las bandas) pertenecen a las micromultiplicidades y se distinguen de los usos o costumbres sociales.

No obstante, no hay que oponer los dos tipos de multiplicidades, las máquinas molares y las moleculares, según un dualismo que no sería mejor que el de lo Uno y lo Múltiple. No hay más que multiplicidades de multiplicidades que forman un mismo agenciamiento, que se manifiestan en el mismo agenciamiento: las manadas en las masas, y a la inversa. Los árboles tienen líneas rizomáticas, y el rizoma puntos de arborescencia. ¿Cómo no se iba a necesitar un enorme ciclotrón para producir partículas locas? ¿Cómo las líneas de desterritorialización podrían ser tan siquiera asignables fuera de los circuitos de territorialidad? ¿Cómo no iba a ser en grandes extensiones, y en relación con las profundas transformaciones que se producen en ellas, donde de pronto surge el minúsculo arroyo de una intensidad nueva?

¿Cuánto no hay que hacer para obtener un nuevo sonido? El devenir-animal, el devenir-molecular, el devenir-inmhumano suponen una extensión molar, una hiperconcentración humana, o las preparan. En Kafka, la construcción de una gran máquina burocrática paranoica va unida a la creación de pequeñas máquinas esquizofrénicas de un devenir-perro, de un devenir-coleóptero. En el Hombre de los lobos, el devenir-lobo del sueño es inseparable de la organización religiosa y

militar de las obsesiones. Un militar hace el lobo, un militar hace el perro. No hay dos multiplicidades o dos máquinas, sino un solo y mismo agenciamiento maquínico que produce y distribuye el todo, es decir, el conjunto de enunciados que corresponden al ―complejo‖. ¿Qué nos dice el psicoanálisis sobre todo esto? Edipo, nada más que Edipo, puesto que el psicoanálisis no escucha nada ni a nadie. Lo elimina todo, masas y manadas, máquinas molares y moleculares, todo tipo de multiplicidades. Véase si no el segundo sueño del Hombre de los lobos, en el momento del episodio llamado psicótico: en una calle, un muro con una puerta cerrada, a la izquierda un armario vacío; el paciente frente al armario, y una enorme mujer con una pequeña cicatriz que parece querer pasar del otro lado del muro; detrás de éste, unos lobos que se precipitan hacia la puerta. La Sra. Brunswick no puede engañarse: por más que se esfuerza en reconocerse en la enorme mujer, ve perfectamente que aquí los lobos son los bolcheviques, la masa revolucionaria que ha saqueado el armario o confiscado la fortuna del Hombre de los lobos. En un estado metaestable, los lobos han pasado a formar parte de una gran máquina social. Pero, salvo lo que ya decía Freud, el psicoanálisis no tiene nada que decir sobre todas estas cuestiones: todo sigue remitiendo aún a papá (que, como por casualidad, era uno de los jefes del partido liberal en Rusia, pero eso no tiene ninguna importancia, basta con decir que la revolución ha ―satisfecho el sentimiento de culpabilidad del paciente‖). Verdaderamente podría pensarse que la libido, en sus inversiones y contrainversiones, no tiene nada que ver con las conmociones de masas, los movimientos de manadas, los signos colectivos y las partículas de deseo.

En realidad, no basta con atribuir al preconsciente las multiplicidades molares o las máquinas de masa, reservando para el consciente otro tipo de máquinas o de multiplicidades. Lo propio del inconsciente es el agenciamiento de las dos, el modo en que las primeras condicionan a las segundas, y éstas preparan las primeras, se escapan de ellas o vuelven a ellas: la libido lo baña todo. Hay, pues, que tenerlo todo en cuenta: el modo en que una máquina social o una masa organizada tienen un inconsciente molecular que no sólo indica su tendencia a la descomposición, sino también los componentes actuales de su práctica y de su organización; el modo en que un individuo, tal o cual, incluido en una masa tiene un inconsciente de manada que no se parece necesariamente a las manadas de la masa de la que forma parte; el modo en que un individuo o una masa van a vivir en su inconsciente las masas y las manadas de otra masa o de otro individuo. ¿Qué quiere decir amar a alguien? Captarlo siempre en una masa, extraerlo de un grupo, aunque sea restringido, del que forma parte, aunque sólo sea por su familia o por otra cosa; y después buscar sus propias manadas, las multiplicidades que encierra en sí mismo, y que quizá son de una naturaleza totalmente distinta. Juntarlas con las mías, hacer que penetren en las mías, y penetrar las suyas. Bodas celestes, multiplicidades de multiplicidades. Todo amor es un ejercicio de despersonalización en un cuerpo sin órganos a crear; y en el punto álgido de esa despersonalización es donde alguien puede ser nombrado, recibe su nombre o su apellido, adquiere la más intensa discernibilidad en la aprehensión instantánea de los múltiples que le pertenecen y a los que pertenece. Manada de pecas en un rostro, manada de muchachos que hablan en la voz de una mujer, camada de muchachas en la voz del Sr.

de Charlus, horda de lobos en la garganta de alguien, multiplicidad de anos en el ano, la boca o el ojo hacia el que uno se inclina. ¡Cada uno pasa por tantos cuerpos en su propio cuerpo! Albertine es lentamente extraída de un grupo de muchachas, que tiene un número, una organización, un código, una jerarquía determinadas; y no sólo ese grupo y esa masa restringida están inmersos en todo un inconsciente, sino que Albertine tiene sus propias multiplicidades que el narrador, al aislarla, descubre en su cuerpo y en sus mentiras, hasta que el final del amor la vuelva indiscernible.

Pero sobre todo no hay que creer que basta con distinguir masas y grupos exteriores en los que alguien participa o a los que pertenece, y los conjuntos internos que englobaría en sí mismo. La distinción no es en modo alguno la de lo exterior y la de lo interior, siempre relativos y cambiantes, intercambiables, sino la de tipos de multiplicidades que coexisten, se combinan y desplazan —máquinas, engranajes, motores y elementos que intervienen en un determinado momento para formar un agenciamiento productor de enunciado: te amo (u otra cosa)—. Volviendo a Kafka, Felice es inseparable de una cierta máquina social y de las máquinas parlantes cuya firma representa; ¿cómo no iba a pertenecer a ese tipo de organización, a los ojos de Kafka, fascinado como está por el comercio y la burocracia? Pero al mismo tiempo, los dientes de Felice, los grandes dientes carnívoros la hacen pasar según otras líneas a las multiplicidades moleculares de un devenir-perro, de un devenir-chacal... Felice, inseparable del signo de las máquinas sociales modernas, las suyas y las de Kafka (aunque no son las mismas), y de las partículas, las pequeñas máquinas moleculares, de todo el extraño devenir, del trayecto que Kafka hará y le obligará a hacer a través de su perverso aparato de escritura.

No hay enunciado individual, sino agenciamientos maquínicos productores de enunciados. Nosotros decimos que el agenciamiento es fundamentalmente libidinal e inconsciente. El agenciamiento es el inconsciente en persona. Por ahora, nosotros vemos en él distintos tipos de elementos (o multiplicidades): máquinas humanas, sociales y técnicas, molares, organizadas; máquinas moleculares, con sus partículas de devenir-inhumano; aparatos edípicos (por supuesto, claro que hay enunciados edípicos, y muchos); aparatos contraedípicos, de aspecto y funcionamiento variables. Más adelante analizaremos todo esto. En realidad, ni siquiera podemos hablar de máquinas diferentes, sino únicamente de tipos de multiplicidades que se combinan y forman en un determinado momento un solo y mismo agenciamiento maquínico, figura sin rostro de la libido. Todos estamos incluidos en un agenciamiento de ese tipo, reproducimos el enunciado cuando creemos hablar en nombre propio, o más bien hablamos en nombre propio cuando producimos el enunciado. Qué extraños son los enunciados, verdaderos discursos de locos. Decíamos Kafka, también podríamos decir el Hombre de los lobos: una máquina religioso-militar que Freud asigna a la neurosis obsesiva; una máquina anal de manada o de devenir-lobo, también avispa o mariposa, que Freud asigna al carácter histérico; un aparato edípico que Freud convierte en el único motor, el motor inmóvil que aparece por todas partes; un aparato contraedípico (¿el incesto con la hermana, incesto-esquizofrénico, o bien el amor con ―personas de condición inferior‖, o bien la analidad, la homosexualidad?), todas esas cosas en las que

Freud no ve más que sustitutos, regresiones y derivados de Edipo. En verdad Freud no ve ni entiende nada. No tiene la menor idea de lo que es un agenciamiento libidinal con todas las maquinarias que utiliza, todos los amores múltiples.

Claro que hay enunciados edípicos. Por ejemplo, en el relato de Kafka, Chacales y Arabes, es muy fácil hacer ese tipo de lectura: siempre es posible, no se corre ningún riesgo, siempre funciona, pero, eso sí, no se entiende nada. Los árabes están claramente relacionados con el padre, los chacales con la madre; y entre los dos, toda una historia de castración representada por las tijeras oxidadas. Pero se da la circunstancia de que los árabes son una masa organizada, armada, extensiva, extendida por todo el desierto; y los chacales una manada intensa que no cesa de adentrarse en el desierto, siguiendo líneas de fuga o de desterritorialización (―están locos, verdaderamente locos‖); entre los dos, en el borde, el Hombre del norte, el Hombre de los chacales. Y las enormes tijeras, ¿no son el signo árabe que conduce o lanza las partículas-chacales, tanto para acelerar su loca carrera, desprendién-dolas de la masa, como para devolverlas a esa masa, dominarlas y excitarlas, hacerlas girar? Aparato edípico del alimento: el camello muerto; aparato contraedípico de la carroña: matar los animales para comer, o comer para limpiar las ca-rroñas. Los chacales plantean bien el problema: no es un problema de castración, sino de ―limpieza‖, la prueba del desierto-deseo. ¿Qué prevalecerá, la territorialidad de masa o la desterritorialización de manada, bañando la libido todo el desierto como cuerpo sin órganos en el que se desarrolla el drama?

No hay enunciado individual, jamás lo hubo. Todo enunciado es el producto de un agenciamiento maquínico, es decir, de agentes colectivos de enunciación (no entender por ―agentes colectivos‖ los pueblos o las sociedades). El nombre propio no designa un individuo: al contrario, un individuo sólo adquiere su verdadero nombre propio cuando se abre a las multiplicidades que lo atraviesan totalmente, tras el más severo ejercicio de despersonalización. El nombre propio es la aprehensión instantánea de una multiplicidad. El nombre propio es el sujeto de un puro infinitivo entendido como tal en un campo de intensidad. Exactamente lo que Proust dice del nombre: al pronunciar Gilberte tenía la sensación de tenerla totalmente desnuda en mí boca. El Hombre de los lobos, verdadero nombre propio, nombre íntimo que remite a los devenires, infinitivos, intensidades de un individuo despersonalizado y multiplicado. ¿Pero entiende el psicoanálisis algo de la multiplicación? Esa hora del desierto en la que el dromedario deviene mil dromedarios que ríen burlonamente en el cielo. Esa hora de la noche en la que mil agujeros se abren en la superficie de la tierra. Castración, castración, grita el es-pantajo psicoanalítico que siempre ha visto un agujero, un padre, un perro donde hay lobos, un individuo domésticado donde hay multiplicidades salvajes. Al psicoanálisis no sólo le reprochamos que haya seleccionado los enunciados edípicos. Pues esos enunciados, en cierta medida, aún forman parte de un agenciamiento maquínico respecto al cual podrían servir de índices corregibles, como en un cálculo de errores. Lo que realmente le reprochamos es que haya utilizado enunciados edípicos para hacer creer al paciente que iba a tener enunciados personales, individuales, que por fin iba a poder hablar en nombre propio. Ahora bien, todo está falseado desde el principio: el Hombre de los lobos jamás podrá hablar. Se

esforzará en vano en hablar de los lobos, en gritar como un lobo, Freud ni siquiera escucha, mira a su perro y responde ―es papá‖. Mientras esta situación dure, Freud hablará de neurosis, y cuando falle, de psicosis. El Hombre de los lobos recibirá la medalla psicoanalítica por los servicios prestados a la causa, e incluso la pensión alimentaria que se da a los ex-combatientes mutilados. El Hombre de los lobos sólo hubiera podido hablar en su nombre si se hubiese puesto de manifiesto el agenciamiento maquínico que producía en él tales o tales enunciados. Pero eso no es lo que hace el psicoanálisis: en el preciso momento en que se persuade al sujeto de que va a proferir sus enunciados más individuales, se le priva de todas las condiciones de enunciación. Hacer callar a las personas, impedirles hablar, y sobre todo, cuando hablan, hacer como si nada hubiesen dicho: esa es la famosa neutralidad psicoanalítica. El Hombre de los lobos continúa gritando: ¡seis o siete lobos! Freud responde: ¿qué? ¿Cabritos? Qué interesante, si elimino los cabritos, queda un lobo, tiene que ser tu padre... Por eso el Hombre de los lobos se siente tan cansado: permanece tumbado con todos sus lobos en la garganta, y todos los agujeritos en su nariz, todos esos valores libidinales en su cuerpo sin órganos. Estallará la guerra, los lobos devendrán bolcheviques, el Hombre de los lobos sigue asfixiado por todo lo que tenía que decir. Sólo nos comunicarán que se volvió bien educado, cortés, resignado, ―honesto y escrupuloso‖, en una palabra, curado. Él se venga insistiendo en que el psicoanálisis carece de una visión verdaderamente zoológica:

―Para un joven no hay nada tan valioso como el amor a la naturaleza y la compresión de las ciencias naturales, en particular de la zoología‖ 5.

NOTAS


  1. FREUD Métapsychologie, Gallimard, pág. 153 (trad. cast., ed. Biblioteca Nueva).

  2. E. A. BENNET, Ce que Jung a vraiment dit, Stock, pág. 80.

  3. RUTH MACK BRUNSWICK, ―En supplément à l’Histoire d’une névrose infantile de Freud‖, Revue française de Psychanalyse, 1936, n.° 4.

  4. ELIAS CANETTI, Masse et puissance, Gallimard, págs. 27-29, 97 s. (trad. cast., Alianza Editorial). Algunas diferencias indicadas aquí son señaladas por Canetti.

  5. Carta citada por Roland Jaccard, Lhomme aux loups, ed. Universitaires, pág. 113.

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10.000 a. J. C.

LA GEOLOGÍA DE LA MORAL (¿POR QUIÉN SE TOMA LA TIERRA?)



Doble articulación


El profesor Challenguer, el mismo que consiguió hacer bramar a la tierra con una máquina dolorífica, en las condiciones descritas por Conan Doyle, después de haber combinado varios manuales de geología y biología de acuerdo con su humor simiesco, dio una conferencia. Explicó que la Tierra —la Desterritorializada, la Glacial, la Molécula gigante— era un cuerpo sin órganos. Este cuerpo sin órganos estaba atravesado por materias inestables no formadas, flujos en todos los sen-

tidos, intensidades libres o singularidades nómadas, partículas locas o transitorias. Pero, de momento, ese no era el problema. Porque en la tierra se producía al mismo tiempo un fenómeno muy importante, inevitable, beneficioso en algunos aspectos, perjudicial en muchos otros: la estratificación. Los estratos eran Capas, Cinturas. Consistían en formar materias, en aprisionar intensidades o en fijar singularidades en sistemas de resonancia y de redundancia, en constituir moléculas más o menos grandes en el cuerpo de la tierra, y en hacer entrar estas moléculas en conjuntos molares. Los estratos eran capturas, eran como ―agujeros negros‖ u oclusiones que se esforzaban en retener todo lo que pasaba a su alcance1. Actua-ban por codificación y territorialización en la tierra, procedían simultáneamente por código y por territorialidad. Los estratos eran juicios de Dios, la estratificación general era el sistema completo del juicio de Dios (pero la tierra, o el cuerpo sin órganos, no cesaba de sustraerse al juicio, de huir y de desestratificarse, de descodificarse, de desterritorializarse).

Challenger citaba una frase que afirmaba haber encontrado en un manual de geología, y que había que aprender de memoria porque sólo más tarde se podría comprender: ―Una superficie de estratificación es un plano de consistencia más compacto entre dos capas‖. Las capas eran los estratos. Los estratos iban de dos en dos, cada uno servía de substrato para el otro. La superficie de estratificación era un agenciamiento maquínico que no se confundía con los estratos. El agenciamiento estaba entre dos capas, entre dos estratos, tenía, pues, una cara orientada hacia los estratos (en ese sentido, era un interestrato), pero también tenía una cara orientada hacia otro lado, hacia el cuerpo sin órganos o el plano de consistencia (en ese sentido, era un metaestrato). En efecto, el propio cuerpo sin órganos formaba el plano de consistencia, que devenía compacto o se espesaba a nivel de los estratos.

Dios es un Bogavante o una doble-pinza, un doble-bind*. No sólo los estratos van por lo menos de dos en dos, sino que en otro sentido cada estrato es doble (tendrá varias capas). En efecto, cada estrato presenta fenómenos constitutivos de doble articulación. Articulad dos veces, B-A, BA. Lo que no quiere decir en modo alguno que los estratos hablen o sean lenguaje. La doble articulación es tan variable que no podemos partir de un modelo general, sino tan sólo de un caso relativamente simple. La primera articulación seleccionaría o extraería, de los flujos-partículas inestables, unidades moleculares o cuasi moleculares metaestables (sustancias) a las que impondría un orden estadístico de uniones y sucesiones (formas). La segunda articulación sería la encargada de crear estructuras estables, compactas y funcionales (formas), y constituiría los compuestos molares en los que esas estructuras se actualizan al mismo tiempo (sustancias). Así, en un estrato geológico, la primera articulación es la ―sedimentación‖, que amontona unidades de sedimentos cíclicos según un orden estadístico: el flysch, con su sucesión de areniscas y de esquistos. La segunda articulación es el ―plegamiento‖, que crea una estructura funcional estable y asegura el paso de los sedimentos a las rocas sedimentarias.


* Término acuñado por G. Bateson (“Hacia una teoría de la esquizofrenia”. 1956) para indicar una situación de doble vínculo afectivo contradictorio que coloca al sujeto en una situación sin salida (N. del T.).

Vemos, pues, que las dos articulaciones no se distribuyen una para las sustancias y otra para las formas. Las sustancias tan sólo son materias formadas. Las formas implican un código, modos de codificación y de descodificación. Las sustancias como materias formadas se refieren a territorialidades, a grados de territorialización y de desterritorialización. Ahora bien, hay código y territorialidad para cada articulación, cada articulación implica de por sí forma y sustancia. De momento, sólo se podía decir que a cada articulación le correspondía un tipo de segmentaridad o de multiplicidad: uno, flexible, más bien molecular y únicamente ordenado; otro, más duro, molar y organizado. En efecto, aunque la primera articulación no careciese de interacciones sistemáticas, era sobre todo al nivel de la segunda donde se producían los fenómenos de centrado, unificación, totalización, integración, jerarquización, finalización, que formaban una sobrecodificación. Cada una de las dos articulaciones establecía entre sus propios segmentos relaciones binarias. Pero, entre los segmentos de una y los segmentos de otra, existían relaciones biunívocas según leyes mucho más complejas. En general, la palabra estructura podía designar el conjunto de esas uniones y relaciones, pero era iluso creer que la estructura fuese la última palabra de la tierra. Es más, ni siquiera era seguro que las dos articulaciones se distribuyesen siempre según la distinción de lo molecular y de lo molar.

Dejando de lado la inmensa diversidad de estratos energéticos, físico-químicos, geológicos, se llegaba a los estratos orgánicos, o a la existencia de una gran estratificación orgánica. Pues bien, el problema del organismo —¿cómo “hacer” un organismo al cuerpo?— era, una vez más, el de la articulación, el de la relación articular. Los dogones, que el profesor conocía bien, lo planteaban de la siguiente manera: un organismo advenía al cuerpo del herrero, bajo el efecto de una máquina o de un agenciamiento maquínico que efectuaba en él la estratificación. ―En el choque, la masa y el yunque le habían partido los brazos y las piernas a la altura de los codos y de las rodillas, que hasta ese momento no tenía. Recibía así las articulaciones propias de la nueva forma humana que iba a extenderse sobre la tierra y que estaba destinada al trabajo (...). Con vistas al trabajo su brazo se había ple-gado‖ 2. Pero, evidentemente, reducir la relación articular a los huesos sólo era una manera de hablar. Era el conjunto del organismo el que había que considerar bajo la forma de una doble articulación, y a niveles muy diferentes. En primer lugar al nivel de la morfogénesis: por un lado, realidades de tipo molecular de relaciones aleatorias están incluidas en fenómenos de masa o conjuntos estadísticos que determinan un orden (la fibra proteica, y su secuencia o segmentaridad); por otro lado, esos mismos conjuntos están a su vez incluidos en estructuras estables que

―eligen‖ los compuestos estereoscópicos, que forman órganos, funciones y relaciones, que organizan mecanismos molares, e incluso distribuyen centros capaces de sobrevolar las masas, de vigilar los mecanismos, de utilizar y de reparar la maquinaria, de ―sobrecodificar‖ el conjunto (el replegamiento de la fibra en estructura compacta, la segunda segmentaridad) 3. Sedimentación y plegamiento, fibra y replegamiento.

Pero, al otro nivel, la química celular que regula la constitución de las proteínas también procede por doble articulación. Esta se produce en el interior de lo mo-

lecular, entre pequeñas y grandes moléculas, segmentaridad por modificaciones sucesivas y segmentaridad por polimerización. ―En un primer tiempo, los elementos extraídos del medio son combinados mediante una serie de transformaciones (...). Toda esta actividad emplea varias centenas de reacciones. Pero, a fin de cuentas, aboca a la producción de un número limitado de pequeños compuestos, tan sólo unas decenas. En el segundo tiempo de la química celular, las pequeñas moléculas son reunidas para la producción de las grandes. Gracias a la polimerización de unidades enlazadas por sus extremidades se forman las cadenas que caracterizan las macromoléculas (...). Así pues, los dos tiempos de la química celular difieren a la vez por su función, sus productos, su naturaleza. El primero cincela motivos químicos, el segundo los reúne. El primero forma compuestos que sólo tienen una existencia temporal, puesto que constituyen intermediarios en la vía de la biosíntesis; el segundo crea productos estables. El primero actúa por una serie de reacciones distintas; el segundo por la repetición de la misma‖ 4.

Por último, a un tercer nivel del que depende la propia química celular, el código genético es a su vez inseparable de una doble segmentaridad o de una doble articulación que se produce ahora entre dos tipos de moléculas independientes, por un lado la secuencia de las unidades proteicas, por otro la de las unidades nucleicas, presentando las unidades de un mismo tipo, relaciones binarias, y las unidades de distinto tipo, relaciones biunívocas. Siempre hay, pues, dos articulaciones, dos segmentaridades, dos tipos de multiplicidad, cada una de las cuales emplea formas y sustancias; pero esas dos articulaciones no se distribuyen de forma constante, incluso en el seno de un determinado estrato.

El público, más bien malhumorado, denunciaba muchas cosas mal comprendidas, muchos contrasentidos y hasta falsedades en la disertación del profesor, a pesar de las autoridades en la materia que invocaba, llamándoles sus ―amigos‖. Incluso a los dogones... Más tarde las cosas se iban a poner todavía mucho peor. El profesor se jactaba cínicamente de crear a costa de los demás, pero sus creaciones casi siempre eran engendros, excrecencias, piezas y fragmentos, cuando no estúpidas vulgarizaciones. Además, el profesor no era ni geólogo ni biólogo, ni siquiera lingüista, etnólogo o psicoanalista, en realidad hacía mucho tiempo que nadie sabía cuál era su especialidad. De hecho, el profesor Challenger era doble, estaba doblemente articulado, lo que no facilitaba las cosas, nunca se sabía cuál de los dos estaba presente. El (?) pretendía haber inventado una disciplina, que denominaba de diversas maneras, rizomática, estratoanálisis, esquizoanálisis, nomadología, micropolítica, pragmática, ciencia de las multiplicidades, pero cuyos fines, método y razón no estaban claros. El joven profesor Alasca, alumno predilecto de Challenger, intentó hipócritamente defenderle explicando que el paso de una articulación a otra, en un estrato determinado, era fácilmente verificable puesto que siempre se producía por pérdida de agua, en genética como en biología, e incluso en lingüística, en la que se medía la importancia del fenómeno ―saliva perdida‖. Challenger se sintió ofendido, y prefirió citar a su amigo, eso decía, el geólogo danés spinozista Hjelmslev, príncipe taciturno descendiente de Hamlet, que también se ocupaba del lenguaje, pero precisamente para extraer de él la ―estrati-ficación‖. Hjelmslev había sabido constituir toda una cuadrícula con las nociones

de materia, contenido y expresión, forma y sustancia. Esos eran los ―strata‖ decía Hjelmslev. Pues bien, esta cuadrícula tenía la ventaja de romper con el dualismo forma-contenido, puesto que existía tanto una forma de contenido como una forma de expresión. Los enemigos de Hjelmslev consideraban que eso sólo era una manera de rebautizar las desacreditadas nociones de significado y significante, pero en realidad era algo muy distinto. A pesar del propio Hjelmslev, la trama tenía otro alcance, un origen distinto del lingüístico (y lo mismo había que decir de la doble articulación: si el lenguaje tenía una especificidad, y por supuesto la tenía, ésta no consistía ni en la doble articulación, ni en la cuadrícula de Hjelmslev, que eran caracteres generales de estrato).

Llamábase materia al plan de consistencia o Cuerpo sin Organos, es decir, al cuerpo no formado, no organizado, no estratificado o desestratificado, y a todo lo que circulaba por ese cuerpo, partículas submoleculares y subatómicas, intensidades puras, singularidades libres prefísicas y previtales. Llamábase contenido a las materias formadas, que como consecuencia debían ser consideradas desde dos puntos de vista, desde el punto de vista de la sustancia, en la medida en que esas materias eran ―escogidas‖, y desde el punto de vista de la forma, en la medida en que eran seleccionadas en un cierto orden (sustancia y forma de contenido). Llamábase expresión a las estructuras funcionales, que a su vez debían ser consideradas desde dos puntos de vista, el de la organización de su propia forma, y el de la sustancia, en la medida en que formaban compuestos (forma y sustancia de expresión). En un estrato siempre había una dimensión de lo expresable o de la expresión, como condición de una invariancia relativa: por ejemplo, las secuencias nucleicas eran inseparables de una expresión relativamente invariante gracias a la cual determi-naba los compuestos, órganos y funciones del organismo5. Expresar siempre es cantar la gloria de Dios. Si todo estrato es un juicio de Dios, no sólo son las plantas y los animales, las orquídeas y las avispas las que cantan o se expresan, también lo hacen las rocas e incluso los ríos, todas las cosas estratificadas de la tierra. Así pues, la primera articulación concierne al contenido, y la segunda a la expresión. La distinción entre las dos articulaciones no se establece entre formas y sustancias, sino entre contenido y expresión, no teniendo la expresión menos sustancia que el contenido, y el contenido, menos forma que la expresión. Si la doble articulación coincide unas veces con lo molar y lo molecular, y a veces no, es precisamente porque el contenido y la expresión unas veces se distribuyen así, y otras de otra forma. Entre el contenido y la expresión nunca hay correspondencia ni conformidad, sino únicamente isomorfismo con presuposición recíproca. Entre el contenido y la expresión la distinción siempre es real, por diversas razones, pero no se puede decir que los términos preexistan a la doble articulación. Ella es la que los distribuye según su trazado en cada estrato, y la que constituye su distinción real. (Entre la forma y la sustancia, por el contrario, no hay distinción real, sino únicamente mental o modal: al no ser las sustancias más que materias formadas, no se podía concebir sustancias sin forma, incluso si en ciertos casos lo inverso era posible).

Incluso en su distinción real, el contenido y la expresión eran relativos (―pri-mera‖ y ―segunda‖ articulaciones debían también entenderse de manera totalmente relativa). Incluso en su poder de invariancia, la expresión era una variable

tanto como el contenido. Contenido y expresión eran las dos variables de una función de estratificación. No sólo variaban de un estrato a otro, sino que se dispersa-ban la una en la otra, se multiplicaban o se dividían hasta el infinito en un mismo estrato. En efecto, como toda articulación es doble, no hay una articulación de contenido y una articulación de expresión, sin que la articulación de contenido no sea doble por su cuenta y al mismo tiempo, constituyendo una expresión relativa en el contenido, y sin que la articulación de expresión no sea doble a su vez y al mismo tiempo, constituyendo un contenido relativo en la expresión. Por eso, entre el contenido y la expresión, entre la expresión y el contenido, hay estados intermediarios, niveles, equilibrios e intercambios por los que pasa un sistema estratificado. En resumen, existen formas y sustancias de contenido que tienen un papel de expresión respecto a otras, e inversamente en el caso de la expresión. Estas nuevas distinciones no coinciden, pues, con las de las formas y las sustancias en cada articulación, sino que más bien muestran cómo cada articulación es ya o todavía doble. Lo vemos perfectamente en el caso del estrato orgánico: las proteínas de contenido tienen dos formas, una de las cuales (la fibra replegada) adquiere un papel de expresión funcional respecto a la otra. De igual modo, en el caso de los ácidos nucleicos de expresión, articulaciones dobles hacen que ciertos elementos formales y sustanciales desempeñen un papel de contenido respecto a otros: no sólo la mitad de la cadena que es reproducida por la otra deviene contenido, sino que la propia cadena reconstituida deviene contenido respecto al

―mensajero‖. En un estrato hay dobles-pinzas, double-binds, bogavantes por todas partes, en todas las direcciones, una multiplicidad de articulaciones dobles que unas veces atraviesan la expresión, otras el contenido. Por todas esas razones, no había que olvidar la advertencia de Hjelmslev: ―los mismos términos de plan de expresión y de plan de contenido han sido elegidos según el uso corriente y son totalmente arbitrarios. Ateniéndose a su definición funcional, es imposible sostener que sea legítimo llamar a una de esas variables expresión y a la otra contenido, y no a la inversa: sólo pueden ser definidas como solidarias una de otra, y ni una ni otra puede ser definida de una forma más precisa. Consideradas separadamente, sólo se las puede definir por oposición y de manera relativa, como funtivos de una misma función que se oponen el uno al otro‖ 6. Debemos combinar aquí todos los recursos de la distinción real, de la presuposición recíproca y del relativismo generalizado.


En primer lugar había que preguntarse qué es lo que variaba y qué es lo que no variaba en un estrato determinado. ¿En qué se basaba la unidad, la diversidad de un estrato? La materia, la pura materia del plan de consistencia (o de inconsistencia) estaba fuera de los estratos. Pero, en un estrato, los materiales moleculares arrancados a los sustratos pueden ser los mismos sin que por ello las moléculas lo sean. Los elementos sustanciales pueden ser los mismos en todo el estrato sin que las sustancias lo sean. Las relaciones formales o los enlaces pueden ser los mismos sin que las formas lo sean. En bioquímica, la unidad de composición del estrato orgánico se define al nivel de los materiales y de la energía, de los elementos sustanciales o de los radicales, de los enlaces y reacciones. Pero no son las mismas

moléculas, las mismas sustancias ni las mismas formas. ¿No había llegado el momento de hacer el elogio del Geoffroy Saint-Hilaire? Geoffroy había sabido construir, en el siglo XIX, una concepción grandiosa de la estratificación. Geoffroy decía que la materia, en el sentido de su máxima divisibilidad, consistía en partículas decrecientes, en flujos o fluidos elásticos que se ―desplegaban‖ de forma irradiante en el espacio. La combustión era el proceso de esa fuga o de esa división infinita en el plan de consistencia. La electrificación es el proceso inverso, constitutivo de los estratos, por el que las partículas semejantes se agrupan en átomos y moléculas, las moléculas semejantes en otras de mayor tamaño, las de mayor tamaño en conjuntos molares: ―atracción de Sí por Sí mismo‖, como una doble pinza o una doble articulación. Así, el estrato orgánico no tenía ninguna materia vital específica, puesto que la materia era la misma para todos los estratos, pero tenía una unidad específica de composición, un solo y mismo animal abstracto, una sola y misma máquina abstracta incluida en el estrato, y presentaba los mismos materiales moleculares, los mismos elementos o componentes anatómicas de órganos, las mismas conexiones formales. Lo que no impedía que las formas orgánicas fuesen diferentes entre sí, tanto como los órganos o las sustancias compuestas, tanto como las moléculas. Poco importaba que Geoffroy hubiera elegido como unidades sustanciales los elementos anatómicos más bien que los radicales de proteínas y de ácidos nucleicos. Además, ya invocaba todo un juego de moléculas. Lo fundamental era el principio de la unidad y de la variedad del estrato: isomorfismo de las formas sin correspondencia, identidad de los elementos o componentes sin identidad de las sustancias compuestas.

Aquí es donde intervenía el diálogo, o más bien la violenta polémica con Cuvier. Para retener al poco público que quedaba, Challenger imaginaba un diálogo entre muertos, especialmente epistemológico, a la manera de un teatro de marionetas. Geoffroy apelaba a los Monstruos, Cuvier ponía en orden todos los Fósiles. Bäer enarbolaba frascos de Embriones, Vialleton se rodeaba de un Cintura de Tetrápodo, Perrier imitaba la lucha dramática de la Boca y del Cerebro...etc. Geoffroy: La prueba del isomorfismo es que siempre se puede pasar de una forma a otra por ―plegado‖, por diferentes que éstas sean en el estrato orgánico. Del Vertebrado al Cefalópodo: aproximad las dos partes de la espina dorsal del Vertebrado, aproximad su cabeza a sus pies, su pelvis a su nuca... —Cuvier (encoleri-zado): Eso no es verdad, eso no es verdad, usted no puede pasar de un Elefante a una Medusa, yo lo he intentado. Hay ejes, tipos, grandes divisiones irreductibles. Hay semejanzas de órganos y analogías de formas, eso es todo. Usted es un charlatán, un metafísico. —Vialleton (discípulo de Cuvier y de Bäer): y aunque el plegado diese buenos resultados ¿quién podría soportarlo? No es un azar que Geoffroy sólo considere elementos anatómicos. Ningún músculo ni ligamento ni cintura soportarían ese plegado. —Geoffroy: yo he dicho que había isomorfismo, no que había correspondencia. Hay que hacer intervenir ―grados de desarrollo o de perfección‖. Los materiales no alcanzan en todo el estrato el grado que les permitiría constituir tal o tal conjunto. Los elementos anatómicos pueden estar aquí y allá detenidos o inhibidos, por percusión molecular, influencia del medio o presión de los elementos vecinos, de suerte que componen los mismos órganos. Las

relaciones o conexiones formales tienen entonces necesariamente que efectuarse en formas y disposiciones completamente diferentes. No obstante, el mismo Animal abstracto se realiza en todo el estrato, pero en grados diversos, bajo modos diversos, siempre todo lo perfecto que puede serlo en función del entorno y del medio (evidentemente todavía no se trata de una evolución: ni el plegado ni los grados implican descendencia o derivación, sino únicamente realizaciones autónomas de un mismo abstracto). Ahora es cuando Geoffroy invoca los Monstruos: los monstruos humanos son embriones detenidos en tal grado de desarrollo, en ellos el hombre sólo es una ganga para formas y sustancias no humanas. Sí, el Hete-radelfo es un crustáceo. Bäer (aliado de Cuvier, contemporáneo de Darwin, pero tan reticente hacia él como enemigo de Geoffroy): Eso no es verdad, usted no puede confundir grados de desarrollo y tipos de formas. Un mismo tipo tiene varios grados, un mismo grado aparece en varios tipos. Pero con grados usted nunca hará tipos. Un embrión de tal tipo no puede presentar otro tipo, como mucho puede tener el mismo grado que un embrión de otro tipo. —Vialleton (discípulo de Bäer, que apostaba a la vez contra Darwin y contra Geoffroy): y además hay cosas que sólo un embrión puede hacer y soportar. Y puede hacerlas y soportarlas precisamente en virtud de su tipo, y no porque pueda pasar de un tipo a otro según sus grados de desarrollo. Vea si no la tortuga, su cuello exige la evolución de un cierto número de protovertebrados, y el miembro anterior un desplazamiento de 180° respecto al de un pájaro. Usted nunca podrá deducir la embriogénesis de la filogénesis; el plegado no permite pasar de un tipo a otro, al contrario, son los tipos los que confirman la irreductibilidad de las formas de plegamiento... (Vialleton tiene así dos géneros de argumentos conjugados para la misma causa, unas veces dice que hay cosas que ningún animal puede hacer en virtud de su sustancia, otras, que hay cosas que sólo un embrión puede hacer en virtud de su forma. Son dos argumentos de peso)7.

Ya no sabemos muy bien por dónde andamos. Hay tantas cosas en juego en estas réplicas. Tantas distinciones que no cesan de proliferar. Tantos arreglos de cuentas, pues la epistemología no es inocente. Geoffroy, sutil y muy suave, y Cuvier, grave y violento, discuten sobre Napoleón. Cuvier, especialista riguroso, y Geoffroy, siempre dispuesto a cambiar de especialidad. Cuvier odia a Geoffroy, no soporta sus fórmulas ágiles, su humor (sí, las Gallinas tienen dientes, el Bogavante tiene la piel sobre los huesos, etc.). Cuvier es un hombre de Poder y de Terreno, y lo manifestará ante un Geoffroy que prefigura ya el hombre nómada de las velocidades. Cuvier reflexiona en un espacio euclideano, mientras que Geoffroy piensa topológicamente. En la actualidad invocaríamos el plegamiento del córtex con todas sus paradojas. Los estratos son topológicos, y Geoffroy es un gran artista del plegado, un artista formidable; de esa forma tiene ya el presentimiento de un cierto rizoma animal, de comunicaciones aberrantes, los Monstruos, mientras que Cuvier reacciona en términos de fotos discontinuas y calcos fósiles. No sabemos muy bien por dónde andamos, puesto que las distinciones se han multiplicado en todos los sentidos.

Todavía ni siquiera hemos tenido en cuenta a Darwin, al evolucionismo y al neoevolucionismo. No obstante, ahí es donde se produce un fenómeno decisivo:

nuestro teatro de marionetas deviene cada vez más nebuloso, es decir, colectivo y diferencial. Los dos factores que invocábamos, con sus relaciones problemáticas, para explicar la diversidad en un estrato —los grados de desarrollo o de perfección y los tipos de formas— sufren una profunda transformación. Según una doble tendencia, los tipos de formas deben comprenderse cada vez más a partir de poblaciones, manadas y colonias, colectividades o multiplicidades; y los grados de desarrollo deben comprenderse en términos de velocidades, de tasas, de coeficientes y de relaciones diferenciales. Doble profundización. Esa es la conquista fundamental del darwinismo, que implica una nueva interacción individuo-medios en el estrato8. Por un lado, si suponemos una población elemental o incluso molecular en un medio dado, las formas no preexisten a esa población, las formas son más bien resultados estadísticos: la población se distribuirá tanto mejor en el medio, se lo repartirá tanto más en la medida en que adquirirá formas divergentes, en la medida en que su multiplicidad se dividirá en multiplicidades de distinta naturaleza, en la medida en que sus elementos entrarán en compuestos o materias formadas distintas. En ese sentido, la embriogénesis y la filogénesis invierten sus relaciones: el embrión ya no manifiesta una forma absoluta preestablecida en un medio cerrado, la filogénesis de las poblaciones dispone de una libertad de formas relativas, no estando ninguna preestablecida en un medio abierto. En el caso de la embriogénesis, ―se puede decir, por referencia a los progrenitores, y anticipándose al final del proceso, si es un pichón o un lobo lo que está desarrollándose... Pero aquí los propios puntos de referencia están en movimiento: si existen puntos fijos es por comodidad del lenguaje. A escala de la evolución universal, cualquier localización de ese género es imposible... La vida sobre la tierra se presenta como un conjunto de faunas y de floras relativamente independientes, las fronteras a veces cambiantes o permeables. Las áreas geográficas sólo pueden albergar una especie de caos, o cuando más, armonías extrínsecas de orden ecológico, equilibrios provisionales entre poblaciones‖ 9.

Por otro lado, al mismo tiempo y bajo las mismas condiciones, los grados no son de desarrollo o de perfección preexistentes, son más bien equilibrios relativos y globales: sólo son válidos en función de las ventajas que proporcionan primero a tales elementos, después a tal multiplicidad en el medio, y en función de tal variación en él. En ese sentido, los grados ya no son equiparables a una perfección creciente, a una diferenciación y complicación de las partes, sino a esas relaciones y coeficientes diferenciales tales como presión de selección, acción de catalizador, velocidad de propagación, tasa de crecimiento, de evolución, de mutación, etc.; el progreso relativo puede, pues, hacerse por simplificación cuantitativa y formal más bien que por complicación, por pérdida de componentes y de síntesis más bien que por adquisición (es un problema de velocidad, y la velocidad es una diferencial). Nos formamos, adquirimos formas por poblaciones; progresamos y adquirimos velocidad por pérdida. Las dos conquistas fundamentales del darwinismo van en el sentido de una ciencia de las multiplicidades: la sustitución de los tipos por las poblaciones, y la de los grados por las tasas o relaciones diferencia-les10. Y son conquistas nómadas, con fronteras cambiantes de poblaciones o variaciones de multiplicidades, con coeficientes diferenciales o variaciones de rela-

ciones. La bioquímica actual, todo el ―darwinismo molecular‖, como dice Monod, confirma al nivel de un solo y mismo individuo global y estadístico, de una simple muestra, la importancia determinante de las poblaciones moleculares y de las tasas microbiológicas (por ejemplo, la infinita secuencia en una cadena, y la variación de un solo segmento al azar en esa secuencia).

Challenger aseguraba que venía de hacer una larga digresión, pero que nada podía distinguir lo digresivo de lo no digresivo. Se trataba de sacar varias conclusiones relativas a esa unidad y a esa diversidad en un mismo estrato, por ejemplo el estrato orgánico.

En primer lugar, un estrato tenía realmente una unidad de composición, gracias a la cual podía hablarse de un estrato: materiales moleculares, elementos sustanciales, relaciones o rasgos formales. Los materiales no eran la materia no formada del plan de consistencia, ya estaban estratificados y procedían de los

―substratos‖. Pero, evidentemente, los substratos no debían ser considerados como simples substratos: sobre todo no tenían una organización menos compleja o inferior, y había que evitar cualquier evolucionismo cósmico ridículo. Los materiales proporcionados por un sustrato eran sin duda más simples que los compuestos del estrato, pero el nivel de organización al que pertenecían en el substrato no era menor que el del propio estrato. Entre los materiales y los elementos sustanciales había otra organización, cambio de organización, no aumento. Los materiales proporcionados constituían un medio exterior para los elementos y los compuestos del estrato considerado; pero no eran exteriores al estrato. Los elementos y compuestos constituían un interior del estrato, de la misma manera que los materiales constituían un exterior del estrato, pero los dos pertenecían al estrato, éstos como materiales proporcionados y extraídos, aquéllos como formados con los materiales. Y además, ese exterior y ese interior sólo eran relativos, sólo existían por sus intercambios, es decir, por el estrato que los ponía en relación. Así, en el caso del estrato cristalino, el medio amorfo es exterior al germen en el momento en que el cristal todavía no se ha constituido; pero el cristal no se constituye sin interiorizar e incorporar masas del material amorfo. Y a la inversa, la interioridad del germen cristalino debe pasar a la exterioridad del sistema en el que el medio amorfo puede cristalizar (aptitud para adquirir la otra organización), hasta el extremo de que el germen procede de fuera. En resumen, el exterior y el interior son tanto uno como otro interiores al estrato. Y lo mismo ocurre en el estrato orgánico: los materiales proporcionados por los substratos son realmente un medio exterior que constituye el famoso caldo prebiótico, mientras que cata-lizadores desempeñan la función de germen para formar elementos e incluso compuestos sustanciales interiores. Pero estos elementos y compuestos se apropian de los materiales, como también se exteriorizan por replicación de las propias condiciones del caldo primitivo. Una vez más, el interior y el exterior se intercambian, siendo los dos interiores al estrato orgánico. Entre los dos está el límite, la membrana que regula los intercambios y la transformación de organización, las distribuciones interiores al estrato, y que definen en éste el conjunto de las relaciones o rasgos formales (incluso si este límite tiene una situación y una función muy variables según cada estrato: por ejemplo, el límite del cristal y la membrana

de la célula). Se puede, pues, llamar capa central, anillo central de un estrato, al conjunto siguiente de unidad de composición: los materiales moleculares exteriores, los elementos sustanciales interiores, el límite o membrana portadora de las relaciones formales. Hay como una sola y misma máquina abstracta englobada en el estrato, y constituyendo su unidad. Es el Ecumeno, por oposición al Planomeno del plan de consistencia.

Pero sería todo un error creer que esa capa central unitaria del estrato era ais-lable, o que se podía alcanzar por sí misma y por regresión. En primer lugar, un estrato iba necesariamente, y desde el principio, de capa en capa. Tenía ya varias capas. Iba de un centro a una periferia, pero a su vez la periferia actuaba sobre el centro y formaba ya un nuevo centro para una nueva periferia. No cesaban de irradiar y de retroceder flujos. Había crecimiento y multiplicación de estados intermediarios, y ese proceso estaba incluido en las condiciones locales del anillo central (diferencias de concentración, variaciones toleradas inferiores a un umbral de identidad). Estos estados intermediarios presentaban nuevas figuras de medios o materiales, pero también de elementos y de compuestos. En efecto, eran intermediarios entre el medio exterior y el elemento interior, entre los elementos substanciales y sus compuestos, entre los compuestos y las sustancias, y también entre las diferentes sustancias formadas (sustancias de contenido y sustancias de expresión). A estos intermediarios y superposiciones, a estos crecimientos, a estos niveles, se les denominaría epistratos. En nuestros dos ejemplos, el estrato cristalino comprende muchos intermediarios posibles entre el medio o el material exterior y el germen interior: multiplicidad de los estados de metaestabilidad perfectamente discontinuos, como otros tantos grados jerárquicos. El estrato orgánico ya no se puede separar de los llamados medios interiores, y que son, en efecto, elementos interiores respecto a materiales exteriores, pero también elementos exteriores respecto a sustancias interiores11. Y sabemos que esos medios interiores orgánicos regulan los grados de complejidad y de diferenciación de las partes de un organismo. Un estrato considerado en su unidad de composición sólo existe, pues, en sus epistratos sustanciales que rompen su continuidad, que fragmentan su anillo y lo gradúan. El anillo central no existe independientemente de una periferia que forma un nuevo centro y reacciona sobre el primero, y que se dispersa a su vez en epistratos discontinuos.

Pero aún había más. No sólo había esta nueva o segunda relatividad entre el interior y el exterior, sino también toda una historia al nivel de la membrana o del límite. En efecto, en la medida en que los elementos y compuestos incorporaban, se apropiaban de los materiales, los organismos correspondientes estaban obligados a dirigirse a materiales diferentes, ―más extraños y menos cómodos‖, que ex-traían bien de masas aún intactas, o bien de otros organismos. El medio adquiría aquí todavía una tercera forma: ya no era el medio interior o exterior, incluso relativo, ni un medio intermediario, sino más bien un medio asociado o anexionado. Los medios asociados implicaban fundamentalmente fuentes de energía distintas de los propios materiales nutritivos. Mientras que esas fuentes no fueran conquistadas, podía decirse del organismo que se nutría, pero no que respiraba: más bien se mantenía en un estado de sofocación12. La conquista de una fuente de energía

permitía, por el contrario, una extensión de los materiales transformables en elementos y compuestos. El medio asociado se definía así por capturas de fuentes de energía (respiración en el sentido más general), por el discernimiento de los materiales, la aprehensión de su presencia o de su ausencia (percepción) y por la fabricación o no de los elementos o compuestos correspondientes (respuesta, reacción). Que existen a este respecto percepciones moleculares, al igual que existen reacciones, es evidente en toda la economía de la célula, y en la propiedad de los agentes de regulación de ―reconocer‖ exclusivamente una o dos especies químicas en un medio de exterioridad muy variado. Pero el propio desarrollo de los medios asociados o anexionados conduce a los mundos animales tal como los describe Uexküll, con sus características energéticas, perceptivas y activas. Inolvidable mundo asociado de la Garrapata definido por su energía gravitatoria de caída, su carácter olfativo de percepción del sudor, su carácter activo de picadura: la garrapata se sube a lo alto de una rama para dejarse caer sobre un mamífero que pasa, que ella reconoce por el olor y al que pica en un surco de la piel, (mundo asociado formado por tres factores, eso es todo). Los caracteres perceptivos y activos son como una doble-pinza, una doble articulación 13.

Ahora bien, en este caso, los medios asociados están en estrecha relación con formas orgánicas. Una forma orgánica no es una simple estructura, sino una estructuración, una constitución del medio asociado. Un medio animal como la tela de araña no es menos ―morfogenético‖ que la forma de organismo. Realmente no se puede decir que sea el medio el que determina la forma; pero, por ser más compleja, la relación de la forma con el medio no es menos decisiva. En la medida en que la forma depende de un código autónomo sólo puede constituirse en un medio asociado que entrelaza de manera compleja los caracteres energéticos, perceptivos y activos conforme a las exigencias del propio código; sólo puede desarrollarse a través de los medios intermediarios que regulan las velocidades y las tasas de sus sustancias; sólo puede concebirse en el medio de exterioridad que mide las ventajas comparadas de los medios asociados y las relaciones diferenciales de los medios intermediarios. Los medios siempre actúan, por selección, sobre organismos completos cuyas formas dependen de códigos que esos medios sancionan indirectamente. Los medios asociados se reparten un mismo medio de exterioridad en función de las formas diferentes, de igual modo que los medios intermediarios se lo reparten en función de tasas o grados para una misma forma. Pero estas reparticiones no se hacen de la misma manera. Con relación a la franja central del estrato, los medios o estados intermediarios constituían ―epistratos‖, los unos sobre los otros, y formando nuevos centros para nuevas periferias. Pero, llamaríase ―paraestratos‖ a ese otro modo que tenía el anillo central de fragmentarse en côtés et à-côtés, en formas irreductibles y medios que estaban asociados a ellas. Ahora es al nivel del límite o de la membrana propia de la franja central donde las relaciones o los rasgos formales, comunes a todo el estrato, adquirían necesariamente formas o tipos de formas completamente diferentes, que correspondían a los paraestratos. Un estrato sólo existía en sus epistratos y paraestratos, de suerte que, en última instancia, éstos debían ser considerados por su cuenta como estratos. La cintura, el anillo idealmente continuo del estrato, el

Ecumeno, definido por la identidad de los materiales moleculares, de los elementos sustanciales y de las relaciones formales, sólo existía como roto, fragmentado en epistratos y paraestratos que implicaban máquinas concretas, con sus índices respectivos, y que constituían moléculas diferentes, sustancias específicas, formas irreductibles 14.

Ahora podíamos volver a las dos conquistas fundamentales: por qué las formas, los dos tipos de formas en los paraestratos, debían entenderse con relación a poblaciones, y por qué los grados de desarrollo en los epistratos debían entenderse como tasas, relaciones diferenciales. Pues, en primer lugar, los paraestratos en-globaban los códigos de los que dependían las formas, y que necesariamente tenían que ver con poblaciones. Se necesitaba ya toda una población molecular para estar codificado, y los efectos del código o de un cambio en el código se evaluaban al nivel de una población más o menos molar, en virtud de su capacidad para propagarse en el medio, o para crear un nuevo medio asociado en el que la modificación sería capaz de poblarse. Sí, siempre había que pensar en términos de manada o de multiplicidad: si un código se fijaba o no es porque el individuo codificado formaba parte de una población, ―la que habita un tubo de ensayo, un charco de agua o un intestino de mamífero‖. Pero, ¿qué significaba cambio en un código, o modificación de un código, variación de paraestrato, de dónde prove-nían eventualmente nuevas formas y nuevos medios asociados? Pues bien, el cambio no provenía evidentemente de un paso entre formas preestablecidas, es decir, de una traducción de un código a otro. Mientras que el problema estuviera planteado así era insoluble, y sin duda habría que decir con Cuvier y Baüer que los tipos de formas establecidas, al ser irreductibles, no permitían ninguna traducción ni transformación. Pero el problema se plantea de forma totalmente distinta desde el momento en que se ve que el código es inseparable de un proceso de descodificación que es inherente a él. No hay genética sin ―deriva genética‖. La teoría moderna de las mutaciones ha mostrado perfectamente cómo un código, forzosamente de población, conlleva un margen de descodificación esencial: no sólo todo código tiene suplementos capaces de variar libremente, sino que un mismo segmento puede ser copiado dos veces, el segundo de los cuales deviene libre gracias a la variación. También se producen transferencias de fragmentos de código de una célula a otra procedentes de especies diferentes, Hombre y Ratón, Mono y Gato, por medio de virus o de otros procedimientos, sin que haya traducción de un código a otro, (los virus no son traductores), sino más bien un fenómeno singular que nosotros llamamos plusvalía de código, comunicación de à-côté 15. Más adelante tendremos ocasión de volver a hablar de ello, puesto que es esencial para todos los devenires-animales. Pero ya podemos decir que suplementos y plusvalías, suplementos en el orden de una multiplicidad, plusvalías en el orden de un rizoma, hacen que cualquier código presente un margen de descodificación. Lejos de estar inmóviles y fijadas en los estratos, las formas en los paraestratos, y los propios paraestratos, están incluidas en un engranaje maquínico: remiten a poblaciones, las poblaciones implican códigos, los códigos incluyen fundamentalmente fenómenos de descodificación relativos, y tanto más utilizables, componibles, adicionables cuanto que son relativos, siempre à-côté.

Si las formas remiten a códigos, a procesos de codificación y de descodificación en los paraestratos, las sustancias como materias formadas, remiten a territorialidades, a movimientos de desterritorialización y reterritorialización en los epistratos. En realidad, los epistratos son tan inseparables de esos movimientos que los constituyen como los paraestratos lo son de esos procesos. De la capa central a la periferia, luego del nuevo centro a la nueva periferia, pasan ondas nómadas o flujos de desterritorialización que recaen en el antiguo centro y se precipitan hacia el nuevo16. Los epistratos están organizados en el sentido de una desterritorialización cada vez mayor. Las partículas físicas, las sustancias químicas atraviesan, en su estrato y a través de los estratos, umbrales de desterritorialización que corresponden a estados intermediarios más o menos estables, a valencias, a existencias más o menos transitorias, a incorporaciones a tal o tal cuerpo, a densidades de entorno, a relaciones más o menos localizables. No sólo las partículas físicas se caracterizan por velocidades de desterritorialización —tachyons, agujeros-partí-culas, los quarks de Joyce, para recordar la idea fundamental de ―caldo‖— sino que incluso una sustancia química, como el azufre o el carbono, etc., tiene estados más o menos desterritorializados. En su propio estrato, un organismo está tanto más desterritorializado cuanto que implica medios interiores que aseguran su autonomía y lo ponen en un conjunto de relaciones aleatorias con el exterior. En este sentido, los grados de desarrollo sólo pueden entenderse relativamente, y en función de velocidades, de relaciones y de tasas diferenciales. La desterritorialización debe ser considerada como una fuerza perfectamente positiva, que posee sus grados y sus umbrales (epistratos), y que siempre es relativa, que tiene un reverso, que tiene una complementaridad en la reterritorialización. Un organismo desterritorializado respecto al exterior se reterritorializa necesariamente en sus medios interiores. Tal fragmento supuestamente de embrión se desterritorializa al cambiar de umbral o de gradiente, pero recibe una nueva afectación del nuevo entorno. Los movimientos locales son realmente alteraciones. Por ejemplo las migraciones celulares, los estiramientos, las invaginaciones, los plegamientos. Pues todo viaje es intensivo, y se hace en umbrales de intensidad en los que evoluciona, o bien franquea. Se viaja por intensidad, y los desplazamientos, las figuras en el espacio, dependen de umbrales intensivos de desterritorialización nómada, así pues, de relaciones diferenciales, que fijan al mismo tiempo las reterritorializaciones sedentarias y complementarias. Cada estrato procede del siguiente modo: capta en sus pinzas un máximo de intensidades, de partículas intensivas, en las que despliega sus formas y sus sustancias, y constituye gradientes, umbrales de resonancia determinados (en un estrato, la desterritorialización siempre está determinada con relación a la reterritorialización complementaria) 17.

Mientras se comparaban formas preestablecidas y grados predeterminados, no sólo se estaba condenado a limitarse a la simple constatación de su irreductibilidad, sino que no se disponía de ningún medio para juzgar la posible comunicación entre los dos factores. Pero resulta que las formas dependen de los códigos en los paraestratos, y están inmersas en procesos de descodificación o de deriva; y los grados están afectados por movimientos de desterritorialización y de reterritorialización intensivos. Códigos y territorialidades, descodificaciones y desterritoria-

lizaciones, no se corresponden término a término: al contrario, un código puede ser de desterritorialización, y una reterritorialización puede ser de descodificación. Entre un código y una territorialidad hay grandes márgenes. Pero no por ello los dos factores dejan de tener el mismo ―sujeto‖ en un estrato: son poblaciones que se desterritorializan y se reterritorializan, pero también se codifican y descodifican. Y estos factores comunican, se entrelazan en los medios.

Por un lado, las modificaciones de código tienen claramente una causa aleatoria en el medio de exterioridad, y son sus efectos sobre los medios interiores, su compatibilidad con ellos, los que deciden sobre su capacidad de poblarse. Las desterritorializaciones y reterritorializaciones no determinan las modificaciones, pero determinan estrechamente la selección. Por otro lado, toda modificación tiene su medio asociado que a su vez va a provocar tal desterritorialización con relación al medio de exterioridad, tal reterritorialización en medios interiores o intermediarios. En un medio asociado, las percepciones y las acciones, incluso al nivel molecular, crean o producen signos territoriales (índices). Con mayor motivo, un mundo animal está constituido, jalonado por tales signos, que lo dividen en zonas (zona de abrigo, zona de caza, zona neutralizada, etc.), que movilizan órganos especiales, y que corresponden a fragmentos de código, incluido el margen de descodificación inherente al código. Incluso la parte de lo adquirido está preservada por el código, o prescrita por él. Pero los índices o signos territoriales son inseparables de un doble movimiento. Al estar el medio asociado siempre confrontado a un medio de exterioridad en el que el animal se aventura, se arriesga necesariamente, debe preservarse una línea de fuga que permita al animal regresar a su medio asociado cuando aparece el peligro (por ejemplo la línea de fuga del toro en la arena, gracias a la cual puede llegar al terreno elegido por él) 18. Una segunda línea de fuga aparece después cuando el medio asociado se encuentra trastocado por las acciones del exterior y el animal debe abandonarlo para aliarse con nuevas porciones de exterioridad, apoyándose ahora en sus medios interiores como frágiles muletas. Con el desecamiento del mar, el Pez primitivo abandona su medio asociado para explorar la tierra, se ve forzado a ―transportarse a sí mismo‖, y ya no cuenta con más aguas que las que lleva en el interior de sus membranas amnióticas para la protección del embrión. De todas maneras, más que el ataque, lo propio del animal es la huida, pero sus fugas son a la vez conquistas, creaciones. Las territorialidades están, pues, atravesadas de parte a parte por líneas de fuga que hablan de la presencia en ellas de movimientos de desterritorialización y reterritorialización. En cierto sentido, son secundarias. Sin esos movimientos que las precipitan, nada serían. En resumen, en el Ecumeno o la unidad de composición de un estrato, los epistratos y los paraestratos no cesan de moverse, de circular, de desplazarse, de cambiar, unos transportados por líneas de fuga y movimientos de desterritorialización, otros por procesos de descodificación o de deriva, comunicando unos y otros en el entrecruzamiento de los medios. Los estratos no cesan de estar sacudidos por fenómenos de fractura o de ruptura, bien al nivel de los sustratos que proporcionan los materiales, bien al nivel de los ―caldos‖ que contiene cada uno de los estratos (un caldo prebiótico, un caldo prequímico...), bien al nivel de los epistratos que se acumulan, bien al nivel de los paraestratos que se apoyan:

por todas partes surgen aceleraciones y bloqueos simultáneos, velocidades comparadas, diferencias de desterritorialización que crean campos relativos de reterritorialización.

Evidentemente, no había que confundir esos movimientos relativos con la posibilidad de una desterritorialización absoluta, de una línea de fuga absoluta, de una deriva absoluta. Los primeros eran estráticos o interestráticos, mientras que éstas concernían al plan de consistencia y a su desestratificación (a su ―combus-tión‖, como decía Geoffroy). Sin duda, las partículas físicas locas, en su precipitación, chocaban con los estratos, los atravesaban dejando en ellos una mínima huella, escapaban a las coordenadas espacio-temporales e incluso existenciales para tender hacia un estado de desterritorialización absoluta o de materia no formada, en el plan de consistencia. En cierto sentido, la aceleración de las desterritorializaciones relativas alcanzaba una barrera del sonido: si las partículas rebotaban en esa barrera, o se dejaban atrapar por los agujeros negros, recaían en los estratos, sus relaciones y sus medios, pero, si franqueaban la barrera, alcan-zaban el elemento no formado, desestratificado, del plan de consistencia. Incluso se podía decir que las máquinas abstractas, que emitían y combinaban las partículas, tenían como dos modos de existencia muy diferentes: el ecumeno y el planomeno. Unas veces permanecían prisioneras de las estratificaciones, estaban englobadas en tal o tal estrato determinado, cuyo programa o unidad de composición definían (el Animal abstracto, el Cuerpo químico abstracto, la Energía en sí), y en el que regulaban los movimientos de desterritorialización relativa. Otras veces, por el contrario, la máquina abstracta atravesaba todas las estratificaciones, se desarrollaba única y por sí misma en el plan de consistencia constituyendo su diagrama, la misma máquina actuaba tanto sobre la astrofísica como sobre la microfísica, lo natural como lo artificial, y dirigía flujos de desterritorialización absoluta (evidentemente, la materia no formada no era en modo alguno un caos cualquiera). No obstante, esta manera de presentar las cosas todavía era muy simple.

Por un lado, no se pasaba de lo relativo a lo absoluto por simple aceleración, aunque el aumento de las velocidades tendiese hacia ese resultado global y comparado. Una desterritorialización absoluta no se definía por un acelerador gigante, era absoluta o no independientemente del hecho de que fuera más o menos rápida o lenta. Incluso se podía alcanzar lo absoluto por fenómenos de lentitud o de retraso relativos. Por ejemplo, retrasos de desarrollo. Lo que debía cualificar la desterritorialización no era su velocidad (había velocidades muy lentas), sino su naturaleza, en la medida en que constituía epistratos y paraestratos, y procedía por segmentos articulados, o bien, por el contrario, en la medida en que saltaba de una singularidad a otra, según una línea no segmentaria indescomponible que trazaba un metaestrato del plan de consistencia. Por otro lado, no había sobre todo que creer que la desterritorialización absoluta se producía de golpe, además de posteriormente o más allá. En esas condiciones no se entendía por qué los estratos estaban animados de movimientos de desterritorialización y de descodificación relativos, que en ellos no eran como accidentes. De hecho, lo primero era una desterritorialización absoluta, una línea de fuga absoluta, por compleja y múltiple que fuese, la del plan de consistencia o del cuerpo sin órganos (la Tierra, la absoluta-

mente-desterritorializada). Y esa desterritorialización sólo devenía relativa por estratificación en ese plan, en ese cuerpo: los estratos siempre eran residuos, no a la inversa —no había que preguntarse cómo algo salía de los estratos, sino más bien cómo las cosas entraban en ellos—. Como consecuencia, existía una perpetua inmanencia de la desterritorialización absoluta en la relativa, y los agenciamientos maquínicos entre estratos, que regulaban las relaciones diferenciales y los movimientos relativos, también tenían máximos de desterritorialización orientados hacia lo absoluto. Siempre inmanencia de los estratos y del plan de consistencia, o coexistencia de los dos estados de la máquina abstracta como dos estados diferentes de intensidades.


La mayoría del público se había marchado (primero los martinetistas de la doble articulación, luego los hjemslevianos del contenido y de la expresión, y los biólogos de las proteínas y de los ácidos nucléicos). Sólo quedaban los matemáticos, pues estaban acostumbrados a otras locuras, algunos astrólogos y arqueólogos, y algunas personas aisladas. Además, Challenger había cambiado, ya no era el del principio, su voz se había vuelto más ronca, y a veces estaba atravesada por una tos de mono. Su sueño no era tanto dar una conferencia a humanos como proponer un programa a puros ordenadores. O bien era una axiomática, pues la axiomática concernía esencialmente a la estratificación. Challenger sólo se dirigía a la memoria. Ahora que ya habíamos hablado de lo que permanecía constante y de lo que variaba en un estrato, desde el punto de vista de las sustancias y de las formas, todavía había que preguntarse qué era lo que variaba de un estrato a otro, desde el punto de vista del contenido y de la expresión. Pues si bien es cierto que siempre hay una distinción real constitutiva de doble articulación, una presuposición recíproca entre el contenido y la expresión, lo que sí varía de un estrato a otro es la naturaleza de esa distinción real, la naturaleza y la posición respectiva de los términos distinguidos. Consideremos ya un primer gran grupo de estratos: se les puede caracterizar diciendo sumariamente que en ellos el contenido (forma y sustancia) es molecular, y la expresión (forma y sustancia) molar. Entre los dos, la diferencia es fundamentalmente de grado de tamaño, o de escala. La doble articulación implica aquí dos órdenes de tamaño. La resonancia, la comunicación que se produce entre los dos órdenes independientes es la que instaura el sistema estratificado, cuyo contenido molecular tiene una forma correspondiente a la distribución de las masas elementales y a la acción de molécula a molécula, de igual modo que la expresión tiene una forma que manifiesta por su cuenta el conjunto estadístico y el estado de equilibrio al nivel macroscópico. La expresión es como una ―operación de estructuración amplificante que hace pasar al nivel macrofísico las propiedades activas de la discontinuidad primitivamente microfísica‖.

Ese era el caso del estrato geológico, del estrato cristalino, de los estratos físico-químicos, de todos aquellos en los que se puede decir que lo molar expresa las interacciones moleculares microscópicas (―el cristal es la expresión macroscópica de una estructura microscópica‖, ―la forma de los cristales expresa ciertos caracteres moleculares o atómicos de la especie química constituyente‖). Evidentemente, las posibilidades eran muy variadas a este respecto, según el número y la

naturaleza de los estados intermediarios, pero también según la intervención de fuerzas exteriores para la formación de la expresión. Entre lo molecular y lo molar podía haber más o menos estados intermediarios; en la forma molar podían intervenir más o menos fuerzas exteriores o centros organizadores. Y sin duda, estos dos factores estaban en razón inversa, e indicaban dos casos-límites. Por ejemplo, la forma de expresión molar podía ser del tipo ―molde‖, movilizando un máximo de fuerzas exteriores o, por el contrario, del tipo ―modulación‖, haciendo intervenir sólo un mínimo; no obstante, incluso en el caso del molde, había estados intermediarios interiores, casi instantáneos, entre el contenido molecular que adoptaba sus formas específicas, y la expresión molar determinada desde fuera por la forma del molde. Y a la inversa, cuando la multiplicación y la temporalización de los estados intermediarios manifestaban el carácter endógeno de la forma molar, como en el caso de los cristales, no por ello dejaba de haber un mínimo de fuerzas exteriores que intervenían en cada una de esas etapas 19. Se debía, pues, decir que la independencia relativa del contenido y de la expresión, la distinción real entre el contenido molecular con sus formas y la expresión molar con las suyas, tenía un estatuto especial dotado de una cierta libertad entre los casos-límites.

Puesto que los estratos eran juicios de Dios, no había que dudar en utilizar todas las sutilidades de la escolástica y de la teología de la Edad Media. Entre el contenido y la expresión había verdaderamente una distinción real, puesto que las formas correspondientes eran actualmente distintas en la ―cosa‖ y no sólo en el espíritu de un observador. Pero esta distinción real era muy particular, sólo era formal, puesto que las dos formas componían o conformaban una sola y misma cosa, un solo y mismo sujeto estratificado. Se podrían poner diversos ejemplos de distinción formal: entre escalas u órdenes de tamaño (como entre un mapa y su modelo; o bien, de otra manera, entre niveles microfísico y macrofísico, como en la parábola de los dos escritorios de Eddington) —entre diversos estados o razones formales por las que pasa una misma cosa— entre la cosa considerada bajo una forma, y en la relación de causalidad eventualmente exterior que le da otra forma... etc. (Habría tantas formas distintas que no sólo el contenido y la expresión tenían cada uno la suya, sino que los estados intermediarios introducían formas de expresión propias del contenido y formas de contenido propias de la expresión).

Por muy variadas y reales que sean las distinciones formales, lo que cambia con el estrato orgánico es la naturaleza de la distinción, y, como consecuencia, toda la distribución del contenido y de la expresión en ese estrato. No obstante, éste conserva e incluso amplía la relación entre lo molecular y lo molar, con todo tipo de estados intermediarios. Ya lo hemos visto en el caso de la morfogénesis, en el que la doble articulación sigue siendo inseparable de la comunicación entre dos órdenes de tamaño. E igual ocurre en el caso de la química celular. Pero el estrato orgánico tiene una característica original, que debe explicar esas mismas amplifi-caciones. En el caso anterior, la expresión dependía del contenido molecular expresado, en todas las direcciones y según todas las dimensiones, y sólo era independiente en la medida en que recurría a un orden de tamaño superior y a fuerzas exteriores: la distinción real era entre formas, pero formas de un solo y mismo

conjunto, de una misma cosa o sujeto. Ahora, por el contrario, la expresión deviene independiente en sí misma, es decir, autónoma. Mientras que la codificación de un estrato precedente era coextensiva al estrato, la del estrato orgánico se desarrolla en una línea independiente y autónoma, que se separa al máximo de la segunda y tercera dimensiones. La expresión deja de ser voluminosa o superficial para devenir lineal, unidimensional (incluso en su segmentaridad). Lo esencial es la linealidad de la secuencia nucléica20. La distinción real contenido-expresión ya no es, pues, simplemente formal, es real en sentido estricto, aparece ahora en lo molecular, independientemente de los órdenes de tamaño, entre dos clases de moléculas, ácidos nucléicos de expresión y proteínas de contenido, entre elementos nucléicos o nucleótidos y elementos protéicos o aminoácidos. La expresión y el contenido tienen cada uno parte de molecular y de molar. La distinción ya no con cierne a un solo y mismo conjunto o sujeto; la linealidad nos permite sobre todo avanzar en el orden de las multiplicidades planas más bien que hacia la unidad. En efecto, la expresión remite a los nucleótidos y a los ácidos nucléicos como a moléculas que, en su sustancia y en su forma, son completamente independientes no sólo de las moléculas de contenido, sino de cualquier acción orientada del medio exterior. La invariancia corresponde así a ciertas moléculas, y ya no a la escala molar. Y a la inversa, las proteínas, en su sustancia y también en su forma de contenido, no son menos independientes de los nucleótidos: lo único que está determinado de manera unívoca es que tal ácido aminado más bien que otro corresponde a una secuencia de tres nucleótidos 21. Lo que la forma de expresión lineal determina es, pues, una forma de expresión derivada, en este caso relativa al contenido, y que producirá finalmente, por replegamiento de la secuencia proteica de los ácidos aminados, las estructuras específicas de tres dimensiones. En resumen, lo que caracteriza al estrato orgánico es ese alineamiento de la expresión, esa relevancia o esa preponderancia de una línea de expresión, ese plegamiento de la forma y de la sustancia de expresión en una línea unidimensional, que va a garantizar la independencia recíproca con el contenido sin necesidad de tener en cuenta los órdenes de tamaño.

Muchas consecuencias derivan de lo anterior. Esta nueva situación de la expresión y del contenido no sólo condiciona la capacidad de reproducción del organismo, sino que todavía condiciona más su potencia o su aceleración de desterritorialización. En efecto, el alineamiento del código o la linealidad de la secuencia nucleica señalan un umbral de desterritorialización del ―signo‖, que define la nueva actitud para ser recopiado, pero que también define al organismo como más desterritorializado que un cristal: sólo lo desterritorializado es capaz de reproducirse. En efecto, mientras que el contenido y la expresión se distribuyen según lo molecular y lo molar, las sustancias van de estado a estado, del estado precedente al estado siguiente, o de capa en capa, de una capa ya constituida a la capa en vías de constituirse, mientras que las formas se establecen en el límite entre la última capa o el último estado y el medio exterior. Como consecuencia, el estrato se desarrolla en epistratos y en paraestratos por un conjunto de inducciones de capa en capa, de estado en estado, o bien en el límite. Un cristal presenta ese proceso al estado puro, puesto que su forma se extiende en todas las direcciones, pero

siempre en función de la capa superficial de la sustancia, que puede ser vaciada de casi toda su parte interna sin que el crecimiento se detenga. El sometimiento del cristal a las tres dimensiones, es decir, su índice de territorialidad, es el responsable de que la estructura no pueda formalmente reproducirse y expresarse, sino que sólo lo haga la superficie accesible, la única desterritorializable. Por el contrario, la preponderancia de una pura línea de expresión en el estrato orgánico va a hacer que el organismo sea capaz a la vez de alcanzar un umbral de desterritorialización mucho más alto, de disponer de un mecanismo de reproducción de todos los detalles de su estructura compleja en el espacio, y de poner todas sus capas internas ―topológicamente en contacto‖ con el exterior, o más bien con el límite polarizado (de ahí el papel particular de la membrana viviente). El desarrollo del estrato en epistratos y paraestratos ya no se realiza entonces por simples inducciones, sino por transducciones que explican la amplificación de resonancia entre lo molecular y lo molar independientemente de los órdenes de tamaño, la eficacia funcional de las sustancias interiores independientemente de las distancias, la posibilidad de una proliferación e incluso de un entrecruzamiento de las formas independientemente de los códigos (las plusvalías de código o fenómenos de transcodificación, de evolución aparelela) 22.


Un tercer gran grupo de estratos se definirá no tanto por una esencia humana, como, una vez más, por una nueva distribución del contenido y de la expresión. La forma del contenido deviene ―haloplástica‖, y ya no ―homoplástica‖, es decir, efectúa modificaciones del mundo exterior. La forma de expresión deviene lingüística, y ya no genética, es decir, actúa mediante símbolos comprensibles, transmisibles y modificables desde fuera. Lo que se denominan propiedades del hombre —la técnica y el lenguaje, la herramienta y el símbolo, la mano libre y la laringe flexible, ―el gesto y la palabra‖—, son más bien propiedades de esta nueva distribución, que es difícil hacer comenzar con el hombre como origen absoluto. A partir de los análisis de Leroi-Gourhan, se ve cómo los contenidos están ligados al conjunto mano-herramienta, y las expresiones al conjunto cara-lenguaje, rostro-lenguaje23. La mano no debe ser considerada aquí como un simple órgano, sino como una codificación (código digital), una estructuración dinámica, una formación dinámica (forma manual o rasgos formales manuales). La mano como forma general de contenido se prolonga en herramientas que son a su vez formas en actividad y que implican sustancias como materias formadas; por último, los productos son materias formadas, o sustancias, que a su vez sirven de herramientas. Si los rasgos formales manuales constituyen para el estrato una unidad de composición, las formas y las sustancias de herramientas y de productos se organizan en paraestratos y epistratos, que funcionan como verdaderos estratos y marcan las discontinuidades, las rupturas, las comunicaciones y difusiones, los nomadismos y sedentaridades, los umbrales múltiples y las velocidades de desterritorialización relativas en las poblaciones humanas. Pues con la mano como rasgo formal o forma general de contenido se alcanza ya, se abre, un gran umbral de desterritorialización, un acelerador que permite en sí mismo todo un juego móvil de desterritorializaciones y de reterritorializaciones comparadas —fenómenos de ―re-

traso de desarrollo‖ en el sustrato orgánico son precisamente los que hacen posible esta aceleración—. No sólo la mano es una pata anterior desterritorializada, sino que la mano libre está desterritorializada con relación a la mano prensil y locomotriz del mono. No olvidar las desterritorializaciones sinérgicas de otros órganos (por ejemplo el pie). No olvidar tampoco las desterritorializaciones correlativas de medios; la estepa, medio asociado más desterritorializado que el bosque, y que ejerce sobre el cuerpo y sobre la técnica una presión selectiva de desterritorialización (no es en el bosque, sino en la estepa, donde la mano puede aparecer como forma libre, y el fuego como materia formable tecnológicamente). No olvidar, por último, las reterritorializaciones complementarias (el pie como reterritorialización compensatoria de la mano, y que se efectúa en la estepa). Hacer mapas en ese sentido, orgánicos, ecológicos y tecnológicos, y desplegarlos en el plan de consistencia.

Por otro lado, el lenguaje aparece claramente como la nueva forma de expresión, o más bien como el conjunto de rasgos formales que definen la nueva expresión en todo el estrato. Pero, de la misma manera que los rasgos formales manuales sólo existen en formas y materias formadas que rompen su continuidad y distribuyen sus efectos, los rasgos formales de expresión sólo existen en lenguas formales diversas e implican una o varias sustancias formables. La sustancia es fundamentalmente la sustancia vocal que utiliza diversos elementos orgánicos, no sólo la laringe, sino también la boca y los labios, y toda la motricidad de la cara, el rostro en su totalidad. No olvidar, también en este caso, todo un mapa intensivo: la boca como desterritorialización del hocico (todo un ―conflicto entre la boca y el cerebro‖, como decía Perrier); los labios como desterritorialización de la boca (sólo los hombres tienen labios, es decir, un replegamiento de la mucosa interna; sólo las hembras de los hombres tienen senos, es decir, glándulas mamarias desterritorializadas: en el amamantamiento prolongado, que favorece el aprendizaje del lenguaje, se produce una reterritorialización complementaria de los labios en el seno, y del seno en los labios). Qué curiosa desterritorialización, llenar la boca de palabras en lugar de llenarla de alimentos y de ruidos. Una vez más, diríase que la estepa ha ejercido una fuerte presión de selección: la ―laringe flexible‖ viene a ser el homólogo de la mano libre, y sólo puede desarrollarse en un medio talado, en el que ya no es necesario tener cavidades laríngeas gigantescas para dominar mediante gritos la persistencia del fragor del bosque. Articular, hablar, es hablar bajo, y es bien conocido que los leñadores apenas hablan24. No sólo la sustancia vocal, acústica y fisiológica pasa por todas estas desterritorializaciones, también la forma de expresión como lenguaje franquea un umbral.

Los signos vocales tienen una linealidad temporal, y es precisamente esa sobrelinealidad la que determina su desterritorialización específica, su diferencia con la linealidad genética. En efecto, ésta es fundamentalmente espacial, incluso si sus segmentos son construidos y reproducidos sucesivamente; como consecuencia, no exige ninguna sobrecodificación efectiva a ese nivel, sino sólo fenómenos entre la extremidad de un segmento y la extremidad de otro, regulaciones locales e interacciones parciales (la sobrecodificación sólo intervendrá al nivel de integraciones que implican órdenes de tamaño diferentes). De ahí las reservas de Jacob ante

cualquier intento de comparar el código genético con un lenguaje: de hecho, en el código genético no existe ni emisor, ni receptor, ni comprensión ni traducción, sino únicamente redundancias y plusvalías25. Por el contrario, la linealidad temporal de la expresión de lenguaje no sólo remite a una sucesión, sino a una síntesis formal de la sucesión en el tiempo, que constituye toda una sobrecodificación lineal y hace surgir un fenómeno que los otros estratos desconocen, la traducción, la traducibilidad, por oposición a las inducciones o transducciones precedentes. Y por traducción no sólo hay que entender que una lengua puede, en cierto sentido,

―representar‖ los elementos de otra lengua, sino algo más, que el lenguaje, con sus propios elementos en su estrato, puede representar a todos los demás estratos, y acceder así a una concepción científica del mundo. El mundo científico (Welt, por oposición a el Umwelt animal) aparece, en efecto, como la traducción de todos los flujos, partículas, códigos y territorialidades de los otros estratos en un sistema de signos suficientemente desterritorializados, es decir, en una sobrecodificación específica del lenguaje. Esta propiedad de sobrecodificación o de sobrelinealidad es la que explica que, en el lenguaje, no sólo hay independencia de la expresión respecto al contenido, sino independencia de la forma de expresión respecto a las sustancias: la traducción es posible porque una misma forma puede pasar de una sustancia a otra, contrariamente a lo que sucede en el código genético, por ejemplo entre cadenas de ARN y de ADN. Veremos cómo esta situación suscita ciertas pretensiones imperialistas del lenguaje, que se enuncian con ingenuidad en fórmulas del tipo: ―toda semiología de un sistema no lingüístico ha de recurrir a la lengua como intermediario (...). La lengua es el interpretante de todos los demás sistemas, lingüísticos y no lingüísticos‖. Lo que equivale a abstraer una característica del lenguaje para decir que los demás estratos sólo pueden participar de esa característica si son hablados. Nos lo temíamos. Pero, más positivamente, se debe constatar que esta inmanencia de una traducción universal al lenguaje hace que los epistratos y los paraestratos, en el orden de las superposiciones, de las difusiones, de las comunicaciones, de los acotamientos, procedan de forma distinta que en los demás estratos: todos los movimientos humanos, incluso los más violentos, implican traducciones.

Había que darse prisa, decía Challenger, en este tercer tipo de estrato lo que nos apremia es la línea del tiempo. Tenemos, pues, una nueva organización contenido-expresión, cada uno de los cuales tiene formas y sustancias: contenido tecnológico-expresión simbólica o semiótica. Por contenido no sólo hay que entender la mano y las herramientas, sino también una máquina social técnica que preexiste a todo ello, y que constituye estados de fuerza o formaciones de potencia. Por expresión no sólo hay que entender la voz y el lenguaje, ni las lenguas, sino también una máquina que preexiste a todo ello, y que constituye regímenes de signos. Una formación de potencia es mucho más que una herramienta, un régimen de signos es mucho más que una lengua: más bien actúan como agentes determinantes y selectivos, tanto para la constitución de las lenguas, de las herramientas, como para sus usos, para sus comunicaciones y difusiones mutuas o respectivas. Con el tercer estrato surgen, pues, Máquinas que pertenecen plenamente a este estrato, pero que al mismo tiempo se elevan y tienden sus pinzas en

todos los sentidos hacia todos los demás estratos. ¿No sería algo así como un estado intermediario entre los dos estados de la Máquina abstracta? Aquél en el que permanecería englobada en un estrato correspondiente (ecumeno), aquél en el que se desarrollaría por sí misma en el plan de consistencia desestratificado (planomeno). Aquí la Máquina abstracta comienza a desplegarse, comienza a elevarse, produciendo la ilusión de que desborda todos los estratos, aunque pertenezca todavía a un estrato determinado. Evidentemente, esa es la ilusión constitutiva del hombre (¿Por quién se toma el hombre?). Ilusión que deriva de la sobrecodificación inmanente al lenguaje. Pero lo que no es ilusorio son esas nuevas distribuciones del contenido y de la expresión: contenido tecnológico caracterizado por mano-herra-mienta, que remite más profundamente a una Máquina social y a formaciones de potencia; expresión simbólica caracterizada por cara-lenguaje, que remite más profundamente a una Máquina semiótica y a regímenes de signos. En ambos casos, los epistratos y los parastratos, los grados superpuestos y las formas accotées (alineados) son más válidos que nunca como estratos autónomos. Si llegamos a distinguir dos regímenes de signos o dos formaciones de potencia diremos que en las poblaciones humanas son de hecho dos estratos.

Ahora bien, ¿qué relación se establece entonces entre contenido y expresión, y qué tipo de distinción? Todo esto está en el cerebro, y, sin embargo, nunca ha habido distinción más real. Lo que nosotros queremos decir es que existe un medio exterior común a todo el estrato, incluido en todo el estrato, el medio nervioso cerebral. Procede del substrato orgánico, pero éste no desempeña verdaderamente el papel de un substrato, ni de un soporte pasivo. Su organización no es menor. Más bien constituye el caldo prehumano en el que estamos inmersos. En él están inmersas muestras manos y nuestros rostros. El cerebro es una población, un conjunto de tribus que tienden hacia dos polos. Cuando Leroi-Gourhan analiza precisamente la constitución de dos polos en este caldo, uno del que dependerán las acciones del rostro, y otro del que dependerán las de la mano, la correlación o la relatividad de ambos no impiden la distinción real, sino que, por el contrario, la provocan como presuposición recíproca de dos articulaciones, la articulación manual de contenido, la articulación facial de expresión. Y la distinción no es simplemente real, como entre moléculas, cosas o sujetos, ha devenido esencial (así se decía en la Edad Media), como entre atributos, modos de ser o categorías irreductibles: las cosas y las palabras. No por ello dejamos de encontrar, llevado a ese nivel, el movimiento más general por el que cada una de las dos articulaciones distintas es ya doble de por sí, desempeñando ciertos elementos formales del contenido un papel de expresión con relación al propio contenido, y ciertos elementos formales de la expresión un papel de contenido con relación a la propia expresión. En el primer caso, Leroi-Gourhan muestra cómo la mano crea todo un mundo de símbolos, todo un lenguaje pluridimensional que no se confunde con el lenguaje verbal unilineal, y que constituye una expresión irradiante específica del contenido (sería un origen de la escritura) 26. El segundo caso aparece claramente en la doble articulación específica del lenguaje, puesto que los fonemas forman un contenido irradiante específico de la expresión de los mo-nemas en tanto que segmentos significativos lineales (tan sólo en esas condiciones

la doble articulación como característica general de estrato adquiere el sentido lingüístico que le atribuye Martinet). Provisionalmente habíamos acabado con las relaciones contenido-expresión, su distinción real, y las variaciones de esas relaciones y de esa distinción de acuerdo con los grandes tipos de estratos.

Challenger quería ir cada vez más rápido. Todos se habían ido, sin embargo, él continuaba. Además, su voz cambiaba progresivamente, también su aspecto, había algo de animal en él desde que había empezado a hablar del hombre. Todavía no se podía determinar, pero Challenger parecía desterritorializarse in situ. Pero quería considerar tres problemas. El primero parecía más bien terminológico:

¿Cuándo se puede hablar de signos? ¿Había que situarlos por todas partes, en todos los estratos, y decir que había signo cada vez que había forma de expresión? Sumariamente, se distinguían tres tipos de signos: Los índices (signos territoriales), los símbolos (signos desterritorializados), los iconos (signos de reterritorialización). ¿Se les iba a diseminar por todos los estratos con el pretexto de que todos ellos implicaban territorialidades, movimientos de desterritorialización y de reterritorialización? Un método expansivo de este tipo sería muy peligroso, puesto que prepararía o re-forzaría el imperialismo del lenguaje, aunque sólo fuera apoyándose en su función de traductor o de intérprete universal. Evidentemente, no existe un sistema de signos que se extienda al conjunto de los estratos, ni siquiera bajo la forma de un

―chora‖ semiótico que se supondría teóricamente previo a la simbolización. Parece que sólo se puede hablar rigurosamente de signos cuando existe una distinción, no sólo real, sino categorial, entre las formas de expresión y las formas de contenido. En ese caso, hay una semiótica en el estrato correspondiente, puesto que la máquina abstracta tiene exactamente la posición elevada que le permite

―escribir‖, es decir, tratar el lenguaje y extraer de él regímenes de signos. Pero antes de alcanzar esa posición, en las codificaciones llamadas naturales, la máquina abstracta permanece englobada en los estratos: no escribe lo más mínimo, y no dispone de ningún grado de libertad para reconocer algo como signo (salvo en el sentido estrechamente territorial del animal). Y más allá, la máquina abstracta se desarrolla en el plan de consistencia, y ya no es capaz de distinguir categóricamente entre signos y partículas; por ejemplo escribe, pero escribe directamente en lo real, tiene una inscripción directa en el plan de consistencia. Parece, pues, razonable reservar la palabra signo, en sentido estricto, para el último grupo de estratos. Ahora bien, esta discusión terminológica no tendría verdaderamente ningún interés si no remitiese también a otro peligro: ya no al imperialismo del lenguaje sobre todos los estratos, o a la extensión del signo a todos los estratos, sino al imperialismo del significante sobre el propio lenguaje, sobre el conjunto de los regímenes de signos y sobre la extensión del estrato que vehicula esos regímenes. Ya no se trata de saber si el signo se aplica a todos los estratos, sino de saber si el significante se aplica a todos los signos, si todos los signos están dotados de significancia, si la semiótica de los signos remite necesariamente a una semiología del significante. Siguiendo esta vía, es muy posible que uno se vea obligado a prescindir de la noción de signo, puesto que la primacía del significante sobre el lenguaje asegura aún más la primacía del lenguaje sobre todos los estratos que la simple expansión del signo en todos los sentidos. Lo que en realidad queremos

decir es que la ilusión característica de esta posición de la Máquina abstracta, la ilusión de captar y de mezclar todos los estratos en sus pinzas, puede ser efectuada de una forma todavía más segura por la instauración del significante que por la extensión del signo (gracias a la significancia, el lenguaje pretende estar en contacto directo con los estratos, independientemente de que pase por supuestos signos en cada uno de ellos). Siempre se está en el mismo círculo vicioso, siempre se propaga la misma gangrena.

La relación lingüística significante-significado ha sido concebida de maneras muy diversas: unas como arbitraria; otras como necesaria, tanto como la cara y la cruz de una misma moneda; otras como correspondiente término a término; otras globalmente; otras como tan ambivalente que es imposible distinguirlos. En cualquier caso, el significado no existe al margen de su relación con el significante, y el significado último es la existencia misma del significante que se extrapola más allá del signo. Del significante sólo podemos decir una cosa: es la Redundancia, el Redundante. De ahí su increíble despotismo y el éxito que ha conocido. Lo arbitrario, lo necesario, lo correspondiente término a término o global, lo ambivalente, sirven a una misma causa que supone la reducción del contenido al significado, la reducción de la expresión al significante. Ahora bien, las formas de contenido y las formas de expresión son eminentemente relativas y siempre están en estado de presuposición recíproca; mantienen entre sus segmentos respectivos relaciones biunívocas, exteriores y ―diformes‖; nunca hay conformidad entre las dos, ni de la una a la otra, sino que siempre hay independencia y distinciones reales; para ajustar una de las formas a la otra, y para determinar las relaciones, se necesita incluso un agenciamiento específico variable. Ninguna de estas características conviene a la relación significante-significado. Incluso si algunas parecen tener con él una especie de coincidencia parcial o accidental, el conjunto de ellas se opone radicalmente a la imagen del significante. Una forma de contenido no es un significado, como tampoco una forma de expresión es un significante 27. Y esto es válido para todos los estratos, incluso para aquellos en los que interviene el lenguaje.

Los partidarios del significante mantienen como modelo implícito una situación muy simple: la palabra y la cosa. De la palabra extraen el significante, y de la cosa el significado conforme a la palabra, así pues, sometido al significante. De ese modo se instalan en un ámbito interno, homogéneo al lenguaje. Tomemos de Foucault un análisis ejemplar, y que tiene que ver con la lingüística más de lo que parece: por ejemplo una cosa como la prisión. La prisión es una forma, la ―for-ma-prisión‖, una forma de contenido en un estrato, en relación con otras formas de contenidos (escuela, cuartel, hospital, fábrica). Pues bien, esta cosa o esta forma no remiten a la palabra ―prisión‖, sino a palabras y conceptos muy distintos tales como ―delincuente, delincuencia‖, que expresan una nueva manera de clasificar, de enunciar, de traducir e incluso de cometer actos criminales. ―Delincuencia‖ es la forma de expresión en presuposición recíproca con la forma de contenido

―prisión‖. De ningún modo es un significante, ni tan siquiera jurídico, del que la prisión sería el significado. Así se simplificaría todo el análisis. Además, la forma de expresión no se reduce a palabras, sino a un conjunto de enunciados que surgen en el campo social considerado como estrato (eso es precisamente un régimen de

signos). La forma de contenido no se reduce a una cosa, sino a un estado de cosas complejo como formación de potencia (arquitectura, programa de vida, etc.). Ahí hay como dos multiplicidades que no cesan de entrecruzarse, ―multiplicidades dis-cursivas‖ de expresiones y ―multiplicidades no discursivas‖ de contenido. Y todo esto es tanto más complejo cuanto que la prisión como forma de contenido también tiene su expresión relativa, toda clase de enunciados que son específicos de ella y que no coinciden forzosamente con los enunciados de delincuencia. Y a la inversa, la delincuencia como forma de expresión también tiene su contenido autónomo, puesto que no sólo expresa una nueva manera de apreciar los orígenes, sino también de cometerlos. Forma de contenido y forma de expresión, prisión y delincuencia, cada una tiene su historia, su microhistoria, sus segmentos. A lo sumo, implican, con otros contenidos y otras expresiones, un mismo estado de Máquina abstracta que no actúa en modo alguno como significante, sino como una especie de diagrama (una misma máquina abstracta para prisión, escuela, cuartel, hospital, fábrica...). Y para ajustar los dos tipos de formas, los segmentos de contenido y los segmentos de expresión, se necesita todo un agenciamiento concreto de doble pinza o más bien doble cabeza, que tenga en cuenta su distinción real. Se necesita toda una organización que articule las formaciones de poder y los regímenes de signos, y que actúe al nivel molecular (lo que Foucault llama las sociedades de poder disciplinario) 28. En resumen, nunca hay que confrontar palabras y cosas supuestamente correspondientes, ni significantes y significados supuestamente conformes, sino formalizaciones distintas en estado de equilibrio inestable o de presuposición recíproca. “Por más que uno se esfuerce en decir lo que ve, lo que se ve no coincide nunca con lo que se dice”. Ocurre como en la escuela: no hay una lección de escritura que sería la del gran Significante redundante para cualquier tipo de significados, hay dos formalizaciones distintas, en presuposición recíproca y constituyendo una doble pinza: la formalización de expresión en la lección de lectura y de escritura (con sus contenidos relativos específicos), y la formalización de contenido en la lección de cosas (con sus expresiones relativas específicas). Nunca se es significante ni significado, estamos estratificados.

Al método expansivo que pone signos en todos los estratos, o significante en todos los signos (sin perjuicio de prescindir, en última instancia, incluso de los signos), se preferirá, pues, un método rigurosamente restrictivo. En primer lugar, hay formas de expresión sin signos (por ejemplo, el código genético no tiene nada que ver con un lenguaje). Sólo se puede hablar de signos cuando los estratos reúnen ciertas condiciones, y ni siquiera se confunden con el lenguaje en general, sino que se definen por regímenes de enunciados que son otros tantos usos reales o funciones del lenguaje. Ahora bien, ¿por qué preservar la palabra signo para esos regímenes que formalizan una expresión sin designar ni significar los contenidos simultáneos que se formalizan de otro modo? Pues los signos no son signos de algo, son signos de desterritorialización y de territorialización, señalan un cierto umbral que se franquea en esos movimientos, y en ese sentido deben ser preservados (lo hemos visto incluso para los ―signos‖ animales).

En segundo lugar, si consideramos los regímenes de signos en esta acepción restrictiva vemos que no son significantes, o que no lo son necesariamente. Del

mismo modo que los signos tan sólo designan una cierta formalización de la expresión en un grupo determinado de estratos, la significancia tan sólo designa un cierto régimen entre otros en esa formalización particular. Del mismo modo que hay expresiones asemióticas o sin signos, hay regímenes de signos semiológicos, signos asignificantes, a la vez en los estratos y en el plan de consistencia. Lo más que se puede decir de la significancia es que cualifica a un régimen, que ni siquiera es el más interesante ni el más moderno o actual, sino quizá simplemente más per-nicioso, más canceroso, más despótico de los otros, que va más lejos en la ilusión. De todos modos, contenido y expresión nunca son reducibles a significado-significante. Ni tampoco (ese es precisamente el segundo problema) son reducibles a infraestrtuctura-superestructura. Ya no se puede plantear una primacía del contenido como determinante, ni tampoco una primacía de la expresión como significante. No se puede convertir la expresión en una forma que reflejaría el contenido, incluso si se la dota de una ―cierta‖ independencia y de una cierta posibilidad de reaccionar. Y eso es así aunque sólo fuera porque el contenido llamado económico tiene ya una forma, e incluso formas de expresión específicas. Forma de contenido y forma de expresión remiten a dos formalizaciones paralelas en presuposición: es evidente que no cesan de entrecruzar sus segmentos, de situar unos en otros, pero gracias a una máquina abstracta de la que derivan las dos formas, y a agenciamientos maquínicos que regulan sus relaciones. Si se sustituye ese paralelismo por una imagen piramidal se convierte el contenido (hasta en su forma) en una infraestructura económica de producción que adquiere todas las características de lo Abstracto; se convierte los agenciamientos en el primer nivel de una superestructura que como tal debe estar localizada en un aparato de Estado; se convierte los regímenes de signos y las formas de expresión en el segundo nivel de la superestructura, definida por la ideología. En cuanto al lenguaje, ya no se sabe muy bien qué hacer con él: el gran Déspota había decidido concederle una posición especial como bien común de la nación y vehículo de información. Se ignoraba así la naturaleza del lenguaje, que sólo existe en regímenes heterogéneos de signos, distribuyendo órdenes contradictorias más bien que haciendo circular una información; la naturaleza de los regímenes de signos, que expresan precisamente las organizaciones de poder o los agenciamientos, y que no tienen nada que ver con la ideología como expresión supuesta de un contenido (la ideología es el más execrable de los conceptos, oculta todas las máquinas sociales efectivas); la naturaleza de las organizaciones de poder, que de ningún modo se localizan en un apartado de Estado, sino que efectúan en todas partes las formalizaciones de contenido y de expresión cuyos segmentos entrelazan; la naturaleza del contenido, que de ningún modo es económico ―en última instancia‖, puesto que hay tantos signos o expresiones directamente económicas como contenidos no económicos. Tampoco se elabora un estatuto de las formaciones sociales poniendo un poco de significante en la infraestructura, o a la inversa, un poco de falo o de castración en

la economía política, un poco de economía o de política en el psicoanálisis.

Hay, por último, un tercer problema. Es difícil exponer el sistema de los estratos sin que dé la impresión de que se introduce entre ellos una especie de evolución cósmica o incluso espiritual, como si se ordenasen en estadios y pasasen por

grados de perfección. Nada más lejos de la realidad. Las diferentes figuras del contenido y de la expresión no son estadios. No hay biosfera, noosfera, sólo hay por todas partes una sola y misma Mecanosfera. Si se considera en primer lugar los estratos por sí mismos, no se puede decir que uno esté menos organizado que otro. Incluso el que sirve de sustrato: no hay orden fijo, y un estrato puede servir de sustrato directo a otro independiente de los intermediarios que se podrían considerar necesarios desde el punto de vista de los estadios y de los grados (por ejemplo, sectores microfísicos como substrato inmediato de fenómenos orgánicos). O bien el orden aparente puede ser trastocado, y fenómenos tecnológicos o culturales ser un buen humus, un buen caldo, para el desarrollo de los insectos, de las bacterias, de los microbios o incluso de las partículas. La era industrial definida como era de los insectos... En la actualidad, todavía es peor: no se puede decir de antemano qué estrato comunica con tal otro, ni en qué sentido. Sobre todo, no hay organización menor, menos elevada o más elevada, y el substrato forma parte integrante del estrato, está incluido en él en calidad de medio, en él se produce el cambio, no el aumento de organización29. Por otro lado, si consideramos el plan de consistencia vemos que está recorrido por las cosas y los signos más heteróclitos: un fragmento semiótico está al lado de una interacción química, un electrón percute un lenguaje, un agujero negro capta un mensaje genético, una cristalización produce una pasión, la avispa y la orquídea atraviesan una letra... Y no es

―como‖, no es ―como un electrón‖ ―como una interacción‖, etc. El plan de consistencia es la abolición de toda metáfora; todo lo que consiste es Real. Son electrones en persona, verdaderos agujeros negros, verdaderos organitos, auténticas secuencias de signos. Lo que ocurre es que están arrancados de sus estratos, desestratificados, descodificados, desterritorializados, y eso es precisamente lo que permite su proximidad y su mutua penetración en el plan de consistencia. Una danza muda. El plan de consistencia ignora las diferencias de nivel, los grados de tamaño y las distancias, ignora cualquier diferencia entre lo artificial y lo natural. Ignora la distinción entre los contenidos y las expresiones, como también entre las formas y las sustancias formadas, que sólo existen gracias a los estratos y con relación a ellos.


Pero, ¿cómo pueden identificarse las cosas y nombrarlas si han perdido los estratos que las cualificaban, si han pasado a la desterritorialización absoluta? Los ojos son agujeros negros, pero, ¿qué son los agujeros negros y los ojos al margen de sus estratos y de sus territorialidades? Nosotros no podemos contentarnos con un dualismo o una simple oposición entre los estratos y el plan de consistencia desestratificado. Pues los propios estratos están animados y son definidos por velocidades de desterritorialización relativa; es más, la desterritorialización absoluta está presente en ellos desde el principio, y los estratos son efectos secundarios, espesamientos en un plan de consistencia omnipresente, siempre primero, siempre inmanente. Pues también el plan de consistencia es ocupado, trazado por la Máquina abstracta; ahora bien, ésta existe desarrollada en el plan desestratificado que ella misma traza y, a la vez, englobada en cada estrato en el que define la unidad de composición, e incluso semiinstalada en ciertos estratos en los que define la forma de prensión. Lo que circula o baila en el plan de consistencia arrastra, pues,

un aura de su estrato, una ondulación, un recuerdo o una tensión. El plan de consistencia conserva los suficientes estratos para extraer de ellos las variables que se manifiestan en él como sus propias funciones. El plan de consistencia, o el planómeno, no es en modo alguno un conjunto indiferenciado de materias no formadas, pero tampoco es un caso de materias no formadas cualesquiera. Es cierto que, en el plan de consistencia, ya no hay formas ni sustancias, ya no hay contenido ni expresión, ya no hay desterritorializaciones relativas y respectivas. Pero, bajo las formas y sustancias de estratos, el plan de consistencia (o la máquina abstracta) construye continuums de intensidad: crea una continuidad para intensidades que extrae de formas y sustancias distintas. Bajo los contenidos y las expresiones, el plan de consistencia (o la máquina abstracta) emite y combina signos-partículas (particlos) que hacen que el signo más asignificante funcione en la partícula más desterritorializada. Bajo los movimientos relativos, el plan de consistencia (o la máquina abstracta) efectúa conjunciones de flujos de desterritorialización, que transforman los índices respectivos en valores absolutos. Los estratos sólo conocen intensidades discontinuas, incluidas en formas y sustancias; particlos divididos, en partículas de contenido y artículos de expresión; flujos desterritorializados, dis-juntos y reterritorializados. Continuum de intensidades, emisión combinada de particlos o de partículas-signos, conjunción de flujos desterritorializados, tales son, por el contrario, los tres factores específicos del plan de consistencia, efectuados por la máquina abstracta y que constituyen la desestratificación. Ahora bien, nada de todo esto constituye una noche blanca caótica, ni una noche negra indiferenciada. Hay reglas, y esas reglas son las de la ―planificación‖, las de la diagramatización. Ya lo veremos más adelante, o en otra parte. La máquina abstracta no es cualquier máquina; las continuidades, las emisiones y combinaciones, las conjugaciones no se realizan de cualquier manera.

De momento, había que señalar una última distinción. No sólo la máquina abstracta presenta diferentes estados simultáneos que explican la complejidad de lo que sucede en el plan de consistencia, sino que además no debe confundirse con lo que llamamos agenciamiento maquínico concreto. La máquina abstracta unas veces desarrolla en el plan de consistencia en el que construye los continuums, las emisiones y las conjugaciones, otras permanece englobada en un estrato en el que define la unidad de composiciones y la fuerza de atracción o de prensión. El agenciamiento maquínico es completamente diferente, aunque en estrecha relación con ella: en primer lugar, efectúa en cada estrato las coadaptaciones de contenido y de expresión, asegura las relaciones biunívocas entre segmentos de uno y otro, dirige las divisiones del estrato en epistratos y paraestratos; luego, de un estrato a otro, asegura la relación con lo que es substrato, y los cambios de organización correspondientes; por último, está orientado hacia el plan de consistencia, puesto que efectúa necesariamente la máquina abstracta en tal o tal estrato, entre los estratos, y en la relación de los estratos con el plan. Se necesitaba un agenciamiento, por ejemplo el yunque del herrero en el caso de los dogones, para que se produ-jesen las articulaciones del estrato orgánico. Se necesita un agenciamiento para que se produzca la relación entre dos estratos. Para que los organismos se encuentren incluidos e inmersos en un campo social que los utiliza: ¿no deben las Amazonas

cortarse un seno para que el estrato orgánico se adapte a un estrato tecnológico guerrero, como bajo la exigencia de un terrible agenciamiento mujer-arco-estepa? Se necesitan agenciamientos para que estados de fuerzas y regímenes de signos entrecrucen sus relaciones. Se necesitan agenciamientos para que la unidad de composición englobada en un estrato, las relaciones entre tal estrato y los otros, la relación entre estos estratos y el plan de consistencia, estén organizadas y no sean cualesquiera. Bajo todos los puntos de vista, los agenciamientos maquínicos efectúan la máquina abstracta tal como está desarrollada en el plan de consistencia, o englobada en un estrato. El problema fundamental siempre será el siguiente: dado un agenciamiento maquínico, ¿cuál es su relación de efectuación con la máquina abstracta? ¿Cómo la efectúa, con qué adecuación? Clasificar los agenciamientos. Llamamos mecanosfera al conjunto de las máquinas abstractas y de los agenciamientos maquínicos a la vez fuera de los estratos, en los estratos e interestráticos. El sistema de los estratos no tenía, pues, nada que ver con significante-signifi-cado, ni con infraestructura-superestructura, ni con materia-espíritu. Todo eso eran maneras de ajustar todos los estratos a uno, o bien de encerrar el sistema en sí mismo, aislándolo del plan de consistencia como desestratificación. Antes de que la voz se apagase, había que resumir. Challenger agonizaba. Su voz se había vuelto inaudible, desgarrada. Expiraba. Sus manos se habían convertido en pinzas alargadas que ya no podían coger nada y que apenas si servían para señalar. La doble máscara, la doble cabeza, parecían fundirse por dentro en una materia de la que ya no se podía decir si se espesaba, o si, por el contrario, devenía fluida. Una parte del público había vuelto, pero eran sombras o vagabundos. ―¿Habéis oído? Es la voz de un animal‖. Así pues, había que resumir rápido, fijar, fijar la terminología de cualquier forma, inútilmente. Había que empezar por un primer grupo de nociones: el Cuerpo sin Órganos o el Plan de consistencia desestratificado; la Materia del Plan, lo que se produce en ese cuerpo o en ese plan (multiplicidades singulares, no segmentarizadas, hechas de continuums intesivos, de emisiones signos-partículas de conjunciones de flujos); la o las Máquinas abstractas, en tanto que construyen ese cuerpo, trazan ese plan o ―diagramatizan‖ lo que pasa (líneas de fuga o des-

territorializaciones absolutas).

Luego estaba el sistema de los estratos. En el continuum intensivo, los estratos labraban formas y formaban las materias en sustancias. En las emisiones combinadas, distinguían expresiones y contenidos, unidades de expresión y unidades de contenido, por ejemplo, signos y partículas. En las conjunciones, separaban los flujos asignándoles movimientos relativos y territorialidades diversas, desterritorializaciones relativas y reterritorializaciones complementarias. De esa forma, los estratos instauraban por todas partes dobles articulaciones animadas de movimientos: formas y sustancias de contenido, formas y sustancias de expresión, que constituían multiplicidades segmentarias bajo relaciones determinables en cada caso. Tales eran los strata. Cada estrato era una doble articulación de contenido y de expresión, los dos realmente distintos, los dos en estado de presuposición recíproca, dispersados el uno en el otro, con agenciamientos maquínicos de dos cabezas que ponen en relación sus segmentos. Lo que variaba de un estrato a otro era la distinción real entre contenido y expresión, la naturaleza de las sustancias

como materias formadas, la naturaleza de los movimientos relativos. Se podía sumariamente distinguir tres grandes tipos de distinción real: la real-formal, para grados de tamaño, en la que se instauraba una resonancia de expresión (inducción); la real-real, para sujetos diferentes, en la que se instauraba una linealidad de expresión (transducción); la real-esencial, para atributos o categorías diferentes, en la que se instauraba una sobrelinealidad de expresión (traducción).

Un estrato servía de substrato a otro. Un estrato tenía una unidad de composición según su medio, sus elementos sustanciales y sus rasgos formales (Ecumeno). Pero se dividía en paraestratos, según sus formas irreductibles y sus medios asociados, y en epistratos, según sus capas de sustancias formadas y sus medios intermediarios. Epistratos y parastratos debían a su vez ser considerados como estratos. Un agenciamiento maquínico era un interestrato, en la medida en que regulaba las relaciones entre los estratos, pero también, en cada uno, las relaciones entre contenidos y expresiones conforme a las divisiones precedentes. Un mismo agenciamiento podía recurrir a estratos diferentes, y en un cierto desorden aparente; y a la inversa, un estrato o un elemento de estrato podían funcionar todavía con otros, gracias a un agenciamiento diferente. Por último, el agenciamiento maquínico era un metastrato, puesto que por otro lado estaba orientado hacia el plan de consistencia y efectuaba necesariamente la máquina abstracta. Esta existía englobada en cada estrato, en el que definía el Ecumeno o la unidad de composición, y desarrollada en el plan de consistencia en el que llevaba a cabo la desestratificación (el Planomeno). Los agenciamientos no ajustaban, pues, las variables de un estrato en función de su unidad sin efectuar al mismo tiempo, de tal o tal manera, la máquina abstracta tal como estaba fuera de los estratos. Los agenciamientos maquínicos estaban en el entrecruzamiento de los contenidos y de las expresiones en cada estrato y, a la vez, del conjunto de los estratos con el plan de consistencia. Giraban efectivamente en todos los sentidos, como faros.

Era el final. Pero sólo más tarde todo esto adquiriría un sentido concreto. La máscara doble articulada se había deshecho, al igual que los guantes y la túnica, de donde fluían líquidos que en su recorrido diríase que corroían los estratos de la sala de conferencias, ―llena de vapores de olívano y cubierta de tapices de extraños dibujos‖. Desarticulado, desterritorializado, Challenger murmuraba que arrastraba la tierra consigo, que partía hacia un mundo misterioso, su jardín venenoso. Y todavía cuchicheaba: las cosas progresan y los signos proliferan únicamente en desbandada. El pánico es la creación. Gritó una muchacha, ―bajo la más salvaje, la más profunda y la más horrible crisis de pánico epiléptico‖. Nadie había oído el resumen, ni nadie trataba de retener a Challenger. Challenger, o lo que quedaba de él, se apresuraba lentamente hacia el plan de consistencia, siguiendo una extraña trayectoria que ya no tenía nada de relativo. Trataba de introducirse en el agenciamiento que servía como de puerta giratoria, el Reloj de particlos, de tic-tac intensivo, de ritmos conjugados que martillean el absoluto: ―La silueta se desmo-ronó en una postura casi inhumana e inició, fascinada, un singular movimiento hacia el reloj en forma de ataúd que tictacqueaba su ritmo anormal y cósmico (...). La silutea había llegado ahora al misterioso reloj, y los espectadores vieron a través de los densos vapores una nebulosa garra negra manoseando la gran puerta cu-

bierta de jeroglifos. El contacto de la garra produjo un ruido seco extraño. La silueta entró entonces en el cofre en forma de ataúd y cerró la puerta tras de sí. El anormal tic-tac se oyó de nuevo, martilleando el negro ritmo cósmico que es la clave para abrir todas las puertas ocultas‖ 30 —la Mecanosfera o rizosfera—.

NOTAS


  1. ROLAND OMNÈS, L‟univers et ses métamorphoses, Hermann, pág. 164: ―Una estrella que ha caído por debajo del rayo crítico constituye lo que se denomina un agujero negro (astro ocluido). Esta expresión significa que todo lo que se envía hacia ese objeto ya no puede salir de él. Es, pues, perfectamente negro, porque no emite ni refleja ninguna luz.‖

  2. GRIAULE, Dieu d‟eau, Fayard, págs. 38-41.

  3. Sobre los dos aspectos de la morfogénesis en general, cf. RAYMOND RUYER, La genèse des formes, Flammarion, págs 54. s., y PIERRE VENDRYÈS, Vie et probabilité, Albin Michel. Vendryès analiza precisamente el papel de la relación articular y de los sistemas articulados. Sobre los dos aspectos estructurales de la proteína, cf. JACQUES MONOD, Le hasard et la nécessité, ed. du Seuil, págs. 105-109 (trad. cast., ed. Tusquets).

  4. FRANÇOIS JACOB, La logique du vivant, págs. 289-290 (trad. cast., ed. Laia).

  5. FRANÇOIS JACOB, ―Le modèle linguistique en biologie‖, Critique, marzo 1974, pág. 202: ―El material genético desempeña dos papeles: por un lado debe ser reproducido para que se transmita a la generación siguiente; por otro debe ser expresado para determinar las estructuras y las funciones del organismo‖.

  6. HJEMSLEV, Prolégomènes à une théorie du langage, ed. de Minuit, pág. 85 (trad. cast., ed. Gredos).

  7. Cf. GEOFFROY SAINT-HILAJRE, Principes de philosophie zoologique, donde se citan extractos de la polémica con Cuvier; Notions synthétiques, donde Cuvier expone su concepción molecular de la combustion, de la electrización y de la atracción. Baer, Über Entwickelungsgeschichte der Thiere, y ―Biographie de Cuvier‖ (Annales des sciences naturalles, 1908), Vialleton, Membres et ceintures des vertébrés tétrapodes.

  8. En esta larga historia podría darse un papel especial, aunque no determinante, a Edmond Perrier. Perrier había reanudado el problema de la unidad de composición, renovando a Geoffroy con la ayuda de Darwin y sobre todo de Lamark. En efecto, toda la obra de Perrier está orientada hacia dos temas: por un lado, las colonias o las multiplicidades animales, por otro, las velocidades que deben explicar grados y plegados heterodoxos (―taquigénesis‖). Por ejemplo: de qué forma el cerebro de los vertebrados puede sustituir a la boca de los Anélidos, ―lucha entre la boca y el cerebro‖. Cf. Les colonies animales et la formation des organismes; L’origine des embranchements du règne animal‖ (en Scientia, mayo-junio 1918). Perrier escribió una historia de la Philosophie zoologique avant Darwin, con excelentes capítulos sobre Geoffroy y Cuvier.

  9. CANGUILHEM y colaboradores. ―Du développement à l’évolution au XIX siècle‖, en Thalès, 1960, pág. 34.

  10. G.G. SIMPSON, L‟évolution et sa signification, Payot.

  11. GILBERT SIMONDON, L‟individu et sa genèse physico-biologique, P.U.F., págs. 107-114, 259-264: sobre el interior y el exterior en el caso del cristal y en el del organismo, y también sobre el papel del límite o de la membrana.

  12. J. H. RUSH, L‟origine de la vie, Payot, pág. 158: ―Los organismos primitivos vivían, en cierto sentido, en un estado de sofocación. La vida había nacido, pero no había empezado a respirar.

  13. J. VON UEXKÜLL, Mondes animaux et monde humain, Gonthier.

  14. Cf. P. LAVIOSA-ZAMBOTTI, Les origines et la diffusion de la civilisation, Payot: su empleo de las nociones de estrato, substrato y parastrato (aunque no defina esta última noción).

  15. FRANÇOIS JACOB, La logique du vivant, págs. 311-312, 332-333 y lo que Rémy Chauvin denomina

    ―evolución aparalela‖.

  16. Cf. P. LAVIOSA-ZAMBOTTI, ibid. su concepción de las ondas y de los flujos, del centro o la periferia, del nomadismo y de las migraciones (los flujos nómadas).

  17. Sobre los fenómenos de resonancia entre órdenes de magnitud diferentes, cf. SIMONDON, ibid., págs. 16-20, 124-131, y passim.

  18. CLAUDE POPELIN, Le taureau et son combat, 10-18: el problema de los territorios del hombre y del toro en la arena (trad. cast., ed. Calleja).

  19. Sobre los órdenes de tamaño y la instauración de su resonancia, sobre las acciones del tipo ―molde‖,

    ―modulación‖ y ―modelado‖, sobre las fuerzas exteriores y los estados intermedios, cf. Gilbert Simondon.

  20. Evidentemente, hay multiplicidad de secuencias o de líneas. Pero eso no impide que ―el orden del orden‖ sea unilineal (cf. JACOB, La logique du vivant, pág. 306, y ―Le modèle linguistique en biologie‖, págs. 199-203).

  21. Sobre la independencia respectiva de las proteínas y de los ácidos nucléicos, y su presuposición recíproca, FRANÇOIS JACOB, La logique du vivant, págs. 325-327, y JACQUES MONOD, Le hasard el la nécessité, págs. 110-112, 123-124, 129, 159-160.

  22. Sobre la noción de transducción, cf. Simondon (pero la emplea en el sentido más general y la hace extensiva a cualquier sistema): págs.18-21. Y sobre la membrana, págs. 259 s.

  23. ANDRÉ LEROI-GOURHAN, Le geste et la parole, technique et langage, Albin Michel, pág. 161.

  24. Sobre todos estos problemas —la mano libre, la laringe flexible, los labios, y el papel de la estepa como factor de desterritorialización—, cf. el hermoso libro de EMILE DEVAUX, L‟espèce, l‟instinct, l‟home, ed. Le François, III parte (capt. VII: ―Privado de su bosque, frenado en su desarrollo, devenido infantil, el antropoide debía adquirir unas manos libres y una laringe flexible‖, y capt. IX: ―El bosque ha hecho al mono, la caverna y la estepa han hecho al hombre‖).

  25. FRANÇOIS JACOB, La logique du vivant, págs. 298, 310, 319. Jacob y Monod emplean a veces la palabra traducción para el código genético, pero por comodidad, y precisando con Monod que ―el código sólo puede ser traducido por productos de traducción‖.

  26. André Leroi-Gourhan, IBID., PÁGS. 269-275.

  27. Por eso Hjelmslev, a pesar de sus propias reservas y sus dudas, nos parece el único lingüista que rompe realmente con el significante y el significado. Mucho más que otros lingüistas que parecen hacer esta ruptura deliberadamente, sin reserva, pero conservando los presupuestos implícitos del significante.

  28. MICHEL FOUCAULT, Surveiller et punir, Gallirmad (trad. cast., ed. Siglo XXI). En L‟archéologie du savoir, Gallimard (trad. cast. ed. Siglo XXI), Foucault había esbozado su teoría de las dos multipicidades, de expresiones o de enunciados, de contenidos o de objetos, al mostrar su irreductibilidad a la pareja significante-significado. También explicaba el por qué del título de uno de sus libros precedentes, Les mots et les choses (trad. cast., ed. Siglo XXI) debía entenderse negativamente.

  29. Gilbert Simondon, ibid., PÁGS. 139-141.

  30. LOVECRAFT, Démons et merveilles, Bibliothèque mondiale, págs. 61-62 (trad. cast. Alianza Editorial, con el título Viajes al otro mundo).

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20 NOVIEMBRE 1923

POSTULADOS DE LA LINGÜÍSTICA


Agenciamiento de la consigna


  1. El lenguaje sería informativo y comunicativo


    La maestra no se informa cuando pregunta a un alumno, ni tampoco informa cuando enseña una regla de gramática o de cálculo. ―Ensigna‖, da órdenes, manda. Los mandatos del profesor no son exteriores a lo que nos enseña, y no lo refuerzan. No derivan de significaciones primordiales, no son la consecuencia de informaciones: la orden siempre está basada en órdenes, por eso es redundancia. La máquina de enseñanza obligatoria no comunica informaciones, sino que impone al niño coordenadas semióticas con todas las bases duales de la gramática (masculino-femenino, singular-plural, sustantivo-verbo, sujeto de enunciado-su-jeto de enunciación, etc.). La unidad elemental del lenguaje —el enunciado— es la consigna. Más que el sentido común, facultad que centralizaría las informaciones, hay que definir la abominable facultad que consiste en emitir, recibir y transmitir las consignas. El lenguaje ni siquiera está hecho para que se crea en él, sino para obedecer y hacer que se obedezca. ―La baronesa no tiene la menor intención de

    convencerme de su buena fe, simplemente me indica aquello que le gustaría verme admitir, aunque sólo sea aparentemente‖1. Esto se constata con toda claridad en los comunicados de la policía o del gobierno, que se preocupan muy poco de la credibilidad o de la veracidad, pero que dicen muy claro lo que debe ser observado y retenido. La indiferencia de los comunicados por cualquier tipo de credibilidad raya a menudo en la provocación. Prueba evidente de que se trata de otra cosa. No nos engañemos...: el lenguaje no pide más. Spengler señala que las formas fundamentales de la palabra no son el enunciado de un juicio ni la expresión de un sentimiento, sino ―el mandato, la prueba de obediencia, la aserción, la pregunta, la afirmación o la negación‖, frases muy breves que mandan a la vida, y que son inseparables de las empresas o de los grandes trabajos. ―¿Listo?‖, ―Sí‖, ―Adelan-te‖2. Las palabras no son herramientas, pero a los niños se les da lenguaje, plumas y cuadernos, como se dan palas y picos a los obreros. Una regla de gramática es un marcador de poder antes de ser un marcador sintáctico. La orden no está relacionada con significaciones previas, ni con una organización previa de unidades distintivas. Es justo lo contrario. La información tan sólo es el mínimo estrictamente necesario para la emisión, transmisión y observación de órdenes en tanto que mandatos. Hay que estar muy bien informado para no confundir ¡Al fuego! con

    ¡Al juego!, o para evitar la enojosa situación del profesor y del alumno según Lewis Carroll (el profesor lanza una pregunta desde lo alto de la escalera, que es transmitida por unos criados que la deforman en cada piso, mientras que el alumno abajo en el patio devuelve una respuesta que a su vez será deformada en cada etapa de vuelta). El lenguaje no es la vida, el lenguaje da órdenes a la vida; la vida no habla, la vida escucha y espera3. En toda consigna, aunque sea de padre a hijo, hay una pequeña sentencia de muerte —un Veredicto—, decía Kafka.

    Lo difícil es precisar el estatuto y la extensión de la consigna. No se trata de un origen del lenguaje, puesto que la consigna sólo es una función-lenguaje, una función coextensiva al lenguaje. Si el lenguaje siempre parece presuponer el lenguaje, si no se puede fijar un punto de partida no lingüístico es precisamente porque el lenguaje no se establece entre algo visto (o percibido) y algo dicho, sino que va siempre de algo dicho a algo que se dice. En ese sentido, no creemos que el relato consista en comunicar lo que se ha visto, sino en transmitir lo que se ha oído, lo que otro os ha dicho. Rumor. Ni siquiera basta con invocar una visión deformante procedente de la pasión. El ―primer‖ lenguaje, o más bien la primera determinación que satisface el lenguaje, no es el tropo o la metáfora, es el discurso indirecto. La importancia que se ha querido dar a la metáfora, o a la metonimia, resulta ruinosa para el estudio del lenguaje. Metáforas y metonimias sólo son efectos, que únicamente pertenecen al lenguaje si ya presuponen el discurso indirecto. Hay muchas pasiones en una pasión, y todo tipo de voces en una voz, todo un rumor, glosolalia: por eso todo discurso es indirecto, y la translación propia del lenguaje es el discurso indirecto 4. Benveniste niega que la abeja tenga un lenguaje, aunque disponga de una codificación orgánica, e incluso utilice tropos. La abeja no tiene lenguaje, porque aunque es capaz de comunicar lo que ha visto, es incapaz de transmitir lo que le han comunicado. La abeja que ha percibido un botín puede comunicar el mensaje a las que no lo han percibido; pero la que no lo

    ha percibido no puede transmitirlo a otras que tampoco lo hayan percibido5. El lenguaje no se contenta con ir de un primero a un segundo, de alguien que ha visto a alguien que no ha visto, sino que va necesariamente de un segundo a un tercero, ninguno de los cuales ha visto. En ese sentido, el lenguaje es transmisión de palabra que funciona como consigna, y no comunicación de un signo como información. El lenguaje es un mapa, no un calco. Pero, ¿en qué la consigna es una función coextensiva al lenguaje, cuando la orden, el mandato, parece remitir a un tipo de proposiciones explícitas marcadas por el imperativo?

    Las célebres tesis de Austin muestran claramente que, entre la acción y la palabra, no sólo hay diversas relaciones extrínsecas tales que un enunciado puede describir una acción en un modo indicativo o bien provocarla en un modo imperativo, etc. También hay relaciones intrínsecas entre la palabra y ciertas acciones que se realizan al decir-las (el performativo: juro al decir ―lo juro‖), y más generalmente entre la palabra y ciertas acciones que se realizan al hablar (el ilocutorio: interrogo al decir est-ce que...?, prometo al decir ―te amo...‖, ordeno al emplear el imperativo..., etc.). A estos actos internos a la palabra, a estas relaciones inmanentes de los enunciados con los actos, se les ha denominado presupuestos implícitos o no discursivos, para diferenciarlos de las suposiciones siempre explicitables bajo las cuales un enunciado remite a otros enunciados, o bien a una acción externa (Ducrot). La aparición del campo performativo, y del campo más amplio del ilocutorio, tenía ya tres importantes consecuencias: 1) La imposibilidad de concebir el lenguaje como un código, puesto que el código es la condición que hace posible una explicación; y la imposibilidad de concebir la palabra como la comunicación de una información: ordenar, interrogar, prometer, afirmar no es informar de un mandato, de una duda, de un compromiso, de una aserción, sino efectuar esos actos específicos inmanentes, necesariamente implícitos. 2) La imposibilidad de definir una semántica, una sintáctica o incluso una fonemática, como zonas científicas del lenguaje que serían independientes de la pragmática; la pragmática deja de ser un

    ―basurero‖, las determinaciones pragmáticas dejan de estar sometidas a la alternativa: o bien recaer fuera del lenguaje, o bien responder a condiciones explícitas bajo las cuales son sintactizadas y semantizadas; la pragmática deviene, por el contrario, el presupuesto de todas las otras dimensiones, y se insinúa por todas partes. 3) La imposibilidad de mantener la distinción lengua-palabra, puesto que la palabra ya no puede definirse por la simple utilización individual y extrínseca de una significación primordial, o la aplicación variable de una sintaxis previa: al contrario, el sentido y la sintaxis de la lengua no es posible definirlos independientemente de los actos de palabra que ella presupone 6.

    Bien es verdad que todavía no se ve con claridad cómo se pueden convertir los actos de palabra o presupuestos implícitos en una función coextensiva al lenguaje. Pero todavía se ve menos claro si partimos del performativo (lo que se hace al de-cir-―lo‖) para llegar por extensión hasta el ilocutorio (lo que se hace al hablar). Pues siempre se puede impedir esa extensión, bloquear el performativo sobre sí mismo, explicándolo por caracteres semánticos y sintácticos particulares que evitan el tener que recurrir a una pragmática generalizada. Así, según Benveniste, el performativo no remite a actos, sino, por el contrario, a la propiedad de términos

    sui-referenciales (los verdaderos pronombres personales, YO, TU... definidos como embrayeurs: como consecuencia, una estructura de subjetividad, de previa intersubjetividad en el lenguaje, explica suficientemente los actos de palabra en lugar de presuponerlos 7. El lenguaje es, pues, definido aquí como comunicativo más bien que como informativo, y esa intersubjetividad, esa subjetivación propiamente lingüística es la que explica el resto, es decir, todo lo que se hace ser al decir-―lo‖. Ahora bien, lo fundamental es saber si la comunicación subjetiva es una noción lingüística mejor que la información ideal. Oswald Ducrot ha desarrollado las razones que le llevan a invertir el esquema de Benveniste: no es el fenómeno de sui-referencia el que puede explicar el performativo, es justo lo contrario, la sui-referencia se explica ―por el hecho de que ciertos enunciados están socialmente consagrados a la ejecución de ciertas acciones‖. El performativo se explica, pues, por el ilocutorio, y no a la inversa. Es el ilocutorio el que constituye los presupuestos implícitos o no discursivos. Y el ilocutorio se explica a su vez por agenciamientos colectivos de enunciación, por actos jurídicos, equivalentes de actos jurídicos, que distribuyen los procesos de subjetivación o las asignaciones de sujetos en la lengua, pero que de ningún modo dependen de ellos. La comunicación no es mejor concepto que la información, la intersubjetividad no es más válida que la significancia para explicar esos agenciamientos ―enunciados-actos‖ que miden en cada lengua el papel y la proporción de morfemas subjetivos8. (Más adelante veremos que el análisis del discurso indirecto confirma este punto de vista, puesto que en él las subjetivaciones no son primeras, sino que derivan de un agenciamiento complejo).

    Nosotros llamamos consignas, no a una categoría particular de enunciados explícitos (por ejemplo al imperativo), sino a la relación de cualquier palabra o enunciado con presupuestos implícitos, es decir, con actos de palabra que se realizan en el enunciado, y que sólo pueden realizarse en él. Las consignas no remiten, pues, únicamente a mandatos, sino a todos los actos que están ligados a enunciados por una ―obligación social‖. Y no hay enunciado que, directa o indirectamente, no presente este vínculo. Una pregunta, una promesa, son consignas. El lenguaje sólo puede definirse por el conjunto de consignas, presupuestos implícitos o actos de palabra, que están en curso en una lengua en un momento determinado.

    Entre el enunciado y el acto la relación es interna, inmanente, pero no hay identidad. La relación es más bien de redundancia. La consigna es en sí misma redundancia del acto y del enunciado. Los periódicos, las noticias, proceden por redundancia, en la medida en que nos dicen lo que ―hay‖ que pensar, retener, esperar, etc. El lenguaje no es ni informativo ni comunicativo, no es comunicación de información, sino algo muy distinto, transmisión de consignas, bien de un enunciado a otro, bien en el interior de cada enunciado, en la medida en que un enunciado realiza un acto y que el acto se realiza en el enunciado. El esquema más general de la informática plantea en principio una información máxima ideal, y convierte a la redundancia en una simple condición limitativa que disminuye ese máximo teórico para impedir que sea tapado por el ruido. Nosotros decimos, por el contrario, que lo primero es la redundancia de la consigna, y que la información sólo es la condición mínima para la transmisión de las consignas (por eso no cabe

    oponer el ruido a la información, sino más bien todas las indisciplinas que trabajan el lenguaje a la consigna como disciplina o ―gramaticalidad‖). La redundancia tiene dos formas, frecuencia y resonancia, la primera concierne a la significancia de la información, la segunda (YO=YO) concierne a la subjetividad de la comunicación. Pero lo que así se pone de manifiesto es la subordinación de la información y de la comunicación, es más, de la significancia y de la subjetividad, respecto a la redundancia. Se llega a separar la información de la comunicación; se llega a distinguir entre una significación abstracta de la información y una subjetivación abstracta de la comunicación. Pero ninguna de esas distinciones nos proporciona una forma primaria o implícita del lenguaje. No hay significancia independiente de las significaciones dominantes, no hay subjetivación independiente de un orden establecido de sujeción. Ambas dependen de la naturaleza y de la transmisión de consignas en un campo social determinado.

    No hay enunciación individual, ni siquiera sujeto de enunciación. Sin embargo, hay relativamente pocos lingüistas que hayan analizado el carácter necesariamente social de la enunciación9. Pues ese carácter no basta por sí solo, y corre el riesgo de ser todavía extrínseco: así pues, se dice demasiado de él, o demasiado poco. El carácter social de la enunciación sólo está intrínsecamente fundado si se llega a demostrar cómo la enunciación remite de por sí a agenciamientos colectivos. Vemos, pues, claramente que sólo hay individuación del enunciado, y subjetivación de la enunciación, en la medida en que el agenciamiento colectivo impersonal lo exige y lo determina. Ese es precisamente el valor ejemplar del discurso indirecto, y sobre todo del discurso indirecto “libre”: no hay límites distintivos claros, no hay fundamentalmente inserción de enunciados diferentemente individualizados, ni acoplamiento de sujetos de enunciación diversos, sino un agenciamiento colectivo que va a determinar como su consecuencia los procesos relativos de subjetivación, las asignaciones de individualidad y sus distribuciones cambiantes en el discurso. No es la distinción de los sujetos la que explica el discurso indirecto, es el agenciamiento, tal como aparece libremente en ese discurso, el que explica todas las voces presentes en una voz, los gritos de muchachas en un monólogo de Charlus, las lenguas en una lengua, las consignas en una palabra. El asesino americano Son of Sam mataba bajo el impulso de una voz ancestral, pero que pasaba por la voz de un perro. La noción de agenciamiento colectivo de enunciación deviene así fundamental, puesto que debe dar cuenta del carácter social. Ahora bien, nosotros podemos sin duda definir el agenciamiento colectivo por el complejo redundante del acto y del enunciado que lo realiza necesariamente. Pero esa sigue siendo una definición nominal; y así ni siquiera estamos en condiciones de justificar nuestra posición precedente según la cual la redundancia no se reduce a una simple identidad (o según la cual no hay simple identidad entre el enunciado y el acto). Si queremos pasar a una definición real del agenciamiento colectivo habrá que preguntarse en qué consisten los actos inmanentes al lenguaje, que hacen redundancia con los enunciados, o crean consignas.

    Diríase que esos actos se definen por el conjunto de las transformaciones incorporales que tienen lugar en una sociedad determinada, y que se atribuyen a los cuerpos de esa sociedad. Podemos dar a la palabra ―cuerpo‖ el sentido más general

    (hay cuerpos morales, las almas son cuerpos, etc.); no obstante, debemos distinguir las acciones y pasiones que afectan a esos cuerpos, y los actos, que sólo son en ellos atributos no corporales, o que son ―lo expresado‖ (l‟exprimé) de un enunciado. Cuando Ducrot se pregunta en qué consiste un acto, llega precisamente al agenciamiento jurídico, y pone como ejemplo la sentencia del magistrado, que transforma un acusado en condenado. En efecto, lo que sucede antes, el crimen del que se acusa a alguien, y lo que sucede después, la ejecución de la pena del condenado, son acciones-pasiones que afectan a cuerpos (cuerpo de la propiedad, cuerpo de la víctima, cuerpo del condenado, cuerpo de la prisión); pero la transformación del acusado en condenado es un puro acto instantáneo o un atributo incorporal, que es el expresado en la sentencia del magistrado 10. La paz y la guerra son estados o mezclas de cuerpos muy diferentes; pero el decreto de movilización general expresa una transformación incorporal e instantánea de los cuerpos. Los cuerpos tienen una edad, una madurez, un envejecimiento; pero la mayoría de edad, la jubilación, tal categoría de edad, son transformaciones incorporales que se atribuyen inmediatamente a los cuerpos, en tal o cual sociedad. ―Ya no eres un niño...‖: este enunciado concierne a una transformación incorporal, incluso si se dice de los cuerpos y se inserta en sus acciones y pasiones. La transformación incorporal se reconoce en su instantaneidad, en su inmediatez, en la simultaneidad del enunciado que la expresa y del efecto que ella produce; por eso las consignas están estrictamente fechadas, hora, minutos y segundos, y son válidas a partir de ese momento. El amor es una mezcla de cuerpos, que puede ser representado por un corazón atravesado por una flecha, por una unión de las almas, etc.; pero la declaración ―te amo‖ expresa un atributo no corporal de los cuerpos, tanto del amante como del amado. Comer pan y beber vino son mezclas de cuerpos; co-mulgar con Cristo también es una mezcla entre cuerpos propiamente espirituales, no por ello menos ―reales‖. Pero la transformación del cuerpo del pan y del vino en cuerpo y sangre de Cristo es lo puro expresado de un enunciado que se atribuye a los cuerpos. En un secuestro aéreo, la amenaza del pirata que esgrime un arma es evidentemente una acción; y lo mismo ocurre con la ejecución de los rehenes, en el caso de que se produzca. Pero la transformación de los pasajeros en rehenes, y del cuerpo-avión en cuerpo-prisión, es una transformación incorporal instantánea, un mass-media act, en el sentido en el que los ingleses hablan de speech-act. Las consignas o los agenciamientos de enunciación en una sociedad determinada, en resumen, el ilocutorio, designan esa relación instantánea de los enunciados con las transformaciones incorporales o atributos no corporales que ellos expresan.

    Resulta sorprendente esa instantaneidad de la consigna, que puede ser proyectada hasta el infinito, situada en el origen de la sociedad: así, en Rousseau, el paso del estado de naturaleza al estado civil es como un salto en el vacío, una transformación incorporal que se hace en el instante Cero. La Historia real cuenta sin duda las acciones y las pasiones de los cuerpos que se desarrollan en un campo social, en cierta manera las comunica; pero también transmite consignas, es decir, actos puros que se intercalan en ese desarrollo. La Historia no se librará jamás de las fechas. Quizá sea la economía, o el análisis financiero, la que mejor muestre la presencia y la instantaneidad de esos actos decisorios en un proceso de conjunto

    (por eso los enunciados no forman parte realmente de la ideología, sino que actúan ya en el supuesto dominio de la infraestructura). La inflación galopante en Alemania, después de 1918, es un proceso que afecta al cuerpo monetario, y a muchos otros cuerpos; pero el conjunto de las ―circunstancias‖ hace posible de pronto una transformación semiótica que, aunque esté teóricamente ajustada a las variaciones del cuerpo de la tierra y de los activos materiales, no por ello deja de ser un acto puro o una transformación incorporal: el 20 de noviembre 1923...11

    Los agenciamientos no cesan de variar, de estar ellos mismos sometidos a transformaciones. En primer lugar, hay que hacer intervenir las circunstancias: Benveniste muestra perfectamente que un enunciado performativo no es nada al margen de las circunstancias que hacen que lo sea. Cualquiera puede gritar ―de-creto la movilización general‖, pero es un acto de infantilismo o de demencia, y no un acto de enunciación, si no hay una variable efectuada que da derecho a enunciar. Y lo mismo puede decirse de ―te amo‖, que no tiene ni sentido ni sujeto, ni destinatario, al margen de las circunstancias que no se contentan con hacerlo creíble, sino que lo convierten en un verdadero agenciamiento, un marcador de poder, incluso en el caso de un amor desgraciado (también por voluntad de poder se obedece...). Ahora bien, el término general de circunstancias no debe hacernos creer que se trata únicamente de circunstancias externas: ―Lo juro‖ no es lo mismo si se dice en familia, que si se dice en la escuela, en un amor, en el seno de una sociedad secreta, al tribunal: no es lo mismo, pero tampoco es el mismo enunciado; no es la misma situación de cuerpos, pero tampoco es la misma transformación incorporal. La transformación se dice de los cuerpos, pero ella misma es incorporal, interna a la enunciación. Hay variables de expresión que ponen la lengua en relación con el afuera, pero precisamente porque son inmanentes a la lengua. Mientras que la lingüística siga hablando de constantes, fonológicas, morfológicas o sintácticas, está relacionando el enunciado con un significante y la enunciación con un sujeto, falla así el agenciamiento, remite las circunstancias al exterior, encierra la lengua en sí misma y convierte a la pragmática en un residuo. La pragmática, por el contrario, no apela únicamente a las circunstancias externas: extrae variables de expresión o de enunciación que son para la lengua otras tantas razones internas para no encerrarse en sí misma. Como dice Bakhtine, mientras que la lingüística extraiga constantes, continúa siendo incapaz de hacernos comprender cómo una palabra forma una enunciación completa; hace falta un ―elemento suplementario que permanece inaccesible a todas las categorías o determinaciones lingüísticas‖, aunque sea totalmente interno a la teoría de la enunciación o de la lengua12. La consigna es precisamente la variable que convierte la palabra como tal en una enunciación. La instantaneidad de la consigna, su inmediatez, le da un poder de variación, en relación con los cuerpos a los que se atribuye la transformación.

    La pragmática es una política de la lengua. Un estudio como el de Jean Pierre Faye sobre la constitución de los enunciados nazis en el campo social alemán es ejemplar a este respecto (y no es un mero calco de la constitución de los enunciados fascistas en Italia). Este tipo de investigaciones transformacionales conciernen a la variación de las consignas y de los atributos no corporales que se relacionan con los cuerpos sociales, y que efectúan actos inmanentes. También

    podría servir como ejemplo, aunque en otras condiciones, la formación de un tipo de enunciados específicamente leninistas en la Rusia soviética, a partir del texto de Lenin titulado ―A propósito de las consignas‖ (1917). Ya era una transformación incorporal la que había extraído de las masas una clase proletaria en tanto que agenciamiento de enunciación, antes de que se dieran las condiciones de aparición de un proletariado como cuerpo. Genialidad de la Ia Internacional marxista, que

    ―inventa‖ un nuevo tipo de clase: ¡proletarios de todos los países, unios! 13 Pero, rompiendo con los social-demócratas, Lenin todavía inventa o decreta otra transformación incorporal, que extrae de la clase proletaria una vanguardia como agenciamiento de enunciación, y que va a atribuirse al ―Partido‖, a un nuevo tipo de partido como cuerpo distinto, aun a riesgo de caer en un sistema de redundancia específicamente burocrático. ¿Apuesta leninista, golpe de audacia? Lenin declara que la consigna ―Todo el poder a los soviets‖ sólo era válida entre el 27 de febrero y el 4 de julio, para el desarrollo pacífico de la Revolución, pero ya no vale para el estado de guerra, y el paso de una a otra implicaría precisamente esa transformación que no se contenta con ir de las masas a un proletariado director, sino que va del proletariado a una vanguardia dirigente. El 4 de julio exactamente, se acabó el poder de los Soviets. Se pueden asignar todas las circunstancias externas: no sólo la guerra, sino la insurrección que obliga a Lenin a huir a Finlandia. Pero aún así, el 4 de julio, se anuncia la transformación incorporal, antes de que el cuerpo al que se atribuirá, el Partido, sea organizado. ―Toda consigna debe ser deducida de la suma de particularidades de una situación política determinada‖. Si se objeta que esas particularidades remiten precisamente a la política y no a la lingüística habría que señalar hasta qué punto la política trabaja la lengua desde dentro, haciendo variar no sólo el léxico, sino también la estructura y todos los elementos de la frase, al mismo tiempo que cambian las consignas. Un tipo de enunciado sólo puede ser evaluado en función de sus implicaciones pragmáticas, es decir, de su relación con presupuestos implícitos, con actos inmanentes o transformaciones incorporales que él expresa, y que van a introducir nuevas divisiones entre los cuerpos. La verdadera intuición no es el juicio de gramaticalidad, sino la evaluación de las variables internas de enunciación relacionadas con el conjunto de las circunstancias.

    Hemos ido de los mandatos explícitos a las consignas como presupuestos implícitos; de las consignas a los actos inmanentes o transformaciones incorporales que ellas expresan; luego, a los agenciamientos de enunciación de los que ellos son las variables. Y en la medida en que esas variables entran en relaciones determinables en tal momento, los agenciamientos se reúnen en un régimen de signos o máquina semiótica. Pero es evidente que toda sociedad está atravesada por varias semióticas, posee de hecho regímenes mixtos. Es más, en otro momento surgen nuevas consignas que modifican las variables y que no pertenecen todavía a un régimen conocido. La consigna es, pues, redundancia de varias maneras; no sólo en función de una transmisión que es esencial a ella, sino también en sí misma y desde su emisión, bajo su relación ―inmediata‖ con el acto o la transformación que ella efectúa. Incluso una consigna en ruptura con una semiótica determinada ya es redundancia. Por eso el agenciamiento colectivo de enunciación no tiene otros

    enunciados que los de un discurso siempre indirecto. El discurso indirecto es la presencia de un enunciado transmitido en el enunciado transmisor, la presencia de una consigna en la palabra. El discurso indirecto abarca a la totalidad del lenguaje. Lejos de que el discurso indirecto suponga un discurso directo, es éste el que se extrae de aquél, en la medida en que las operaciones de significancia y los procesos de subjetivación en un agenciamiento están distribuidos, atribuidos, asignados, o que las variables del agenciamiento entran en relaciones constantes, por muy provisionales que sean. El discurso directo es un fragmento de masa separada, y nace del desmembramiento del agenciamiento colectivo; pero éste siempre es como el rumor de donde extraigo mi nombre propio, el conjunto de voces concordantes o no de donde saco mi voz. Siempre dependo de un agenciamiento de enunciación molecular, que no está dado en mi conciencia, que tampoco depende únicamente de mis determinaciones sociales aparentes, y que reúne muchos regímenes de signos heterogéneos. Glosolalia. Escribir quizá sea sacar a la luz ese agenciamiento del inconsciente, seleccionar las voces susurrantes, convocar las tribus y los idiomas secretos de los que extraigo algo que llamo Yo. YO es una consigna. Un esquizofrénico declara: ―he oído unas veces decir: es consciente de la vida‖ 14. En ese sentido, puede perfectamente hablarse de un cogito esquizofrénico, pero que convierte la conciencia de sí en la transformación incorporal de una consigna o en el resultado de un discurso indirecto. Mi discurso directo sigue siendo el discurso indirecto libre que me atraviesa de parte a parte y que viene de otros mundos o de otros planetas. Por eso tantos artistas y escritores se sintieron tentados por las sesiones de espiritismo. De ahí que cuando se plantea la pregunta de cuál es la facultad específica de la consigna no queda más remedio que reconocerle extrañas propiedades: una especie de instantaneidad en la emisión, la percepción y la transmisión de las consignas; una gran variabilidad, y una capacidad de olvido que hace que uno se sienta inocente de las consignas que ha seguido, después abandonado, para acoger otras; una capacidad propiamente ideal o fantasmática para la aprehensión de las transformaciones incorporales; una aptitud para captar el lenguaje bajo la forma de un inmenso discurso indirecto 15. Facultad del apuntador y del apuntado, facultad de la canción que siempre pone una melodía en otra melodía en una relación de redundancia, facultad mediática en verdad, glosolálica o xenoglósica.

    Consideremos de nuevo la pregunta: ¿en qué medida una función-lenguaje, una función coextensiva al lenguaje, queda así definida? Es evidente que las consignas, los agenciamientos colectivos o regímenes de signos, no se confunden con el lenguaje. Pero efectúan su condición (sobrelinealidad de la expresión); satisfacen cada vez la condición, de manera que, sin ellos, el lenguaje seguiría siendo pura virtua-lidad (carácter sobrelineal del discurso indirecto). Naturalmente, los agenciamientos varían, se transforman. Pero no varían necesariamente según cada lengua, no corresponden a las diversas lenguas. Una lengua parece definirse por las constantes fonológicas, semánticas, sintácticas que forman parte de sus enunciados; el agenciamiento colectivo, por el contrario, concierne al uso de esas constantes en función de variables internas a la propia enunciación (las variables de expresión, los actos inmanentes o transformaciones incorporales). Constantes

    diferentes, de diferentes lenguas, pueden tener el mismo uso; y las mismas constantes, en una lengua determinada, pueden tener usos diferentes, bien sucesivamente, bien incluso simultáneamente. Uno no puede limitarse a una dualidad entre las constantes como factores lingüísticos, explícitos o explicitables, y las variables como factores extrínsecos no lingüísticos. Pues las variables pragmáticas de uso son internas a la enunciación, y forman los presupuestos implícitos de la lengua. Así pues, si el agenciamiento colectivo es cada vez coextensivo a la lengua considerada, y al propio lenguaje, es precisamente porque expresa el conjunto de las transformaciones incorporales que efectúan la condición del lenguaje, y que utilizan los elementos de la lengua. La función-lenguaje así definida no es ni informativa ni comunicativa; no remite ni a una información significante, ni a una comunicación intersubjetiva. Y de poco serviría abstraer una significancia al margen de la información, o una subjetividad al margen de la comunicación. Pues el proceso de subjetivación y el movimiento de significancia remiten a regímenes de signos o agenciamientos colectivos. La función-lenguaje es transmisión de consignas, y las consignas remiten a los agenciamientos, del mismo modo que los agenciamientos remiten a las transformaciones incorporales que constituyen las variables de la función. La lingüística no es nada al margen de la pragmática (semiótica o política) que define la efectuación de la condición del lenguaje y el uso de los elementos de la lengua.


  2. Habría una maquina abstracta de la lengua, que no recurriría a ningún factor ―extrínseco‖


    Si en un campo social distinguimos el conjunto de las modificaciones corporales y el conjunto de las transformaciones incorporales, a pesar de la variedad de cada uno, estamos ante dos formalizaciones, una de contenido, otra de expresión. Pues el contenido no se opone a la forma, tiene su propia formalización: el polo mano-herramienta, o la lección de cosas. Pero sí se opone a la expresión, en la medida en que ésta también tiene su propia formalización: el polo rostro-lenguaje, o la lección de signos. Precisamente porque tanto el contenido como la expresión tienen su forma, nunca se puede asignar a la forma de expresión la simple función de representar, de describir o de constatar un contenido correspondiente: no hay correspondencia ni conformidad. Las dos formalizaciones no son de la misma naturaleza, y son independientes, heterogéneas. Los estoicos han sido los primeros que han elaborado la teoría de esta independencia: distinguen las acciones y las pasiones de los cuerpos (dando a la palabra ―cuerpo‖ la mayor extensión, es decir, todo contenido formado), y los actos incorporales (que son lo ―expresado‖ de los enunciados). La forma de expresión estará constituida por el encadenamiento de los expresados, y la forma de contenido por la trama de los cuerpos. Cuando el cuchillo penetra en la carne, cuando el alimento o el veneno se extienden por el cuerpo, cuando la gota de vino se vierte en el agua, se produce una mezcla de cuerpos; pero los enunciados ―el cuchillo corta la carne‖, ―yo como‖, ―el agua enrojece‖, expresan transformaciones incorporales de naturaleza completamente distinta (acon-

    tecimientos) 16. El genio de los estoicos es haber llevado esa paradoja hasta el límite, hasta la demencia, hasta el cinismo, y haberla basado en razones muy serias: como recompensa fueron los primeros en crear una filosofía del lenguaje.

    Pero la paradoja no tiene valor si no se añade con los estoicos: las transformaciones incorporales, los atributos incorporales, sólo se dicen y no se dicen de los propios cuerpos. Son el expresado de los enunciados, pero se atribuye a los cuerpos. Y no para describirlos o representarlos, pues éstos ya tienen sus cualidades específicas, sus acciones y sus pasiones, sus almas, en una palabra, sus formas, que a su vez son cuerpos —¡y las representaciones también son cuerpos!—. Si los atributos no corporales se dicen de los cuerpos, si cabe distinguir lo expresado incorporal ―enrojecer‖ y la cualidad corporal ―rojo‖, etc., es, pues, por otra razón que la de la representación. Ni siquiera se puede decir que el cuerpo, o el estado de cosas, sea el ―referente‖ del signo. Expresando el atributo no corporal, y atribu-yéndolo al mismo tiempo al cuerpo, no se representa, no se refiere, en cierto sentido se interviene, y es un acto de lenguaje. La independencia de las dos formas, de expresión y de contenido, no queda desmentida, sino, al contrario, confirmada por lo siguiente: las expresiones o los expresados van a insertarse en los contenidos, a intervenir en los contenidos, no para representarlos, sino para anticiparlos, retrogradarlos, frenarlos o precipitarlos, unirlos o separarlos, dividirlos de otra forma. La cadena de las transformaciones instantáneas siempre se insertará en la trama de las modificaciones continuas (de ahí el sentido de las fechas en los estoicos ¿a partir de qué momento puede decirse de alguien que es calvo? ¿En qué sentido un enunciado del tipo ―mañana habrá una batalla naval‖ marca una fecha o consigna?). La noche del 4 de agosto, el 4 de julio de 1917, el 20 de noviembre de 1923: ¿qué transformación incorporal expresan, que, sin embargo, se atribuye a los cuerpos, se inserta en ellos? La independencia de la forma de expresión y de la forma de contenido no funda ningún paralelismo entre las dos, ni tampoco ninguna representación de una por la otra, sino, al contrario, una fragmentación de las dos, una manera de insertarse las expresiones en los contenidos, de pasar constantemente de un registro a otro, de actuar los signos sobre las cosas, al mismo tiempo que éstas se extienden y se despliegan a través de los signos. Un agenciamiento de enunciación no habla ―de las‖ cosas, sino que habla desde los mismos estados de cosas o estados de contenidos. Como consecuencia, un mismo x, una misma partícula, funcionará como cuerpo que actúa y sufre, o bien como signo que produce un acto, una consigna, según la forma en que esté incluido (como ocurre en el conjunto teórico-experimental de la física). En resumen, la independencia funcional de las dos formas sólo es la forma de su presuposición recíproca, del paso incesante de la una a la otra. Nunca estamos ante un encadenamiento de consignas, y una causalidad de contenidos, cada uno válido de por sí, o uno representando al otro y el otro sirviendo de referente. Al contrario, la independencia de las dos líneas es distributiva, y hace que un segmento de la una releve constantemente a un segmento de la otra, pase o se introduzca en la otra. Como dice Foucault, constantemente se pasa de las consignas al ―orden mudo‖ de las cosas, y a la inversa.

    Cuando empleamos esa ambigua palabra ―intervenir‖, cuando decimos que las expresiones intervienen o se insertan en los contenidos, ¿no seguimos estando ante una especie de idealismo en el que la consigna caería del cielo, instantáneamente? Habría que determinar no un origen, sino los puntos de intervención, de inserción, y todo ello en el marco de la presuposición recíproca entre las dos formas. Ahora bien, las formas, tanto de contenido como de expresión, son inseparables de un movimiento de desterritorialización que las arrastra. Expresión y contenido, cada uno de ellos está más o menos desterritorializado, relativamente desterritorializado según tal estado de su forma. A este respecto, no se puede plantear una primacía de la expresión sobre el contenido, o a la inversa. Puede suceder que las componentes semióticas estén más desterritorializadas que las componentes materiales, pero también puede suceder lo inverso. Por ejemplo, un complejo matemático de signos puede estar más desterritorializado que un conjunto de partículas; y a la inversa, las partículas pueden tener efectos experimentales que desterritorializan el sistema semiótico. Una acción criminal puede ser desterritorializante respecto al régimen de siglas existente (la tierra grita venganza y se aleja, mi culpa es demasiado grande); pero el signo que expresa el acto de condenación puede ser a su vez desterritorializante respecto a todas las acciones y reacciones (―serás un fugitivo y un desertor en la tierra‖, ni siquiera te podrán matar). En resumen, hay grados de desterritorialización que cuantifican las formas respectivas, y según los cuales los contenidos y las expresiones se conjugan, alternan, se precipitan recíprocamente, o, al contrario, se estabilizan al efectuar una reterritorialización. Lo que llamamos circunstancias o variables son precisamente esos grados. Hay variables de contenido, que son proporciones en las mezclas o agregados de cuerpos, y hay variables de expresión, que son factores internos a la enunciación. En Alemania, hacia el 20 de noviembre de 1923: la inflación desterritorializante del cuerpo monetario, pero también la transformación semiótica del reichsmark en rentenmark, que toma el relevo y hace posible una reterritorialización. En Rusia, hacia el 4 de julio de 1917: las proporciones de un estado de ―cuerpos‖ Soviets-Gobierno provisional, pero también la elaboración de una semiótica incorporal bolchevique que precipita las cosas, y se hará relevar del otro lado por la acción detonante del cuerpo del Partido. En resumen, una expresión no entra en relación con un contenido descubriéndolo o representándolo. Las formas de expresión y de contenido comunican por conjugación de sus cuantos de desterritorialización relativa, interviniendo las unas en las otras, actuando éstas en las primeras.

    Se pueden sacar algunas conclusiones generales sobre la naturaleza de los Agenciamientos. Según un primer eje, horizontal, un agenciamiento incluye dos segmentos, uno de contenido, otro de expresión. Por un lado es agenciamiento maquínico de cuerpos, de acciones y de pasiones, mezcla de cuerpos que actúan los unos sobre los otros; por otro, agenciamiento colectivo de enunciación, de actos y de enunciados, transformaciones incorporales que se atribuyen a los cuerpos. Pero, según un eje vertical orientado, el agenciamiento tiene por un lado partes territoriales o reterritorializadas, que lo estabilizan, y por otro, máximos de desterritorialización que lo arrastran. Nadie mejor que Kafka ha sabido separar y hacer funcionar

    juntos estos ejes del agenciamiento. Por un lado la máquina-barco, la máquina-hotel, la máquina-circo, la máquina-castillo, la máquina-tribunal: cada una con sus piezas, sus engranajes, sus procesos, sus cuerpos enmarañados, ajustados, desajustados (cf. la cabeza que perfora el techo). Por otro el régimen de signos o de enunciación: cada régimen con sus transformaciones incorporales, sus actos, sus sentencias de muerte y sus veredictos, sus procesos, su ―derecho‖. Ahora bien, es evidente que los enunciados no representan las máquinas: el discurso del Fo-gonero no describe la sala de máquinas como cuerpo, tiene su forma propia, y su desarrollo sin analogía. Y sin embargo, se atribuye a los cuerpos, a todo el barco como cuerpo. Discurso de sumisión a las consignas, de discusión, de reivindicación, de acusación y de alegato. Pues, según el segundo eje, lo que se compara o se combina de un aspecto al otro, lo que sitúa constantemente el uno en el otro, son los grados de desterritorialización conjugados o alternos, y las operaciones de reterritorialización que en un determinado momento estabilizan el conjunto. K, la función-K, designa la línea de fuga o de desterritorialización que arrastra a todos los agenciamientos, pero que también pasa por todas las reterritorializaciones y redundancias, redundancias de infancia, de pueblo, de amor, de burocracia..., etc. Tetravalencia del agenciamiento. Y como ejemplo, el agenciamiento feudal.

    Según un primer eje, se considerarán las mezclas de cuerpos que definen la feudalidad. El cuerpo de la tierra y el cuerpo social, los cuerpos del soberano, del vasa-llo y del siervo, el cuerpo del caballero y del caballo, la nueva relación que establecen con el estribo, las armas y las herramientas que aseguran las simbiosis de cuerpos: todo un agenciamiento maquínico. Pero también los enunciados, las expresiones, el régimen jurídico de las armaduras, el conjunto de las transformaciones incorporales, especialmente los juramentos y sus variables, el juramento de obediencia, pero también el juramento amoroso, etc.: el agenciamiento colectivo de enunciación. Y según el otro eje, se considerarán las territorialidades y reterritorializaciones feudales, al mismo tiempo que la línea de desterritorialización que arrastra al caballero y su montura, los enunciados y los actos. Y cómo todo eso se combina en las Cruzadas.

    Así pues, sería todo un error creer que el contenido determina la expresión por acción causal, incluso si se concede a la expresión el poder no sólo de ―reflejar‖ el contenido, sino de actuar activamente sobre él. Semejante concepción ideológica del enunciado, que lo hace depender de un contenido económico dominante, choca contra todas las dificultades inherentes a la dialéctica. En primer lugar, podría concebirse una acción causal entre el contenido o la expresión, pero no para las formas respectivas, la forma de contenido y la forma de expresión. A ésta hay que reconocerle una independencia que permitirá precisamente a las expresiones actuar sobre los contenidos. Pero esa independencia está mal concebida. Si se dice que los contenidos son económicos, la forma de contenido no puede serlo, y queda reducida a una pura abstracción, a saber: la producción de bienes y los medios para producirlos considerados por sí mismos. De igual modo, si se dice que las expresiones son ideológicas, la forma de expresión no lo es, y queda reducida al lenguaje como abstracción, como disposición de un bien común. Como consecuencia, se pretende caracterizar los contenidos y las expresiones por todas

    las luchas y conflictos que los atraviesan bajo dos formas diferentes, pero esas mismas formas están de por sí exentas de toda lucha o conflicto, y su relación sigue siendo totalmente indeterminada17. Sólo se podría determinarla modificando la teoría de la ideología, y haciendo intervenir ya las expresiones y los enunciados en la productividad, bajo forma de una producción de sentido o de un valor-signo. Sin duda, aquí la categoría de producción tiene la ventaja de romper con los esquemas de representación, de información y de comunicación. Pero, ¿es más adecuada que esos esquemas? Su aplicación al lenguaje es muy ambigua, puesto que hay que recurrir a un milagro dialéctico constante que transforma la materia en sentido, el contenido en expresión, el proceso social en sistema significante.

    Bajo su aspecto material o maquínico, un agenciamiento no nos parece que remita a una producción de bienes, sino a un estado preciso de mezcla de cuerpos en una sociedad, que incluye todas las atracciones y repulsiones, las simpatías y las antipatías, las alteraciones, las alianzas, las penetraciones y expansiones que afectan a todo tipo de cuerpos relacionados entre sí. Un régimen alimentario, un régimen sexual regulan sobre todo mezclas de cuerpos obligatorias, necesarias o permitidas. Incluso la tecnología se equivoca al considerar las herramientas por sí mismas: las herramientas sólo existen en relación con las mezclas que ellas hacen posibles o que las hacen posibles. El estribo entraña una nueva simbiosis hombre-caballo, que entraña a su vez nuevas armas y nuevos instrumentos. Pues las herramientas son inseparables de las simbiosis o alianzas que definen un agenciamiento maquínico. Naturaleza-sociedad. Presuponen una máquina social que las selecciona y las incluye en su filum: una sociedad se define por sus alianzas y no por sus herramientas. De igual modo, bajo su aspecto colectivo o semiótico, el agenciamiento no remite a una productividad de lenguaje, sino a regímenes de signos, a una máquina de expresión cuyas variables determinan el uso de los elementos de la lengua. Y como las herramientas, esos elementos no tienen valor por sí mismos. Hay primacía de un agenciamiento maquínico de los cuerpos sobre las herramientas y los bienes, primacía de un agenciamiento colectivo de enunciación sobre el lenguaje y las palabras. Y la articulación de esos dos aspectos del agenciamiento es efectuada por los movimientos de desterritorialización que cuantifican sus formas. Por eso un campo social no se define tanto por sus conflictos y sus contradicciones como por las líneas de fuga que lo atraviesan. Un agenciamiento no conlleva ni infraestructura y superestructura, ni estructura profunda y estructura superficial, sino que aplana todas sus dimensiones en un mismo plan de consistencia en el que actúan las presuposiciones recíprocas y las inserciones mutuas.

    Otro error (que llegado el caso se combina con el anterior) sería creer en la suficiencia de la forma de expresión como sistema lingüístico. Este sistema puede concebirse como estructura fonológica significante, o como estructura sintáctica profunda. De todas formas, tendría la virtud de engendrar la semántica, y de satisfacer así la expresión, mientras que los contenidos serían abandonados a lo arbitrario de una simple ―referencia‖, y la pragmática, a la exterioridad de los factores no lingüísticos. Todas estas empresas tienen en común el erigir una máquina abstracta de la lengua, pero constituyéndola como un conjunto sincrónico de constantes. Ahora bien, no se objetará que la máquina así concebida es demasiado abs-

    tracta. Al contrario, no lo es suficientemente, sigue siendo ―lineal‖. Continúa estando a un nivel de abstracción intermedio, que le permite por un lado considerar los factores lingüísticos en sí mismos, independientemente de los factores no lingüísticos, y por otro considerar esos factores lingüísticos como constantes. Pero, si se fuerza la abstracción se llega necesariamente a un nivel en el que las pseudoconstantes de la lengua son sustituidas por variables de expresión internas a la propia enunciación. Como consecuencia, esas variables de expresión son inseparables de las variables de contenido en constante interacción. Si la pragmática externa de los factores no lingüísticos debe ser tomada en consideración es precisamente porque la lingüística es inseparable de una pragmática interna que concierne a sus propios factores. No basta con tener en cuenta el significado, o incluso el referente, puesto que las mismas nociones de significación y de referencia todavía tienen que ver con una estructura de expresión que se supone autónoma y constante. De nada sirve construir una semántica, o incluso reconocer ciertos derechos de la pragmática, si se las sigue haciendo pasar por una máquina sintáctica o fonológica que previamente debe tratarlas. Pues una verdadera máquina abstracta se relaciona con el conjunto del agenciamiento: se define como el diagrama de ese agenciamiento. No es lingüística, sino diagramática y sobrelineal. Ni el contenido es un significado, ni la expresión un significante, sino que los dos son las variables del agenciamiento. Nada se avanza mientras que no se relacione directamente las determinaciones pragmáticas, pero también semánticas, sintácticas y fonológicas, con los agenciamientos de enunciación de los que dependen. La máquina abstracta de Chomsky sigue estando ligada a un modelo arborescente, y al orden lineal de los elementos lingüísticos en las frases y su combinatoria. Pero desde el momento en que se tienen en cuenta valores pragmáticos o variables internas, especialmente en función del discurso indirecto, forzosamente hay que hacer intervenir ―hiperfra-ses‖, o construir ―objetos abstractos‖ (transformaciones incorporales), que implican una sobrelinealidad, es decir, un plan cuyos elementos ya no tienen un orden lineal fijo: modelo rizoma 18. Desde ese punto de vista, la interpenetración de la lengua con el campo social y los problemas políticos está en lo más profundo de la máquina abstracta, y no en la superficie. La máquina abstracta, en la medida en que se relaciona con el diagrama del agenciamiento, nunca es puro lenguaje, como no sea por falta de abstracción. Es el lenguaje el que depende de la máquina abstracta, y no a la inversa. A lo sumo, se pueden distinguir en ella dos estados de diagrama, uno en el que las variables de contenido y de expresión se distribuyen según su forma heterogénea en presuposición recíproca en un plan de consistencia, otro en el que ya ni siquiera se las puede distinguir, puesto que la variabilidad del propio plan ha prevalecido sobre la dualidad de las formas, y las ha vuelto

    ―indiscernibles‖. (El primer estado estaría relacionado con movimientos de desterritorialización aún relativos, mientras que el segundo habría alcanzado un umbral absoluto de desterritorialización).

  3. HABRÍA CONSTANTES o UNIVERSALES DE LA LENGUA, QUE PERMITIRÍAN DEFINIRLA COMO UN SISTEMA HOMOGÉNEO


    La cuestión de las invariantes estructurales —y la idea misma de estructura es inseparable de tales invariantes, atómicas o relacionales— es esencial para la lingüística. Es la condición bajo la cual la lingüística puede invocar la pura cientificidad, nada más que la ciencia..., libre de todo factor pretendidamente exterior o pragmático. Esta cuestión de las invariantes adquiere diversas formas estrechamente unidas: 1) las constantes de una lengua (fonológicas, por conmutatividad; sintácticas, por transformatividad; semánticas, por generatividad); 2) los universales del lenguaje (por descomposición del fonema en rasgos distintivos, de la sintaxis en constituyentes de base, de la significación en elementos semánticos mínimos); 3) los árboles, que unen las constantes entre sí, con relaciones binarias para el conjunto de todos ellos (cf. el método lineal arborescente de Chomsky); 4) la competencia, coextensiva por derecho a la lengua y definida por los juicios de gramaticalidad; 5) la homogeneidad, que se refiere tanto a los elementos y a las relaciones como a los juicios intuitivos; 6) la sincronía, que instaura un ―en-sí‖ y un

    ―para-sí‖ de la lengua, pasando perpetuamente del sistema objetivo a la conciencia subjetiva que la aprehende por derecho (la del propio lingüista).

    Se puede jugar con todos estos factores, eliminar unos o añadir otros. No obstante, siempre van unidos, puesto que al nivel de uno de ellos encontramos lo esencial de todos los demás. Por ejemplo, la distinción lengua-palabra reaparece en la distinción competance-performance, pero al nivel de la gramaticalidad. Si se objeta que la distinción entre competance y peformance es totalmente relativa —una competencia lingüística puede ser económica, religiosa, política, estética..., etc.; la competencia escolar de un maestro puede ser tan sólo una performance con relación al juicio del inspector o a las reglas ministeriales—, los lingüistas responden que están dispuestos a multiplicar los niveles de competencia, e incluso a introducir valores pragmáticos en el sistema. Así, Brekle propone añadir un factor de competance performantielle ideo-syncrasique, ligado a todo un conjunto de factores lingüísticos, psicológicos o sociológicos. Pero, ¿de qué sirve esa inyección de pragmática si se considera que ésta tiene a su vez constantes o universales específicos?

    ¿Por qué razón expresiones como ―yo‖, ―prometer‖, ―saber‖ serían más universales que ―saludar‖, ―nombrar‖ o ―condenar‖?19 De igual modo, cuando uno se esfuerza en hacer brotar los árboles chomskyanos, y en romper el orden lineal, nada se ha avanzado verdaderamente, no se ha constituido un rizoma, en tanto que las componentes pragmáticas que marcan las rupturas se sitúen en lo más alto del árbol, o se eliminen en el momento de la derivación 20. En verdad, el problema más general concierne a la naturaleza de la máquina abstracta: no hay ninguna razón para ligar lo abstracto a lo universal o a lo constante, y para borrar la singularidad de las máquinas abstractas en tanto que están construidas en torno a variables y variaciones.

    Podemos comprender mejor esta cuestión si analizamos la discusión que opone Chomsky a Labov. Que toda lengua es una realidad compuesta esencialmente heterogénea, los lingüistas lo saben y lo dicen; pero es una observación de

    hecho. Chomsky sólo reclama que a partir de ese conjunto se elabore un sistema homogéneo o standard, como condición de abstracción, de idealización, que haga posible un estudio científico por derecho. No se trata, pues, de atenerse a un inglés standard, pues, incluso si estudia el black-english o el inglés de los ghettos, el lingüista se verá obligado a extraer un sistema standard que garantice la constancia y la homogeneidad del objeto estudiado (ninguna ciencia podría proceder de otro modo, dicen). Chomsky hace como si creyera que Labov, cuando afirma su interés por los rasgos variables del lenguaje, está instalándose por ello en una pragmática de hecho, exterior a la lingüística 21. Sin embargo, Labov tiene otra ambición. Cuando extrae líneas de variación inherente, no las considera simplemente como

    ―variantes libres‖ que se referirían a la pronunciación, al estilo o a rasgos no pertinentes, que estarían fuera del sistema y que no afectarían a su homogeneidad; pero tampoco como una mezcla de hecho entre dos sistemas cada uno de los cuales sería homogéneo de por sí, como si el locutor pasara del uno al otro. Labov recusa la alternativa en la que la lingüística ha querido instalarse: atribuir las variantes a sistemas diferentes, o bien remitirlas más allá de la estructura. Pues la variación es sistemática, en el sentido en el que los músicos dicen que ―el tema es la variación‖. Labov ve en la variación una componente de derecho que afecta a cada sistema desde dentro, y que le hace escapar o saltar por su propia potencia, que en principio le impide encerrarse en sí mismo, homogeneizarse. Sin duda, las variaciones consideradas por Labov son de todo tipo, fonéticas, fonológicas, sintácticas, semánticas, estilísticas. Nos parece difícil objetar a Labov que ignora la distinción entre el derecho y el hecho —o bien entre la lingüística y la estilística, o entre la sincronía y la diacronía, o entre los rasgos pertinentes y los rasgos no pertinentes, o entre la competance y la performance, o entre la gramaticalidad de la lengua y la agramaticalidad de la palabra—. Sin perjuicio de reforzar las posiciones de Labov, diríase más bien que lo que él reclama es otra distribución del hecho y del derecho, y sobre todo otra concepción del derecho y de la abstracción. Labov pone el ejemplo del joven negro que, en una serie muy breve de frases, da la impresión de pasar dieciocho veces del sistema black-english al sistema standard, y a la inversa. Pero, ¿no es precisamente esa distinción abstracta entre los dos sistemas la que se revela arbitraria, insuficiente, puesto que la mayoría de las formas sólo están relacionadas con uno u otro sistema por los azares de tal o tal secuencia? Si eso es así, ¿no habría que convenir que todo sistema está en variación, y se define no por sus constantes y su homogeneidad, sino, al contrario, por una variabilidad que tiene como características ser inmanente, continua, y regulada de un modo muy especial (reglas variables o facultativas)? 22

    ¿Cómo concebir esa variación continua que trabaja una lengua desde dentro, incluso si para ello hay que salirse de los límites que se fija Labov, y de las condiciones de cientificidad que invoca la lingüística? En una misma jornada, un individuo pasa constantemente de una lengua a otra. Sucesivamente, hablará como

    ―un padre debe hacerlo‖, luego como un patrón; a la amada le hablará con una lengua puerilizada; al dormirse se sumerge en un discurso onírico, y bruscamente vuelve a una lengua profesional cuando suene el teléfono. Se objetará que estas variaciones son extrínsecas, y que la lengua sigue siendo la misma. Pero eso es

    prejuzgar lo que aquí se dirime. Pues, por un lado, no es seguro que sea la misma fonología, ni la misma sintaxis, la misma semántica. Por otro lado, lo fundamental es saber si la lengua supuestamente la misma se define por invariantes, o, al contrario, por la línea de variación continua que la atraviesa. Algunos lingüistas han sugerido que el cambio lingüístico no se produce tanto por ruptura de un sistema como por modificación gradual de frecuencia, por coexistencia y continuidad de usos diferentes. Supongamos un único y mismo enunciado, ¡―lo juro‖! El enunciado no es el mismo si lo dice un niño ante su padre, o bien un enamorado ante su amada, o un testigo ante el tribunal. Son como tres secuencias. (Y lo mismo ocurre con los cuatro Amén distribuidos en siete secuencias, de Messiaen). Tampoco aquí tenemos ningún motivo para decir que las variables sólo son de situación, y que el enunciado permanece constante por derecho. No sólo hay tantos enunciados como efectuaciones, sino que el conjunto de los enunciados está presente en la efectuación de uno de ellos, de suerte que la línea de variación es virtual, es decir, real sin ser actual, y, por tanto, continua cualesquiera que sean los saltos del enunciado. Poner en variación continua será hacer pasar el enunciado por todas las variables, fonológicas, sintácticas, semánticas, prosódicas, que pueden afectarlo en el más corto período de tiempo (el intervalo más pequeño). Construir el continuum de ¡lo juro! con las transformaciones correspondientes. Ese es el punto de vista de la pragmática. Pero la pragmática ha devenido interna a la lengua, inmanente, e incluye la variación de todo tipo de elementos lingüísticos. Y como ejemplo, la línea de los tres procesos de Kafka: el proceso del padre, en familia; el proceso de los esponsales, en el hotel; el proceso de tribunal. Siempre se tiende a buscar una ―reducción‖: se explicará todo por la situación del hijo ante el padre, o bien del hombre respecto a la castración, o del ciudadano respecto a la ley. Nos contentamos así con extraer una pseudoconstante de contenido, que no tiene más valor que extraer una peseudoconstante de expresión. La puesta en variación debe permitirnos evitar esos peligros, puesto que construye un continuum o un médium que no implica ni principio ni final. No hay que confundir la variación continua con el carácter continuo o discontinuo de la variación: consigna, variación continua para una variable discontinua. Una variable puede ser continua en una parte de su trayecto, y luego rebotar o saltar sin que su variación continua se vea por ello afectada, imponiendo un desarrollo ausente como una ―continuidad alternativa‖, virtual y sin embargo real.

    Una constante, una invariante, no se define tanto por su permanencia y su duración como por su función de centro, incluso relativo. En el sistema tonal o diatónico de la música, las leyes de resonancia y de atracción determinan centros válidos a través de todos los modos, dotados de estabilidad y de poder de atracción. Estos centros son, pues, organizadores de formas distintas, distintivas, claramente establecidas durante ciertas fracciones de tiempo: sistema centrado, codificado, lineal, de tipo arborescente. Bien es verdad que el ―modo‖ menor, en virtud de la naturaleza de sus intervalos y de la menor estabilidad de sus acordes, confiere a la música tonal un carácter fugaz, huidizo, descentrado. Pero también tiene la ambigüedad de estar sometido a operaciones que lo inscriben en el modelo o patrón mayor, aunque haciendo valer, sin embargo, una cierta potencia modal

    irreductible a la tonalidad, como si la música viajase y recogiese todos los resurgimientos, fantasmas de Oriente, parajes imaginarios, todo tipo de tradiciones. Es más, el temperamento, el cromatismo temperado, presenta otra ambigüedad: la de extender la acción del centro a los tonos más alejados, pero también preparar la descomposición del principio central, sustituir las formas centradas por el desarrollo continuo de una forma que no cesa de disolverse o de transformarse. Cuando el desarrollo somete a la forma y se extiende a todo el conjunto, como en Beethoven, la variación comienza a liberarse y se identifica con la creación. No obstante, hay que esperar a que el cromatismo se desencadene, devenga un cromatismo generalizado, se vuelva contra el temperamento, y afecte no sólo a las alturas, sino a todas las componentes del sonido, duraciones, intensidades, timbres, ataques. En ese caso, ya no se puede hablar de una forma sonora que organizaría una materia; ni siquiera se puede hablar de un desarrollo continuo de la forma. Se trata más bien de un material muy complejo y muy elaborado que hará audibles fuerzas no sonoras. El conjunto materia-forma es ahora sustituido por la interacción material-fuerzas. El sintetizador ha sustituido al antiguo ―juicio sintético a priori‖, como consecuencia, todas las funciones cambian. Al poner en variación continua todas las componentes, la música deviene un sistema sobrelineal, un rizoma en lugar de un árbol, y pasa al servicio de un continuum cósmico virtual, del que hasta los agujeros, los silencios y las rupturas, los cortes forman parte. Así pues, lo fundamental no es un pseudocorte entre el sistema tonal y la música atonal; al contrario, rompiendo con el sistema tonal, la música atonal no hace más que llevar el temperamento hasta sus últimas consecuencias (sin embargo, ningún vienés se quedó en eso). Lo esencial es casi el movimiento inverso: la gran agitación que afecta al sistema tonal, en un largo período de los siglos XIX y XX, y que disuelve el temperamento, amplía el cromatismo, aunque conservando un tonal relativo, reinventa nuevas modalidades, arrastra los modos mayor y menor a una nueva alianza, y gana cada vez dominios de variación continua para tal o tal variables. Esa agitación pasa a primer plano, se hace oír por sí misma, y hace oír, gracias a su material molecular trabajado de esa forma, las fuerzas no sonoras del cosmos que siempre agitaban la música: un poco de Tiempo en estado puro, una brizna de Intensidad absoluta... Tonal, modal, atonal, no quieren decir gran cosa. Nada mejor que la música para representar el arte como cosmos, y trazar las líneas virtuales de la variación infinita.

    Una vez más, se objetará que la música no es un lenguaje, las componentes del sonido no son rasgos pertinentes de la lengua, no hay correspondencia entre los dos. Pero nosotros no invocamos una correspondencia, nosotros no cesamos de pedir que se deje abierto lo que se discute, que se rechace cualquier supuesta distinción. En primer lugar, la distinción lengua-palabra se ha creado fundamentalmente para poner fuera del lenguaje todo tipo de variables que trabajan la expresión o la enunciación. Jean-Jacques Rousseau proponía, por el contrario, una relación Voz-Música, que habría podido arrastrar no sólo la fonética y la prosodia, sino toda la lingüística, en otra dirección. En la música, la voz nunca ha dejado de ser un eje de experimentación privilegiado, que participa a la vez del lenguaje y del sonido. La música ha ligado la voz y los instrumentos de diversas maneras; pero,

    en la medida en que la voz es canto, su función principal es ―sostener‖ el sonido, cumple la función de constante, circunscrita a una nota, al tiempo que es acompañada por el instrumento. Sólo cuando está relacionada con el timbre descubre en sí misma una tesitura que la hace heterogénea a sí misma y le da una potencia de variación continua: ahora ya no está acompañada, está realmente ―maquinada‖, pertenece a una máquina musical que pone en prolongamiento o superposición en un mismo plano sonoro las partes habladas, cantadas, distorsionadas, instrumentales y eventualmente electrónicas. Plano sonoro de un ―glisando‖ generalizado, que implica la constitución de un espacio estadístico, en el que cada variable no tiene un valor medio, sino una probabilidad de frecuencia que la pone en variación continua con las otras variables23. Rostro, de Berio, o Glosolalia, de Dieter Schnebel, serían ejemplos típicos a este respecto. Y, a pesar de lo que diga el propio Berio, no se trata tanto de producir un simulacro de lenguaje o una metáfora de la voz, con pseudoconstantes, como de llegar a esa lengua neutra, secreta, sin constantes, toda ella en discurso indirecto, en la que el sintetizador y el instrumento hablan tanto como la voz, y la voz tiene un papel tan importante como el instrumento. No es que la música ya no sepa cantar, en un mundo devenido mecánico o atómico, sino más bien que un inmenso coeficiente de variación afecta y arrastra todas las partes fáticas, afáticas, lingüísticas, poéticas, instrumentales, musicales de un mismo agenciamiento sonoro —‖un simple aullido que pasa por todos los grados‖ (Th. Mann)—. Los procedimientos de variación de la voz son numerosos, no sólo en el sprechgesang que no cesa de abandonar la altura, por una caída o por una subida, sino también en las técnicas de respiración circular, o bien de zonas de resonancia en las que varias voces parecen salir de la misma boca. Las lenguas secretas adquieren aquí una gran importancia, tanto en la música erudita como en la popular. Los etnomusicólogos han descubierto casos extraordinarios, por ejemplo en Dahomey, en los que unas veces una primera parte diatónica vocal es sustituida por un descenso cromático en lengua secreta, que se desliza de un sonido a otro de forma continua, que modula un continuum sonoro con intervalos cada vez más pequeños, hasta llegar a un ―parlando‖ en el que todos los intervalos desaparecen —y otras es la parte diatónica la que está invertida según los niveles cromáticos de una arquitectura en terrazas, estando a veces el canto interrumpido por el ―parlando‖, una simple conversación sin altura definida 24—. Por otra parte, una de las características de las lenguas secretas, argots, jergas, lenguajes profesionales, cantinelas, gritos de vendedores, quizá sea la de no tener tanto valor por sus invenciones léxicas o sus figuras de retórica como por la manera que tienen de efectuar variaciones continuas en los elementos comunes de la lengua. Son lenguas cromáticas muy próximas a una notación musical. Una lengua secreta no sólo tiene una cifra o un código oculto que sigue procediendo por constantes y forma un subsistema; también pone en estado de variación el sistema de las variables de la lengua pública.

    Esto es lo que nosotros querríamos decir: un cromatismo generalizado... Poner en variación continua elementos cualesquiera en una operación que quizá hará surgir nuevas distinciones, pero que no conserva ninguna como definitiva, como tampoco se da ninguna de antemano. Al contrario, en principio esta operación

    tiene que ver a la vez con la voz, la palabra, la lengua, la música. No hay ninguna razón para hacer distinciones previas y de principio. En general, la lingüística todavía no ha abandonado una especie de modo mayor, una especie de escala diatónica, un extraño gusto por las dominantes, las constantes y los universales. Entre tanto, todas las lenguas están en variación continua inmanente: ni sincronía ni diacronía, sino asincronía, cromatismo como estado variable y continuo de la lengua. A favor de una lingüística cromática, que dé al pragmatismo sus intensidades y valores.

    Lo que se denomina un estilo, que puede ser la cosa más natural del mundo, es precisamente el procedimiento de una variación continua. Ahora bien, entre todos los dualismos instaurados por la lingüística, pocos hay menos fundados que el que separa la lingüística de la estilística: al no ser un estilo una creación psicológica individual, sino un agenciamiento de enunciación, no se le puede impedir que cree una lengua en la lengua. Supongamos una lista arbitraria de autores que nosotros amamos, citemos una vez más a Kafka, Beckett, Gherasim Luca, Jean-Luc Godard... Vemos que todos ellos están más o menos en la situación de un cierto bilingüismo: Kafka, judío checo que escribe en alemán, Beckett, irlandés que escribe a la vez en inglés y en francés, Luca, de origen rumano, Godard, y su voluntad de ser suizo. Pero eso sólo es una circunstancia, una eventualidad, y la eventualidad puede encontrarse en otra parte. Vemos también que muchos de ellos no sólo son escritores (Beckett y el teatro o la televisión, Godard y el cine, la televisión, Luca y sus máquinas audiovisuales): pues cuando se somete los elementos lingüísticos a un tratamiento de variación continua, cuando se introduce en el lenguaje una pragmática interna, uno se ve forzosamente abocado a tratar de la misma manera elementos no lingüísticos, gestos, instrumentos, como si los dos aspectos de la pragmática se unieran, en la misma línea de variación, en el mismo continuum. Es más, quizá sea del exterior de donde primero ha venido la idea, el lenguaje no ha hecho más que continuar, como en las fuentes necesariamente externas de un estilo. Pero lo esencial es que cada uno de esos autores tenga su procedimiento de variación, su cromatismo ampliado, su loca producción de velocidades y de intervalos. El tartamudeo creador de Gherasim Luca, en el poema Pasionnément 25. Otro tartamudeo, el de Godard. En el teatro, los susurros sin altura definida de Bob Wilson, las variaciones ascendentes y descendentes de Carmelo Bene. Tartamudear es fácil, pero ser tartamudo del lenguaje es otro asunto, que pone en variación todos los elementos lingüísticos, e incluso los no lingüísticos, las variables de expresión y las variables de contenido. Una nueva forma de redundancia. Y...Y...Y... En el lenguaje siempre hubo una lucha entre el verbo ―ser‖ y la conjunción ―y‖, entre es e y. Estos dos términos sólo aparentemente se entienden y se combinan, puesto que uno actúa en el lenguaje como constante y forma la escala diatónica de la lengua, mientras que el otro lo pone todo en variación, constituyendo las líneas de un cromatismo generalizado. De uno a otro, todo cambia. Más que nosotros, todos los que escriben en inglés o en americano fueron conscientes de esa lucha y de lo que en ella se dirimía, de la valencia del ―y‖ 26. Proust decía:

    ―las obras maestras están escritas en una especie de lengua extranjera‖. Es lo mismo que tartamudear, pero siendo tartamudo del lenguaje y no simplemente de

    la palabra. Ser extranjero, pero en su propia lengua, y no simplemente como alguien que habla una lengua que no es la suya. Ser bilingüe, multilingüe, pero en una sola y misma lengua, sin ni siquiera dialecto o patois. Ser un bastardo, un mestizo, pero por purificación de la raza. Ahí es donde el estilo crea lengua. Ahí es donde el lenguaje deviene intensivo, puro continuum de valores y de intensidades. Ahí es donde toda la lengua deviene secreta, y, sin embargo, no tiene nada que ocultar, en lugar de crear un subsistema secreto en la lengua. A ese resultado sólo se llega por sobriedad, sustracción creadora. La variación continua sólo tiene líneas ascéticas, un poco de hierba y de agua pura.

    Se puede tomar cualquier variable lingüística, y hacerla variar en una línea continua necesariamente virtual entre dos estados de esa variable. Ya no estamos en la situación de los lingüistas que esperan que las constantes de la lengua experi-menten una especie de mutación, o bien sufran el efecto de los cambios acumulados en la simple palabra. Las líneas de cambio o de creación forman parte, plena y directamente, de la máquina abstracta. Hjelmslev señalaba que una lengua implica necesariamente posibilidades inexplotadas, y que la máquina abstracta debe incluir esas posibilidades o potencialidades 27. Ahora bien, ―potencial‖, ―virtual‖, no se opone a real; al contrario, sólo la realidad de lo creativo, la puesta en variación continua de las variables, se opone a la determinación actual de sus relaciones constantes. Cada vez que trazamos una línea de variación, las variables son de tal o cual naturaleza, fonológica, sintáctica o gramatical, semántica, etc., pero la línea es apertinente, asintáctica o agramatical, asemántica, etc. La agramaticalidad, por ejemplo, ya no es un carácter contingente de la palabra que se opondría a la gramaticalidad de la lengua, al contrario, es el carácter ideal de la línea el que pone las variables gramaticales en estado de variación continua. Reanudemos un análisis de Nicolás Ruwet, que concierne a ciertas expresiones singulares de Cummings, he danced his did, o they went came. Podemos reconstruir las variaciones por las que las variables gramaticales pasan virtualmente para llegar a tales expresiones agrama-ticales (he did his dance, he danced his dance, he dance what he did..., they went as they came, they went their way...) 28. A pesar de la interpretación estructural de Ruwet, no debe pensarse que la expresión atípica es producida por las formas correctas sucesivas. Más bien es ella la que produce la puesta en variación de las formas correctas, y las arranca de su estado de constantes. La expresión atípica constituye un máximo de desterritorialización de la lengua, desempeña el papel de tensor, es decir, hace que la lengua tienda hacia un límite de sus elementos, formas o nociones, hacia un más acá o un más allá de la lengua. El tensor efectúa una especie de transitivización de la frase, y hace que el último término actúe sobre el precedente, remontando toda la cadena. Asegura un tratamiento intensivo y cromático de la lengua. Una expresión tan simple como Y... puede desempeñar el papel de tensor a través de todo el lenguaje. En ese sentido. Y no es tanto una conjunción como la expresión atípica de todas las conjunciones posibles que ella pone en variación continua. El tensor tampoco se deja reducir a una constante ni a una variable, sino que asegura la variación de la variable al sustraer cada vez el valor de la constante (n-1). Los tensores no coinciden con ninguna categoría lingüística; sin embargo, son valores

    pragmáticos esenciales tanto de los agenciamientos de enunciación como de los discursos indirectos 29.

    A veces se piensa que esas variaciones no expresan el trabajo ordinario de la creación en la lengua, y permanecen marginales, reservadas a los poetas, a los niños y a los locos. Es porque se quiere definir la máquina abstracta por constantes, que como consecuencia sólo secundariamente pueden ser modificadas por un efecto acumulativo o mutación sintagmática. Pero la máquina abstracta de la lengua no es universal ni siquiera general, es singular; no es actual, sino virtual-real; no tiene reglas obligatorias o invariables, sino reglas facultativas que varían sin cesar con la propia variación, como en un juego en el que en cada tirada estaría en juego la regla. De ahí la complementariedad de las máquinas abstractas y de los agenciamientos de enunciación, la presencia de las unas en los otros. Pues la máquina abstracta es como el diagrama de un agenciamiento. Traza las líneas de variación continua, mientras que el agenciamiento concreto se ocupa de las variables, organiza sus diversas relaciones en función de esas líneas. El agenciamiento regula las variables a tal o tal nivel de variación, según tal o tal grado de desterritorialización, para determinar cuáles entrarán en relaciones constantes u obedecerán a reglas obligatorias, y cuales servirán, por el contrario, de materia fluente para la variación. Pero de ahí no hay que concluir que el agenciamiento sólo opone una cierta resistencia o inercia a la máquina abstracta; pues incluso las ―constantes‖ son esenciales para la determinación de las virtualidades por las que la variación pasa, también ellas son facultativamente elegidas. A un determinado nivel hay contención y resistencia, pero a otro nivel del agenciamiento tan sólo hay un vaivén entre los diversos tipos de variables, pasillos recorridos en los dos sentidos: las variables efectúan todas a la vez la máquina según el conjunto de sus relaciones. No cabe, pues, distinguir una lengua colectiva y constante, y actos de palabra, variables e individuales. La máquina abstracta siempre es singular, siempre viene designada por un nombre propio, de grupo o de individuo, mientras que el agenciamiento de enunciación siempre es colectivo, tanto en el individuo como en el grupo. Máquina abstracta Lenin y agenciamiento colectivo-bolchevique...Y lo mismo ocurre en literatura y en música. Ninguna primacía del individuo, sino in-disolubilidad de un Abstracto singular y de un Concreto colectivo. Ni la máquina abstracta existe independientemente del agenciamiento, ni el agenciamiento funciona independientemente de la máquina.


  4. SÓLO SE PODRÍA ESTUDIAR CIENTÍfICAMENTE LA LENGUA BAJO LAS CONDICIONES DE UNA LENGUA MAYOR O STANDARD


Puesto que nadie ignora que una lengua es una realidad variable heterogénea,

¿qué significa la exigencia de los lingüistas de elaborar un sistema homogéneo que haga posible su estudio científico? Se trata de extraer de las variables un conjunto de constantes, o de determinar relaciones constantes entre las variables (esto ya se ve muy claro en la conmutatividad de los fonologistas). Pero el modelo lingüístico por el que la lengua deviene objeto de estudio se confunde con el modelo político

por el que la lengua está de por sí homogeneizada, centralizada, standarizada, lengua de poder, mayor o dominante. Por más que el lingüista invoque la ciencia, tan sólo la ciencia pura, esa no sería la primera vez que el orden de la ciencia vendría a garantizar las exigencias de otro orden. ¿Qué es la gramaticalidad, el signo S, el símbolo categorial que domina los enunciados? Es un marcador de poder antes de ser un marcador sintáctico, los árboles chomskyanos establecen relaciones constantes entre variables de poder. Formar frases gramaticalmente correctas es, para el individuo normal, la condición previa a toda sumisión a las leyes sociales. Nadie puede ignorar la gramaticalidad, los que la ignoran dependen de instituciones especiales. La unidad de una lengua es fundamentalmente política. No hay lengua madre, sino toma de poder por una lengua dominante, que unas veces avanza sobre un amplio frente, y otras se abate simultáneamente sobre diversos centros. Se pueden concebir distintas maneras de homogeneizarse una lengua, de centralizarse: la manera republicana no es forzosamente la misma que la real, y no es la menos dura 30. Pero la empresa científica de extraer constantes y relaciones constantes siempre va acompañada de la empresa política de impo-nerlas a los que hablan, de transmitir consignas.


Speak white and loud

oui quelle admirable langue pour embaucher

donner des ordres

fixer l’heure de la mort á l’ouvrage et de la pause qui refraîchit...


¿Habría, pues, que distinguir dos tipos de lenguas, ―altas‖ y ―bajas‖, mayores y menores? Unas se definirían precisamente por el poder de las constantes, las otras por la potencia de la variación. No queremos simplemente oponer la unidad de una lengua mayor a una multiplicidad de dialectos. Cada dialecto presenta más bien una zona de transición y de variación, o mejor, cada lengua menor presenta una zona de variación específicamente dialectal. Según Malmberg, en los mapas de dialectos raramente aparecen fronteras bien definidas, sino zonas limítrofes y transicionales, zonas de indiscernibilidad. También se dice que la ―lengua québéçoise es tan rica en modulaciones y variaciones de acentos regionales y juegos de acentos tónicos que a veces parece, y no es una exageración, que estaría mejor preservada por la notación musical que por cualquier sistema ortográfico‖ 31. La misma noción de dialecto es bastante dudosa. Y además es relativa, puesto que hay que saber con relación a qué lengua mayor ejerce su función: por ejemplo, la lengua québéçoise no sólo se evalúa con relación a un francés standard, sino también con relación al inglés mayor del que toma prestado todo tipo de elementos fonéticos y sintácticos para hacerlos variar. Los dialectos bantúes no sólo se evalúan con relación a una lengua madre, sino también con relación al afrikaans como lengua mayor, y al inglés como lengua contra-mayor preferida por los negros 32 En resumen, la noción de dialecto no clarifica la de lengua menor, sino a la inversa, la lengua menor define dialectos gracias a sus propias posibilidades de variación. ¿Habría, pues, que

distinguir entre lenguas mayores y lenguas menores, bien basándose en la situación regional de un bilingüismo o de un multilingüismo que implica como mínimo una lengua dominante y una lengua dominada, bien considerando una situación mundial que proporciona a ciertas lenguas un poder imperialista con relación a otras (por ejemplo el papel actual del anglo-americano)?

Dos razones al menos nos impiden adoptar ese punto de vista. Como señala Chomsky, un dialecto, una lengua de ghetto, una lengua menor no escapa a las condiciones de un tratamiento que obtiene de ella un sistema homogéneo y extrae de ella constantes: el black-english tiene una gramática propia que no se define como una suma de faltas o de infracciones respecto al inglés standard, pero precisamente esta gramática sólo puede ser considerada si se le aplican las mismas reglas de estudio que las del inglés standard. En ese sentido, las nociones de mayor y de menor no parecen tener ningún interés lingüístico. El francés, al perder su función mayor mundial, no pierde nada de su constancia y de su homogeneidad, de su centralización. El afrikaans, por el contrario, ha logrado su homogeneidad cuando era una lengua localmente menor en lucha contra el inglés. Incluso y sobre todo políticamente, no se ve claro cómo los partidarios de una lengua menor pueden actuar si no es proporcionándole, aunque sólo sea por medio de la escritura, la constancia y la homogeneidad que la convierten en una lengua localmente mayor capaz de forzar el reconocimiento oficial (de ahí el papel político de los escritores que defienden los derechos de una lengua menor). Ahora bien, diríase que el argumento contrario es aún más válido: cuanto más una lengua tiene o adquiere las características de una lengua mayor, más trabajada está por variaciones continuas que la convierten en ―menor‖. Es inútil criticar el imperialismo mundial de una lengua denunciando las corrupciones que introduce en otras lenguas (por ejemplo, la crítica de los puristas contra la influencia inglesa, la denuncia poujadiste o académica del ―franglés‖): pues una lengua, como el inglés, el americano, no es mundialmente mayor sin estar trabajada por todas las minorías del mundo, con procedimientos de variación muy diversos. La forma en que el gaélico, el anglo-irlandés, hace variar el inglés. La forma en que el black-english y tantos otros ―ghettos‖ hacen variar el americano, hasta el extremo de que Nueva-York es casi una ciudad sin lengua. (Es más, el americano no se ha constituido, en sus diferencias con el inglés, sin ese trabajo lingüístico de las minorías). O bien la situación lingüística en el antiguo Imperio Austro-Húngaro: el alemán no es lengua mayor con relación a las minorías sin sufrir por su parte un tratamiento que lo convierte en una lengua menor respeto al alemán de los alemanes. No hay lengua que no tenga sus propias minorías internas, endógenas, intralingüísticas. Como consecuencia, desde el punto de vista más general de la lingüística, la posición de Chomsky y la de Labov no cesan de estar comprendidas la una en la otra, y de intercambiarse. Chomsky puede decir que una lengua incluso menor, dialectal o de ghetto, no puede estudiarse al margen de las condiciones que extraen de ella invariantes, y que eliminan las variables ―extrínsecas o mixtas‖; y Labov responder que una lengua, incluso mayor y standard, no puede estudiarse independientemente de las variaciones ―inherentes‖, que no son precisamente ni mixtas ni extrínsecas. No lograréis un sistema homogéneo que no esté todavía o ya trabajado por una

variación inmanente, continua y regulada (¿por qué Chomsky hace como si no entendiera?).

No hay, pues, dos tipos de lenguas, sino dos tratamientos posibles de una misma lengua. Unas veces se trata las variables para extraer de ellas constantes y relaciones constantes; otras, para ponerlas en estado de variación continua. Nosotros, a veces, hemos cometido la equivocación de hacer como si las constantes existiesen al lado de las variables, constantes lingüísticas al lado de variables de enunciación: lo hacíamos únicamente por comodidad de exposición. Pues es evidente que las constantes están sacadas de las propias variables; los universales no tienen más existencia en sí en la lingüística que en la economía, y siempre se dedu-cen de una universalización o de una uniformización que tienen por objeto las variables. Constante no se opone a variable, es un tratamiento de la variable que se opone al otro tratamiento, al de la variación continua. Las llamadas reglas obligatorias corresponden al primer tratamiento, mientras que las reglas facultativas conciernen a la construcción de un continuum de variación. Es más, un cierto número de categorías o distinciones no pueden ser invocadas, no son aplicables ni objetables, puesto que ya suponen el primer tratamiento y están totalmente subordinadas a la búsqueda de las constantes: por ejemplo la lengua en tanto que se la opone a la palabra; la sincronía, a la diacronía; la competance, a la performance, los rasgos distintivos, a los rasgos no distintivos (o secundariamente distintivos). Pues los rasgos no distintivos, pragmáticos, estilísticos, prosódicos, no sólo son variables omnipresentes que se distinguen de la presencia o de la ausencia de una constante, elementos sobrelineales y ―suprasegmentarios‖ que se distinguen de los elementos segmentarios lineales: sus mismas características los capacitan para poner todos los elementos de la lengua en estado de variación continua —por ejemplo la acción del tono sobre los fonemas, del acento sobre los morfemas, de la entonación sobre la sintaxis. No son, pues, rasgos secundarios, sino otro tratamiento de la lengua, que ya no depende de las categorías precedentes.

―Mayor‖ y ―menor‖ no cualifican dos lenguas, sino dos usos o funciones de la lengua. El bilingüismo tiene sin duda un valor ejemplar, pero, una vez más, por simple comodidad. Sin duda, en el Imperio Austro-Húngaro, el checo es una lengua menor con relación al alemán; pero el alemán de Praga funciona ya como lengua potencialmente menor con relación al de Viena o de Berlín; y Kafka, judío checo que escribe en alemán, somete al alemán a un tratamiento creador de lengua menor, construyendo un continuum de variación, ajustando todas las variables para, a la vez, limitar las constantes y extender las variaciones: hacer tartamudear la lengua, hacerla ―piar‖..., desplegar tensores en toda la lengua, incluso escrita, y obtener de ella gritos, chillidos, alturas, duraciones, timbres, acentos, intensidades. A menudo, se han señalado dos tendencias conjuntas de las llamadas lenguas menores: un empobrecimiento, una degradación de las formas, sintácticas o léxicas; pero al mismo tiempo una curiosa proliferación de efectos cambiantes, un gusto por la sobrecarga y la paráfrasis. Esto es aplicable tanto al alemán de Praga como al black-english o al québéçoise. Ahora bien, salvo raras excepciones, la interpretación de los lingüistas ha sido más bien malévola, al invocar una pobreza y una preciosidad consustanciales. De hecho, la pretendida pobreza es una restricción de

las constantes, y la sobrecarga, una extensión de las variaciones, para desplegar un continuum que arrastra todos los componentes. Esa pobreza no es una carencia, sino un vacío o una elipse que hacen que rodee una constante sin comprometerse con ella, que se la aborde por encima o por debajo sin instalarse en ella. Y esa sobrecarga no es un figura simbólica, es una paráfrasis cambiante que habla de la presencia ilocalizada de un discurso indirecto en el seno de todo enunciado. En ambos casos, asistimos a un rechazo de las referencias, a una disolución de la forma constante en beneficio de las diferencias de dinámica. Y cuanto más una lengua entra en ese estado, más próxima está no sólo de una notación musical, sino de la propia música 33.

Sustraer y poner en variación, suprimir y poner en variación, es una sola y misma operación. Las lenguas menores no se caracterizarían por una pobreza y una sobrecarga con relación a una lengua mayor o standard. Hay una sobriedad y una variación que son como un tratamiento menor de la lengua standard, un devenir menor de la lengua mayor. El problema no es el de una distinción entre lengua mayor y lengua menor, sino el de un devenir. La cuestión no es reterritorializarse en un dialecto o en un patois, sino desterritorializar la lengua mayor. Los negros americanos no oponen el black al english, sino que hacen con el americano, que es su propia lengua, un black-english. Las lenguas menores no existen en sí mismas: sólo existen con relación a una lengua mayor, también son investisements de esa lengua para que devenga menor. Cada uno debe encontrar la lengua menor, dialecto o más bien idiolecto, a partir de la cual convertirá en menor su propia lengua mayor. Tal es la fuerza de los autores llamados ―menores‖, y que son los más grandes, los únicos verdaderamente grandes: tener que conquistar su propia lengua, es decir, alcanzar esa sobriedad en el uso de la lengua mayor que les permite ponerla en estado de variación continua (lo contrario de un regionalismo). Uno es bilingüe o multilingüe en su propia lengua. Conquistar la lengua mayor para trazar en ella lenguas menores todavía desconocidas. Utilizar la lengua menor para hacer huir la lengua mayor. Un autor menor es aquél que es extranjero en su propia lengua. Si es bastardo, si se vive como bastardo, no es por combinación o mezcla de lenguas, sino más bien por sustracción y variación de la suya, a fuerza de desplegar en ella tensores.

La noción de minoría, con sus referencias musicales, literarias, lingüísticas, pero también jurídicas, políticas, es una noción muy compleja. Minoría y mayoría no sólo se oponen de forma cuantitativa. Mayoría implica una constante, de expresión o de contenido, como un metro-patrón con relación al cual se evalúa. Supongamos que la constante o el patrón sea Hombre-blanco-macho-adulto-urbano-hablando una lengua standard-europeo-heterosexual cualquiera (el Ulises de Joyce o de Ezra Pound). Es evidente que ―el hombre‖ tiene la mayoría, incluso si es menos numeroso que los mosquitos, los niños, las mujeres, los negros, los campesinos, los homosexuales..., etc. Y la tiene porque aparece dos veces, una vez en la constante, otra en la variable de la que se extrae la constante. La mayoría supone un estado de poder y de dominación, y no a la inversa. Supone el metro-patrón y no a la inversa. Incluso el marxismo ―ha traducido casi siempre la hegemonía desde el punto de vista del obrero nacional, cualificado, macho y de

más de treinta y cinco años‖34. Cualquier determinación distinta de la constante será, pues, considerada como minoritaria, por naturaleza y cualquiera que sea su número, es decir, será considerada como un subsistema o como fuera del sistema. Se ve con toda claridad en todas las operaciones, electorales u otras, en las que se os da a elegir, a condición de que vuestra elección sea conforme a los límites de la constante (―no tenéis que elegir un cambio de sociedad...‖). Pero, en ese punto, todo se invierte. Pues la mayoría, en la medida en que está analíticamente comprendida en el patrón abstracto, nunca es nadie, siempre es Alguien —Ulises—, mientras que la minoría es el devenir de todo el mundo, su devenir potencial en tanto que se desvía del modelo. Hay un ―hecho‖ mayoritario, pero es el hecho analítico de Alguien, que se opone al devenir minoritario de todo el mundo. Por eso hay que distinguir: lo mayoritario como sistema homogéneo y constante, las minorías como subsistemas, y lo minoritario como devenir potencial y creado, creativo. El problema nunca es adquirir la mayoría, incluso instaurando una nueva constante. No hay devenir mayoritario, mayoría nunca es un devenir. El devenir siempre es minoritario. Las mujeres, cualquiera que sea su número, son una minoría, definible como estado o subconjunto; pero sólo crean si hacen posible un devenir, que no es propiedad suya, en el que ellas mismas deben entrar, un devenir-mujer que concierne al hombre en su totalidad, al conjunto de hombres y mujeres. Y lo mismo sucede con las lenguas menores: no son simplemente su-blenguas, ideolectos o dialectos, sino agentes potenciales para hacer entrar la lengua mayor en un devenir minoritario de todas sus dimensiones, de todos sus elementos. Así pues, habrá que distinguir: lenguas menores, la lengua mayor, y el devenir-menor de la lengua mayor. Por supuesto, las minorías son estados objetivamente definibles, estados de lengua, de etnia, de sexo, con sus territorialidades de ghetto; pero también deben ser consideradas como gérmenes, cristales de devenir, que sólo son válidos si desencadenan movimientos incontrolados y desterritorializaciones de la media o de la mayoría. Por eso Pasolini mostraba que lo esencial, precisamente en el discurso indirecto libre, no estaba ni en una lengua A, ni en una lengua B, sino ―en una lengua X, que no es otra que la lengua A deviniendo realmente una lengua B‖ 35. Hay una figura universal de la conciencia minoritaria, como devenir de todo el mundo, y es ese devenir el que es creación. Pero no se consigue adquiriendo la mayoría. Esa figura es precisamente la variación continua, como una amplitud que no cesa de desbordar por exceso y por defecto el umbral representativo del patrón mayoritario. Erigiendo la figura de una conciencia universal minoritaria, uno se dirige a potencias de devenir que pertenecen a otro dominio que el del Poder y la Dominación. La variación continua constituye el devenir minoritario de todo el mundo, por oposición al Hecho mayoritario de Alguien. El devenir minoritario como figura universal de la conciencia se llama autonomía. Por supuesto, no se deviene revolucionario utilizando una lengua menor como dialecto, haciendo regionalismo o ghetto; utilizando muchos elementos de minoría, conectándolos, conjugándolos, se inventa un devenir específico autónomo, imprevisto 36.

El modo mayor y el modo menor son dos tratamientos de la lengua: uno consiste en extraer constantes, el otro en ponerlas en variación continua. Pero, en

la medida en que la consigna es la variable de enunciación que efectúa la condición de la lengua, y define el uso de los elementos según uno u otro tratamiento, no queda más remedio que volver a la consigna como al único ―metalenguaje‖ capaz de dar cuenta de esa doble dirección, de ese doble tratamiento de las variables. Si el problema de las funciones del lenguaje está generalmente mal planteado es porque se deja de lado esa variable-consigna que se atribuye todas las posibles funciones. Conforme a las indicaciones de Canetti, podemos partir de la situación pragmática siguiente: la consigna es sentencia de muerte, siempre implica ese tipo de sentencia, incluso si es muy suave, si ha devenido simbólica, iniciática, temporal..., etc. La consigna aporta una muerte directa al que recibe la orden, o bien una muerte eventual si no obedece, o bien una muerte que él mismo debe inflingir, propagar. Una orden del padre a su hijo, ―harás esto‖, ―no harás aquello‖, es inseparable de la pequeña sentencia de muerte que el hijo experimenta en un punto de su persona. Muerte, muerte, tal es el único juicio, y lo que convierte el juicio en un sistema. Veredicto. Pero la consigna también es otra cosa, inseparablemente ligada a ella: como un grito de alarma o un mensaje de fuga. Sería muy simple decir que la fuga es una reacción contra la consigna; más bien está incluida en ella, en un agenciamiento complejo, como su otra cara, su otra componente. Canetti invoca con razón el rugir del león, que anuncia a un tiempo la fuga y la muerte 37. La consigna tiene dos tonos. El profeta recibe las consignas tanto emprendiendo la huida como deseando la muerte: el profetismo judío ha unido el deseo de estar muerto y el impulso de huida a la consigna divina.

Pues bien, si consideramos el primer aspecto de la consigna, es decir, la muerte como el expresado del enunciado, vemos perfectamente que corresponde a las exigencias precedentes: por más que la muerte se esfuerce en concernir esencialmente a los cuerpos, en atribuirse a los cuerpos, en realidad debe a su inmediatez, a su instantaneidad, el carácter auténtico de una transformación incorporal. Lo que la precede y lo que la sigue pueden ser un largo sistema de acciones y de pasiones, un lento trabajo de los cuerpos; en sí misma, la muerte no es ni acción ni pasión, sino puro acto, pura transformación que la enunciación une con el enunciado, sentencia. Este hombre está muerto... Tú ya estás muerto cuando recibes la consigna... En efecto, la muerte es en todas partes como esa frontera infranquea-ble, ideal, que separa los cuerpos, sus formas y sus estados, y como la condición, incluso iniciática, incluso simbólica, por la que un sujeto debe pasar para cambiar de forma o de estado. En ese sentido, Canetti habla de la ―enantiomorfosis‖: un régimen que remite a un Amo inmutable e hierático, que siempre legisla mediante constantes, que prohíbe o limita estrictamente las metamorfosis, que fija a las figuras contornos definidos y estables, que opone las formas de dos en dos, que para pasar la una a la otra impone la muerte a los sujetos. Un cuerpo siempre se separa y se distingue de otro por algo incorporal. En tanto que es el límite de un cuerpo, la figura es el atributo no corporal que lo limita y acaba: la Figura es la muerte. Por una muerte un cuerpo se acaba no sólo en el tiempo, sino en el espacio, y sus líneas forman, rodean un contorno. Así como hay tiempos muertos, también hay espacios muertos. ―La repetición de la enantiomorfosis conduce a una reducción del mundo (...); las prohibiciones sociales de metamorfosis quizá sean las más im-

portantes de todas (...). La muerte es lo que se interpone entre las clases, la más estricta de todas las fronteras‖. En un régimen de este tipo, todo nuevo cuerpo exige la creación de una forma oponible, así como la formación de sujetos distintos: la muerte es la transformación general incorporal que se atribuye a todos los cuerpos desde el punto de vista de sus formas y de sus sustancias (por ejemplo, el cuerpo del Partido no se separará sin una operación de enantiomorfosis y sin la formación de nuevos militantes que suponen la eliminación de una primera generación).

Bien es verdad que nosotros invocamos aquí consideraciones de contenido tanto como de expresión. En efecto, en el mismo momento en que los dos planos se diferencian al máximo, como el régimen de cuerpos y el régimen de signos en un agenciamiento, todavía siguen remitiendo a su presuposición recíproca. La transformación incorporal es el expresado de las consignas, pero también el atributo de los cuerpos. No sólo las variables lingüísticas de expresión, sino también las variables no lingüísticas de contenido entran respectivamente en relaciones de oposición o de distinción formales, aptas para extraer constantes. Como indica Hjelmslev, una expresión se divide en unidades fónicas, por ejemplo, de la misma manera que un contenido se divide en unidades físicas, zoológicas o sociales (―buey‖ se divide en bovino-macho-joven) 38. La red de binaridades, de arborescencias, tiene valor tanto de un lado como de otro. No hay, sin embargo, ninguna semejanza ni correspondencia o conformidad analíticas entre los dos planos. Pero su independencia no excluye el isomorfismo, es decir, la existencia de un mismo tipo de relaciones constantes tanto de un lado como de otro. Y ese tipo de relaciones hace que desde el principio los elementos lingüísticos y no lingüísticos sean inseparables, a pesar de su falta de correspondencia. Los elementos de contenido van a proporcionar contornos definidos a la mezcla de cuerpos, y al mismo tiempo los elementos de expresión van a proporcionar un poder de sentencia o de juicio a los expresados no corporales. Todos estos elementos tienen grados de abstracción y de desterritorialización diferentes, pero en cada caso efectúan una reterritorialización del conjunto del agenciamiento, en tales consignas y tales contornos. Ese es incluso el sentido de la doctrina del juicio sintético: haber mostrado que existía una relación a priori entre la Sentencia y la Figura, entre la forma de expresión y la forma de contenido.

Pero, si consideramos el otro aspecto de la consigna, la fuga y no la muerte, vemos que las variables entran en ella en un nuevo estado, el de la variación continua. El paso al límite aparece ahora como la transformación incorporal, que no cesa, sin embargo, de atribuirse a los cuerpos: la única manera, no de suprimir la muerte, sino de reducirla o de convertirla en una variación. El lenguaje es empujado por ese movimiento que lo hace tender hacia sus propios límites y, a la vez, los cuerpos se ven atrapados en el movimiento de la metamorfosis de su contenido, o en la exhaustividad que les hace alcanzar o superar el límite de sus figuras. Aquí cabría oponer las ciencias menores a las ciencias mayores: por ejemplo, la progresión de la línea quebrada hacia la curva, toda una geometría operativa del trazo y del movimiento, una ciencia pragmática de las puestas en variación, que procede de forma distinta que la ciencia mayor o real de las invariantes de Eu-

clides, y que pasa por una larga historia de suspicacia e incluso de represión (más adelante volveremos sobre esta cuestión). El más pequeño intervalo siempre es diabólico: el amo de las metamorfosis se opone al rey hierático invariante. Es como si una materia intensa se liberase, un continuum de variación, aquí en los tensores internos de la lengua, allá en las tensiones internas de contenido. La idea del más pequeño intervalo no se establece entre figuras de la misma naturaleza, sino que implica al menos la curva y la recta, el círculo y la tangente. Asistimos a una transformación de las sustancias y a una disolución de las formas, paso al límite o fuga de contornos, en provecho de las fuerzas fluidas, de los flujos, del aire, de la luz, de la materia que hacen que un cuerpo o una palabra no se detengan en ningún punto preciso. Potencia incorporal de esa materia intensa, potencia material de esa lengua. Una materia más inmediata, más fluida y ardiente que los cuerpos y las palabras. En la variación continua, ni siquiera cabe distinguir una forma de expresión y una forma de contenido, sino dos planos incluso inseparables en presuposición recíproca. Ahora, la relatividad de su distinción se ha realizado plenamente en el plano de consistencia en el que la desterritorialización deviene absoluta, arrastrando el agenciamiento. Sin embargo, absoluto no significa indiferenciado: las diferencias, devenidas ―infinitamente pequeñas‖, se producirán en una sola y misma materia que servirá de expresión como potencia incorporal, pero igualmente de contenido como corporeidad sin límites. Las variables de contenido y de expresión ya no están en la relación de presuposición que todavía supone dos formas: la puesta en variación continua de las variables efectúa más bien el acercamiento de las dos formas, la conjunción de los máximos de desterritorialización tanto de un lado como de otro, en el plano de una misma materia liberada, sin figuras, deliberadamente no formada, que sólo retiene precisamente esos máximos, esos tensores o esas tensiones tanto en la expresión como en el contenido. Los gestos y las cosas, las voces y los sonidos, son incluidos en la misma ―ópera‖, arrastrados por los efectos cambiantes de tartamudeo, de vibrato, de trémolo y de exuberancia. Un sintetizador pone en variación continua todos los parámetros y hace que, poco a poco, ―elementos profundamente heterogéneos acaben de alguna manera por convertirse el uno en el otro‖. Hay materia común desde el momento en que se produce esta conjunción. Sólo ahí se alcanza la máquina abstracta o el diagrama del agenciamiento. El sintetizador ha sustituido al juicio, de la misma manera que la materia ha sustituido a la figura o sustancia formada. Ni siquiera conviene ya agrupar por un lado intensidades energéticas, físico-químicas, biológicas, y por otro intensidades semióticas, informativas, lingüísticas, estéticas, matemáticas..., etc. La multiplicidad de los sistemas de intensidades se conjuga, se rizomatiza en la totalidad del agenciamiento, desde el momento en que es arrastrado por esos vectores o tensiones de fuga. Pues el problema no era, cómo escapar a la consigna, sino cómo escapar a la sentencia de muerte que encierra, cómo desarrollar su capacidad de fuga, cómo impedir que la fuga se transforme en lo imaginario, o caiga en un agujero negro, cómo mantener o liberar la potencialidad revolucionaria de una consigna. Hofmannsthal se lanza a sí mismo la consigna

―¡Alemania, Alemania!‖: necesidad de reterritorializarse incluso en un ―espejo melancólico‖. Pero, bajo esa consigna, oye otra: como si las viejas ―figuras‖ ale-

manas fuesen simples constantes que ahora desapareciesen para indicar una relación con la naturaleza, con la vida, tanto más profunda cuanto que es más variable

—¿en qué caso esa relación con la vida debe ser un endurecimiento, en qué caso una sumisión, en qué momento se trata de rebelarse, en qué momento rendirse, o bien ser impasible, y cuándo hace falta una palabra seca, cuándo hace falta una exuberancia o un pasatiempo? 39. Cualesquiera que sean los cortes o las rupturas, sólo la variación continua liberará esa línea virtual, ese continuum virtual de la vida,

―el elemento esencial o lo real tras lo cotidiano‖. En una película de Herzog, hay un enunciado espléndido. Haciéndose una pregunta, el personaje de la película dice: ¿quién dará una respuesta a esta respuesta? En efecto, no hay pregunta, siempre se responde a respuestas. A la respuesta ya contenida en una pregunta (interrogatorio, concurso, plebiscito, etc.) se opondrán preguntas que proceden de otra respuesta. De la consigna se extraerá una consigna. En la consigna, la vida debe responder a la respuesta de la muerte, no huyendo, sino haciendo que la fuga actúe y cree. Bajo las consignas hay contraseñas. Palabras que estarían como de paso, componentes de paso, mientras que las consignas marcan paradas, composiciones estratificadas, organizadas. La misma cosa, la misma palabra, tiene sin duda esa doble naturaleza: hay que extraer la una de la otra —transformar las composiciones de orden en componentes de pasos.

N OTAS


  1. GEORGES DARIEN, L‟épaulette, 10-18, pág. 435. O bien ZOLA, La bète humaine, Gallimard, pág. 188 (trad. cast., ed. Bruguera): ―Y decía eso, no para convencerle, sino únicamente para advertirle que ella debía de ser inocente a los ojos de los demás‖. Este tipo de frase nos parece mucho más característica de la novela general que la frase informativa ―la marquesa salió a las cinco‖.

  2. SPENGLER, L‟homme el la technique, Gallimard, Idées, pág. 103 (trad. cast., ed. Espasa Calpe, col. Austral).

  3. BRICE PARAIN, Sur la dialectique, Gallimard. Parain desarrolla una teoría de la ―suposición‖ o del presupuesto en el lenguaje, en relación con esas órdenes dadas a la vida; pero en ello ve más de un deber, en el sentido moral, que un poder, en el sentido político.

  4. Hay sobre todo dos autores que han puesto de manifiesto la importancia del discurso indirecto, especialmente en su forma llamada ―libre‖, desde el punto de vista de una teoría de la enunciación que desborda las categorías lingüísticas tradicionales: MICKHAEL BAKHTINE (para el ruso, el alemán y el francés), Le marxisme et la philosophie du langage, ed. de Minuit, III parte; P.P. PASOLINI (para el italiano), L‟experience hérétique, Payot, I parte. Nosotros utilizamos también un estudio inédito de J.—P. Bamberger sobre ―Les formes du discours indirect dans le cinéma, muet et parlant‖.

  5. EMILE BENVENISTE, Problèmes de linguistique générale, Gallimard, (trad. cast., ed. Siglo XXI), pág. 61:

    ―No se ha constatado que una abeja vaya por ejemplo a llevar a otra colmena el mensaje que ha recibido en la suya, lo que supondría una forma de transmisión o de relevo.‖

  6. WILLIAM LABOV ha mostrado perfectamente la contradicción, o al menos la paradoja a la que se veía abocada la distinción lengua-palabra: se define la lengua como ―la parte social‖ del lenguaje, se remite la palabra a las variaciones individuales; pero, al estar la parte social cerrada sobre sí misma, resulta necesariamente que un único individuo testimoniará por derecho de la lengua, independientemente de toda circunstancia exterior, mientras que la palabra sólo se descubrirá en un contexto social. De Saussure a Chomsky se da la misma paradoja: ―el aspecto social del lenguaje es posible estudiarlo en la intimidad de un despacho, mientras que su aspecto individual exige una investigación en el seno de la comunidad‖ (Sociolinguistique, ed. de Minuit, págs. 259 s. 361 s.).

  7. BENVENISTE, Problèmes de linguistique générale (V parte): sobre la eliminación del ilocutorio, cf. pág. 274 s.

  8. OSWALD DUCROT, Dire et ne pas dire, Hermann, págs. 70-80 (trad. cast., ed. Anagrama) (y ―De Saussure à la philosophie du langage‖, prefacio a los Actes de langage, J. R. Searle, Hermann). Ducrot critica las nociones de información y de código, de comunicación y de subjetividad lingüísticas. Elabora una teoría de la ―presuposición lingüística‖, o de lo implícito no discursivo por oposición a lo implícito discursivo, concluye que todavía se refiere a un código. Construye una pragmática que afecta a toda la lingüística, y tiende hacia un estudio de los agenciamientos de comunicación, considerados desde el punto de vista ―jurídico‖, ―polémico‖ o ―político‖.

  9. De dos maneras diferentes, Bakhtine y Labov han insistido sobre el carácter social de la enunciación. De esa forma no sólo se oponen al subjetivismo, sino al estructuralismo, en tanto que éste remite el sistema de la lengua a la comprensión de un individuo de derecho, y los factores sociales, a los individuos de hecho en tanto que hablan.

  10. DUCROT, pág. 77: ―Calificar una acción de crimen (robo, abuso de confianza, chantaje, etc.) no es, en el sentido que nosotros damos a este término, presentarla como un acto, puesto que la situación jurídica de culpabilidad, que define el crimen, se supone que debe derivar de estas o aquellas consecuencias de la actividad descrita: tal actividad es considerada como punible porque perjudica a otro, al orden, a la sociedad, etc. Por el contrario, el enunciado de una sentencia por un magistrado puede ser considerado como un acto jurídico, puesto que ningún efecto viene a intercalarse entre la palabra del magistrado y la transformación del acusado en condenado.‖

  11. J. K. GALBRAITH, L‟argent, Gallimard, Idées, ―L’Inflation finale‖, págs. 259 s. (trad. cast., ed. Plaza y Janes): ―El telón cayó el 20 de noviembre de 1923. Como para Austria un año antes, el final sobre-vino brutalmente. Y al igual que la inflación francesa, de menor amplitud, se terminó porque ya no podía continuar. El 20 de noviembre se decretó que el viejo reichsmark ya no era una moneda. Se ins-tauró una nueva, el rentenmark. (...) Se decretó que ese nuevo rentenmark sería garantizado con una hipoteca sobre el conjunto del suelo y de los demás activos materiales detentados por el Reich. El origen de estas ideas se remonta a los asignados: pero era claramente más fraudulenta [Galbraith quiere decir: desterritorializada]. En la Francia de 1789 existían vastas tierras recientemente confis-

    cadas a la Iglesia contra las que la moneda podía ser intercambiada al principio. Pero si un alemán hubiese ejercido un derecho de incautación sobre la propiedad de la tierra, se habría dudado de su salud mental. Y, no obstante, el sistema funcionó. Con la ayuda de las circunstancias (...). Si, después de 1923, el presupuesto alemán hubiese estado sometido a las mismas exigencias que precedentemente (las indemnizaciones y el coste de la resistencia pasiva) nada habría podido salvar el mark y su reputación.‖

  12. BAKHTINE, págs. 156-157. Y sobre ―las relaciones de fuerza simbólica‖ en tanto que variables internas a la enunciación, cf. P. BOURDIEU, ―L’économie des échanges linguistiques‖, en Linguistique el socio-linguistique, Langue française, mayo 1977, Larousse, págs. 18-21.

  13. La misma noción de clase proletaria está sometida a la pregunta: ¿existe ya el proletariado en tal momento, y como cuerpo? (o bien, ¿todavía existe?). Vemos como los marxistas hacen uso antici-patorio de ella, cuando hablan, por ejemplo, de un ―proletariado embrionario‖.

  14. Citado por DAVID COOPER, Le langage de la folie, ed. du Seuil, págs. 32-33 (trad. cast., ed. Ariel). COOPER comenta: ―el término oír voces significa que se deviene consciente de algo que rebasa la conciencia del discurso normal (i. e. directo) y que, como consecuencia, deber ser experimentado como diferente‖.

  15. ELIAS CANETTI es uno de los raros autores que se han interesado por el modo de acción psicológica de la consigna (Masse et puissance, Gallimard, págs. 321-353 —trad. cast., Alianza Editorial). CANETTI supone que una orden imprime en el alma y en la carne una especie de aguijón que forma un quiste, una parte endurecida, eternamente conservada. Así pues, el único alivio posible es pasarlo lo más rápidamente posible a los otros, para crear ―masa‖, aún a riesgo de que la masa se vuelva contra el emisor de la consigna. Pero que la consigna sea como un cuerpo extraño al cuerpo, un discurso indirecto en la palabra, también explica el prodigioso olvido: ―El ejecutante no se acusa a sí mismo, acusa al aguijón, a la instancia extraña, al verdadero culpable, por así decir, que lleva con él a todas partes (...). El aguijón es el eterno testigo de que uno mismo no ha sido el autor de tal y tal acto. Uno se siente su víctima, y en ese caso no queda el menor sentimiento para la verdadera víctima. Es, pues, cierto que los hombres que han actuado bajo una orden se consideran perfectamente inocentes‖, y por ese motivo volverían a comenzar con otras consignas (pág. 352). CANETTI da aquí una explicación profunda del sentimiento de inocencia de los nazis, o de la capacidad de olvido de los antiguos estalinistas, tanto más amnésicos cuanto que invocan su memoria y su pasado para arrogarse el derecho de lanzar o de seguir nuevas consignas todavía más siniestras, ―manía de los aguijones‖. El análisis de CANETTI nos parece esencial a este respecto. No obstante, presupone la existencia de una facultad psíquica muy particular sin la cual la consigna no podría tener ese modo de acción. Toda teoría racionalista clásica, de un ―sentido común‖, ―de un buen sentido universalmente compartido, basado en la información y la comunicación, es una manera de tapar u ocultar, y de justificar de antemano, una facultad mucho más inquietante que es la de las consignas. Facultad singularmente irracional que se cauciona tanto más cuanto que se la bendice con el nombre de la razón pura, ni más ni menos que la razón pura...

  16. Cf. el libro clásico de BRÉHIER, La théorie des incorporels dans l‟ancien stoïcisme, Vrin,: pág. 12, pág. 20,

    sobre los enunciados ―el cuchillo corta la carne‖, o ―el árbol verdea‖.

  17. Así, Stalin, en su célebre texto sobre la lingüística, pretende aislar dos formas neutras, que sirven indiferentemente a toda la sociedad, todas las clases y todos los regímenes: por un lado, los instrumentos y las máquinas como puro medio para producir cualquier tipo de bienes, por otro, el lenguaje como puro medio de información y de comunicación. Incluso Bakhtine define el lenguaje como forma de ideología, pero precisa que la forma de ideología no es ella misma ideológica.

  18. Sobre estos problemas, cf. J. M. SADOCK, ―Hypersentences‖, Phil. Diss, Univ. of Illinois, 1968; D. WUNDERLICH, ―Pragmatique, situation d’énonciation et Deixis‖, Langages, Larousse, junio 1972, y sobre todo S.K. Saumjan, que propone un modelo de objetos abstractos, basados en la operación de aplicación, M.G.A. modelo generativo aplicativo (Langages, marzo 1974). Saumjan invoca a Hjelmslev: la fuerza de Hjelmslev estriba en haber concebido la forma de expresión y la forma de contenido como dos variables totalmente relativas, en un mismo plano, como ―los funtivos de una misma función‖ (Prolégomènes à une théorie du langage, pág. 85) (trad. cast., ed. Gredos). Este progreso hacia una concepción diagramática de la máquina abstracta se ve frenado por lo siguiente: Hjelmslev concibe todavía la distinción entre la expresión y el contenido a partir del modelo significante-significado, y mantiene así la dependencia de la máquina abstracta de la lingüística.

  19. Cf. H. E. BREKLE, Sémantique, Armand Colin, págs. 94-104: sobre la idea de una pragmática universal y de ―universales de diálogo‖.

  20. Sobre este brote y sus diferentes representaciones, cf. WUNDERLICH, ―Pragmatique...‖

  21. NOAM CHOMSKY y Mitsou RONAT, Dialogues, Flammarion, págs. 72-74.

  22. WILLIAM LABOV, Sociolinguistique, sobre todo págs. 262-265. Hay que señalar que Labov unas veces se impone la condición restrictiva de considerar enunciados que tiene más o menos el mismo sentido; otras, escapa a esta condición para seguir un encadenamiento de enunciados complementarios, pero heterogéneos.

  23. Así, Labov tiende a definir su noción de ―reglas variables o facultativas‖, por oposición a las reglas constantes: no simplemente una frecuencia constatada, sino una cantidad específica que marca la probabilidad de frecuencia o de aplicación de la regla (cf. Le parler ordinaire, ed. de Minuit, t. II, págs. 44 s.)

  24. Cf. el artículo de GILBERT ROUGET, ―Un chromatisme africain‖, en L‟Homme, septiembre 1961 (en el que se inserta el disco de los ―Chants rituel Dahomey‖).

  25. GHERASIM LUCA, Le chant de la carpe, ed. du Soleil noir; y el disco editado por Givaudan, en el que G. Luca recita el poema ―Passionnément‖.

  26. El ―y‖, and, tiene un papel particularmente importante en la literatura inglesa, no sólo en función del Antiguo Testamento, sino de las ―minorías‖ que trabajan la lengua: citemos, entre otros, el caso de Synge (cf. las observaciones de François Regnault sobre la coordinación en anglo-irlandés, traducción del Baladin du monde occidental, Bibl. du Graphe). No hay que contentarse con analizar el ―y‖ como una conjunción; más bien es una forma muy especial de toda posible conjunción, y que pone en juego una lógica de la lengua. En la obra de Jean Wahl puede encontrarse una profunda meditación sobre ese sentido del ―y‖, sobre su manera de poner en tela de juicio la primacía del verbo ser.

  27. HJELMSLEV, Le langage, ed. de Minuit, págs. 63 s. (trad. cast., ed. Gredos).

  28. NICOLAS RUWET, ―Parallélisme et déviations en poésie‖, en Langue, discours, société, ed. du Seuil. Ruwet analiza el poema 29 en los Fifty Poems de Cummings; da una interpretación restringida y estructuralista de ese fenómeno de variación, invocando para ello la noción de ―paralelismo‖; en otros textos, disminuye el alcance de esas variaciones al relacionarlas con ejercicios marginales que no conciernen a los verdaderos cambios en la lengua; no obstante, su propio comentario nos parece que va más allá de todas esas restricciones de interpretación.

  29. Cf. VIDAL SEPHIHA, ―Introduction à l’étude de l’intensif‖, Langages, marzo 1973. Es uno de los primeros estudios sobre las tensiones y variaciones atípicas del lenguaje, tal y como aparecen, sobre todo, en las lenguas menores.

  30. Sobre las extensiones y difusiones de los estados de lengua, unas veces en ―mancha de aceite‖, otras en forma de ―tropas aereotransportadas‖, cf. BERTIL MALMBERG, Les nouvelles tendances de la linguistique, P.U.F., cap. III (trad. cast. ed. Siglo XXI) (donde se invocan importantes estudios de N. Lindqvist sobre la dialectología). Se necesitarían estudios comparativos relacionados con la manera en que se efectúan las homogeneizaciones y centralizaciones de tal y tal lengua mayor. A este respecto, la historia lingüística del francés no es en absoluto la misma que la del inglés; la relación con la escritura como forma de homogeneización tampoco es la misma. Para el francés, lengua centralizada por excelencia, nos remitiremos al análisis de M. DE CERTEA, D. JULIA, J. REVEL, Une politique de la langue, Gallimard. Este análisis se refiere a un período muy corto, al fina] del siglo XVIII, en torno al abad Gregoire y, no obstante, señala dos momentos distintos: uno en el que la lengua central se opone a los dialectos rurales, como la ciudad al campo, la capital a la provincia; otro, en el que se opone a los ―idiomas feudales‖, pero también al lenguaje de los emigrados, como la Nación se opone a todo lo que le es extranjero o enemigo (págs. 160 s.: ―También es evidente que el rechazo de los dialectos es el resultado de una incapacidad técnica para captar leyes estables en la oralidad o en los dialectos regionales‖).

  31. Cf. MICHÈLE LALONDE en Change, n.° 30, donde se encuentra el poema precedente ―Speak White‖, y a la vez un manifiesto sobre la lengua de Quebec.

  32. Sobre la situación compleja del afrikans, el hermoso libro de BREYTEN BREYTENBACH, Feu froid, Bourgois: el estudio de G.M. Lory (págs. 101-107) pone de manifiesto la empresa de Breytenbach, la violencia de su tratamiento poético del lenguaje, su voluntad de ser ―bastardo, con una lengua bas-tarda‖.

  33. Sobre el doble aspecto de las lenguas menores, pobreza-elipsis, sobrecarga-variación, nos remitiremos a un cierto número de análisis ejemplares: el que Wagenbach hace del alemán de Praga a comienzos del siglo XX (Franz Kafka, années de jeunesse, Mercure de France); el de Pasolini, mostrando que el italiano no está construido sobre un nivel standard o medio, sino que se ha desarrollado en dos direcciones simultáneas, ―hacia lo bajo y hacia lo alto‖, material simplificado y exageración expresiva (L‟experiencie hérétique, Payot, págs. 46-47); la de J.L. Dillard, poniendo de manifiesto la doble tendencia del black-english: por un lado omitir, perder o desembarazarse; por otro, sobrecargar, elaborar

    un ―fancy talk‖ (Black-english, Vintage Book, New York). Como lo señala Dillard, no hay ninguna inferioridad con relación a un lengua standard, sino correlación de dos movimientos que escapan necesariamente al nivel standard de la lengua. Siempre a propósito del black-english, LeRoi Jones muestra hasta que punto esas dos direcciones conjuntas acercan la lengua a la música (Le peuple du blues, Gallimard, págs. 44-45 y todo el capítulo III). De forma más general, no hay que olvidar el análisis que Pierre Boulez hace de un doble movimiento musical, disolución de la forma, sobrecargar o proliferación dinámicas: Par volonté et par hasard, ed. du Seuil, págs. 22-24.

  34. YANN MOULIER, prefacio a Ouvriers et Capital, de Mario Tronti, Bourgois.

  35. P.P. PASOLINI, L‟experiencie hérétique, pág. 62.

  36. Cf. El manifiesto del ―collectif Stratégie‖ a propósito de la lengua de Quebec, en Change, n.° 30: denuncia ―el mito de la lengua subversiva‖, como si fuera suficiente con un estado de minoría para tener una posición revolucionaria (―esa concepción mecanicista tiene que ver con una concepción populista de la Lengua (...) No porque un individuo hable la lengua de la clase obrera tiene necesariamente las posiciones de esa clase. (...) La tesis según la cual el joual posee una fuerza subversiva, contra-cultural, es perfectamente idealista‖, pág. 188).

  37. ELIAS CANETTI, Masse et puissance. (Cf. los dos capítulos esenciales corresponden a los dos aspectos de la consigna, ―la orden‖ y ―la metamorfosis‖; y sobre todo, págs. 332-333, la descripción del peregrinaje a La Meca, con su doble aspecto codificado, petrificación mortuoria y fuga pánico).

  38. Hemos visto que Hjelmslev imponía una condición restrictiva, la de asimilar el plano de contenido a una especie de ―significado‖. Por eso se le puede objetar que el análisis del contenido, tal y como él lo propone, tiene que ver menos con la lingüística que con otras disciplinas, la zoología, por ejemplo (así MARTINET; La linguistique, Donoël, pág. 353) (trad. cast., ed. Anagrama). Pero esta objeción nos parece que va únicamente contra la condición restrictiva de Hjelmslev.

  39. Cf. el detalle del texto de HOFMANSTHAL, Lettres du voyageur à son retour (carta del 9 de mayo de 1901), Mercure de France.

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587 a J. C.- 70 d.

SOBRE ALGUNOS REGÍMENES DE SIGNOS


ORDEN DE PARTIDA DE LOS ISRAELITAS


Un nuevo régimen


Llamamos regímenes de signos a toda formalización de expresión específica, al menos en el caso en el que la expresión es lingüística. Un régimen de signos constituye una semiótica. Ahora bien, no es fácil considerar las semióticas en sí mismas: en efecto, siempre hay una forma de contenido, a la vez inseparable e independiente de la forma de expresión; y las dos formas remiten a agenciamientos que no son fundamentalmente lingüísticos. De todos modos, podemos hacer como si la formalización de expresión fuera autónoma o suficiente. Pues, incluso en esas condiciones, hay tal diversidad de formas de expresión, tal combinación de esas formas, que no se puede conceder ningún privilegio especial a la forma o al régimen del ―significante‖. Si llamamos semiología a la semiótica significante, la semiología sólo es un régimen de signos entre otros, y no precisamente el más importante. De ahí la necesidad de volver a una pragmática, en la que el lenguaje nunca tiene universalidad en sí mismo, ni formalización suficiente, ni semiología o meta-lenguaje generales. Así pues, el estudio del régimen significante

es el primero en confirmar lo inadecuado de los presupuestos lingüísticos, en nombre incluso de los regímenes de signos.

El régimen significante del signo (el signo significante) tiene una fórmula general simple: el signo remite al signo, y remite al signo hasta el infinito. Por eso, en último extremo, incluso se puede prescindir de la noción de signo, puesto que lo que fundamentalmente se retiene no es su relación con un estado de cosas que él designa, ni con una entidad que él significa, sino únicamente la relación formal del signo con el signo en tanto que define la llamada cadena significante. Lo ilimitado de la significancia ha sustituido al signo. Cuando se supone que la denotación (en este caso, el conjunto de la designación y de la significación) ya forma parte de la connotación, se está de lleno en ese régimen significante del signo. No nos ocupamos especialmente de los índices, es decir, de los estados de cosas territoriales que constituyen lo designable. No nos ocupamos especialmente de los iconos, es decir, de las operaciones de reterritorialización que constituyen a su vez lo significable. Así pues, el signo ha alcanzado ya un alto grado de desterritorialización relativa, bajo el cual es considerado como símbolo, en una constante referencia del signo al signo. El significante es el signo que redunda con el signo. Los signos cualesquiera se hacen señales. Todavía no se trata de saber lo que tal signo significa, sino a qué otros signos remite, qué otros signos se suman a él para formar una red sin principio ni fin que proyecta su sombra sobre un continuum atmosférico amorfo. Este continuum amorfo desempeña, por el momento, el papel de ―significado‖, pero no cesa de deslizarse bajo el significante, al que tan sólo sirve de medium o de pared: todos los contenidos disuelven en él sus formas específicas. Atmosferización o mundanización de los contenidos. Se hace, pues, abstracción del contenido. Se está en la situación descrita por Levi-Strauss: el mundo ha comenzado signifi-cando antes de que se sepa lo que significaba, el significado está implícito, pero no por ello es conocido1. Vuestra mujer os ha mirado de forma extraña, y esa misma mañana la portera os ha entregado una carta con la declaración de impuestos a la vez que cruzaba los dedos, luego, al salir a la calle habéis pisado una cagada de perro, habéis visto sobre la acera dos trocitos de madera dispuestos como las agujas de un reloj, al entrar en el despacho alguien ha cuchicheado algo a vuestras espaldas. Poco importa el significado de todo eso, siempre es significante. El signo que remite al signo está afectado de una extraña impotencia, de una incertidumbre, pero potente es el significante que constituye la cadena. También el paranoico participa de esa impotencia del signo desterritorializado que le asalta por todas partes en la atmósfera deslizante, pero por esa misma razón accede al superpoder del significante, en el sentimiento real de la cólera, como dueño de la red que se propaga en la atmósfera. Régimen despótico paranoico: me atacan y me hacen sufrir, pero yo adivino sus intenciones, me anticipo, lo sabía desde siempre, incluso en mi impotencia conservo el poder, ―me las pagarán‖.

En un régimen de ese tipo, nunca se llega al final de algo. Está hecho precisamente para eso, es el régimen trágico de la deuda infinita, en el que se es a la vez deudor y acreedor. Un signo remite a otro signo y pasa a él, que, de signo en signo, le llevará aún a pasar a otros. ―Sin perjuicio de volver circularmente...‖ No sólo los signos forman una red infinita, sino que esa red es infinitamente circular.

El enunciado sobrevive a su objeto, el nombre sobrevive a su poseedor. Ya sea pasando a otros signos, ya sea mantenido en reserva durante algún tiempo, el signo sobrevive tanto a su estado de cosas como a su significado, salta como un animal o como un muerto para volver a ocupar su puesto en la cadena e investir un nuevo estado, un nuevo significado del que todavía se extrae 2. Impresión de eterno retorno. Hay todo un régimen de enunciados flotantes, errantes, de nombres suspendidos, de signos que acechan, que esperan ser empujados por la cadena para volver. El significante como redundancia consigo mismo del signo desterritorializado, mundo fúnebre y de terror.

Pero lo fundamental no es tanto esa circularidad de los signos como la multiplicidad de los círculos o de las cadenas. El signo no sólo remite al signo en un mismo círculo, sino también de un círculo a otro o de una espiral a otra. Robert Lowie cuenta como los crow y los hopi reaccionan de forma distinta cuando son engañados por sus mujeres (los crow son cazadores nómadas, mientras que los hopi son sedentarios ligados a una tradición imperial): ―Un indio crow, cuando su mujer le engaña, le tatúa el rostro, mientras que, sin perder la calma, un hopi, víctima del mismo infortunio, se retira y reza para que la sequía y el hambre se aba-tan sobre el poblado‖. Vemos perfectamente de qué lado está la paranoia, el elemento despótico o el régimen significante, ―la beatería‖ como sigue diciendo Levi-Strauss: ―En efecto, para un hopi todo está relacionado: un desorden social, un incidente doméstico, ponen en tela de juicio el sistema del universo cuyos diferentes niveles están unidos por múltiples correspondencias: una conmoción en un plano sólo es inteligible, y moralmente tolerable, como proyección de otras conmociones, que afectan a los otros niveles‖ 3. El hopi salta de un círculo a otro, o de un signo a otro en dos espiras. Se sale del pueblo o de la ciudad, pero siempre se vuelve a ellos. Puede suceder que esos saltos no sólo estén regulados por rituales presignificantes, sino por toda una burocracia imperial que decide sobre su legitimidad. No se salta de cualquier manera, ni sin reglas; y los saltos no sólo están regulados, sino que hay prohibiciones: no traspasar el círculo más exterior, no aproximarse al círculo más central... La diferencia entre los círculos procede de lo siguiente: aunque todos los signos sólo remiten unos a otros desterritorializados, orientados hacia un mismo centro de significancia, distribuidos en un continuum amorfo, no por ello dejan de tener diferentes velocidades de desterritorialización que hablan de un lugar de origen (el templo, el palacio, la casa, la calle, el poblado, la sabana, etc.), relaciones diferenciales que mantienen la distinción entre los círculos o que constituyen umbrales en la atmósfera del continuum (lo privado y lo público, el incidente familiar y el desorden social). Además, esos umbrales y esos círculos tienen una distribución cambiante según los casos. Hay una trampa fundamental en el sistema. Saltar de un círculo a otro, desplazar siempre la escena, representarla en otra parte, es la operación histérica del tramposo como sujeto, que responde a la operación paranoica del déspota instalado en su centro de significancia.

Pero todavía hay otro aspecto: el régimen significante no sólo tiene como tarea organizar en círculos los signos emitidos desde todas partes, sino que continuamente debe asegurar la expansión de los círculos o de la espiral, volver a pro-

porcionar significante al centro para vencer la entropía característica del sistema, para que nuevos círculos se dilaten o para que los antiguos sean realimentados. Se necesita, pues, un mecanismo secundario al servicio de la significancia: la inter-pretancia o la interpretación. Ahora, el significado adquiere una nueva figura: deja de ser ese continuum amorfo, dado sin ser conocido, en el que la red de los signos lanzaba su malla. A un signo o a un grupo de signos se hará corresponder una porción de significado determinado como conforme y, por tanto, conocible. Al eje sintagmático del signo que remite al signo se añade un eje paradigmático en el que el signo así formalizado se labra un significado conforme (así pues, una vez más, se hace abstracción del contenido, pero de una nueva forma). El sacerdote interpretativo, el adivino, es uno de los burócratas del dios-déspota. Surge así un nuevo aspecto de la trampa, la trampa del sacerdote: la interpretación se prolonga hasta el infinito, y nunca encuentra nada que interpretar que no sea ya de por sí una interpretación. Como consecuencia, el significado no cesa de restituir significante, de recargarlo o de producirlo. La forma procede siempre del significante. El significado último es, pues, el significante en su redundancia o su ―excedente‖. Es totalmente inútil pretender superar la interpretación e incluso la comunicación por la producción de significante, puesto que la comunicación de la interpretación siempre sirve para reproducir y producir significante. Por supuesto, así no se puede renovar la noción de producción. Ese ha sido el descubrimiento de los sacerdotes psicoanalistas (aunque todos los demás sacerdotes y todos los demás adi-vinos ya lo habían hecho en su tiempo): la interpretación debía estar sometida a la significancia, hasta el extremo de que el significante no producía ningún significado sin que el significado no produjese a su vez un significante. En efecto, en última instancia, ya no hay nada que interpretar, puesto que la mejor interpretación, la más aplastante, la más radical, es el silencio eminentemente significativo. Es bien conocido que el psicoanalista ya ni siquiera habla, y que de esa forma todavía interpreta más, o, mejor todavía, da a interpretar al sujeto que salta de un círculo del infierno al otro. En verdad, significancia e interpretosis son las dos enfermedades de la tierra o de la piel, es decir, del hombre, la neurosis de base.

Del centro de significancia, del Significante en persona, poco hay que decir, puesto que es pura abstracción tanto como principio puro, es decir, nada. Carencia o exceso, que más da. Da igual decir que el signo remite al signo hasta el infinito, o que el conjunto infinito de los signos remite a un significante mayor. Ahora bien, esa pura redundancia formal del significante ni siquiera podría ser pensada sin una sustancia de expresión particular para la que hay que encontrar un nombre: la rostridad (visageité). No sólo el lenguaje va siempre unido a rasgos de rostridad, sino que el rostro cristaliza el conjunto de las redundancias, emite y recibe, suelta y vuelve a captar los signos significantes. El rostro ya es de por sí todo un cuerpo: es como el cuerpo del centro de significancia, al que se aferran todos los signos desterritorializados, y señala el límite de su desterritorialización. La voz sale del rostro; por eso, cualquiera que sea la importancia fundamental de una máquina de escritura en la burocracia imperial, lo escrito conserva un carácter oral, no libresco. El rostro es el Icono característico del régimen significante, la reterritorialización intrínseca al sistema. El significante se reterritorializa en el rostro. El rostro

proporciona la sustancia del significante, da a interpretar, y cambia, cambia de rasgos cuando la interpretación vuelve a proporcionar significante a su sustancia.

¡Vaya, ha cambiado de cara! El significante siempre está rostrificado. La rostridad reina materialmente sobre todo ese conjunto de significancias y de interpretaciones (los psicólogos han escrito mucho sobre las relaciones del bebé con el rostro de la madre, y los sociólogos, sobre el papel del rosto en los mass-media o en la publicidad). El dios-déspota nunca ha ocultado su rostro, al contrario: se fabrica uno e incluso varios. La máscara no oculta el rostro, es rostro. El sacerdote manipula el rostro del dios. Todo es público en el déspota, y todo lo que es público lo es gracias al rostro. La mentira, la trampa, forman parte fundamentalmente del régimen significante, pero no el secreto 4. Y a la inversa, cuando el rostro se desdibuja, cuando los rasgos de rostridad desaparecen, podemos estar seguros de que hemos entrado en otro régimen, en otras zonas infinitamente más silenciosas e imperceptibles en las que se producen devenires-animales, devenires-moleculares subterráneos, desterritorializaciones nocturnas que desbordan los límites del sistema significante. El déspota o el dios exhibe su rostro solar que es todo su cuerpo, como cuerpo del significante. Me miró de forma extraña, frunció el ceño,

¿qué he hecho yo para que cambie de cara? Estoy ante su foto, diríase que me mira... Vigilancia del rostro, decía Strinberg, sobrecodificación del significante, irradiación en todos los sentidos, omnipresencia ilocalizada.

Por último, el rostro, o el cuerpo del déspota o del dios, tiene como un contra-cuerpo: el cuerpo del torturado, o, mejor aún, del excluido. Que esos dos cuerpos comunican, no cabe duda, puesto que puede perfectamente suceder que el cuerpo del déspota se vea sometido a pruebas de humillación e incluso de tortura, o de exilio y de exclusión. ―En el otro polo, podríamos supuestamente situar el cuerpo del condenado; también él tiene su estatuto jurídico, suscita su ceremonial (...), pero no para justificar el máximo de poder que afectaba a la persona del soberano, sino para codificar el mínimo de poder con el que están marcados los que son sometidos a un castigo. En la región más obscura del campo político, el condenado dibuja la figura simétrica e invertida del rey‖5. El torturado es fundamentalmente aquel que pierde su rostro, y que entra en un devenir animal, en un devenir-molecular cuyas cenizas se arrojan al viento. Pero diríase que el martirizado no es en modo alguno el último término, sino, al contrario, el primer paso antes de la exclusión. Edipo, al menos, lo había entendido. Se infringe un castigo, se saca los ojos, y luego se va. El rito, el devenir-animal del chivo expiatorio lo muestra perfectamente: un primer chivo expiatorio es sacrificado, pero un segundo chivo es expulsado, enviado al árido desierto. En el régimen significante, el chivo expiatorio representa una nueva forma de recuperación de la entropía para el sistema de los signos: se le adjudica todo lo que es ―malo‖ en un período determinado, es decir, todo lo que ha resistido a los signos significantes, todo lo que ha escapado a las constantes referencias del signo al signo a través de los diferentes círculos; también asume todo aquello que no ha sabido recargar al significante en su centro; arrastra, además, todo lo que desborda el círculo más exterior. Por último y sobre todo, encarna la línea de fuga que el régimen significante no puede soportar, es decir, una desterritorialización absoluta que ese régimen debe bloquear o que sólo

puede determinar de manera negativa, precisamente porque excede el grado de desterritorialización, por muy elevado que éste sea ya, del signo significante. La línea de fuga es como una tangente a los círculos de significancia y al centro del significante. Estará afectada de maldición. El ano del chivo se opone al rostro del déspota o del dios. Se matará o se ahuyentará todo lo que amenace con desbaratar el sistema. Todo lo que exceda el excedente del significante, o todo lo que pase por debajo de él, será marcado con un valor negativo. No os quedará más remedio que elegir entre el culo del chivo y el rostro del dios, los brujos y los sacerdotes. Así pues, el sistema completo comprende: el rostro o el cuerpo paranoico del dios-déspota en el centro significante del templo; los sacerdotes interpretativos, que siempre recargan en el templo el significado en significante; la muchedumbre histérica en el exterior, en círculos compactos, y saltando de un círculo a otro; el chivo expiatorio depresivo, sin rostro, emanando del centro, elegido y tratado, realzado por los sacerdotes, atravesando los círculos en su loca huida hacia el desierto. Descripción demasiado esquemática que no corresponde únicamente al régimen despótico imperial, sino que figura también en todos los grupos centrados, jerarquizados, arborescentes, sometidos: partidos políticos, movimientos literarios, asociaciones psicoanalíticas, familias, conyugalidades... La foto, la rostridad, la redundancia, la significancia y la interpretación intervienen en todas partes. Triste mundo el del significante, con su arcaísmo de función siempre actual, su trampa esencial que connota en él todos los aspectos, su profunda payasada. El significante reina en todas las escenas conyugales, como también en todos los aparatos de Estado.

El régimen significante del signo se define por ocho aspectos o principios: 1) el signo remite al signo, y remite al signo hasta el infinito (lo ilimitado de la significancia, que desterritorializa el signo); 2) el signo es restablecido por el signo, y no cesa de volver (la circularidad del signo desterritorializado); 3) el signo salta de un círculo a otro, y no cesa de desplazar el centro y a la vez de referirse a él (la metáfora o la histeria de los signos): 4) la expansión de los círculos siempre está asegurada por interpretaciones que producen significado y vuelven a producir significante (la interpretosis del sacerdote); 5) el conjunto infinito de los signos remite a un significante mayor que se presenta como carencia, pero también como exceso (el significante despótico, límite de desterritorialización del sistema); 6) la forma del significante tiene una sustancia, o el significante tienen un cuerpo que es Rostro (principio de los rasgos de rostridad, que constituye una reterritorialización); 7) la línea de fuga del sistema está afectada de un valor negativo, condenada como lo que excede la potencia de desterritorialización del régimen significante (principio del chivo expiatorio); 8) es un régimen la trampa universal, a la vez en los saltos, en los círculos regulados, en los códigos de las interpelaciones del adivino, en la publicidad el centro rostrificado, en el tratamiento de la línea de fuga.

Una semiótica de este tipo no sólo es la principal, sino que no vemos ninguna razón para otorgarle un privilegio especial desde el punto de vista de un evolucionismo abstracto. Quisiéramos indicar muy brevemente algunas características de otras dos semióticas. En primer lugar, la semiótica presignificante, llamada primitiva, mucho más próxima de las codificaciones ―naturales‖ que actúan sin signos.

En esta semiótica no encontramos ninguna reducción a la rostridad como única sustancia de expresión: ninguna eliminación de las formas de contenido por la abstracción de un significado. No obstante, si se continúa haciendo abstracción del contenido, en una perspectiva estrictamente semiótica, es en beneficio de un pluralismo de una polivocidad de las formas de expresión, que conjuran cualquier toma de poder por el significante, y que conservan formas expresivas propias del contenido: formas de corporeidad, de gestualidad, de ritmo, de danza, de rito, coexisten en lo heterogéneo con la forma vocal6. Varias formas y varias sustancias de expresiones se entrelazan y se alternan. Es una semiótica segmentaria, pero plurilineal, multidimensional, que combate de antemano cualquier circularidad significante. La segmentaridad es la ley de los linajes. Como consecuencia, el signo debe aquí su grado de desterritorialización relativo, no ya a una constante referencia al signo, sino a la confrontación de las territorialidades y de los segmentos comparados de los que cada signo es extraído (el campamento, la sabana, el cambio de campamento). No sólo la polivocidad de los enunciados está preservada, sino que se es capaz de acabar con un enunciado: un nombre usado es abolido, lo que es muy diferente del paso a la reserva o de la transformación significante. Cuando es presignificante, la antropofagia tiene precisamente ese sentido: comer el nombre es una semiografía, que forma parte plenamente de una semiótica, a pesar de su relación con el contenido (pero relación expresiva) 7. Pero no hay que pensar que una semiótica de este tipo funciona por ignorancia, por represión o forclusión del significante. Al contrario, está animada por el aplastante presentimiento de lo que va a suceder, no tiene necesidad de comprender para combatir, toda ella está destinada por su misma segmentaridad y su polivocidad a impedir lo que ya amenaza: la abstracción universalizante, la instauración del significante, la uniformización formal y sustancial de la enunciación, la circularidad de los enunciados, con sus correlatos: aparato de Estado, implantación del déspota, casta de sacerdotes, chivo expiatorio...etc. Y, cada vez que se come un muerto, se puede decir: uno más que escapará al Estado.

Existe además otra semiótica, que llamaremos contrasignificante (especialmente la de los terribles nómadas pastores y guerreros, por oposición a los nómadas cazadores que formaban parte de la precedente). Esta semiótica no procede tanto por segmentaridad como por aritmética y enumeración. Por supuesto, el número tenía ya una gran importancia en la división o la reunión de los linajes segmentarios; también tenía una función decisiva en la burocracia imperial significante. Ahora bien, era un número que representaba o significaba, ―provocado, producido, causado por otra cosa que él‖. Por el contrario, un signo numérico que no es producido por nada exterior al marcado que lo instituye, que señala una distribución plural y móvil, que plantea funciones y relaciones, que efectúa combinaciones más que adiciones, distribuciones más que selecciones, que actúa por rupturas, transición, migración y acumulación más que por combinación de unidades, un signo de ese tipo, diríase que pertenece a la semiótica de una máquina de guerra nómada, dirigida a su vez contra el aparato de Estado. Número nume-rante8. La organización numérica en 10, 50, 100, 1000 ..., etc., y la organización espacial que va asociada a ella, serán evidentemente recuperadas por los ejércitos

de Estado, pero sobre todo son la prueba de un sistema militar específico de los grandes nómadas de las estepas, de los hicsos a los mongoles, y se superponen al principio de los linajes. El secreto, el espionaje, son elementos importantes de esta semiótica de los Números en la máquina de guerra. El papel de los Números en la Biblia no es independiente de los nómadas, puesto que Moisés recoge la idea de su suegro, Jetro el Cananeo, convirtiéndola en un principio de organización para la marcha y la migración, y la aplica al campo militar. En esta semiótica contrasignificante, la línea de fuga despótica imperial es sustituida por una línea de abolición que se vuelve contra los grandes imperios, los atraviesa o los destruye, a menos de conquistarlos e integrarse en ellos formando una semiótica mixta.

Todavía querríamos hablar muy especialmente de un cuarto régimen de signos, régimen postsignificante, que se opone a la significancia con nuevas características, y que se define por un proceso original, de ―subjetivación‖. En realidad, existen muchos regímenes de signos. Nuestra lista es arbitrariamente limitada. No hay ninguna razón para identificar un régimen o una semiótica con un pueblo, ni con un momento de la historia. En un mismo momento o en un mismo pueblo, hay tal mezcla que lo único que se puede decir es que un pueblo, una lengua o un momento asegura el predominio relativo de un régimen. Quizá todas las semióticas sean mixtas, se combinen no sólo con formas de contenido diversas, sino que también combinen regímenes de signos diferentes. Elementos presignificantes están siempre activos, elementos contrasignificantes están siempre activos y presentes, elementos postsignificantes están ya presentes en el régimen significante. Y quizá estemos marcando demasiado la temporalidad. Las semióticas y su combinación pueden aparecer en una historia en la que los pueblos se enfrentan y se mezclan, pero también en lenguajes en los que compiten varias funciones, en un hospital psiquiátrico en el que coexisten varias formas de delirios, e incluso se insertan en un mismo caso, en una conversación ordinaria en la que personas que hablan la misma lengua no hablan el mismo lenguaje (de pronto surge un fragmento de una semiótica inesperada). Y no hacemos evolucionismo, ni siquiera historia. Las semióticas dependen de agenciamientos que hacen que tal pueblo, tal momento o tal lengua, pero también tal estilo, tal moda, tal patología, tal minúsculo acontecimiento en una situación limitada pueden asegurar el predominio de una o de otra. Nosotros intentamos construir mapas de regímenes de signos: podemos invertirlos, retener tales o tales de sus coordenadas, tales o tales de sus dimensiones, y según el caso tendremos una formación social, un delirio patológico, un acontecimiento histórico...etc. Lo volveremos a ver en otra ocasión: unas veces estamos ante un sistema social fechado, ―amor cortés‖, otras ante un asunto privado llamado ―masoquismo‖. También podemos combinar esos mapas, o separarlos. Para distinguir dos tipos de semióticas, por ejemplo el régimen postsignificante y el régimen significante, debemos considerar simultáneamente dominios muy diversos.

A principios del siglo XX, la psiquiatría, en el súmmum de la sutileza clínica, se encontró ante el problema de los delirios no alucinatorios, con conservación de integridad mental, sin ―disminución intelectual‖. Había un primer grupo importante, el de los delirios paranoicos y de interpretación, que ya implican diferentes

aspectos. Pero el problema tenía que ver con la independencia eventual de otro grupo, esbozado en la Monomanía de Esquirol, la Litigancia de Kraepelin, definido más tarde en el delirio de Reivindicación de Serieux y Capgras, y en el delirio Pasional de Clerambault (―litigancia o reivindicación, celos, erotomanía‖). Según los bellísimos estudios de Serieux y Capgras por un lado, y de Clerambault por otro (es el que más profundiza en la distinción), habría que oponer un régimen ideal de significancia, paranoico-interpretativo, y un régimen subjetivo, postsignificante, pasional. El primero se define por un comienzo insidioso, un centro oculto que pone de manifiesto fuerzas endógenas en torno a una idea; luego por un desarrollo reticular en un continuum amorfo, una atmósfera deslizante en la que el más mínimo incidente puede ser incluido; una organización irradiante en círculos, una extensión por irradiación circular en todos los sentidos, en la que el individuo salta de un punto a otro, de un círculo a otro, se aproxima al centro o se aleja de él, lleva a cabo una prospectiva y una retrospectiva; por una transformación de la atmósfera, según rasgos variables o centros secundarios que se reagrupan en torno al núcleo principal. El segundo régimen se define, por el contrario, por una ocasión exterior decisiva, por una relación con el afuera que se expresa más bien como emoción que como idea, y como esfuerzo o acción que como imaginación (―delirio de los actos más que de las ideas‖); por una constelación limitada, que actúa en un sólo sector; por un ―postulado‖ o una ―fórmula concisa‖, que es el punto de partida de una serie lineal, de un proceso, hasta el agotamiento que señalará el inicio de un nuevo proceso; en resumen, por la sucesión lineal y temporal de procesos finitos, más bien que por la simultaneidad de círculos en expansión ilimitada9.

Esta historia de dos delirios sin disminución intelectual tiene una gran importancia. Pues no viene a trastocar una psiquiatría preexistente, es consustancial a la constitución de la psiquiatría en el siglo XIX, y explica que desde el principio el psiquiatra ya sea lo que seguirá siendo: nazca acorralado, atrapado entre exigencias humanitarias, policíacas, jurídicas, etc., acusado de no ser un verdadero médico, sospechoso de tomar por locos a los que no lo están y de no ver a los que lo están, él mismo atormentado por dramas de conciencia, la última bella alma hegeliana. En efecto, si se consideran los dos tipos delirantes puros se puede decir de unos que parecen completamente locos, pero que no lo están: el presidente Schreber desarrolla en todos los sentidos su paranoia irradiante y sus relaciones con Dios, no está loco en la medida en que no pierde la capacidad de administrar sabiamente su fortuna y de distinguir los círculos. En el otro polo estarían los que no parecen en absoluto locos, pero que lo están, como lo confirman sus acciones repentinas, querellas, incendios, asesinatos (ya era así en las cuatro grandes mono- mamas de Esquirol, erótica, razonante, incendiaria, homicida). En resumen, la psiquiatría no se ha constituido en modo alguno en relación con el concepto de locura, ni siquiera con una revisión de ese concepto, sino más bien en relación con su disolución en esas dos direcciones opuestas. ¿No nos revela así la psiquiatría esa doble imagen que todos tenemos, parecer locos sin estarlo, estarlo sin parecerlo? (Esa doble constatación será también el punto de partida del psicoanálisis, su manera de enlazar con la psiquiatría: parecemos locos, pero no lo estamos, ved si no el sueño, es-

tamos locos, pero no lo parecemos, ved si no la vida cotidiana). La psiquiatría se veía, pues, obligada unas veces a reclamar la indulgencia y la comprensión, a denunciar la inutilidad del internamiento, a solicitar asilos open-door; otras, por el contrario, a reclamar una mayor vigilancia, manicomios especiales de seguridad, tanto más duros cuanto que el loco no lo parecía10. ¿Acaso es un azar que la distinción de los dos grandes delirios, de ideas y de acciones, coincida en muchos aspectos con la distinción de clases? (El paranoico que no tiene realmente necesidad de ser internado es sobre todo un burgués, mientras que el monomaniaco, el reivindicador pasional, procede a menudo de las clases rurales y obreras, o de los casos marginales de asesinos políticos) 11. Una clase con ideas influyentes, irradiantes (forzosamente) frente a una clase reducida a acciones locales, parciales, esporádicas, lineales... Todos los paranoicos no son burgueses, todos los pasionales o los monomaniacos no son proletarios. Pero, en las mezclas de hecho, Dios y sus psiquiatras son los encargados de reconocer a aquellos que conservan un orden social de clase, incluso delirante, y aquellos que traen el desorden, incluso si está perfectamente localizado, incendio de un molino, asesinato de un familiar, amor o agresividad desclasados.

Nosotros tratamos, pues, de distinguir un régimen de signos despótico, significante y paranoico, y un régimen autoritario, postsignificante, subjetivo o pasional. Por supuesto, autoritario no es lo mismo que despótico, pasional no es lo mismo que paranoico, subjetivo no es lo mismo que significante. ¿Qué pasa en este segundo régimen, por oposición al régimen significante definido precedentemente? En primer lugar, un signo o un paquete de signos se separa de la red circular irradiante, se pone a actuar por su cuenta, a huir en línea recta, como si se precipitase en una insignificante vía abierta. El sistema significante ya trazaba una línea de fuga o de desterritorialización que excedía el índice específico de sus signos desterritorializados; pero afectaba a esa línea de un valor negativo, haciendo huir al emisario. Ahora, diríase que esa línea recibe un signo positivo, que es efectivamente ocupada y seguida por todo un pueblo que encuentra en ella su razón de ser o su destino. Por supuesto, tampoco aquí estamos haciendo historia: nosotros no decimos que un pueblo inventa este régimen de signos, lo único que decimos es que en un determinado momento efectúa el agenciamiento que asegura el predominio relativo de este régimen en condiciones históricas (y este régimen, este predominio, este agenciamiento, pueden ser asegurados en otras condiciones, por ejemplo patológicas o literarias, o amorosas, o absolutamente cotidianas, etc.). Nosotros no decimos que un pueblo esté poseído por tal tipo de delirio, sino que el mapa de un delirio, habida cuenta de sus coordenadas, puede coincidir con el de un pueblo, habida cuenta de las suyas. Por ejemplo, ¿el faraón paranoico y el hebreo pasional? Con el pueblo judío, un grupo de signos se separa de la red imperial egipcia de la que formaba parte, se pone a seguir una línea de fuga en el desierto, oponiendo la subjetividad más autoritaria a la significancia despótica, el delirio más pasional y el menos interpretativo al delirio paranoico interpretador, en resumen, ―el proceso o la reivindicación‖ lineales a la red circular irradiante. Vuestra reivindicación, vuestro proceso, esa será la palabra de Moisés a su pueblo, y los procesos se suceden en una línea de Pasión 12. De ahí sacará Kafka su propia concepción de

la litigancia o del proceso, y la sucesión de los segmentos lineales: el proceso-padre, el proceso-hotel, el proceso-barco, el proceso-tribunal...

No se puede olvidar aquí el acontecimiento fundamental o el de mayor repercusión de la historia del pueblo judío: la destrucción del Templo, que se produce en dos tiempos (587 a. J. C.- 70 d. J. C.). Toda la historia del Templo, en primer lugar la movilidad y la fragilidad del Arca, luego la construcción de una Casa por Salomón, su reconstrucción bajo Darío, etc., sólo adquieren sentido en relación con renovados procesos de destrucción, que conocen sus momentos álgidos con Nabucodonosor y con Tito. Templo móvil, frágil o destruido: el arca ya no es más que un pequeño paquete de signos que uno lleva consigo. Ahora resulta imposible una línea de fuga únicamente negativa, ocupada por el animal o el chivo, en la medida en que es responsable de todos los peligros que amenazaban al significante. Que el mal caiga sobre nosotros es la fórmula que se repite a lo largo de la historia judía: somos nosotros los que debemos seguir la línea más desterritorializada, la línea del chivo, cambiando su signo, convirtiéndola en la línea positiva de nuestra subjetividad, de nuestra Pasión, de nuestro proceso o reivindicación. Seremos nuestro propio chivo. Seremos el cordero: ―el Dios que, como un león, era honrado con la sangre de los sacrificios, debe pasar ahora a segundo plano, para que el Dios sacrificado ocupe el primero (...). En lugar de ser el animal que inmola, Dios ha devenido el animal inmolado‖ 13. Seguiremos, tomaremos la tangente que separa la tierra y las aguas, separaremos la red circular del continuum deslizante, haremos nuestra la línea de separación para trazar en ella nuestro camino y diso-ciar los elementos del significante (la paloma del Arca). Un estrecho desfiladero, un entre-dos que no es una media, sino una línea afilada. Hay toda una especificidad judía, que se afirma ya en una semiótica. No obstante, esta semiótica es tan mixta como cualquier otra. Por un lado está en íntima relación con la semiótica contrasignificante de los nómadas (los hebreos tienen todo un pasado nómada, toda una relación actual con la organización numérica nómada en la que se inspiran, todo un devenir nómada específico; y su línea de desterritorialización debe mucho a la línea militar de destrucción nomádica) 14. Por otro lado tiene una relación esencial con la semiótica significante, en cuya nostalgia están sumidos, ellos y su Dios: restablecer una sociedad imperial o integrarse en ella, tener un rey como todo el mundo (Samuel), reconstruir por fin un templo sólido (David y Salomón, Zacarías), construir la espiral de la torre de Babel y volver a encontrar el rostro del Dios, no sólo poner fin a la errancia, sino superar la diáspora que sólo existe en función de un ideal de gran unificación. Sólo podemos señalar lo que en esta semiótica mixta pone de manifiesto el nuevo régimen pasional o subjetivo, postsignificante.

La rostridad sufre una profunda transformación. El dios aparta su rostro, que nadie debe ver; y a la inversa, el sujeto aparta el suyo, sobrecogido por un verdadero temor de dios. Los rostros que se desvían, y se ponen de perfil, sustituyen al rostro irradiante visto de frente. Y en esa doble desviación se traza la línea de fuga positiva. El profeta es el personaje de ese agenciamiento; necesita un signo que le garantice la palabra divina, él mismo está afectado de un signo que indica el régimen especial al que pertenece. Spinoza ha construido la teoría más profunda del

profetismo, al tener en cuenta esta semiótica específica. Pero ya Caín, desviado de Dios que se desviaba de él, sigue la línea de desterritorialización, protegido por el signo que le permite escapar a la muerte. Signo de Caín. ¿Peor castigo que la muerte imperial? El Dios judío inventa la prórroga, la existencia condicionada, la moratoria ilimitada 15. Pero también la posibilidad de la alianza como nueva relación con el dios, puesto que el sujeto siempre continúa vivo. Abel no es nada, su nombre sólo es vanidad, mientras que Caín es el verdadero hombre. Este sistema ya no es el de la falsificación o de la trampa que animaba el rostro del significante, la interpretación del adivino y los desplazamientos del sujeto. Es el régimen de la traición, de la traición universal, en el que el verdadero hombre no cesa de traicionar a Dios tanto como Dios traiciona al hombre, en una cólera de Dios que define la nueva positividad. Antes de morir, Moisés recibe las palabras del gran cántico de la traición. Contrariamente al sacerdote-adivino, incluso el profeta es fundamentalmente traidor, y realiza así la orden de Dios mejor que si le hubiera sido fiel. Dios encarga a Jonás ir a Nínive para invitar a sus habitantes a enmen-darse, a ellos precisamente que no han cesado de traicionarlo. Pero el primer gesto de Jonás es ir en la dirección opuesta; también él traiciona a Dios, y huye ―lejos del rostro de Adonaí‖. Jonás embarca hacia Tarsis y se duerme como un justo. La tempestad suscitada por Dios lo arroja al agua, donde es tragado por una ballena que luego lo expulsará en el límite de la tierra y de las aguas, límite de separación o línea de fuga que ya era la de la paloma del Arca (Jonás es precisamente el nombre de la paloma). Ahora bien, huyendo del rostro de Dios, Jonás ha hecho exactamente lo que Dios quería, cargar con el mal de Nínive, y lo ha hecho mejor incluso de lo que Dios quería, se ha anticipado a Dios. Por eso dormía como un justo. Dios lo mantiene con vida, protegido provisionalmente por el árbol de Caín, pero dejando morir al árbol a su vez, puesto que Jonás ha reconstituido la alianza al ocupar la línea de fuga16. Jesús hará universal el sistema de la traición: traicionando al Dios de los judíos, traicionando a los judíos, traicionado por Dios (―¿por qué me has abandonado?‖), traicionado por Judas, el verdadero hombre. Jesús ha cargado con el mal, pero los judíos que lo matan cargan también con ese mismo mal. Cuando le piden a Jesús un signo de su filiación divina, Jesús invoca un signo de Jonás. Caín, Jonás y Jesús forman tres grandes procesos lineales en los que los signos se precipitan y se alternan. Existen también otros muchos. Pero la doble desviación en la línea de fuga es una constante en todos ellos.

Cuando el profeta declina la carga que Dios le confía (Moisés, Jeremías, Isaías, etc.), no lo hace porque esa carga le resulte demasiado pesada, como un oráculo o un adivino del imperio que rechazan una misión peligrosa: más bien hace como Jonás, que se anticipa a la intención de Dios, ocultándose y huyendo de él, trai-cionándolo, mucho mejor que si obedeciera. El profeta, más que inspirado, no cesa de ser forzado por Dios, literalmente violado por él. El profeta no es un sacerdote. El profeta no sabe hablar, Dios le introduce las palabras en la boca: manducación de la palabra, semifagia de una nueva forma. El profeta, al contrario que el adivino, no interpreta nada: más que un delirio de idea o de imaginación, tiene un delirio de acción, una relación con Dios pasional y autoritaria, no despótica y significante; más que aplicar los poderes pasados y presentes, se anticipa y detecta las

fuerzas del futuro. Los rasgos de rostridad ya no tienen por función impedir la formación de una línea de fuga, o formar un cuerpo de significancia que la controla y sólo le envía un chivo sin rostro. Al contrario, la rostridad organiza la línea de fuga, en el cara a cara de los dos rostros que se ahuecan y se desvían, se ponen de perfil. La traición se ha convertido en la idea fija, la obsesión mayor, que sustituye a la trampa del paranoico y del histérico. La relación ―perseguidor-perse-guido‖ no es en modo alguno pertinente: cambia completamente de sentido según se trate del régimen paranoico despótico, o del régimen pasional autoritario.

Hay algo que todavía sigue inquietándonos: la historia de Edipo. Pues Edipo, en el mundo griego, es casi excepcional. Toda la primera parte de su historia es imperial despótica, paranoica, interpretativa, adivinatoria. Pero toda la segunda parte es la errancia de Edipo, su línea de fuga en la doble desviación, su propio rostro y el rostro de Dios. En lugar de límites bien precisos que se franquean en orden, o, al contrario, que no se tiene el derecho de franquear (hybris), un ocultamiento del límite en el que se precipita Edipo. En lugar de la irradiación significante interpretativa, un proceso lineal subjetivo que permitirá precisamente a Edipo guardar un secreto como residuo capaz de relanzar un nuevo proceso lineal. Edipo, llamado atheos, inventa algo peor que la muerte o que el exilio, toma la línea de separación o de desterritorialización extrañamente positiva en la que erra y sobrevive. Hölderlin y Heidegger veían ahí el nacimiento de la doble desviación, el cambio de rostro, y el nacimiento de la tragedia moderna, que curiosamente ellos atribuyen a los griegos: el resultado ya no es el asesinato y la muerte brusca, sino una supervivencia condicionada, una moratoria ilimitada17. Nietzsche sugería que Edipo, por oposición a Prometeo, era el mito semita de los griegos, la glorificación de la Pasión o de la pasividad 18. Edipo, el Caín griego. Volvamos una vez más al psicoanálisis: no es casualidad que Freud haya recurrido a Edipo. Edipo es un caso claro de semiótica mixta: régimen despótico de la significancia y de la interpretación, con irradiación del rostro; pero también régimen autoritario de la subjetivación y del profetismo, con desviación del rostro (como consecuencia, el que el psicoanalista se sitúe detrás del paciente adquiere todo su sentido). Los recientes esfuerzos por explicar que un ―significante representa el sujeto para otro signifi-cante‖ son típicamente sincretismo: proceso lineal de la subjetividad y, a la vez, desarrollo circular del significante y de la interpretación. Dos regímenes de signos absolutamente diferentes para un compuesto. En eso se basan los peores poderes, los más solapados.

Aún tenemos algo que decir sobre la historia de la traición pasional autoritaria, por oposición a la trampa paranoico despótica. Todo es infamia, pero Borges ha malogrado su Historia universal de la infamia. Habría que haber diferenciado el gran dominio de las trampas y gran dominio de las traiciones. Y después, las diferentes figuras de la traición. En efecto, existe una segunda figura de la traición, que surge en determinados momentos, en determinados lugares, pero siempre en virtud de un agenciamiento que varía según nuevas componentes. El cristianismo es un caso particularmente importante de semiótica mixta, con su combinación imperial significante, pero también su subjetividad judía postsignificante. Transforma tanto el sistema ideal significante como el sistema pasional postsignificante. Inventa un

nuevo agenciamiento. Las herejías todavía forman parte de la trampa, igual que la ortodoxia forma parte de la significancia. Pero ya hay herejías que son algo más que herejías, y que invocan la traición pura: los bougres, no es casualidad que los búlgaros ocupen un lugar especial. Desconfiad de los búlgaros, decía Monsieur Plume*. Problema de las territorialidades con relación a los profundos movimientos de desterritorialización. Inglaterra es otra territorialidad u otra desterritorialización: Cromwell, traidor en todas partes, línea recta de subjetivación pasional que se opone al centro real de significancia y a los círculos intermediarios: el dictador frente al déspota. Ricardo III, el contrahecho, el tortuoso, adopta como ideal traicionarlo todo: se enfrenta a lady Ana en un cara a cara en el que los dos rostros se desvían, pero en el que cada uno sabe que es para el otro, que está destinado al otro. Diferencia con otros dramas históricos de Shakespeare: los reyes que trampean para hacerse con el poder, asesinos, pero que devienen buenos reyes. Son hombres de Estado. Ricardo III procede de otro ámbito: su problema, incluso con las mujeres, tiene más que ver con una máquina de guerra que con un aparato de Estado. Ricardo III es el traidor, procede de los grandes nómadas, y de su secreto. Y así lo declara desde el principio, al hablar de un proyecto secreto, que desborda infinitamente la conquista del poder. Quiere restablecer la máquina de guerra, tanto en el frágil Estado como en las parejas bien avenidas. Sólo lady Ana adivina sus intenciones, fascinada, aterrorizada, consentidora. Todo el teatro isabelino está atravesado por estos personajes de traidores que pretenden ser absolutos, que se oponen a las trampas del hombre de corte o incluso de Estado.

—¡Cuántas traiciones no han acompañado a los grandes descubrimientos de la cristiandad, al descubrimiento de las tierras y de los nuevos continentes!—: líneas de desterritorializaciones en las que pequeños grupos traicionan todo, a sus compañeros, al rey, a los indígenas, al explorador vecino, con la loca esperanza de fundar con una mujer de su familia una raza por fin pura que hará que todo re-comience. Como en Aguirre, la shakesperiana película de Herzog. Aguirre plantea la siguiente pregunta: ¿cómo ser traidor en todas partes, en todo? Aquí, el único traidor soy yo. Se acabó el trampear, ha llegado el momento de traicionar. ¡Qué gran sueño! Seré el último traidor, el traidor total, así pues, el último hombre. —Y después la Reforma: la prodigiosa figura de Lutero como traidor a todas las cosas y a todo el mundo, su relación personal con el diablo de la que deriva la traición universal tanto en las buenas acciones como en las malas—. En estas nuevas figuras de la traición siempre se produce una vuelta al Antiguo Testamento: yo soy la cólera de Dios. Pero la traición ha devenido humanista, ya no se produce entre Dios y sus propios hombres, se apoya en Dios para producirse entre sus hombres y los otros denunciados como tramposos. En último extremo, sólo hay un hombre de Dios o de la cólera de Dios, un solo traidor contra todos los tramposos. Pero, siempre es mixto, ¿qué tramposo no se toma por ese hombre? ¿Qué traidor no se



* Aquí, además de la referencia al libro de H. Michaux, Un certain Plume. Ed. Gallimard, existe, en el texto francés, el juego de palabras entre búlgaros y bougres, que en esa lengua tienen la misma raíz latina

―bulgarus‖. (N.del T.).

dice un día que después de todo no era más que un tramposo? (Cf. el extraño caso de Maurice Sachs).

Es evidente que el libro, o aquello que lo sustituye, cambia de sentido según se trate del régimen paranoico significante o del régimen pasional postsignificante. En el primer caso, hay sobre todo la emisión del significante despótico, y su interpretación por los escribas o los sacerdotes, que fija significado y vuelve a producir significante; pero también hay, de signo en signo, un movimiento que va de un territorio a otro y que, al circular, asegura una cierta velocidad de desterritorialización (por ejemplo la circulación de una epopeya, la rivalidad entre varias ciudades por el nacimiento de un héroe, y, una vez más, el papel de los sacerdotes-escribas en los intercambios de territorialidades y de genealogías19). Pero lo que sustituye al libro siempre tiene aquí un modelo exterior, un referente, rostro, familia o territorio, que hacen que el libro conserve un carácter oral. Por el contrario, diríase que en el régimen pasional el libro se interioriza, y lo interioriza todo: deviene Libro escrito sagrado. El es el que sustituye al rostro, y Dios, que aparta el suyo, da a Moisés las tablas de piedra escritas. Dios se manifiesta por las trompetas y por la Voz; pero en el sonido se oye el no-rostro, de la misma manera que en el libro se ven las palabras. El libro ha devenido el cuerpo de la pasión, de la misma manera que el rostro era el cuerpo del significante. Ahora el libro es el más desterritorializado, el que fija los territorios y las genealogías. Estas son lo que el libro dice, y aquellos, el lugar en el que el libro se dice. Como consecuencia, la interpretación cambia completamente de función. O bien desaparece completamente, en beneficio de una pura recitación de la letra que prohíbe el más mínimo cambio, la más mínima añadidura, el más mínimo comentario (el famoso ―embruteceros‖ cristiano forma parte de esa línea pasional; y el Corán va lo más lejos posible en esa dirección). O bien la interpretación subsiste, pero deviene interior al libro, que pierde su función circulatoria entre elementos del afuera: por ejemplo, los diferentes tipos de interpretación codificados se fijan según ejes internos a los libros; la interpretación se organiza en función de las correspondencias entre dos libros, por ejemplo el Antiguo y el Nuevo Testamento, sin perjuicio de inducir todavía un tercer libro que está inmerso en el mismo elemento de interioridad 20. O bien, por último, la interpretación rechaza tanto todo intermediario como todo especialista, deviene inmediata, puesto que el libro está escrito a la vez en sí mismo y en el corazón, una vez como punto de subjetivación, otra en el sujeto (concepción re-formista del libro). En cualquier caso, la pasión delirante del libro, como origen y finalidad del mundo, encuentra aquí su punto de partida. El libro único, la obra total, todas las posibles combinaciones en el interior del libro, el libro árbol, el libro-cosmos, todas esas reiteraciones tan apreciadas por las vanguardias, que aíslan el libro de sus relaciones con el afuera, son todavía peores que la apología del significante. Por supuesto, todas esas reiteraciones participan estrechamente en la semiótica mixta. En verdad, tienen un origen bien piadoso. Wagner, Mallarmé y Joyce, Marx y Freud, siguen siendo Biblias. Si el delirio pasional es profundamente monomaníaco, la monomanía, por su parte, ha encontrado un elemento fundamental de su agenciamiento en el monoteísmo y en el Libro. El culto más extraño.

Eso es lo que sucede en el régimen pasional o de subjetivación. Ya no hay un centro de significancia en relación con círculos o con una espiral en expansión, sino un punto de subjetivación que indica el comienzo de la línea; ya no hay relación significante-significado, sino un sujeto de enunciación, que deriva del punto de subjetivación, y un sujeto de enunciado, en una relación a su vez determinable con el primer sujeto; ya no hay circularidad del signo al signo, sino un proceso lineal en el que el signo se precipita a través de los sujetos. Consideremos tres dominios diversos: 1) Los judíos por oposición a los imperios: Dios apartando su rostro, devenido punto de subjetivación para el trazado de una línea de fuga o de desterritorialización; Moisés como sujeto de enunciación, que se constituye a partir de las tablas de Dios que sustituyen al rostro; el pueblo judío, constituyendo el sujeto de enunciado, para la traición, pero también para la nueva tierra, formando una alianza o un ―proceso‖ lineal que siempre hay que reiniciar, en lugar de una expansión circular.

  1. La llamada filosofía moderna, o cristiana; Descartes por oposición a la filosofía antigua: la idea de infinito como primera, punto de subjetivación absolutamente necesario; el Cogito, la conciencia, el ―Yo pienso‖, como sujeto de enunciación que refleja su propio uso, y que sólo se concibe según una línea de desterritorialización representada por la duda metódica; el sujeto de enunciado, la unión del alma y del cuerpo o el sentimiento, que serán garantizados de manera compleja por el cogito, y que efectúan las reterritorializaciones necesarias. El cogito, siempre a recomenzar como un proceso, con la posibilidad de traición que lo acecha, Dios embustero y Genio maligno. Cuando Descartes dice: puedo inferir ―pienso luego existo‖, pero no puedo hacerlo para ―me paseo luego existo‖, está estableciendo la distinción entre los dos sujetos (lo que los actuales lingüistas, que continúan siendo cartesianos, llaman shifter, sin perjuicio de volver a encontrar en el segundo la huella del primero).

  2. La psiquiatría del siglo XIX: la monomanía separada de la mama; el delirio subjetivo aislado de los delirios ideales; la ―posesión‖ sustituyendo a la brujería; la lenta aparición de los delirios pasionales, que se distinguen de la paranoia... El esquema del delirio pasional, según Clerambault, es el siguiente: el Postulado como punto de subjetivación (El me ama); el Orgullo como tonalidad del sujeto de enunciación (persecución delirante del ser amado); el Despecho, el Rencor (como efecto de la recaída en el sujeto de enunciado). El delirio pasional es un verdadero cogito. En este ejemplo de la erotomanía, como en el de los celos o en el de la litigancia, Clerambault insiste mucho en lo siguiente: el signo debe ir hasta el final de un segmento o proceso lineal antes de recomenzar otro, mientras que en el delirio paranoico los signos no cesan de formar una red que se desarrolla en todos los sentidos y se reorganiza. De igual modo, el cogito sigue un proceso temporal lineal que debe ser recomenzado. La historia de los judíos estaba marcada por catástrofes en cada una de las cuales subsistían los supervivientes suficientes para recomenzar un nuevo proceso. El conjunto de un proceso está habitualmente caracterizado por lo siguiente: se emplea el plural en la medida en que hay movimiento lineal, pero aparece un retraimiento hacia el Singular desde que un reposo, una pausa fijan el final de un movimiento, antes de que otro recomience21. Seg-

mentaridad fundamental: hace falta que un proceso haya finalizado (y que su final esté indicado) para que otro comience, para que otro pueda comenzar.

La línea pasional del régimen postsignificante tiene su origen en el punto de subjetivación. Este puede ser cualquier cosa. Basta con que a partir de ese punto podamos encontrar los rasgos característicos de la semiótica subjetiva: la doble desviación, la traición, la existencia condicionada. El alimento desempeña ese papel para el anoréxico (el anoréxico no afronta la muerte, pero se salva traicionando al alimento, aunque el alimento no es menos traidor, sospechoso de contener larvas, gusanos y microbios). Un vestido, una prenda interior, un zapato son puntos de subjetivación para un fetichista. Un rasgo de rostridad lo es para un enamorado, pero la rostridad ha cambiado de sentido, deja de ser el cuerpo de un significante para devenir el punto de partida de una desterritorialización que hace huir todo el resto. Una cosa, un animal pueden servir. Hay cógitos en cualquier cosa. ―Dos ojos muy separados, una cabeza tallada en cuarzo, una cadera que parecía dotada de vida personal (...), cada vez que la belleza deviene irresistible puede reducirse a una cualidad única‖: punto de subjetivación en el inicio de una línea pasional22. Es más, varios puntos coexisten para un individuo o un grupo determinado siempre comprometidos en varios procesos lineales distintos, no siempre compatibles. Las diversas formas de educación o de ―normalización‖ impuestas a un individuo coexisten hasta hacerle cambiar de punto de subjetivación, cada vez más elevado, cada vez más noble, cada vez más conforme a un supuesto ideal. Luego, del punto de subjetivación deriva el sujeto de enunciación, en función de una realidad mental determinada por ese punto. Y del sujeto de enunciación deriva a su vez un sujeto de enunciado, es decir, un sujeto atrapado en enunciados conformes a una realidad dominante (de la que la realidad mental de hace un momento sólo es una parte, incluso cuando parece oponerse a ella). Así pues, lo fundamental, lo que convierte a la línea pasional postsignificante en una línea de subjetivación o de sujeción es la constitución, el desdoblamiento de los dos sujetos, el plegamiento de uno sobre otro, del sujeto de enunciación sobre el sujeto de enunciado (lo que los lingüistas reconocen cuando hablan de una ―huella del proceso de enunciación en el enunciado‖). La significancia efectuaría una uniformización sustancial de la enunciación, pero la subjetividad efectúa ahora una individuación, colectiva o particular. Como se suele decir, la sustancia ha devenido sujeto. El sujeto de enunciación se pliega al sujeto de enunciado, sin perjuicio de que éste vuelva a proporcionar a su vez sujeto de enunciación para otro proceso. El sujeto del enunciado ha devenido el ―replicante‖ del sujeto de enunciación, bajo una especie de ecolalia reductora, en una relación biunívoca. Esta relación, este plegamiento, es también la de la realidad mental sobre la realidad dominante. Siempre se recurre a una realidad dominante que funciona internamente (ya era así en el Antiguo Testamento; o bien en la Reforma, con el comercio y el capitalismo). Ya no hay necesidad de un centro transcendente de poder, sino más bien de un poder inmanente que se confunde con lo ―real‖, y que procede por normalización. Lo que supone una extraña invención: como si el sujeto desdoblado fuera, bajo una de sus formas, causa de los enunciados de los que él mismo forma parte bajo la otra de sus formas. Es la paradoja del legislador-sujeto, que sustituye al déspota significante: cuanto

más obedeces a los enunciados de la realidad dominante, más dominas como sujeto de enunciación en la realidad mental, pues finalmente sólo te obedeces a ti mismo, ¡a ti es a quien obedeces! De todos modos, tú eres el que dominas, en tanto que ser racional... Se ha inventado una nueva forma de esclavitud, ser esclavo de sí mismo, o la pura ―razón‖, el Cogito. ¿Hay algo más pasional que la razón pura?

¿Hay una pasión más fría y más extrema, más interesada, que el Cogito?

Althusser ha puesto perfectamente de manifiesto esta constitución de los individuos sociales en sujetos: la llama interpelación (―¡eh, usted, el de allí!‖), llama Sujeto absoluto al punto de subjetivación, analiza ―el redoblamiento especular‖ de los sujetos, y emplea para su demostración el ejemplo de Dios, de Moisés y del pueblo judío 23. Algunos lingüistas como Benveniste han elaborado una curiosa personología lingüística, muy próxima del Cogito: el Tú, que sin duda puede designar la persona a la que uno se dirige, pero todavía más un punto de subjetivación a partir del cual cada uno se constituye como sujeto; el Yo como sujeto de enunciación, que designa la persona que enuncia y reflexiona su propio uso en el enunciado (―signo vacío no referencial‖), tal como aparece en proposiciones de tipo ―yo creo, yo supongo, yo pienso...‖; por último, el yo como sujeto de enunciado, que indica un estado que siempre podría ser sustituido por un El (―sufro, camino, respiro, siento...‖) 24. No obstante, no se trata de una operación lingüística, puesto que un sujeto nunca es condición de lenguaje ni causa de enunciado: no hay sujeto, sino únicamente agenciamientos colectivos de enunciación, y la subjetivación sólo es uno de ellos, que como tal designa una formalización de la expresión o un régimen de signos, no una condición interna del lenguaje. Tampoco se trata, como dice Althusser, de un movimiento que caracteriza a la ideología: la subjetivación como régimen de signos o forma de expresión remite a un agenciamiento, es decir, a una organización de poder que ya funciona plenamente en la economía, y que no se superpondría a contenidos o a relaciones de contenidos determinados como reales en última instancia. El capital es un punto de subjetivación por excelencia.

Cogito psicoanalítico: el psicoanálisis se presenta como punto de subjetivación ideal, que va a hacer abandonar al paciente sus antiguos puntos llamados neuróticos. El paciente será parcialmente sujeto de enunciación en todo lo que dice al psicoanalista, y en las condiciones mentales artificiales de la sesión: también será llamado ―psicoanalizante‖. Pero, en todo lo que dice o hace fuera de esa situación, es sujeto de enunciado, eternamente psicoanalizado, de proceso lineal en proceso lineal, sin perjuicio de cambiar de psicoanalista, tanto más sumiso a la normalización de una realidad dominante. En ese sentido, el psicoanálisis, en su semiótica mixta, participa plenamente de una línea de subjetivación. El psicoanalista ya ni siquiera tiene necesidad de hablar, el psicoanalizante se encarga de la interpretación; en cuanto al psicoanalizado, es un sujeto tanto mejor cuanto que piensa en

―su‖ próxima sesión, o en la precedente, en segmentos.

Así como el régimen paranoico tenía dos ejes, por un lado el signo que remite al signo (y por eso mismo significante), por otro el significante que remite al significado, el régimen pasional, la línea de subjetivación, también tiene sus dos ejes, sintagmático y paradigmático: el primero, acabamos de verlo, es la conciencia. La

conciencia como pasión es precisamente ese desdoblamiento de los dos sujetos, en sujeto de enunciación y sujeto de enunciado, y el plegamiento de uno sobre otro. La segunda forma de subjetivación es el amor como pasión, el amor-pasión, otro tipo de doble, de desdoblamiento y de plegamiento. Una vez más, un punto de subjetivación variable va a servir para la distribución de dos sujetos que van a desviar su rostro en la misma medida en que cada uno lo ofrecerá al otro, y que seguirán una línea de fuga, una línea de desterritorialización que los acerca y los separa para siempre. Pero todo cambia: hay un lado célibe de la conciencia que se desdobla, hay una pareja del amor pasional que ya no tiene necesidad de conciencia ni de razón. Y sin embargo, es el mismo régimen, incluso en la traición, e incluso si la traición es asegurada por un tercero. Adán y Eva, la mujer de Caín (de la que la Biblia debería hablar más). Ricardo III el traidor acaba en la conciencia que le aporta el sueño, pero ha pasado por el extraño cara a cara con lady Ana, de dos rostros que se evitan aún a sabiendas de que están destinados el uno al otro según la misma línea que, sin embargo, va a separarlos. El amor más leal y más tierno, o más intenso, distribuye un sujeto de enunciación y un sujeto de enunciado que no cesan de intercambiarse, en la dulzura de ser uno mismo un simple enunciado en la boca del otro, y que el otro sea una simple enunciación en la mía. Pero siempre hay un traidor que acecha. ¿Qué amor no será traicionado? ¿Qué cogito no tiene su genio maligno, ese traidor del que no puede desembarazarse?

―Tristán... Isolda... Isolda... Tristán...‖: el grito de los dos sujetos pasa así por toda la escala de intensidades, hasta llegar a la cumbre de una conciencia asfixiante, mientras que el navío sigue la línea de las aguas, de la muerte y del insconsciente, de la traición, la línea de melodía continua. El amor pasional es un cogito a dúo, de la misma manera que el cogito es una pasión para uno solo. En el cogito hay una pareja potencial, de la misma manera que en el amor-pasión hay el desdoblamiento de un único sujeto virtual. Klossowski ha logrado obtener las más extrañas figuras de esta complementaridad entre un pensamiento demasiado intenso y una pareja demasiado febril. La línea de subjetivación está, pues, totalmente ocupada por el Doble, pero presenta dos figuras, de la misma manera que hay dos tipos de dobles: la figura sintagmática de la conciencia o el doble conciencial que concierne a la forma (Yo=Yo); la figura paradigmática de la pareja o el doble pasional que concierne a la sustancia (Hombre = Mujer, siendo el doble inmediatamente la diferencia entre sexos).

Podemos seguir el devenir de esos dobles en unas semióticas mixtas, que constituyen tanto mezclas como degradaciones. Por un lado, el doble amoroso pasional, la pareja del amor-pasión cae en una relación conyugal, o incluso en una ―es-cena conyugal‖: ¿quién es sujeto de enunciación? ¿Quién es sujeto de enunciado? Lucha de sexos: Me robas mis pensamientos. La escena conyugal siempre ha sido un cogito a dúo, un cogito de guerra; Strindberg ha llevado hasta sus últimas consecuencias esa caída del amor-pasión en la conyugalidad despótica y la escena paranoico-histérica (―ella‖ dice que todo lo ha encontrado por sí misma, cuando de hecho todo me lo debe a mí, eco, robo de pensamientos, ¡oh Strindberg!) 25. Por otro lado, el doble conciencial del pensamiento puro, la pareja del legislador-sujeto cae en una relación burocrática y una nueva forma de persecución, en la que uno

se apodera del papel de sujeto de enunciación, mientras que el otro ya sólo es sujeto de enunciado: el cogito deviene ―escena de despacho‖, delirio amoroso burocrático, una nueva forma de burocracia sustituye o se conjuga con la vieja burocracia imperial, el burócrata dice Yo pienso (Kafka es el que más lejos va en ese sentido, como en el ejemplo del Castillo, Sortini y Sordini, o bien las diversas subjetivaciones de Klamm) 26. La conyugalidad es el desarrollo de la pareja, de la misma manera que la burocracia lo es del cogito: pero lo uno está comprendido en lo otro, burocracia amorosa y pareja burocrática. Mucho se ha escrito sobre el doble, de cualquier modo, metafísicamente, viéndolo en todo, en cualquier espejo, sin reconocer su régimen específico tanto en una semiótica mixta en la que introduce nuevos momentos como en la semiótica pura de subjetivación en la que se inscribe en la línea de fuga para imponerle figuras muy particulares. Una vez más: las dos figuras del pensamiento-conciencia y del amor-pasión en el régimen postsignificante; los dos momentos de la conciencia burocrática y de la relación conyugal en la caída o en la combinación mixtas. Pero, incluso en el compuesto, la línea original se pone de manifiesto fácilmente bajo las condiciones de un análisis semiótico.

Hay una redundancia de la conciencia y del amor, que no es la misma que la redundancia significante del otro régimen. En el régimen significante, la redundancia es un fenómeno de frecuencia objetiva, que afecta a los signos o a elementos de signos (fonemas, letras, grupos de letras en una lengua): hay una frecuencia máxima del significante con relación a cada signo y, a la vez, una frecuencia comparativa de un signo con relación a otro. En cualquier caso, diríase que este régimen desarrolla una especie de ―pared‖ en el que se inscriben los signos, tanto en su relación de unos con otros como en su relación con el significante. En el régimen postsignificante, por el contrario, la redundancia es de resonancia subjetiva, y afecta sobre todo a los embrayeurs, pronombres personales y nombres propios. También aquí hay que distinguir una resonancia máxima de la conciencia de sí mismo (Yo=Yo) y una resonancia comparada de los nombres (Tristán... Isolda...). Pero ahora ya no hay una pared en la que la frecuencia se contabiliza, más bien habría que hablar de un agujero negro que atrae la conciencia y la pasión, en el que resuenan. Tristán llama a Isolda, Isolda llama a Tristán, y ambos avanzan hacia el agujero negro de una conciencia de sí mismo a la que los arrastra la corriente, la muerte. Cuando los lingüistas distinguen las dos formas de redundancia, frecuencia y resonancia, a menudo sólo conceden a la segunda un estatuto derivado27. De hecho, se trata de dos semióticas, que se combinan, pero que no por ello dejan de tener principios distintos (de igual modo, todavía se podrían definir otras formas de redundancia, rítmicas o gestuales, numéricas, que remiten a los otros regímenes de signos. Lo que fundamentalmente distingue el régimen significante y el régimen subjetivo, así como sus respectivas redundancias, es el movimiento de desterritorialización que efectúan. Puesto que el signo significante ya sólo remite al signo, y el conjunto de los signos al propio significante, la semiótica correspondiente goza de un alto nivel de desterritorialización, pero aún relativo, expresado como frecuencia. En ese sistema, la línea de fuga continúa siendo negativa, afectada de un signo negativo. El régimen subjetivo ya hemos visto que procedía de

otro modo: precisamente porque el signo rompe su relación de significancia con el signo, y huye en una línea de fuga positiva, alcanza una desterritorialización absoluta, que se expresa en el agujero negro de la conciencia y de la pasión. Desterritorialización absoluta del cogito. Por eso la redundancia subjetiva parece insertarse en el significante, y derivar de él, como una redundancia de segundo grado.

Pero todavía es más complicado de lo que decimos. La subjetivación afecta a la línea de fuga de un signo positivo, lleva la desterritorialización al absoluto, la intensidad al más alto grado, la redundancia a una forma refleja, etc. Pero, sin caer en el régimen precedente, tiene su manera de renegar de la positividad que libera, o de relativizar el absoluto que alcanza. En esta redundancia de resonancia, el absoluto de la conciencia es el absoluto de la impotencia, y la intensidad de la pasión, el calor del vacío. La subjetivación constituye esencialmente procesos lineales finitos, de tal forma que uno se termina antes de que otro comience: ese es el caso de un cogito siempre recomenzado, de una pasión o una reivindicación siempre reiniciadas. Cada conciencia persigue su propia muerte, cada amor-pasión persigue su propio fin, atraídos por un agujero negro, y todos los agujeros negros resuenan juntos. De ese modo, la subjetivación impone a la línea de fuga una segmentaridad que no cesa de renegar de ella, y a la desterritorialización absoluta un punto de abolición que no cesa de obstruirla, de desviarla. La explicación es muy simple: las formas de expresión o los regímenes de signos siguen siendo estratos (incluso cuando se las considera por sí mismas, haciendo abstracción de las formas de contenido); la subjetivación es tan estrato como la significancia.

Los principales estratos que maniatan al hombre son el organismo, pero también la significancia y la interpretación, la subjetivación y la sujeción. El conjunto de todos ellos nos separa del plan de consistencia y de la máquina abstracta, justo donde ya no hay régimen de signos, pero donde la línea de fuga efectúa su propia positividad potencial, y la desterritorialización su potencia absoluta. Pues bien, a este respecto, el problema fundamental es invertir el agenciamiento más favorable: hacerlo pasar, de su cara orientada hacia los estratos, a la otra cara orientada hacia el plan de consistencia o el cuerpo sin órganos. La subjetivación lleva el deseo a tal punto de exceso y de desprendimiento que éste debe, o bien abolirse en un agujero negro, o bien cambiar de plan. Desestratificar, abrirse a una nueva función, a una función diagramática. Que la conciencia deje de ser su propio doble, y la pasión el doble de uno para el otro. Convertir la conciencia en una experimentación de vida, y la pasión en un campo de intensidades continuas, una emisión de signos-partículas. Construir el cuerpo sin órganos de la conciencia y del amor. Utilizar el amor y la conciencia para abolir la subjetivación: ―para devenir el gran amante, el magnetizador y el catalizador, hay que tener sobre todo la sabiduría de no ser más que el último de los idiotas‖ 28. Utilizar el Yo pienso para un devenir-animal, y el amor para un devenir-mujer del hombre. Desubjetivar la conciencia y la pasión. ¿No existen redundancias diagramáticas que no se confunden ni con las significantes, ni con las subjetivas? ¿Redundancias que ya no serían nudos de arborescencia, sino reanudaciones y prolongaciones en un rizoma? Ser tartamudo del lenguaje, extranjero en su propia lengua,

“ne do ne domi ne passi ne dominez pas ne dominez pas vos passions passives ne

........................................................

ne do devorants ne do ne dominez pas

vos rats vos rations vos rats rations ne ne...” 29


Es como si hubiera que distinguir tres tipos de desterritorialización: unos relativos, propios de los estratos, y que culminan con la significancia; otros absolutos, pero todavía negativos y estráticos, que aparecen en la subjetivación (Ratio y Passio); por último, la eventualidad de una desterritorialización positiva absoluta en el plan de consistencia o en el cuerpo sin órganos.

Evidentemente, no hemos logrado eliminar las formas de contenido (por ejemplo el papel del Templo, o bien la posición de una Realidad dominante, etc.). Pero, en condiciones artificiales, hemos aislado un cierto número de semióticas que presentan características muy diversas. La semiótica presignificante, en la que la

―sobrecodificación‖ que señala el privilegio del lenguaje se ejerce de una manera difusa: la enunciación es colectiva, los enunciados polívocos, las sustancias de expresión múltiples; la desterritorialización relativa está determinada por la confrontación de las territorialidades y de los linajes segmentarios que conjuran el aparato de Estado. La semiótica significante, en la que la sobrecodificación es efectuada plenamente por el significante y el aparato de Estado que lo emite; hay uniformización de la enunciación, unificación de la sustancia de expresión, control de los enunciados en un régimen de circularidad; la desterritorialización relativa es llevada aquí hasta el límite en una referencia constante y redundante del signo al signo. La semiótica contrasignificante, en la que la sobrecodificación es asegurada por el Número como forma de expresión o de enunciación, y por la Máquina de guerra de la que depende; la desterritorialización sigue una línea de destrucción o de abolición activa. La semiótica postsignificante, en la que la sobrecodificación es asegurada por la redundancia de la conciencia; se produce una subjetivación de la enunciación en una línea pasional que hace inmanente la organización de poder, y eleva la desterritorialización al absoluto, aunque de una manera todavía negativa. Ahora bien, debemos considerar dos aspectos: por un lado, estas semióticas, incluso si se hace abstracción de las formas de contenido, son concretas, pero únicamente en la medida en que son mixtas, en que constituyen combinaciones mixtas. Toda semiótica es mixta, y sólo funciona de ese modo; cada una captura forzosamente fragmentos de una o de varias (plusvalías de código). Incluso desde ese punto de vista, la semiótica significante no tiene por qué reivindicar ningún privilegio para formar una semiología general: especialmente la forma que tiene de combinarse con la semiótica pasional de subjetivación (―el significante para el su-jeto‖) no implica ninguna preferencia con relación a otras combinaciones, por ejemplo entre la semiótica pasional y la contrasignificante, o bien entre la contrasignificante y la significante (cuando los nómadas se hacen imperiales), etc. No hay semiología general.

Por ejemplo, y sin privilegiar un régimen sobre otro, se pueden hacer esquemas relativos a la semiótica significante y a la semiótica postsignificante, en los que las posibilidades de mezcla concreta aparecen de forma evidente:


1. El Centro o el significante, rostridad del dios, del déspota; 2. El Templo o el Palacio, con sacerdotes y burócratas; 3. La organización en círculos, y el signo que remite al signo, en un mismo círculo o de un círculo a otro; 4. El desarrollo interpretativo del significante en significado, para volver a proporcionar significante; 5. La víctima propiciatoria, barrera de la línea de fuga; 6. El chivo expiatorio, signo negativo de la línea de fuga.


El otro aspecto, complementario y muy diferente, consiste en lo siguiente: la posibilidad de transformar una semiótica pura o abstracta en otra, en virtud de la traducibilidad que deriva de la sobrecodificación como carácter específico del lenguaje. Ahora ya no se trata de semióticas mixtas concretas, sino de las trans-forma-



  1. El punto de subjetivación, que sustituye al centro de significancia. 2. Los dos rostros que se desvían; 3. El sujeto de enunciación, que deriva del punto de subjetivación en el desvío; 4. El sujeto de enunciado, sobre el que se aplica el sujeto de enunciación; 5. La sucesión de los procesos lineales finitos, con una nueva forma de sacerdotes y una nueva burocracia; 6. Por eso la línea de fuga, liberada pero todavía segmentarizada, sigue siendo negativa y está bloqueada.


    ciones de una semiótica abstracta en otra (incluso si esta transformación no es abstracta de por sí, es decir, tiene lugar efectivamente, sin que sea realizada por un

    ―traductor‖ puro). Llamaríase transformaciones analógicas todas aquellas que hiciesen que una semiótica cualquiera se transformase en el régimen presignificante; simbólicas, en el régimen significante; polémicas o estratégicas, en el régimen con-

    trasignificante; concienciales o miméticas, en el régimen postsignificante; diagramáticas, por último, aquellas que hiciesen que las semióticas o los regímenes de signos desapareciesen en el plan de consistencia de una desterritorialización positiva absoluta. Una transformación no se confunde con un enunciado de una semiótica pura; ni siquiera con un enunciado ambiguo, en el que hace falta todo un análisis pragmático para saber a qué semiótica pertenece; ni con un enunciado perteneciente a una semiótica mixta (aunque la transformación pueda tener un efecto de ese tipo). Un enunciado transformacional indica más bien cómo una semiótica traduce por su cuenta enunciados procedentes de otra parte, pero desviándolos, dejando en ellos residuos intransformables, y resistiendo activamente a la transformación inversa. Es más, las transformaciones no se limitan a la lista precedente. Una nueva semiótica sólo es capaz de crearse por su cuenta por una transformación. Las traducciones pueden ser creadoras. Por transformación y traducción se forman nuevos regímenes de signos puros. Tampoco aquí encontraremos una semiología general, sino más bien una transemiótica.

    En las transformaciones analógicas vemos con frecuencia cómo el sueño, la droga, la exaltación amorosa, pueden formar expresiones que traducen en presignificante los regímenes significantes o subjetivos que se les quieren imponer, pero a los que resisten imponiéndoles a su vez una segmentaridad y una polivocidad inesperadas. El cristianismo ha sufrido extrañas traducciones creadoras al difundirse entre los ―bárbaros‖ o incluso entre los ―salvajes‖. La introducción de los signos monetarios en ciertos circuitos comerciales africanos hace que esos signos sufran una transformación analógica muy difícil de manejar (a menos que sean esos circuitos los que, por el contrario, sufran una transformación destruc-tora) 30. Las canciones de los negros americanos, incluso y sobre todo las letras, tendrían un valor todavía más ejemplar, puesto que lo primero que en ellas se escucha es cómo los esclavos ―traducen‖ el significante inglés, y hacen un uso presignificante o incluso contrasignificante de la lengua, la combinan con sus propias lenguas africanas, como también combinan sus nuevos trabajos forzados con el canto de antiguos trabajos de África; luego cómo, con la cristianización y con la abolición de la esclavitud, atraviesan un proceso de ―subjetivación‖ o incluso de ―individuación‖, que transforma su música a la vez que es transformado por ella por analogía; cómo también se platean problemas específicos de ―ros-tridad‖, cuando unos blancos con la ―cara ennegrecida‖ se apropian dejas palabras y de las canciones, pero los negros, ennegreciéndose a su vez la cara con una capa suplementaria, reconquistan sus danzas y sus cantos transformándolos o tradu-ciéndolos, incluso los de los blancos31. Por supuesto, las transformaciones más visibles y groseras se producen en el otro sentido: traducciones simbólicas, cuando el significante toma el poder. Los mismos ejemplos precedentes, de signos monetarios de régimen rítmico, podrían todavía servirnos invirtiendo su sentido. El paso de una danza africana a una danza blanca manifiesta a menudo una traducción minuciosa o mimética, en la que la significancia y la subjetivación toman el poder. (―En África, la danza es impersonal, sagrada y obscena. Cuando el falo se erige y se manipula como un plátano, no se trata de una erección personal: asistimos a una erección tribal (...). En el marco de la ciudad, la danza ritual del sexo se

    baila en solitario; y este hecho encierra en sí mismo una extraordinaria significación. La ley prohíbe cualquier tipo de respuesta, cualquier participación. Del rito primitivo tan sólo quedan los sugestivos movimientos del cuerpo. Y su sugestión varía con la individualidad del observador”). 32

    No son simples transformaciones lingüísticas, léxicas o incluso sintácticas, las que determinan la importancia de una verdadera traducción semiótica. Más bien sería lo contrario. No basta con un hablar-loco. En cada caso hay forzosamente que evaluar si se está ante la adaptación de una vieja semiótica mixta, o bien ante el proceso de creación de un régimen todavía desconocido. Por ejemplo, es relativamente fácil ya no decir ―yo‖, pero eso no quiere decir que se haya superado el régimen de subjetivación; y a la inversa, se puede continuar diciendo Yo, por agradar, y estar ya en otro régimen en el que los pronombres personales ya sólo funcionan como ficciones. La significancia y la interpretación tienen la piel tan dura, forman con la subjetivación un compuesto tan pegajoso, que resulta fácil creer que se está fuera de ellas cuando aún continuamos segregándolas. A veces se denuncia la interpretación, pero ofreciendo un rostro tan significante que a la vez se la está imponiendo al sujeto que, para sobrevivir, continúa nutriéndose de ella.

    ¿Quién puede creer realmente que el psicoanálisis es capaz de cambiar una semiótica en la que se reúnen todas las trampas? Lo único que han cambiado son los papeles. En lugar de un paciente que significaba, y de un psicoanalista intérprete, ahora hay un psicoanalista significante, y el paciente es el que se encarga de todas las interpretaciones. En la experiencia antipsiquiátrica de Kingsley Hall, Mary Barnes, una antigua enfermera que se volvió ―esquizofrénica‖, adopta la nueva semiótica del Viaje, pero para apropiarse de un verdadero poder en la comunidad y reintroducir el peor régimen de interpretación psicoanalítica como delirio colectivo ( “interpretaba todo lo que se hacía por ella, o por cualquier otro...‖) 33. Difícilmente se puede acabar con una semiótica fuertemente estratificada. Incluso una semiótica presignificante, o contrasignificante, incluso un diagrama asignificante implica nudos de coincidencia siempre dispuestos a constituir centros de significancia y puntos de subjetivación virtuales. Por supuesto, cuando se trata de destruir una semiótica dominante atmosférica, no es fácil una operación traductora. Uno de los intereses profundos de los libros de Castaneda, bajo la influencia de la droga o de otras cosas, y del cambio de atmósfera, es precisamente el de mostrar cómo el indio llega a combatir los mecanismos de interpretación para instaurar en su discípulo una semiótica presignificante o incluso un diagrama asignificante:

    ¡Para! ¡Me fatigas! ¡Experimenta en lugar de significar y de interpretar! ¡Encuentra tú mismo tus lugares, tus territorialidades, tus desterritorializaciones, tu régimen, tus líneas de fuga! ¡Semiotiza tú mismo en lugar de buscar en tu infancia prefabricada y en tu semiología de occidental...!, ―Don Juan afirma que para ver necesariamente hay que detener el mundo. Detener el mundo expresa perfectamente ciertos estados de conciencia en el curso de los cuales la realidad de la vida cotidiana es modificada, y eso sucede precisamente porque la corriente de interpretaciones, de ordinario continua, es interrumpida por un conjunto de circunstancias extrañas a esa corriente‖ 34. En resumen, una verdadera transformación se-

    miótica recurre a todo tipo de variables, no sólo exteriores, sino implícitas en la lengua, internas a los enunciados.

    Así pues, la pragmática presenta ya dos componentes. A la primera podemos llamarla generativa, en la medida en que muestra cómo los diversos regímenes forman semióticas mixtas concretas, con qué variantes, cómo se combinan y bajo qué predominio. La segunda es la componente transformacional, que muestra cómo esos regímenes de signos se traducen los unos en los otros, y sobre todo crean otros nuevos. En cierto sentido, la pragmática generativa hace calcos de semióticas mixtas, mientras que la pragmática transformacional hace mapas de transformación. Aunque una semiótica mixta no implica necesariamente una creatividad actual, sino que puede contentarse con posibilidades de combinación sin verdadera transformación, es la componente transformacional la que explica tanto la originalidad de un régimen como la novedad de las combinaciones en las que entra en tal momento y en tal dominio. Además, esta segunda componente es la más profunda, y el único medio de medir los elementos de la primera35. Por ejemplo, uno se preguntará cuándo han aparecido enunciados de tipo bolchevique, y cómo el leninismo ha efectuado, a partir de la ruptura con los socialdemócratas, una verdadera transformación, creadora de una semiología original, incluso si ésta terminaría cayendo necesariamente en la semiología mixta de la organización staliniana. En un estudio ejemplar, Jean-Pierre Faye ha estudiado con todo detalle las transformaciones que dieron lugar al nacismo entendido como un sistema de nuevos enunciados en un campo social determinado. Preguntas del tipo: ¿en qué momento, pero también en qué dominio se instala un régimen de signos? —¿en todo un pueblo, en una fracción de ese pueblo, en un margen más bien localizable en el seno de un hospital psiquiátrico? —hemos visto que una semiótica de subjetivación podía localizarse en la historia antigua de los judíos, pero también en el diagnóstico psiquiátrico del siglo XIX —evidentemente, con profundas variaciones e incluso verdaderas transformaciones en la semiótica co-rrespondiente—. Todas estas cuestiones pertenecen al dominio de la pragmática. En la actualidad, está claro que las transformaciones o traducciones creadoras más profundas no se producen en Europa. La pragmática debe rechazar la idea de una invariante que podría sustraerse a las transformaciones, incluso si es la invariante de una ―pragmaticalidad‖ dominante. El lenguaje es un problema político, antes de ser un problema lingüístico; incluso la apreciación de los grados de gramaticalidad es materia política.

    ¿Qué es una semiótica, es decir, un régimen de signos o una formalización de expresión? Una semiótica es a la vez algo más y algo menos que el lenguaje. El lenguaje se define por su condición de ―sobrelinealidad‖; las lenguas se definen por constantes, elementos y relaciones de orden fonológico, sintáctico y semántico. Y sin duda, cada régimen de signos efectúa la condición del lenguaje y utiliza los elementos de la lengua, pero nada más. Ningún régimen puede identificarse con la propia condición, ni tener la propiedad de las constantes. Como bien muestra Foucault, los regímenes de signos sólo son funciones de existencia del lenguaje, que unas veces pasan por lenguas diversas, otras se distribuyen en una misma lengua, y que no se confunden ni con una estructura ni con unidades de tal o tal or-

    den, sino que las atraviesan y las hacen aparecer en el espacio y en el tiempo. En ese sentido, los regímenes de signos son agenciamientos de enunciación, y ninguna categoría lingüística es suficiente para explicarlos: lo que convierte una proposición o incluso una simple palabra en un “enunciado” remite a presupuestos implícitos, no explicitables, que movilizan variables pragmáticas específicas de la enunciación (transformaciones incorporales). Queda, pues, excluido que el agenciamiento pueda explicarse por el significante, o bien por el sujeto, puesto que estos remiten, por el contrario, a variables de enunciación en el agenciamiento. Pues la significancia, o la subjetivación, suponen un agenciamiento, no a la inversa. Los nombres que hemos dado a los regímenes de signos, ―presignificante, significante, contrasignificante, postsignificante‖, quedarían incluidos en el evolucionismo si no les correspondiesen efectivamente funciones heterogéneas o variedades de agenciamiento (la segmentarización, la significancia y la interpretación, la numeración, la subjetivación). Así pues, los regímenes de signos se definen por variables internas a la propia enunciación, pero que permanecen exteriores a las constantes de la lengua e irreductibles a las categorías lingüísticas.

    Pero, en este punto, todo se invierte, y las razones por las que un régimen de signos es menos que el lenguaje se convierten en las razones por las que también es más que el lenguaje. El agenciamiento no es agenciamiento de enunciación, no formaliza la expresión más que en una de sus caras; en la otra, inseparable de la primera, formaliza los contenidos, es agenciamiento maquínico o de cuerpos. Ahora bien, los contenidos no son ―significados‖ que de una u otra manera, dependerían del significante, ni ―objetos‖ que mantendrían una relación cualquiera de causalidad con el sujeto. En la medida en que tienen su propia formalización, no tienen ninguna relación de correspondencia simbólica o de causalidad lineal con la forma de expresión: las dos formas están en presuposición recíproca, y sólo muy relativamente se puede hacer abstracción de una de ellas, puesto que son las dos caras de un mismo agenciamiento. En el agenciamiento, también hay que llegar a algo que es aún más profundo que esas caras, y que da cuenta a la vez de las dos formas en presuposición, formas de expresión o regímenes de signos (sistemas semióticos), formas de contenido o regímenes de cuerpos (sistemas físicos). Es lo que nosotros llamamos máquina abstracta, que constituye y conjuga todos los máximos de desterritorialización del agenciamiento 36. Y de esa máquina abstracta es de la que hay que decir: es necesariamente ―mucho más‖ que el lenguaje. Cuando los lingüistas (siguiendo a Chomsky) llegan a la idea de una máquina abstracta puramente lingüística, de antemano se plantea la objeción de que esa máquina dista mucho de ser demasiado abstracta, todavía no lo es suficientemente, puesto que continúa limitada a la forma de expresión, y a pretendidos universales que suponen el lenguaje. Como consecuencia, hacer abstracción del contenido es una operación tanto más relativa e insuficiente, desde el punto de vista de la propia abstracción. Una verdadera máquina abstracta no tiene ninguna posibilidad de distinguir por sí misma un plano de expresión y un plano de contenido, puesto que traza un solo y mismo plan de consistencia que formalizará los contenidos y las expresiones según los estratos o las reterritorializaciones. Pero, desestratificada, desterritorializada por sí misma, la máquina abstracta no tiene

    forma en sí misma (ni tampoco substancia), y no distingue en sí misma contenido y expresión, aunque fuera de ella controla esa distinción y la distribuye en los estratos, en los dominios y territorios. En sí misma, una máquina abstracta no es más física o corporal que semiótica, es diagramática (ignora tanto más la distinción entre lo natural y lo artificial). Actúa por materia, y no por sustancia; por función, y no por forma. Las sustancias, las formas, son de expresión ―o‖ de contenido. Pero las funciones no están ya formadas ―semióticamente‖, y las materias no están todavía ―físicamente‖ formadas. La máquina abstracta es la pura Función-Materia

    —el diagrama, independientemente de las formas y de las sustancias, de las expresiones y de los contenidos que va a distribuir.

    Nosotros definimos la máquina abstracta por el aspecto, el momento en el que ya no hay más que funciones y materias. En efecto, un diagrama no tiene sustancia ni forma, ni contenido ni expresión37. Mientras que la sustancia es una materia formada, la materia es una sustancia no formada, física o semióticamente. Mientras que la expresión y el contenido tienen formas distintas y se distinguen realmente, la función no tiene más que ―rasgos‖, de contenido y de expresión, cuya conexión garantiza: ya ni siquiera puede decirse si es una partícula o si es un signo. Es un contenido-materia que ya sólo presenta grados de intensidad, de resistencia, de conductibilidad, de calentamiento, de estiramiento, de velocidad o de retraso; una expresión-función que ya sólo presenta ―tensores‖, como en una escritura matemática, o bien musical. En ese caso, la escritura funciona directamente en lo real, de la misma forma que lo real escribe materialmente. Así pues, el diagrama retiene, para conjugarlos, el contenido más desterritorializado y la presión más desterritorializada. Y el máximo de desterritorialización procede unas veces de un rasgo de contenido, otras de un rasgo de expresión, que será denominado ―des-territorializante‖ con relación al otro, pero precisamente porque lo diagramatiza, arrastrándolo consigo, elevándolo a su propia potencia. El más desterritorializado hace franquear al otro un umbral que hace posible una conjunción de su desterritorialización respectiva, una común precipitación. Es la desterritorialización absoluta, positiva, de la máquina abstracta. En ese sentido, los diagramas deben distinguirse de los índices, que son signos territoriales, pero también de los iconos, que son signos de desterritorialización, y de los símbolos, que son signos de desterritorialización relativa o negativa 38. Definida por su diagramatismo, una máquina abstracta no es una infraestructura en última instancia, ni tampoco una Idea transcendente en suprema instancia. Más bien tiene un papel piloto. Pues una máquina abstracta o diagramática no funciona para representar, ni siquiera algo real, sino que construye un real futuro, un nuevo tipo de realidad. No está, pues, fuera de la historia, más bien siempre está ―antes‖ de la historia, en todos los momentos en que la historia constituye puntos de creación o de potencialidad. Todo huye, todo crea, pero nunca completamente solo, sino, al contrario, con una máquina abstracta que efectúa los continuums de intensidad, las conjunciones de desterritorialización, las extracciones de expresión y de contenido. Es un Abstracto-Real, que se opone tanto más a la abstracción ficticia de una máquina de expresión supuestamente pura. Es un Absoluto, pero que no es ni indiferenciado ni transcendente. Las máquinas abstractas también tienen nombres propios (e in-

    cluso fechas), que sin duda ya no designan personas o sujetos, sino materias y funciones. El nombre de un músico, de un científico, se emplean como el nombre de un pintor que designa un color, un matiz, una tonalidad, una intensidad: siempre se trata de una conjunción de Materia y de Función. La doble desterritorialización de la voz y del instrumento estará señalada por una máquina abstracta-Wagner, por una máquina abstracta-Webern, etc. En física y matemáticas, se hablará de una máquina abstracta Riemann, en álgebra, de una máquina abstracta-Galois (definida precisamente por la línea arbitraria, denominada de adjunción, que se conjuga con un cuerpo de base), etc. Hay diagrama siempre que una máquina abstracta singular funciona directamente en una materia.

    Así pues, al nivel diagramático, o en el plan de consistencia, ni siquiera hay regímenes de signos propiamente dichos, puesto que ya no hay una forma de expresión que se distinguiría realmente de una forma de contenido. El diagrama sólo conoce rasgos, máximos, que todavía son de contenido en la medida en que son materiales, o de expresión en la medida en que son funcionales, pero que se arrastran unos a otros, se alternan y se confunden en una común desterritorialización: signos-partículas, particlos. Y no es extraño, pues la distinción real de una forma de expresión y de una forma de contenido sólo se hace con los estratos, y de forma diversa para cada uno. Ahí es donde aparece una doble articulación que va a formalizar los rasgos de expresión por su cuenta, y los rasgos de contenido por la suya, y que va a hacer con las materias sustancias formadas física o semióticamente, y con las funciones formas de expresión o de contenido. La expresión constituye así índices, iconos o símbolos que pasan a formar parte de los regímenes o de las semióticas. El contenido constituye así cuerpos, cosas y objetos, que pasan a formar parte de los sistemas físicos de los organismos y de las organizaciones. El movimiento más profundo que conjugaba materia y función —la desterritorialización absoluta, como idéntica a la tierra— ya sólo aparece bajo la forma de las territorialidades respectivas, de las desterritorializaciones relativas o negativas, y de las reterritorializaciones complementarias. Y sin duda todo culmina con un estrato lingüístico, que instala una máquina abstracta al nivel de la expresión, y que hace tanto más abstracción del contenido cuanto que tiende incluso a privarlo de una forma propia (imperialismo del lenguaje, pretensión de una semiología general). En resumen, los estratos sustancializan las materias diagramáticas, separan un plano formado de contenido y un plano formado de expresión. Toman las expresiones y los contenidos, cada uno sustancializado y formalizado por su lado, en pinzas de doble articulación que aseguran su independencia o su distinción real, y hacen que reine un dualismo que no cesa de reproducirse o redividirse. Rompen los continuums de intensidad, introduciendo cortes de un estrato a otro, y en el interior de cada estrato. Impiden las conjunciones de línea de fuga, destruyen los máximos de desterritorialización, ya sea efectuando las desterritorializaciones que van a relativizar completamente esos movimientos, ya sea afectando tal o tal de esas líneas de un valor únicamente negativo, ya sea segmentarizándola, blo-queándola, obstruyéndola, precipitándola en una especie de agujero negro.

    Pero sobre todo no hay que confundir el diagramatismo con una operación de tipo axiomático. La axiomática, lejos de trazar líneas de fuga creadoras y de con-

    jugar rasgos de desterritorialización positiva, bloquea todas las líneas, las somete a un sistema puntual, y frena las escrituras algebraicas y geométricas que escapaban por todas partes. Ocurre como con la cuestión del indeterminismo en física: a fin de reconciliarle con el determinismo físico, se ha hecho una ―reordenación‖. Escrituras matemáticas se hacen axiomatizar, es decir, reestratificar, resemiotizar; flujos materiales se hacen refisicalizar. Y es tanto un problema político como científico: la ciencia no debe volverse loca... Hilbert y de Broglie fueron hombres de ciencia, pero también fueron políticos: pusieron orden. Pero una axiomatización, una semiotización, una fisicalización no son un diagrama, incluso es justo lo contrario. Programa de estrato frente a diagrama del plan de consistencia. Lo que no impide que el diagrama emprenda de nuevo su camino de fuga, y disperse nuevas máquinas abstractas singulares (frente a la axiomatización se produce la invención material de las partículas raras). Pues la ciencia en tanto que tal es como cualquier otra cosa, en ella hay tanta locura específica como ordenaciones y reordenaciones, y el propio científico puede participar de los dos aspectos, con su locura específica, su policía específica, sus significancias, sus subjetivaciones, pero también con sus máquinas abstractas —en tanto que científico—. ―Política de la ciencia‖ designa perfectamente esas corrientes internas a la ciencia, y no sólo las circunstancias externas y factores de Estado que actúan sobre ella y hacen que aquí construya bombas atómicas, allá programas transespaciales, etc. Esas influencias o determinaciones políticas externas no tendrían ninguna importancia si la misma ciencia no tuviera sus propios polos, sus oscilaciones, sus estratos y sus desestrati-ficaciones, sus líneas de fuga y sus reordenaciones, en resumen, los acontecimientos, al menos potenciales, de su propia política, toda su ―polémica‖, su máquina de guerra interna (de la que históricamente forman parte los sabios marginados, perseguidos o inhabilitados). No basta con decir que la axiomática no tiene en cuenta la invención y la creación: en ella hay una voluntad deliberada de detener, de fijar, de sustituir al diagrama, instalándose a un nivel de abstracción fijado, ya demasiado grande para lo concreto, demasiado pequeño para lo real; ya veremos en qué sentido ese es un nivel ―capitalista‖.

    No obstante, no podemos contentarnos con un dualismo entre, por un lado, el plan de consistencia, sus diagramas o sus máquinas abstractas, y, por otro, los estratos, sus programas y sus agenciamientos concretos. Las máquinas abstractas no existen simplemente en el plan de consistencia en el que desarrollan diagramas, ya están presentes, englobadas o ―encastradas‖ en los estratos en general, o incluso instaladas en los estratos particulares en los que organizan a la vez una forma de expresión y una forma de contenido. Y lo que resulta ilusorio en este último caso es la idea de una máquina abstracta exclusivamente lingüística o expresiva, pero no la idea de una máquina abstracta interna al estrato, y que debe explicar la relatividad de las dos formas distintas. Hay, pues, como un doble movimiento: uno por el que las máquinas abstractas actúan sobre los estratos, y hacen que constantemente algo se escape de ellos, otro por el que son efectivamente estratificadas, capturadas por los estratos. Por un lado, los estratos nunca se organizarían si no captasen materias o funciones de diagrama, que ellos formalizan desde el doble punto de vista de la expresión y del contenido; como consecuencia, los regímenes

    de signos, incluso la significancia, la subjetivación, continúan siendo efectos dia-gramáticos (pero relativizados o negativizados). Por otro lado, las máquinas abstractas nunca estarían presentes, incluso ya en los estratos, si no tuvieran el poder o la potencialidad de extraer y de acelerar signos-partículas desestratificados (paso al absoluto). La consistencia no es totalizante, ni estructurante, sino desterritorializante (un estrato biológico, por ejemplo, no evoluciona por elementos estadísticos, sino por máximos de desterritorialización). La seguridad, la tranquilidad, el equilibrio homeostático de los estratos nunca están, pues, completamente garantizados: basta con prolongar las líneas de fuga que actúan sobre los estratos, con completar los punteados, con conjugar los procesos de desterritorialización, para volver a encontrar un plan de consistencia que se inserta en los sistemas de estratificación más diversos, y que salta de uno a otro. En ese sentido, ya hemos visto cómo la significancia y la interpretación, la conciencia y la pasión podían prolongarse, pero al mismo tiempo abrirse a una experiencia propiamente diagramática. Y todos esos estados o esos modos de la máquina abstracta coexisten precisamente en lo que llamaremos agenciamiento maquínico. En efecto, el agenciamiento tiene como dos polos o vectores, uno orientado hacia los estratos, en los que distribuye las territorialidades, las desterritorializaciones relativas y las reterritorializaciones, otro orientado hacia el plan de consistencia o de estratificación, en el que conjuga los procesos de desterritorialización y los conduce al absoluto de la tierra. En su vector estrático distingue una forma de expresión en la que aparece como agenciamiento colectivo de enunciación, y una forma de contenido en la que aparece como agenciamiento maquínico de cuerpo; y ajusta una forma a la otra, una aparición a la otra, en presuposición recíproca. Pero, en su vector desestratificado, diagramático, ya no tiene dos caras, sólo retiene rasgos de contenido, pero también de expresión, de los que extrae grados de desterritorialización que se añaden los unos a los otros, máximos que se conjugan unos con los otros.

    Un régimen de signos no sólo tiene dos componentes. De hecho, tiene cuatro, que constituyen el objeto de la Pragmática. La primera era la componente generativa, que muestra cómo la forma de expresión, en un estrato lingüístico, siempre recurre a varios regímenes combinados, es decir, cómo todo régimen de signos o toda semiótica es concretamente mixta. Al nivel de esta componente, se puede hacer abstracción de las formas de contenido, pero tanto mejor cuanto que se pone el acento en las mezclas de regímenes en la forma de expresión: lo que no significa que exista predominio de un régimen que constituiría una semiología general y unificaría la forma. La segunda componente, transformacional, mostraba cómo un régimen abstracto puede traducirse en otro, transformarse en otro, y, sobre todo, crearse a partir de otros. Esta segunda componente es evidentemente más profunda, puesto que no hay ningún régimen mixto que no suponga tales transformaciones de un régimen en otro, ya sean pasadas, actuales o potenciales (en función de la creación de nuevos regímenes). Una vez más, se hace, o se puede hacer, abstracción del contenido, puesto que uno se limita a las metamorfosis internas a la forma de expresión, incluso si ésta es insuficiente para explicarlas. La tercera componente es diagramática: consiste en tomar los regímenes de signos o las formas de expresión para extraer de ellos signos-partículas que ya no están for-

    malizados, sino que constituyen rasgos no formados, que pueden combinarse los unos con los otros. Este es el nivel de mayor abstracción, pero también el momento en el que la abstracción deviene real; en efecto, a ese nivel, todo pasa por máquinas abstractas reales (nombradas y fechadas). Y si se puede hacer abstracción de las formas de contenido es porque al mismo tiempo se debe hacer abstracción de las formas de expresión, puesto que sólo se retienen rasgos no formados de unos y de otros. De ahí lo absurdo de una máquina abstracta puramente lingüística. Esta componente diagramática es a su vez evidentemente más profunda que la componente transformacional: en efecto, las transformaciones-crea-ciones de un régimen de signos siempre pasan por la emergencia de máquinas abstractas siempre nuevas. Finalmente, una última componente específicamente maquínica debe supuestamente mostrar cómo las máquinas abstractas se efectúan en agenciamientos concretos, que proporcionan precisamente una forma distinta a los rasgos de expresión, pero no sin proporcionar también una forma distinta a los rasgos de contenido —estando las dos formas en presuposición recíproca, o manteniendo una relación necesaria no formada, que impide una vez más a la forma de expresión considerarse suficiente (aunque tenga su independencia o su distinción propiamente formal).

    La pragmática (o esquizoanálisis) puede, pues, representarse por las cuatro componentes circulares, pero que brotan y hacen rizoma:



    1. Componente generativa: estudio de las semióticas mixtas concretas, de sus mezclas y de sus variaciones.

    2. Componente transformacional: estudio de las semióticas puras, de sus traducciones-trasforma-ciones y de la creación de nuevas semióticas.

    3. Componente diagramática: estudio de las máquinas abstractas, desde el punto de vista de las materias semióticamente no formadas en relación con materias físicamente no formadas.

    4. Componente maquínica: estudio de los agenciamientos que efectúan las máquinas abstractas, y que semiotizan las materias de expresión, a la vez que fisicalizan las materias de contenido.


El conjunto de la pragmática consistiría en lo siguiente: hacer el calco de las semióticas mixtas en la componente generativa; hacer el mapa transformacional de los regímenes, con sus posibilidades de traducción y de creación, de brote en los calcos; hacer el diagrama de las máquinas abstractas utilizadas en cada caso, como potencialidades o como apariciones efectivas; hacer el programa de los agenciamientos que distribuyen el conjunto y hacen circular el movimiento, con sus alternativas, sus saltos y mutaciones.

Consideremos, por ejemplo, una ―proposición‖ cualquiera, es decir, un conjunto verbal definido sintáctica, semántica y lógicamente, como expresión de un individuo o de un grupo: ―te amo‖, o bien, ―estoy celoso‖... Lo primero que habría que preguntar es a qué ―enunciado‖ corresponde esta proposición en el grupo o el individuo (pues una misma proposición puede remitir a enunciados completamente diferentes). Pregunta que significa: ¿en qué régimen de signos está incluida esa proposición, sin el cual los elementos sintácticos, semánticos y lógicos con-tinuarían siendo condiciones universales perfectamente vacías? ¿Cuál es el elemento no lingüístico, la variable de enunciación que le da una consistencia? Hay un ―te amo‖ presignificante, de tipo colectivo en el que, como decía Killer, una danza abarca a todas las mujeres de la tribu; un ―te amo‖ contrasignificante, de tipo distributivo y polémico, considerado en la guerra, en la relación de fuerzas, como el de Pentesilea a Aquiles; un ―te amo‖ que se dirige a un centro de significancia, y hace corresponder por interpretación toda una serie de significados a la cadena significante; un ―te amo‖ pasional o postsignificante, que forma un proceso a partir de un punto de subjetivación, luego otro proceso..., etc. De igual modo, la proposición ―estoy celoso‖ no es evidentemente el mismo enunciado según que se considere en el régimen pasional de la subjetivación o en el régimen paranoico de la significancia: dos delirios muy distintos. En segundo lugar, una vez determinado el enunciado al que corresponde la proposición en tal grupo o tal individuo, en tal momento, habría que buscar no sólo las posibilidades de combinación, sino también de traducción o de transformación en otro régimen, en enunciados que pertenecen a otros regímenes, lo que pasa o lo que no pasa, lo que permanece irreductible o lo que circula en una transformación de ese tipo. En tercer lugar, se podría tratar de crear nuevos enunciados aún desconocidos para esa proposición, incluso si eran patois de voluptuosidad, de físicas y de semióticas fragmentarias, de afectos asubjetivos, de signos sin significancia, en los que se desmoronaría la sintaxis, la semántica y la lógica. Esa búsqueda debería concebirse de lo peor a lo mejor, puesto que abarcaría tanto regímenes rebuscados, metafó-ricos y embrutecedores, como gritos-expiraciones, improvisaciones febriles, devenires-animales, devenires moleculares, transexualidades reales, continuums de intensidades, constituciones de cuerpos sin órganos..., y esos dos polos serían inseparables, estarían en constantes relaciones de transformación, de conversión, de salto, de caída y de recuperación. Esta última búsqueda utilizaría por un lado las máquinas abstractas, los diagramas y funciones diagramáticas, y por otro y al mismo tiempo los agenciamientos maquínicos, sus distinciones formales de expresión y de contenido, sus investissements de palabras y sus investissements de órganos bajo una presuposición recíproca. Por ejemplo, el ―te amo‖ del amor cortés:

¿cuál es su diagrama, de qué forma surge la máquina abstracta, y cuál es el nuevo agenciamiento? Tanto en la desestratificación como en la organización de los estratos... En resumen, ninguna proposición sintáctica, semántica, o lógicamente definible, transcendería y dominaría los enunciados. Cualquier método de trans-cendentalización del lenguaje, cualquier método para dotar al lenguaje de universales, desde la lógica de Russell hasta la gramática de Chomsky, cae en la peor de las abstracciones, en el sentido de que ratifica un nivel que ya es a la vez de-

masiado abstracto y aún no suficientemente. En verdad, los enunciados no remiten a las proposiciones, sino a la inversa. Los regímenes de signos no remiten al lenguaje, y el lenguaje no constituye de por sí una máquina abstracta, estructural o generativa. Es justo lo contrario. El lenguaje remite a los regímenes de signos, y los regímenes de signos a máquinas abstractas, a funciones diagramáticas y a agenciamientos maquínicos que van más allá de toda semiología, de toda lingüística y de toda lógica. No hay una lógica proposicional universal, ni una gramaticalidad en sí, ni tampoco un significante en sí mismo. ―Tras‖ los enunciados y las semioti-zaciones sólo hay máquinas, agenciamientos, movimientos de desterritorialización que atraviesan la estratificación de los diferentes sistemas, y que escapan tanto a las coordenadas de lenguaje como a las de existencia. Por eso la pragmática no es el complemento de una lógica, de una sintáctica o de una semántica, sino, por el contrario, el elemento de base del que depende todo el resto.

NO TAS


  1. LÉVI-STRAUSS, ―Introduction à l’ouvre de Marcel Mauss‖, Sociologie et anthropologie, P. U. F., págs. 48-49 (Lévi-Strauss distinguirá en la continuación del texto otro aspecto del significado). Sobre este primer valor de un continuum atmosférico, cf. las descripciones psiquiátricas de Bins-wanger y de Arieti.

  2. Cf. LÉVI-STRAUSS, La pensée sauvage, Plon, págs. 278 s. (trad. cast., ed. F. C. E.) (análisis de los dos casos).

  3. LÉVI-STRAUSS, prefacio a Soleil Hopi, Plon, pág. VI.

  4. Por ejemplo, en el mito bantú, el primer fundador del Estado muestra su rostro, come y bebe en público, mientras que el cazador, y más tarde el guerrero, inventan el arte del secreto, se ocultan y comen detrás de una pantalla: cf. Luc de Heusch, Le roi ivre ou l‟orgine de l‟Etat, Gallimard págs. 20-25. Heusch ve en el segundo momento la prueba de una civilización más ―refinada‖; a nosotros nos parece que se trata más bien de otra semiótica, de guerra y ya no de trabajos públicos.

  5. FOUCAULT, Surveiller et punir, pág. 33 (trad. cast., ed. Siglo XXI).

  6. Cf. GREIMAS, ―Pratiques et langages gestuels‖, Langages n.º 10, junio 1968; pero Greimas relaciona esta semiótica con categorías como ―sujeto de enunciado‖, ―sujeto de enunciación‖, que a nosotros nos parece que pertenecen a otros regímenes de signos.

  7. Sobre la antropofagia como manera de conjurar la acción de las almas o de los nombres muertos; y sobre su función semiótica de ―calendarios‖, cf. PIERRE CLASTRES, Chronique des Indiens Guayaki, Plon, págs. 332-340 (trad. cast., ed. Alta-Fuya, colec. Altàir).

  8. Las expresiones precedentes relativas al número están sacadas de Julia Kristeva, aunque ella las utilice para el análisis de textos literarios en la hipótesis del ―significante‖ Semiotikè, ed. du Seuil, págs. 294 s. 317 (trad. cast., ed. Fundamentos).

  9. Cf. SERIEUX et CAPGRAS, Les folies raisonnantes. Alcan 1909; CLÉRAMBAULT, Oeuvre psychiatrique, rééd. P.U.F.; pero Capgras cree en una semiótica esencialmente mixta o polimorfa, mientras que Clérambault extrae abstractamente dos semióticas puras, incluso si reconoce su mezcla de hecho.— Sobre los orígenes de esta distinción de dos grupos de delirios, se consultará principalmente a ESQUIROL, Des maladies mentales, 1838 (¿en qué medida la ―monomanía‖ se puede separar de la manía?; y KRAEPELIN, Lehrbuch der Psychiatrie (¿hasta qué punto se puede separar la ―litigancia‖ de la paranoia?). El problema del segundo grupo de delirios, o delirios pasionales, ha sido recogido y expuesto históricamente por LACAN, De la psychose paranoiaque, ed. du Seuil, y por LAGACHE, La jalousie amou-reuse, P.U.F.

  10. Cf. Sérieux y Capgras, pág. 340 s. Y Clérambault, pág. 360 s.: los delirantes pasionales pasan de-sapercibidos, incluso en el manicomio, porque son tranquilos y astutos, ―sufren un delirio bastante limitado porque saben como los juzgamos‖; eso no significa que no sea necesario mantenerlos encerrados; ―a estos enfermos no hay que llevarles la contraria, sino manejarlos, y para manejarlos sólo hay un medio, emocionarlos‖.

  11. Esquirol sugiere que la monomanía es una ―enfermedad de la civilización‖, y sigue una evolución social: comienza siendo religiosa, pero tiende cada vez más a devenir política, obsesionada por la policía (Des maladies mentales, 1.I. pág. 400). Cf. también las observaciones de EMMANUEL REGÍS, Les régicides dans l‟histoire et dans le present, 1890

  12. Deutéronome, I, 12. Dhorme, en La Pléiade, precisa: “Vuestra reivindicación, literalmente vuestro proceso”.

  13. D.H. LAWRENCE, L‟Apocalypse, Balland, c. X.

  14. Cf. DHORME, La religion des Hébreux nomades, Bruxelles. Y MAYANI, Les Hyksos et le monde de la Bible, Payot. El autor insiste en las relaciones de los hebreos con los habiru, nómadas guerreros, y con los cananeos, herreros nómadas; lo propio de Moisés no es el principio de organización numérica, procedente de los nómadas, sino la idea de una convención-proceso, de un contrato-proceso siempre revocable. Esa idea, precisa Mayani, no procede ni de los agricultores arraigados, ni de nómadas guerreros, ni siquiera de migrantes, sino de una tribu en marcha que se piensa en términos de destino subjetivo.

  15. Cf. KAFKA, Le Procès (trad. cast., Alianza Editorial). El pintor Tintorelli elabora la teoría de la moratoria ilimitada. Pero, aparte de la absolución definitiva, que no existe, Tintorelli distingue la ―abso-lución aparente‖ y la ―moratoria ilimitada‖ como dos regímenes jurídicos: el primero es circular, y remite a una semiótica del significante, mientras que el segundo es lineal y segmentario, remite a la semiótica pasional.

  16. Jerôme Lindon ha sido el primero que ha analizado esa relación entre el profetismo judío y la traición, en el caso ejemplar de Jonás. Jonas, ed. du Minuit.

  17. HÖLDERLIN, Remarques sur OEdipe, 10-18 (trad. cast. ed. Labor, colecc. Maldoror) (las restricciones que ya hacía Hölderlin al carácter griego de ese tipo de muerte ―lenta y difícil‖; y el bellísimo comentario de Jean Beaufret sobre la naturaleza de esa muerte y sus relaciones con la traición: ―Al alejamiento categórico del dios, que ya sólo es Tiempo, el hombre debe corresponder alejándose a su vez como un traidor‖).

  18. NIETZSCHE, La naissance de la tragédie, cf. 9, (trad. cast., ed. Espasa Calpe, colecc. Austral).

  19. Sobre la naturaleza de la ―biblioteca‖ épica (el carácter imperial, el papel de los sacerdotes, la circulación entre santuarios y ciudades), cf. CHARLES AUTRAN, Homère et les origines sacerdotales de l‟épopée grecque, Denöel.

  20. Cf. las técnicas de interpretación del libro en la Edad Media; y la tentativa extrema de Joachim de Flore, que induce desde dentro un tercer estado o proceso a partir de las concordancias entre los dos Testamentos (L‟Evangile éternel, Rieder).

  21. Por ejemplo, Deutéronome XIX, 1: “Ellos partieron de Rephidim y llegaron al desierto del Sinaí, ellos

    acamparon en el desierto y allí Israel acampó delante de la montaña‖.

  22. HENRY MILLER, Sexus, Buchet-Chastel, pág. 334 (trad. cast., ed. Bruguera).

  23. ALTHUSSER, ―Idéologie et appareils idéologiques d’Etat‖, La Pensée junio 1970, págs. 29-35, (trad. cast., Escritos, ed. Laia).

  24. BENVENISTE, Problèmes de linguistique générale, Gallimard, págs. 252 s. (trad. cast., ed. Siglo XXI), Benveniste habla de un ―proceso‖.

  25. Uno de los aspectos de la genialidad de Strindberg consistió precisamente en elevar la pareja, y la escena conyugal, a un nivel semiótico intenso, y en convertirla en un factor de creación en el régimen de los signos. Ese no fue el caso de Jouhandeau. Klossowski, por el contrario, ha sabido inventar nuevas fuentes y conflictos para un cogito pasional a dúo, desde el punto de vista de una teoría general de los signos (Les lois de l‟hospitalité, Gallimard).

  26. Cf. también Le Double de Dostoievski, (trad. cast., Alianza Editorial).

  27. Sobre esas dos formas de redundancia, cf. el artículo ―Redondance‖, en MARTINET, La linguistique, guide alphabétique, Denöel págs. 331-333 (trad. cast., ed. Anagrama).

  28. HENRY MILLER, Sexus, pág. 307. El tema del idiota es muy variado. Atraviesa explícitamente el cogito según Descartes y el sentimiento según Rousseau. Pero la literatura rusa lo lleva hacia otros caminos, más allá de la conciencia o de la pasión.

  29. GHERASIM LUCA, Le chat de la carpe, págs. 87-94.

  30. Por ejemplo, cuando los blancos introducen la moneda entre los siane de Nueva Guinea, éstos comienzan por traducir los billetes y las piezas en dos categorías de bienes no convertibles. Cf. MAURICE GODELIER, ―Economie politique et anthropologie économique‖, L‟Homme, septiembre 1964, pág. 123

  31. Sobre esas traducciones-transformaciones, cf. LeRoi Jones, Le peuple du blues, ch. III-VII.

  32. Henry Miller, SEXUS, PÁG. 634.

  33. MARY BARNES y JOSEPH BERKE, Mary Barnes, un voyage à travers la folie, ed. du Seuil, pág. 269 (trad. cast., ed. Martínez-Roca). El fracaso de la experiencia antipsiquiátrica de Kingsley Hall parece que fue debida a esos factores internos tanto como a las circunstancias externas.

  34. CASTANEDA, Le voyage à Ixtlan, Gallimard, pág. 12 (trad. cast., ed. F.C.E.).

  35. ―Generativo‖ y ―transformacional‖ son términos de Chomsky, para quien precisamente lo transformacional es el medio mejor y más profundo para realizar lo generativo, nosotros empleamos esos términos en otro sentido.

  36. MICHEL FOUCAULT ha desarrollado una teoría de los enunciados siguiendo niveles sucesivos que coinciden con el conjunto de estos problemas. 1.°) En L‟archéologie du savoir (trad. cast., ed. Siglo XXI), Foucault distingue dos tipos de ―multiplicidades‖, de contenido y de expresión, que no se dejan reducir a relaciones de correspondencia o de causalidad, sino que están en presuposición recíproca, 2.°) En Surveiller et punir (trad. cast. ed. Siglo XXI), Foucault busca una instancia capaz de explicar dos formas heterogéneas imbricadas una en otra, y la encuentra en agenciamientos de poder o micropoderes; 3.°) Al mismo tiempo, la serie de esos agenciamientos colectivos (escuela, ejército, fábrica, hospital, cárcel, etc.) sólo son grados o singularidades en un ―diagrama‖ abstracto, que implica únicamente de por sí materia y función (cualquier multiplicidad humana a controlar); 4.°) L‟Histoire de la sexualite (trad. cast., ed. Siglo XXI), toma todavía otra dirección, puesto que los agenciamientos ya no son relacionados y confrontados con un diagrama, sino con una ―biopolítica de la población‖ como máquina abstracta. —Nosotros sólo estamos en desacuerdo con Foucault en los

    puntos siguientes; 1.°) no nos parece que los agenciamientos sean sobre todo de poder, sino de deseo, deseo que siempre está agenciado, y el poder sólo es una dimensión estratificada del agenciamiento; 2.°) el diagrama o la máquina abstracta tienen líneas de fuga que son primeras, y que no son, en un agenciamiento, fenómenos de resistencia o de respuesta, sino máximos de creación y de desterritorialización.

  37. HJELMSLEV ha propuesto una concepción muy importante de la ―materia‖ o ―sentido‖ como no-formado, amorfo o informe: Prolégomènes à une théorie du langage, S 13 (trad. cast. ed. Gredos); Essais linguistiques, ed. de Minuit, págs. 58 s. y el prefacio de François Rastier, pág. 9 (trad. cast., ed. Gredos).

  38. La distinción entre índices, iconos y símbolos viene de PEIRCE, cf. Escrits sur le signe, ed. du Seuil. Pero Peirce los distingue por las relaciones entre significante y significado (contigüidad para el índice, similitud para el icono, regla convencional para el símbolo); y por esa misma razón convierte al

―diagrama‖ es un caso especial de icono (icono de relación). Peirce es realmente el inventor de la semiótica. Nosotros podemos utilizar algunos de sus términos, pero cambiando la acepción. Por un lado, índices, iconos y símbolos creemos que se distinguen por relaciones territorialidad-desterrito-rialización, y no por relaciones significante-significado. Por otro, creemos que el diagrama tiene, como consecuencia, un papel distinto, irreductible al icono y al símbolo. Sobre las distinciones fundamentales de Peirce y el estatuto complejo del diagrama, véase los análisis de Jakobson, ―A la recherche de l’essence du langage‖, en Problèmes du langage, Gallirmad, colec. Diogène (trad. cast., ed. Ayuso.).

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28 NOVIEMBRE 1947

¿CÓMO HACERSE UN CUERPO SIN ÓRGANOS?



El huevo dogón y la distribución de intensidades


De todas maneras tenéis uno (o varios), no tanto porque preexista o venga dado hecho —aunque en cierto sentido preexiste—, sino porque de todas maneras hacéis uno, no podéis desear sin hacer uno —os espera, es un ejercicio, una experimentación inevitable, ya hecha en el momento en que la emprendéis, no hecha en tanto que no la emprendáis. No es tranquilizador, puesto que podéis fallarlo. O bien puede ser terrorífico, conduciros a la muerte. Es no-deseo tanto como deseo. De ningún modo es una noción, un concepto, más bien es una práctica, un conjunto de prácticas. El Cuerpo sin Organos no hay quien lo consiga,

no se puede conseguir, nunca se acaba de acceder a él, es un límite. Se dice: ¿qué es el CsO? —pero ya se está en él, arrastrándose como un gusano, tanteando como un ciego o corriendo como un loco, viajero del desierto y nómada de la estepa. En él dormimos, velamos, combatimos, vencemos y somos vencidos, buscamos nuestro sitio, conocemos nuestras dichas más inauditas y nuestras más fabulosas caídas, penetramos y somos penetrados, amamos. El 28 de Noviembre de 1.947, Artaud declara la guerra a los órganos: Para acabar con el juicio de Dios, ―Pues atadme si queréis, pero yo os digo que no hay nada más inútil que un órgano‖. Y es una experimentación no sólo radiofónica, sino biológica, política, que provoca la censura y la represión. Corpus y Socius, política y experimentación. Os impedirán experimentar en vuestro rincón.

El CsO: ya está en marcha desde el momento en que el cuerpo está harto de los órganos y quiere deshacerse de ellos, o bien los pierde. Interminable procesión:

del cuerpo hipocondríaco, cuyos órganos están destruidos, la destrucción ya está consumada, ya nada pasa, ―la Srta. X afirma que ya no tiene ni cerebro ni nervios ni pecho ni estómago ni tripas, ya no le queda más que la piel y los huesos del cuerpo desorganizado‖, esas son sus propias expresiones; — del cuerpo paranoico, cuyos órganos no cesan de ser atacados por influjos, pero también reconstituidos por energías exteriores (―durante mucho tiempo ha vivido sin estómago, sin intestinos, casi sin pulmones, con el esófago desgarrado, sin vejiga, con las costillas hechas polvo, incluso a veces había llegado a comer parte de su propia laringe,... y así sucesivamente, pero los milagros divinos siempre habían regenerado lo que había sido destruido...‖); —del cuerpo esquizofrénico, accediendo a una lucha interior activa que libra contra los órganos y cuyo precio es la catatonia, y luego del cuerpo drogado, esquizo-experimental: ―el organismo humano es escandalosamente ineficaz; en lugar de una boca y de un ano, que corren el riesgo de estropearse, ¿por qué no podría haber un sólo orificio polivalente para la alimentación y la defeca-ción? Se podría obturar la boca y la nariz, rellenar el estómago y abrir directamente en los pulmones un agujero de ventilación, así tenía que haber sido desde un principio1‖; —del cuerpo masoquista, que se comprende mal a partir del dolor, porque fundamentalmente es un asunto de CsO; el masoquista se hace coser por su sádico o su puta, coser los ojos, el ano, el ureter, los pechos, la nariz; se hace inmovilizar para detener el ejercicio de los órganos, despellejar como si los órganos dependieran de la piel, sodomizar, asfixiar para que todo quede herméticamente cerrado.

¿Por qué esta cohorte lúgubre de cuerpos cosidos, vidriosos, catatonizados, as-pirados, cuando el CsO también está lleno de alegría, de éxtasis, de danza? ¿Por qué todos estos ejemplos, por qué hay que pasar por ellos? Cuerpos vaciados en lugar de cuerpos llenos. ¿Qué ha pasado? ¿Habéis empleado la prudencia necesaria? No la sabiduría, sino la prudencia como dosis, como regla inmanente a la experimentación: inyecciones de prudencia. Muchos son vencidos en esta batalla.

¿Tan triste y peligroso es no soportar los ojos para ver, los pulmones para respirar, la boca para tragar, la lengua para hablar, el cerebro para pensar, el ano y la laringe, la cabeza y las piernas? Por qué no caminar con la cabeza, cantar con los senos nasales, ver con la piel, respirar con el vientre, Cosa simple, Entidad, Cuerpo lleno,

Viaje inmóvil, Anorexia, Visión cutánea, Yoga, Krishna, Love, Experimentación. Donde el psicoanálisis dice: Deteneos, recobrad vuestro yo, habría que decir: Vayamos todavía más lejos, todavía no hemos encontrado nuestro CsO, deshecho suficientemente nuestro yo. Sustituid la anamnesis por el olvido, la interpretación por la experimentación. Encontrad vuestro cuerpo sin órganos, sed capaces de hacerlo, es una cuestión de vida o de muerte, de juventud o de vejez, de tristeza o de alegría. Todo se juega a ese nivel.

Maîtresse, 1) puedes amarrarme fuertemente encima de la mesa, durante diez o quince minutos, mientras preparas los instrumentos; 2) me das cien latigazos por lo menos, luego haces una pausa de algunos minutos; 3) comienzas a coser, coses el agujero del glande, y éste a la piel que hay a su alrededor, impidiéndole así descapullar, coses la bolsa de los cojones a la piel de los muslos. Coses los pechos, coses sólidamente un botón de cuatro agujeros a cada pezón. Si quieres puedes unirlos con un elástico de ojal. Pasas luego a la segunda fase: 4) puedes elegir entre ponerme boca abajo sobre la mesa, amarrado por la cintura, con las piernas juntas, o bien atarme únicamente al poste, con las muñecas y las piernas juntas, con todo el cuerpo fuertemente atado; 5) me das latigazos en la espalda las nalgas los muslos, cien latigazos por lo menos; 6) juntas las nalgas y las coses, coses toda la raja del culo. Todo bien cosido con hilo doble y puntada a puntada. Si estoy sobre la mesa, me atas entonces al poste; 7) me das cincuenta fustazos en las nalgas; 8) si quieres complicar la tortura y ejecutar tu amenaza de la última vez, me clavas profundamente los alfileres en las nalgas; 9) puedes entonces ponerme en la silla y atarme, me das cincuenta fustazos en los pechos y me clavas los alfileres más pequeños, si quieres puedes calentarlos y ponerlos al rojo, previamente, todos o algunos. La atadura en la silla debería ser sólida y con las muñecas en la espalda para hacer que salga el pecho. Si no he hablado de quemaduras es porque debo pasar muy pronto una revisión médica y tardan mucho en curar‖. No es un fantasma, es un programa: diferencia esencial entre la interpretación psicoanalítica del fantasma y la experimentación antipsicoanalítica del programa. Entre el fantasma, interpretación que a su vez hay que interpretar, y el programa, motor de experimentación 2. El CsO es lo que queda cuando se ha suprimido todo. Y lo que se suprime es precisamente el fantasma, el conjunto de significancias y de subjetivaciones. El psicoanálisis hace justo lo contrario: lo traduce todo en fantasmas, lo convierte todo en fantasmas, conserva el fantasma, y se caracteriza por fallar lo real, puesto que falla el CsO.

Algo va a pasar, algo está pasando ya. Pero no hay que confundir exactamente lo que pasa sobre el CsO y la manera de hacerse uno. No obstante, una cosa está incluida en la otra. De ahí las dos fases enunciadas en la carta precedente. ¿Por qué dos fases perfectamente diferenciadas, cuando en los dos casos se trata de lo mismo, de cosidos y de latigazos? Una es para la fabricación del CsO, otra para hacer circular, pasar algo; los mismos procedimientos presiden las dos fases, pero necesitan ser reemprendidos, emprendidos dos veces. Lo cierto es que el masoquista se ha hecho un CsO en tales condiciones que, como consecuencia, éste ya sólo puede estar poblado por intensidades de dolor, ondas doloríficas. Tan falso es decir que el masoquista busca el dolor como decir que busca el placer de una

manera especialmente diferida o desviada. El masoquista busca un CsO, pero de tal tipo que sólo podrá ser llenado, recorrido por el dolor, en virtud de las propias condiciones en las que ha sido constituido. Los dolores son las poblaciones, las manadas, los modos del masoquista-rey en el desierto que él ha hecho nacer y crecer. E igual ocurre con el cuerpo drogado y las intensidades de frío, las ondas frigoríficas. Para cada tipo de CsO debemos preguntar: 1) ¿cuál es ese tipo, cómo está fabricado, por qué procedimientos y medios que prejuzgan ya lo que va a pasar?; 2)

¿cuáles son sus modos, qué pasa, con qué variantes, qué sorpresas, qué imprevistos con relación a lo esperado? En resumen, entre un CsO de tal o tal tipo y lo que pasa sobre él hay una relación muy particular de síntesis o de análisis: síntesis a priori en la que algo va a ser necesariamente producido bajo tal modo, pero sin que se sepa lo que va a ser producido; análisis infinito en el que lo que es producido sobre el CsO ya forma parte de la producción de ese cuerpo, ya está incluido en él, sobre él, pero al precio de una infinidad de pasos, de divisiones y de sub-producciones. Experimentación muy delicada, puesto que no debe haber estancamiento de los modos ni desviación del tipo: el masoquista, el drogadicto, rozan constantemente esos peligros que vacían su CsO en lugar de llenarlo.

Se puede fracasar dos veces, y, sin embargo, es el mismo fracaso, el mismo peligro: al nivel de la constitución del CsO, y al nivel de lo que pasa o no pasa. Creíamos habernos hecho un buen CsO, habíamos escogido el Lugar, la Potencia, el Colectivo (siempre hay un colectivo, incluso si se está solo), y luego nada pasa, nada circula, o algo hace que eso ya no pase. Un punto paranoico, un punto de bloqueo o un arrebato delirante, como se ve claramente en el libro de Bourroughs junior, Speed. ¿Podemos asignar ese punto peligroso, hay que expulsar al blo-queador, o, al contrario, ―amar, honrar y servir al demente cada vez que sale a la superficie‖? Bloquear, estar bloqueado, ¿no es todavía una intensidad? En cada caso, hay que definir lo que pasa y no pasa, lo que hace pasar e impide pasar. Como en el circuito de la carne, según Lewin, algo pasa a través de los canales cuyas secciones están determinadas por puertas, con porteros, pasadores 3. Abridores de puertas y cerradores de trampillas, Malabars y Fierabras. El cuerpo no es más que un conjunto de válvulas, cámaras, esclusas, recipientes o vasos comunicantes: un nombre propio para cada uno, poblamiento del CsO, Metrópolis, que hay que manejar con látigo. ¿Qué puebla, qué pasa y qué bloquea?

Un CsO está hecho de tal forma que sólo puede ser ocupado, poblado por intensidades. Sólo las intensidades pasan y circulan. Además, el CsO no es una escena, un lugar, ni tampoco un soporte en el que pasaría algo. Nada tiene que ver con un fantasma, nada hay que interpretar. El CsO hace pasar intensidades, las produce y las distribuye en un spatium a su vez intensivo, inextenso. Ni es espacio ni está en el espacio, es materia que ocupará el espacio en tal o tal grado, en el grado que corresponde a las intensidades producidas. Es la materia intensa y no formada, no estratificada, la matriz intensiva, la intensidad = 0; pero no hay nada negativo en ese cero, no hay intensidades negativas ni contrarias. Materia igual a energía. Producción de lo real como magnitud intensiva a partir de cero. Por eso nosotros tratamos el CsO como el huevo lleno anterior a la extensión del organismo y a la organización de los órganos, anterior a la formación de los estratos, el

huevo intenso que se define por ejes y vectores, gradientes y umbrales, tendencias dinámicas con mutación de energía, movimientos cinemáticos con desplazamiento de grupos, migraciones, y todo ello independientemente de las formas accesorias, puesto que los órganos sólo aparecen y funcionan aquí como intensidades puras 4. El órgano cambia al franquear un umbral, al cambiar de gradiente. ―Los órganos pierden toda constancia, ya se trate de su emplazamiento o de su función, (...) por todas partes aparecen órganos sexuales, brotan anos, se abren para de-fecar, luego se cierran, (...) el organismo entero cambia de textura y de color, variaciones alotrópicas reguladas a la décima de segundo...5‖. Huevo tántrico.

Finalmente, ¿no sería la Etica el gran libro sobre el CsO? Los atributos son los tipos o los géneros del CsO, sustancias, potencias, intensidades Cero como matrices productivas. Los modos son todo lo que pasa: las ondas y vibraciones, las migraciones, umbrales y gradientes, las intensidades producidas bajo tal o tal tipo sustancial, a partir de tal matriz. El cuerpo masoquista como atributo o género de sustancia, y su producción de intensidades, de modos doloríficos a partir de su costura, de su grado 0. El cuerpo drogado como otro atributo, con su producción de intensidades específicas a partir del Frío absoluto = 0. (―Los yonquis se quejan sin cesar de lo que ellos llaman el Gran Frío, y levantan el cuello de sus negros abrigos y aprietan con las manos sus flacos cuellos (...). Es todo teatro: el yonqui no quiere estar al calor, quiere estar al fresco, al frío, al Gran Hielo. Pero el frío debe alcanzarle como la droga: no en el exterior, donde no le hace ningún bien, sino en el interior de sí mismo, para que pueda sentarse tranquilamente, con la columna vertebral tan rígida como el émbolo helado de un gato hidráulico y su metabolismo cayendo al Cero absoluto...‖) etc. El problema de una misma sustancia para todas las sustancias, de una sustancia única para todos los atributos deviene:

¿existe un conjunto de todos los CsO? Pero, si el CsO es ya un límite, ¿qué habría que decir del conjunto de todos los CsO? El problema ya no es el de lo Uno y el de lo Múltiple, sino el de la multiplicidad de fusión que desborda efectivamente cualquier oposición entre lo uno y lo múltiple. Multiplicidad formal de los atributos sustanciales que como tal constituye la unidad ontológica de la sustancia. Continuum de todos los atributos o géneros de intensidad bajo una misma sustancia, y continuum de las intensidades de un cierto género bajo un mismo tipo o atributo. Continuum de todas las sustancias en intensidad, pero también de todas las intensidades en sustancia. Continuum ininterrumpido del CsO. El CsO, inmanencia, límite inmanente. Los drogadictos, los masoquistas, los esquizofrénicos, los amantes, todos los CsO rinden homenaje a Spinoza. El CsO es el campo de imanencia del deseo, el plan de consistencia propio del deseo (justo donde el deseo se define como proceso de producción, sin referencia a ninguna instancia externa, carencia que vendría a socavarlo, placer que vendría a colmarlo).

Cada vez que el deseo es traicionado, maldecido, arrancado de su campo de inmanencia, ahí hay un sacerdote. El sacerdote ha lanzado la triple maldición sobre el deseo: la de la ley negativa, la de la regla extrínseca, la del ideal trascendente. Mirando hacia el Norte el sacerdote ha dicho: deseo es carencia (¿cómo no iba a carecer de lo que desea?). El sacerdote realizaba así el primer sacrificio, llamado castración, y todos los hombres y mujeres del Norte le seguían gritando ca-

denciosamente ―carencia, carencia es la ley común‖. Luego, mirando hacia el Sur, el sacerdote ha relacionado el deseo con el placer. Pues hay sacerdotes hedonistas e incluso orgásticos. El deseo se satisfará en el placer; y no sólo el placer obtenido acallará momentáneamente el deseo, sino que obtenerlo ya es una forma de interrumpirlo, de descargarlo inmediatamente y de descargarnos de él. El placer-des-carga: el sacerdote realizaba así el segundo sacrificio llamado masturbación. Por último, mirando hacia el Este exclamó: el goce es imposible, pero el imposible goce está inscrito en el deseo. Pues tal es el Ideal, en su imposibilidad misma, ―la carencia-de-gozar que es la vida. El sacerdote realizaba así el tercer sacrificio, fantasma o mil y una noches, ciento veinte días, mientras que los hombres del Este cantaban: sí, seremos vuestro fantasma, vuestro ideal y vuestra imposibilidad, los vuestros y también los nuestros. El sacerdote no había mirado hacia el Oeste, puesto que sabía perfectamente que estaba ocupado por un plan de consistencia, pero creía que esa dirección estaba cerrada por las columnas de Hércules, no tenía salida, no estaba habitada por hombres. Sin embargo, ahí era donde se ocultaba el deseo, el Oeste era el camino más corto del Este, y de las otras direcciones re-descubiertas o desterritorializadas.

La figura más reciente del sacerdote es el psicoanalista, con sus tres principios, Placer, Muerte y Realidad. Sin duda, el psicoanálisis había mostrado que el deseo no estaba sometido a la procreación ni siquiera a la genitalidad. Esa era su modernidad. Pero seguía conservando lo esencial, incluso había hallado nuevos medios para inscribir en el deseo la ley negativa de la carencia, la regla externa del placer, el ideal transcendente del fantasma. Veamos si no su interpretación del masoquismo: cuando no se invoca la ridícula pulsión de muerte, se pretende que el masoquista, como todo el mundo, busca el placer, pero no puede alcanzarlo a causa de los dolores y de las humillaciones fantasmáticas cuya función sería calmar o conjurar una angustia profunda. Eso no es exacto; el sufrimiento del masoquista es el precio que tiene que pagar, no por alcanzar el placer, sino por romper la pseudounión del deseo con el placer como medida extrínseca. El placer no es en modo alguno aquello que sólo podría ser alcanzado indirectamente por el sufrimiento, sino aquello que debe retrasarse al máximo, pues interrumpiría el proceso continuo del deseo positivo. Hay un gozo inmanente al deseo, como si se llenase de sí mismo y de sus contemplaciones, y que no implica ninguna carencia, ninguna imposibilidad, pero que tampoco se mide con el placer, puesto que es ese gozo el que distribuirá las intensidades de placer e impedirá que se carguen de angustia, de vergüenza, de culpabilidad. En resumen, el masoquista utiliza el sufrimiento como un medio para constituir un cuerpo sin órganos y aislar un plan de consistencia del deseo. Que haya otros medios, otros procedimientos que el masoquismo, y probablemente mejores, esa es otra cuestión; basta con que ese procedimiento convenga a algunos.

Veamos ahora el caso de un masoquista que no ha pasado por el psicoanálisis:

―PROGRAMA... Embridar la noche, y atar las manos más fuertemente, bien a la cadena del freno, bien al gran corsé, nada más salir del baño. Poner todo el arnés sin pérdida de tiempo, las riendas y las empulgueras, atar las empulgueras al arnés.

Encerrar la verga en un estuche de metal. Tirar de las riendas dos horas durante el día, por la noche a voluntad del amo. Reclusión durante tres o cuatro días, con las manos siempre atadas, las riendas tensas y distendidas. El amo nunca se acercará a su caballo sin su fusta, y hará uso de ella cada vez. Si la impaciencia o la rebelión del animal se manifestase, se tensarán las riendas fuertemente, el amo cogerá las bridas y dará una severa corrección al animal‖ 6. ¿Qué hace este masoquista? Da la impresión de que imita al caballo, Equus Eroticus, pero no es eso. El caballo y el domador-amo, la maîtresse, tampoco son imágenes de madre o de padre. Es una cuestión completamente diferente, un devenir-animal esencial al masoquismo, una cuestión de fuerzas. El masoquista lo presenta así: “Axioma de la doma —destruir las fuerzas instintivas para sustituirlas por las fuerzas transmitidas—”. De hecho, no se trata tanto de una destrucción como de un intercambio y de una circulación (―lo que le sucede al animal también puede sucederme a mí‖). El caballo es domado: a sus fuerzas instintivas el hombre impone fuerzas transmitidas, que van a regularlas, seleccionarlas, dominarlas, sobrecodificarlas. El masoquista efectúa una inversión de los signos: el caballo va a transmitirle sus fuerzas transmitidas, para que las fuerzas innatas del masoquista sean a su vez domadas. Hay dos series, la del caballo (fuerza innata, fuerza transmitida por el hombre), la del masoquista (fuerza transmitida por el caballo, fuerza innata del hombre). Una serie pasa a la otra, hace circuito con la otra: aumento de potencia o circuito de intensidades. El ―amo‖, o más bien, la maîtresse-amazona, la equitante, asegura la conversión de las fuerzas y la inversión de los signos. El masoquista ha construido todo un agenciamiento que traza y ocupa a la vez el campo de inmanencia del deseo, constituyendo consigo mismo, el caballo y la maîtresse, un cuerpo sin órganos o plan de consistencia.

―Resultados a obtener: que yo esté constantemente a la espera de tus gestos y de tus órdenes, y que poco a poco toda oposición sea sustituida por la fusión de mi persona con la tuya (...). A este respecto, es preciso que la simple evocación de tus botas, aunque no quiera admitirlo, me produzca miedo. De esta manera, ya no serán las piernas de las mujeres las que me harán efecto; y si te apetece pedirme caricias, cuando tú las quieres y me lo manifiestas, me darás la huella de tu cuerpo como yo nunca la he tenido ni la tendré jamás sin eso‖. Las piernas siguen siendo órganos, pero las botas ya sólo determinan una zona de intensidad como una huella o una zona sobre un CsO.

De igual modo, o más bien de otra manera, sería un error interpretar el amor cortés bajo la forma de una ley de la carencia o de un ideal de transcendencia. La renuncia al placer externo, o su aplazamiento, su alejamiento al infinito, indica, por el contrario, un estado conquistado en el que el deseo ya no carece de nada, se satisface de sí mismo y construye su campo de inmanencia. El placer es la afección de una persona o de un sujeto, el único medio que tiene una persona para ―volver a encontrarse a sí misma‖ en el proceso del deseo que la desborda; los placeres, incluso los más artificiales, son reterritorializaciones. Pero, ¿acaso es necesario volver a encontrarse a sí mismo? El amor cortés no ama el yo, ni tampoco ama la totalidad del universo con un amor celeste o religioso. Se trata de hacer un cuerpo sin órganos, allí donde las intensidades pasan y hacen que ya no haya ni yo ni el otro, no en nombre de una mayor generalidad, de una mayor extensión, sino en

virtud de singularidades que ya no se pueden llamar personales, de intensidades que ya no se pueden llamar extensivas. El campo de inmanencia no es interior al yo, pero tampoco procede de un yo exterior o de un no-yo. Más bien es como el Afuera absoluto que ya no conoce los Yo, puesto que lo interior y lo exterior forman igualmente parte de la inmanencia en la que han fundido. El joi en el amor cortés, el intercambio de los corazones, la prueba o el assay: todo está permitido con tal de que no sea exterior al deseo ni transcendente a su plan, pero tampoco interior a las personas. La mínima caricia puede ser tan fuerte como un orgasmo; el orgasmo sólo es un hecho, más bien desagradable, con relación al deseo que prosigue su derecho. Todo está permitido: lo único que cuenta es que el placer sea el flujo del propio deseo. Inmanencia, en lugar de una medida que vendría a interrumpirlo o que lo haría depender de tres fantasmas: la carencia interior, lo transcendente superior, lo exterior aparente 7. Si el deseo no tiene como norma el placer no es a causa de una carencia que sería imposible satisfacer, sino, por el contrario, en razón de su positividad, es decir, del plan de consistencia que traza en el curso de su proceso.

En 982-984 se hace una gran compilación japonesa de tratados taoístas chinos. En ellos puede observarse la formación de un circuito de intensidades entre la energía femenina y la energía masculina, desempeñando la mujer el papel de fuerza instintiva o innata (Yin), pero que el hombre usurpa o que se transmite al hombre, de tal manera que la fuerza transmitida del hombre (Yang) deviene a su vez y con mayor motivo innata: aumento de las potencias 8. La condición de esta circulación y de esta multiplicación es que el hombre no eyacule. No se trata de experimentar el deseo como carencia interior, ni de aplazar el placer para producir una especie de plusvalía exteriorizable, sino, por el contrario, de constituir un cuerpo sin órganos intensivo, Tao, un campo de inmanencia en el que el deseo no carece de nada, y como consecuencia ya no se relaciona con ningún criterio exterior o transcendente. Es cierto que todo el circuito puede ser dirigido hacia fines pro-creativos (eyacular en el buen momento de las energías), y así es como el confu-cianismo lo entiende. Pero eso sólo es válido para una cara de ese agenciamiento de deseo, la cara orientada hacia los estratos, organismos, Estado, familia... Pero no lo es para la otra cara, la cara Tao de desestratificación que traza un plan de consistencia propio del deseo. ¿El Tao es masoquista? ¿El amor cortés es Tao? Estas preguntas no tienen sentido. El campo de inmanencia o plan de consistencia debe ser construido; ahora bien, puede serlo en formaciones sociales muy distintas, y por agenciamientos muy diferentes, perversos, artísticos, científicos, místicos, políticos, que no tienen el mismo tipo de cuerpo sin órganos. Se construirá fragmento a fragmento, sin que lugares, condiciones y técnicas puedan reducirse los unos a los otros. La cuestión sería más bien saber si los fragmentos pueden unirse, y a qué precio. Hay forzosamente uniones monstruosas. El plan de consistencia sería el conjunto de todos los CsO, pura multiplicidad de inmanencia en la que un trozo puede ser chino, otro americano, otro medieval, otro un poco perverso, pero en un movimiento de desterritorialización generalizada en el que cada cual toma y hace lo que puede, según sus gustos que habría conseguido abstraer de un Yo, según una política y una estrategia que se habría conseguido abs-

traer de tal o cual formación, según tal procedimiento que sería abstracto desde su origen.

Nosotros distinguimos: 1) los CsO, que difieren como tipos, géneros, atributos sustanciales, por ejemplo, el Frío del CsO drogado, lo Dolorífico del CsO masoquista; cada uno con su grado 0 como principio de producción (la remissio); 2) lo que pasa por cada tipo de CsO, es decir, los modos, las intensidades producidas, las ondas y vibraciones que pasan (la latitudo); 3) el conjunto eventual de todos los CsO, el plan de consistencia (la Omnitudo, que a veces llamamos el CsO). Ahora bien, las interrogantes que se plantean son múltiples: no sólo ¿cómo hacerse un CsO, y cómo producir las intensidades correspondientes sin las cuales quedaría vacío —que no es exactamente la misma pregunta—? También: ¿cómo llegar al plan de consistencia? ¿Cómo coser conjuntamente, cómo enfriar conjuntamente, cómo reunir todos los CsO? Si es posible, sólo se hará también conjugando las intensidades producidas sobre cada CsO, construyendo un continuum de todas las continuidades intensivas. ¿No se necesitan agenciamientos para fabricar cada CsO, no se necesita una gran Máquina abstracta para construir el plan de consistencia? Bateson llama mesetas a regiones de intensidad continua, que están constituidas de tal manera que no se dejan interrumpir por un final exterior, ni tampoco tienden hacia un punto culminante: por ejemplo, ciertos procesos sexuales, o agresivos, en la cultura balinesa9. Una meseta es un fragmento de inmanencia. Cada CsO está hecho de mesetas. Cada CsO es una meseta, que comunica con las otras en el plan de consistencia. Es una componente de paso.

Relectura de Heliogábalo y de los Tarahumaras. Pues Heliogábalo es Spinoza, y Spinoza, Heliogábalo resucitado. Y los Tarahumaras es la experimentación, el peyote. Spinoza, Heliogábalo y la experimentación tienen la misma fórmula: la anarquía y la unidad son una sola y misma cosa, no la unidad de lo Uno, sino una unidad más extraña que sólo se dice de lo múltiple 10. Precisamente lo que los dos libros de Artaud expresan: la multiplicidad de fusión, la fusibilidad como cero infinito, plan de consistencia, Materia en la que no hay dioses; los principios como fuerzas, esencias, sustancias, elementos, remisiones, producciones; las maneras de ser o modalidades como intensidades producidas, vibraciones, soplos, Números. Por último, la dificultad de llegar a ese mundo de la Anarquía coronada si uno se queda en los órganos, ―el hígado que vuelve amarilla la piel, el cerebro que se si-filiza, el intestino que expulsa la porquería‖, y si uno queda encerrado en el organismo o en un estrato que bloquea los flujos y nos fija aquí en nuestro mundo.

Poco a poco nos vamos dando cuenta de que el CsO no es en modo alguno lo contrario de los órganos. Sus enemigos no son los órganos. El enemigo es el organismo. El CsO no se opone a los órganos, sino a esa organización de los órganos que llamamos organismo. Es cierto que Artaud libra una batalla contra los órganos, pero al mismo tiempo está contra el organismo, su enemigo es el organismo: El cuerpo es el cuerpo. Está solo. Y no tiene necesidad de órganos. El cuerpo nunca es un organismo. Los organismos son los enemigos del cuerpo. El CsO no se opone a los órganos, sino que, con sus ―órganos verdaderos‖ que deben ser compuestos y situados, se opone al organismo, a la organización orgánica de los órganos. El juicio de Dios, el sistema del juicio de Dios, el sistema teológico es precisamente la operación de

Aquél que hace un organismo, una organización de órganos que llamamos organismo, porque no puede soportar el CsO, porque lo persigue, porque lo destripa para adelantarse y hacer que prevalezca el organismo. El organismo ya es eso: el juicio de Dios del que se aprovechan los médicos y del que obtienen su poder. El organismo no es en modo alguno el cuerpo, el CsO, sino un estrato en el CsO, es decir, un fenómeno de acumulación, de coagulación, de sedimentación que le impone formas, funciones, uniones, organizaciones dominantes y jerarquizadas, transcendencias organizadas para extraer de él un trabajo útil. Los estratos son ataduras, pinzas. ―Atadme si queréis‖. Constantemente estamos estratificados. Pero, ¿quién es ese nosotros que no es yo, puesto que tanto el sujeto como el organismo pertenecen a un estrato, y dependen de él? Nosotros respondemos ahora: es el CsO, él es la realidad glaciar en la que se van a formar esos aluviones, sedimentaciones, coagulaciones, plegamientos y proyecciones que componen un organismo —y una significación y un sujeto—. Sobre él pesa y se ejerce el juicio de Dios, él es el que lo sufre. En él los órganos entran en esas relaciones de composición que llamamos organismo. El CsO grita: ¡me han hecho un organismo! ¡me han plegado indebidamente! ¡me han robado mi cuerpo! El juicio de Dios lo arranca de su inmanencia y le hace un organismo, una significación, un sujeto. Él es el estratificado. Como consecuencia, oscila entre dos polos: las superficies de estratificación, sobre las que se pliega, y se somete al juicio, el plan de consistencia, en el que se despliega y se abre a la experimentación. Y si el CsO es un límite, si nunca se acaba de acceder a él, es porque detrás de un estrato siempre hay otro estrato, un estrato encajado en otro estrato. Pues se necesitan muchos estratos, y no sólo organismo, para hacer el juicio de Dios. Combate perpetuo y violento entre el plan de consistencia, que libera el CsO, atraviesa y deshace todos los estratos, y las superficies de estratificación que lo bloquean o lo repliegan.

Consideremos los tres grandes estratos que se relacionan con nosotros, es decir, aquellos que nos atan más directamente: el organismo, la significancia y la subjetivación. La superficie de organismo, el ángulo de significancia y de interpretación, el punto de subjetivación o de sujeción. Serás organizado, serás un organismo, articularás tu cuerpo —de lo contrario, serás un depravado—. Serás significante y significado, intérprete e interpretado —de lo contrario, serás un desviado—. Serás sujeto, y fijado como tal, sujeto de enunciación aplicado sobre un sujeto de enunciado —de lo contrario, sólo serás un vagabundo—. Al conjunto de los estratos, el CsO opone la desarticulación (o las n articulaciones) como propiedad del plan de consistencia, la experimentación como operación en ese plano (¡nada significante, no interpretéis jamás!), el nomadismo como movimiento (incluso parados, moveos, no dejéis de moveros, viaje inmóvil, de subjetivación).

¿Qué quiere decir desarticular, dejar de ser un organismo? Cómo explicar hasta qué punto es simple, y que lo hacemos a diario. Cuánta prudencia se necesita, el arte de las dosis, y el peligro, la sobredosis. No se puede andar a martillazos, sino con una lima muy fina. Se inventan autodestrucciones que no se confunden con la pulsión de muerte. Deshacer el organismo nunca ha sido matarse, sino abrir el cuerpo a conexiones que suponen todo un agenciamiento, circuitos, conjunciones, niveles y umbrales, pasos y distribuciones de intensidad, territorios y desterrito-

rializaciones medidas a la manera de un agrimensor. En última instancia, deshacer el organismo no es más difícil que deshacer los otros estratos, significancia o subjetivación. La significancia se adhiere tanto al alma como el organismo al cuerpo, tampoco es fácil deshacerse de ella. Y el sujeto, ¿cómo liberarnos de los puntos de subjetivación que nos fijan, que nos clavan a la realidad dominante? Arrancar la conciencia del sujeto para convertirla en un medio de exploración, arrancar el inconsciente de la significancia y la interpretación para convertirlo en una verdadera producción, no es seguramente ni más ni menos difícil que arrancar el cuerpo del organismo. La prudencia es el arte común a las tres; y si a veces se roza la muerte deshaciendo el organismo, también se roza lo falso, lo ilusorio, lo alucinatorio, la muerte psíquica evitando la significancia y la sujeción. Artaud pesa y mide cada una de sus palabras: la conciencia ―conoce lo que es bueno para ella, y lo que no le sirve de nada; y, por tanto, conoce los pensamientos y sentimientos que puede acoger sin peligro y con provecho, y los que son nefastos para el ejercicio de su libertad. Pero sobre todo conoce hasta donde va su ser, y hasta donde todavía no ha ido o no tiene el derecho de ir sin caer en la irrealidad, lo ilusorio, lo no-hecho, lo no-preparado... Plan que la conciencia normal no alcanza, pero que el Ciguri nos permite alcanzar, y que es el misterio de toda poesía. Pero en el ser humano hay otro plan, oscuro, informe, en el que la conciencia no ha penetrado, pero que la envuelve como una prolongación no esclarecida, o como una amenaza, según los casos. Y que también libera sensaciones arriesgadas, percepciones: los cínicos fantasmas que afectan a la conciencia enferma. También yo he tenido sensaciones falsas, percepciones falsas, y he creído en ellas‖ 11.

Hace falta conservar una buena parte del organismo para que cada mañana pueda volver a formarse; también hay que conservar pequeñas provisiones de significancia y de interpretación, incluso para oponerlas a su propio sistema cuando las circunstancias lo exigen, cuando las cosas, las personas, e incluso las situaciones, os fuerzan a ello; y también hay que conservar pequeñas dosis de subjetividad, justo las suficientes para poder responder a la realidad dominante. Mimad los estratos. No se puede alcanzar el CsO, y su plan de consistencia, desestratificado salvajemente. Por eso encontrábamos desde el principio la paradoja de esos cuerpos lúgubres y vaciados: se habían vaciado de sus órganos en lugar de buscar los puntos en los que podían paciente y momentáneamente deshacer esa organización de los órganos que llamamos organismo. Incluso había varias maneras de fallar el CsO, bien porque no se conseguía producirlo, bien porque, produciéndolo más o menos, nada se producía en él, las intensidades no pasaban o se bloqueaban. El CsO oscila constantemente entre las superficies que lo estratifican y el plan que lo libera. Liberadlo con un gesto demasiado violento, destruid los estratos sin prudencia, y os habréis matado vosotros mismos, hundido en un agujero negro o incluso arrastrado a una catástrofe, en lugar de trazar el plan. Lo peor no es quedar estratificado —organizado, significado, sujeto— sino precipitar los estratos en un desmoronamiento suicida o demente, que los hace recaer sobre nosotros, como un peso definitivo. Habría, pues, que hacer lo siguiente: instalarse en un estrato, experimentar las posibilidades que nos ofrece, buscar en él un lugar favorable, los eventuales movimientos de desterritorialización, las posibles líneas

de fuga, experimentarlas, asegurar aquí y allá conjunciones de flujo, intentar segmento por segmento continuuns de intensidades, tener siempre un pequeño fragmento de una nueva tierra. Sólo así, manteniendo una relación meticulosa con los estratos, se consigue liberar las líneas de fuga, hacer pasar y huir los flujos conjugados, liberar intensidades continuas para lograr un CsO. Conectar, conjugar, continuar: todo un ―diagrama‖ frente a los programas todavía significantes y subjetivos. Estamos en una formación social: ver en primer lugar cómo está estratificada para nosotros, en nosotros, en el lugar donde nos encontramos; luego, remontar de los estratos al agenciamiento más profundo en el que estamos incluidos; hacer bascular el agenciamiento suavemente, hacerlo pasar del lado del plan de consistencia. Sólo ahí el CsO se revela como lo que es, conexión de deseos, conjunción de flujos, continuum de intensidades. Hemos construido nuestra pequeña máquina particular, dispuesta a conectarse con otras máquinas colectivas según las circunstancias. Castaneda describe una larga experimentación (tanto da que se trate del peyote o de otra cosa): retengamos, de momento, como el indio le obliga primero a buscar un ―lugar‖, operación ya difícil; luego a encontrar ―alia-dos‖; luego, a renunciar progresivamente a la interpretación, a construir flujo por flujo y segmento por segmento las líneas de experimentación, devenir-animal, devenir-molecular, etc. Pues el CsO es todo eso: necesariamente un Lugar, necesariamente un Plan, necesariamente un Colectivo (agenciando elementos, cosas, vegetales, animales, herramientas, hombres, potencias, fragmentos de todo eso; pues no puede hablarse de ―mi‖ cuerpo sin órganos, sino de ―yo‖ en él, lo que queda de mí, inalterable y cambiando de forma, franqueando umbrales).

Al hilo de los libros de Castaneda es muy posible que el lector se ponga a dudar de la existencia del indio Don Juan, y de muchas otras cosas. Pero eso no tiene ninguna importancia. Tanto mejor si esos libros son la exposición de un sincre-tismo más bien que una etnografía, y un protocolo de experiencia más bien que un informe de una iniciación. Así, el cuarto libro, Historias de poder, trata de la distinción viviente entre ―Tonal‖ y ―Nagual‖. Lo tonal parece tener una extensión heteróclita: es el organismo, pero también todo lo que está organizado y es organizador: también es la significancia, todo lo que es significante y significado, todo lo que es susceptible de interpretación, de explicación, todo lo que es memorizable bajo la forma de algo que recuerda a otra cosa; por último, es el Yo, el sujeto, la persona, individual, social o histórica, y todos los sentimientos correspondientes. En resumen, lo tonal es todo, incluido Dios, el juicio de Dios, puesto que ―cons-truye las reglas mediante las cuales aprehende el mundo, así, pues, crea el mundo por así decir‖. Y sin embargo, lo tonal sólo es una isla. Pues lo nagual también es todo. Y es el mismo todo, pero en tales condiciones que el cuerpo sin órganos ha sustituido al organismo, la experimentación ha sustituido a toda interpretación, de la que ya no tiene necesidad. Los flujos de intensidad, sus fluidos, sus fibras, sus continuums y sus conjunciones de afectos, el viento, una segmentación fina, las micropercepciones han sustituido al mundo del sujeto. Los devenires, devenires-animales, devenires-moleculares, sustituyen a la historia, individual o general. De hecho, lo tonal no es tan heteróclito como parece: comprende el conjunto de estratos y todo lo que puede estar relacionado con ellos, la organización del orga-

nismo, las interpretaciones y las explicaciones de lo significable, los movimientos de subjetivación. Lo nagual, por el contrario, deshace los estratos. Ya no es un organismo que funciona, sino un CsO que se construye. Ya no son actos que hay que explicar, sueños o fantasmas que hay que interpretar, recuerdos de infancia que hay que recordar, palabras que hay que hacer significar, sino colores y sonidos, devenires e intensidades (y cuando devienes perro, no preguntes si el perro con el que juegas es un sueño o una realidad, si es ―tu puta madre‖ o cualquier otra cosa). Ya no es un Yo que siente, actúa y se acuerda, es ―una bruma brillante, un vaho amarillo e inquietante‖ que tiene afectos y experimenta movimientos, velocidades. Pero lo importante es que lo tonal no se deshace destruyéndolo de golpe. Hay que rebajarlo, reducirlo, limpiarlo, pero sólo en determinados momentos. Hay que conservarlo para sobrevivir, para desviar el asalto de lo nagual. Porque un nagual que irrumpiera, que destruyera lo tonal, un cuerpo sin órganos que rompiese todos los estratos, se convertiría inmediatamente en cuerpo de nada, autodestrucción pura sin otra salida que la muerte: ―lo tonal debe ser protegido a toda costa‖.

Pero todavía no hemos respondido a la pregunta: ¿por qué tantos peligros?

¿Por qué son, pues, necesarias tantas precauciones? No basta con oponer abstractamente los estratos y el CsO. Pues en los estratos ya hay CsO, no menos que en el plan de consistencia desestratificado, pero de una manera completamente distinta. Veamos el organismo como estrato: hay un CsO que se opone a la organización de los órganos que llamamos organismo, pero también hay un CsO del organismo, que pertenece a ese estrato. Tejido canceroso: a cada instante, en cada segundo, una célula deviene cancerosa, loca, prolifera y pierde su forma, se apodera de todo; es necesario que el organismo la haga volver a su regla o la reestra-tifique; no sólo para sobrevivir él mismo, sino también para que sea posible una fuga fuera del organismo, una fabricación de ―otro‖ CsO en el plan de consistencia. Veamos el estrato de significancia: también en este caso hay un tejido canceroso de la significancia, un cuerpo proliferante del déspota que bloquea toda circulación de los signos, pero también impide el nacimiento del signo asignificante en el ―otro‖ CsO. O bien un cuerpo asfixiante de la subjetivación, que hace tanto más imposible una liberación cuanto que ni siquiera deja subsistir una distinción entre sujetos. Incluso si consideramos tal o cual formación social, o tal aparato de estrato en una formación, nosotros decimos que todos y todas tienen su CsO dispuesto a socavar, a proliferar, a recubrir y a invadir el conjunto del campo social, entrando en relaciones de violencia y de rivalidad, pero también de alianza o de complicidad. CsO del dinero (inflación), pero también CsO del Estado, del ejército, de la fábrica, de la ciudad, del Partido, etc. Si los estratos son un asunto de coagulación, de sedimentación, basta con que en un estrato se produzca una velocidad de sedimentación precipitada para que éste pierda su aspecto y sus articulaciones, forme su tumor específico dentro de sí, o en tal formación, en tal aparato. Los estratos engendran sus CsO, totalitarios y fascistas, terroríficas caricaturas del plan de consistencia. No basta, pues, con distinguir entre los CsO llenos en el plan de consistencia, y los CsO vacíos en los fragmentos de estratos, por desestratificación demasiado violenta. Pero todavía hay que tener en cuenta los CsO cancerosos en un estrato que ha devenido proliferante. Problemas de los tres

cuerpos. Artaud decía que, fuera del ―plan‖, había ese otro plan que nos envuelve

―como una prolongación no esclarecida o como una amenaza, según los casos‖. Es una lucha, y como tal no implica la claridad suficiente. ¿Cómo fabricarse un CsO que no sea el CsO canceroso de un fascista en nosotros, o el CsO vacío de un drogadicto, de un paranoico o de un hipocondríaco? ¿Cómo distinguir los tres Cuerpos? Artaud no cesa de afrontar este problema. Extraordinaria composición de Para acabar con el juicio de Dios: empieza maldiciendo el cuerpo canceroso de América, el cuerpo de guerra y de dinero; denuncia los estratos, que él denomina

―caca‖; a ellos opone el verdadero Plan, incluso si es el minúsculo arroyo de los Tarahumaras, peyote; pero no ignora los peligros de una desestratificación demasiado brutal, imprudente. Artaud no cesa de afrontar todo eso, y perece en ello. Carta a Hitler: ―Muy señor mío, en 1932 en el café del Ider en Berlín, una de las tardes en que nos conocimos y poco antes de que usted tomara el poder, le había mostrado, sobre un mapa que sólo era geográfico, los obstáculos establecidos contra mí, acción de fuerza dirigida en cierto número de sentidos que usted me desig-naba. ¡Hoy, Hitler, levanto los obstáculos que había puesto!, los parisienses tienen necesidad de gas. Atentamente suyo. A. A. —P.D. Por supuesto, estimado señor, apenas si esto es una invitación, sobre todo es una advertencia...‖12. Este mapa, que no sólo es geográfico, es algo así como un mapa de intensidad CsO, en el que los obstáculos designan umbrales, y los gases, ondas o flujos. Incluso si Artaud no lo consiguió para él, es innegable que, gracias a él, algo se ha conseguido para todos nosotros.

El CsO es el huevo. Pero el huevo no es regresivo: al contrario, es contemporáneo por excelencia, uno siempre lo arrastra consigo como su propio medio de experimentación, su medio asociado. El huevo es el medio de intensidad pura, el spatium, y no la extensio, la intensidad Cero como principio de producción. Hay una convergencia fundamental entre la ciencia y el mito, la embriología y la mitología, el huevo biológico y el huevo psíquico o cósmico: el huevo siempre designa esa realidad intensiva, no indiferenciada, pero en la que las cosas, los órganos, se diferencian únicamente por gradientes, migraciones, zonas de entorno. El huevo es el CsO. El CsO no es ―anterior‖ al organismo, es adyacente a él, y no cesa de deshacerse. Si está ligado a la infancia, no es en el sentido en el que el adulto regresaría al niño, y el niño a la Madre, sino en el sentido en el que el niño, como el gemelo dogón que arrastra con él un trozo de placenta, arranca a la forma orgánica de la Madre una materia intensa y desestratificada que constituye, por el contrario, su ruptura perpetua con el pasado, su experiencia, su experimentación actuales. El CsO es bloque de infancia, devenir, lo contrario del recuerdo de infancia. El CsO no es el niño ―anterior‖ al adulto, ni la madre ―anterior‖ al hijo: es la estricta contemporaneidad del adulto, del niño y del adulto, su mapa de densidades y de intensidades comparadas, y todas las variaciones en ese mapa. El CsO es precisamente ese germen intenso en el que no hay, no puede haber padres ni hijos (representación orgánica). Justo lo que Freud no comprendió en Weissmann: el hijo como contemporáneo germinal de los padres. Como consecuencia, el cuerpo sin órganos nunca es el tuyo, el mío... Siempre es un cuerpo. No es más proyectivo que regresivo. Es una involución, pero una involución creadora y siempre con-

temporánea. Los órganos se distribuyen en el CsO, pero precisamente se distribuyen en él independientemente de la forma organismo, las formas devienen contingentes, los órganos sólo son intensidades producidas, flujos, umbrales y gradientes. ―Un‖ vientre, ―un‖ ojo, ―una‖ boca: el artículo indefinido no carece de nada, no es indeterminado o indiferenciado, sino que expresa la pura determinación de intensidad, la diferencia intensiva. El artículo indefinido es el conductor del deseo. No se trata en modo alguno de un cuerpo desmembrado, fragmentado, o de órganos sin cuerpo (CsO). Es justo lo contrario. No hay en modo alguno órganos desmembrados con relación a una unidad perdida, ni vuelta a lo indiferenciado respecto a una totalidad diferenciable. Hay distribución de razones intensivas de órganos, con sus artículos positivos indefinidos, en el seno de un colectivo o de una multiplicidad, en un agenciamiento, y según conexiones maquínicas que actúan en un CsO. Logos spermaticos. El error del psicoanálisis es haber entendido los fenómenos de cuerpo sin órganos como regresiones, proyecciones, fantasmas, en función de una imagen del cuerpo. De ese modo sólo captaba el reverso, y sustituía ya un mapa mundial de intensidad por fotos de familia, recuerdos de infancia y objetos parciales. No entendía nada del huevo, ni de los artículos indefinidos, ni de la contemporaneidad de un medio que no cesa de deshacerse.

El CsO es deseo, él y gracias a él se desea. No sólo porque es el plan de consistencia o el campo de inmanencia del deseo, sino porque, incluso cuando cae en el vacío de la desestratificación brutal, o bien en la proliferación del estrato canceroso, sigue siendo deseo. El deseo va hasta ese extremo: unas veces desear su propio aniquilamiento, otras desear lo que tiene el poder de aniquilar. Deseo de dinero, deseo de ejército, de policía y de Estado, deseo-fascista, incluso el fascismo es deseo. Hay deseo cada vez que hay constitución de un CsO bajo una relación o bajo otra. No es un problema de ideología, sino de pura materia, fenómeno de materia física, biológica, psíquica, social o cósmica. Por eso el problema material de un esquizoanálisis es saber si disponemos de los medios necesarios para hacer la selección, para separar el CsO de sus dobles: cuerpos vidriosos, vacíos, cuerpos cancerosos, totalitarios y fascistas. La prueba del deseo: no denunciar falsos deseos, sino en el deseo distinguir lo que remite a la proliferación de estrato, o bien a la desestratificación demasiado violenta, y lo que remite a la construcción del plan de consistencia (vigilar hasta en nosotros al fascista, y también al suicida y al demente). El plan de consistencia no es simplemente lo que está constituido por todos los CsO. Algunos los rechaza, él es el que hace la selección, con la máquina abstracta que lo traza. E incluso en un CsO (el cuerpo masoquista, el cuerpo drogado, etc.) distinguir lo que se puede o no componer en el plan. ¿Uso fascista de la droga, o bien uso suicida, pero también posibilidad de un uso conforme al plan de consistencia? Incluso la paranoia: ¿existe la posibilidad de utilizarla paralelamente? Cuando nosotros planteábamos el problema de un conjunto de todos los CsO, considerados como atributos sustanciales de una sustancia única, en sentido estricto había que entenderlo únicamente del plan. Él es el que crea el conjunto de todos los CsO llenos seleccionados (no hay conjunto positivo con los cuerpos vacíos o cancerosos). ¿De qué naturaleza es ese conjunto? ¿Únicamente lógica? ¿O bien hay que decir que en su género cada CsO produce efectos idén-

ticos o análogos a los efectos de los otros en su propio género? Lo que el drogadicto obtiene, lo que el masoquista obtiene, también podría obtenerse de otra manera en las condiciones del plan: en última instancia, ¿drogarse sin droga, emborracharse con agua pura como en la experimentación de Henry Miller? O también: ¿se trata de un paso real de sustancias, de una continuidad intensiva de todos los CsO? Sin duda, todo es posible. Nosotros sólo decimos lo siguiente: la identidad de los efectos, la continuidad de los géneros, el conjunto de todos los CsO sólo pueden ser obtenidos en el plan de consistencia por una máquina abstracta capaz de englobarlo e incluso de trazarlo, por agenciamientos capaces de conectarse con el deseo, de cargar efectivamente con los deseos, de asegurar en ellos las conexiones continuas, las uniones transversales. De lo contrario, los CsO del plan permanecerán separados en su género, marginalizados, reducidos a sus propios medios, mientras que en el ―otro plan‖ triunfarán los dobles cancerosos o vaciados.

NOTAS


  1. WILLIAM BURROUGHS, Le festin nu, Gallimard, pág. 146 (trad. cast., ed. Júcar).

  2. La oposición programa-fantasma aparece claramente en M’Uzan, a propósito de un caso de masoquismo; cf. La sexualité perverse, Payot, pág. 36. Aunque no precise la oposición, M’Uzan utiliza la noción de programa para criticar los temas de Edipo, de angustia y de castración.

  3. Cf. la descripción del circuito y del flujo de carne en la familia americana, ―L’écologie psychologique‖,

    Psychologie dynamique, P.U.F. págs. 228-243.

  4. DALCO, L‟oeuf et son dynamisme organisateur, Albin Michel, pág. 95: ―Las formas son contingentes respecto al dinamismo cinemático. Que un orificio se abra o no en el germen es accesorio. Lo importante es el propio proceso de inmigración, las puras variaciones cronológicas y cuantitativas son las que dan al lugar de invaginación el aspecto de un orificio, de una fisura o de una línea primitiva.‖

  5. BURROUGHS, Le festin nu, pág. 21.

  6. Roger Dupouy, ―Du MASOCHISME‖, ANNALES MÉDICO-PSYCHOLOGIQUES, 1929, II, PÁGS. 397-405.

  7. Sobre el amor cortés y su inmanencia radical que recusa a la vez la transcendencia religiosa y la exterioridad hedonista, cf. RENÉ NELLLI, L‟érotique des troubadours, 10-18, sobre todo I, págs. 267, 316, 358, 370, II, págs. 47, 53, 75. (Y I, pág. 128: una de las grandes diferencias entre el amor caballeresco y el amor cortés es que, ―para los caballeros, el valor gracias al cual se merece el amor siempre es externo al amor‖, mientras que, en el sistema cortés, al ser la prueba esencialmente interna al amor, el valor guerrero es sustituido por un ―heroísmo sentimental‖: es una mutación de la máquina de guerra).

  8. VAN GULIK, La vie sexualle dans la Chine ancienne, Gallimard; y el comentario de J.F. LYOTARD, Economie libidinale, ed. de Minuit, págs. 241-251 (trad. cast., ed. Saltés D.L.).

  9. GREGORY BATESON, Vers une écologie de l‟esprit, págs. 125-126.

  10. ARTAUD, Héliogabale, Oeuvres complètes VII, Gallimard, págs. 50-51 (trad. cast., ed. Fundamentos). Es cierto que ARTAUD todavía presenta la identidad de lo Uno y de lo múltiple como una unidad dialéctica, y que reduce lo múltiple al relacionarlo con lo Uno. ARTAUD convierte a Heliogábalo en una especie de hegeliano. Pero sólo es una manera de hablar, porque, desde el principio, la multiplicidad va más allá de cualquier oposición, y rompe el movimiento dialéctico.

  11. ARTAUD, Les Tarahumaras, t. IX, págs. 34-35 (trad. cast., ed. Seix Barral). 12 Cf. Cause commune, n.° 3, oct. 1972.

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    AÑO CERO - ROSTRIDAD



    Habíamos encontrado dos ejes, eje de significancia y eje de subjetivación. Eran dos semióticas muy distintas, o incluso dos estratos. Pero la significancia es inseparable de una pared blanca sobre la que inscribe sus signos y sus redundancias. Y la subjetivación es inseparable de un agujero negro en el que sitúa su conciencia, su pasión, sus redundancias. Como sólo hay semióticas mixtas, o como los estratos van por lo menos de dos en dos, no debe extrañarnos que se monte un dispositivo muy especial en su intersección. Un rostro es algo muy singular: sistema pared blanca-agujero negro. Ancho rostro de mejillas blancas, rostro de tiza perforado por unos ojos como agujero negro. Cabeza de clown, clown blanco, pierrot lunar, ángel de la muerte, santo sudario. El rostro no es una envoltura exterior al que habla, piensa o percibe. En el lenguaje, la forma del significante, sus propias unidades quedarían indeterminadas si el eventual oyente no guiase sus opciones por el rostro del que habla (―vaya, parece enfadado...‖, ―no ha podido

    decir eso...‖, ―mírame a la cara cuando te hablo...‖, ―mírame bien...‖). Un niño, una mujer, una madre de familia, un hombre, un padre, un jefe, un profesor, un policía, no hablan una lengua en general, hablan una lengua cuyos rasgos significantes se ajustan a los rasgos de rostridad específicos. Los rostros no son, en principio, individuales, defienden zonas de frecuencia o de probabilidad, delimitan un campo que neutraliza de antemano las expresiones y conexiones rebeldes a las significaciones dominantes. De igual modo, la forma de la subjetividad, conciencia o pasión, quedaría absolutamente vacía si los rostros no constituyesen espacios de resonancia que seleccionan lo real mental o percibido, adecuándolo previamente a una realidad dominante. El rostro es redundancia. Y hace redundancia con las redundancias de significancia o de frecuencia, pero también con las de resonancia o de subjetividad. El rostro construye la pared que necesita el significante para rebotar, constituye la pared del significante, el marco o la pantalla. El rostro labra el agujero que necesita la subjetivación para manifestarse; constituye el agujero negro de la subjetividad como conciencia o pasión, la cámara, el tercer ojo.

    ¿O acaso hay que decir las cosas de otro modo? Pues no es exactamente el rostro el que constituye la pared del significante, o el agujero de la subjetividad. El rostro, al menos el rostro concreto, comenzaría a dibujarse vagamente sobre la pared blanca. Comenzaría a aparecer vagamente en el agujero negro. En el cine, el primer plano de un rostro oscila entre dos polos: hacer que el rostro refleje la luz, o, al contrario, marcar las sombras hasta hundirlo ―en la más implacable obscu-ridad‖1. Un psicólogo decía que el rostro es un precepto visual que cristaliza a partir ―de las diversas variedades de luminosidades difusas, sin forma ni dimen-sión‖. Sugestiva blancura, agujero capturante, rostro. El agujero negro sin dimensión, la pared blanca sin forma ya estarían en principio ahí. Y en ese sistema, ya serían posibles muchas combinaciones: o bien unos agujeros negros se distribuyen sobre la pared blanca, o bien la pared blanca se estira y va hacia el agujero negro que los reúne a todos, los precipita o los ―aglomera‖. Unas veces unos rostros aparecerían sobre la pared, con sus agujeros; otras aparecerían en el agujero, con su pared linealizada, enrollada. Cuento de terror, efectivamente, el rostro es un cuento de terror. Es cierto que el significante no construye él solo la pared que necesita, es cierto que la subjetividad no labra ella sola su agujero. Pero tampoco los rostros concretos son algo ya construido. Los rostros concretos nacen de una máquina abstracta de rostridad, que va a producirlos al mismo tiempo que proporciona al significante su pared blanca, a la subjetividad su agujero negro. Así pues, el sistema agujero negro-pared blanca todavía no sería un rostro, sería la máquina abstracta la que lo produce, según las combinaciones deformables de sus engranajes. Pero no esperemos que la máquina abstracta se parezca a lo que produce, a lo que va a producir.

    La máquina abstracta surge cuando menos se la espera, en el transcurso de un adormecimiento, de un estado crepuscular, de una alucinación, de un divertido experimento de física... El relato de Kafka, Blumfeld*: el solterón regresa a su casa


    * Franz Kafka, ―Blumfeld, un solterón‖, en La Muralla China. Alianza Editorial, pág. 131 y ss. (N. del T.).

    por la noche y encuentra dos pelotitas de ping-pong que saltan por sí solas sobre la

    ―pared‖ del suelo, rebotan en todas partes, tratan incluso de alcanzar su rostro, y diríase que contienen otras pelotitas eléctricas todavía más pequeñas. Blumfeld logra por fin encerrarlas en el agujero negro del cuarto trastero. La escena continua al día siguiente cuando Blumfeld trata de dar las pelotitas a un niño tonto y a dos niñas que gesticulan continuamente, y luego, en el despacho, donde se encuentra con que sus dos escribientes, pusilánimes y llenos de tics, quieren quitarle la escoba al criado encargado de barrer. En un admirable ballet de Debussy y Nijinsky, una pelotita de tenis rebotará sobre la escena al crepúsculo; otra pelota surgirá de forma parecida al final. Entre las dos, ahora dos niñas y un muchacho que las observa, desarrollan sus rasgos pasionales de danza y de rostro bajo luminosidades difusas (curiosidad, despecho, ironía, éxtasis...)2. No hay nada que explicar, nada que interpretar. Pura máquina de estado crepuscular. ¿Pared blanca-agujero negro? Pero, según las combinaciones, puede perfectamente ocurrir que la pared sea negra y el agujero blanco. Las pelotas pueden rebotar sobre una pared, o introducirse en un agujero. Incluso pueden en su impacto tener un papel relativo de agujero con relación a la pared, como también pueden en su afilado recorrido tener un papel relativo de pared con relación al agujero hacia el que se dirigen. Circulan en el sistema pared blanca-agujero negro. Aquí nada se parece a un rostro y, sin embargo, los rostros se distribuyen en todo el sistema, los rasgos de rostridad se organizan. Y, sin embargo, también esta máquina abstracta puede perfectamente efectuarse en otra cosa que en rostros; pero no en un orden cualquiera, ni sinrazones necesarias.

    La psicología americana se ha ocupado mucho del rostro, especialmente en la relación del hijo con su madre, eye-to-eye contact. ¿Máquina de cuatro ojos? Recordemos algunas etapas de estas investigaciones: 1) los estudios de Isakower sobre el adormecimiento, en los que se demuestra que las sensaciones llamadas propioceptivas, manuales, bucales, cutáneas, e incluso vagamente visuales, remiten a la relación infantil boca-seno; 2) el descubrimiento de Lewin de una pantalla blanca del sueño, normalmente recubierta por los contenidos visuales, pero que permanece blanca cuando el sueño sólo tiene como contenidos sensaciones propioceptivas (esta pantalla o esta pared blanca sería todavía el seno acercándose, creciendo, aplastándose); 3) la interpretación de Spitz según la cual la pantalla blanca no deja de ser ya un precepto visual que implica un mínimo de distancia, y que como tal, más que representar el seno como objeto de sensación táctil o de contacto, hará surgir el rostro materno por el que el niño se guía para tomar el pecho. Así pues, habría una combinación de dos tipos de elementos muy distintos: las sensaciones propioceptivas manuales, bucales y cutáneas, la percepción visual del rostro visto de frente sobre una pantalla blanca, con el dibujo de los ojos como agujeros negros. Esta percepción visual adquiere muy rápido una importancia decisiva respecto al acto de nutrirse, respecto al seno como volumen y a la boca como cavidad experimentadas táctilmente 3.

    Podemos, pues, proponer la siguiente distinción: el rostro forma parte de un sistema superficie-agujeros, superficie agujereada. Pero este sistema no debe confundirse con el sistema volumen-cavidad, propio del cuerpo (propioceptivo).

    La cabeza está incluida en el cuerpo, pero no el rostro. El rostro es una superficie: rasgos, líneas, arrugas, rostro alargado, cuadrado, triangular, el rostro es un mapa, incluso si se aplica y se enrolla sobre un volumen, incluso si rodea y bordea cavidades que ya sólo existen como agujeros. Incluso humana, la cabeza no es forzosamente un rostro. El rostro sólo se produce cuando la cabeza deja de formar parte del cuerpo, cuando deja de estar codificada por el cuerpo, cuando deja de tener un código corporal polívoco multidimensional —cuando el cuerpo, incluida la cabeza, está descodificado y debe ser sobrecodificado por algo que llamaremos Ros-tro—. Dicho de otro modo, la cabeza, todos los elementos volumen-cavidad de la cabeza, deben ser rostrificados. Y lo serán por la pantalla agujereada, por la pared blanca-agujero negro, la máquina abstracta que va a producir rostro. Pero la operación no acaba ahí: la cabeza y sus elementos no serán rostrificados sin que la totalidad del cuerpo no pueda serlo, no se vea obligado a serlo, en un proceso inevitable. La boca y la nariz, y sobre todo los ojos, no devienen una superficie agujereada sin arrastrar a los demás volúmenes y a todas las cavidades del cuerpo. Operación digna del Dr. Moreau: horrible y expléndida. La mano, el seno, el vientre, el pene y la vagina, la nalga, la pierna y el pie serán rostrificados. El fetichismo, la erotomania, etc., son inseparables de estos procesos de rostrificación. No se trata en modo alguno de tomar una parte del cuerpo para hacer que se parezca a un rostro, o hacer intervenir un rostro irreal como en una nube. Ningún an-tropomorfismo. La rostrificación no actúa por semejanza, sino por orden de razones. Es una operación mucho más inconsciente y maquínica que hace pasar todo el cuerpo por la superficie agujereada, y en la que el rostro no desempeña el papel de modelo o imagen, sino el de sobrecodificación para todas las partes descodificadas. Todo sigue siendo sexual, no hay ninguna sublimación, sino nuevas coordenadas. Precisamente porque el rostro depende de una máquina abstracta no se contentará con ocultar la cabeza, sino que afectará a las demás partes del cuerpo, e incluso, si fuera necesario, a otros objetos completamente distintos. Así pues, la cuestión es saber en qué circunstancias se desencadena esa máquina, que produce rostro y rostrificación. Si la cabeza, incluso la humana, no es forzosamente un rostro, el rostro sí es producido en la humanidad, pero por una necesidad que no es la de los hombres ―en general‖. El rostro no es animal, pero tampoco es humano en general, incluso hay algo absolutamente inhumano en el rostro. Es todo un error hacer como si el rostro sólo deviniese inhumano a partir de un cierto umbral: primer plano, ampliación exagerada, expresión insólita, etc. Inhumano en el hombre, el rostro lo es desde el principio, el rostro es por naturaleza primer plano, con sus superficies blancas inanimadas, sus agujeros negros brillantes, su vacío y su aburrimiento. Rostro-bunker. Hasta tal punto que si el hombre tiene un destino, ese sería el de escapar al rostro, deshacer el rostro y las rostrificaciones, devenir imperceptible, devenir clandestino, no por un retorno a la animalidad, ni tan siquiera por retornos a la cabeza, sino por devenires-animales muy espirituales y muy especiales, por extraños devenires en verdad que franquearán la pared y saldrán de los agujeros negros, que harán que hasta los rasgos de rostridad se sustraigan finalmente a la organización del rostro, ya no se dejen englobar por el rostro, pecas que huyen hacia el horizonte, cabellos arrastrados por el viento, ojos

    que uno atraviesa en lugar de mirarse en ellos o de mirarlos en el taciturno cara a cara de las subjetividades significantes. ―Ya no miro a los ojos de la mujer que tengo en mis brazos, los atravieso a nado, cabeza, brazos y piernas en su integridad, y veo que tras las órbitas de esos ojos se extiende un mundo inexplorado, mundo de las cosas futuras, y que ese mundo carece de toda lógica (...). He roto la pared (...), mis ojos ya no sirven para nada, pues sólo me remiten la imagen de lo conocido. La totalidad de mi cuerpo debe devenir rayo perpetuo de luz, moviéndose a una velocidad cada vez mayor, sin respiro, sin retorno, sin debilidad (...). Sello, pues, mis oídos, mis ojos, mis labios‖4. CsO. Sí, el rostro tiene un gran futuro, a condición de que sea destruido, deshecho. En camino hacia lo asignificante, hacia lo asubjetivo. Pero nosotros todavía no hemos explicado nada de lo que intuimos.

    Del sistema cuerpo-cabeza al sistema rostro no hay evolución, estadios genéticos. Ni posiciones fenomenológicas. Ni integraciones de objetos parciales, con organizaciones estructurales o estructurantes. Tampoco referencia a un sujeto que ya estaría presente, o que se vería abocado a estarlo, sin pasar por esa máquina específica de rostridad. En la literatura del rostro, el texto de Sartre sobre la mirada y el de Lacan sobre el espejo cometen el error de remitir a una forma de subjetividad, de humanidad reflejada en un campo fenomenológico, o escindida en un campo estructural. Pero la mirada sólo es secundaria con relación a los ojos sin mirada, al agujero negro de la rostridad. El espejo sólo es secundario con relación a la pared blanca de la rostridad. Tampoco debe hablarse de eje genético, ni de integración de objetos parciales. La idea de los estadios en la ontogénesis es una idea de árbitro: se piensa que lo más rápido es anterior, sin perjuicio de servir de base o de trampolín para lo que viene después. La idea de los objetos parciales todavía es peor, es la de un experimentador demente que despedaza, corta, anatomiza en todos los sentidos, sin perjuicio de volver a coserlo todo de cualquier forma. Se puede hacer una lista cualquiera de objetos parciales: la mano, el seno, la boca, los ojos... Así no se sale de Frankestein. No hay que considerar órganos sin cuerpo, cuerpo despedazado, sino fundamentalmente un cuerpo sin órganos, animado de diferentes movimientos intensivos que determinarán la naturaleza y el lugar de los órganos en cuestión, que convertirán a ese cuerpo en un organismo, o incluso en un sistema de estratos del que el organismo sólo es una parte. Como consecuencia, el movimiento más lento no es el menos intenso ni el último en producirse o suceder. El más rápido puede ya converger con él, conectarse con él, en el desequilibrio de un desarrollo disincrónico de estratos no obstante simultáneos, de velocidades diferentes, sin sucesión de estadios. El cuerpo no tiene nada que ver con objetos parciales, sino con velocidades diferenciales.

    Esos movimientos son movimientos de desterritorialización. Ellos son los que

    ―hacen‖ al cuerpo un organismo, animal o humano. Por ejemplo, la mano prensil implica una desterritorialización relativa no sólo de la pata delantera, sino de la mano locomotriz. Y tiene un correlato, que es el objeto de uso o de herramienta: el bastón como rama desterritorializada. El seno de la mujer en posición vertical indica una desterritorialización de la glándula mamaria animal; la boca del niño, provista de labios como consecuencia del replegamiento de la mucosa en el exte-

    rior, indica una desterritorialización del hocico o de la boca del animal. Y labios-seno, cada uno sirve de correlato al otro5. La cabeza humana implica una desterritorialización con relación al animal, al mismo tiempo que tiene como correlato la organización de un mundo como medio a su vez desterritorializado (la estepa es el primer ―mundo‖ por oposición al medio forestal). Pero el rostro representa a su vez una desterritorialización mucho más intensa, incluso si es más lenta. Diríase que es una desterritorialización absoluta: deja de ser relativa, puesto que hace salir la cabeza del estrato de organismo, tanto humano como animal, para conectarla con otros estratos como los de significancia o subjetivación. Ahora bien, el rostro tiene un correlato de una gran importancia, el paisaje, que no sólo es un medio, sino también un mundo desterritorializado. Múltiples son las correlaciones rostro-paisaje, a ese nivel ―superior‖. La educación cristiana ejerce a la vez el control espiritual de la rostridad y de la paisajidad: componed tanto unos como otros, coloreadlos, completadlos, ordenadlos en una complementariedad que refleja paisajes y rostros6. Los manuales de rostro y de paisaje forman una pedagogía, severa disciplina, que inspira a las artes en la misma medida en que ellas le inspiran a ella. La arquitectura sitúa sus conjuntos, casas, pueblos o ciudades, monumentos o fábricas, que funcionan como rostros, en un paisaje que ella transforma. La pintura repite el mismo movimiento, pero también lo invierte, situando un paisaje en función del rostro, tratando tanto uno como otro: ―tratado del rostro y del pai-saje‖. El primer plano cinematográfico trata, fundamentalmente, el rostro como un paisaje, así se define, agujero negro y pared blanca, pantalla y cámara. Pero eso ya sucedía en las demás artes, en la arquitectura, en la pintura, e incluso en la novela: están animadas por primeros planos que inventan todas las correlaciones. Tu madre qué es, ¿un paisaje o un rostro? ¿Un rostro o una fábrica? (Godard). No hay rostro que no englobe un paisaje desconocido, inexplorado; no hay paisaje que no se pueble con un rostro amado o soñado, que no desarrolle un rostro futuro o ya pasado. ¿Qué rostro no ha convocado los paisajes que amalgamaba, el mar y la montaña, qué paisaje no ha evocado el rostro que lo habría completado, qué le habría proporcionado el complemento inesperado de sus líneas y de sus rasgos? Incluso cuando la pintura deviene abstracta, lo único que hace es volver a encontrar el agujero negro y la pared blanca, la gran composición de la tela blanca y de la hendidura negra. Desgarramiento, pero también estiramiento de la tela gracias a un eje de fuga, a un punto de fuga, a una diagonal, a unos navajazos, a una hendidura o a un agujero: la máquina ya está ahí presente, y siempre funciona produciendo rostros y paisajes, incluso los más abstractos. Tiziano empezaba pintando en blanco y negro, no para trazar contornos que habría que rellenar, sino como matriz de cada futuro color.

    Veamos ahora lo que ocurre en la novela. Perceval vio una bandada de ocas salvajes que la nieve había cegado (...). El halcón había encontrado una de ellas abandonada por el grupo. La atacó, chocó contra ella con tanta fuerza que cayó abatida (...). Perceval ve a sus pies la nieve en la que la oca se había posado y la sangre todavía reciente. Y se apoya en su lanza a fin de contemplar el aspecto de la sangre y de la nieve juntas. Ese color fresco le parece que es el del rostro de su amada. Olvida todo de tanto pensar en ello, pues así es como veía en el rostro de su amada el carmín sobre el blanco, igual que las tres gotas de sangre aparecían sobre la nieve

    (...). Hemos visto un caballero que duerme de pie sobre su montura. Todo está ahí: la redundancia específica del rostro y del paisaje, la nívea pared blanca del paisaje-rostro, el agujero negro del halcón o de las tres gotas distribuidas sobre la pared; o bien, al mismo tiempo, la línea plateada del paisaje-rostro que va hacia el agujero negro del caballero, profunda catatonía. Pero también, a veces, en determinadas circunstancias, ¿no podrá el caballero impulsar el movimiento cada vez más lejos, atravesando el agujero negro, perforando la pared blanca, deshaciendo el rostro, incluso si la tentativa vuelve a caer en la situación inicial?7. Todo esto no señala en modo alguno un final del género novelesco, sino que está presente desde el principio y fórma esencialmente parte de él. Es falso ver en Don Quijote el final de las novelas de caballería, alegando las alucinaciones, las fugas de ideas, los estados hipnóticos o catalépticos del héroe. Es falso ver en las novelas de Beckett el final de la novela en general, alegando los agujeros negros, la línea de desterritorialización de los personajes, los paseos esquizofrénicos de Molloy o del Innombrable, su pérdida de nombre, de memoria o de proyecto. Evidentemente, existe una evolución de la novela, pero no consiste en eso. La novela no ha cesado de definirse por la aventura de personajes perdidos, que ya no saben su nombre, lo que buscan y lo que hacen, amnésicos, atáxicos, catatónicos. Ellos son los que marcan la diferencia entre el género novelesco y los géneros dramáticos o épicos (el héroe épico o dramático sufre sus ataques de locura, de olvido, etc., de otra forma). La princesa de Clèves es una novela precisamente por la razón que pareció paradójica a sus contemporáneos, los estados de ausencia o de ―reposo‖, los adormecimientos que padecen los personajes: siempre hay una educación cristiana en la novela. Molloy es el principio del género novelesco. Desde sus orígenes, con Chrétien de Troyes, por ejemplo, la novela cuenta ya con el personaje esencial que la acompañará a lo largo de toda su evolución: el caballero del roman courtois emplea el tiempo en olvidar su nombre, lo que hace, lo que le dicen, no sabe a dónde va ni a quién habla, no cesa de trazar una línea de desterritorialización absoluta, pero también de perder en ella su camino, de pararse y de caer en agujeros negros.

    ―Espera caballería y aventura‖. Abrid Chrétien de Troyes por cualquier página, siempre encontraréis un caballero catatónico sentado sobre su caballo, apoyado en su lanza, que espera, que ve en el paisaje el rostro de su amada, y al que hay que golpear para que responda. Lanzelot, ante el blanco rostro de la reina, no se da cuenta de que su caballo se hunde en el río; o bien monta en una carreta que pasa, y que no es otra que la carreta de la infamia. Hay un conjunto rostro-paisaje que pertenece a la novela, y en el que unas veces los agujeros negros se distribuyen sobre la pared blanca, y otras, la línea blanca del horizonte va hacia un agujero negro, y las dos cosas a la vez.


    Teoremas de desterritorialización o proposiciones maquínicas


    1er teorema: Uno nunca se desterritorializa solo, como mínimo siempre hay dos términos, mano-objeto de uso, boca-seno, rostro-paisaje. Y cada uno de estos dos términos se reterritorializa en el otro. Por tanto, no hay que confundir la reterri-

    torialización con el retorno a una territorialidad primitiva o más antigua: la reterritorialización implica, forzosamente, un conjunto de artificios por los que un elemento, a su vez desterritorializado, sirve de nueva territorialidad al otro que también ha perdido la suya. De ahí todo un sistema de reterritorializaciones horizontales y complementarias, entre la mano y la herramienta, la boca y el seno, el rostro y el paisaje. —2o teorema: De dos elementos o movimiento de desterritorialización, el más rápido no es forzosamente el más intenso o el más desterritorializado. No hay que confundir la intensidad de desterritorialización con la velocidad de movimiento o de desarrollo. Por tanto, el más rápido conecta su intensidad con la intensidad del más lento, la cual, en tanto que intensidad, no le sucede, sino que actúa simultáneamente sobre otro estrato o sobre otro plano. Así, la relación seno-boca se orienta ya en función de un plano de rostridad. —3er teorema: Se puede, incluso, concluir que el menos desterritorializado se reterritorializa en el más desterritorializado. Se establece así un segundo sistema de reterritorializaciones, vertical, de abajo arriba. En ese sentido, no sólo la boca, sino el seno, la mano, el cuerpo en su totalidad, y hasta la herramienta, están ―rostrificados‖. Como regla general, las desterritorializaciones relativas (transcodificación) se reterritorializan en una desterritorialización absoluta en tal o cual aspecto (sobrecodificación). Ahora bien, hemos visto que la desterritorialización de la cabeza en rostro era absoluta, aunque siguiese siendo negativa, en la medida en que pasaba de un estrato a otro, del estrato de organismo a los de significancia o subjetivación. La mano, el seno se reterritorializan en el rostro, en el paisaje: están rostrificados y a la vez paisajizados. Incluso un objeto de uso será rostrificado: de una casa, de un utensilio o de un objeto, de una ropa, etc., diríase que me miran, y no porque se parezcan a un rostro, sino porque están atrapados en el proceso pared blanca-agujero negro, porque se conectan con la máquina abstracta de rostrificación. El primer plano cinematográfico no sólo tiene por objeto un rostro o un elemento de rostro, sino también un cuchillo, una taza, un reloj, un hervidor; en Griffith, por ejemplo, el hervidor me mira. ¿No sería, pues, lógico decir que existen primeros planos de novela, como cuando Dickens escribe la primera frase del Grillo del hogar: ―El hervidor comenzó...?‖ 8. Y de pintura, en la que una naturaleza muerta deviene interiormente un rostro-paisaje, en la que un utensilio, una taza sobre el mantel, una tetera, están rostrificados en Bonnard, en Vuillard. —4o teorema: La máquina abstracta no se efectúa, pues, únicamente, en rostros que produce, sino también, y en grados diversos, en partes del cuerpo, ropas, objetos que ella ros-trifica según un orden de razones (no según una organización de semejanza).

    En efecto, la cuestión fundamental sigue siendo: ¿cuándo aparece la máquina abstracta de rostridad? ¿Cuándo se desencadena? Veamos unos ejemplos muy simples: el poder materno que pasa por el rostro de la madre en el curso del amamantamiento, el poder pasional que pasa por el rostro del amado, incluso en las caricias; el poder político que pasa por el rostro del jefe, banderolas, iconos y fotos, incluso en las acciones de masa; el poder del cine que pasa por el rostro de la estrella y por el primer plano; el poder de la tele... En todos estos casos, el rostro no actúa como individual, la individuación es el resultado de la necesidad de que haya rostro. Lo que cuenta no es la individualidad del rostro, sino la eficacia del

    cifrado que permite realizar, y en qué casos. No es una cuestión de ideología, sino de economía y de organización de poder. Por supuesto, nosotros no decimos que el rostro, la potencia del rostro, engendre el poder y lo explique. Por el contrario, ciertos agenciamientos de poder tienen necesidad de producir rostro, otros no. Si consideramos las sociedades primitivas, vemos que en ellas pocas cosas pasan por el rostro: su semiótica es no significante, no subjetiva, esencialmente colectiva, po-lívoca y corporal, utilizando formas y sustancias de expresión muy diversas. La polivocidad pasa por los cuerpos, sus volúmenes, sus cavidades internas, sus conexiones y coordenadas externas variables (territorialidades). Un fragmento de semiótica manual, una secuencia manual se coordina sin subordinación ni unificación con una secuencia oral, cutánea, o rítmica, etc. Lizot muestra, por ejemplo, cómo en esas sociedades ―la disociación entre el deber, el rito y la vida cotidiana es casi perfecta (...), extraña, inconcebible para nuestros espíritus‖: en un comportamiento de duelo, mientras que unos dicen chistes obscenos, otros lloran; o bien un indio deja bruscamente de llorar y se pone a reparar su flauta; o bien todo el mundo se duerme9. Y lo mismo ocurre con el incesto: no hay prohibición del incesto, hay secuencias incestuosas que se conectan con secuencias de prohibición según tales o tales coordenadas. Las pinturas, los tatuajes, las marcas en la piel se adaptan a la multidimensionalidad de los cuerpos. Incluso las máscaras, más que realzar un rostro, aseguran la pertenencia de la cabeza al cuerpo. Sin duda, se producen profundos movimientos de desterritorialización, que trastocarán las coordenadas del cuerpo y esbozan agenciamientos particulares de poder, aunque, sin embargo, poniendo el cuerpo en conexión, no con la rostridad, sino con devenires animales, especialmente con la ayuda de drogas. Pero no hay realmente menos espiritualidad: pues los devenires animales se basan en un Espíritu animal, espíritu-jaguar, espíritu-pájaro, espíritu-ocelote, espíritu-tucán, que toman posesión del interior del cuerpo, penetran en sus cavidades, llenan volúmenes, en lugar de hacerle un rostro. Los casos de posesión expresan una relación directa de las Voces con el cuerpo, no con el rostro. Las organizaciones de poder del chamán, del guerrero, del cazador, frágiles y precarias, son tanto más espirituales cuanto que pasan por la corporeidad, la animalidad, la vegetabilidad. Cuando decíamos que la cabeza humana pertenece todavía al estrato de organismo, evidentemente no negábamos la existencia de una cultura y de una sociedad, tan sólo queríamos decir que los códigos de esas culturas y de esas sociedades se basan en los cuerpos, en la pertenencia de las cabezas a los cuerpos, en la capacidad del sistema cuerpo-cabeza para devenir, para recibir almas, recibirlas como amigas y rechazar las enemigas. Los ―primitivos‖ pueden tener las cabezas más humanas, más bellas y más espirituales, pero no tienen rostro y no tienen necesidad de él.

    Y eso por una razón muy simple. El rostro no es universal. Ni siquiera es el del hombre blanco. El rostro es el propio Hombre blanco, con sus anchas mejillas blancas y el agujero negro de los ojos. El rostro es Cristo. El rostro es el Europeo tipo, ese que Ezra Pound llamaba el hombre sensual cualquiera, en resumen, el Erotómano ordinario (los psiquiatras del siglo XIX tenían razón cuando decían que la erotomanía, al contrario que la ninfomanía, a menudo, permanecía pura y casta; precisamente porque pasa por el rostro y la rostrificación). No universal,

    sino facies totius universi. Jesucristo superestar: inventa la rostrificación de todo el cuerpo y la transmite por todas partes (la Pasión de Juana de Arco, en primer plano). El rostro es, pues, una idea de una naturaleza muy particular, lo que no le impide haber adquirido y ejercido una función mucho más general. Una función de biunivocización, de binarización. Esa función presenta dos aspectos: la máquina abstracta de rostridad, tal como está compuesta por agujero negro-pared blanca, funciona de dos maneras una de las cuales concierne a las unidades o elementos, la otra a las opciones. Según el primer aspecto, el agujero negro actúa como un ordenador central, Cristo, tercer ojo, que se desplaza sobre la pared o la pantalla blanca como superficie general de referencia. Cualquiera que sea el contenido que se le dé, la máquina va a proceder a la constitución de una unidad de rostro, de un rostro elemental en relación biunívoca con otro: es un hombre o una mujer, un rico o un pobre, un adulto o un niño, un jefe o un subordinado, ―un x o un y‖. El desplazamiento del agujero negro sobre la pantalla, el recorrido del tercer ojo sobre la superficie de referencia constituye otras tantas dicotomías o arborescencias, como máquinas de cuatro ojos que son rostros elementales unidos de dos en dos. Rostro de maestra y de alumno, de padre y de hijo, de obrero y de patrón, de policía y de ciudadano, de acusado y de juez (―el juez tenía un aspecto severo, tenía la mirada perdida...‖): los rostros concretos individuados se producen y se transforman en torno a esas unidades, a esas combinaciones de unidades, como ese rostro de niño rico en el que ya se puede discernir la vocación militar, la nuca de cadete de Saint Cyr. Más que poseer un rostro, nos introducimos en él.

    Según el otro aspecto, la máquina abstracta de rostridad desempeña un papel de respuesta selectiva o de opción: dado un rostro concreto, la máquina juzga si pasa o no pasa, si se ajusta o no se ajusta, según las unidades de rostros elementales. La relación binaria es, en este caso, del tipo ―si-no‖. El ojo vacío del agujero negro absorbe o rechaza, como un déspota medio chocho sigue haciendo un signo de asentimiento o de rechazo. Tal rostro de maestra está lleno de tics y refleja una ansiedad que hace que ―eso ya no funcione‖. Un acusado, un subordinado, manifiestan una sumisión tan afectada que deviene insolencia. O bien: demasiado educado para ser honesto. Tal rostro no es ni el de un hombre ni el de una mujer. O también, no es ni un pobre ni un rico, ¿no será un desclasado que ha perdido su fortuna? La máquina rechaza continuamente los rostros inadecuados o los gestos equívocos. Pero sólo a tal nivel de elección. Pues sucesivamente habrá que producir variaciones-tipo de desviación para todo lo que escapa a las relaciones biunívocas, e instaurar relaciones binarias entre lo que es aceptado en una primera opción y lo que sólo es tolerado en una segunda, en una tercera, etc. La pared blanca no cesa de crecer, al mismo tiempo que el agujero negro funciona varias veces. La maestra se ha vuelto loca; pero la locura es un rostro adecuado de enésima opción (no la última, sin embargo, puesto que todavía hay rostros de locos que no se ajustan a la locura tal como se supone que debe ser). ¡Ah, no es ni un hombre ni una mujer, es un travesti!: la relación binaria se establece entre el ―no‖ de la primera categoría y un ―sí‖ de la categoría siguiente, que puede señalar tanto una tolerancia bajo ciertas condiciones como indicar un enemigo al que hay que derrotar a cualquier precio. De todas formas te han reconocido, la máquina abstracta

    te ha inscrito en el conjunto de su cuadriculado. Vemos perfectamente que, en su nuevo papel de detección de las desviaciones, la máquina de rostridad no se contenta con casos individuales, sino que procede tan generalmente como en su primer papel de ordenar normalidades. Si el rostro es Cristo, es decir, el Hombre blanco medio-cualquiera, las primeras desviaciones, las primeras variaciones-tipo son raciales: hombre amarillo, hombre negro, hombres de segunda o tercera categoría. También ellos serán inscritos sobre la pared, distribuidos por el agujero. Deben ser cristianizados, es decir, rostrificados. El racismo europeo como pretensión del hombre blanco nunca ha procedido por exclusión, ni asignación de alguien designado como Otro: más bien sería en las sociedades primitivas donde se percibe al extranjero como ―otro‖ 10. El racismo procede por determinación de las variaciones de desviación, en función del rostro Hombre blanco que pretende integrar en ondas cada vez más excéntricas y retrasadas los rasgos inadecuados, unas veces para tolerarlos en tal lugar y en tales condiciones, en tal ghetto, otras para borrarlos de la pared, que nunca soporta la alteridad (es un judío, es un árabe, es un negro, es un loco... etc). Desde el punto de vista del racismo, no hay exterior, no hay personas de afuera, sino únicamente personas que deberían ser como nosotros, y cuyo crimen es no serlo. El corte ya no pasa entre un adentro y un afuera, sino en el interior de las cadenas significantes simultáneas y de las opciones subjetivas sucesivas. El racismo jamás detecta las partículas de lo otro, propaga las ondas de lo mismo hasta la extinción de lo que no se deja identificar (o que sólo se deja identificar a partir de tal o tal variación). Su crueldad sólo es equiparable a su incompetencia o su ingenuidad.

    De una manera más libre, la pintura ha utilizado todos los recursos del Cristo-rostro. La máquina abstracta de rostridad, pared blanca-agujero negro, los ha utilizado en todos los sentidos para producir con el rostro de Cristo todas las unidades de rostro, pero también todas las variaciones de desviación. De la Edad Media al Renacimiento, se produce una gran exaltación en la pintura a este respecto, algo así como una libertad desenfrenada. Cristo no sólo preside la rostrificación de todo el cuerpo (su propio cuerpo), la paisajización de todos los medios (sus propios medios), sino que compone todos los rostros elementales, y utiliza todas las variaciones: Cristo contorsionista, Cristo manierista homosexual, Cristo negro, o cuando menos Virgen negra fuera de la pared. A través del código católico, el lienzo se puebla de las mayores locuras. Pongamos un único ejemplo entre otros muchos: sobre fondo blanco de paisaje, y agujero azul-negro del cielo, Cristo Crucificado, devenido máquina cometa, envía mediante rayos estigmas a San Francisco; los estigmas efectúan la rostrificación del cuerpo del santo, a imagen del de Cristo; pero también los rayos que aportan los estigmas al santo son los hilos mediante los cuales éste mueve el cometa divino. Bajo el signo de la cruz se ha logrado pulverizar el rostro en todos los sentidos, y los procesos de rostrificación. La teoría de la información parte de un conjunto homogéneo de mensajes significantes, construidos de antemano, que ya están incluidos como elementos en relaciones biunívocas, o cuyos elementos están organizados de un mensaje al otro según esas relaciones. En segundo lugar, el logro de una combinación depende de un cierto número de opciones binarias subjetivas que aumentan proporcionalmente

    al número de elementos. Ahora bien, la cuestión es la siguiente: toda esta biunivocización, toda esta binarización (que no sólo depende, como se suele decir, de una mayor facilidad para el cálculo) suponen ya el despliegue de una pared o de una pantalla, la instalación de un agujero central ordenador, sin los cuales ningún mensaje sería discernible, ninguna opción efectuable. Ya es necesario que el sistema agujero negro-pared blanca cuadricule todo el espacio, dibuje sus arborescencias o sus dicotomías, para que el significante y la subjetividad puedan tan sólo hacer concebible la posibilidad de las suyas. La semiótica mixta de significancia y de subjetivación tiene una especial necesidad de ser protegida contra cualquier intrusión del afuera. Incluso es necesario que ya no haya exterior: ninguna máquina nómada, ninguna polivocidad primitiva debe surgir, con sus combinaciones de sustancias de expresión heterogéneas. Se necesita una sola sustancia de expresión como condición de toda traducibilidad. Sólo se pueden constituir cadenas significantes que proceden por elementos discretos, digitalizados, desterritorializados, si se dispone de una pantalla semiológica, de una pared que las proteja. Sólo se pueden realizar opciones subjetivas entre dos cadenas o en cada punto de una cadena si no existe ninguna tempestad exterior que arrastre las cadenas y los objetos. Sólo se puede formar una trama de subjetividades si se posee un ojo central, agujero negro que captura todo lo que exceda, todo lo que transforme tanto los afectos asignados como las significaciones dominantes. Es más, es absurdo pensar que el lenguaje como tal pueda vehicular un mensaje. Una lengua siempre está atrapada en rostros que anuncian sus enunciados, que los lastran respecto a los significantes dominantes y a los sujetos concernidos. Las opciones se guían y los elementos se organizan por los rostros: la gramática común es inseparable de una educación de los rostros. El rostro es un verdadero portavoz. Así pues, no sólo la máquina abstracta de rostridad debe proporcionar una pantalla protectora o un agujero negro ordenador, sino que los rostros que ella produce trazan todo tipo de arborescencias y de dicotomías, sin las cuales el significante y lo subjetivo no podrían hacer funcionar aquellas que les corresponden en el lenguaje. Indudablemente, las binaridades y biunivocidades de rostro no son las mismas que las del lenguaje, de sus elementos y de sus sujetos. No se parecen en nada. Pero las primeras sirven de base a las segundas. En efecto, al traducir contenidos formados cualesquiera en una sola sustancia de expresión, la máquina de rostridad los somete ya a la forma exclusiva de expresión significante y subjetiva. Procede a la cuadriculación previa que hace posible el discernimiento de elementos significantes, la efectuación de opciones subjetivas. La máquina de rostridad no es un anexo del significante y del sujeto, más bien es conexa a ellos, y condicionante: las biunivocidades, las binaridades de rostro refuerzan las otras, las redundancias de rostro hacen redundancia con las redundancias significantes y subjetivas. Precisamente porque depende de una máquina abstracta, el rostro no supone ni un sujeto ni un significante déjà là, sino que es conexo a ellos, y les proporciona la sustancia necesaria. Un sujeto no elige rostros, como en el test de Szondi, son los rostros los que eligen sus sujetos. Un significante no interpreta la figura mancha negra-agujero blanco, o página blanca-agujero negro, como en el test de Rorschach, es esa figura la que programa los significantes.

    Hemos avanzado en la cuestión: ¿qué es lo que desencadena la máquina abstracta de rostridad, puesto que no se ejerce siempre ni en todas las formaciones sociales? Ciertas formaciones sociales tienen necesidad de rostro, y también de paisaje11. Es muy complicado. En diferentes épocas, se ha producido un derrum-bamiento generalizado de todas las semióticas primitivas, polívocas, heterogéneas, que utilizan sustancias y formas de expresión muy diversas, en beneficio de una semiótica de significancia y de subjetivación. Cualesquiera que sean las diferencias entre la significancia y la subjetivación, cualquiera que sea el predominio de una o de otra en tal o tal caso, cualesquiera que sean las figuras variables de su combinación, de hecho, las dos tienen en común el destruir toda polivocidad, el erigir el lenguaje como forma de expresión exclusiva, el proceder por biunivocización significante y por binarización subjetiva. La sobrelinealidad propia del lenguaje deja de estar coordinada con figuras multidimensionales: aplana ahora todos los volúmenes, se atribuye todas las líneas. ¿Acaso es un azar si la lingüística encuentra siempre, y muy rápido, el problema de la homonimia o de los enunciados ambiguos que va a tratar mediante un conjunto de reducciones binarias? Más generalmente, ninguna polivocidad, ningún rasgo rizomático pueden ser soportados: un niño que corre, que juega, que baila, que dibuja, no puede concentrar su atención en el lenguaje y la escritura, ni tampoco será nunca un buen sujeto. En resumen, la nueva semiótica tiene necesidad de destruir sistemáticamente toda la multiplicidad de las semióticas primitivas, incluso si conserva restos de ellas en enclaves bien determinados.

    No obstante, las semióticas no se hacen así la guerra, exclusivamente con sus armas. Agenciamientos de poder muy específicos imponen la significancia y la subjetivación como su forma de expresión determinada, en presuposición recíproca con nuevos contenidos: no hay significancia sin un agenciamiento despótico, no hay subjetivación sin un agenciamiento autoritario, no hay combinación de las dos sin agenciamientos de poder que actúan, precisamente, mediante significantes, y se ejercen sobre almas o sujetos. Pues bien, estos agenciamientos de poder, estas formaciones despóticas o autoritarias son las que proporcionan a la nueva semiótica los medios para ejercer su imperialismo, es decir, los medios para destruir a las demás y, a la vez, protegerse contra cualquier amenaza procedente del afuera. Se trata de una abolición premeditada del cuerpo y de las coordenadas corporales por las que pasaban las semióticas polívocas o multidimensionales. Se disciplina-rán los cuerpos, se deshará la corporeidad, se eliminarán los devenires animales, se llevará la desterritorialización hasta un nuevo umbral, puesto que se saltará de los estratos orgánicos a los estratos de significancia y de subjetivación. Se producirá una sola sustancia de expresión. Se construirá el sistema pared blanca-agujero negro, o más bien se desencadenará esa máquina abstracta que debe precisamente permitir y garantizar tanto la omnipotencia del significante como la autonomía del sujeto. Os clavarán en la pared blanca, os hundirán en el agujero negro. Esa máquina se denomina máquina de rostridad, puesto que es producción social de rostro, puesto que efectúa una rostrificación de todo el cuerpo, de sus entornos y de sus objetos, una paisajización de todos los mundos y medios. La desterritorialización del cuerpo implica una reterritorialización en el rostro; la descodificación

    del cuerpo implica una sobrecodificación por el rostro; el desmoronamiento de las coordenadas corporales o de los medios implica una constitución de paisaje. La semiótica del significante y de lo subjetivo nunca pasa por los cuerpos. Es completamente absurdo pretender poner en relación el significante con el cuerpo. A menos que sea con un cuerpo ya totalmente rostrificado. La diferencia entre nuestros uniformes y ropas por un lado, y las pinturas y vestimentas primitivas por otro, radica en que los primeros efectúan una rostrificación del cuerpo, con el agujero negro de los botones y la pared blanca de la tela. Incluso la máscara encuentra aquí una nueva función, justo la contraria de la precedente. Pues la máscara no tiene ninguna función unitaria, salvo negativa (la máscara nunca sirve para disimular, para ocultar, ni siquiera cuando muestra o revela). La máscara, o bien asegura la pertenencia de la cabeza al cuerpo y su devenir animal, como en las semióticas primitivas, o bien, por el contrario, como ahora, asegura la constitución, la revalorización del rostro, la rostrificación de la cabeza y del cuerpo: la máscara es, pues, el rostro en sí mismo, la abstracción o la operación del rostro. Inhumanidad del rostro. El rostro nunca supone un significante o un sujeto previos. El orden es completamente diferente: agenciamiento concreto de poder despótico y autoritario desencadenamiento de la máquina abstracta de rostridad, pared blanca-agujero negro establecimiento de la nueva semiótica de significancia y de subjetivación, en esa superficie agujereada. Por eso nosotros no hemos dejado de considerar dos problemas exclusivamente: la relación del rostro con la máquina abstracta que lo produce; la relación del rostro con los agenciamientos de poder que tienen necesidad de esa producción social. El rostro es una política.

    Por supuesto, con anterioridad ya hemos visto que la significancia y la subjetivación eran unas semióticas totalmente distintas por derecho, con su régimen diferente (irradiación circular, linealidad segmentaria), con su aparato de poder diferente (la esclavitud generalizada despótica, el contrato-proceso autoritario). Y ninguna de las dos comienza con Cristo, con el Hombre blanco como universal cristiano: hay formaciones despóticas de significancia asiáticas, negras o indias; el proceso autoritario de subjetivación aparece en su forma más pura en el destino del pueblo judío. Pero, cualquiera que sea la diferencia entre estas semióticas, no por ello dejan de formar un compuesto de hecho; y precisamente al nivel de ese compuesto ejercen su imperialismo, es decir, su pretensión común de aplastar todas las demás semióticas. No hay significancia que no implique un germen de subjetividad; no hay subjetivación que no suponga restos de significante. Si el significante rebota preferentemente sobre una pared, si la subjetividad va preferentemente hacia un agujero, hay que decir que la pared del significante ya implica agujeros negros, y que el agujero negro de la subjetividad todavía incluye jirones de pared: el compuesto está, pues, bien fundado en la máquina indisociable pared blanca-agujero negro, y las dos semióticas no cesan de mezclarse por entrecruzamiento, intersección, conexión de la una con la otra, como entre ―el hebreo y el faraón‖. Pero aún hay más, puesto que la naturaleza de las mezclas puede ser muy variable. Si es posible fechar la máquina de rostridad, asignándole el año cero de Cristo y el desarrollo histórico del Hombre blanco, es porque la mezcla deja en-

    tonces de ser una intersección o un entrecruzamiento para devenir una penetración completa en la que cada elemento impregna al otro, como gotas de vino tinto en agua clara. Nuestra semiótica de Hombres blancos modernos, la misma del capitalismo, ha alcanzado ese estado de mezcla en el que la significancia y la subjetivación se extienden efectivamente la una a través de la otra. Ahí es donde la rostridad, o el sistema pared blanca-agujero negro, adquiere toda su extensión. No obstante, debemos distinguir los estados de mezcla, y la proporción variable de los elementos. En la etapa cristiana, pero también en las etapas precristianas, un elemento puede predominar sobre el otro, ser más o menos poderoso. Nos vemos, pues, obligados a definir rostros-límites, que no se confunden con las unidades de rostro ni con las variaciones de rostro definidas precedentemente.

    1. Aquí, el agujero negro está sobre la pared blanca. Pero no forman unidad, puesto que el agujero negro no cesa de desplazarse sobre la pared, y procede por binarización. Dos agujeros negros, cuatro agujeros negros, n agujeros se distribuyen como ojos. La rostridad siempre es una multiplicidad. El paisaje se poblará de ojos o de agujeros negros, como en un cuadro de Ernst, como en un dibujo de Aloïse o de Wölfli. Sobre la pared blanca, se inscriben círculos que bordean un agujero: allí donde hay un círculo, se puede poner un ojo. Incluso se puede establecer como ley: cuanto más bordeado esté un agujero, más el efecto del borde consistirá en aumentar la superficie sobre la que se desplaza, y proporcionar a esa superficie una fuerza de captura. El caso más puro quizá aparezca en los cilindros populares etíopes que representan demonios: dos agujeros negros en la superficie blanca del pergamino, o del rostro rectangular o redondo que se dibuja en él; pero esos agujeros negros se dispersan y se reproducen, entran en redundancia, y cada vez que se rodea un círculo secundario, se constituye un nuevo agujero negro, se pone en él un ojo 12. Efecto de captura de una superficie que se cierra a medida que es agrandada. Es el rostro despótico significante, y su multiplicación específica, su proliferación, su redundancia de frecuencia. Multiplicación de ojos. El déspota o sus representantes están por todas partes. Es el rostro visto de frente, visto por un sujeto que, en la medida en que no está atrapado por los agujeros negros, ve menos. Es una figura del destino, el destino terrestre, el destino significante objetivo. El primer plano cinematográfico conoce bien esta figura: primer-plano Griffith, de un rostro, un elemento de rostro o un objeto rostrificado que adquieren entonces un valor temporal anticipador (las agujas del reloj anuncian algo).

    2. Allí, por el contrario, la pared blanca se ha afilado, hilo de plata que va hacia el agujero negro. Un agujero negro que ―aglomera‖ todos los agujeros negros, todos los ojos, todos los rostros, al mismo tiempo que el paisaje es un hilo que se enrolla por su extremidad final alrededor del agujero. Sigue siendo una multiplicidad, pero es otra figura del destino, el destino subjetivo, pasional, reflexivo. Es el rostro o el paisaje marítimo: sigue la línea que separa el cielo y las aguas, o la tierra y las aguas. Este rostro autoritario está de perfil, y va hacia el agujero negro. O bien dos rostros frente a frente, pero de perfil para el observador, y cuya unión ya está marcada por una separación ilimitada. O bien los rostros que se desvían bajo la




      Máquina simple Con el efecto de multiplicación de borde

      Máquina de cuatro ojos



      Proliferación de ojos por borde multiplicado


      Rostro despótico significante terrestre


      Máquina célibe Máquina emparejada Máquina compleja:

      1. Línea de musicalidad

      2. Línea de picturalidad

      3. Línea de paisajidad

      4. Línea de rostridad

      5. Línea de conciencia

      6. Línea de pasión Etc.


Rostro autoritario subjetivo marítimo

(según Tristán e Isolda)

traición que los arrastra. Tristán, Isolda, Isolda, Tristán, en la barca que los lleva hacia el agujero negro de la traición y de la muerte. Rostridad de la conciencia y de la pasión, redundancia de resonancia o acoplamiento. En este caso, el efecto del primer plano ya no es el de aumentar una superficie que al mismo tiempo cierra, su función ya no es la de un valor temporal anticipador. Señala el origen de una escala de intensidad, o forma parte de ella, altera la línea que siguen los rostros, a medida que se acercan al agujero negro como terminación: primer plano Eisenstein frente a primer plano Griffith (la creciente intensidad de la pena o de la cólera en los primeros planos del Acorazado Potemkin) 13. También en este caso, vemos perfectamente que entre las dos figuras-límites del rostro todas las combinaciones son posibles. En la Lulú de Pabst, el rostro despótico de una Lulú caída en desgracia se conecta con la imagen del cuchillo de cocina, imagen anticipadora que anuncia el crimen; pero también el rostro autoritario de Jack el Destripador pasa por toda una escala de intensidades que lo conduce al cuchillo y al asesinato de Lulú.

Desde un punto de vista más general, habría que señalar algunos caracteres comunes a esas dos figuras-límites. Por un lado, la pared blanca, las anchas mejillas blancas por más que se esfuerzan en ser el elemento sustancial del significante, y el agujero negro, los ojos, el elemento reflejo de la subjetividad, siempre van unidos, pero bajo dos modos en los que, unas veces, unos agujeros negros se distribuyen y se multiplican sobre la pared blanca, otras, por el contrario, la pared, reducida a su cresta o a su línea de horizonte, se precipita hacia el agujero negro que los aglo-mera a todos. No hay pared sin agujeros negros, no hay agujeros sin pared blanca. Por otro lado, tanto en un caso como en otro, el agujero negro está esencialmente bordeado, e incluso sobrebordeado; el efecto del borde es, o bien aumentar la superficie de la pared, o bien hacer más intensa la línea; y el agujero negro nunca está en los ojos (pupila), siempre está en el interior del borde, y los ojos siempre están en el interior del agujero: ojos muertos, que ven tanto mejor cuanto que están en el agujero negro14. Estos caracteres comunes no impiden la diferencia-límite entre las dos figuras de rostro, y las proporciones según las cuales, unas veces una, otras veces otra prevalecen en la semiótica mixta —el rostro despótico significante terrestre, el rostro autoritario pasional y subjetivo marítimo (el desierto también puede ser el mar de la tierra). Dos figuras del destino, dos estados de la máquina de rostridad. Jean París ha mostrado con toda claridad el funcionamiento de esos polos en la pintura, del Cristo despótico al Cristo pasional: por un lado, el rostro de Cristo visto de frente, como en un mosaico bizantino, con el agujero negro de los ojos sobre fondo de oro, estando toda la profundidad proyectada hacia adelante; por otro, los rostros que se cruzan y se desvían, de tres cuartos o de perfil, como en un cuadro del Quattrocento, con miradas oblicuas que trazan líneas múltiples, que integran la profundidad en el propio cuadro (se pueden poner ejemplos arbitrarios de transición y de combinación: La llamada de los Apóstoles, de Duccio, sobre paisaje acuático, en el que la segunda fórmula prevalece ya en Cristo y en el primer pescador, mientras que el segundo pescador pertenece aún al código bizantino 15.

Un amor de Swann: Proust ha sabido hacer resonar rostro, paisaje, pintura, música, etc. Tres momentos en la historia de Swann-Odette. En un primer mo-

mento, se establece todo un dispositivo significante. Rostro de Odette con anchas mejillas blancas o amarillas, y ojos como agujeros negros. Pero ese mismo rostro no cesa de remitir a otras cosas, igualmente dispuestas sobre la pared. Ese es el es-teticismo, el diletantismo de Swann: una cosa siempre debe recordarle otra, en una cadena de interpretaciones bajo el signo del significante. Un rostro remite a un paisaje. Un rostro debe ―recordarle‖ un cuadro, un fragmento de cuadro. Una música debe dejar escapar una frasecilla que se conecta con el rostro de Odette, hasta el punto de que la frasecilla ya sólo es una señal. La pared blanca se puebla, los agujeros negros se distribuyen. Todo este dispositivo de significancia, en una cascada de interpretaciones, prepara el segundo momento, subjetivo-pasional, en el que los celos, la litigancia, la erotomanía de Swann van a desarrollarse. Ahora el rostro de Odette se escapa siguiendo una línea que se precipita hacia un único agujero negro, el de la pasión de Swann. También las otras líneas, de paisajidad, de picturalidad, de musicalidad, se precipitan hacia ese agujero catatónico y se enrollan alrededor de él, bordeándolo varias veces.

Al final de su larga pasión, y es el tercer momento, Swann va a una recepción en la que lo primero que ve es el rostro de los criados y de los invitados deshacerse en rasgos estéticos autónomos: como si la línea de picturalidad recobrara una independencia del otro lado de la pared y, a la vez, fuera del agujero negro. A continuación es la frasecilla de Vinteuil la que recobra su transcendencia y enlaza con una línea de musicalidad pura aún más intensa, asignificante, asubjetiva. Y Swann sabe que ya no ama a Odette, y, sobre todo, sabe que Odette ya nunca más le amará a él. ¿Era necesaria esa redención por el arte, puesto que Swann, al igual que Proust, no será salvado? ¿Era necesaria esa manera de traspasar la pared o de salir del agujero, renunciando al amor? ¿No estaba ese amor corrompido desde el principio, hecho de significancia y de celos? Teniendo en cuenta la mediocridad de Odette y del Swann esteta, ¿acaso era posible otra cosa? Y la magdalena, de alguna manera, es la misma historia. El narrador mastica su magdalena: redundancia, agujero negro del recuerdo involuntario. ¿Cómo podrá salir de esa situación? Pues, fundamentalmente, es algo de lo que hay que salir, de lo que hay que escapar. Proust lo sabe perfectamente, aunque sus comentaristas lo hayan olvidado. Pero él saldrá gracias al arte, sólo gracias al arte.

¿Cómo salir del agujero negro? ¿Cómo traspasar la pared? ¿Cómo deshacer el rostro? Cualquiera que sea el genio de la novela francesa, ese no es su problema. Está demasiado ocupada en medir la pared, o incluso en construirla, en explorar los agujeros negros, en componer los rostros. La novela francesa es profundamente pesimista, idealista, ―crítica de la vida más bien que creadora de la vida‖. Hunde a sus personajes en el agujero, les hace rebotar sobre la pared. No concibe más viajes que los organizados, ni más redención que la que proporciona el arte. Pero esa redención todavía es católica, es decir, para la eternidad. En lugar de trazar líneas de fuga activas o de desterritorialización positiva, emplea el tiempo en puntualizaciones. La novela angloamericana es totalmente distinta. ―Partir, partir, evadirse... atravesar el horizonte‖16. De Thomas Hardy a Lawrence, de Melville a Miller resuena la misma pregunta, atravesar, salir, traspasar, trazar la línea y no señalar el punto. Encontrar la línea de separación, seguirla o crearla, hasta la trai-

ción. Por eso tienen con el viaje, con la manera de viajar, con otras civilizaciones, Oriente, América del Sur, y también con la droga, con los viajes in situ, una relación totalmente distinta que los franceses. Saben hasta qué punto es difícil salir del agujero negro de la subjetividad, de la conciencia y de la memoria, de la pareja y de la conyugalidad. Cómo uno está tentado a dejarse atrapar, y a abandonarse, a aferrarse a un rostro... ―Encerrada en ese agujero negro (...) ella extraía de él una especie de fosforescencia cobriza, líquida (...) las palabras salían de su boca como lava, todo su cuerpo se tensaba como una especie de garra voraz que busca un asidero, un punto sólido y sustancial en el que agarrarse, un refugio en el que alojarse y reposar un instante (...). Primero pensé que eso era la pasión, el éxtasis (...), pensé que había descubierto un volcán viviente, no se me ocurrió pensar que pudiese ser un navío naufragando en un océano de desesperación, en los Sargazos de la debilidad y de la impotencia. Hoy, cuando pienso en ese astro negro que irradiaba por el agujero en el techo, en ese astro fijo que pendía sobre nuestra célula conyugal, más fijo, más distante que el Absoluto, sé que era ella, vaciada de todo aquello que, hablando con propiedad, la hacía ser ella misma, sol negro y muerte, sin forma‖17. Fosforescencia cobriza como el rostro en el fondo de un agujero negro. Lo importante es salir de él, no en arte, es decir, en espíritu, sino en vida, en vida real. No me privéis de la fuerza de amar. Los novelistas angloamericanos también saben lo difícil que es traspasar la pared del significante. Muchos lo han intentado desde Cristo, empezando por el mismo Cristo. Pero hasta Cristo ha fracasado en la travesía, en el salto, ha rebotado sobre la pared, y ―como un resorte que retrocede bruscamente, toda la suciedad de la onda negativa refluyó, todo el impulso negativo de la humanidad pareció condensarse en una masa inerte y monstruosa para dar nacimiento al tipo de número entero humano, la cifra uno, la indivisible uni-dad‖ —el Rostro18. Pasar la pared, quizá lo hayan conseguido los chinos, pero ¿a qué precio? Al precio de un devenir-animal, de un devenir-flor o roca, y, todavía más, de un extraño devenir-imperceptible, de un devenir-duro que es inseparable de amar19. Es una cuestión de velocidad, incluso in situ. ¿No es eso también deshacer el rostro, o como decía Miller, ya no mirar a los ojos ni mirarse en los ojos, sino atravesarlos a nado, cerrar los ojos y convertir el propio cuerpo en un rayo de luz que se mueve a una velocidad cada vez mayor? Por supuesto, se necesitan todos los recursos del arte, y del arte más elevado. Se necesita toda una línea de escritura, toda una línea de picturalidad, toda una línea de musicalidad... Pues gracias a la escritura se deviene animal, gracias al color se deviene imperceptible, gracias a la música se deviene duro y sin recuerdos, a la vez animal e imperceptible: amoroso. Pero el arte nunca es un fin, sólo es un instrumento para trazar líneas de vida, es decir, todos esos devenires reales, que no se producen simplemente en el arte, todas esas fugas activas, que no consisten en huir en el arte, en refugiarse en el arte, todas esas desterritorializaciones positivas, que no van a reterritorializarse en el arte, sino más bien arrastrarlo con ellas hacia el terreno de lo asignificante, de lo asubjetivo y de lo sin-rostro.

Deshacer el rostro no es nada sencillo. Se puede caer en la locura. ¿Acaso es un azar que el esquizofrénico pierda al mismo tiempo el sentido del rostro, de su propio rostro y del de los demás, el sentido del paisaje y el sentido del lenguaje y de

sus significaciones dominantes? La organización del rostro es muy sólida. Se puede decir que el rostro incluye en su rectángulo o en su círculo todo un conjunto de rasgos, rasgos de rostridad que va a englobar y poner al servicio de la significancia y de la subjetivación. ¿Qué es un tic? Es, precisamente, la lucha siempre reanudada entre un rasgo de rostridad que intenta escapar a la organización soberana del rostro, y el propio rostro que se cierra de nuevo sobre ese rasgo, lo recupera, le bloquea su línea de fuga, le reimpone su organización. (En la distinción médica entre el tic clónico o convulsivo, y el tic tónico o espasmódico, quizá habría que ver, en el primer caso, el predominio del rasgo de rostridad que intenta huir, y en el segundo, el de la organización de rostro que trata de volver a cerrar, de inmovilizar). No obstante, si deshacer el rostro es algo muy importante se debe, precisamente, a que no es una simple historia de tics ni una aventura de diletante o de esteta. Si el rostro es una política, deshacer el rostro también es otra política, que provoca los devenires reales, todo un devenir clandestino. Deshacer el rostro es lo mismo que traspasar la pared del significante, salir del agujero negro de la subjetividad. El programa, el slogan del esquizoanálisis deviene ahora: buscad vuestros agujeros negros y vuestras paredes blancas, conocedlos, conoced vuestros rostros, esa es la única forma de deshacerlos, de trazar vuestras líneas de fuga20.

Y, es que, una vez más, debemos multiplicar la prudencia práctica. En primer lugar, no se trata de un retorno a... No se trata de ―volver‖ a las semióticas presignificantes o presubjetivas de los primitivos. Fracasaremos siempre intentando hacer el negro o el indio, incluso el chino, y un viaje a los Mares del Sur, por duras que sean las condiciones, no nos permitirá franquear la pared, salir del agujero o perder el rostro. Jamás podremos rehacer una cabeza y un cuerpo primitivos, una cabeza humana, espiritual y sin rostro. Al contrario, de esa manera sólo lograremos rehacer fotos, rebotar sobre la pared, siempre aparecerán reterritorializaciones, ¡oh, mi pequeña isla desierta en la que de pronto aparece la Closerie de Lilas!, ¡oh, mi océano profundo que refleja el lago del bosque de Boulogne!, ¡oh, la frasecilla de Vinteuil que me recuerda un dulce momento! Ejercicios físicos y espirituales de Oriente, pero que se hacen en pareja, como el que recubre un lecho conyugal con una colcha china: ¿ya has hecho hoy tu ejercicio? Lawrence sólo critica a Melville por una cosa: haber sabido atravesar el rostro, los ojos y el horizonte, la pared y el agujero, como nadie lo había hecho, pero a la vez haber confundido esa travesía, esa línea creadora con un ―imposible retorno‖, retorno a los salvajes en Taipi: en una palabra, una manera de seguir siendo artista y de odiar la vida, una manera infalible de alimentar la nostalgia del país natal (―Melville tenía nostalgia de su Casa y de su Madre, de todo aquello de lo que había huido lo más lejos que pudo transportarle un barco (...). Regresó a puerto para afrontar su larga existencia (...). Rechazó la vida (...). Se aferró a su ideal de unión perfecta, de amor absoluto, cuando en realidad, una unión verdaderamente perfecta es aquella en la que uno acepta que en el otro existan grandes espacios desconocidos (...). En el fondo, Melville era un místico y un idealista. Se aferró a sus armas ideales. Yo abandono las mías, y digo: ¡qué se pudran las viejas armas! Haced otras nuevas, y apuntad bien”) 21.

No podemos dar marcha atrás. Sólo los neuróticos, o, como dice Lawrence, los

―renegados‖, los tramposos, intentan una regresión. Pues la pared blanca del significante, el agujero negro de la subjetividad, la máquina de rostro son claramente callejones sin salida, la medida de nuestras sumisiones, de nuestras sujeciones; pero en medio de todo eso hemos nacido, y con ello debemos debatirnos. No en el sentido de un momento necesario, sino en el sentido de un instrumento para el que hay que inventar un uso nuevo. Sólo a través de la pared del significante podremos hacer pasar las líneas de asignificancia que anulan todo recuerdo, toda referencia, toda posible significación y toda posible interpretación previa. Sólo en el agujero negro de la conciencia y de la pasión subjetivas podremos descubrir las partículas capturadas, alteradas, transformadas que hay que relanzar para un amor vivo, no subjetivo, en el que cada uno se conecta con los espacios desconocidos del otro sin entrar en ellos ni conquistarlos, en el que las líneas se componen como líneas quebradas. Sólo en el seno del rostro, del fondo de su agujero negro y sobre su pared blanca, podremos liberar los rasgos de rostridad, como pájaros; no volver a una cabeza primitiva, sino inventar las combinaciones en las que esos rasgos se conectan con rasgos de paisajidad, a su vez liberados del paisaje, con rasgos de picturalidad, de musicalidad, a su vez liberados de sus códigos respectivos. Con qué alegría, que no sólo era la de un deseo de pintar, sino la de todos los deseos, han utilizado el rostro los pintores, incluso el de Cristo, en todos los sentidos y en todas las direcciones. Y el caballero del roman courtois,

¿quién puede decir si su catatonía es debida a que está en el fondo del agujero negro, o a que cabalga ya las partículas que le hacen salir para un nuevo viaje? Lawrence, que fue comparado con Lancelot, escribe: ―Estar solo, sin espíritu, sin memoria, cerca del mar. (...) Tan solo y ausente y presente como un indígena, oscura sombra en la arena dorada. (...) Lejos, muy lejos, como si hubiese tocado tierra en otro planeta, como un hombre que pisa tierra firme después de la muerte. (...) ¿El paisaje? Se burlaba del paisaje. (...) ¿La humanidad? No existía. ¿El pensamiento? Hundido como piedra en el agua. ¿El inmenso, el brillante pasado? Empobrecido y deteriorado, endeble, endeble y translúcida concha arrojada a la playa22.‖ Momento incierto en el que el sistema pared blanca-agujero negro, punto negro-playa blanca, como en una estampa japonesa, se confunde con su propia salida, su propia huida, su travesía.

Hemos visto, pues, los dos estados distintos de la máquina abstracta: unas veces incluida en los estratos, en los que asegura desterritorializaciones que tan sólo son relativas, o desterritorializaciones absolutas que, no obstante, siguen siendo negativas; otras, por el contrario, desarrolladas en un plano de consistencia que le confiere una función ―diagramática‖, un valor de desterritorialización positiva, como la capacidad de formar nuevas máquinas abstractas. Unas veces la máquina abstracta, en tanto que lo es de rostridad, va a orientar los flujos hacia significancias y subjetivaciones, hacia nudos de arborescencias y agujeros de abolición; otras, por el contrario, en tanto que efectúa una verdadera ―desrostrificación‖, li-

bera, por así decir, cabezas buscadoras* que deshacen a su paso los estratos, que traspasan las paredes de significancia y hacen brotar agujeros de subjetividad, abaten los árboles en provecho de verdaderos rizomas, y dirigen los flujos hacia líneas de desterritorialización positiva o de fuga creadora. Ya no hay estratos organizados concéntricamente, ya no hay agujeros negros alrededor de los cuales se enrollan las líneas para bordearlos, ya no hay paredes a las que se aferran las dicotomías, las binaridades, los valores bipolares. Ya no hay un rostro que hace redundancia con un paisaje, un medio, una frasecilla musical, y en el que, continuamente, lo uno hace pensar en lo otro, sobre la superficie unificada de la pared o en el torbellino central del agujero negro. Pero cada rasgo liberado de rostridad hace rizoma con un rasgo liberado de paisajidad, de picturalidad, de musicalidad: no una colección de objetos parciales, sino un bloque viviente, una conexión de tallos en los que los rasgos de un rostro entran en una multiplicidad real, en un diagrama, con un rasgo de paisaje desconocido, un rasgo de pintura o de música, que son entonces, efectivamente, producidos, creados, según cuantos de desterritorialización positiva absoluta, y ya no evocados ni recordados según sistemas de desterritorialización. Un rasgo de avispa y un rasgo de orquídea. Cuantos que señalan otras tantas mutaciones de máquinas abstractas, las unas en función de las otras. Se abre así un posible rizomático, que efectúa una potencialización de lo posible, frente a lo posible arborescente que señalaba un cierre, una impotencia.

Rostro, ¡qué horror!, por naturaleza paisaje lunar, con sus poros, sus planicies, sus palideces, sus brillos, sus blancuras y sus agujeros: no hace falta tomar de él un primer plano para hacerlo inhumano, pues por naturaleza es primer plano, y por naturaleza inhumano, monstruoso capirote. Forzosamente, puesto que es producido por una máquina y por las exigencias de un aparato de poder especial que la desencadena, que lleva la desterritorialización al absoluto, pero manteniéndolo negativo. Pero caíamos en la nostalgia del retorno o de la regresión cuando oponíamos la cabeza humana, espiritual y primitiva, al rostro humano. En verdad, sólo hay inhumanidades, el hombre sólo está hecho de inhumanidades, pero muy diferentes, y según naturalezas y a velocidades muy diferentes. La inhumanidad primitiva, la del pre-rostro, es toda la polivocidad de una semiótica que hace que la cabeza pertenezca al cuerpo, a un cuerpo ya relativamente desterritorializado, en conexión con devenires espirituales-animales. Más allá del rostro, todavía hay otra inhumanidad: no la de la cabeza primitiva, sino la de las ―cabezas buscadoras‖ en las que los máximos de desterritorialización devienen operatorios, las líneas de desterritorialización devienen positivas absolutas, formando devenires nuevos extraños, nuevas polivocidades. Devenir-clandestino, hacer por todas partes rizoma, para la maravilla de una vida no humana a crear. Rostro, amor mío, pero, por fin, convertido en cabeza buscadora... Año zen, año omega, año... ¿Habrá, pues, que concluir hablando de tres estados, no más, cabezas primitivas, rostro-cristo y cabezas-buscadoras?


* El término que Deleuze utiliza, têtes chercheuses‖, es el que se emplea para hablar de los cohetes con una cabeza provista de un dispositivo capaz de modificar su trayectoria hacia el objetivo. (N. del T.).

NOTAS


  1. JOSEF VON STERNBERG, Souvenirs dun montreur dombres, Laffont, págs. 342-343.

  2. Sobre este ballet, cf. Debussy de JEAN BARRAQUÉ, ed. du Seuil, que cita el texto del argumento, págs. 166-171.

  3. Cf. ISAKOWER, ―Contribution à la psychopathologie des phénomènes associés à l’endormissement‖, Nouvelle revue de psychanalyse, n.° 5, 1972; LEWIN, ―Le sommeil, la bouche et l’écran du réve‖, ibid; SPITZ, De la naissance à la parole, P.U.F., págs 57-63 (trad. cast., ed. F. C. E.).

  4. HENRY MILLER, Tropique du Capricorne, ed. du Chêne, págs. 177-179 (trad. cast., ed. Bruguera).

  5. KLAATSCH, ―L’évolution du genre humain‖, en L‟Univers et l‟humanité, por KREOMER, t. II: ―En vano hemos intentado encontrar una huella del ribete rojo de los labios en los jóvenes chimpancés vivientes, que, por lo demás, se parecen tanto al hombre (...) ¿Qué aspecto tendría el más gracioso rostro de muchacha si la boca apareciese únicamente entre dos bordes blancos? (...) Por otro lado, la región pectoral, en el antropoide, tiene los dos mamelones de las glándulas mamarias, pero jamás se forman michelines de grasa comparables a los senos.‖ Y la fórmula de EMILE DEVAUX, L‟espèce, l‟instinct, l‟homme, ed. Le François, pág. 264: ―El hijo ha creado los senos de la madre, y la madre ha creado los labios del hijo.‖

  6. Los ejercicios de rostro desempeñan un papel esencial en los principios pedagógicos de J.-B. de la Salle. Ya Ignacio de Loyola había incorporado a su enseñanza ejercicios de paisaje o ―composiciones de lugar‖ relacionadas con la vida de Cristo, el infierno, el mundo, etc.: se trata, como dice Barthes, de imágenes esqueléticas subordinadas a un lenguaje, pero también de esquemas activos que hay que completar, colorear, los mismos que pueden verse en los catecismos y manuales piadosos.

  7. CHRÉTIEN DE TROYES, Perceval ou le roman du Graal, Gallimard, Folio, págs. 110-111 (trad. cast., ed. Espasa-Calpe, col. Austral). En la novela de MALCOLM LOWRY Ultramarine, Donöel, págs. 182-196 (trad. cast., ed. Bruguera), encontramos una escena semejante, dominada por la ―maquinaria‖ del barco: un pichón se ahoga en el agua infestada de tiburones, ―hoja roja caída sobre un torrente blanco‖, que evocará irresistiblemente un rostro ensangrentado. La escena de LOWRY está incluida en elementos tan diferentes, tan especialmente organizada, que no hay ninguna influencia, sino únicamente coincidencia con la escena de Chrétien de Troyes. Lo que confirma todavía más la existencia de una verdadera máquina abstracta agujero negro o mancha roja-pared blanca (nieve o agua).

  8. EISENSTEIN, Film Form, Meridian Books, págs. 194-199: ―La tetera fue la que empezó... La primera frase de DICKENS en Le grillon du foyer (trad. cast., ed. Espasa-Calpe, col. Austral). ¿Puede haber algo más extraño a las películas? Pero, por extraño que parezca, el cine también se pone a hervir en este hervidor.(...) Desde el momento en que reconocemos en esa frase un primer plano típico, excla-mamos: evidentemente, es puro Griffith... Ese hervidor es un primer plano típicamente griffithiano. Un primer plano saturado de esa atmósfera a la DICKENS con la que Griffith, con una maestría sin igual, puede envolver la figura austera de la vida en Lejos al este, y la figura moral helada de los personajes, que arrastraba a la culpable Ana sobre la superficie móvil de un bloque de hielo que bascula‖ (aquí encontramos la pared blanca).

  9. JACQUES LIZOT, Le cercle des feux, ed. du Seuil, págs. 34 s.

  10. Sobre la captación del extranjero como Otro, cf. Haudricourt, ―L’origine des clones et des clans‖, en

    L‟Homme, enero 1964, págs 98-102. Y JAULIN, Gens du soi, gens de l‟autre, 10-18 (prefacio, pág. 20).

  11. MAURICE RONAI demuestra cómo el paisaje, tanto en su realidad como en su noción, remite a una semiótica y a aparatos de poder muy particulares: la geografía encuentra ahí una de sus fuentes, pero también una de las razones de su dependencia política (el paisaje como ―rostro de la patria o de la nación‖). Cf. ―Paysages‖, en Herodote n.° 1, enero 1976.

  12. Cf. JACQUES MERCIER, Rouleaux magiques éthiopiens, ed. du Seuil. Y ―Les peintures des rouleaux protecteurs éthiopiens‖, Journal of Ethiopian Studies, XII, julio 1974; ―Etude stylistique des peintures de rouleaux protecteurs éthiopiens‖, Objets et mondes, XIV, verano 1974 (―El ojo equivale al rostro, que a su vez equivale al cuerpo. (...) En los espacios internos están diseminadas pupilas. (...) Por eso hay que hablar de direcciones de sentidos mágicos a base de ojos y de rostros, utilizándose en los motivos decorativos tradicionales tales como cruceros, dameros, estrellas de cuatro puntas, etc.‖). El poder del Negús, con su ascendencia salomónica, con su corte de magos, pasaba por unos ojos de brasa que actúa como agujero negro, ángel o demonio. El conjunto de los estudios de J. Mercier forman una aportación esencial para cualquier análisis de las funciones del rostro.

  13. Sobre la manera en que Eisenstein distingue su concepción del primer plano de la de Griffith, cf. Film Form.

  14. Es un tema muy corriente en las novelas de terror y en las de ciencia-ficción: los ojos están en el agujero negro, y no a la inversa (―veo un disco luminoso emerger de ese agujero negro, diríase que son unos ojos‖). Los cómics, por ejemplo Circus n.° 2, presentan un agujero negro poblado de rostros y de ojos, y la travesía de ese agujero negro. Sobre la relación de los ojos con los agujeros y las paredes, cf. los textos y dibujos de J. L. PARANT, especialmente Les yeux MMDVI, Ch. Bourgois.

  15. Cf. Los análisis de JEAN PARIS, L‟espace et le regard, ed. du Seuil, I, cap. I (trad, cast. ed. Taurus), (igualmente, la evolución de la Virgen y la variación de las relaciones de su rostro con el del niño Jesús: II, cap. II).

  16. D. H. LAWRENCE, Etudes sur la littérature classique américaine, ed. du Seuil, ―Hermann Melville ou l’impossible retour‖ (trad. cast. ed. Emecé): el texto de Lawrence empieza por una hermosa distinción entre los ojos terrestres y los ojos marítimos.

  17. HENRY MILLER, Tropique du Capricorne, pág. 345 (trad. cast. ed. Bruguera).

  18. Ibid., pág. 95.

  19. Ibid., pág. 96.

  20. L‟Analyse caractérielle de REICH (Payot) (trad. cast. ed. Paidós) considera el rostro y los rasgos de rostridad como una de las primeras piezas de la ―coraza‖ caracterial y de las resistencias del yo (cf. ―el anillo ocular‖, luego el ―anillo oral‖). La organización de esos anillos se hace en planos perpendiculares a la ―corriente orgonótica‖, y se opone al libre movimiento de esa corriente en todo el cuerpo. De ahí la importancia de eliminar la coraza o de ―resolver los anillos‖. Cf. págs. 311 s.

  21. D.H. LAWRENCE, Ibid.

  22. LAWRENCE, Kangourou, Gallimard, (trad. cast. ed. Bruguera).

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1874

TRES NOVELAS CORTAS, O

―¿QUÉ HA PASADO?‖



No es difícil determinar la esencia de la novela corta como género literario: estamos ante una novela corta cuando todo está organizado en torno a la pregunta, ―¿Qué ha pasado? ¿Qué ha podido pasar?‖ El cuento es lo contrario de la novela corta, puesto que mantiene en suspenso al lector con una pregunta muy distinta: ¿qué va a pasar? Siempre va a suceder, a pasar algo. En cambio, en la novela,‖ siempre pasa algo, aunque la novela integra en la variación de su eterno presente viviente (duración) elementos de la novela corta y del cuento. La novela policíaca es a este respecto un género especialmente híbrido, puesto que, habitualmente, ha sucedido algo = x del orden de un asesinato o de un robo, pero eso que ha sucedido va a ser descubierto en el presente determinado por el policía-modelo. No obstante, sería toda una equivocación reducir esos diferentes

aspectos a las tres dimensiones del tiempo. Algo ha pasado, o algo va a pasar, pueden designar perfectamente un pasado tan inmediato, un futuro tan próximo, que se confunden (diría Husserl) con las retenciones y las protenciones del propio presente. Aun así, su distinción sigue siendo legítima, en nombre de los diferentes movimientos que animan el presente, que son contemporáneos del presente, uno moviéndose con él, otro relegándolo ya al pasado desde el momento en que es presente (novela corta), y otro arrastrándolo hacia el futuro al mismo tiempo (cuento). Por fortuna, disponemos de un mismo tema tratado por dos escritores distintos, uno de cuentos y otro de novelas cortas: el caso de dos amantes, uno de los cuales muere repentinamente en la habitación del otro. En el cuento de Maupassant, Un ardid, todo está orientado hacia las preguntas: ―¿Qué va a pasar? ¿Cómo va a salir airoso de esa situación el superviviente? ¿Qué va a poder inventar un tercero-salvador, en este caso un médico? En la novela corta de Barbey d’Aurevilly, La Cortina carmesí, todo está orientado hacia la pregunta: algo ha pasado, pero ¿qué exactamente? Y no sólo porque no se sepa verdaderamente de qué acaba de morir la fría jovencita, sino porque nunca se sabrá la razón por la que se ha entregado al joven oficial, ni tampoco cómo un tercero-salvador, en este caso el coronel del regimiento, ha podido después arreglar las cosas1. Que nadie piense que es más fácil dejarlo todo sin aclarar: que haya pasado algo, e incluso varias cosas sucesivas, que nunca se sabrá, no exige menos minuciosidad y precisión que el otro caso, en el que el autor debe inventar detalladamente todo lo que hay que saber. Nunca se sabrá lo que acaba de pasar, siempre se sabrá lo que va a pasar, esas son las dos incertidumbres en las que se encontrará el lector frente a la novela corta y el cuento, y que son las dos maneras en las que se divide en cada instante el presente viviente. En la novela corta nadie espera que pase algo, sino que ese algo ya haya pasado. La novela corta es una última noticia, mientras que el cuento es un primer relato. La ―presencia‖ del cuentista y la del escritor de novelas cortas son completamente distintas (distinta también es la presencia del novelista). No invo-quemos, pues, demasiado, las dimensiones del tiempo: la novela corta tiene tan poco que ver con una memoria del pasado, o con un acto de reflexión, que juega, por el contrario, con un olvido fundamental. Se desarrolla en el ámbito de ―lo que ha pasado‖, pues nos pone en relación con un incognoscible o un imperceptible (y no a la inversa: no porque hable de un pasado que ella ya no tendría la posibilidad de darnos a conocer). En última instancia, nada ha pasado, pero es precisamente ese nada el que nos hace decir: ―¿Qué ha podido pasar para que olvide donde he puesto mis llaves, para que ya no sepa si he enviado esa carta, etc.? ¿Qué minúscula arteria ha podido romperse en mi cerebro? ¿Qué es ese nada que hace que algo haya pasado?‖ La novela corta está relacionada fundamentalmente con un secreto (no con una materia o con un objeto del secreto que habría que descubrir, sino con la forma del secreto que permanece inaccesible), mientras que el cuento está relacionado con el descubrimiento (la forma del descubrimiento, independientemente de lo que se pueda descubrir). Y también la novela corta pone en escena posturas del cuerpo y del espíritu, que son como pliegues o envolturas, mientras que el cuento pone en juego actitudes, posiciones, que son despliegues y desarrollos, incluso los más inesperados. En Barbey es muy evidente la predilección por la postura del

cuerpo, es decir, por esos estados en los que el cuerpo es sorprendido cuando algo acaba de pasar. Barbey sugiere, incluso, en el prefacio de Las diabólicas, que hay un diabolismo de las posturas del cuerpo, una sexualidad, una pornografía y una es-catología de esas posturas, muy diferente de las que señalan, también y al mismo tiempo, sin embargo, las actitudes o las posiciones del cuerpo. La postura es como un suspenso invertido. No se trata, pues, de remitir la novela corta al pasado, y el cuento al futuro, sino de decir que la novela corta remite en el propio presente a la dimensión formal de algo que ha pasado, incluso si ese algo no es nada o permanece incognoscible. Tampoco se intentará hacer coincidir la diferencia novela corta-cuento con categorías como las de lo fantástico, lo maravilloso, etc.: ese sería otro problema, no hay ninguna razón para que coincidan. El encadenamiento de la novela corta es el siguiente: ¿Qué ha pasado? (modalidad o expresión), Secreto (forma), Postura del cuerpo (contenido).

Vemos el caso de Fitzgerald. Es un escritor de cuentos y de novelas cortas genial. Y lo es precisamente de novelas cortas cuando se pregunta: ¿Qué ha podido pasar para que se llegue a esta situación? Sólo él ha sabido llevar esta pregunta hasta ese punto de intensidad. No que sea una pregunta de la memoria, de la reflexión ni de la vejez o de la fatiga, mientras que el cuento sería de infancia, de acción o de ímpetu. Bien es verdad, sin embargo, que Fitzgerald sólo plantea su pregunta de escritor de novelas cortas cuando está personalmente gastado, cansado, enfermo, o incluso peor. Pero tampoco aquí una cosa va necesariamente unida a la otra: esta pregunta podría ser de vigor, y de amor. Y todavía lo es, incluso en esas condiciones desesperadas. Más bien habría que concebir las cosas como un asunto de percepción: entramos en una habitación y percibimos algo como dejà là, como si acabara de suceder, incluso si todavía no ha sucedido. O bien sabemos que lo que está pasando sólo pasa por última vez, se acabó. Oímos un ―te quiero‖ que sabemos perfectamente que se dice por última vez. Semiótica perceptiva. Dios mío,

¿qué ha podido pasar, mientras que todo es y permanece imperceptible, y para que todo sea y permanezca imperceptible para siempre?

Y además no sólo hay la especificidad de la novela corta, también hay su manera específica de tratar una materia universal. Pues estamos hechos de líneas. Y no nos referimos únicamente a líneas de escritura, las líneas de escritura se conjugan con otras líneas, líneas de vida, líneas de suerte o de mala suerte, líneas que crean la variación de la propia línea de escritura, líneas que están entre las líneas escritas. Es muy posible que la novela corta tenga su manera específica de hacer surgir y de combinar esas líneas que pertenecen, sin embargo, a todo el mundo y a cualquier género. Con gran sobriedad, Vladimir Propp decía que el cuento debía definirse en función de movimientos exteriores e interiores, que él cualificaba, for-malizaba y combinaba de forma específica 2. Nosotros quisiéramos señalar que la novela corta se define en función de líneas vivientes, líneas de carne que ella revela de forma muy especial. Marcel Arland tiene razón cuando dice de la novela corta:

―Sólo son líneas puras hasta en los matices, y sólo es pura y consciente virtud del verbo‖ 3.

PRIMERA NOVELA CORTA, ―DANS LA CAGE‖, HENRY JAMES, 1898, tr, fr. Stock.


La heroína, una joven telegrafista, tiene una vida muy dividida, muy contabilizada, que procede por segmentos delimitados: los telegramas que sucesivamente registra cada día, las personas que envían esos telegramas, la clase social de esas personas que no utilizan el telégrafo de la misma manera, las palabras que hay que contar. Es más, su ventanilla de telegrafista es como un segmento contiguo a la tienda vecina, en la que trabaja su novio. Contigüidad de los territorios. Y el novio no cesa de planificar, de dividir su futuro, trabajo, vacaciones, casa. Hay ahí, como en cada uno de nosotros, una línea de segmentaridad dura en la que todo parece medible y previsto, el principio y el final de un segmento, el paso de un segmento al otro. Así está hecha nuestra vida: no sólo los grandes conjuntos molares (Estados, instituciones, clases), sino que las personas como elementos de un conjunto, los sentimientos como relaciones entre personas están segmentarizados, de una manera que no está hecha para perturbar, ni dispersar, sino, al contrario, para garantizar y controlar la identidad de cada instancia, incluso la identidad personal. El novio puede decir a la joven: teniendo en cuenta las diferencias entre nuestros segmentos, tenemos los mismos gustos y somos parecidos. Yo soy hombre y tú eres mujer, tú eres telegrafista y yo soy tendero, tú cuentas las palabras y yo peso las cosas, nuestros segmentos concuerdan, se conjugan. Conyugalidad. Todo un juego de territorios bien determinados, planificados. Se tiene futuro, pero no devenir. Estamos ante una primera línea de vida, línea de segmentaridad dura o molar, en modo alguno muerta, puesto que ocupa y atraviesa nuestra vida, y al final siempre dará la impresión de que predomina. Esta línea implica incluso mucha ternura y amor. Sería muy fácil decir: ―esa línea es mala‖, pues la encontraréis en todas partes, y en todas las demás.

Una pareja rica entra en la oficina de telégrafos y provoca en la chica una revelación, o al menos la confirmación de otra vida: telegramas múltiples, cifrados, firmados con pseudónimos. Ya no se sabe muy bien quién es quién, ni lo que cada cosa significa. En lugar de una línea dura, hecha de segmentos bien determinados, el telégrafo forma ahora un flujo flexible, expresado en cuantos que son como otras tantas pequeñas segmentaciones en acto, captadas en su nacimiento como en un rayo de luna o en una escala intensiva. Gracias a su ―arte prodigioso de la in-terpretación‖, la joven percibe al hombre como si tuviese un secreto que lo pone en peligro, en un peligro cada vez mayor, en postura de peligro. No sólo se trata de sus relaciones amorosas con la mujer. Henry James ha llegado a ese momento de su obra en el que ha dejado de interesarse por la materia de un secreto, incluso si ha conseguido hacer que esa materia sea totalmente banal y de poca importancia. Ahora lo importante es la forma del secreto cuya materia ya ni siquiera debe ser descubierta (no se conocerá, existirán varias posibilidades, existirá una indeterminación objetiva, una especie de molecularización del secreto). Y precisamente con relación a ese hombre, y directamente con él, la joven telegrafista desarrolla una extraña complicidad pasional, toda una vida molecular intensa que ni siquiera entra en rivalidad con la que tiene con su propio novio. ¿Qué ha pasado, qué ha podido pasar? Sin embargo, esa vida no está en su cabeza, no es imaginaria. Di-

ríase, más bien, que estamos ante dos políticas, como la joven lo sugiere en una interesante conversación que mantiene con su novio: una macropolítica y una micropolítica, que no contempla de la misma manera las clases, los sexos, las personas, los sentimientos. O bien que hay dos tipos de relaciones muy distintas: relaciones intrínsecas de parejas que ponen en juego conjuntos o elementos bien determinados (las clases sociales, los hombres y las mujeres, tal o cual persona), y relaciones menos localizables, siempre exteriores a ellas mismas, que conciernen más bien a flujos y partículas que se escapan de esas clases, de esos sexos, de esas personas. ¿Por qué estas últimas relaciones son relaciones de dobles más bien que de parejas? ―Ella temía esa otra ella que sin duda la esperaba fuera; quizá era él quien la esperaba, él que era su otro ella y que le daba miedo‖. En cualquier caso, estamos ante una línea muy diferente de la precedente, una línea de segmentación flexible o molecular, en la que los segmentos son como cuantos de desterritorialización. En esta línea se define un presente cuya forma es la de algo que ha pasado, ya pasado, por próximos que estemos de ello, puesto que la materia imperceptible de ese algo está completamente molecularizada, a velocidades que superan los umbrales ordinarios de percepción. Sin embargo, no se dirá que esa línea es forzosamente mejor.

Es cierto que las dos líneas no cesan de interferirse, de actuar la una sobre la otra, y de introducir, cada una en la otra, bien una corriente de flexibilidad, bien un punto de rigidez. En su ensayo sobre la novela, Nathalie Sarraute alaba a los novelistas ingleses no sólo por haber descubierto, como Proust o Dostoievsky, los grandes movimientos, los grandes territorios y los grandes puntos del inconsciente que permiten recobrar el tiempo o revivir el pasado, sino por haber seguido a contratiempo esas líneas moleculares, a la vez presentes e imperceptibles. Nathalie Sarraute muestra cómo el diálogo o la conversación obedecen perfectamente a los cortes de una segmentaridad fija, a vastos movimientos de distribución organizada que corresponden a las actitudes y posiciones de cada uno, pero cómo también están recorridos y son arrastrados por micromovimientos, segmentaciones finas distribuidas de forma distinta, partículas desconocidas de una materia anónima, minúsculas fisuras y posturas que ya no pasan por las mismas instancias, incluso en el inconsciente, líneas secretas de desorientación o de desterritorialización: toda una subconversación en la conversación, dice ella, es decir, una micropolítica de la conversación 4.

Y luego la heroína de James llega, en su segmentaridad flexible o en su línea de flujo, a una especie de cuanto máximo más allá del cual ya no puede ir (aunque quisiera, sería imposible ir más lejos). Existe el peligro de exasperar más allá de nuestra resistencia esas vibraciones que nos atraviesan. Se ha disuelto en la forma del secreto —¿qué ha pasado?— la relación molecular de la telegrafista con el telegrafiante —puesto que nada ha pasado—. Cada uno de los dos se verá arrojado hacia su segmentaridad dura, él se casará con la dama, que ahora es viuda, ella se casará con su novio. Y, sin embargo, todo ha cambiado. Ella ha alcanzado como una nueva línea, una tercera, una especie de línea de fuga, igualmente real, incluso si se crea in situ: línea que ya no admite en modo alguno segmentos, y que es más bien como la explosión de las dos series segmentarias. Ha traspasado la

pared, ha salido de los agujeros negros. Ha alcanzado una especie de desterritorialización absoluta. ―Ella había acabado por saber tanto que ya no podía interpretar nada. Para ella ya no había oscuridades que le hiciesen ver claro, sólo una luz cruda”. No se puede ir más lejos en la vida que en esta frase de James. El secreto ha vuelto a cambiar de naturaleza. Sin duda, el secreto siempre tiene que ver con el amor, y con la sexualidad. Pero unas veces sólo era la materia oculta, tanto más oculta cuanto que era ordinaria, dada en el pasado, y que no sabíamos muy bien qué forma darle: mirad, cedo bajo mi secreto, mirad qué misterio me corroe, una manera de hacerse el interesante, lo que Lawrence llamaba el ―sucio secretito‖, mi Edipo en cierto sentido. Otras el secreto devenía la forma de algo en lo que toda la materia estaba molecularizada, era imperceptible, inasignable: no un dato en el pasado, sino lo no atribuible de ―¿qué ha pasado?‖. Pero, en esta tercera línea, ya ni siquiera hay forma —tan sólo una pura línea abstracta—. Puesto que ya no tenemos nada que ocultar no podemos ser percibidos. Devenir uno mismo imperceptible, haber deshecho el amor para devenir capaz de amar. Haber deshecho su propio yo para estar por fin solo, y encontrar al verdadero doble en el otro extremo de la línea. Pasajero clandestino de un viaje inmóvil. Devenir como todo el mundo, pero precisamente ese sólo es un devenir para aquel que sabe no ser nadie, ya no ser nadie. Se ha pintado gris sobre gris. Como dice Kierkegaard, nada distingue el caballero de la fe de un burgués alemán que entra en su casa o que se dirige a la oficina de correos: ningún signo telegráfico especial emana de él, constantemente produce o reproduce segmentos finitos, pero ya está en otra línea que ni siquiera sospechamos 5. En cualquier caso, la línea telegráfica no es un símbolo, y no es simple. Por lo menos hay tres, de segmentaridad dura y bien delimitada, de segmentación molecular, y luego la línea abstracta, la línea de fuga, no menos mortal, no menos viviente. En la primera hay muchas palabras y conversaciones, preguntas o respuestas, explicaciones interminables, puntualizaciones; la segunda está hecha de silencios, de alusiones, de insinuaciones rápidas, que se prestan a la interpretación. Pero si la tercera fulgura, si la línea de fuga es como un tren en marcha es porque en ella se salta linealmente, se puede por fin hablar

―literalmente‖, de cualquier cosa, brizna de hierba, catástrofe o sensación, en una aceptación tranquila de lo que sucede en la que ya nada equivale a otra cosa. Sin embargo, las tres líneas no cesan de mezclarse.


SEGUNDA NOVELA CORTA, ―THE CRACK UP‖, FITZGERALD, 1936, tr. fr. Gallimard.


¿Qué ha pasado? Esa es la pregunta que Fitzgerald no cesa de plantear, al final, una vez dicho que ―toda vida es, evidentemente, un proceso de demolición‖

¿Cómo interpretar ese ―evidentemente‖? En primer lugar se puede decir que la vida no cesa de aventurarse por una segmentaridad cada vez más dura y reseca. Para el escritor Fitzgerald, hay el deterioro de los viajes, con sus segmentos bien divididos. También hay, de segmentos en segmentos, la crisis económica, la pérdida de riqueza, el cansancio y el envejecimiento, el alcoholismo, el fracaso conyugal, el auge del cine, la aparición del fascismo, del estalinismo, la pérdida de éxito y

de talento —justo donde Fitzgerald va a encontrar su genio—. “Grandes brotes re-pentinos que vienen o parecen venir del exterior”, y que proceden por cortes demasiado significantes, haciéndonos pasar de un término al otro, en ―opciones‖ binarias sucesivas: rico-pobre... A pesar de todo, el cambio se produciría en el otro sentido, nada vendría a compensar el endurecimiento, el envejecimiento que sobrecodifica todo lo que sucede. Estamos ante una línea de segmentaridad dura, que pone en juego grandes masas, incluso si al principio era flexible.

Pero Fitzgerald dice que hay otro tipo de desmoronamiento, según otra segmentaridad completamente distinta. Ya no se trata de grandes cortes, sino de microfisuras, como en un plato, mucho más sutiles y más flexibles, y que se producen más bien cuando las cosas van mejor del otro lado. Si también hay envejecimiento en esta línea, este no se produce de la misma manera: aquí sólo se envejece cuando no se siente ese envejecimiento en la otra línea, y uno sólo lo percibe en la otra línea cuando ―eso‖ ya ha pasado en ésta. En tal momento, que no corresponde a las edades de la otra línea, se ha alcanzado un grado, un cuanto, una intensidad más allá de la cual ya no se podía ir. (Esta historia de intensidades es muy delicada: la intensidad más hermosa deviene nociva cuando supera nuestras fuerzas en ese momento, hay que poder soportar, estar preparado). Pero, ¿qué ha pasado? Nada asignable ni perceptible en verdad; cambios moleculares, redistribuciones de deseo que hacen que, cuando algo sucede, el yo que lo esperaba esté ya muerto, o el que tendría que esperarlo, todavía no haya llegado. Ahora, brotes y desmoronamientos en la inmanencia de un rizoma en lugar de los grandes movimientos y de los grandes cortes determinados por la transcendencia de un árbol. La fisura ―se produce casi sin que uno se dé cuenta, pero se toma verdaderamente conciencia de ella de repente‖. Esta línea molecular más flexible, no menos inquietante, mucho más inquietante, no es simplemente interior o personal: también pone todas las cosas en juego, pero a otra escala y bajo otras formas, con segmentaciones de otra naturaleza, rizomáticas en lugar de arborescentes. Una micropolítica.

Y luego, todavía hay una tercera línea, como una línea de ruptura, que señala la explosión de las otras dos, su choque... ¿en provecho de otra cosa? ―Llegué a la conclusión de que los que habían sobrevivido habían realizado una verdadera ruptura. Ruptura quiere decir mucho y no tiene nada que ver con ruptura de cadena, en la que uno está generalmente destinado a encontrar otra cadena o a retomar la antigua‖. Fitzgerald opone aquí la ruptura a los pseudocortes estructurales en las cadenas llamadas significantes. Pero también la distingue de los enlaces o de los tallos más flexibles, más subterráneos, del tipo ―viaje‖ o incluso transportes moleculares. ―La célebre Evasión o la huida lejos de todo es una excursión a una trampa, incluso si la trampa incluye los Mares del Sur, que sólo están hechos para los que quieren navegar por ellos o pintarlos. Una verdadera ruptura es algo sobre lo que no se puede volver, que es irremisible, puesto que hace que el pasado deje de existir‖. ¿Es posible que los viajes sean siempre un retorno a la segmentaridad dura? ¿Viajando no nos topamos siempre con papá y mamá, y, como Melville, hasta en los Mares del Sur? ¿Rigidez muscular? ¿Hay que pensar que la segmentaridad flexible vuelve a formar microscópicamente, y miniaturizadas, las grandes

figuras de las que pretendía escapar? Sobre todos los viajes pesa la frase inolvidable de Beckett: “Que yo sepa, no viajamos por el placer de viajar; somos imbéciles, pero no hasta ese punto”.

Así, pues, en la ruptura no sólo la materia del pasado se ha volatilizado, sino que la forma de lo que ha pasado, de un algo imperceptible que ha pasado en una materia volátil, ya ni siquiera existe. Uno mismo ha devenido imperceptible y clandestino en un viaje inmóvil. Ya nada puede pasar, ni haber pasado. Ya nadie puede hacer nada por mí ni contra mí. Mis territorios están fuera de alcance, y no porque sean imaginarios, al contrario: porque estoy trazándolos. Se acabaron las grandes o las pequeñas guerras. Se acabaron los viajes, siempre a remolque de algo. A fuerza de haber perdido el rostro, forma y materia, ya no tengo ningún secreto. Ya no soy más que una línea. He devenido capaz de amar, no con un amor universal abstracto, sino a aquel que voy a elegir, y que va a elegirme a mí, ciegamente, mi doble, que no tiene más yo que yo. Uno se ha salvado por amor y para el amor, abandonando el amor y el yo. Uno ya no es más que una línea abstracta, como una flecha que atraviesa el vacío. Desterritorialización absoluta. Uno ha devenido como todo el mundo, pero a la manera en que alguien no puede devenir como todo el mundo. Uno ha pintado el mundo sobre sí mismo, y no a sí mismo sobre el mundo. No debe decirse que el genio es un hombre extraordinario, ni que todo el mundo tiene genio. Genio es aquel que sabe hacer de todo-el-mundo un devenir (quizá Ulises, la ambición fallida de Joyce, medio lograda por Pound). Uno ha entrado en devenires-animales, devenires-moleculares, por último, devenires-imperceptibles. ―Estaba definitivamente del otro lado de la barricada. La horrible sensación de entusiasmo continuaba (...). Trataré de ser un animal lo más correcto posible, y si me arrojáis un hueso con bastante carne encima puede que sea incluso capaz de lameros la mano‖. ¿Por qué ese tono desesperado? La línea de ruptura o de verdadera fuga, ¿no tendría su peligro, todavía peor que los otros? Es tiempo de morir. En cualquier caso, Fitzgerald nos propone la distinción de tres líneas que nos atraviesan, y componen ―una vida‖ (título a lo Maupassant). Línea de corte, línea de fisura, línea de ruptura. La línea de segmentaridad dura, o de corte molar; la línea de segmentación flexible, o de fisura molecular; la línea de fuga o de ruptura, abstracta, mortal y viviente, no segmentaria.


Tercera novela corta

HISTORIA DEL ABISMO Y DE LA LENTEPIERRETE FLEUTIAUX, 1976, Julliard.


Hay segmentos, más o menos próximos, más o menos distantes. Esos segmentos parecen rodear un abismo, una especie de gran agujero negro. En cada segmento hay dos clases de vigilantes, los mirones de corto alcance y los mirones de largo alcance. Vigilan los movimientos, los brotes, las infracciones, desórdenes y rebeliones que se producen en el abismo. Pero hay una gran diferencia entre los dos tipos de vigilantes. Los mirones de corto alcance tienen una lente simple. En el abismo, ven el contorno de células gigantes, de grandes divisiones binarias, dicotomías, segmentos a su vez bien determinados, del tipo ―aula, cuartel, H. L.

M.*‖, o incluso países vistos desde un avión. Ven ramificaciones, cadenas, filas, columnas, dominós, estrías. A veces, en los bordes, descubren una figura mal hecha, un contorno borroso. En ese caso se va a buscar a la terrible Lente de rayo. Esta lente no sirve para ver, sino para cortar, para dividir. Ese es el instrumento geométrico que emite un rayo láser y hace reinar por todas partes el gran corte significante, restaura el orden molar amenazado durante un instante. La lente de dividir lo sobrecodifica todo; trabaja en la carne y en la sangre, pero sólo es geometría pura, la geometría como asunto de Estado, y la física de los mirones de corto alcance al servicio de esa máquina. ¿Qué es la geometría, qué es el Estado, qué son los mirones de corto alcance? Esas preguntas no tienen sentido (―hablo li-teralmente‖), puesto que ni siquiera se trata de definir, sino de trazar efectivamente una línea que ya no es de escritura, una línea de segmentaridad dura en la que todo el mundo será juzgado y rectificado según sus contornos, individuos o colectividades.

A pesar de su ambigüedad, la situación de los catalejos, de los mirones de largo alcance es muy diferente. Son poco numerosos, uno por segmento como máximo. Tienen una lente fina y compleja. Pero, indudablemente, no son jefes. Y ven algo muy distinto que los otros. Ven toda una microsegmentaridad, detalles de detalles,

―tobogán de posibilidades‖, minúsculos movimientos que no esperan llegar a los bordes, líneas o vibraciones que se esbozan mucho antes de los contornos,

―segmentos que se mueven por tirones‖. Todo un rizoma, una segmentaridad molecular que no se deja sobrecodificar por un significante como máquina de dividir, ni siquiera atribuir a tal figura, tal conjunto o tal elemento. Esta segunda línea es inseparable de la segmentación anónima que la produce, y que lo pone todo constantemente en tela de juicio, sin finalidad y sin razón: ―¿Qué ha pasado?‖. Los mirones de largo alcance pueden adivinar el futuro, pero siempre bajo la forma del devenir de algo que ya ha pasado en una materia molecular, partículas raras. Es como en biología: cómo las grandes divisiones y dicotomías celulares, en sus contornos, se acompañan de migraciones, de invaginaciones, de desplazamientos, de impulsos morfogenéticos, cuyos segmentos ya no están marcados por puntos localizables, sino por umbrales de intensidad que circulan por debajo, mictosis en las que todo se mezcla, líneas moleculares que se cruzan en el interior de las grandes células y de sus cortes. Es como una sociedad: cómo los segmentos duros y supercortantes están cortados otra vez por debajo por segmentaciones de otra naturaleza. Pero no es ni lo uno ni lo otro, ni biología ni sociedad, ni semejanza entre las dos: ―Hablo literalmente‖, trazo líneas, líneas de escritura, y la vida pasa entre las líneas. Una línea de segmentaridad flexible se ha puesto de manifiesto, enmarañada con la otra, pero muy diferente, trazada de forma temblorosa por la micropolítica de los mirones de largo alcance. Un asunto de política, tan mundial como la otra, incluso más, pero a una escala y bajo una forma no superponible, inconmensurable. Pero también un asunto de percepción, pues la percepción, la semiótica, la práctica, la política, la teoría, siempre van unidas. Se ve, se habla, se


* Esas siglas corresponden en francés a habilitation à loyer modéré, lo que en español se denomina

―viviendas de renta limitada‖ (N. del T.).

piensa, a tal o tal escala y según tal línea que puede o no conjugarse con la del otro, incluso si el otro sigue siendo uno mismo. Si eso no es posible, no hay que insistir, no hay que discutir, sino huir, huir, incluso diciendo ―de acuerdo, totalmente de acuerdo‖. No merece la pena hablar, primero habría que cambiar las gafas, las bocas y los dientes, todos los segmentos. No sólo se habla literalmente, sino que se percibe literalmente, se vive literalmente, es decir, según líneas conectables o no, incluso cuando son muy heterogéneas. Y, además, a veces, la cosa no funciona cuando son homogéneas6.

La ambigüedad de la situación de los mirones de largo alcance es la siguiente: sirven para revelar en el abismo las más ligeras microinfracciones, que los otros no ven; pero también constatan los terribles estragos de la Lente de dividir, bajo su aparente justicia geométrica. Tienen la impresión de prever, de adelantarse, puesto que ven la más mínima cosa como si ya hubiese pasado; pero saben que sus advertencias no sirven de nada, puesto que la lente de dividir lo regulará todo, sin advertir, sin necesidad ni posibilidad de previsión. Unas veces perciben claramente que no ven lo mismo que los demás; otras, que sólo hay una diferencia de grado, inutilizable. Colaboran en la más dura empresa de control, la más cruel, pero,

¿cómo no iban a sentir una oscura simpatía por la actividad subterránea que les es revelada? Ambigüedad de esta línea molecular, como si dudase entre dos direcciones. Un día (¿qué habrá pasado?) un mirón de largo alcance abandonará su segmento, se aventurará por una estrecha pasarela sobre el negro abismo, y, tras haber roto su lente, partirá en una línea de fuga al encuentro de un Doble ciego que avanza desde el otro extremo.


Individuos o grupos, estamos atravesados por líneas, meridianos, geodésicas, trópicos, husos que no marcan el mismo ritmo y que no tienen la misma naturaleza. Líneas que nos componen, nosotros hablamos de tres tipos de líneas. O más bien paquetes de líneas, puesto que cada tipo es múltiple. Uno puede interesarse más por una de esas líneas que por las otras, y, en efecto, quizá haya una que es, si no determinante, sí más importante que las otras..., si es que existe. Pues, de todas esas líneas, algunas nos son impuestas desde fuera, al menos en parte. Otras nacen un poco por azar, a partir de nada, sin que se llegue a saber por qué. Otras deben ser inventadas, trazadas, sin ningún modelo ni azar: debemos inventar nuestras líneas de fuga si es que somos capaces de ello, y sólo podemos inventarlas trazándolas efectivamente, en la vida. ¿No son las líneas de fuga lo más difícil? Ciertos grupos, ciertas personas carecen de ellas y nunca las tendrán. Ciertos grupos, ciertas personas carecen de ese tipo de línea, o la han perdido. La pintora Florence Julien se interesa de forma especial por las líneas de fuga: partiendo de fotos, inventa el procedimiento gracias al cual podrá extraer de ellas líneas, casi abstractas y sin forma. Pero, también en este caso, se trata de un paquete de líneas muy diversas: la línea de fuga de los niños que salen corriendo de la escuela no es la misma que la de los manifestantes perseguidos por la policía, o que la de un preso que se evade. Líneas de fuga de animales diferentes: cada especie, cada individuo tiene las suyas. Fernand Deligny transcribe las líneas y trayectos de niños autistas, hace mapas: distingue cuidadosamente las ―líneas de errancia‖ y las ―líneas

habituales‖. Y eso no sólo es válido para los paseos, también hay mapas de percepciones, mapas de gestos (cocinar o recoger leña), con gestos habituales y gestos de errancia. Lo mismo ocurre con el lenguaje, si es que existe. Fernand Deligny ha abierto sus líneas de escritura a líneas de vida. Y las líneas se cruzan constantemente, coinciden un instante, se suceden durante algún tiempo. Una línea de errancia coincide con una línea habitual, y ahí el niño hace algo que ya no pertenece exactamente a ninguna de las dos, encuentra algo que había perdido —¿qué ha pasado?— o bien salta, palmotea, hace un rápido y minúsculo movimiento

—pero su propio gesto emite a su vez varias líneas 7. En resumen, una línea de fuga, ya compleja, con sus singularidades; pero también, una línea molar o habitual con sus segmentos; y entre las dos (?), una línea molecular, con sus cuantos que la hacen inclinarse de un lado o de otro.

No hay que olvidar, como dice Deligny, que esas líneas no quieren decir nada. Es un asunto de cartografía. Nos componen, como componen nuestro mapa. Se transforman, e incluso pueden pasar la una a la otra. Rizoma. Por supuesto, nada tienen que ver con el lenguaje, al contrario, el lenguaje debe seguirlas, la escritura debe nutrirse de ellas entre sus propias líneas. Por supuesto, nada tienen que ver con un significante, con una determinación de un sujeto por el significante; más bien el significante surge al nivel más duro de una de esas líneas, el sujeto nace al nivel más bajo. Por supuesto, nada tienen que ver con una estructura, que nunca se ha ocupado más que de puntos y de posiciones, de arborescencias, y que siempre ha cerrado un sistema, precisamente, para impedir que huya. Deligny invoca un Cuerpo común en el que esas líneas se inscriben, como otros tantos segmentos, umbrales o cuantos, territorialidades, desterritorializaciones o reterritorializaciones. Las líneas se inscriben en un Cuerpo sin órganos, en el que todo se traza y huye, línea abstracta a su vez, sin figuras imaginarias ni funciones simbólicas: lo real del CsO. El esquizoanálisis no tiene otro objeto práctico: ¿cuál es tu cuerpo sin órganos? ¿Cuáles son tus propias líneas, qué mapa estás haciendo y rehaciendo, qué línea abstracta vas a trazar, y a qué precio, para ti y para los demás? ¿Tu propia línea de fuga? ¿Tu CsO que se confunde con ella? ¿Te desmoronas? ¿Te vas a desmoronar? ¿Te desterritorializas? ¿Qué línea rompes, cuál prolongas o continúas, sin figuras ni símbolos? El esquizoanálisis no tiene por objeto elementos ni conjuntos, ni sujetos, relaciones y estructuras. Tiene por objeto lineamientos, que atraviesan tanto a grupos como a individuos. Análisis del deseo, el esquizoanálisis es inmediatamente práctico, inmediatamente político, ya se trate de un individuo, de un grupo o de una sociedad. Pues, antes que el ser, está la política. La práctica no es posterior al establecimiento de los términos y de sus relaciones, sino que participa activamente en el trazado de las líneas, afronta los mismos peligros y las mismas variaciones que ellas. El esquizoanálisis es como el arte de la novela corta. O más bien no tiene ningún problema de aplicación: aísla líneas que pueden ser tanto las de una vida como las de una obra literaria o de arte, las de una sociedad, según tal sistema de coordenadas elegido.

Línea de segmentaridad dura o molar, línea de segmentación flexible y molecular, línea de fuga: muchos problemas se plantean. En primer lugar los relativos al carácter particular de cada una. Se podría pensar que los segmentos duros están

determinados, predeterminados socialmente, sobrecodificados por el Estado; por el contrario, se tendería a convertir la segmentaridad flexible en un ejercicio interior, imaginario o fantasmático. En cuanto a la línea de fuga, ¿acaso no sería totalmente personal, la manera en que un individuo huye por su cuenta, abandona

―sus responsabilidades‖, huye del mundo, se refugia en el desierto, o bien en el arte..., etc.? Falsa impresión. La segmentaridad flexible no tiene nada que ver con lo imaginario, y la micropolítica no es menos extensiva y real que la otra. La gran política nunca puede manejar sus conjuntos molares sin pasar por esas microin-yecciones, esas infiltraciones que la favorecen o que la obstaculizan; es más, cuanto mayores son los conjuntos, mayor es la molecularización de las instancias que utilizan. Las líneas de fuga no consisten nunca en huir del mundo, sino más bien en hacer que ese mundo huya, como cuando se agujerea un tubo, y no hay sistema social que no huya de todas las metas, incluso si sus segmentos no cesan de endurecerse para obstaculizar las líneas de fuga. En una línea de fuga, no hay nada simbólico ni imaginario. Nada más activo que una línea de fuga, en el animal y en el hombre8. Hasta la Historia está obligada a pasar por ahí más bien que por

―cortes significantes‖. En cada momento, ¿qué huye en una sociedad? En las líneas de fuga se inventan armas nuevas, para oponerlas a las pesadas armas de Estado, ―es muy posible que huya, pero durante toda mi huida busco un arma‖. En sus líneas de fuga los nómadas lo arrasaban todo a su paso, y encontraban nuevas armas que provocaban el estupor del faraón. Puede que un mismo grupo o individuo presente a la vez todas las líneas que distinguimos. Pero lo más frecuente es que un grupo o un individuo funcione él mismo como línea de fuga; más que crearla, la sigue, más que apoderarse de ella, él mismo es el arma viviente que él forja. Las líneas de fuga son realidades; algo muy peligroso para las sociedades, aunque no puedan prescindir de ellas, y hasta en ocasiones las manipulen.

El segundo problema estaría relacionado con la importancia respectiva de las líneas. Se puede partir de la segmentaridad dura, es más fácil, está dado; luego, ver cómo coincide más o menos con una segmentaridad flexible, una especie de rizoma que rodea las raíces. Y luego, ver como a esto se añade todavía la línea de fuga. Y las alianzas, y los combates. Pero también se puede partir de la línea de fuga: quizá ella sea la primera, con su desterritorialización absoluta. Es evidente que la línea de fuga no viene después, sino que está presente desde el principio, incluso si espera su oportunidad, y la explosión de las otras dos. En ese caso, la segmentaridad flexible sólo sería una especie de compromiso, que procede por desterritorializaciones relativas, y que permite reterritorializaciones que bloquean y remiten a la línea dura. Es curioso cómo la segmentaridad flexible está atrapada entre las otras dos líneas, dispuesta a inclinarse de un lado o de otro, esa es su ambigüedad. Y todavía hay que ver las diversas combinaciones: la línea de fuga de alguien, grupo o individuo, puede perfectamente no favorecer la de otro; al contrario, puede obstacu-lizársela, bloqueársela, y arrojarlo con mayor motivo a una segmentaridad dura. En el amor puede suceder que la línea creadora de uno sea el encarcelamiento del otro. La composición de las líneas, de una línea con otra, incluso si son del mismo género, plantea un problema. No es seguro que dos líneas de fuga sean compati-

bles, componibles. No es seguro que los cuerpos sin órganos se compongan fácilmente. No es seguro que un amor, o una política lo resista.

El tercer problema estaría relacionado con la mutua inmanencia de las líneas. Tampoco resulta fácil desenmarañarlas. Ninguna tiene trascendencia, cada una actúa en las otras. Inmanencia por todas partes. Las líneas de fuga son inmanentes al campo social. La segmentaridad flexible no cesa de deshacer las concreciones de la dura, pero reconstituye a su nivel todo lo que deshace, micro-Edipos, micro-formaciones de poder, microfascismos. La línea de fuga hace explotar las dos series segmentarias, pero también es capaz de lo peor, de rebotar sobre la pared, de recaer en un agujero negro, de encaminarse hacia la gran regresión, y de rehacer los segmentos más duros al azar de sus rodeos. ¿Locuras juveniles? Mejor sería no haberse evadido, cf. lo que Lawrence reprocha a Melville. Entre la materia de un sucio secretito en la segmentaridad dura, la forma vacía de ―¿qué ha pasado?‖ en la segmentaridad flexible, y la clandestinidad de lo que ya no puede pasar en la línea de fuga, ¿cómo no ver los sobresaltos de una instancia tentacular, el Secreto, que amenaza con trastocarlo todo? Entre la Pareja de la primera segmentaridad, el Doble de la segunda, el Clandestino de la línea de fuga, cuántas mezclas y transiciones posibles.

Aún queda un último problema, el más angustioso, que está relacionado con los peligros específicos de cada línea. Poco se puede decir sobre el peligro de la primera, y su endurecimiento sin visos de solución. Poco se puede decir sobre la ambigüedad de la segunda. Pero, ¿por qué la línea de fuga, incluso independientemente del peligro de recaer en las otras dos, implica de por sí una desesperación tan especial, a pesar de su mensaje de júbilo, como si algo la amenazase hasta en el corazón de su propia empresa, una muerte, una demolición, en el mismo momento en que todo se resuelve? De Chejov, que es precisamente un gran creador de novelas cortas, Chestov decía: ―ha hecho un esfuerzo, no puede haber ninguna duda a ese respecto, y algo se ha roto en él. Y la causa de ese esfuerzo no fue alguna tarea penosa: sucumbió antes de emprender una proeza superior a sus fuerzas. En suma, sólo fue un accidente absurdo, dio un paso en falso, resbaló (...). Un hombre nuevo apareció ante nosotros, oscuro y taciturno, un criminal‖ 9. ¿Qué ha pasado? Una vez más, esa es la pregunta para todos los personajes de Chejov. ¿No puede uno esforzarse, y hasta romperse algo, sin caer en un agujero negro de amargura y de arena? Pero, ¿cayó verdaderamente Chejov, o sólo es así si se juzga desde fuera?

¿No tiene Chejov razón cuando dice que, por sombríos que sean sus personajes, él todavía posee ―cincuenta kilos de amor‖? Por supuesto, nada es fácil en las líneas que nos componen, y que constituyen la esencia de la Nouvelle, y a veces de la Bonne Nouvelle.

¿Cuáles son tus parejas, cuáles son tus dobles, cuáles son tus clandestinos, y sus combinaciones? Cuando uno le dice al otro: ama en mis labios el sabor del whisky como yo amo el destello de locura en tus ojos, ¿qué líneas están componiendo o, al contrario, volviéndolas incomponibles? Fitzgerald: ―Quizá el cincuenta por ciento de nuestros amigos y parientes os dirán de buena fe que mi inclinación a la bebida ha vuelto loca a Zelda, la otra mitad os aseguraría que su locura es la que me ha empujado a la bebida. Ninguno de esos juicios significaría gran cosa. Esos dos

grupos de amigos y parientes dirían unánimemente que cada uno de nosotros estaría mucho mejor sin el otro. Lo irónico del asunto es que nunca en nuestra vida hemos estado tan desesperadamente enamorados uno del otro. Ella ama el alcohol en mis labios. Yo venero sus más extravagantes alucinaciones‖. ―Al final, nada tenía verdaderamente importancia. Nos hemos destruido. Pero con toda honestidad, nunca he pensado que nos hayamos destruido recíprocamente‖. Hermosos textos. Todas las líneas aparecen en ellos: la de las familias y la de los amigos, la de todos los que hablan, explican y psicoanalizan, distribuyen las razones y las equivocaciones, toda la máquina binaria de la Pareja, unida o separada, en la segmentaridad dura (50%). Y luego, la línea de segmentación flexible, en la que el alcohólico y la loca extraen como en un beso en la boca y en los ojos la multiplicación de un doble en el límite de lo que pueden soportar, en su estado, con las insinuaciones que les sirven de mensaje interno. Por último, la línea de fuga, tanto más común cuanto que están separados, o a la inversa, cada uno clandestino del otro, doble tanto más logrado cuanto que ya nada tiene importancia, y todo puede recomenzar, pues están destruidos, pero no el uno por el otro. Nada pasará por el recuerdo, todo ha pasado en las líneas, entre las líneas, en el Y que los hace imperceptibles, al uno y al otro, ni disyunción ni conjunción, sino línea de fuga que ya no cesa de trazarse, para una nueva aceptación, lo contrario de una renuncia o de una resignación, ¿una nueva dicha?

NOTAS


  1. Cf. Les Diaboliques de BARBEY, 1874, (trad. cast., ed. Braguera). Por supuesto, Maupassant no se reduce al cuento: en él hay novelas cortas, o elementos de novela corta en sus novelas. Por ejemplo en Une vie, (trad. cast., ed. Alianza), el episodio de la tía Lison: ―Era en la época de la cabezonada de Lison. (...) Nunca se daba ninguna explicación y esa cabezonada quedaba envuelta en una niebla. Una tarde, Lese, que entonces tenía veinte años, se había arrojado al agua sin que se supiese por qué. Nada en su vida, en sus modales, podía hacer presentir esa locura (...)‖.

  2. V. PROPP, Morphologie du conte, Gallimard (trad. cast., ed. Fundamentos).

  3. M. ARLAND, Le Promeneur, ed. du Pavois.

  4. NATHALIE SARRAUTE (L‟ére du soupçon, ―Conversation et sous-conversation‖, Gallimard) (trad. cast., ed. Guadarrama), muestra como Proust analiza los más pequeños movimientos, miradas o entona-ciones. Sin embargo, los capta en el recuerdo, les asigna una ―posición‖, los considera como un encadenamiento de afectos y de causas, ―raramente ha tratado de revivirlos y hacerlos revivir al lector en el presente, mientras que se forman y a medida que se desarrollan como otros tantos minúsculos dramas cada uno de los cuales tiene sus peripecias, su misterio y su imprevisible desenlace.‖

  5. KIERKEGAARD, Craiante et tremblement, Aubier, págs. 52 s. (trad. cast., ed. Guadarrama).

  6. En otra novela del mismo volumen, ―Le dernier angle de transparence‖, Pierrette Fleutiaux pone de manifiesto tres líneas de percepción, sin aplicar un esquema preestablecido. El héroe tiene una percepción molar, que se basa en conjuntos y elementos bien diferenciados, llenos y vacíos bien distribuidos (es una percepción codificada, heredada, sobrecodificada por las paredes: no sentarse al lado de su silla, etc.). Pero también está atrapado en una percepción molecular, hecha de segmentaciones finas y cambiantes, de rasgos autónomos, en las que surgen agujeros en lo lleno, microformas en el vacío, entre dos cosas, en las que ―todo bulle y se mueve‖ por mil fisuras. Lo que desconcierta al héroe es que no puede elegir entre las dos líneas, y salta constantemente de una a la otra. ¿Proporcionará la salud una tercera línea de percepción, percepción de fuga, ―dirección hipotética apenas indicada‖ por el ángulo de las otras dos, ―ángulo de transparencia‖ que abre un nuevo espacio?

  7. FERNANDO DELIGNY, ―Voix et voir‖, Cahiers de l‟immuable, abril 1975.

  8. HENRY LABORIT ha escrito un Eloge de la fuite (Laffont), donde demuestra la importancia biológica de las líneas de fuga en el animal. No obstante, tiene una concepción de ellas demasiado formal; y, en el hombre, le parece que la fuga va unida a valores de lo imaginario destinados a aumentar la ―infor-mación‖ del mundo.

  9. LEÓN CHESTOV, L‟homme pris au piége, 10-18, pág. 83.

    9

    1933

    MICROPOLÍTICA Y SEGMENTARIDAD


    Las segmentaridades (el conjunto de los tipos)

    Estamos segmentarizados por todas partes y en todas las direcciones. El hombre es un animal segmentario. La segmentaridad es una característica específica de todos los estratos que nos componen. Habitar, circular, trabajar, jugar: lo vivido está segmentarizado espacial y socialmente. La casa está segmentarizada según el destino de sus habitaciones; las calles, según el orden de la ciudad; la fábrica, según la naturaleza de los trabajos y de las operaciones. Estamos segmentarizados binariamente, según grandes oposiciones duales: las clases sociales, pero también los hombres y las mujeres, los adultos y los niños, etc. Estamos segmentarizados circularmente, en círculos cada vez más amplios, discos o coronas cada vez más anchos, como en la ―carta‖ de Joyce: mis asuntos, los asuntos de mi barrio, de mi ciudad, de mi país, del mundo... Estamos segmentarizados linealmente, en una línea recta, líneas rectas, en la que cada segmento representa un episodio o un ―proceso‖: apenas terminamos un proceso y ya empezamos otro, eternos pleitistas o procesados, familia, escuela, ejército, oficio, la escuela nos dice,

    ―Ya no estás en familia‖, el ejército dice, ―Ya no estás en la escuela‖... Unas veces los segmentos diferentes remiten a individuos o a grupos diferentes, otras es el mismo individuo o grupo el que pasa de un segmento al otro. Pero esas figuras de segmentaridad, la binaria, la circular, la lineal, siempre están incluidas la una en la otra, e incluso pasan la una a la otra, se transforman según el punto de vista. Así ocurre ya entre los primitivos: Lizot muestra cómo la Casa común está organizada circularmente, de dentro a fuera, en una serie de coronas en las que se ejercen tipos de actividades localizables (cultos y ceremonias, intercambio de bienes, vida familiar, por último, desperdicios y deposiciones). Pero al mismo tiempo ―cada una de estas coronas está fraccionada transversalmente, cada segmento corresponde a un linaje particular y está subdividido entre diferentes grupos de parientes‖1. En un contexto más general, Lévi-Strauss muestra como la organización dualista de los primitivos remite a una forma circular, y pasa también a una forma lineal que engloba ―un número indeterminado de grupos‖ (como mínimo tres)2.

    ¿Por qué recurrir a los primitivos cuando se trata de nuestra vida? Lo cierto es que la noción de segmentaridad ha sido construida por los etnólogos para explicar las llamadas sociedades primitivas, sin aparato de Estado central fijo, sin poder global ni instituciones políticas especializadas. Los segmentos sociales tienen, en ese caso, una cierta flexibilidad, según las tareas y las situaciones, entre los dos polos extremos de la fusión y de las escisión; una gran comunicabilidad entre heterogéneos, de suerte que la conexión entre un segmento y otro puede hacerse de múltiples maneras; una construcción local que excluye el que se pueda determinar de antemano un dominio de base (económico, político, jurídico, artístico); propiedades extrínsecas de situación o de relaciones irreductibles a las propiedades intrínsecas de estructura; una actividad continuada que hace que la segmentaridad no sea captada independientemente de una segmentación en acto, que actúa por brotes, separaciones, reuniones. La segmentaridad primitiva es la de un código polívoco, basado en los linajes, sus situaciones y relaciones variables, y, a la vez, la de una territorialidad itinerante, basada en divisiones locales enmarañadas. Los códigos y territorios, los linajes clánicos y las territorialidades tribales organizan un tejido de segmentaridad relativamente flexible 3.

    No obstante, nos parece difícil sostener que las sociedades de Estado, o incluso nuestros Estados modernos, sean menos segmentarios. La oposición clásica entre lo segmentario y lo centralizado no parece muy pertinente4. El Estado no sólo se ejerce en los segmentos que mantiene o deja subsistir, sino que posee en sí mismo su propia segmentaridad, y la impone. La oposición que los sociólogos establecen entre central y segmentario quizá tenga un trasfondo biológico: el gusano anélido y el sistema nervioso centralizado. Pero el propio sistema nervioso central es un gusano, aún más segmentarizado que los otros, a pesar e incluidas todas las vica-riancias. Entre central y segmentario no hay oposición. El sistema político moderno es un todo global, unificado y unificante, pero precisamente porque implica un conjunto de subsistemas yuxtapuestos, imbricados, ordenados, de suerte que el análisis de las decisiones pone de manifiesto todo tipo de compartimentaciones y de procesos parciales que no se continúan entre sí sin que se produzcan desfases o desviaciones. La tecnocracia procede por división del trabajo segmentario (incluso en la división internacional del trabajo). La burocracia sólo existe gracias a la compartimentación de los despachos, y sólo funciona gracias a las ―desviaciones de objetivo‖ y a los ―disfuncionamientos‖ correspondientes. La jerarquía no sólo es piramidal, el despacho del jefe está tanto al final del pasillo como en lo alto del edificio. En resumen, diríase que la vida moderna no ha suprimido la segmentaridad, sino que, por el contrario, la ha especialmente endurecido.

    Más que oponer lo segmentario y lo centralizado habría, pues, que distinguir dos tipos de segmentaridad, una ―primitiva‖ y flexible, otra ―moderna‖ y dura. Y esta distinción coincidiría con cada una de las figuras precedentes:

    1. Las oposiciones binarias (hombres-mujeres, los de arriba-los de abajo, etc.) son muy fuertes en las sociedades primitivas, pero es evidente que son el resultado de máquinas y agenciamientos que no son binarios de por sí. En un grupo, la binaridad social hombres-mujeres moviliza reglas según las cuales unos y otras eligen sus cónyuges respectivos en grupos a su vez diferentes (de ahí que existan como mínimo tres grupos). En ese sentido, Lévi-Strauss muestra cómo la organización dualista nunca tiene valor por sí misma en una sociedad de ese tipo. Por el contrario, lo propio de las sociedades modernas, o más bien de Estado, es la utilización de máquinas duales que funcionan como tales, que proceden simultáneamente por relaciones biunívocas, y sucesivamente por opciones binarizadas. Las clases, los sexos, van de dos en dos, y los fenómenos de tripartición derivan de un desplazamiento de lo dual, más bien que a la inversa. Lo hemos visto claramente en el caso de la máquina de Rostro, que se distingue a este respecto de las máquinas de cabezas primitivas. Diríase que las sociedades modernas han elevado la segmentaridad dual al nivel de una organización suficiente. La cuestión no es, pues, saber si las mujeres, o los de abajo, tienen un estatuto mejor o peor, sino de qué tipo de organización deriva ese estatuto.

    2. Del mismo modo hay que señalar que la segmentaridad circular no implica necesariamente, entre los primitivos, que los círculos sean concéntricos o que tengan un mismo centro. En un régimen flexible, los centros actúan ya como otros tantos nudos, ojos o agujeros negros; pero no resuenan todos juntos, no se precipitan sobre un mismo punto, no convergen en un mismo agujero negro central. Hay

      una multiplicidad de ojos animistas que hace que cada uno de ellos, por ejemplo, esté afectado de un espíritu animal particular (el espíritu-serpiente, el espíritu-pájaro carpintero, el espíritu-caimán...). Cada agujero está ocupado por un ojo animal diferente. Sin duda, vemos aparecer aquí y allá operaciones de endurecimiento y de centralización: todos los centros deben pasar por un solo círculo que a su vez sólo tiene un centro. El chamán establece lazos de unión entre todos los puntos o espíritus, dibuja una constelación, un conjunto irradiante de raíces que remite a un árbol central. ¿Nacimiento de un poder centralizado en el que un sistema arborescente disciplina los brotes del rizoma primitivo? 5. Y el árbol juega aquí el doble papel de principio de dicotomía o de binaridad y de eje de rotación... Pero el poder del chamán todavía está muy localizado, depende estrechamente de un segmento particular, está condicionado por las drogas, y cada punto continúa emitiendo sus secuencias independientes. No se podrá decir lo mismo de las sociedades modernas o incluso de los Estados. Por supuesto, lo centralizado no se opone a lo segmentario, y los círculos siguen siendo distintos. Pero devienen concéntricos, definitivamente arbrificados. La segmentaridad deviene dura, en la medida en que todos los centros resuenan, todos los agujeros negros caen en un punto de acumulación, como un punto de entrecruzamiento situado en algún sitio detrás de todos los ojos. El rostro del padre, el rostro del maestro, el rostro del coronel, el rostro del patrón, entran en redundancia, remiten a un centro de significancia que recorre los diversos círculos y vuelve a pasar por todos los segmentos. Las microcabezas flexibles, las rostrificaciones animales son sustituidas por un macrorostro cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna. Ya no estamos ante n ojos en el cielo, o en devenires animales y vegetales, sino ante un ojo central ordenador que barre todos los rayos. El Estado central no se ha constituido por la abolición de una segmentaridad circular, sino por concentricidad de los distintos círculos o por la puesta en resonancia de los centros. En las sociedades primitivas ya hay tantos centros de poder; o, si se prefiere, en las sociedades de Estado sigue habiendo otros tantos. Pero éstas actúan como aparatos de resonancia, organizan la resonancia, mientras que aquellas la inhiben 6.

    3. Por último, desde el punto de vista de la segmentaridad lineal, diríase que cada segmento está subrayado, rectificado, homogeneizado de por sí, pero también con relación a los otros. No sólo cada uno tiene su unidad de medida, sino que hay equivalencia y traducibilidad de las unidades entre sí. Pues, el ojo central tiene como correlato un espacio en el que se desplaza, y permanece invariable con relación a sus desplazamientos. A partir de la ciudad griega y de la reforma de Clístenes, aparece un espacio político homogéneo e isótopo que va a sobrecodificar los segmentos de linajes, al tiempo que los distintos núcleos se ponen a resonar en un centro que actúa como denominador común7. Y posteriormente a la ciudad griega, Paul Virilio muestra cómo el Imperio Romano impone una razón de Estado lineal o geométrica, que implica un plano general de los campos y de las plazas fuertes, un arte universal de ―limitar trazando‖, una reordenación de los territorios, una sustitución del espacio por los lugares y las territorialidades, una transformación del mundo en ciudad, en una palabra, una segmentaridad cada vez más dura8. Pues los segmentos, subrayados o sobrecodificados, parecen haber

perdido su capacidad de brotar, su relación dinámica con segmentaciones en acto, haciéndose y deshaciéndose. Si hay una ―geometría‖ primitiva (protogeometría), esa es una geometría operatoria en la que las figuras son inseparables de sus afectos, las líneas de su devenir, los segmentos de su segmentación: hay ―redonde-les‖, pero no círculo, ―alineamientos‖, pero no recta, etc. Por el contrario, la geometría de Estado, o más bien la relación del Estado con la geometría, se manifestará por la primacía del elemento-teorema, que sustituye las formaciones morfológicas flexibles por esencias ideales o fijas, los afectos por las propiedades, las segmentaciones en acto por los segmentos predeterminados. La geometría y la aritmética adquieren la potencia de un escalpelo. La propiedad privada implica un espacio sobrecodificado y cuadriculado por el catastro. No sólo cada línea tiene sus segmentos, sino que los segmentos de una corresponden a los de otra: por ejemplo, el régimen del asalariado hará corresponder segmentos monetarios, segmentos de producción y segmentos de bienes de consumo.

Podemos resumir las principales diferencias entre la segmentaridad dura y la segmentaridad flexible. Bajo el modo duro, la segmentaridad binaria vale por sí misma y depende de grandes máquinas de binarización directa, mientras que, bajo el otro modo, las binaridades resultan de ―multiplicidades de n dimensiones‖. En segundo lugar, la segmentaridad circular tiende a devenir concéntrica, es decir, hace coincidir todos sus núcleos en un solo centro que no cesa de desplazarse, pero que permanece invariante en su desplazamiento, que remite a una máquina de resonancia. Por último, la segmentaridad lineal pasa por una máquina de sobrecodificación que constituye el espacio homogéneo more geométrico, y traza segmentos determinados en su sustancia, su forma y sus relaciones. Se señalará que el árbol siempre expresa esta segmentaridad endurecida. El Árbol es nudo de arborescencia o principio de dicotomía; eje de rotación que asegura la concentricidad; estructura o red que cuadricula lo posible. Pero, si oponemos una segmentaridad arborificada a la segmentación rizomática, no sólo es para indicar dos estados de un mismo proceso, sino también para separar dos procesos diferentes. Pues las sociedades primitivas funcionan esencialmente por códigos y territorialidades. E incluso es la distinción de esos dos elementos, sistema tribal de territorios, sistema clánico de linajes, la que impide la resonancia 9. Por el contrario, las sociedades modernas, o de Estado, han sustituido los códigos inoperantes por una sobrecodificación unívoca, y las territorialidades perdidas por una territorialización específica (que se hace precisamente en un espacio geométrico sobrecodificado). La segmentaridad siempre aparece como el resultado de una máquina abstracta; pero la máquina abstracta que actúa en la dura es distinta de la que actúa en la flexible.


No basta, pues, con oponer lo centralizado y lo segmentario. Pero tampoco basta con oponer dos segmentaridades, una flexible y primitiva, otra moderna y endurecida. Pues las dos se distinguen perfectamente, pero son inseparables, están enmarañadas la una con la otra, la una en la otra. Las sociedades primitivas tienen núcleos de dureza, de arborificación, que anticipan el Estado en la misma medida en que lo conjuran. Y a la inversa, nuestras sociedades continúan inmersas en un

tejido flexible sin el cual los segmentos duros no se desarrollarían. No se puede reservar la segmentaridad flexible para los primitivos. La segmentaridad flexible ni siquiera es la pervivencia del salvaje en nosotros, es una función perfectamente actual e inseparable de la otra. Toda sociedad, pero también todo individuo, están, pues, atravesados por las dos segmentaridades a la vez: una molar y otra molecular. Si se distinguen es porque no tienen los mismos términos, ni las mismas relaciones, ni la misma naturaleza, ni el mismo tipo de multiplicidad. Y si son inseparables es porque coexisten, pasan la una a la otra, según figuras diferentes como entre los primitivos o entre nosotros —pero siempre en presuposición la una con la otra—. En resumen, todo es política pero toda política es a la vez macropolítica y micropolítica. Supongamos unos conjuntos del tipo percepción o sentimiento: su organización molar, su segmentaridad dura, no impide todo un mundo de micropreceptos inconscientes, de afectos inconscientes, segmentaciones finas que no captan o no experimentan las mismas cosas, que tribuyen de otra forma, que actúan de otra forma. Una micropolítica de la percepción, del afecto, de la conversación, etc. Si consideramos los grandes conjuntos binarios, como los sexos, o las clases, vemos claramente que también entran en agenciamientos moleculares de otra naturaleza, y que hay una doble dependencia recíproca. Pues los dos sexos remiten a múltiples combinaciones moleculares, que ponen en juego no sólo el hombre en la mujer y la mujer en el hombre, sino la relación de cada uno en el otro con el animal, la planta, etc.: mil pequeños sexos. Y las clases sociales remiten a ―masas‖ que no tienen el mismo movimiento, la misma distribución, ni los mismos objetivos ni las mismas maneras de luchar. Las tentativas de distinguir masa y clase tienden efectivamente hacia el siguiente límite: que la noción de masa es una noción molecular, que procede por un tipo de segmentación irreductible a la segmentaridad molar de clase. Sin embargo, las clases están talladas en las masas, las cristalizan. Y las masas no cesan de fluir, de escaparse de las clases. Pero su presuposición recíproca no impide la diferencia de punto de vista, de naturaleza, de escala y de función (la noción de masa, así entendida, tiene una acepción totalmente distinta que la propuesta por Canetti).

No basta con definir la burocracia por una segmentaridad dura, con compartimentación de los despachos contiguos, jefe de despacho en cada segmento, y centralización correspondiente al final del pasillo o en lo alto del edificio. Pues al mismo tiempo hay toda una segmentación burocrática, una flexibilidad y una comunicación entre despachos, una perversión burocrática, una inventiva o creatividad permanentes que se ejercen incluso contra los reglamentos administrativos. Si Kafka es el teórico más importante de la burocracia es porque muestra cómo, a un cierto nivel (pero, ¿cuál?, no es localizable), las barreras entre despachos dejan de ser ―límites precisos‖, están inmersas en un medio molecular que las disuelve, al mismo tiempo que hace proliferar el jefe en microfiguras imposibles de reconocer, de identificar, y que no son más discernibles que centralizables: otro régimen, que coexiste con la separación y la totalización de los segmentos duros 10. Por la misma razón se dirá que el fascismo implica un régimen molecular que no se confunde ni con segmentos molares ni con su centralización. Sin duda, el fascismo ha inventado el concepto de Estado totalitario, pero no hay razón para definir el fascismo

por una noción que él mismo ha inventado: hay Estados totalitarios sin fascismo, del tipo estalinista o del tipo dictadura militar. El concepto de Estado totalitario sólo tiene valor a escala macropolítica para una segmentaridad dura y para un modo especial de totalización y de centralización. Pero el fascismo es inseparable de núcleos moleculares, que pululan y saltan de un punto a otro, en interacción, antes de resonar todos juntos en el Estado nacionalsocialista. Fascismo rural y fascismo de ciudad o de barrio, joven fascismo y fascismo de ex-combatiente, fascismo de izquierda y de derecha, de pareja, de familia, de escuela o de despacho: cada fascismo se define por un microagujero negro, que vale por sí mismo y comunica con los otros antes de resonar en un gran agujero negro central gene-ralizado11. Hay fascismo cuando una máquina de guerra se instala en cada agujero, en cada nicho. Incluso cuando el Estado nacionalsocialista se instale, tendrá necesidad de la persistencia de esos microfascismos que le proporcionan un medio de acción incomparable sobre las ―masas‖. Daniel Guérin tiene razón cuando dice que si Hitler conquistó el poder, más bien el Estado mayor alemán, fue porque disponía previamente de microorganizaciones que le proporcionaban ―un medio incomparable, irreemplazable, para penetrar en todas las células de la sociedad‖, segmentaridad flexible y molecular, flujos capaces de impregnar cada tipo de células. Y a la inversa, si el capitalismo ha acabado por considerar la experiencia fascista como catastrófica, si ha preferido aliarse con el totalitarismo estalinista, mucho más sabio y tratable a su gusto, es porque éste tenía una segmentaridad y una centralización más clásicas y menos fluentes. Si el fascismo es peligroso se debe a su potencia micropolítica o molecular, puesto que es un movimiento de masa: un cuerpo canceroso, más bien que un organismo totalitario. El cine americano ha mostrado a menudo esos núcleos moleculares, fascismo de banda, de gang, de secta, de familia, de pueblo, de barrio, de automóvil, y del que no se libra nadie. Nada mejor que el microfascismo para dar una respuesta a la pregunta global: ¿por qué el deseo desea su propia represión, cómo puede desear su represión? Por supuesto, las masas no sufren pasivamente el poder; tampoco ―quieren‖ ser reprimidas en una especie de histeria masoquista; ni tampoco son engañadas, por un señuelo ideológico. Pero, el deseo siempre es inseparable de agenciamientos complejos que pasan necesariamente por niveles moleculares, micro-formaciones que ya moldean las posturas, las actitudes, las percepciones, las an-ticipaciones, las semióticas, etc. El deseo nunca es una energía pulsional indiferenciada, sino que es el resultado de un montaje elaborado, de un engineering de altas interacciones: toda una segmentaridad flexible relacionada con energías moleculares y que eventualmente determina al deseo a ser ya fascista. Las organizaciones de izquierda no son las últimas en segregar sus microfascismos. Es muy fácil ser antifascista al nivel molar, sin ver el fascista que uno mismo es, que uno mismo cultiva y alimenta, mima, con moléculas personales y colectivas.

Habría que evitar cuatro errores relacionados con esta segmentaridad flexible y molecular. El primero es axiológico y consistiría en creer que basta con un poco de flexibilidad para ser ―mejor‖. Pero el fascismo es todavía más peligroso a causa de sus microfascismos, y las segmentaciones finas tan nocivas como los segmentos más endurecidos. El segundo es psicológico, como si lo molecular perteneciera al

dominio de la imaginación y sólo remitiera a lo individual o a lo interindividual. Pero hay tanto de Real-social en una línea como en la otra. El tercero consistiría en pensar que las dos formas se distinguen simplemente por las dimensiones, como una forma pequeña y una forma grande; y si bien es cierto que lo molecular actúa en el detalle y pasa por pequeños grupos, no por ello deja de ser coextensivo a todo el campo social, tanto como la organización molar. Por último, la diferencia cualitativa entre las dos líneas no impide que se impulsen o coincidan, de suerte que siempre hay entre ellas una relación proporcional, ya sea directa o inversamente proporcional.

En efecto, en un primer caso, cuanto más fuerte es la organización molar, más suscita una molecularización de sus elementos, de sus relaciones y aparatos elementales. Cuando la máquina deviene planetaria o cósmica, los agenciamientos tienden cada vez más a miniaturizarse, a devenir microagenciamientos. Según la fórmula de Gorz, el capistalismo mundial ya sólo tiene como elemento de trabajo un individuo molecular, o molecularizado, es decir, de ―masa‖. La administración de una gran seguridad molar organizada tiene como correlato toda una micro-gestión de pequeños miedos, toda una inseguridad molecular permanente, hasta el punto de que la fórmula de los ministerios del interior podría ser: una macropolítica de la sociedad para y por una micropolítica de la inseguridad 12. No obstante, el segundo caso todavía es más importante, en la medida en que los movimientos moleculares ya no logran perfeccionar, sino combatir y socavar la gran organización mundial. Es lo que decía el presidente Giscard d’Estaing en su lección de geografía política y militar: cuanto más se equilibran las cosas entre el Este y el Oeste, en una máquina dual, sobrecodificante y supermilitarizada, más se ―deses-tabilizan‖ en la otra línea, del Norte al Sur. Siempre hay un palestino, pero también un vasco, un corso, para provocar ―una desestabilización regional de la segu-ridad‖13. Como consecuencia, los dos grandes conjuntos molares, al Este y al Oeste, están constantemente trabajados por una segmentación molecular, con fisura en zig-zag, que hace que tengan dificultad para retener sus propios segmentos. Como si constantemente una línea de fuga, incluso si comienza por un minúsculo arroyo, fluyese entre los segmentos y escapase a su centralización, eludiese su totalización. Así se presentan los profundos movimientos que sacuden una sociedad, aunque sean necesariamente ―representados‖ como un enfrentamiento entre segmentos molares. Se dice equivocadamente (sobre todo en el marxismo) que una sociedad se define por sus contradicciones. Pero eso sólo es cierto a gran escala. Desde el punto de vista de la micropolítica, una sociedad se define por sus líneas de fuga, que son moleculares. Siempre fluye o huye algo, que escapa a las organizaciones binarias, al aparato de resonancia, a la máquina de sobrecodificación: todo lo que se incluye dentro de lo que se denomina ―evolución de las cos-tumbres‖, los jóvenes, las mujeres, los locos, etc. Mayo del 68, en Francia, era molecular, y sus condiciones tanto más imperceptibles desde el punto de vista de la macropolítica. En esas circunstancias, se da el caso de que personas muy moderadas o muy viejas capten mejor el acontecimiento que los hombres políticos más avanzados, o que se creían tales desde el punto de vista de la organización. Como decía Gabriel Tarde, habría que saber qué campesinos, y en qué regiones del Me-

diodía, han empezado a negar el saludo a los propietarios de su entorno. A este respecto, un viejo propietario desfasado puede evaluar mejor las cosas que uno progresista. En Mayo del 68 ocurrió lo mismo: todos los que lo juzgaban en términos de macropolítica no comprendieron nada del acontecimiento, puesto que algo inasignable huía. Los hombres políticos, los partidos, los sindicatos y muchos hombres de izquierda, cogieron una gran rabieta; repetían sin cesar que no se daban las ―condiciones‖. Daba la impresión de que se les había privado provisionalmente de toda la máquina dual que los convertía en los únicos interlocutores válidos. Extrañamente, de Gaulle e incluso Pompidou comprendieron mucho mejor que los otros. Un flujo molecular se escapaba, primero minúsculo, luego cada vez más inasignable... No obstante, lo contrario también es cierto: las fugas y los movimientos moleculares no serían nada si no volvieran a pasar por las grandes organizaciones molares, y no modificasen sus segmentos, sus distribuciones binarias de sexos, de clases, de partidos.

Así pues, la cuestión es que lo molar y lo molecular no sólo se distinguen por la talla, la escala o la dimensión, sino por la naturaleza del sistema de referencia considerado. Por eso quizá habría que reservar las palabras ―línea‖ y ―segmentos‖ para la organización molar, y buscar otras palabras que conviniesen más a la composición molecular. En efecto, cada vez que se puede asignar una línea de segmentos bien determinados vemos que se prolonga, bajo otra forma, en un flujo de cuantos. Y cada vez, se puede situar un ―centro de poder‖ como frontera entre los dos y definirlo no por su ejercicio absoluto en un dominio, sino por las adaptaciones y conversiones relativas que efectúa entre la línea y el flujo. Consideremos una línea monetaria con segmentos. Estos segmentos pueden ser determinados desde diferentes puntos de vista: por ejemplo, desde el punto de vista del presupuesto empresarial: salarios reales, ganancias netas, salarios de dirección, interés de los capitales, reservas, inversiones..., etc. Pues bien, esta línea de moneda-pago remite a un aspecto totalmente distinto, es decir, a un flujo de moneda-financiación que ya no implica segmentos, sino polos, singularidades y cuantos (los polos del flujo son la creación y la destrucción de moneda, las singularidades son las disponibilidades nominales, los cuantos son inflación, deflación, stagflatión, etc.). A este respecto, se ha podido hablar de un ―flujo mutante, convulsivo, creador y circulato-rio‖, ligado al deseo, siempre subyacente a la línea sólida, y a los segmentos que determinan en ella el interés, la oferta y la demanda 14. En una balanza de pagos, aparece una segmentaridad binaria que distingue, por ejemplo, operaciones denominadas autónomas y operaciones denominadas compensatorias; pero precisamente los movimientos de capitales no se dejan segmentarizar de ese modo, puesto que son “los más descompuestos, en función de su naturaleza, de su duración, de la personalidad del acreedor o del deudor‖, de manera ―que ya no sabemos dónde situar la línea‖ con relación a ese flujo15. No por ello deja de haber una constante correlación entre los dos aspectos, puesto que con la linealización y la segmentación un flujo se agota, pero de ellas surge también una nueva creación. Cuando se habla de un poder bancario, concentrado fundamentalmente en los bancos centrales, se está hablando precisamente de ese poder relativo que consiste en regular ―en la medida de‖ lo posible la comunicación, la conversión, la coadap-

tación de las dos partes del circuito. Por eso los centros de poder se definen más por lo que se les escapa o por su impotencia que por su zona de poder. En resumen, lo molecular, la microeconomía, la micropolítica no se define de por sí por la pequeñez de sus elementos, sino por la naturaleza de su ―masa‖: el flujo de cuantos, para diferenciarlo de la línea de segmentos molar16. La tarea de hacer que los segmentos se correspondan con los cuantos, de ajustar los segmentos de acuerdo con los cuantos, implica cambios de ritmo y de modo, que, más que implicar una omnipotencia, se hacen a duras penas; siempre huye algo.

Podrían ponerse otros ejemplos. Así, cuando se habla del poder de la Iglesia, ese poder siempre ha estado relacionado con una cierta administración del pecado que implica una fuerte segmentaridad, tipos de pecado (los siete pecados capitales), unidades de medida (¿cuántas veces?), reglas de equivalencia y de remisión (confesión, penitencia...). Pero bien distinto es, aunque complementario, lo que podríamos denominar flujo molecular de pecabilidad: éste encierra la zona lineal, está como negociado a través de ella, pero de por sí sólo consta de polos (pecado original-redención o gracia) y cuantos (―pecado de no llegar a tener conciencia del pecado‖, pecado de la conciencia del pecado, pecado consecutivo a la conciencia del pecado) 17. Lo mismo podría decirse de un flujo de criminalidad, para diferenciarlo de la línea molar de un código jurídico y sus distintos aparatos. O bien, cuando se habla de un poder militar, de un poder del ejército, se hace referencia a una línea segmentarizable según tipos de guerra que corresponden precisamente a los Estados que la hacen y a los fines políticos que esos Estados se proponen (de la guerra ―limitada‖ a la guerra ―total‖). Pero, según la intuición de Clausewitz, otra cosa muy distinta es la máquina de guerra, es decir, un flujo de guerra absoluta, que circula entre un polo ofensivo y un polo defensivo, y que sólo se expresa en cuantos (fuerzas materiales y físicas que son algo así como las disponibilidades nominales de la guerra). Del flujo puro, diríase que es abstracto y, sin embargo, real; ideal y, sin embargo, eficaz; absoluto y, sin embargo, ―diferenciado‖. Bien es cierto que el flujo y sus cuantos sólo se puede captar a través de los índices de la línea de segmentos; y a la inversa, la línea y los cuantos sólo existen a través del flujo que los baña. Así pues, vemos que la línea de segmentos (macropolítica) está inmersa y se prolonga en un flujo de cuantos (micropolítica) que no cesa de modificar, de agitar los segmentos:


A: flujo y polos a: cuantos

b: línea y segmentos B: centro de poder

(El conjunto es un ciclo

o un periodo)

Homenaje a Gabriel Tarde (1.843-1.904): su obra, durante mucho tiempo olvidada, ha vuelto a recobrar actualidad bajo la influencia de la sociología americana, fundamentalmente de la microsociología. Había sido aplastado por Durkheim y su escuela (en una polémica tan dura y del mismo tipo que la que sostu-vieron Cuvier y Geoffroy Saint-Hilaire). Pues Durkheim consideraba como un objeto privilegiado las grandes representaciones colectivas, generalmente binarias, resonantes, sobrecodificadas... Tarde objeta que las representaciones colectivas suponen lo que hay que explicar, a saber, ―la similitud de millones de hombres‖. De ahí que Tarde se interesase más por el mundo del detalle, o de lo infinitesimal: las pequeñas imitaciones, oposiciones e invenciones, que constituyen toda una materia subrepresentativa. Y sus mejores páginas son aquellas en las que analiza una minúscula innovación burocrática, o lingüística, etc. Los durkheimianos respondieron que eso era psicología o interpsicología, no sociología. Pero eso sólo es cierto en apariencia, en una primera aproximación: una microimitación parece ir de un individuo a otro. Ahora bien, al mismo tiempo, y a un nivel más profundo, está relacionada con un flujo o una onda, y no con el individuo. La imitación es la propagación de un flujo; la oposición es la binarización, el establecimiento de una binaridad de los flujos; la invención es una conjugación o una conexión de diversos flujos. Y ¿qué es un flujo según Tarde? Es creencia o deseo (los dos aspectos de todo agenciamiento), un flujo siempre es de creencia y de deseo. Las creencias y los deseos son la base de toda sociedad, porque son flujos, y como tales ―cuantificables‖, verdaderas Cantidades sociales, mientras que las sensaciones son cualitativas, y las representaciones, simples resultantes18. La imitación, la oposición, la invención infinitesi-males son, pues, como cuantos de flujo que indican una propagación, una binarización o una conjugación de creencias y de deseos. De ahí la importancia de la estadística, a condición de que se ocupe de los máximos, y no sólo de la zona

―estacionaria‖ de las representaciones. Pues, finalmente, la diferencia no se establece entre lo social y lo individual (o lo interindividual), sino entre el dominio molar de las representaciones, ya sean colectivas o individuales, y el dominio molecular de las creencias y de los deseos, en el que la distinción entre lo social y lo individual carece de sentido, puesto que los flujos ya no son ni atribuibles a individuos ni sobrecodificables por significantes colectivos. Mientras que las representaciones definen ya grandes conjuntos, o segmentos determinados en una línea, las creencias y los deseos son flujos expresados en cuantos, que se crean, se agotan o mutan, y que se suman, se substraen o se combinan. Tarde es el inventor de una microsociología, a la que proporciona toda su extensión y alcance, denunciando de antemano los contrasentidos de los que será víctima.

Así es como se podría distinguir la línea de segmentos y el flujo de cuantos. Un flujo mutante siempre implica algo que tiende a escapar a los códigos, a escaparse de los códigos; y los cuantos son precisamente signos o grados de desterritorialización en el flujo descodificado. La línea dura, por el contrario, implica una sobrecodificación que sustituye a los códigos inoperantes, y los segmentos son como reterritorializaciones en la línea sobrecodificante y sobrecodificada. Volvamos al caso del pecado original: es el acto correspondiente a un flujo que indica una descodificación con relación a la creación (con un solo islote reservado para la

Virgen), y una desterritorialización con relación a la tierra adánica; pero efectúa al mismo tiempo una sobrecodificación por organizaciones binarias y de resonancia (Poderes, Iglesia, imperios, ricos-pobres, hombres-mujeres..., etc.), y reterritorializaciones complementarias (en la tierra de Caín, en el trabajo, en la reproducción, en el dinero...). Pues bien, a la vez: los dos sistemas de referencia están en razón inversa, en el sentido de que uno escapa al otro, y de que éste detiene al primero, le impide seguir escapando; pero son estrictamente complementarios y coexistentes, puesto que el uno sólo existe en función del otro; y, sin embargo, son diferentes, en razón directa, pero sin corresponderse término a término, puesto que el segundo sólo detiene efectivamente al primero en un ―plano‖ que ya no es el plano del primero, y que éste continúa su progresión en su propio plano.

Un campo social está constantemente animado por todo tipo de movimientos de descodificación y de desterritorialización que afectan a ―masas‖, según velocidades y ritmos distintos. No son contradicciones, son fugas. A ese nivel todo es un problema de masa. Por ejemplo, en torno a los siglos X-XIV, vemos precipitarse los factores de descodificación y las velocidades de desterritorialización: masas de los últimos invasores que surgen del Norte, del Este y del Sur; masas militares que se transforman en bandas de pillaje; masas eclesiásticas a la caza de infieles y de herejes, y que se proponen objetivos cada vez más desterritorializados; masas campesinas que abandonan los dominios señoriales; masas señoriales que necesitan encontrar medios de explotación mucho menos territoriales que el vasallaje; masas urbanas que se separan del campo y encuentran en las ciudades equipamientos cada vez menos territorializados; masas femeninas que se liberan del antiguo código pasional y conyugal; masas monetarias que ya no se atesoran y que se inyectan en grandes circuitos comerciales19. Y las Cruzadas serían las que efec-tuarían la conexión de estos flujos, de tal forma que cada uno impulsa y precipita a los demás (incluso el flujo de feminidad en la ―Princesa lejana‖ o incluso el flujo de niños en las Cruzadas del siglo XIII). Pero, al mismo tiempo, e inseparablemente, se producen las sobrecodificaciones y las reterritorializaciones. Las Cruzadas se dejan sobrecodificar por el Papa y asignar objetivos territoriales. La Tierra Santa, la paz de Dios, un nuevo tipo de abadías, nuevos tipos de moneda, nuevos modos de explotación del campesino por arrendamiento y salariado (o bien retornos a la esclavitud), reterritorializaciones de ciudad, etc., forman un sistema complejo. Desde este punto de vista, como consecuencia, debemos introducir una diferencia entre dos nociones, la conexión y la conjugación de los flujos. Pues si la ―conexión‖ indica la forma en que unos flujos descodificados y desterritorializados se relanzan recíprocamente, precipitan su fuga común, y suman o activan sus cuantos, la

―conjugación‖ de esos mismos flujos indica más bien su interrupción relativa, como un punto de acumulación que bloquea u obstruye ahora las líneas de fuga efectúa una reterritorialización general, y hace pasar los flujos bajo el predominio de uno de ellos capaz de sobrecodificarlos. Pero, precisamente, siempre es el flujo más desterritorializado, según el primer aspecto, el que efectúa la acumulación o la conjunción de los procesos, determina la sobrecodificación y sirve de base a la reterritorialización, según el segundo aspecto (hemos encontrado un teorema según el cual la reterritorialización siempre se hace en el más desterritorializado).

Así, la burguesía comercial de las ciudades conjuga o capitaliza un saber, una tecnología, agenciamientos y circuitos bajo cuya dependencia pasarán la nobleza, la Iglesia, e incluso los artesanos y los campesinos. Porque es máximo de desterritorialización, verdadero acelarador de partículas, efectúa también la reterritorialización de conjunto.

La tarea del historiador consiste en determinar el ―período‖ de coexistencia o de simultaneidad de los dos movimientos (descodificación-desterritorialización por un lado, sobrecodificación-reterritorialización por otro). Y en ese período es donde hay que distinguir el aspecto molecular y el aspecto molar: por un lado las masas o flujos, con sus mutaciones, sus cuantos de desterritorialización, sus conexiones, sus precipitaciones; por otro las clases o segmentos, con su organización binaria, su resonancia, conjunción o acumulación, su línea de codificación en beneficio de una de ellas20. La diferencia entre una macrohistoria y una microhistoria no tiene nada que ver con la longitud de las duraciones consideradas, lo grande y lo pequeño, sino con sistemas de referencia distintos, según que se considere una línea sobrecodificada de segmentos, o bien un flujo mutante de cuantos. Y el sistema duro no detiene el otro: el flujo continúa bajo la línea, eternamente mutante, mientras que la línea totaliza. Masa y clase no tienen los mismos perfiles ni la misma dinámica, aunque el mismo grupo esté afectado por los dos signos. La burguesía como masa y como clase... Una masa no tiene con las otras masas las mismas relaciones que la clase ―correspondiente‖ con las otras clases. Por supuesto, hay tantas relaciones de fuerza y de violencia de un lado como de otro. Pero, la misma lucha presenta dos aspectos bien distintos, las victorias o las derrotas no son las mismas. Los movimientos de masa se precipitan y alternan (o se difuminan durante algún tiempo, con largos períodos de inercia), pero saltan de una clase a otra, pasan por mutaciones, liberan o emiten nuevos cuantos que van a modificar las relaciones de clase, y volver a poner en tela de juicio su sobrecodificación y su reterritorialización, a hacer pasar nuevas líneas de fuga por otro sitio. Bajo la reproducción de las clases siempre hay un mapa variable de las masas. La política actúa por macrodecisiones y opciones binarias, intereses binarizados; pero el margen de decisión es muy pequeño. La decisión política está inmersa necesariamente en un mundo de microdeterminaciones, de atracciones y de deseos, que ella debe presentir o evaluar de otra manera: una evaluación de los flujos y de sus cuantos, bajo las concepciones lineales y las decisiones segmentarias. Una curiosa página de Michelet reprocha a Francisco I no haber sabido evaluar el flujo de emigración que empujaba hacia Francia a muchas personas que luchaban contra la Iglesia: Francisco I sólo vio en ello un aporte posible de soldados, en lugar de presentir un flujo molecular de masa que Francia hubiera podido modificar en su provecho, poniéndose a la cabeza de una Reforma distinta de la que se produjo21. Así se presentan siempre los problemas. Buena o mala, la política y sus juicios siempre son molares, pero es lo molecular, con sus apreciaciones, quien la ―hace‖.


Ahora estamos en mejores condiciones para dibujar un mapa. Si volvemos a dar a la palabra ―línea‖ un sentido muy general, vemos, en efecto, que no sólo hay dos líneas, sino tres: 1) Una línea relativamente flexible de códigos y de territo-

rialidades entretejidos; por eso partíamos de una segmentaridad llamada primitiva,

en la que las segmentaciones de territorios y de linajes componían el espacio social,

2) Una línea dura, que procede a la organización dual de los segmentos, a la concentricidad de los círculos en resonancia, a la sobrecodificación generalizada: el espacio social implica aquí un aparato de Estado. Es un sistema distinto del sistema primitivo, precisamente porque la sobrecodificación no es un código reforzado, sino un procedimiento específico distinto del de los códigos (de igual modo, la reterritorialización no es un territorio más, sino que se hace en otro espacio que en el de los territorios, precisamente en el espacio geométrico sobrecodificado); 3) Una o varias líneas de fuga expresadas en cuantos, definidas por descodificación y desterritorialización (siempre hay algo como una máquina de guerra que funciona en estas líneas).

Pero esta presentación tiene todavía el inconveniente de hacer como si las sociedades primitivas fueran anteriores. En verdad, los códigos son inseparables del movimiento de descodificación y los territorios de los vectores de desterritorialización que los atraviesan. Y la sobrecodificación y la reterritorialización tampoco son posteriores. Más bien habría que hablar de un espacio en el que coexisten los tres tipos de líneas totalmente enmarañadas, tribus, imperios y máquinas de guerra. También podría decirse que las líneas de fuga son anteriores, o los segmentos ya endurecidos, y que las segmentaciones flexibles no cesan de oscilar entre los dos. Veamos una proposición como la del historiador Pirenne, a propósito de las tribus bárbaras: ―Los bárbaros no invadieron espontáneamente el Imperio; se vieron empujados por la avalancha húnica que iba a determinar toda la serie de inva-siones...22 Tenemos, pues, por un lado la segmentaridad dura del Imperio Romano, con su centro de resonancia y su periferia, su Estado, su pax romana, su geometría, sus campos, su limes. Y luego, en el horizonte, una línea completamente distinta, la de los nómadas que salen de la estepa, que emprenden una fuga activa y fluente, llevan por todas partes la desterritorialización, lanzan flujos cuyos cuantos se activan, arrastrados por una máquina de guerra sin Estado. Los bárbaros migrantes están entre los dos: van y vienen, pasan una y otra vez las fronteras, pillan o requisan, pero también se integran y se reterritorializan. Unas veces penetran en el Imperio, atribuyéndose tal segmento, se hacen mercenarios o federados, se fijan, ocupan tierras o fundan ellos mismos Estados (los sabios visigodos). Otras, por el contrario, se ponen de parte de los nómadas y se asocian a ellos, haciéndose indiscernibles (los brillantes ostrogodos). Tal vez porque siempre han sido derrotados por hunos y visigodos, los vándalos, ―godos de segunda zona‖, trazan una línea de fuga que los hace tan fuertes como sus amos; es la única banda o masa que logra franquear el Mediterráneo. Pero también hacen la reterritorialización más inesperada, un imperio en África23. Diríase, pues, que las tres líneas no sólo coexisten, sino que se transforman, pasan cada una a las otras. Y eso es así a pesar de que hemos elegido un ejemplo sencillo en el que las líneas están ilustradas por grupos distintos. Lo sería con mayor motivo cuando se trata del mismo grupo, del mismo individuo.

Teniendo en cuenta lo anterior, sería mejor considerar los estados simultáneos de la Máquina abstracta. Por un lado, hay una máquina abstracta de sobrecodificación,

que define una segmentaridad dura, una macrosegmentaridad, puesto que produce o más bien reproduce los segmentos, oponiéndolos de dos en dos, haciendo resonar todos los centros, y extendiendo un espacio homogéneo, divisible, estriado en todos los sentidos. Este tipo de máquina abstracta remite al aparato de Estado. Sin embargo, nosotros no confundimos esta máquina abstracta con el propio aparato de Estado. La máquina abstracta se definiría, por ejemplo, more geométrico, o bien, en otras condiciones por una ―axiomática‖; pero el aparato de Estado no es ni la geometría ni la axiomática: sólo es el agenciamiento de reterritorialización que efectúa la máquina de sobrecodificación en tales límites y en tales condiciones. Lo único que puede decirse es que el aparato de Estado tiende más o menos a identificarse con esta máquina abstracta que él efectúa. Aquí es donde la noción de Estado totalitario adquiere todo su sentido: un Estado deviene totalitario cuando, en lugar de efectuar dentro de sus propios límites la máquina mundial de sobrecodificación, se identifica con ella, al crear las condiciones para una ―autarquía‖, al hacer una reterritorialización por ―aislamiento‖, en el artificio del vacío (que nunca es una operación ideológica, sino económica y política) 24.

Por otro lado, en el otro polo, hay una máquina abstracta de mutación, que actúa por descodificación y desterritorialización. Ella es la que traza las líneas de fuga: dirige los flujos de cuantos, asegura la creación-conexión de los flujos, emite nuevos cuantos. Ella misma está en estado de fuga, y dispone máquinas de guerra en sus líneas. Si constituye otro polo es porque los segmentos duros o molares no cesan de obstruir, de bloquear, de interceptar las líneas de fuga, mientras que ella no cesa de hacerlas circular ―entre‖ los segmentos duros y en otra dirección, submolecular. Pero también, entre los dos polos, hay todo un dominio de negociación, de traducción, de transducción específicamente molecular, en el que unas veces las líneas molares están ya trabajadas por fisuras y hendiduras, otras las líneas de fuga, atraídas hacia agujeros negros, las conexiones de flujos, sustituidas ya por conjunciones limitativas, las emisiones de cuantos, convertidas en puntos- centros. Y todo eso se produce al mismo tiempo. Las líneas de fuga conectan y prolongan sus intensidades, hacen saltar signos-partículas fuera de los agujeros negros; pero al mismo tiempo se pliegan a microagujeros negros en los que se arremolinan, a conjunciones moleculares que las interrumpen; y también entran en segmentos estables, binarizados, concentrizados, orientados hacia un agujero negro central, sobrecodificados.

La pregunta ¿Qué es un centro o un núcleo de poder? sirve para mostrar el enmarañamiento de todas estas líneas. Se habla de un poder de ejército, de Iglesia, de escuela, de un poder público o privado... Evidentemente, los centros de poder conciernen a los segmentos duros. Cada segmento molar tiene su centro, sus centros. Podría objetarse que esos mismos segmentos suponen un centro de poder, que sería el que los distingue y los reúne, los opone y hace resonar. Pero no hay ninguna contradicción entre las partes segmentarias y el aparato centralizado. Por un lado la segmentaridad más dura no impide la centralización: el punto central común no actúa como un punto en el que se confundirían los otros puntos, sino como un punto de resonancia en el horizonte detrás de todos los otros puntos. El Estado no es un punto que carga con los otros, sino una caja de re-

sonancia para todos los puntos. E incluso cuando el Estado es totalitario, su función de resonancia para los centros y segmentos distintos no cambian: únicamente se produce en condiciones de ―aislamiento‖ que aumenta su repercusión interna o refuerza la ―resonancia‖ con un ―movimiento forzado‖. Como consecuencia, por otro lado e inversamente, la centralización más estricta no suprime la distinción de los centros de los segmentos y de los círculos. En efecto, la línea sobrecodificadora no se traza sin asegurar el predominio de un segmento como tal sobre el otro (en el caso de la segmentaridad binaria), sin dar a tal centro un poder de resonancia relativa respecto a otros (en el caso de la segmentaridad circular), sin subrayar el segmento dominante por el que ella pasa (en el caso de la segmentaridad lineal). En ese sentido, la centralización siempre es jerárquica, pero la jerarquía siempre es segmentaria.

Cada centro de poder también es molecular, se ejerce sobre un tejido micrológico en el que ya sólo existe como difuso, disperso, desmultiplicado, miniatu-rizado, constantemente desplazado, actuando por segmentaciones finas, operando en el detalle y en el detalle de detalles. El análisis de las ―disciplinas‖ o micropo-deres según Foucault (escuela, ejército, fábrica, hospital, etc.) da cuenta de esos

―núcleos de inestabilidad‖ en los que se enfrentan reagrupamientos y acumulaciones, pero también escapadas y fugas, y en los que se producen inversiones25. Ya no es ―el‖ maestro, sino el jefe de estudios, el mejor alumno, el vago, el conserje, etc. Ya no es el general, sino los oficiales subalternos, los suboficiales, el soldado que hay en mí, y también el tarambana, cada cual con sus tendencias, sus polos, sus conflictos, sus relaciones de fuerza. E incluso el brigada, el conserje, sólo son invocados para que se comprenda mejor; pues tienen un lado molar y un lado molecular, y ponen de manifiesto que el general, el propietario, ya tenían también los dos lados. Diríase que el nombre propio no pierde su poder; sino que encuentra uno nuevo cuando entra en esas zonas de indiscernibilidad. Para hablar como Kafka, ya no es el funcionario Klamm, sino tal vez su secretario Momus, u otros Klamm moleculares, cuyas diferencias, entre sí y con Klamm, son tanto más grandes cuanto que ya no pueden ser asignadas (―esos funcionarios no se atienen siempre a los mismos libros, pero no los cambian, son ellos los que cambian de sitio, y se ven obligados a apretujarse unos contra otros debido a la estrechez del pasadizo...‖ Ese funcionario se parece a Klamm, y si estuviera en su despacho, en su propia mesa de trabajo, y tuviera su nombre en la puerta, yo no lo dudaría ni un instante...‖, dice Bernabé, que soñaría con una segmentaridad exclusivamente molar, por dura y terrible que sea, como única muestra de certidumbre y de seguridad, pero que no tiene más remedio que aceptar que los segmentos molares están necesariamente inmersos en ese caldo molecular que les sirve de alimento y que desdibuja sus contornos). No hay centro de poder que no tenga esa micro-textura. Ella explica —y no el masoquismo— que un oprimido pueda tener siempre un papel activo en el sistema de opresión: los obreros de los países ricos participan activamente en la explotación del Tercer Mundo, en el armamento de las dictaduras, en la polución de la atmósfera.

Y no debe extrañarnos, puesto que esa textura está entre la línea de sobrecodificación, de segmentos duros, y la línea última, de cuantos. No cesa de oscilar

entre las dos, unas veces pliega la línea de cuantos sobre la línea de segmentos, otras hace huir de la línea de segmentos flujos y cuantos. Ese es precisamente el tercer aspecto de los centros de poder, o su límite. Pues esos centros no tienen más razón de ser que la de traducir, hasta donde pueden, los cuantos de flujos en segmentos de línea (al sólo ser totalizables los segmentos, de una u otra forma). Así es como encuentran el fundamento de su potencia y, a la vez, el fondo de su impotencia. Y, lejos de ser opuestos, la potencia y la impotencia se completan y se refuerzan una a otra en una especie de satisfacción fascinante que encontramos sobre todo en los hombres de Estado más mediocres, y que define su ―gloria‖. Pues su gloria les viene de su imprevisión, su potencia de su impotencia, que confirma que no había otra opción. Los únicos hombres de Estado verdaderamente ―grandes‖ son aquellos que se conectan con flujos, como signos-pilotos, signos- partículas, y emiten cuantos que franquean los agujeros negros: no es casualidad que esos hombres sólo aparezcan en las líneas de fuga, trazándolas, presintiéndolas, siguiéndolas o adelantándose a ellas, incluso si se equivocan y caen (Moisés el Hebreo, Genserico el Vándalo, Gengis el Mongol, Mao el Chino...). Ahora bien, no hay poder que regule esos flujos. Ni siquiera se puede dominar el aumento de una ―masa monetaria‖. Cuando se proyecta hasta los confines del universo una imagen de amo, una idea de Estado o de gobierno secreto, como si se ejerciese una dominación tanto sobre los flujos como sobre los segmentos, y de la misma manera, se cae en una representación ridícula y ficticia. La Bolsa, mucho mejor que el Estado, da una imagen de los flujos y de sus cuantos. Los capitalistas pueden dominar la plusvalía y su distribución, pero no dominan los flujos de los que deriva la plusvalía. Como contrapartida, los centros de poder se manifiestan en los puntos en los que los flujos se convierten en segmentos: son permutadores, convertidores, osciladores. Sin embargo, no quiere decir que los segmentos dependan de un poder de decisión. Al contrario, ya hemos visto cómo los segmentos (por ejemplo, las clases) se formaban en la conjunción de masas y de flujos desterritorializados, determinando el flujo más desterritorializado el segmento dominante: así, el dólar segmento dominante de la moneda, la burguesía segmento dominante del capitalismo..., etc. Los propios segmentos dependen, pues, de una máquina abstracta. Pero lo que depende de los centros de poder son los agenciamientos que efectúan esa máquina abstracta, es decir, que no cesan de adaptar las variaciones de masa y de flujo a los segmentos de la línea dura, en función del segmento dominante y de los segmentos dominados. Puede haber mucha invención perversa en esas adaptaciones.

En ese sentido, se hablará por ejemplo de un poder bancario (banco mundial, bancos centrales, bancos de crédito): si el flujo de moneda-financiación, moneda de crédito, remite a la masa de transacciones económicas, lo que depende de los bancos es la conversión de esta moneda de crédito creada en moneda de pago segmentaria, apropiada, moneda metálica o de Estado, compradora de bienes a su vez segmentarizados (importancia, a este respecto, de la tasa de interés). Lo que depende de los bancos es la conversión de las dos monedas, la conversión de los segmentos de la segunda en un conjunto homogéneo, la conversión de la segunda en cualquier bien26. Otro tanto se dirá para cualquier centro de poder. Todo centro

de poder tiene esos tres aspectos o esas tres zonas: 1) su zona de potencia, en relación con los segmentos de una línea sólida, dura; 2) su zona de indiscernibilidad, en relación con su difusión en un tejido microfísico; 3) su zona de impotencia, en relación con los flujos y cuantos que sólo puede convertir, sin llegar a controlarlos ni a determinarlos. Ahora bien, cada centro de poder siempre obtiene su potencia del fondo de su impotencia: de ahí su radical maldad, y su vanidad.

¡Antes ser un minúsculo cuanto de flujo que un convertidor, un oscilador, un distribuidor molar! Volviendo al ejemplo monetario, la primera zona está representada por los bancos centrales públicos; la segunda por ―la serie indefinida de relaciones privadas entre bancos y prestatarios‖; la tercera por el flujo deseante de moneda cuyos cuantos son definidos por la masa de transacciones económicas. Bien es cierto que los mismos problemas se plantean y vuelvan a aparecer al nivel de esas mismas transacciones, con otros centros de poder. Pero, en cualquier caso, la primera zona del centro de poder está definida en el aparato de Estado, como agenciamiento que efectúa la máquina abstracta de sobrecodificación molar; la segunda está definida en el tejido molecular en el que está inmerso ese agenciamiento; la tercera está definida en la máquina abstracta de mutación, flujos y cuantos.


Pero, de esas tres líneas, no podemos decir que una sea mala, o la otra buena, por naturaleza y necesariamente. El estudio de los peligros que existen en cada línea es el objeto de la pragmática o del esquizoanálisis, en tanto que no se propone representar, interpretar ni simbolizar, sino únicamente hacer mapas y trazar líneas, señalando tanto sus combinaciones como sus distinciones. Niestzsche le hacía decir a Zaratustra, Castaneda le hace decir al indio Don Juan: hay tres e incluso cuatro peligros, primero el Miedo, después la Claridad, después el Poder, por último el gran Hastío, el deseo de matar y de morir, Pasión de abolición27. El miedo, no es difícil adivinar en qué consiste. Constantemente tememos perder. La seguridad, la gran organización molar que nos sostiene, las arborescencias a las que nos aferramos, las máquinas binarias que nos proporcionan un estatuto bien definido, las resonancias en las que entramos, el sistema de sobrecodificación que nos domina, todo eso deseamos: ―Los valores, las morales, las patrias, las religiones y las convicciones íntimas que nuestra propia vanidad y nuestra propia complacencia nos conceden generosamente, son otras tantas moradas que el mundo prepara para los que así piensan mantenerse, de pie y en reposo, entre las cosas estables; no pueden imaginar hacia qué terrible fracaso se encaminan... huida ante la huida”28. Huimos ante la huida, endurecemos nuestros segmentos, nos entregamos a la lógica binaria, seremos tanto más duros en tal segmento cuanto más duros hayan sido con nosotros en tal otro, nos reterritorializamos en cualquier cosa, no conocemos más segmentaridad que la molar, tanto al nivel de los grandes conjuntos a los que pertenecemos como al de los pequeños grupos en los que nos integramos, y hasta en nuestras cosas más íntimas o privadas. Todo está afectado, la manera de percibir, el tipo de acción, la manera de moverse, el modo de vida, el régimen semiótico. El hombre que llega a casa y dice: ―¿Está preparada la sopa?‖, la mujer que responde: ―¡Vaya cara que traes!, ¿estás de mal humor?‖: efecto de

segmentos duros que se enfrentan de dos en dos. Cuanto más dura es la segmentaridad, más nos tranquiliza. Eso es el miedo, y cómo nos pliega sobre la primera línea.

El segundo peligro, la Claridad, parece menos evidente. Pues la claridad, de hecho, concierne a lo molecular. También en este caso todo está afectado, incluso la percepción, incluso la semiótica, pero en la segunda línea. Castaneda muestra por ejemplo la existencia de una percepción molecular que nos descubre la droga (¡pero tantas cosas pueden servir de droga!): se accede a una micropercepción sonora y visual que revela espacios y vacíos, como agujeros en la estructura molar. Eso es precisamente la claridad: esas distinciones que se establecen en lo que nos parecía lleno, esos agujeros en lo compacto; y a la inversa, donde hace un momento veíamos terminaciones de segmentos bien delimitados, ahora hay más bien franjas imprecisas, intrusiones, imbricaciones, migraciones, actos de segmentación que ya no coinciden con la segmentaridad dura. Todo ha devenido flexibilidad aparente, vacíos en lo lleno, nebulosas en las formas, imprecisión en los trazos. Todo ha adquirido la claridad del microscopio. Creemos haberlo comprendido todo, y sacar las consecuencias. Somos una nueva raza de caballeros, hasta tenemos una misión. Una microfísica del migrante ha sustituido a la macrogeometría del sedentario. Pero esta flexibilidad y esta claridad no sólo tienen su peligro, sino que ellas mismas son un peligro. Primero porque la segmentaridad flexible corre el riesgo de reproducir en miniatura las afecciones, las afectaciones de la dura: se sustituye la familia por una comunidad, se sustituye la conyugalidad por un régimen de intercambio y de migración, pero aún es peor, se establecen micro-Edipos, los microfascismos imperan, la madre se cree obligada a masturbar a su hijo, el padre deviene mamá. Oscura claridad que no procede de ninguna estrella, y que desprende tanta tristeza: esta segmentaridad cambiante deriva directamente de la más dura, es su compensación directa. Cuanto más molares devienen los conjuntos, más moleculares devienen los elementos y sus relaciones: el hombre molecular para una humanidad molar. Uno se desterritorializa, se hace masa, pero precisamente para ahogar y anular los movimientos de masa y de desterritorialización, para inventar todas las reterritorializaciones marginales todavía peores que las otras. Pero sobre todo la segmentaridad flexible suscita sus propios peligros que no se contentan con reproducir en pequeño los peligros de la segmentaridad molar, aunque tampoco derivan de ellos o los compensan: como ya hemos visto, la especificidad de los microfascismos consiste en que pueden cristalizar en un macrofascismo, pero también puede perfectamente flotar por su cuenta en la línea flexible y bañar cada célula pequeña. Una multitud de agujeros negros puede perfectamente no centralizarse, y ser como virus que se adaptan a las situaciones más diversas, labrando vacíos en las percepciones y las semióticas moleculares. Interacciones sin resonancia. En lugar del gran miedo paranoico, estamos atrapados en mil pequeñas monomanías, evidencias y claridades que brotan de cada agujero negro, y que ya no forman sistema, sino rumor y murmullo, luces cegadoras que confieren a cualquiera la misión de un juez, de un justiciero, de un policía por su

cuenta, de un gauleiter * de inmueble o de vivienda. Se ha vencido el miedo, se ha abandonado el terreno de la seguridad, pero se ha entrado en un sistema no menos concentrado, no menos organizado, el de las pequeñas inseguridades que hace que cada uno encuentre su agujero negro y devenga peligroso en ese agujero, disponiendo de una claridad sobre su caso, su papel y su misión, más inquietante que las evidencias de la primera línea.

El Poder es el tercer peligro, puesto que está en las dos líneas a la vez. Va de los segmentos duros, de su sobrecodificación y resonancia, a las segmentaciones finas, a su difusión e interacciones, y a la inversa. No hay hombre de poder que no salte de una línea a otra, y que no haga alternar un pobre y un gran estilo, el estilo populachero y el estilo Bossuet, la demagogia de café y el imperialismo del alto funcionario. Pero toda esta cadena y esta trama de poder están inmersas en un mundo que les escapa, mundo de flujos mutantes. Y es precisamente su impotencia la que hace que el poder sea tan peligroso. El hombre de poder no cesará de intentar frenar las líneas de fuga, y para ello tomará, fijará la máquina de mutación en la máquina de sobrecodificación. Pero sólo puede hacerlo creando el vacío, es decir, fijando primero la propia máquina de sobrecodificación, manteniéndola en el agenciamiento local encargado de efectuarla, en resumen, dando al agenciamiento las dimensiones de la máquina: así sucede en las condiciones artificiales del totalitarismo o del ―aislamiento‖.

Todavía hay un cuarto peligro, y que sin duda es el que más nos interesa, puesto que concierne a las propias líneas de fuga. Por más que presentemos estas líneas como una especie de mutación, de creación, como trazándose no en la imaginación, sino en el propio tejido de la realidad social, por más que les demos el movimiento de la flecha y la velocidad de un absoluto, — sería muy simple creer que no tienen que temer y afrontar otro riesgo que el de ser alcanzadas a pesar de todo, obstruidas, inmovilizadas, trabadas, reterritorializadas—. Ellas mismas desprenden una extraña desesperación, como un olor de muerte y de inmolación, como un estado de guerra del que se sale destrozado: pues tienen sus propios peligros que no se confunden con los precedentes. Exactamente lo que hace exclamar a Fitzgerald: ―Tenía la impresión de estar de pie, al crepúsculo, en un campo de tiro abandonado, un fusil vacío en la mano, y los blancos en el suelo. Ningún problema que resolver. Simplemente el silencio, y como único ruido mi propia respiración (...). Mi propia inmolación era un cohete negruzco y mojado‖29. ¿Por qué la línea de fuga es una guerra en la que hay tanto riesgo de salir derrotado, destruido, tras haber destruido todo aquello que uno era capaz de destruir? Ese es precisamente el cuarto peligro: que la línea de fuga franquee la pared, salga de los agujeros negros, pero que, en lugar de conectarse con otras líneas y de aumentar sus valencias en cada caso, se convierta en destrucción, abolición pura y simple, pasión de abolición. Como la línea de fuga de Kleist, la extraña guerra que libra, y el suicidio, el doble suicidio como salida que convierte la línea de fuga en una línea de muerte.


* Jefe de distrito en la Alemania hitleriana. (N. del T.).

Nosotros no invocamos ninguna pulsión de muerte. En el deseo no hay ninguna pulsión interna, sólo hay agenciamientos. El deseo siempre está agenciado, el deseo es lo que el agenciamiento determina que sea. Al nivel de las líneas de fuga, el agenciamiento que las traza es del tipo máquina de guerra. Las mutaciones remiten a esa máquina, que no tiene verdaderamente la guerra por objeto, sino la emisión de cuantos de desterritorialización, el paso de flujos mutantes (en ese sentido, toda creación pasa por una máquina de guerra). Hay muchas razones que muestran que la máquina de guerra tiene otro origen, que es otro agenciamiento que el aparato de Estado. De origen nómada, está dirigida contra él. Y uno de los problemas fundamentales del Estado será apropiarse de esta máquina de guerra que le es extraña, convertirla en una pieza de su aparato, bajo la forma de una institución militar estable; el Estado siempre encontrará grandes dificultades a este respecto. Pero precisamente cuando la máquina de guerra ya sólo tiene por objeto la guerra es cuando sustituye la mutación por la destrucción, cuando libera la carga más catastrófica. La mutación no era en modo alguno una transformación de la guerra, al contrario, la guerra es la que viene a ser como el fracaso o las consecuencias de la mutación, el único objeto que le queda a la máquina de guerra cuando ha perdido su capacidad de mutar. Como consecuencia, habría que decir que la guerra sólo es el abominable residuo de la máquina de guerra, bien porque ésta se deja apropiar por el aparato de Estado, bien, lo que es peor, porque se ha construido un aparato de Estado que tan sólo sirve para la destrucción. En ese caso, la máquina de guerra ya no traza líneas de fuga mutantes, sino una pura y fría línea de abolición (sobre esta compleja relación entre la máquina de guerra y la guerra, quisiéramos presentar, más adelante, una hipótesis).

Ahí es donde encontramos la paradoja del fascismo, y su diferencia con el totalitarismo. Pues el totalitarismo es un asunto de Estado: concierne esencialmente a la relación del Estado como agenciamiento localizado con la máquina abstracta de sobrecodificación que él efectúa. Incluso en el caso de una dictadura militar, es un ejército de Estado el que toma el poder y eleva el Estado al estadio totalitario, y no una máquina de guerra. El totalitarismo es fundamentalmente conservador. En el fascismo, por el contrario, estamos claramente ante una máquina de guerra. Y cuando el fascismo se construye un Estado totalitario ya no es en el sentido en el que un ejército de Estado toma el poder, sino, por el contrario, en el sentido en el que una máquina de guerra se apodera del Estado. Una curiosa observación de Virilio nos pone sobre la pista: en el fascismo, el Estado es mucho más suicida que totalitario. En el fascismo hay un nihilismo realizado. Pues, a diferencia del Estado totalitario que se esfuerza en obstruir todas las posibles líneas de fuga, el fascismo se construye en una línea de fuga intensa, que él mismo transforma en línea de destrucción y de abolición puras. Es curioso constatar cómo, desde el principio, los nazis anunciaban a Alemania lo que ofrecían: a la vez éxtasis y muerte, incluida la suya propia y la de los alemanes. Sabían que iban a perecer, pero que su aventura no acabaría ahí, sería recomenzada, Europa, el mundo, el sistema planetario. Y la gente gritaba ¡adelante!, no porque comprendieran, sino porque querían esa muerte que llevaba implícita la de los demás. Algo así como una voluntad de ponerlo todo en juego constantemente, de apostar la muerte de los demás contra

la suya, y de medir todo con ―deleómetros‖. La novela de Klaus Mann, Mefisto, proporciona ejemplos de discursos o de conversaciones nazis totalmente ordinarios: ―El heroísmo patético estaba cada vez más ausente de nuestras vidas (...). En realidad, no marchamos con paso militar, avanzamos titubeando (...). Nuestro amado Führer nos arrastra a las tinieblas y a la nada (...). ¿Cómo nosotros, poetas, que mantenemos especiales relaciones con el abismo y las tinieblas, no íbamos a admirarlo? (...). ¡Destellos de fuego en el horizonte, ríos de sangre en todos los caminos, y una danza de poseso de los supervivientes, de los que todavía están a salvo, alrededor de los cadáveres!” 30 El suicidio no aparece como un castigo, sino como el coronamiento de la muerte de los demás. Siempre se puede decir que todo eso sólo son confusos discursos, ideología, nada más que ideología. Pero no es cierto, la insuficiencia de las definiciones económicas y políticas del fascismo no sólo implica que haya que añadirle vagas determinaciones denominadas ideologías. Nosotros preferimos seguir a J.P. Faye cuando se interroga sobre la formación precisa de los enunciados nazis, tan presentes en lo político o en lo económico como en la conversación más absurda. En esos enunciados siempre encontramos el grito ―estúpido y repugnante‖ de ¡Viva la muerte!, incluso a nivel económico, en el que la expansión del rearme sustituye al aumento del consumo, y en el que la inversión se desplaza de los medios de producción a los medios de pura destrucción. Cuando Paul Virilio define el fascismo no por la noción de Estado totalitario, sino por la de Estado suicida, su análisis nos parece profundamente justo: la denominada guerra total aparece así no como una empresa de Estado, sino como la empresa de una máquina de guerra que se apropia del Estado y hace pasar a través de él un flujo de guerra absoluta que no tendrá otra salida que el suicidio del propio Estado. ―Desencadenamiento de un proceso material realmente desconocido sin límites y sin finalidad. (...) Una vez iniciado, su mecanismo no puede conducir a la paz, pues la estrategia indirecta instala efectivamente el poder dominante fuera de las categorías usuales del espacio y del tiempo. (...) En el horror de la cotidianidad y de su medio, Hitler encontrará finalmente su más seguro medio de gobierno, la legitimación de su política y de su estrategia militar, y así hasta el final, puesto que, lejos de acabar con la naturaleza repulsiva de su poder, las ruinas, los horrores, los crímenes, el caos de la guerra total, normalmente, no harán más que aumentar su extensión. El telegrama 71, si la guerra está perdida, que la nación perezca, en el que Hitler decide asociar sus esfuerzos a los de sus enemigos para exterminar a su propio pueblo, destruyendo los últimos recursos de su hábitat, reservas civiles de toda naturaleza (agua potable, carburantes, víveres, etc.), es el desenlace lógi-co...‖31. Esa inversión de la línea de fuga en línea de destrucción animaba ya todos los núcleos moleculares del fascismo, y los hacía interactuar en una máquina de guerra, más bien que resonar en un aparato de Estado. Una máquina de guerra que ya sólo tenía la guerra por objeto, y que prefería eliminar a sus propios servidores antes que parar la destrucción. Los peligros de las demás líneas no son nada al lado de este peligro.

NOTAS


  1. JACQUES LIZOT, Le cercle des feux, ed. du Seuil, pág. 118.

  2. LÉVI-STRAUSS, Antropologie structurale, Plon, cap. VIII: ―Les organisations dualistes existentelles?‖ (trad. cast., ed. Eudeba).

  3. Cf. dos estudios ejemplares, en Systémes politiques africains, P U.F.: el de MEYER FORTES sobre los tellensi, y el de EVANS-PRITCHARD sobre los nouer.

  4. GEORGES BALANDIER analiza las formas en que los etnólogos y los sociólogos definen esta oposición:

    Anthropologie politique, P.U.F., págs. 161-169 (trad. cast., ed. Península).

  5. Sobre la iniciación de un chamán y el papel del árbol entre los indios yanomami, véase JACQUES LIZOT, págs. 127-135: ―Entre sus pies cavan apresuradamente un agujero en el que introducen el pie del mate que plantan justo en ese sitio. Turaewë traza en el suelo líneas imaginarias que irradian en todos los sentidos. Dice: son las raíces‖.

  6. El Estado no sólo se define por un tipo de poderes públicos, sino como una caja de resonancia tanto para los poderes privados como para los públicos. En ese sentido, ALTHUSSER puede decir: ―La distinción de lo público y lo privado es una distinción interna al derecho burgués, y es válida en las esferas subordinadas en las que el derecho burgués ejerce sus poderes. La esfera del Estado se le escapa, puesto que está más allá del Derecho (...). El Estado es, por el contrario, la condición de toda distinción entre público y privado‖ (―Idéologie et appareils idéologiques d’Etat‖, La Pensée, junio 1970) (trad. cast., ed. Ariel).

  7. J. P. VERNANT, Mythe et pensée chez les Grecs, Maspero, T. I, III parte (trad. cast., ed. Laia) (―al devenir común, al construirse en el espacio público y abierto del ágora, y ya no en el interior de las moradas privadas (...), en lo sucesivo, el hogar expresa el centro en tanto que denominador común de todas las cosas que constituyen la polis”, pág. 210).

  8. VIRILIO, L‟insécurité du territorire, Stock, pág. 120, págs. 174-175. A propósito de la ―castrametración‖:

    ―La geometría es la base necesaria para una expansión calculada del poder del Estado en el espacio y el tiempo; y a la inversa, el Estado posee en sí mismo una figura suficiente, ideal a condición de que sea idealmente geométrica. (...) Pero Fenelon, oponiéndose a la política de Estado de Luis XIV, exclama: ¡Desconfiad de los encantamientos y de los atributos diabólicos de la geometría!‖.

  9. MEYER FORTES analiza en los tellensi la diferencia entre ―guardianes de la tierra‖ y jefes. Esta distinción de poderes es bastante general en las sociedades primitivas; pero lo importante es que esté organizada precisamente para impedir pensar la resonancia de los poderes. Por ejemplo, según el análisis de Berthe a propósito de los baduj de Java, el poder de guardián de la tierra está, por un lado, considerado como pasivo o femenino, y por otro es atribuido al primogénito: no se trata de ―una intrusión del parentesco en el orden político‖, sino, al contrario, ―de una exigencia de orden político traducida en términos de parentesco‖, para impedir el establecimiento de una resonancia de la que derivaría la propiedad privada (cf. Louis Berthe, ―Aînés et cadets, l’alliance et la hiérarchie chez les Baduj‖, L‟Homme, julio 1965).

  10. KAFKA, Le Château (trad. cast., Alianza Editorial) especialmente el capítulo XIV (las declaraciones de Bernabé). La parábola de los dos despachos —molar y molecular— no sólo tiene una interpretación física, como la de Eddigton, sino también una interpretación específicamente burocrática.

  11. La fuerza del libro de FAYE, Langages totalitaires, Hermann (trad. cast., ed. Taurus) está en haber mostrado la multiplicidad de esos núcleos, prácticos y semióticos, a partir de los cuales se constituye el nacismo. Faye es el primero que hace un análisis riguroso del concepto de Estado totalitario (en su origen italiano y alemán), y también el primero en negarse a definir el fascismo italiano y el nazismo alemán por ese concepto (que actúa en un plano distinto que el ―proceso subyacente‖). Faye se ha explicado sobre todos estos puntos en La critique du langage et son économie, ed. Galilée.

  12. Sobre esta complementaridad ―macropolítica de la seguridad-micropolítica del terror‖, cf. VIRILIO, ibid., págs. 96, 130, 228-235. Con frecuencia se ha señalado la existencia de esta microorganización de un ―stress‖ permanente en las grandes ciudades modernas.

  13. V. GISCARD D’ESTAING, discurso del 1.° junio de 1976 en el Institut des hautes études de defense national (texto íntegro en Le Monde, 4 de junio de 1976).

  14. Sobre los ―flujos de poder mudante‖ y la distinción de las dos monedas, cf. BERNARD SCHMITT,

    Monnaie, salaires et profits, ed. Castella, págs. 236, 275-277.

  15. MICHEL LELART, Le dollar monnaie Internationale, ed. Albatros, pág. 57.

  16. Sea el análisis de FOUCAULT, y lo que él llama ―microfísica del poder‖ en Surveiller et punir (trad. cast., ed. Siglo XXI): en primer lugar, se trata claramente de mecanismos miniaturizados, de núcleos moleculares que se ejercen en el detalle en lo infinitamente pequeño y que constituyen otras tantas

    ―disciplinas‖ en la escuela, en el ejército, en la fábrica, en prisión, etc. cf. págs. 140 s.). Pero, en segundo lugar, esos mismos segmentos, y los núcleos que actúan sobre ellos a escala microfísica, se presentan como las singularidades de un diagrama abstracto coextensivo a todo el campo social, o como cuantos extraídos de un flujo cualquiera —flujo que se define por una multiplicidad de individuos a controlar (cf. págs. 207 y s.).

  17. Sobre la ―pecabilidad cuantitativa‖, los cuantos y el salto cualitativo, véase toda una microteología constituida por KIERKEGAARD en Le concept d‟angoise (trad. cast., ed. Espasa-Calpe, col. Austral).

  18. Según TARDE, la psicología es cuantitativa, pero en la medida en que estudia las componentes de deseo y de creencia en la sensación. Y la lógica es cuantitativa cuando no se atiene a las formas de representación y llega hasta los grados de creencia y de deseo, y a sus combinaciones: cf. La logique sociale, Alcan, 1983.

  19. Sobre todos estos puntos, cf. especialmente DOBB, Etudes sur le développement du capitalisme, Maspero (trad. cast., ed. Siglo XXI); DUBY, Guerriers et paysans, Gallirmard (trad. cast., ed. Siglo XXI).

  20. ROSA LUXEMBURG (OEuvres I, Maspero), ha planteado el problema de las relaciones entre masas y clases, y sus diferencias, pero todavía desde un punto de vista subjetivo: las masas como ―base instintiva de la conciencia de clase‖ (cf. el artículo de BOULTE y MOIROUX en ―Rosa Luxemburg vi-vante‖, Partisans, 1969). BADIOU y BALMÈS proponen una hipótesis más objetiva: las masas serian

    ―invariantes‖ que se oponen a la forma-Estado en general y a la explotación, mientras que las clases serían las variables históricas que determinan el Estado concreto, y, en el caso del proletariado, la posibilidad de una disolución efectiva (De l‟idéologie, Maspero). Ahora bien, no está nada claro por qué, por un lado, las propias masas no son variables históricas; y por otro, por qué son exclusivas de los explotados ―masa campesina-plebeya‖), cuando en realidad la palabra puede aplicarse también a masas señoriales, burguesas e incluso monetarias.

  21. Michelet, Histoire de France, la Renaissance.

  22. PIRENNE, Mahomet et Charlemagne, P.U.F., pág. 7 (trad. cast., Alianza Editorial).

  23. Cf. E. F. GAUTIER, Genséric, roi des Vandales, Payot (―precisamente porque eran los más débiles, eternamente eran empujados por detrás, se vieron obligados a ir más lejos‖).

  24. El totalitarismo no se define por la importancia del sector público, puesto que la economía, en muchos casos, sigue siendo liberal, sino por el artificial ―aislamiento‖ monetario e incluso industrial. Esa es la razón principal de que el fascismo italiano y el nazismo alemán puedan considerarse como Estados totalitarios, como demuestra DANIEL GUÉRIN (Fascisme et grand capital, Maspero, cap. IX) (trad. cast., ed. Fundamentos).

  25. M. FOUCAULT, Surveiller et punir, Gallimard, pág. 32: ―Esas relaciones penetran profundamente en el espesor de la sociedad, no se localizan en las relaciones del Estado con los ciudadanos o en la frontera entre las clases, tampoco se contentan con reproducir la forma general de la ley o del gobierno. (...) Definen numerosos puntos de enfrentamientos, núcleos de inestabilidad cada uno de los cuales lleva implícito riesgos de conflicto, de luchas, y de inversión, al menos transitoria, de las relaciones de fuerza‖.

  26. Sobre estos aspectos del poder bancario, cf. Suzanne de Brunhoff, L‟offre de monnaie, Maspero, especialmente págs. 102-131.

  27. CASTANEDA, L‟herbe du diable et la petite fumée, págs. 106-111 (trad. cast., ed. F.C.E.)

  28. BLANCHOT, L‟amitié, Gallimard, pág. 232.

  29. FITZGERALD, La félure, Gallimard, págs. 350-354 (trad. cast., ed. Bruguera).

  30. KLAUS MANN, Mephisto, Denoël, págs. 265-266, (trad. cast. ed. Ultramar). Ese género de declaraciones abundan, incluso en el apogeo del nazismo. Cf. las célebres frases de Goebbels: ―En el mundo de fatalidad absoluta en el que se mueve Hitler, nada tiene ya sentido, ni el bien ni el mal, ni el tiempo ni el espacio, y lo que los otros hombres llaman éxito no puede servir de criterio. (...) Probablemente Hitler conducirá a la catástrofe...‖ (Hitler parle à ses géneraux, Albin Michel). Este catastrofismo puede con-cilarse con mucha satisfacción, buena conciencia y tranquilidad confortable, como también sucede, en otro contexto, entre ciertos suicidas. Existe toda una burocracia del fascismo italiano, véase especialmente el análiksis de M.A. MACCIOCHI, ―Sexualité féminine dans l’idéologie fasciste‖, Tel Quel n.° 66: el escuadrón femenino de la muerte, la puesta en escena de viudad y de madres en duelo, las consignas ―Féretro y Cuna‖.

  31. PAUL VIRILIO, L‟insécurité du territoire, cp. I. Y, aunque identifique nazismo con totalitarismo, HANNAH ARENDT ha extraído este principio de la dominación nazi: ―su idea de la dominación no podía ser

realizada ni por un Estado ni por un simple aparato de violencia, sino únicamente por un movimiento constantemente en movimiento‖; e incluso la guerra, y el riesgo de perderla, intervienen como aceleradores (Le système totalitaire), ed. du Seuil, págs. 49, 124 s., 140 s., 207 s.) (trad. cast., ed. Taurus).

10

1730

DEVENIR-INTENSO, DEVENIR-ANIMAL, DEVENIR-IMPERCEPTIBLE...


Recuerdos de un espectador.— Recuerdo una hermosa película, Willard (1372, Daniel Mann). Quizá una serie B, pero una hermosa película impopular, puesto que los héroes son ratones. Mis recuerdos no son forzosamente exactos. Cuento la historia sin entrar en detalles: Willard vive con su autoritaria madre en la vieja casa familiar. Espantosa atmósfera edípica. Su madre le ordena matar una camada de ratones. Willard perdona la vida a uno (o a dos, o a algunos). Tras una violenta disputa, la madre, que ―se parece‖ a un perro, muere. Willard corre el riesgo de perder la casa, codiciada por un hombre de negocios. Willard ama al ratón principal que ha salvado, Ben, y que demuestra una inteligencia prodigiosa. Hay, además, una rata blanca, la compañera de Ben. Cuando regresa de la oficina, Willard les dedica todo su tiempo. Ahora han pululado. Willard conduce la manada de ratones, dirigidos por Ben, a casa del hombre de negocios, matándolo atrozmente. Pero, llevando a sus dos favoritos a la oficina, comete una imprudencia, y debe permitir que los empleados maten a la rata blanca. Ben se escapa, después de mirar fija y duramente a Willard. Este conoce entonces una pausa en su destino, en su devenir ratón. Con todas sus fuerzas, intenta permanecer entre los humanos. Acepta incluso las insinuaciones de una joven de su oficina, que ―se parece‖ mucho a una rata, pero que precisamente sólo se parece. Pues bien, un día que ha invitado a la joven, dispuesto a dejarse conyugalizar, reedipizar, ve de nuevo a Ben, que se muestra rencoroso. Intenta cazarlo, pero de hecho ahuyenta a la joven y, atraído por Ben, desciende al sótano donde le espera una innumerable manada para despedazarlo. Es como un cuento, nunca es angustiante.

Todo está presente en ella: un devenir-animal, que no se contenta con pasar por la semejanza, que la semejanza más bien obstaculizaría o bloquearía, —un devenir-molecular, con la pululación de los ratones, la manada, que mina las grandes potencias molares, familia, profesión, conyugalidad—, —una elección maléfica, puesto que en la manada hay un ―preferido‖, y una especie de contrato de alianza, de horrible pacto con el preferido—, —la instauración de un agenciamiento, máquina de guerra o máquina criminal, que puede llegar hasta la au-todestrucción—, —una circulación de afectos impersonales, una corriente alternativa, que trastoca tanto los proyectos significantes como los sentimientos subjetivos, y constituye una sexualidad no humana—, —una irresistible desterritorialización, que anula de antemano las tentativas de reterritorialización edípica, conyugal o profesional (¿habría animales edípicos, con los que se puede ―hacer Edipo‖, hacer familia, mi perrito, mi gatito, y luego otros animales que, por el contrario, nos arrastrarían a un devenir irresistible? O bien, otra hipótesis: ¿el mismo animal podría estar incluido en dos funciones, dos movimientos opuestos, según el caso?


Recuerdos de un naturalista.— Uno de los principales problemas de la historia natural ha sido el de pensar las relaciones de los animales entre sí. Algo muy diferente del evolucionismo ulterior que se ha definido en términos de genealogía, parentesco, descendencia o filiación. Sabemos que el evolucionismo llegará a la idea de una evolución que no se haría necesariamente por filiación. Pero, al principio, sólo podía pasar por el motivo genealógico. Y a la inversa, la historia natural

había ignorado ese motivo, o al menos su importancia determinante. El propio Darwin distingue como muy independientes el tema evolucionista del parentesco y el tema naturalista de la suma y del valor de las diferencias o semejanzas: en efecto, grupos igualmente emparentados pueden tener grados de diferencia totalmente variables con relación al ancestro. Precisamente porque la historia natural se ocupa sobre todo de la suma y del valor de las diferencias puede concebir progresiones y regresiones, continuidades y grandes cortes, pero no una evolución en sentido estricto, es decir, la posibilidad de una descendencia cuyos grados de modificación dependen de condiciones exteriores. La historia natural sólo puede pensar en términos de relaciones, entre A y B, pero no en términos de producción, de A a x.

Pero precisamente al nivel de esas relaciones ocurre algo muy importante. Pues la historia natural concibe de dos maneras las relaciones entre animales: serie o estructura. Según una serie, digo: a es semejante a b, b es semejante a c..., etc., y todos esos términos se relacionan según su diverso grado con un único término eminente, perfección o cualidad, como razón de la serie. Es exactamente lo que los teólogos llamaban una analogía de proporción. Según la estructura digo, a es a b lo que c es a d, y cada una de esas relaciones realiza a su manera la perfección considerada: las branquias son a la respiración en el agua lo que los pulmones son a la respiración en el aire; o bien, el corazón es a las branquias lo que la ausencia de corazón es a las secciones... Es una analogía de proporcionalidad. En el primer caso, tengo semejanzas que difieren a lo largo de una serie, o de una serie a otra. En el segundo, tengo diferencias que se asemejan en una estructura, y de una estructura a otra. La primera forma de analogía se considera más sensible o popular, y exige imaginación: sin embargo, se trata de una imaginación estudiosa, que debe tener en cuenta ramificaciones de la serie, llenar las aparentes rupturas, conjurar las falsas semejanzas y graduar las verdaderas, que debe tener en cuenta a la vez progresiones y regresiones o graduaciones. La segunda forma de analogía es considerada como real, puesto que exige más bien todos los recursos del entendimiento para fijar las relaciones equivalentes, descubriendo en ellas unas veces las variables independientes combinables en una estructura, otras las correlaciones que se impulsan una a otra en cada estructura. Pero, por diferentes que sean, esos dos temas de la serie y de la estructura siempre han coexistido en la historia natural, aparentemente contradictorios, formando realmente compromisos más o menos estables1. De igual modo, las dos figuras de analogía coexistían en el espíritu de los teólogos, bajo equilibrios variables. Pues, en ambos casos, la Naturaleza es concebida como una inmensa mimesis: unas veces bajo la forma de una cadena de los seres que no cesarían de imitarse, progresiva o regresivamente, que tienden hacia el término superior divino que todos imitan como modelo y razón de la serie, por semejanza graduada; otras bajo la forma de una Imitación en espejo que ya no tendría nada que imitar, puesto que sería el modelo que todos imitarían, en este caso por diferencia ordenada... (esta visión mimética o mimológica hace que en ese momento sea imposible la idea de una evolución-producción).

Pues bien, nosotros continuamos metidos en este problema. Las ideas no mueren. No es que sobrevivan simplemente a título de arcaísmos, sino que, en un

determinado momento, han podido alcanzar un estadio científico, y luego perderlo, o bien emigrar a otras ciencias. En ese caso, pueden cambiar de aplicación, y de estatuto, incluso pueden cambiar de forma y de contenido, sin embargo, conservan algo esencial, en la actitud, en el desplazamiento, en la distribución de un nuevo dominio. Las ideas siempre sirven, puesto que siempre han servido, pero bajo los modos actuales más diferentes. Pues, por un lado, las relaciones de los animales entre sí no sólo son objeto de ciencia, sino también objeto de sueño, objeto de simbolismo, objeto de arte o de poesía, objeto de práctica y de utilización práctica. Por otro, las relaciones de los animales entre sí pueden aparecer en relaciones del hombre con el animal, del hombre con la mujer, del hombre con el niño, del hombre con los elementos, del hombre con el universo físico y microfísico. La doble idea ―serie-estructura‖ franquea en un momento determinado un umbral científico, pero esa no era la finalidad, y no se queda ahí, o bien pasa a otras ciencias, anima por ejemplo las ciencias humanas, sirve para el estudio de los sueños, de los mitos y de las organizaciones. La historia de las ideas nunca debería ser continua, debería evitar semejanzas, pero también descendencias o filiaciones, contentarse con señalar los umbrales que atraviesa una idea, los viajes que hace, que cambian su naturaleza o su objeto. Pues bien, resulta que las relaciones objetivas de los animales entre sí se repiten en ciertas relaciones subjetivas del hombre con el animal, desde el punto de vista de una imaginación colectiva, o desde el punto de vista de un entendimiento social.

Jung ha elaborado una teoría del Arquetipo como inconsciente colectivo, en la que el animal tiene un papel especialmente importante en los sueños, los mitos y las colectividades humanas. Precisamente, el animal es inseparable de una serie que implica el doble aspecto progresión-regresión, y en la que cada término desempeña el papel de un transformador posible de la libido (metamorfosis). De ahí deriva todo un tratamiento del sueño, puesto que, dada una imagen inquietante, se trata de integrarla en una serie arquetípica. Una serie de este tipo puede implicar secuencias femeninas o masculinas, infantiles, pero también secuencias animales, vegetales, o incluso elementales, moleculares. A diferencia de la historia natural, el hombre ya no es el término eminente de la serie, puede serlo un animal en lugar del hombre, el león, el cangrejo o el ave de presa, la pulga, con relación a tal acto, tal función, según tal exigencia del inconsciente. Bachelard escribe un hermoso libro jungiano cuanto establece la serie ramificada de Lautréamont, teniendo en cuenta el coeficiente de velocidad de las metamorfosis y el grado de perfección de cada término en función de una agresividad pura como razón de la serie: el colmillo de la serpiente, el cuerno del rinoceronte, el diente del perro y el pico de la lechuza, y, ascendiendo en la serie, la garra del águila o del buitre, la pinza del cangrejo, las patas del piojo, la ventosa del pulpo. En el conjunto de la obra de Jung, toda una mimesis reúne en sus redes la naturaleza y la cultura, según analogías de proporción en las que las series y sus términos, y sobre todo, los animales que ocupan en ellas una situación media, aseguran los ciclos de conversión naturaleza-cultura-naturaleza: los arquetipos como ―representaciones analógicas‖2.

¿Acaso es un azar que el estructuralismo haya denunciado con tanta intensidad esos prestigios de la imaginación, el establecimiento de las semejanzas a lo largo de

la serie, la imitación que recorre toda la serie y la lleva hasta el final, la identificación de este último término? Nada más explícito a este respecto que los célebres textos de Lévi-Strauss relativos al totemismo: superar las semejanzas externas hacia las homologías internas 3. Ya no se trata de instaurar una organización serial de lo imaginario, sino un orden simbólico y estructural del entendimiento. Ya no se trata de graduar semejanzas y de llegar en última instancia a una identificación del Hombre y del Animal en el seno de una participación mística. Se trata de ordenar las diferencias para llegar a una correspondencia de las relaciones. Pues el animal se distribuye de por sí según relaciones diferenciales u oposiciones distintivas de especies; y lo mismo ocurre con el hombre, según los grupos considerados. En la institución totémica, no se dirá que tal grupo de hombres se identifica con tal especie animal, se dirá: lo que el grupo A es al grupo B, la especie A’ lo es a la especie B’. Estamos ante un método profundamente diferente del precedente: dados dos grupos humanos, cada uno con su animal-tótem, habrá que descubrir en qué medida los dos tótems mantienen relaciones análogas a las de los dos grupos —lo que la Corneja es al Halcón...

El método también es válido para las relaciones Hombre-niño, Hombre-mujer, etc. Constatando, por ejemplo, que el guerrero tiene una cierta relación extraña con la joven, se evitará establecer una serie imaginaria que los reuniría, más bien se buscará el término que hace efectiva una equivalencia de relaciones. Por eso Vernant puede decir que el matrimonio es a la mujer lo que la guerra es al hombre, de donde deriva una homología entre la virgen que rechaza el matrimonio y el guerrero que se disfraza de muchacha4. En resumen, el entendimiento simbólico sustituye la analogía de proporción por una analogía de proporcionalidad; la se-riación de las semejanzas, por una estructuración de las diferencias; la identificación de los términos, por una igualdad de las relaciones; las metamorfosis de la imaginación, por metáforas en el concepto; la gran continuidad naturaleza-cultura, por una falla profunda que distribuye correspondencias sin semejanza entre las dos; la imitación de un modelo originario, por una mimesis primera y sin modelo. Nunca un hombre ha podido decir: ―Soy un toro, soy un lobo...‖ Pero sí ha podido decir: ―soy a la mujer lo que el toro es a una vaca, soy a otro hombre lo que el lobo es al cordero‖. El estructuralismo es una gran revolución, el mundo entero deviene más razonable. Considerando los dos modelos, el de la serie y el de la estructura, Lévi-Strauss no se contenta con hacer que la segunda se beneficie de todos los prestigios de una verdadera clasificación, remite la primera al dominio oscuro del sacrificio, que presenta como ilusorio e incluso carente de buen sentido. El tema serial del sacrificio debe dar paso al tema estructural de la institución totémica bien entendida. Y, sin embargo, una vez más, entre las series arquetípicas y las estructuras simbólicas, se establecen muchos compromisos, como en la historia natural5.


Recuerdos de un bergsoniano.— Nada de lo precedente nos satisface, desde el punto de vista restringido que nos ocupa. Creemos en la existencia de devenires-animales muy especiales que atraviesan y arrastran al hombre, y que afectan tanto al animal como al hombre. ―Entre 1730 y 1755 sólo se oía hablar de vampiros...‖

Pues bien, es evidente que el estructuralismo no explica esos devenires, puesto que está hecho precisamente para negar, al menos desvalorizar su existencia: una correspondencia de relaciones no constituye un devenir. Por eso, cuando el estructuralismo encuentra esos devenires que recorren en todos los sentidos una sociedad, ve en ellos fenómenos de degradación que desvían el orden verdadero y tienen que ver con las aventuras de la diacronía. Sin embargo, Lévi-Strauss no cesa de cruzar, en sus estudios de los mitos, esos actos rápidos gracias a los cuales el hombre deviene animal al mismo tiempo que el animal deviene... (Pero, ¿qué deviene? ¿Deviene hombre o deviene otra cosa?). La tentativa de explicar esos bloques de devenir por la correspondencia de dos relaciones siempre es posible, pero indudablemente empobrece el fenómeno considerado. ¿No hay que admitir que el mito como marco de clasificación no es muy capaz de registrar esos devenires, que son más bien como fragmentos de un cuento? ¿No hay que dar crédito a la hipótesis de Duvignaud según la cual las sociedades están atravesadas por fenómenos ―anómicos‖, que no son degradaciones del orden mítico, sino dinamismos irreductibles que trazan líneas de fuga, e implican otras formas de expresión que las del mito, incluso si éste las repite por su cuenta para detenerlas6? Diríase que, al lado de los dos modelos, el del sacrificio y el de la serie, el de la institución totémica y el de la estructura, cabe todavía algo diferente, más secreto, más subterráneo: ¿el brujo y los devenires, que se expresan en los cuentos, y ya no en los ritos o en los mitos?

Un devenir no es una correspondencia de relaciones. Pero tampoco es una semejanza, una imitación y, en última instancia, una identificación. Toda la crítica estructuralista de la serie parece inevitable. Devenir no es progresar ni regresar según una serie. Y, sobre todo, devenir no se produce en la imaginación, incluso cuando ésta alcanza el nivel cósmico o dinámico. Los devenires animales no son sueños ni fantasmas. Son perfectamente reales. Pero, ¿de qué realidad se trata? Pues si devenir animal no consiste en hacer el animal o en imitarlo, también es evidente que el hombre no deviene ―realmente‖ animal, como tampoco el animal deviene realmente otra cosa. El devenir no produce otra cosa que sí mismo. Es una falsa alternativa la que nos hace decir: o bien se imita, o bien se es. Lo que es real es el propio devenir, el bloque de devenir, y no los términos supuestamente fijos en los que se trasformaría el que deviene. El devenir puede y debe ser calificado como devenir-animal, sin que tenga un término que sería el animal devenido. El devenir-animal del hombre es real, sin que sea real el animal que él deviene; y, simultáneamente, el devenir-otro del animal es real sin que ese otro sea real. Ese es el punto que habrá que explicar: cómo un devenir no tiene otro sujeto que sí mismo. Pero también cómo no tiene término, puesto que su término sólo existe a su vez incluido en otro devenir del que él es el sujeto, y que coexiste, forma un bloque con el primero. Es el principio de una realidad propia característica del devenir (la idea bergsoniana de una coexistencia de ―duraciones‖ muy diferentes, superiores o inferiores a ―la nuestra‖, y todas comunicantes).

Por último, devenir no es una evolución, o al menos no es una evolución por descendencia y filiación. El devenir no produce nada por filiación, cualquier filiación sería imaginaria. El devenir siempre es de otro orden que el de la filiación. El

devenir es del orden de la alianza. Si la evolución implica verdaderos devenires es en el basto dominio de las simbiosis que pone en juego seres de escalas y reinos completamente diferentes, sin ninguna filiación posible. Hay un bloque de devenir que atrapa a la avispa y la orquídea, pero del que ninguna avispa-orquídea puede descender. Hay un bloque de devenir que capta al gato y al zambo, y en el que un virus C realiza la alianza. Hay un bloque de devenir entre raíces jóvenes y ciertos microorganismos, y las materias orgánicas sintetizadas entre las hojas realizan la alianza (rizosfera). Si el neoevolucionismo ha afirmado su originalidad, en parte es en relación con esos fenómenos en los que la evolución no va de uno menos diferenciado a otro más diferenciado, y deja de ser una evolución filiativa hereditaria para devenir más bien comunicativa o contagiosa. En ese caso, nosotros preferi-ríamos llamar ―involución‖ a esa forma de evolución que se hace entre heterogéneos, a condición de que no se confunda sobre todo la involución con una regresión. El devenir es involutivo, la involución es creadora. Regresar es ir hacia el menos diferenciado. Pero involucionar es formar un bloque que circula según su propia línea ―entre‖ los términos empleados, y bajo las relaciones asignables.

El neoevolucionismo nos parece importante por dos razones: el animal ya no se define por caracteres (específicos, genéricos, etc.), sino por poblaciones, variables de un medio a otro o en un mismo medio; el movimiento ya no se realiza sólo o sobre todo por producciones filiativas, sino por comunicaciones transversales entre poblaciones heterogéneas. Devenir es un rizoma, no es un árbol clasifica-torio ni genealógico. Devenir no es ciertamente imitar, ni identificarse; tampoco es regresar-progresar; tampoco es corresponder, instaurar relaciones correspondientes; tampoco es producir, producir una filiación, producir por filiación. Devenir es un verbo que tiene toda su consistencia; no se puede reducir, y no nos conduce a ―parecer‖, ni ―ser‖, ni ―equivaler‖, ni ―producir‖.


Recuerdos de un brujo, I. — En un devenir-animal, siempre se está ante una manada, una banda, una población, un poblamiento, en resumen, una multiplicidad. Nosotros, los brujos, lo sabemos desde siempre. Puede que otras instancias, por otro lado muy diferentes entre sí, tengan otra consideración del animal: se puede retener o extraer del animal ciertos caracteres, especies y géneros, formas y funciones, etc. La sociedad y el Estado tienen necesidad de caracteres animales para clasificar a los hombres; la historia natural y la ciencia tienen necesidad de caracteres para clasificar a los propios animales. El serialismo y el estructuralismo unas veces gradúan caracteres según sus semejanzas, otras los ordenan según sus diferencias. Los caracteres animales pueden ser míticos o científicos. Pero nosotros no nos interesamos por los caracteres, nosotros nos interesamos por los modos de expansión, de propagación, de ocupación, de contagio, de poblamiento. Yo soy legión. Fascinación del Hombre de los lobos ante varios lobos que le miran.

¿Qué sería un lobo completamente solo? ¿Y una ballena, un piojo, un ratón, una mosca? Belcebú es el diablo, pero el diablo como señor de las moscas. El lobo no es en primer lugar un carácter o un cierto número de caracteres, es una ―lobería‖. El piojo es una ―piojería‖..., etc. ¿Qué es un grito independientemente de la po-

blación que invoca o que toma por testigo? Virginia Woolf no se vive como un mono o un pez, sino como una carretada de monos, un banco de peces, según una relación de devenir variable con las personas que encuentra. Nosotros no queremos decir que ciertos animales viven en manadas, no queremos entrar en ridículas clasificaciones evolucionistas a la manera de Lorentz, en las que habría manadas inferiores y sociedades superiores. Nosotros decimos que todo animal es en primer lugar una banda, una manada. Que, más que caracteres, todo animal tiene sus modos de manada, incluso si cabe hacer distinciones dentro de esos modos. Ahí es donde el hombre tiene algo que ver con el animal. Nosotros no devenimos animal sin una fascinación por la manada, por la multiplicidad. ¿Fascinación del afuera?

¿O bien la multiplicidad que nos fascina ya está en relación con una multiplicidad que nos habita por dentro? En su obra maestra, Démons et merveilles, Lovecraft cuenta la historia de Randolph Carter, que siente cómo su ―yo‖ vacila, y que conoce un miedo mayor que el del aniquilamiento: ―unos Carter con una forma a la vez humana y no humana, vertebrada e invertebrada, animal y vegetal, dotada de conciencia y privada de conciencia, e incluso unos Carter que no tienen nada en común con la vida terrestre, que tiene como fondo planetas, galaxias y sistemas que pertenecen a otros continuums cósmicos (...). Hundirse en la nada abre un olvido tranquilo, pero ser consciente de su existencia y saber, sin embargo, que ya no se es un ser definido, distinto de los otros seres‖, ni distinto de todos esos devenires que nos atraviesan, ―esa es la cima inefable del espanto y de la agonía‖. Hofmannsthal, o más bien lord Chandos, queda fascinado ante un ―pueblo de ratones‖ que agonizan, y en él, a través de él, en los intersticios de su yo conmovido, ―el alma del animal muestra los dientes al destino monstruoso‖: no piedad, sino participación contra natura 7. Entonces nace en él el extraño imperativo: o bien dejar de escribir, o bien escribir como un ratón... Si el escritor es un brujo es porque escribir es un devenir, escribir está atravesado por extraños devenires que no son devenires-escritor, sino devenires-ratón, devenires-insecto, devenires-lobo, etc. Habrá que explicar por qué. Muchos suicidios de escritores se explican por estas participaciones contra natura, estas bodas contra natura. El escritor es un brujo, puesto que vive el animal como la única población ante la cual es responsable por derecho. El pre-romántico alemán Moritz se siente responsable no de los bueyes que mueren, sino ante los bueyes que mueren y que le causan la increíble impresión de una Naturaleza desconocida —el afecto 8. Pues el afecto no es un sentimiento personal, tampoco es un carácter, es la efectuación de una potencia de manada, que desencadena y hace vacilar el yo. ¿Quién no ha conocido la violencia de esas secuencias animales, que le apartan de la humanidad aunque sólo sea un instante, y que le hacen mordisquear su pan como un roedor o le proporcionan los ojos amarillos de un felino? Terrible involución que nos conduce a devenires inusitados. No son regresiones, aunque fragmentos de regresión, secuencias de regresión se añadan a ellos.

Habría incluso que distinguir tres tipos de animales: los animales individuados, familiares domésticos, sentimentales, los animales edípicos, personales, ―mi‖ gato,

―mi‖ perro; esos nos invitan a regresar, nos arrastran a una contemplación narci-sista, y son los únicos que entiende el psicoanálisis, para mejor descubrir bajo ellos

la imagen de un papá, de una mamá, de un hermano pequeño (cuando el psicoanálisis habla de los animales, los animales aprenden a reír): todos los que aman los gatos, los perros, son unos imbéciles. Y luego habría un segundo tipo, los animales de carácter o atributo, los animales de género, de clasificación o de Estado, esos de los que tratan los grandes mitos divinos, para extraer de ellos series o estructuras, arquetipos o modelos (Jung es, a pesar de todo, más profundo que Freud). Por último, habría animales más demoníacos, de manadas y afectos, y que crean multiplicidad, devenir, población, cuento... O bien, una vez más, ¿no pueden todos los animales ser tratados de las tres maneras? Siempre habrá la posibilidad de que cualquier animal, piojo, gatopardo o elefante, sea tratado como un animal familiar, mi animalito. Y, en el otro extremo, todo animal también puede ser tratado bajo el modo de la manada y el pululamiento, que a nosotros, brujos, nos conviene. Incluso el gato, incluso el perro... Y aunque el pastor o el jefe, el diablo, tenga su animal preferido en la manada, no es ciertamente de la misma manera que hace un momento. Sí, todo animal es o puede ser una manada, pero según grados de vocación variable, que hacen más o menos fácil el descubrimiento de multiplicidad, de la proporción de multiplicidad, que contiene actual o virtualmente según los casos. Bancos, bandas, rebaños, poblaciones no son formas sociales inferiores, son afectos y potencias, involuciones, que arrastran a todo animal a un devenir no menos potente que el del hombre con el animal.

J. L. Borges, autor conocido por su exceso de cultura, ha fallado por lo menos dos de sus libros, en los que sólo los títulos eran bellos: primero su Historia Universal de la Infamia, puesto que no vio la diferencia elemental que los brujos establecen entre la trampa y la traición (los devenires-animales ya aparecen ahí, forzosamente del lado de la traición). Una segunda vez en su Manual de Zoología Fantástica, en el que no sólo muestra una imagen heteróclita e insulsa del mito, sino que elimina todos los problemas de manada y, en el caso del hombre, de devenir animal correspondiente: ―Deliberadamente, nosotros excluimos de este manual las leyendas sobre las transformaciones del ser humano, el liboson, el hombre-lobo, etc.‖ Borges sólo se interesa por los caracteres, incluso por los más fantásticos, mientras que los brujos saben que los hombres-lobos son bandas, los vampiros también, y que esas bandas se transforman las unas en las otras. Pues bien, ¿qué quiere decir eso, el animal como banda o manada? ¿Acaso una banda no supone una filiación que nos llevaría de nuevo a la reproducción de ciertos caracteres? ¿Cómo concebir un poblamiento, una propagación, un devenir, sin filiación ni producción hereditaria? ¿Una multiplicidad sin la unidad de un ancestro? Es muy simple y todo el mundo lo sabe, aunque sólo se hable de ello en secreto. Nosotros oponemos la epidemia a la filiación, el contagio a la herencia, el poblamiento por contagio a la reproducción sexuada, a la producción sexual. Las bandas, humanas y animales, proliferan con los contagios, las epidemias, los campos de batalla y las catástrofes. Ocurre como con los híbridos, estériles, nacidos de una unión sexual que no se reproducirá, pero que vuelve a comenzar cada vez, ganando siempre la misma cantidad de terreno. Las participaciones, las bodas contra natura, son la verdadera Naturaleza que atraviesa los reinos. La propagación por epidemia, por contagio, no tiene nada que ver con la filiación por herencia, incluso

si los dos temas se mezclan y tienen necesidad el uno del otro. El vampiro no filia, contagia. La diferencia es que el contagio, la epidemia, pone en juego términos completamente heterogéneos: por ejemplo, un hombre, un animal y una bacteria, un virus, una molécula, un microorganismo. O, como en el caso de la trufa, un árbol, una mosca y un cerdo. Combinaciones que no son ni genéticas ni estructurales, inter-reinos, participaciones contra natura, así es como procede la Naturaleza, contra sí misma. Estamos lejos de la producción filiativa, de la reproducción hereditaria, que sólo retienen como diferencias una simple dualidad de sexos en el seno de una misma especie, y pequeñas modificaciones a lo largo de las generaciones. Para nosotros, por el contrario, hay tantos sexos como términos en simbiosis, tantas diferencias como elementos intervienen en un proceso de contagio. Nosotros sabemos que entre un hombre y una mujer pasan muchos seres, que vienen de otros mundos, traídos por el viento, que hacen rizoma alrededor de las raíces, y que no se pueden entender en términos de producción, sino únicamente de devenir. El Universo no funciona por filiación. Así pues, nosotros sólo decimos que los animales son manadas, y que las manadas se forman, se desarrollan y se transforman por contagio.

Esas multiplicidades de términos heterogéneos, y de cofuncionamiento por contagio, entran en ciertos agenciamientos, y ahí es donde el hombre realiza sus devenires-animales. Ahora bien, no hay que confundir esos sombríos agenciamientos, que remueven lo más profundo de nosotros, con organizaciones como la institución familiar y el aparato de Estado. Como ejemplo, podríamos citar las sociedades de caza, las sociedades de guerra, las sociedades secretas, las sociedades de crimen, etc. Los devenires animales les pertenecen. En ellas no hay que buscar regímenes de filiación de tipo familiar, ni modos de clasificación y de atribución de tipo estatal o preestatal, ni siquiera instituciones seriales de tipo religioso. A pesar de las apariencias y de las posibles confusiones, los mitos no tienen ahí su terreno de origen ni su punto de aplicación. Son cuentos, o relatos y enunciados de devenir. También es absurdo jerarquizar las colectividades, incluso animales, desde el punto de vista de un evolucionismo imaginario en el que las manadas estarían en el punto más bajo, y a continuación vendrían las sociedades familiares y estatales. Al contrario, hay diferencia de naturaleza, el origen de las manadas es completamente distinto que el de las familias y los Estados, y no cesan de minarlos, de perturbarlos desde afuera, con otras formas de contenido, otras formas de expresión. La manada es a la vez realidad animal y realidad del devenir-animal del hombre; el contagio es a la vez poblamiento animal y propagación del poblamiento animal del hombre. La máquina de caza, la máquina de guerra, la máquina de crimen entrañan todo tipo de devenires-animales que no se enuncian en el mito, y menos aún en el totemismo. Dumézil ha mostrado cómo esos devenires pertenecían esencialmente al hombre de guerra, pero en la medida en que era exterior a las familias y a los Estados, en la medida en que trastocaba las filiaciones y las clasificaciones. La máquina de guerra siempre es exterior al Estado, incluso cuando el Estado la utiliza y se apropia de ella. El hombre de guerra tiene todo un devenir que implica multiplicidad, celeridad, ubicuidad, metamorfosis y traición, potencia de afecto. Los hombres-lobos, los hombres-osos, los hombres- fieras, los

hombres de cualquier animalidad, congregaciones secretas, animan los campos de batalla. Pero también las manadas animales, que sirven a los hombres en la batalla, o que la siguen y se benefician de ella. Y todos juntos propagan el contagio 9. Hay un conjunto complejo, devenir-animal del hombre, manadas de animales, elefantes y ratones, vientos y tempestades, bacterias que siembran el contagio. Un solo y mismo Furor. La guerra, antes de ser bacteriológica, ha implicado secuencias zoológicas. Con la guerra, el hambre y la epidemia, proliferan los hombres-lobos y los vampiros. Cualquier animal puede ser incluido en esas manadas, y en los devenires correspondientes; se han visto gatos en los campos de batalla, e incluso formar parte de los ejércitos. Por eso no hay que distinguir tipos de animales, sino más bien estados diferentes según que se integren en instituciones familiares, en aparatos de Estado, en máquinas de guerra, etc. (y la máquina de escritura, o la máquina musical, ¿qué relación tienen con devenires-animales?).


Recuerdos de un brujo, II.— Nuestro primer principio decía: manada y contagio, contagio de manada, por ahí pasa el devenir-animal. Pero un segundo principio parece decir lo contrario: allí donde haya una multiplicidad, encontraréis también un individuo excepcional, y con él es con quien habrá que hacer alianza para devenir-animal. Quizá no haya un lobo solo, pero hay el jefe de banda, el señor de manada, o bien el antiguo jefe destituido que ahora vive totalmente solo, hay el Solitario, o incluso hay el Demonio. Willard tiene su favorito, el ratón Ben, y sólo deviene-ratón en relación con él, en una especie de alianza de amor, luego de odio. Todo Moby Dick es una de las grandes obras maestras de devenir; el capitán Achab tiene un devenir-ballena irresistible, pero que precisamente evita la manada o el banco, y pasa directamente por una alianza monstruosa con el Único, con el Leviatán, Moby-Dick. Siempre hay pacto con un demonio, y el demonio aparece unas veces como jefe de la banda, otras como Solitario al lado de la banda, otras como Potencia superior de la banda. El individuo excepcional tiene muchas posiciones posibles. Kafka, otro gran autor de los devenires-animales reales, alaba al pueblo de las ratas; pero Josefina, la rata cantante, unas veces tiene una posición privilegiada en la banda, otras una posición fuera de la banda, otras huye y se pierde anónima en los enunciados colectivos de la banda. En resumen, todo Animal tiene su Anomal. Queremos decir: todo animal considerado en su manada o su multiplicidad tiene su anomal. Se ha podido señalar que la palabra ―anomal‖, adjetivo caído en desuso, tenía un origen muy diferente de ―anormal‖: a-normal, adjetivo latino sin sustantivo, califica lo que no tiene regla o que contradice la regla, mientras que, ―an-omalía‖, sustantivo griego que ha perdido su adjetivo, designa lo desigual, lo rugoso, la asperidad, el máximo de desterritorialización10. Lo anormal sólo puede definirse en función de caracteres, específicos o genéricos; pero lo anomal es una posición o un conjunto de posiciones con relación a una multiplicidad. Los brujos utilizan, pues, el viejo adjetivo ―anomal‖ para situar las posiciones de un individuo excepcional en la manada. Para devenir-animal, uno siempre hace alianza con el Anomal, Moby Dick o Josefina.

Diríase que hay claramente una contradicción: entre la manada y el solitario; entre el contagio de masa y la alianza preferente; entre la multiplicidad pura y el individuo excepcional; entre el conjunto aleatorio y la elección predestinada. Y la contradicción es real: Achab no elige a Moby Dick, en esa elección que lo desborda y que procede de otra parte, sin romper con la ley de los balleneros que exige que primero se debe perseguir a la manada. Pentesilea rompe la ley de la manada, manada de mujeres, manada de perras, cuando elige a Aquiles como enemigo favorito. Y sin embargo, gracias a esa elección anomal cada uno entra en su devenir-animal, devenir-perro de Pentesilea, devenir-ballena del capitán Achab. Nosotros, los brujos, sabemos perfectamente que las contradicciones son reales, pero que las contradicciones reales no lo son en serio. Pues la cuestión es la siguiente: ¿Cuál es exactamente la naturaleza del anomal? ¿Qué función tiene con relación a la banda, a la manada? Es evidente que el anomal no es simplemente un individuo excepcional, lo que le reduciría al animal familiar o doméstico, edipizado a la manera del psicoanálisis, la imagen del padre..., etc. Para Achab, Moby Dick no es como el gatito o el perrito que una anciana reconoce como suyo y mima. Para Lawrence, el devenir-tortuga en el que entra no tiene nada que ver con una relación sentimental y doméstica. También Lawrence forma parte de los escritores que admiramos y que nos plantean un problema, puesto que han sabido ligar su escritura a devenires animales reales inauditos. Ahora bien, a Lawrence se le objeta: ―¡Sus tortugas no son reales!‖. A lo que responde: ―es posible, pero mi devenir lo es, mi devenir es real, incluso y sobre todo si no podéis juzgarlo, puesto que sois unos perritos domésticos...‖11 El anomal, el elemento preferencial de la manada, no tiene nada que ver con el individuo favorito, doméstico y psicoanalítico. Pero el anomal tampoco es un representante de una especie, aquel que pre-sentaría los caracteres específicos y genéricos en su estado más puro, modelo o ejemplar único, perfección típica encarnada, término eminente de una serie, o soporte de una correspondencia absolutamente armoniosa. El anomal no es ni individuo ni especie, sólo contiene afectos, y no implica ni sentimientos familiares o subjetivos, ni caracteres específicos o significativos. Tanto las caricias como las clasificaciones humanas le son extrañas. Lovecraft llama Outsider a esa cosa o entidad, la Cosa, que llega y desborda por el borde, lineal y sin embargo múltiple,

―rebosante, efervescente, tumultuosa, espumeante, que se extiende como una enfermedad infecciosa, a ese horror sin nombre‖.

Ni individuo ni especie, ¿qué es el anomal? Es un fenómeno, pero un fenómeno de borde. Nuestra hipótesis es la siguiente: una multiplicidad se define, no por los elementos que la componen en extensión, ni por los caracteres que la componen en comprensión, sino por las líneas y las dimensiones que implica en ―in-tensión‖. Si cambiáis de dimensiones, si añadís o retiráis alguna, cambiáis de multiplicidad. De ahí que exista un borde según cada multiplicidad, que no es en modo alguno un centro, sino la línea envolvente o la extrema dimensión en función de la cual se pueden contar las otras, todas las que constituyen la manada en tal momento (más allá, la multiplicidad cambiaría de naturaleza). Es lo que el capitán Achab le dice a su segundo: no tengo ninguna historia personal con Moby Dick, ninguna venganza que cumplir, ni tampoco ningún mito que desentrañar,

pero, ¡tengo un devenir! Moby Dick no es ni un individuo ni un género, es el borde, y, para atacar a toda la manada, para alcanzar a toda la manada y pasar a través de ella, tengo que atacarlo. Los elementos de la manada sólo son ―mani-quíes‖ imaginarios, los caracteres de la manada sólo son entidades simbólicas, lo único que cuenta es el borde —el anomal—. “Para mí esta ballena blanca es la muralla, muy cerca de mí‖, la pared blanca, ―a veces creo que más allá no existe nada,

¡qué más da!‖. Si el anomal es, pues, el borde, se puede comprender mejor sus diversas posiciones con relación a la manada o multiplicidad que bordea, y las diversas posiciones de un Yo fascinado. Incluso se puede hacer una clasificación de las manadas sin caer en las trampas de un evolucionismo que sólo vería en ellas un estadio colectivo inferior (en lugar de considerar los agenciamientos particulares que emplean). En cualquier caso, habrá borde de manada, y posición anomal, cada vez que, en un espacio, un animal se encuentre en la línea, o trazando la línea con relación a la cual el resto de los miembros de la manada están en una mitad, izquierda o derecha: posición periférica, que hace que ya no podamos saber si el anomal está todavía en la banda, ya está fuera de ella, o en su cambiante frontera. Pero unas veces cada animal alcanza esa línea u ocupa esa posición dinámica, como en una manada de mosquitos en la que ―cada individuo del grupo se desplaza aleatoriamente hasta que vea a todos sus congéneres en un mismo semies-pacio, momento en el que se apresura a modificar su movimiento a fin de entrar en el grupo, quedando la estabilidad asegurada en catástrofe por una barrera” 12. Otras veces un animal preciso traza y ocupa el borde, en tanto que jefe de manada. Otras todavía el borde es definido o redoblado por un ser de otra naturaleza, que ya no pertenece a la manada, o que nunca ha pertenecido a ella, y que representa una potencia de otro orden, que actúa eventualmente como amenaza, pero también como cabecilla, outsider..., etc. En cualquier caso, no hay banda sin este fenómeno de borde, o anomal. Bien es verdad que las bandas también están minadas por fuerzas muy diferentes que instauran en ellas centros internos de tipo conyugal y familiar, o de tipo estatal, y que las hacen pasar a una forma de sociabilidad totalmente distinta, sustituyendo los afectos de manada por sentimientos de familia o inteligibilidades de Estado. El centro, o los agujeros negros internos, pasan a ocupar el papel principal. Ahí, en esa aventura que también se produce en las bandas humanas cuando reconstituyen un familiarismo de grupo, o incluso un autoritarismo, un fascismo de manada, el evolucionismo puede ver un progreso.

Los brujos siempre han ocupado la posición anomal, en la frontera de los campos o de los bosques. Habitan las lindes. Están en el borde del pueblo, o entre dos pueblos. Lo importante es su afinidad con la alianza, con el pacto, que les da un estatuto opuesto al de la filiación. Con el anomal, la relación es de alianza. El brujo está en una relación de alianza con el demonio como potencia del anomal. Los antiguos teólogos han distinguido perfectamente dos tipos de maldición que se ejercían sobre la sexualidad. El primero concierne a la sexualidad como proceso de filiación bajo el que transmite el pecado original. Pero el segundo la concierne como potencia de alianza, e inspira uniones ilícitas o amores abominables: difiere tanto más del primero cuanto que tiende a impedir la procreación, y que el demonio, al no tener la capacidad de procrear, debe utilizar medios indirectos (así,

ser el súcubo hembra de un hombre para devenir el íncubo macho de una mujer a la que transmite el semen del primero). Bien es verdad que la alianza y la filiación entran en relaciones reguladas por las leyes del matrimonio, pero incluso en ese caso la alianza conserva una potencia peligrosa y contagiosa. Leach ha podido mostrar que, a pesar de todas las excepciones que parecen desmentir esta regla, el brujo pertenece en primer lugar a un grupo que sólo está unido por alianza a aquel sobre el que ejerce su eficacia: así, en un grupo matrilineal, el brujo o la bruja deben buscarse en la rama paterna. Y hay toda una evolución de la brujería según que la relación de alianza tenga un carácter permanente o adquiera un valor polí-tico13. No basta con parecerse a un lobo, o vivir como un lobo, para producir hombres-lobos en su propia familia: es necesario que el pacto con el diablo se acompañe de una alianza con otra familia, y la repercusión de esta alianza sobre la primera familia, la reacción de esta alianza sobre la primera familia, produce hombres-lobos como por un efecto de feed-back. Un hermoso cuento de Erck-mann-Chatrian, Hugues el lobo, recoge las tradiciones sobre esta compleja situación. Vemos cómo desaparece cada vez más la contradicción entre los dos temas,

―contagio con el animal como manada‖, ―pacto con el anomal como ser excepcio-nal‖. Leach puede reunir con todo derecho los dos conceptos de alianza y de contagio, pacto-epidemia; analizando la brujería kachin, escribe: ―La influencia maléfica se transmite presumiblemente por el alimento que la mujer prepara (...) La brujería kachin es contagiosa más bien que hereditaria (...) va asociada a la alianza, no a la descendencia‖. La alianza o el pacto son la forma de expresión, para una infección o una epidemia que son la forma de contenido. En la brujería, la sangre es de contagio y de alianza. Se dirá que un devenir-animal es un asunto de brujería,

1) porque implica una primera relación de alianza con un demonio; 2) porque ese demonio ejerce la función de borde de una manada animal en la que el hombre entra o deviene, por contagio; 3) porque ese devenir implica una segunda alianza, con otro grupo humano; 4) porque este nuevo borde entre los dos grupos orienta el contagio entre el animal y el hombre en el seno de la manada. Hay toda una política de los devenires-animales, como también hay una política de la brujería: esta política se elabora en agenciamientos que no son ni los de la familia, ni los de la religión, ni los del Estado. Más bien expresarían grupos minoritarios, u oprimidos, o prohibidos, o rebeldes, o que siempre están en el borde de las instituciones reconocidas, tanto más secretos cuanto que son extrínsecos, en resumen, anómicos. Si el devenir-animal adopta la forma de la Tentación, de monstruos que el demonio suscita en la imaginación, es porque se acompaña, tanto en sus orígenes como en su empresa, de una ruptura con las instituciones centrales, establecidas o que tratan de establecerse.

Citemos desordenadamente, no como mezclas a realizar, sino más bien como casos diferentes a estudiar: los devenires-animales en la máquina de guerra, hombres-fieras de todo tipo, pero precisamente la máquina de guerra procede del afuera, es extrínseca al Estado que trata al guerrero como potencia anomal; los devenires-animales en las sociedades de crimen, hombres-leopardos, hombres-caimanes, cuando el Estado prohíbe las guerras locales y tribales; los devenires-animales en los grupos de motín, cuando la Iglesia y el Estado se encuentran

ante movimientos campesinos con componente bruja, y que van a reprimir instaurando todo un sistema de tribunal y de derecho adecuado para denunciar los pactos con el demonio; los devenires-animales en los grupos de ascesis, el ana-coreta que se alimenta de hierbas, o animal salvaje, pero la máquina de ascesis está en posición anomal, en línea de fuga, al margen de la Iglesia, y contesta su pretensión de erigirse en institución imperial14; los devenires-animales en las sociedades de iniciación sexual del tipo ―desflorador sagrado‖, hombres-lobos, hom-bres-chivos, etc., que invocan una Alianza superior y exterior al orden de las familias, mientras que las familias tendrán que conquistar frente a ellos el derecho de regular sus propias alianzas, de determinarlas según relaciones de descendencia complementaria, y de domesticar esta potencia desencadenada de la alianza.15

En ese caso, la política de los devenires-animales continúa siendo sin duda extremadamente ambigua. Pues incluso las sociedades primitivas no cesarán de apropiarse de esos devenires para cortarlos, y reducirlos a relaciones de correspondencia totémica o simbólica. Los Estados no cesarán de apropiarse de la máquina de guerra, bajo forma de ejércitos nacionales que limitan estrechamente los devenires del guerrero. La Iglesia no cesará de quemar a los brujos, o bien de reintegrar a los anacoretas en la imagen dulcificada de una serie de santos que ya sólo tienen con el animal una relación extrañamente familiar, doméstica. Las Familias no cesarán de conjurar el Aliado demoníaco que las corroe, para regular entre ellas las alianzas convenientes. Veremos a los brujos servir a los jefes, ponerse al servicio del despotismo, hacer una contrabrujería de exorcismo, ponerse de parte de la familia y de la descendencia. Eso supondrá la muerte del brujo, pero también la del devenir. Veremos al devenir engendrar exclusivamente un gran perro doméstico, como en la condenación de Miller (―más valía simular, hacer el animal, el perro por ejemplo, atrapar el hueso que me arrojarían de vez en cuando‖) o la de Fitzgerald (―trataré de ser un animal lo más correcto posible, y si me arrojáis un hueso con bastante carne encima, quizá seré incluso capaz de lameros la mano‖). Invertir la fórmula de Fausto: ¿era, pues, ésa la forma del Estudiante ambulante?

¡Un simple podenco!


Recuerdos de un brujo, III. — A los devenires-animales no hay que atribuirles una importancia exclusiva. Más bien serían segmentos que ocupan una región media. Más allá, encontramos devenires-mujer, devenires-niño (quizá el devenir-mujer posee un poder introductivo particular sobre los demás, y no se trata tanto de que la mujer sea bruja como de la brujería, que pasa por ese devenir-mujer). Más allá todavía, encontramos devenires-elementales, celulares, moleculares, e incluso devenires-imperceptibles. ¿Hacia qué nada los arrastra la escoba de las brujas? ¿A dónde arrastra tan silenciosamente Moby Dick a Achab? Lovecraft hace que su héroe atraviese extraños animales, pero que al final penetre en las últimas regiones de un Continuum habitado por ondas innombrables y partículas raras. La ciencia-ficción conoce toda una evolución que la hace pasar de los devenires-animales, vegetales o minerales, a los devenires bacterianos, víricos, moleculares e imper-ceptibles16. El contenido propiamente musical de la música está atravesado por

devenires-mujer, devenires-niño, devenires-animal, pero, bajo todo tipo de influencias que conciernen también a los instrumentos, tiende cada vez más a devenir molecular, en una especie de chapoteo cósmico en el que lo inaudible se hace oír, lo imperceptible aparece como tal: ya no el pájaro cantor, sino la molécula sonora. Si la experimentación de droga ha marcado a todo el mundo, incluso a los que no se drogan, es porque ha modificado las coordenadas perceptivas del espacio-tiempo, haciéndonos entrar en un universo de micropercepciones en el que los devenires moleculares toman el relevo de los devenires anímales. Los libros de Castaneda muestran perfectamente esta evolución, o más bien esta involución, en la que los afectos de un devenir-perro, por ejemplo, son sustituidos por los de un devenir molecular, micropercepciones del agua, del aire, etc. Un hombre avanza vacilando de una puerta a otra, y se esfuma: ―lo más que puedo decir es que somos fluidos, seres luminosos hechos de fibras‖17. Todos los viajes llamados iniciaticos implican esos umbrales y esas puertas en las que el propio devenir deviene, y en los que se cambia de devenir, según las ―horas‖ del mundo, los círculos de un infierno o las etapas de un viaje que hacen variar las escalas, las formas y los gritos. De los aullidos animales hasta los vagidos de los elementos y de las partículas.

Las manadas, las multiplicidades no cesan, pues, de transformarse las unas en las otras, de pasar las unas a las otras. Los hombres-lobos, una vez muertos, se transforman en vampiros. No debe extrañarnos, hasta tal punto el devenir y la multiplicidad son una sola y misma cosa. Una multiplicidad no se define por sus elementos, ni por un centro de unificación o de comprensión. Una multiplicidad se define por el número de sus dimensiones; no se divide, no pierde o gana ninguna dimensión sin cambiar de naturaleza. Y como las variaciones de sus dimensiones son inmanentes a ella, da lo mismo decir que cada “d ya está compuesta por términos heterogéneos en simbiosis, o que no cesa de transformarse en otras “des en hilera, según sus umbrales y sus puertas. Así, en el Hombre de los lobos, la manada de lobos devenía también enjambre de abejas, y también campo de anos, y colección de pequeños agujeros y de finas ulceraciones (tema del contagio); pero también todos esos elementos componían ―la‖ multiplicidad de simbiosis y de devenir. Si hemos imaginado la posición de un Yo fascinado es porque la multiplicidad hacia la que tiende, ruidosamente, es la continuación de otra multiplicidad que actúa sobre él y lo distiende por dentro. Por eso el yo sólo es un umbral, una puerta, un devenir entre dos multiplicidades. Cada multiplicidad se define por un borde que funciona como Anomal; pero hay una hilera de bordes, una línea continua de bordes (fibra) según la cual la multiplicidad cambia. Y en cada umbral o puerta, ¿hay un nuevo pacto? Una fibra va de un hombre a un animal, de un hombre o un animal a moléculas, de moléculas a partículas, hasta lo imperceptible. Toda fibra es fibra de Universo. Una fibra en hilera de bordes constituye una línea de fuga o de desterritorialización. Vemos que el Ano- mal, el Outsider, tiene varias funciones: no sólo bordea cada multiplicidad que determina, con la máxima dimensión provisional, la estabilidad temporal o local; no sólo es la condición de la alianza necesaria para el devenir; también dirige las transformaciones de devenir o los pasos de multiplicidades siempre más lejos en la línea de fuga. Moby Dick es la Muralla blanca que bordea la manada; también es el Término de la alianza demoníaca; por último, es el

terrible Hilo de pesca, libre en su extremidad, la línea que atraviesa la pared y arrastra al capitán, ¿hasta dónde? A la nada...

El error que hay que evitar es creer en una especie de orden lógico en esa hilera, esos pasos o esas transformaciones. Ya es demasiado postular un orden que iría del animal al vegetal, luego a las moléculas, a las partículas. Cada multiplicidad es simbiótica, reúne en su devenir animales, vegetales, microorganismos, partículas locas, toda una galaxia. Tampoco hay un orden lógico preformado entre estos heterogéneos, entre los lobos, las abejas, los anos y las pequeñas cicatrices del Hombre de los lobos. Por supuesto, la brujería no cesa de codificar ciertas transformaciones de devenires. Veamos, por ejemplo, una novela llena de tradiciones brujas, Le Meneur de loups, de Alejandro Dumas: en un primer pacto, el hombre de las lindes obtiene del diablo la realización de sus deseos, a condición de que una mecha de sus cabellos devenga cada vez roja. Estamos en la multiplicidad-cabellos, con su borde. El hombre se instala en el borde como jefe de manada. Después, cuando ya no queda un sólo cabello humano, un segundo pacto le hace devenir-lobo, devenir sin fin, al menos en principio, puesto que sólo es vulnerable un día al año. Entre la multiplicidad-cabellos y la multiplicidad-lobos, sabemos perfectamente que siempre puede inducirse un orden de semejanza (rojo como el pelo de un lobo), pero eso sigue siendo muy secundario (el lobo de transformación será negro, con un pelo blanco). De hecho, hay una primera multiplicidad-cabellos atrapada en un devenir-pelo rojo; una segunda multiplicidad-lobos que arrastra a su vez al devenir-animal del hombre. Y entre ambas, umbral y fibra, simbiosis o paso de heterogéneos. Así actuamos nosotros, los brujos, no según un orden lógico, sino según compatibilidades o consistencias alógicas. La razón es muy simple. Nadie, ni siquiera Dios, puede decir de antemano si dos bordes se hilarán o constituirán una fibra, si tal multiplicidad pasará o no a tal otra, o si tales elementos heterogéneos entrarán ya en simbiosis, constituirán una multiplicidad consistente o de cofuncionamiento, apta para la transformación. Nadie puede decir por dónde pasará la línea de fuga: ¿se dejará hundir para volver a caer en el animal edípico de la familia, un simple Podenco? ¿O bien caerá en el otro peligro, el de transformarse en línea de abolición, de aniquilación, de autodestrucción, Achab, Achab...? Nosotros conocemos muy bien los peligros de la línea de fuga, y sus ambigüedades. Los riesgos siempre están presentes, pero siempre existe también una posibilidad de escapar a ellos: en cada caso se dirá si la línea es consistente, es decir, si los heterogéneos funcionan efectivamente en una multiplicidad de simbiosis, si las multiplicidades se transforman efectivamente en los devenires de paso. Pongamos un ejemplo tan simple como: x vuelve a tocar el piano... ¿Se trata de una vuelta edípica a la infancia? ¿Se trata de una manera de morir en una especie de abolición sonora? ¿Se trata de un nuevo borde, como una línea activa que va a entrañar otros devenires, devenires completamente distintos que el devenir o redevenir pianista, y que va a inducir una transformación de todos los agenciamientos precedentes en los que x estaba prisionero? ¿Una salida? ¿Un pacto con el diablo? El esquizoanálisis o la pragmática no tienen otro sentido: haced rizoma, pero no sabéis con qué podéis hacerlo, qué tallo subterráneo hará efectivamente rizoma, o hará devenir, hará población en vuestro desierto. Experimentad.

¡Qué fácil es decirlo! Pero no hay orden lógico preformado de los devenires o de las multiplicidades, hay criterios, y lo importante es que estos criterios no son posteriores, se ejercen sobre la marcha, en el momento, bastan para guiarnos entre los peligros. Si las multiplicidades se definen y se transforman por el borde que determina cada vez el número de sus dimensiones, cabe la posibilidad de distri-buirlas en un mismo plano en el que los bordes se siguen trazando una línea quebrada. Un plano de este tipo sólo aparentemente ―reduce‖ las dimensiones, pues las incluye todas a medida que se inscriben en él multiplicidades planas y, sin embargo, de dimensiones crecientes o decrecientes. En términos grandiosos y simplificados trata Lovecraft de enunciar esta última palabra de la brujería: ―Las Olas aumentaron su potencia y descubrieron a Carter la entidad multiforme cuyo fragmento actual sólo era una ínfima parte. Le enseñaron que cada figura en el espacio sólo es el resultado de la intersección, por un plano, de una figura correspondiente y de mayor dimensión, de la misma manera que un cuadrado es la sección de un cubo y un círculo la sección de la esfera. De igual modo, el cubo y la esfera, figuras de tres dimensiones, son la sección de formas correspondientes de cuatro dimensiones que los hombres sólo conocen a través de sus conjeturas o sus sueños. A su vez, estas figuras de cuatro dimensiones son la sección de formas de cinco dimensiones, y así sucesivamente, hasta llegar a las alturas inaccesibles y vertiginosas de la infinidad arquetipo...‖ Lejos de reducir a dos el número de dimensiones de las multiplicidades, el plan de consistencia las engloba a todas, efectúa su intersección para hacer coexistir otras tantas multiplicidades planas de cualesquiera dimensiones. El plan de consistencia es la intersección de todas las formas concretas. También todos los devenires, como dibujos de brujas, se inscriben en este plan de consistencia, la última Puerta, donde encuentran su salida. Ese es el único criterio que les impide hundirse, o caer en la nada. El problema que se plantea es el siguiente: ¿un devenir llega hasta ese punto? ¿Una multiplicidad puede aplanar así todas sus dimensiones conservadas, como una flor que conservara toda su vida hasta en su sequedad? Lawrence, en su devenir-tortuga, pasa del dinamismo animal más obstinado a la pura geometría abstracta de las escamas y de las

―secciones‖, sin perder, sin embargo, nada de su dinamismo: lleva el devenir-tortuga hasta el plan de consistencia18. Todo deviene imperceptible, todo es devenir-imperceptible en ese plan de consistencia, pero ahí precisamente es donde se ve, se oye lo imperceptible. Es el Planomeno o la Rizosfera, el Criterium (y muchos nombres más, según el crecimiento de las dimensiones). Según n dimensiones, se le denomina Hiperesfera, Mecanosfera. Es la Figura abstracta, o más bien, puesto que no tiene forma, la máquina abstracta, en la que cada agenciamiento concreto es una multiplicidad, un devenir, un segmento, una vibración. Y ella, la sección de todos ellos.

Las olas son las vibraciones, los bordes cambiantes que se inscriben como otras tantas abstracciones en el plan de consistencia. Máquina abstracta de las olas. En Las Olas, Virginia Woolf, que supo convertir toda su vida y su obra en un paso, un devenir, todo tipo de devenires entre edades, sexos, elementos y reinos, mezcla siete personajes, Bernard, Neville, Louis, Jinny, Rhoda, Suzanne y Perceval; pero cada uno de estos personajes, con su nombre, su individualidad, designa una

multiplicidad (por ejemplo Bernard y el banco de peces); cada uno está a la vez en esta multiplicidad y en el borde, y pasa a las otras. Perceval es como el último, engloba el mayor número de dimensiones. Pero todavía no constituye el plan de consistencia. Aunque Rhoda cree verlo sobresaliendo en el mar, no se trata de él,

―cuando apoya sobre su rodilla el codo de su brazo es un triángulo, cuando se mantiene de pie es una columna, si se inclina es la curva de una fuente (...), el mar ruge tras él, está más allá de nuestro alcance‖. Cada uno avanza como una ola, pero, en el plan de consistencia, es una sola y misma Ola abstracta cuya vibración se propaga según la línea de fuga o de desterritorialización que recorre todo el plan (cada capítulo de la novela de Virginia Woolf va precedido de una meditación sobre un aspecto de las olas, sobre una de sus horas, sobre uno de sus devenires).


Recuerdos de un teólogo. — La teología es muy estricta en el punto siguiente: no hay hombres-lobos, el hombre no puede devenir animal. Las formas esenciales no se transforman, son inalienables y sólo mantienen relaciones de analogía. El diablo y la bruja, y su pacto, no por ello son menos reales, pues hay la realidad de un movimiento local específicamente diabólico. La teología distingue dos casos que sirven de modelo a la Inquisición, el caso de los compañeros de Ulises y el caso de los compañeros de Diómedes: visión imaginaria y sortilegio. Unas veces el sujeto se cree transformado en animal, cerdo, buey o lobo, y así lo creen también los observadores; en ese caso se produce un movimiento local interno que lleva las imágenes sensibles hacia la imaginación y hace que reboten sobre los sentidos externos. Otras veces el demonio ―asume‖ cuerpos animales reales, sin perjuicio de transportar a otros cuerpos los accidentes y afectos que se producen en ellos (por ejemplo, un gato o un lobo, asumidos por el demonio, pueden recibir heridas que serán trasladadas exactamente a un cuerpo humano) 19. Lo que equivale a decir que el hombre no deviene realmente animal, pero que hay sin embargo una realidad demoníaca del devenir-animal del hombre. También es cierto que el demonio efectúa transportes locales de todo tipo. El diablo es transportador, transporta hu-mores, afectos o incluso cuerpos (la Inquisición no transige sobre esta capacidad del diablo: la escoba de la bruja, o ―que te lleve el diablo‖). Pero esos transportes no franquean ni la barrera de las formas esenciales ni la de las sustancias o sujetos.

Y luego hay otro problema completamente distinto, desde el punto de vista de las leyes de la naturaleza, y que ya no concierne a la demonología, sino a la alquimia y sobre todo a la física. Es el problema de las formas accidentales, distintas de las formas esenciales y de los sujetos determinados. Pues las formas accidentales son susceptibles de más y de menos: más o menos caritativo, y también más o menos blanco, más o menos caliente. Un grado de calor es un calor perfectamente individuado que no se confunde con la sustancia o el sujeto que lo recibe. Un grado de calor puede componerse con un grado de blanco, o con otro grado de calor, para formar una tercera individualidad única que no se confunde con la del sujeto.

¿Qué es la individualidad de un día, de una estación o de un acontecimiento? Un día más corto o un día más largo no son, en sentido estricto, extensiones, sino grados propios de la extensión, de la misma manera que hay grados propios del calor,

del color, etc. Una forma accidental tiene, pues, una ―latitud‖, constituida por otros tantos individuos indescomponibles. Un grado, una intensidad es un individuo, Haecceidad, que se compone con otros grados, otras intensidades para formar otro individuo. ¿Se dirá que esta latitud se explica porque el sujeto participa más o menos de la forma accidental? ¿Acaso esos grados de participación no implican en la propia forma una agitación, una vibración que no se reduce a las propiedades del sujeto? Es más, si unas intensidades de calor no se componen por adición es porque hay que añadir sus sujetos respectivos que impiden precisamente que el calor del conjunto devenga más elevado. Razón de más para hacer distribuciones de intensidad, establecer las latitudes ―diformemente diformes‖, velocidades, lentitudes y grados de todo tipo, que corresponden a un cuerpo o a un conjunto de cuerpos considerado como longitud: una cartografía20. En resumen, entre las formas sustanciales y los sujetos determinados, entre los dos, no sólo hay todo un ejercicio de transportes locales demoníacos, también hay un juego natural de haecceidades, grados, intensidades, acontecimientos, accidentes, que componen individuaciones totalmente diferentes de la individuación de los sujetos bien formados que las reciben.


Recuerdos de un spinozista, 1.— Las formas esenciales o sustanciales han sido criticadas de muy diversas maneras. Pero Spinoza procede radicalmente: llegar a elementos que ya no tienen forma ni función, que en ese sentido son, pues, abstractos, aunque sean perfectamente reales. Sólo se distinguen por el movimiento y el reposo, la lentitud y la velocidad. No son átomos, es decir, elementos finitos aún dotados de forma. Tampoco son infinitamente divisibles. Son las últimas partes infinitamente pequeñas de un infinito actual, distribuidas en un mismo plan, de consistencia o de composición. No se definen por el número, puesto que siempre van por infinidades. Pero, según el grado de velocidad o la relación de movimiento y de reposo en la que entran, pertenecen a tal o tal Individuo, que puede formar parte a su vez de otro Individuo bajo otra relación más compleja, y así hasta el infinito. Hay, pues, infinitos más o menos grandes, no según el número, sino según la composición de la relación en la que entran sus partes. Por eso cada individuo es una multiplicidad infinita, y la Naturaleza en su conjunto una multiplicidad de multiplicidades perfectamente individuada. El plan de consistencia de la Naturaleza es como una inmensa Máquina abstracta y, sin embargo, real e individual, cuyas piezas son los agenciamientos o los diversos individuos que agrupan cada uno una infinidad de partículas bajo una infinidad de relaciones más o menos compuestas. El plan de la Naturaleza tiene, pues, una unidad, es válido tanto para los seres inanimados como para los animados, para los artificiales y los naturales. Ese plan no tiene nada que ver con una forma o figura, ni con un designio o una función. Su unidad no tiene nada que ver con la de un fundamento oculto en la profundidad de las cosas ni con un fin o un proyecto en el espíritu de Dios. Es un plan de desplegamiento, que es más bien como la sección de todas las formas, la máquina de todas las funciones, y cuyas dimensiones crecen, sin embargo, con las de las multiplicidades o individualidades que engloba. Plan fijo, en el

que las cosas sólo se distinguen por la velocidad y la lentitud. Plan de inmanencia o de univocidad, que se opone a la analogía. Lo Uno se dice en un solo y mismo sentido de todo lo múltiple, el Ser se dice en un solo y mismo sentido de todo lo que difiere. No hablamos aquí de la unidad de la sustancia, sino de la infinidad de modificaciones que forman parte las unas de las otras en ese solo y mismo plan de vida.

La inextricable discusión entre Cuvier y Geoffroy Saint-Hilaire. Al menos, los dos están de acuerdo en denunciar las semejanzas o las analogías sensibles, imaginarias. Pero, en Cuvier, la determinación científica se basa en las relaciones de los órganos entre sí, y de los órganos con las funciones. Cuvier hace, pues, pasar la analogía al estadio científico, analogía de proporcionalidad. Según él, la unidad del plan sólo puede ser una unidad de analogía, así, pues, transcendente, que sólo se realiza fragmentándose en distintas ramificaciones, según composiciones heterogéneas, infranqueables, irreductibles. Baër añadirá: según tipos de desarrollo y de diferenciación no comunicantes. El plan es un plan de organización oculto, estructurado o génesis. Geoffroy tiene un punto de vista completamente distinto, puesto que supera los órganos y las funciones hacia elementos abstractos que denomina ―anatómicos‖, o incluso hacia partículas, puros materiales que entrarán en combinaciones diversas, formarán tal órgano y adquirirán tal función, según su grado de velocidad y de lentitud. Las formas de estructura, pero también los tipos de desarrollo, dependerán de la velocidad y la lentitud, el movimiento y el reposo, la tardanza y la rapidez. Esta dirección aparecerá ulteriormente, en un sentido evolucionista, en los fenómenos de taquigénesis de Perrier, o en las tasas de crecimiento diferenciales y en la alometría: las especies como entidades cinemáticas precoces o retrasadas. (Incluso la cuestión de la fecundidad no tiene tanto que ver con la forma y la función como con la velocidad; ¿llegarán los cromosomas pa-ternos demasiado pronto para incorporarse a los núcleos?). En cualquier caso, puro plan de inmanencia, de univocidad, de composición, en el que todo está dado, en el que danzan elementos y materiales no formados que sólo se distinguen por la velocidad, y que entran en tal o tal agenciamiento individuado según sus conexiones, sus relaciones de movimientos. Plan fijo de la vida, en el que todo se mueve, se retrasa o se precipita. Un solo Animal abstracto para todos los agenciamientos que lo efectúan. Un solo y mismo plan de consistencia o de composición para el cefalópodo y el vertebrado, puesto que al vertebrado le bastaría con plegarse muy rápidamente en dos para soldar los elementos de las mitades de su espalda, acercar su pelvis a su nuca, y reunir sus miembros en una de las extremidades del cuerpo, deviniendo así Pulpo o Sepia, como ―un saltimbanqui que dobla su espalda y su cabeza hacia atrás para caminar con su cabeza y sus ma-nos‖21. Plicatura. El problema no es en modo alguno el de los órganos y las funciones, y un Plan transcendente que sólo podría dirigir su organización bajo relaciones analógicas y tipos de desarrollo divergentes. El problema no es el de la organización, sino el de la composición; no es el del desarrollo o de la diferenciación, sino el del movimiento y el reposo, la velocidad y la lentitud. El problema es el de los elementos y partículas, que llegarán suficientemente rápido, o no, para efectuar un paso, un devenir o un salto en un mismo plan de inmanencia pura. Y

si, en efecto, hay saltos, fisuras entre agenciamientos, no es en virtud de su irreductibilidad de naturaleza, es porque siempre hay elementos que no llegan a tiempo, o cuando todo ha terminado, por eso hay que pasar por nieblas, o vacíos, avances y retrasos que forman parte a su vez del plan de inmanencia. Incluso los fracasos forman parte del plan. Hay que tratar de pensar ese mundo en el que el plano fijo, que llamaremos de inmovilidad o de movimiento absolutos, está recorrido por elementos informales de velocidad relativa, que entran en tal o tal agenciamiento individuado según sus grados de velocidad y de lentitud. Plan de consistencia poblado por una materia anónima, parcelas infinitas de una materia impalpable que entran en conexiones variables.

Los niños son spinozistas. Cuando el pequeño Hans habla de un ―hace-pipí‖, no se trata de un órgano ni de una función orgánica, sobre todo se trata de un material, es decir, un conjunto de elementos que varía según sus conexiones, sus relaciones de movimiento y de reposo, los diversos agenciamientos individuados en los que entra. ¿Una niña tiene un hace-pipí? El niño dice sí, y no por analogía, ni para conjurar un temor de la castración. Evidentemente, las niñas tienen un hace-pipí, puesto que efectivamente hacen pipí: funcionamiento maquínico más que función orgánica. Simplemente, el mismo material no tiene las mismas conexiones, las mismas relaciones de movimiento y de reposo, no entra en el mismo agenciamiento en el niño y en la niña (una niña no hace de pie ni lejos). ¿Una locomotora tiene un hace-pipí? Sí, en otro agenciamiento maquínico distinto. Las sillas no lo tienen: pero es porque los elementos de la silla no han podido incluir ese material en sus relaciones, o han descompuesto suficientemente la relación para que produzca otra cosa, una pata de silla, por ejemplo. Así se ha podido señalar que, para los niños, un órgano sufría ―mil vicisitudes‖, no era ―fácilmente localizable, identificable, unas veces hueso, otras artefacto, excremento, el bebé, una mano, el corazón de papá...‖ Pero ello no es debido en modo alguno a que el órgano es vivido como objeto parcial. El órgano será exactamente lo que sus elementos hagan de él según su relación de movimiento y de reposo, y la forma en la que esa relación se compone o se descompone con la de los elementos vecinos. No estamos ante un animismo, ni tampoco ante un mecanismo, estamos ante un maquinismo universal: un plan de consistencia ocupado por una inmensa máquina abstracta de agenciamientos infinitos. No se comprenderán bien las preguntas de los niños mientras no se las considere como preguntas-máquinas; de ahí la importancia de los artículos indefinidos en esas preguntas (un vientre, un niño, un caballo, una silla, ―¿cómo está hecha una persona?‖). El spinozismo es el devenir-niño del filósofo. Se llama longitud de un cuerpo a los conjuntos de partículas que forman parte de él bajo tal o tal relación, conjuntos que a su vez forman parte los unos de los otros según la composición de la relación que define el agenciamiento individuado de ese cuerpo.


Recuerdos de un spinozista, II. — En Spinoza hay otro aspecto. A cada relación de movimiento y de reposo, de velocidad y de lentitud, que agrupa una infinidad de partes, corresponde un grado de potencia. A las relaciones que componen un in-

dividuo, que lo descomponen o lo modifican, corresponden intensidades que lo afectan, aumentan o disminuyen su potencia de acción, que proceden de las partes exteriores o de sus propias partes. Los afectos son devenires. Spinoza pregunta:

¿qué puede un cuerpo? Se llamará latitud de un cuerpo a los afectos de los que es capaz según tal grado de potencia, o más bien según los límites de ese grado. La latitud está compuesta de partes intensivas bajo una capacidad, de la misma manera que la longitud está compuesta de partes extensivas bajo una relación. Del mismo modo que se evitaba definir un cuerpo por sus órganos y sus funciones, también hay que evitar definirlo por caracteres Especie o Género: se intenta contar sus afectos. A ese estudio se llama ―etología‖, y en ese sentido Spinoza escribe una verdadera Ética. Hay más diferencias entre un caballo de carrera y un caballo de labranza que entre un caballo de labranza un buey. Cuando Von Uexküll define los mundos animales busca los afectos activos y pasivos de los que es capaz el animal, en un agenciamiento individuado del que forma parte. Por ejemplo la Garrapata, atraída por la luz, se iza hasta la punta de una rama; sensible al olor de un mamífero, se deja caer sobre él cuando éste pasa bajo la rama; por último, se hunde bajo la piel, en la zona menos peluda posible. Tres afectos nada más, el resto del tiempo la garrapata duerme, a veces durante años, indiferente a todo lo que sucede en el inmenso bosque. Su grado de potencia está perfectamente comprendido entre dos límites, el límite óptimo de su festín tras el cual muere, el límite pésimo de su espera durante la cual ayuna. Se dirá que los tres afectos de la garrapata suponen ya caracteres específicos y genéricos, órganos y funciones, patas y trompas. Eso es cierto desde el punto de vista de la fisiología, pero no desde el punto de vista de la Etica, en la que los caracteres orgánicos derivan, por el contrario, de la longitud y de sus relaciones, de la latitud y de sus grados. Nada sabemos de un cuerpo mientras no sepamos lo que puede, es decir, cuáles son sus afectos, cómo pueden o no componerse con otros afectos, con los afectos de otro cuerpo, ya sea para destruirlo o ser destruido por él, ya sea para intercambiar con él acciones y pasiones, ya sea para componer con él un cuerpo más potente.

Una vez más se recurrirá a los niños. Se señalará cómo hablan de los animales, y al hacerlo se emocionan. Hacen una lista de afectos. El caballo del pequeño Hans no es representativo, sino afectivo. No es el miembro de una especie, sino un elemento o un individuo en un agenciamiento maquínico: caballo de tiro-ómni-bus-calle. Se define por una lista de afectos, activos y pasivos, en función de ese agenciamiento individuado del que forma parte: tener los ojos tapados por orejeras, tener un freno y bridas, ser noble, tener un gran hace-pipí, tirar de pesadas cargas, ser fustigado, caer, armar ruido con sus patas, morder..., etc. Estos afectos circulan y se transforman en el seno del agenciamiento: lo que ―puede‖ un caballo. Tienen claramente un límite óptimo o máximo de la potencia-caballo, pero también un umbral pésimo: ¡un caballo cae en la calle!, y no puede levantarse a causa de la carga demasiado pesada y de los fustazos demasiado fuertes; ¡un caballo va a morir! —espectáculo ordinario en otra época (Nietzsche, Dostoievsky, Nijinsky lloran por ello). En ese caso, ¿qué es el devenir-caballo del pequeño Hans? También Hans está atrapado en un agenciamiento, la cama de su mamá, el elemento paterno, la casa, el café de enfrente, el almacén vecino, la calle, el derecho a la calle,

la conquista de ese derecho, la nobleza, pero también los riesgos de esa conquista, la caída, la vergüenza... No son fantasmas o ensoñaciones subjetivas: no se trata de imitar al caballo, de ―hacer‖ el caballo, de identificarse con él, ni siquiera de tener hacia él sentimientos de piedad o de simpatía. Tampoco se trata de un asunto de analogía objetiva entre los agenciamientos. Se trata de saber si el pequeño Hans puede dar a sus propios elementos relaciones de movimiento y de reposo, afectos, que le hace devenir-caballo, independientemente de las formas y de los sujetos.

¿Existe un agenciamiento todavía desconocido que no sería ni el de Hans ni el del caballo, sino el del devenir-caballo de Hans, y en el que el caballo, por ejemplo, enseñaría los dientes, sin perjuicio de que Hans enseñe otra cosa, sus pies, sus piernas, su hace-pipí, cualquier cosa? Y, ¿en qué medida el problema de Hans avanzaría, en qué medida se abriría una salida anteriormente obstruida? Cuando Hofmannsthal contempla la agonía de un ratón, es en él donde el animal ―muestra los dientes al destino monstruoso‖. Y no es un sentimiento de piedad, precisa Hofmannsthal, y menos aún una identificación, es una composición de velocidades y de afectos entre individuos completamente diferentes, simbiosis, que hace que el ratón devenga un pensamiento en el hombre, un pensamiento febril, al mismo tiempo que el hombre deviene ratón, ratón que rechina los dientes y agoniza. El ratón y el hombre no son en modo alguna la misma cosa, pero el Ser se dice de los dos en uno sólo y mismo sentido en una lengua que ya no es la de las palabras, en una materia que ya no es la de las formas, en una afectibilidad que ya no es la de los sujetos. Participación contra natura, pero precisamente el plan de composición, el plan de Naturaleza, está a favor de tales participaciones, que no cesan de hacer y de deshacer sus agenciamientos empleando para ello todos los artificios.

No es ni una analogía, ni una imaginación, sino una composición de velocidades y de afectos en ese plan de consistencia: un plan, un programa o más bien un diagrama, un problema, una pregunta-máquina. En un texto realmente extraño, Vladimir Slepiam plantea el ―problema‖: tengo hambre, siempre tengo hambre, un hombre no debe tener hambre, debo, pues, devenir perro, pero ¿cómo? No se tratará ni de imitar al perro ni de una analogía de relaciones. Tengo que conseguir dar a las partes de mi cuerpo relaciones de velocidad y de lentitud que lo hagan devenir perro, en un agenciamiento original que no procede por semejanza o por analogía. Pues no puedo devenir perro sin que el perro no devenga a su vez otra cosa. Para resolver el problema, a Slepiam se le ocurre utilizar unos zapatos, el artificio de los zapatos. Si mis manos son unos zapatos, sus elementos entrarán en una nueva relación de la que derivan el afecto o el devenir buscados. Pero, ¿cómo podría anudar el zapato de mi segunda mano si tengo la primera ocupada? Con mi boca, que su vez está investida en el agenciamiento, y que deviene hocico de perro en la medida en que el hocico de perro sirve ahora para atar mi zapato. En cada etapa del problema, no hay que comparar órganos, sino poner elementos o materiales en una relación que arranca al órgano de su especificidad para hacerlo devenir ―con‖ el otro. Pero el devenir, que ya afecta a los pies, las manos, la boca, va a fracasar a pesar de todo. Fracasa en la cola. Habría que haber investido la cola, forzarla a liberar elementos comunes al órgano sexual y al apéndice caudal, para que el primero sea incluido en el devenir-perro del hombre, al mismo tiempo que

el segundo, en un devenir del perro, en otro devenir que formaría parte del agenciamiento. El plan fracasa, Slepiam no lo consigue en ese punto. La cola sigue siendo, en ambas partes, órgano del hombre y apéndice del perro, que no componen sus relaciones en el nuevo agenciamiento. Ahí es donde surge la deriva psicoanalítica, y donde reaparecen todos los clichés sobre la cola, la madre, el recuerdo de infancia en el que la madre enhebraba unas agujas, todas las figuras concretas y las analogías simbólicas22. Así lo quiere Slepiam, en ese hermoso texto. Pues hay una manera en la que el fracaso del plan forma parte del propio plan: el plan es infinito, podéis comenzarlo de mil maneras, siempre encontraréis algo que llega demasiado tarde o demasiado pronto, y que os obliga a recomponer todas vuestras relaciones de velocidad y de lentitud, todos vuestros afectos, a modificar el conjunto del agenciamiento. Empresa infinita. Pero también el plan tiene otra manera de fracasar; en este caso, porque otro plan reaparece con fuerza e interrumpe el devenir animal, replegando al animal sobre el animal y al hombre sobre el hombre, reconociendo únicamente semejanzas entre elementos y analogías entre relaciones. Slepiam afronta los dos riesgos.

Nosotros queremos decir algo muy simple sobre el psicoanálisis: el psicoanálisis ha encontrado con frecuencia, y desde el principio, el problema de los devenires-animales del hombre. En el niño, que no cesa de atravesar tales devenires. En el fetichismo y sobre todo en el masoquismo, que no cesan de afrontar este problema. Y lo menos que se puede decir es que los psicoanalistas no han entendido nada, ni siquiera Jung, o no han querido entender. Han masacrado el devenir-animal, en el hombre y en el niño. No han visto nada. En el animal, ven un representante de las pulsiones o una representación de los padres. No ven la realidad de un devenir-animal, no ven cómo es el afecto en sí mismo, la pulsión en persona, no representa nada. No hay más pulsiones que los propios agenciamientos. En dos textos clásicos, Freud sólo ve al padre en el devenir-caballo de Hans, y Ferenczi en el devenir-gallo de Arpad. Las orejeras del caballo son el binóculo del padre, lo negro alrededor de la boca, su bigote, las coces son el ―hacer el amor‖ de los padres. Ni una palabra sobre la relación de Hans con la calle, sobre cómo le han prohibido la calle, lo que supone para el niño el espectáculo ―un caballo es noble, un caballo cegado tira, un caballo cae, un caballo es fustigado...‖ El psicoanálisis no tiene el sentido de las participaciones contra natura, ni de los agenciamientos que un niño puede montar para resolver un problema cuyas salidas le han sido cerradas: un plan, no un fantasma. De igual modo, no se dirían tantas tonterías sobre el dolor, la humillación y la angustia en el masoquismo, si se viese que son los devenires-animales los que lo rigen, y no a la inversa. Para conseguir la más elevada Naturaleza siempre se necesitan aparatos, herramientas, artefactos, siempre se necesitan artificios y obligaciones. Pues hay que anular los órganos, en cierto sentido encerrarlos, para que sus elementos liberados puedan entrar en nuevas relaciones de las que derivan el devenir-animal y la circulación de afectos en el seno del agenciamiento maquínico. Así, ya lo hemos visto en otra parte, la máscara, la brida, el freno, la funda de pene en el Equus eróticus: el agenciamiento del devenir-caballo es de tal naturaleza que, paradójicamente, el hombre va a domar sus propias fuerzas ―instintivas‖, mientras que el animal le transmite

fuerzas ―adquiridas‖. Inversión, participación contra natura. Y las botas de la femme-maîtresse tienen por función anular la pierna como órgano humano, y poner los elementos de la pierna en una relación adecuada al conjunto del agenciamiento:

―de esta manera ya no serán las piernas femeninas las que me harán efecto...‖23. Ahora bien, para interrumpir un devenir-animal, basta precisamente con extraer de él un segmento, con abstraer de él un momento, con no tener en cuenta las velocidades y las lentitudes internas, con detener la circulación de los afectos. Entonces ya sólo hay semejanzas imaginarias entre términos, o analogías simbólicas entre relaciones. Tal segmento remitirá al padre, tal relación de movimiento y de reposo remitirá a la escena primitiva, etc. Aun así hay que reconocer que el psicoanálisis no es suficiente para provocar esa interrupción. Tan sólo desarrolla un riesgo incluido en el devenir. El riesgo de estar siempre ―haciendo‖ el animal, el animal doméstico edípico, Miller haciendo guau guau y reclamando un hueso, Fitzgerald lamiéndoos la mano, Slepiam volviendo a su madre, o el viejo haciendo el caballo o el perro en una postal erótica de 1900 (y ―hacer‖ el animal salvaje no sería mejor). Los devenires animales no cesan de atravesar esos peligros.


Recuerdos de una haecceidad. — Un cuerpo no se define por la forma que lo determina, ni como una sustancia o un sujeto determinados, ni por los órganos que posee o las funciones que ejerce. En el plan de consistencia, un cuerpo sólo se define por una longitud y una latitud: es decir, el conjunto de los elementos materiales que le pertenecen bajo tales relaciones de movimiento y de reposo, de velocidad y de lentitud (longitud); el conjunto de los afectos intensivos de los que es capaz, bajo tal poder o grado de potencia (latitud). Tan sólo afectos y movimientos locales, velocidades diferenciales. Corresponde a Spinoza haber puesto de manifiesto esas dos dimensiones del Cuerpo, y haber definido el plan de Naturaleza como longitud y latitud puras. Latitud y longitud son los dos elementos de una cartografía. Existe un modo de individuación muy diferente del de una persona, un sujeto, una cosa o una sustancia. Nosotros reservamos para él el nombre de haecceidad24. Una estación, un invierno, un verano, una hora, una fecha, tienen una individualidad perfecta y que no carece de nada, aunque no se confunda con la de una cosa o de un sujeto. Son haecceidades, en el sentido de que en ellas todo es relación de movimiento y de reposo entre moléculas o partículas, poder de afectar y de ser afectado. Cuando la demonología expone el arte diabólico de los movimientos locales y de los transportes de afectos, señala al mismo tiempo la importancia de las lluvias, granizos, vientos, atmósferas pestilentes o polucionadas con sus partículas deletéreas, favorables a esos transportes. Los cuentos deben implicar haecceidades que no son simplemente ordenamientos, sino individuaciones concretas válidas por sí mismas y que dirigen la metamorfosis de las cosas y de los sujetos. Entre todos los tipos de civilización, Oriente tiene muchas más individuaciones por haecceidad que por subjetividad y sustancialidad: así, el haï-ku debe implicar indicadores como otras tantas líneas flotantes que constituyen un individuo complejo. En Charlotte Brontë, todo se expresa en términos de viento, las cosas, las personas, los rostros, los amores, las palabras. Las ―cinco de la tarde‖ de

Lorca, cuando el amor acaba y surge el fascismo. ¡Qué terribles cinco de la tarde! Se dice: ¡qué historia! ¡qué calor! ¡qué vida!, para designar una individuación muy particular. Las horas del día en Lawrence, en Faulkner. Un grado de calor, una intensidad de blanco son individualidades perfectas; y un grado de calor puede componerse en latitud con otro grado para formar un nuevo individuo, como en un cuerpo que tiene frío aquí y calor allá según su longitud. Helado flameado. Un grado de calor puede componerse con una intensidad de blanco, como en ciertas atmósferas blancas de un verano caluroso. De ningún modo es una individualidad instantánea, que se opondría a la de las permanencias o duraciones, La efemérides contiene tanto tiempo como un calendario perpetuo, aunque no se trata del mismo tiempo. Un animal no vive necesariamente más que un día o una hora; y a la inversa, un grupo de años puede ser tan largo como el sujeto o el objeto más duradero. Se puede concebir un tiempo abstracto igual entre las haecceidades, y los sujetos o las cosas. Entre las lentitudes extremas y las rapideces vertiginosas de la geología o de la astronomía, Michel Tournier destaca la metereología, en la que los meteoros viven a nuestro ritmo: ―Una nube se forma en el cielo como una imagen en mi cerebro, el viento sopla como yo respiro, un arco iris cabalga sobre dos horizontes, el tiempo que necesita mi corazón para reconciliarse con la vida, el verano pasa como pasan las vacaciones de verano‖. Pero, ¿acaso es un azar si esta certidumbre, en la novela de Tournier, sólo puede tenerla un héroe gemelar, deformado y desubjetivado, que ha adquirido una especie de ubicuidad?25. Incluso cuando los tiempos son abstractamente iguales, la individuación de una vida no es la misma que la individuación del sujeto que la lleva o la soporta. Y no es el mismo Plan: plan de consistencia o de composición de las haecceidades en un caso, que sólo conoce velocidades y afectos, plan completamente distinto de las formas, de las sustancias y de los sujetos en el otro caso. Y no es el mismo tiempo, la misma temporalidad. Aiôn, que es el tiempo indefinido del acontecimiento, la línea flotante que sólo conoce las velocidades, y que no cesa a la vez de dividir lo que ocurre en un déjà-là y un pas-encore-là, un demasiado tarde y un demasiado pronto simultáneos, un algo que sucederá y que a la vez acaba de suceder. Y Cronos, que, por el contrario, es el tiempo de la medida, que fija las cosas y las personas, desarrolla una forma y determina un sujeto. Boulez distingue en la música el tempo y el no tempo, el ―tiempo pulsado‖ de una música formal y funcional basada en los valores, y el ―tiempo no pulsado‖ para una música flotante, flotante y maquínica, que sólo tiene velocidades o diferencias de dinámica.26 En resumen, la diferencia no se establece en modo alguno entre lo efímero y lo duradero, ni siquiera entre lo regular y lo irregular, sino entre dos modos de individuación, dos modos de temporalidad.

En efecto, habría que evitar una conciliación demasiado simple, como si por un lado hubiera sujetos formados, del tipo cosas o personas, y por otro, coordenadas espacio-temporales del tipo haecceidades. Pues poco concederéis a las haecceidades si no os dais cuenta de que sois una de ellas, de que no sois nada más que eso. Cuando el rostro deviene una haecceidad: ―era una curiosa mezcla, el rostro de alguien que simplemente ha encontrado el medio de acomodarse al momento presente, al tiempo que hace, a esas personas que están presentes‖27. Sois longitud

y latitud, un conjunto de velocidades y lentitudes entre partículas no formadas, un conjunto de afectos no subjetivados. Tenéis la individuación de un día, de una estación, de un año, de una vida (independientemente de la duración), —de un clima, de un viento, de una niebla, de un enjambre, de una manada (independientemente de la regularidad)—. O al menos podéis tenerla, podéis alcanzarla. Una nube de langostas traída por el viento a las cinco de la tarde; un vampiro que sale de noche, un hombre-lobo que sale con la luna llena. Pero no hay que pensar que la haecceidad consiste simplemente en un decorado o en un fondo que situaría a los sujetos, ni en apéndices que fijarían al suelo las cosas y las personas. Todo el agenciamiento en su conjunto individuado resulta ser una haecceidad; se define por una longitud y una latitud, por velocidades y afectos, independientemente de las formas y de los sujetos que sólo pertenecen a otro plan. El lobo, o el caballo, o el niño dejan de ser sujetos para devenir acontecimientos, en agenciamientos que son inseparables de una hora, de una estación, de una atmósfera, de un aire, de una vida. La calle se compone con el caballo, de igual modo que la rata que agoniza se compone con el aire, y el animal y la luna llena se componen juntos. A lo sumo, se distinguirá las haecceidades de agenciamientos (un cuerpo que sólo es considerado como longitud y latitud), y las haecceidades de inter-agenciamientos, que señalan también las potencialidades de devenir en el seno de cada agenciamiento (el medio de cruzamiento de las longitudes y latitudes). Pero las dos son estrictamente inseparables. El clima, el viento, la estación, la hora, no son de otra naturaleza que las cosas, los animales o las personas que los pueblan, los siguen, duermen o se despiertan en ellos. Hay que leer todo seguido: el animal-caza-a-las-cinco. Devenir-tarde, devenir-noche de un animal, bodas de sangre. ¡Las cinco es este animal!

¡Este animal es este lugar! ―El perro flaco corre por la calle, ese perro flaco es la calle‖, exclama Virginia Woolf. Así hay que percibir. Las relaciones, las determinaciones espacio-temporales no son predicados de la cosa, sino dimensiones de multiplicidades. La calle forma parte tanto del agenciamiento caballo de ómnibus como del agenciamiento Hans en el que ella inicia el devenir-caballo. Todos somos las cinco de la tarde, o bien otra hora, y mejor dos horas a la vez, la óptima y la pésima, mediodía-medianoche, pero distribuidas de forma variable. El plan de consistencia sólo contiene haecceidades según líneas que se entrecruzan. Las formas y los sujetos no pertenecen a ese mundo. El paseo de Virginia Woolf entre la muchedumbre, entre los taxis, —pero precisamente el paseo es una haec-ceidad—: Mrs. Dolloway ya nunca más dirá ―soy esto o soy aquello, él es esto, es aquello‖. ―Se sentía muy joven, y al mismo tiempo terriblemente vieja‖, rápida y lenta, ya ahí y aún no, ―penetraba como una cuchilla a través de todas las cosas, al mismo tiempo estaba fuera de ellas y miraba, (...) siempre le parecía que era muy, muy peligroso vivir, incluso un solo día”. Haecceidad, niebla, luz cruda. Una haecceidad no tiene ni principio ni fin, ni origen ni destino; siempre está en el medio. No está hecha de puntos, sólo está hecha de líneas. Es rizoma.

Y no es el mismo lenguaje, o al menos el mismo uso del lenguaje. Pues si el plan de consistencia sólo tiene como contenido haecceidades, también tiene toda una semiótica particular que le sirve de expresión. Plan de contenido y plan de expresión. Esta semiótica está compuesta sobre todo de nombres propios, de verbos

en infinitivo y de artículos o de pronombres indefinidos. Artículo indefinido+nom-bre propio+verbo en infinitivo constituyen, en efecto, el eslabón de expresión de base, correlativo de los contenidos menos formalizados, desde el punto de vista de una semiótica que se ha liberado tanto de las significancias formales como de las subjetivaciones personales. En primer lugar, el verbo en infinitivo no es en modo alguno indeterminado en cuanto al tiempo, expresa el tiempo no pulsado flotante propio del Aiôn, es decir, el tiempo del acontecimiento puro o del devenir, que enuncia velocidades y lentitudes relativas independientemente de los valores cronológicos o cronométricos que el tiempo adquiere en los otros modos. Por eso se puede oponer con todo derecho el infinitivo como modo y tiempo del devenir al conjunto de los otros modos y tiempos que remiten a Cronos al formar las pulsaciones o los valores del ser (el verbo ―ser‖ es precisamente el único que no tiene infinitivo, o más bien aquel cuyo infinitivo sólo es una expresión vacía indeterminada, considerada abstractamente para designar el conjunto de los modos y tiempos definidos) 28. En segundo lugar, el nombre propio no indica en modo alguno un sujeto: por eso nos parece vano preguntarse si su operación se parece o no a la nominación de una especie, según que el sujeto sea considerado de otra naturaleza que la Forma que lo clasifica, o sólo como el acto último de esa Forma, en tanto que límite de la clasificación29. Pues si el nombre propio no indica un sujeto, tampoco un nombre puede adquirir un valor de nombre propio en función de una forma o de una especie. El nombre propio designa en primer lugar algo que es del orden del acontecimiento, del devenir o de la haecceidad. Y los militares y los meteorólogos tienen el secreto de los nombres propios, cuando los ponen a una operación estratégica, o a un tifón. El nombre propio no es el sujeto de un tiempo, sino el agente de un infinitivo. Señala una longitud y una latitud. Si la Garrapata, el Lobo, el Caballo, etc., son verdaderos nombres propios, no es en razón de los denominadores genéricos y específicos que los caracterizan, sino de las velocidades que los componen y de los afectos que los satisfacen: el acontecimiento que ellos son de por sí y en los agenciamientos, devenir-caballo del pequeño Hans, devenir-lobo del Salvaje, devenir-garrapata del Estoico (otros nombres propios).

En tercer lugar, el artículo y el pronombre indefinidos no son indeterminados, como tampoco el verbo en infinitivo. O más bien sólo carecen de determinación en la medida en que se los aplica a una forma a su vez indeterminada, o a un sujeto determinable. En cambio, no carecen de nada cuando introducen haecceidades, acontecimientos cuya individuación no pasa por una forma y no se hace por un sujeto. En ese caso, el indefinido se conjuga con el máximo de determinación: érase una vez, se maltrata a un niño, un caballo cae... Pues los elementos empleados encuentran aquí su individuación en el agenciamiento del que forman parte, independientemente de la forma de su concepto y de la subjetividad de su persona. Ya hemos señalado varias veces hasta qué punto los niños utilizaban el indefinido no como un indeterminado, sino, por el contrario, como un individuante en un colectivo. Por eso nos sorprenden los esfuerzos del psicoanálisis que quiere a toda costa que, tras de los indefinidos, se oculte un definido, un posesivo, un personal: cuando el niño dice ―un vientre‖, “un caballo‖, ―¿cómo crecen las personas? “, “se

maltrata a un niño‖, el psicoanalista oye ―mi vientre‖, ―el padre‖, ―¿llegaré a ser grande como papá?‖. El psicoanalista pregunta: ¿a quién se maltrata, y por quién?30. Pero la lingüística tampoco está libre del mismo prejuicio, en la medida que es inseparable de una personología; y no sólo el artículo y el pronombre indefinidos, también la tercera persona del pronombre personal carece para la lingüística de la determinación de subjetividad característica de las dos primeras personas, y que sería como la condición de toda enunciación 31.

Nosotros creemos, por el contrario, que el indefinido de la tercera persona, ÉL, ELLOS, no implica ninguna indeterminación desde ese punto de vista, y ya no relaciona el enunciado con un sujeto de enunciación, sino con un agenciamiento colectivo como condición. Blanchot tiene razón cuando dice que el SE y el ÉL se muere, él es desgraciado— no ocupan en modo alguno el lugar de un sujeto, sino que destituyen todo sujeto en provecho de un agenciamiento del tipo haecceidad, que lleva o libera el acontecimiento en lo que tiene de no formado y de no efectuable por personas (―les sucede algo que sólo pueden recuperar si se desprenden de su poder de decir yo‖) 32. El ÉL no representa un sujeto, sino que diagramatiza un agenciamiento. No sobrecodifica los enunciados, no los trasciende como las dos primeras personas, sino que, por el contrario, les impide caer bajo la tiranía de las constelaciones significantes o subjetivas, bajo el régimen de las redundancias vacías. Las cadenas de expresión que articula son aquellas en las que los contenidos pueden ser agenciados en función de un máximo de circunstancias y de devenires. ―Llegan como el destino..., ¿de dónde vienen, cómo han llegado hasta aquí...?‖ — Él o se, artículo indefinido, nombre propio, verbo en infinitivo: UN HANS DEVENIR CABALLO, UNA MANADA LLAMADA LOBO MIRAR EL, SE MORIR, AVISPA ENCONTRAR ORQUIDEA, ELLOS LLEGAN HUNOS. Anuncios por palabras,

máquinas telegráficas en el plan de consistencia (una vez más, habría que pensar en los procedimientos de la poesía china y en las reglas de traducción que proponen los mejores comentaristas) 33.


Recuerdos de un planificador. — Puede que haya dos planes, o dos maneras de concebir el plan. El plan puede ser un principio oculto, que da a ver lo que se ve, a oír lo que se oye..., etc., que hace que a cada instante lo dado esté dado, bajo tal estado, en tal momento. Pero él, el plan, no está dado. Está oculto por naturaleza. Sólo puede inferirse, inducirse, deducirse a partir de lo que da (simultánea o sucesivamente, en sincronía o diacronía). En efecto, un plan de este tipo es tanto de organización como de desarrollo: es estructural o genético, y las dos cosas a la vez, estructura y génesis, plan estructural de las organizaciones formadas con sus desarrollos, plan genético de los desarrollos evolutivos con sus organizaciones. Ahora bien, eso sólo son matices en esta primera concepción del plan. Y conceder demasiada importancia a estos matices nos impediría captar algo más importante. Pues el plan, así concebido o así hecho, concierne de todas maneras al desarrollo de las formas y a la formación de los sujetos. Una estructura oculta necesaria para las formas, un significante secreto necesario para los sujetos. De ahí que forzosamente el propio plan no esté dado. En efecto, sólo existe en una dimensión

suplementaria a lo que da (n+1). De esta forma, en un plan teológico, un designio, un principio mental. Es un plan de transcendencia. Es un plan de analogía, bien porque asigna el término eminente de un desarrollo, bien porque establece las relaciones proporcionales de la estructura. Puede estar en el espíritu de un dios, o en un inconsciente de la vida, del alma o del lenguaje: siempre se deduce de sus propios efectos. Siempre se infiere. Incluso si se le denomina inmanente, sólo lo es por ausencia, analógicamente (metafóricamente, metonímicamente, etc.). El árbol está dado en el germen, pero en función de un plan que no está dado. De igual modo en la música, el principio de organización o de desarrollo no aparece por sí mismo en relación directa con lo que se desarrolla o se organiza: hay un principio com-posicional transcendente que no es sonoro, que no es ―audible‖ por sí mismo o para sí. Eso permite todas las interpretaciones posibles. Las formas y sus desarrollos, los sujetos y sus formaciones remiten a un plan que actúa como unidad transcendente o principio oculto. Siempre se podrá exponer el plan, pero como un fragmento aparte, que no está dado en lo que da. ¿No es así, como en un metalenguaje, cómo el mismo Balzac, e incluso Proust, exponen el plan de organización o de desarrollo de su obra? ¿Y Stockhausen no tiene también necesidad de exponer la estructura de sus formas sonoras como ―al lado‖ de ellas, ante la imposibilidad de hacer que se oiga? Plan de vida, plan de música, plan de escritura, es exactamente lo mismo: un plan que es irrepresentable como tal, que sólo puede inferirse, en función de las formas que desarrolla y los sujetos que forma, puesto que existe para esas formas y esos sujetos.

Y luego hay otro plan completamente distinto, o una concepción del plan completamente distinta. Aquí ya no hay en modo alguno, formas o desarrollos de formas; ni sujetos y formación de sujetos. No hay ni estructura ni génesis. Tan sólo hay relaciones de movimiento y de reposo, de velocidad y de lentitud entre elementos no formados, al menos relativamente no formados, moléculas y partículas de todo tipo. Tan sólo hay haecceidades, afectos, individuaciones sin sujeto, que constituyen agenciamientos colectivos. Nada se desarrolla, pero, tarde o temprano, suceden cosas, y forman tal o tal agenciamiento según sus composiciones de velocidad. Nada se subjetiva, pero se forman haecceidades según las composiciones de potencias o de afectos no subjetivados. Este plan, que sólo conoce longitudes y latitudes, velocidades y haecceidades, nosotros lo denominamos plan de consistencia o de composición (por oposición al plan de organización y de desarrollo). Un plan que es necesariamente de inmanencia y de univocidad. Así pues, nosotros lo denominamos plan de Naturaleza, aunque la naturaleza no tenga nada que ver ahí, puesto que ese plan no establece ninguna diferencia entre lo natural y lo artificial. Por más que crezca en dimensiones, nunca tiene una dimensión suplementaria a lo que pasa en él. Por eso mismo es natural e inmanente. Ocurre como con el principio de contradicción: también se le puede llamar de no contradicción. El plan de consistencia también podría denominarse de no consistencia. Es un plano geométrico, que ya no remite a un designio mental, sino a un dibujo abstracto. Es un plano cuyas dimensiones no cesan de crecer, de acuerdo con lo que en él pasa, sin que por ello pierda nada de su pla-nitud. Es, pues, un plan de proliferación, de poblamiento, de contagio; pero esta

proliferación de material no tiene nada que ver con una evolución, con el desarrollo de una forma o la filiación de las formas. Y mucho menos con una regresión, que remontaría hacia un principio. Al contrario, es una involución, en la que la forma no cesa de ser disuelta para liberar tiempos y velocidades. Es un plano fijo, plano fijo sonoro, visual o de escritura, etc. Fijo no quiere decir aquí inmóvil: es tanto el estado absoluto del movimiento como el del reposo, en el que se esbozan todas las velocidades y lentitudes relativas y sólo ellas. Algunos músicos modernos oponen al plan transcendente de organización, que supuestamente ha dominado toda la música clásica occidental, un plan sonoro inmanente, siempre dado con lo que da, que permite percibir lo imperceptible, y que ya sólo contiene velocidades y lentitudes diferenciales en una especie de chapoteo molecular: la obra de arte debe señalar los segundos, las décimas, las centésimas de segundo34. O más bien se trata de una liberación del tiempo, Aiôn, tiempo no pulsado para una música flotante, como dice Boulez, música electrónica en la que las formas son sustituidas por puras modificaciones de velocidad. Jonh Cage es sin duda el primero que ha desplegado lo más perfectamente posible ese plano fijo sonoro que afirma un proceso frente a toda estructura y génesis, un tiempo flotante frente al tiempo pulsado o el tempo, una experimentación frente a toda interpretación, y en el que tanto el silencio como el reposo sonoro señalan el estado absoluto del movimiento. Otro tanto se diría del plano fijo visual: el plano fijo cinematográfico es efectivamente llevado por Godard, por ejemplo, a ese estado en el que las formas se disuelven para ya sólo dejar ver las minúsculas variaciones de velocidad entre movimientos compuestos. Nathalie Sarraute propone por su cuenta una clara distinción entre dos planes de escritura: un plan transcendente que organiza y desarrolla formas (géneros, temas, motivos), que asigna y hace evolucionar sujetos (personajes, caracteres, sentimientos); y otro plan completamente distinto que libera las partículas de una materia anónima, las hace comunicar a través de la ―envoltura‖ de las formas y de los sujetos, y sólo mantiene entre esas partículas relaciones de movimiento y de reposo, de velocidad y de lentitud, de afectos flotantes, de tal forma que el propio plan se percibe al mismo tiempo que nos permite percibir lo imperceptible (microplan, plan molecular).35 Y, en efecto, desde el punto de vista de una abstracción bien fundada, podemos hacer como si los dos planes, las dos concepciones del plan, se opusieran clara y absolutamente. Desde ese punto de vista, se dirá: veis perfectamente la diferencia entre los dos tipos de proposiciones siguientes, 1) unas formas se desarrollan, unos sujetos se forman, en función de un plan que sólo puede inferirse (plan de organización-desarrollo); 2) tan sólo hay velocidades y lentitudes entre elementos no formados, y afectos entre potencias no subjetivadas, en función de un plan que está necesariamente dado al mismo tiempo que lo que da (plan de consistencia o de composición).36

Veamos tres ejemplos mayores de la literatura alemana del siglo XIX, Hölderlin, Kleist y Nietzsche. —Por ejemplo, la extraordinaria composición de Hyperion, en Hölderlin, tal como Robert Robinia la ha analizado: la importancia de las haecceidades del tipo estaciones, que constituyen a la vez, de dos maneras diferentes, el ―marco del relato‖ (plan) y el detalle de lo que pasa en él (los agenciamientos e interagenciamientos) 37. Pero también, en la sucesión de las estaciones, y

en la superposición de una misma estación de años diferentes, la disolución de las formas y de las personas, la liberación de los movimientos, velocidades, retrasos, afectos, como si algo se escapase de una materia impalpable a medida que el relato progresa. Y quizá también la relación con una ―realpolítica‖; con una máquina de guerra; con una máquina musical de disonancia. —Kleist: cómo en él, tanto en su escritura como en su vida, todo deviene velocidad y lentitud. Sucesión de catatonías y de velocidades extremas, de desvanecimientos y de flechas. Dormir sobre su caballo e ir al galope. Saltar de un agenciamiento a otro gracias a un desvaneci-miento, franqueando un vacío. Kleist multiplica los ―planes de vida‖, pero siempre se trata de un sólo y mismo plan que incluye sus vacíos y sus fracasos, sus saltos, sus temblores de tierra y sus pestes. El plan no es principio de organización, sino medio de transporte. Ninguna forma se desarrolla, ningún sujeto se forma, sino que afectos se desplazan y devenires se catapultan y forman un bloque, como el devenir-mujer de Aquiles y el devenir-perra de Pentesilea. Kleist ha explicado maravillosamente cómo las formas y las personas sólo eran apariencias, producidas por el desplazamiento de un centro de gravedad en una línea abstracta, y por la conjunción de esas líneas en un plan de inmanencia. El oso le parece un animal fascinante, al que no se puede engañar, puesto que, con sus pequeños ojos crueles, ve tras las apariencias el verdadero ―alma del movimiento‖, el Gemüt o el afecto no subjetivo: devenir-oso de Kleist. Incluso la muerte sólo puede ser pensada como el cruce de reacciones elementales a velocidades demasiado diferentes. Un cráneo explota, obsesión de Kleist. Toda la obra de Kleist está atravesada por una máquina de guerra invocada contra el Estado, por una máquina musical invocada contra la pintura o el ―cuadro‖. Es curioso cómo Goethe y Hegel odian esta nueva escritura. Pues, para ellos, el plan debe ser indisolublemente desarrollo armonioso de la Forma y formación regulada del Sujeto, personaje o carácter (la educación sentimental, la solidez substancial e interior del carácter, la armonía o la analogía de las formas y la continuidad del desarrollo, el culto del Estado, etc.). Tienen una concepción del Plan totalmente opuesta a la de Kleist. Antigoetheismo, antihe-gelianismo de Kleist, y ya de Hölderlin. Goethe ve lo esencial cuando reprocha a Kleist que establezca un puro ―proceso estacionario‖ semejante en efecto al plano fijo y, a la vez, que introduzca vacíos y saltos que impiden cualquier desarrollo de un carácter central, que movilice una violencia de afectos que entraña una gran confusión de sentimientos.38

En Nietzsche, sucede lo mismo, pero con otros medios. Ya no hay ni desarrollo de formas ni formación de sujetos. Lo que Nietzsche reprocha a Wagner es que haya conservado aún demasiada forma armoniosa y demasiados personajes pedagógicos, ―caracteres‖: demasiado de Hegel y de Goethe. Lo contrario que Bizet, decía Nietzsche... A nosotros nos parece que, en Nietzsche, el problema no es fundamentalmente el de una escritura fragmentaria. Más bien es el de las velocidades o las lentitudes: no escribir lenta o rápidamente, sino que la escritura, y todo lo demás, sean producción de velocidades y de lentitudes entre partículas. Ninguna forma podrá resistirlo, ningún carácter o sujeto le sobrevivirá. Zaratustra sólo tiene velocidades y lentitudes, y el eterno retorno, la vida del eterno retorno, es la primera gran liberación concreta de un tiempo no pulsado. Ecce Homo sólo

tiene individuaciones por haecceidades. El Plan, así concebido, siempre tiene forzosamente que fallar, pero los fallos forman parte integrante del plan: cf. la multitud de planes para La voluntad de poder. En efecto, dado un aforismo, siempre será posible, e incluso necesario, introducir entre sus elementos nuevas relaciones de velocidad y de lentitud que le hacen cambiar verdaderamente de agenciamiento, saltar de un agenciamiento a otro (el problema no es, pues, el del fragmento). Como dice Cage, lo propio del plan es que falle39. Precisamente porque no es de organización, de desarrollo o de formación, sino de transmutación no voluntaria. O bien Boulez: ―programar la máquina para que cada vez que se vuelva a pasar una banda, dé características diferentes de tiempo‖. En ese caso, el plan, plan de vida, plan de escritura, plan de música, etc., sólo puede fallar, puesto que es imposible ser fiel a él, pero los fallos forman parte del plan, puesto que éste crece o decrece con las dimensiones de lo que desarrolla cada vez (planitud de n dimensiones). Extraña máquina, a la vez de guerra, de música y de contagio-prolife-ración-involución.

¿Por qué la oposición de los dos tipos de planes remite, sin embargo, a una hipótesis todavía abstracta? Porque constantemente se pasa del uno al otro, por grados insensibles y sin saberlo, o sabiéndolo tan sólo a posteriori. Porque constantemente se reconstituye el uno en el otro, o se extrae el uno del otro. Por ejemplo, basta con hundir el plan flotante de inmanencia, con enterrarlo en las profundidades de la Naturaleza en lugar de dejarlo actuar libremente en la superficie, para que pase ya del otro lado, y desempeñe el papel de un fundamento que ya sólo puede ser principio de analogía desde el punto de vista de la organización, ley de continuidad desde el punto de vista del desarrollo40. Pues el plan de organización o de desarrollo engloba efectivamente lo que llamamos estratificación: las formas y los sujetos, los órganos y las funciones son ―estratos‖ o relaciones entre estratos. Por el contrario, el plan como plan de inmanencia, consistencia o composición, implica una desestratificación de toda la Naturaleza, incluso por los medios más artificiales. El plan de consistencia es el cuerpo sin órganos. Las puras relaciones de velocidad y de lentitud entre partículas, tal como aparecen en el plan de consistencia, implican movimientos de desterritorialización, de la misma manera que los puros afectos implican una empresa de desubjetivación. Es más, el plan de consistencia no preexiste a los movimientos de desterritorialización que lo desarrollan, a las líneas de fuga que lo trazan y lo hacen subir a la superficie, a los devenires que lo componen. Por eso el plan de organización no cesa de actuar sobre el plan de consistencia, intentando siempre bloquear las líneas de fuga, detener o interrumpir los movimientos de desterritorialización, lastrarlos, reestratificarlos, reconstituir en profundidad formas y sujetos. Y, a la inversa, el plan de consistencia no cesa de extraerse del plan de organización, de hacer que se escapen partículas fuera de los estratos, de embrollar las formas a fuerza de velocidad o de lentitud, de destruir las funciones a fuerza de agenciamientos, de microagenciamientos. Pero, una vez más, cuánta prudencia es necesaria para que el plan de consistencia no devenga un puro plan de abolición, o de muerte. Para que la involución no se transforme en regresión en lo indiferenciado. ¿No habrá que con-

servar un mínimo de estratos, un mínimo de formas y de funciones, un mínimo de sujeto para extraer de él materiales, afectos, agenciamientos?

Por eso debemos oponer los dos planes como dos polos abstractos: por ejemplo, al plan organizativo transcendente de una música occidental, basado en las formas sonoras y su desarrollo, se opone un plan de consistencia inmanente de la música oriental, hecho de velocidades y de lentitudes, de movimientos y de reposos. Pero, según la hipótesis concreta, todo el devenir de la música occidental, todo devenir musical implica un mínimo de formas sonoras, e incluso de funciones armónicas y melódicas, a través de las cuales se hará pasar las velocidades y las lentitudes, que las reducen precisamente al mínimo. Beethoven produce la más asombrosa riqueza polifónica con temas relativamente pobres de tres o cuatro notas. Hay una proliferación material que es inseparable de una disolución de la forma (involución), y que a la vez se acompaña de un desarrollo continuo de ésta. Quizá el genio de Schumann sea el caso más sorprendente en el que una forma sólo es desarrollada por las relaciones de velocidad y de lentitud con las que se le afecta material y emocionalmente. La música no ha cesado de infringir a sus formas y a sus motivos transformaciones temporales, aumentos o disminuciones, retrasos o precipitaciones, que no sólo se hacen según las leyes de organización e incluso de desarrollo. Los microintervalos, en expansión o contracción, actúan en los intervalos codificados. Con mayor motivo, Wagner y los postwagnerianos li-berarán las variaciones de velocidad entre partículas sonoras. Ravel y Debussy conservan de la forma aquello precisamente que se necesita para romperla, afec-tarla, modificarla, bajo las velocidades y las lentitudes. El Bolero es, llevado hasta la caricatura, el tipo de agenciamiento maquínico que conserva el mínimo de forma para llevarla hasta la desintegración. Boulez habla de las proliferaciones de pequeños motivos, de las acumulaciones de pequeñas notas que proceden cinemática y afectivamente, que arrastran una forma simple añadiéndole indicaciones de velocidad, y que permiten producir relaciones dinámicas extremadamente complejas a partir de relaciones formales intrínsecamente simples. Incluso un rubato de Chopin no puede ser reproducido, puesto que cada vez tendrá características diferentes de tiempo41. Es como si un inmenso plan de consistencia de velocidad variable no cesara de arrastrar las formas y las funciones, las formas y los sujetos, para extraer de ellas partículas y afectos. Un reloj que daría toda una variedad de velocidades.

¿Qué es una muchacha, qué es un grupo de muchachas? Proust, al menos, lo ha demostrado de forma definitiva: cómo su individuación, colectiva o singular, no procede por subjetividad, sino por haecceidad, pura haecceidad. ―Seres fugaces‖. Puras relaciones de velocidades y de lentitudes, ni más ni menos. Una muchacha está retrasada debido a la velocidad: ha hecho demasiadas cosas, atravesado demasiados espacios con relación al tiempo relativo del que la esperaba. En ese caso, la lentitud aparente de la muchacha se transforma en loca velocidad de nuestra espera. A este respecto hay que decir, y para que el conjunto de La Recherche du temps perdu, que Swann no está en modo alguno en la misma situación que el narrador. Swann no es un esbozo o un precursor del narrador, salvo secundariamente, y en raros momentos. No están en modo alguno en el mismo plan.

Swann no cesa de pensar y de sentir en términos de sujeto, de forma, de semejanza entre sujetos, de correspondencia entre formas. Para él, una mentira de Odette es una forma cuyo contenido subjetivo secreto debe ser descubierto, y suscitar una actividad de policía amateur. Para él la música de Vinteuil es una forma que debe recordar a otra cosa, plegarse sobre otra cosa, hacer eco a otras formas, pinturas, rostros o paisajes. En cambio, el narrador, por más que siga las huellas de Swann, no deja de estar en otro elemento, en otro plan. Una mentira de Albertine ya no tiene apenas contenido, al contrario, tiende a confundirse con la emisión de una partícula procedente de los ojos del amado, y que tiene valor por sí misma, que va demasiado rápido en el campo visual o auditivo del narrador, velocidad molecular insoportable en verdad, puesto que indica una distancia, un entorno en el que Albertine quisiera estar y ya está42. Por eso la actitud del narrador ya no será fundamentalmente la de un policía que investiga, sino otra figura muy diferente, la de un carcelero: ¿cómo devenir dueño de la velocidad, cómo soportarla nerviosamente como una neuralgia, perceptualmente como un relámpago, cómo construir una prisión para Albertine? Y si los celos ya no son los mismos cuando se pasa de Swann al narrador, la percepción de la música tampoco lo es: Vinteuil cada vez es menos captado según formas analógicas y sujetos comparables, y adquiere velocidades y lentitudes inauditas que se conectan en un plan de consistencia de variación, el mismo de la música y de La Recherche (del mismo modo, los motivos wagnerianos abandonan cualquier rigidez de forma y cualquier asignación de personajes). Diríase que los esfuerzos desesperados de Swann por reterritorializar el flujo de las cosas (Odette en un secreto, la pintura en un rostro, la música en el bosque de Boulogne) han sido sustituidos por el movimiento acelerado de la desterritorialización, por un acelerado lineal de la máquina abstracta, que arrastra los rostros y los paisajes, y luego el amor, y luego los celos, y luego la pintura, y luego la música, según coeficientes cada vez más fuertes que van a alimentar la Obra, sin perjuicio de disolverlo todo, y de morir. Pues el narrador, a pesar de las victorias parciales, fracasará en su proyecto, que de ninguna manera era recuperar el tiempo ni forzar la memoria, sino devenir dueño de las velocidades, al ritmo de su asma. Afrontar el aniquilamiento. Otra salida era posible, o Proust la habrá hecho posible.


Recuerdos de una molécula.— El devenir-animal sólo es un caso entre otros. Estamos atrapados en segmentos de devenir, entre los que podemos establecer una especie de orden o de progresión aparente: devenir-mujer, devenir-niño; devenir-animal, vegetal o mineral; devenires moleculares de todo tipo, devenires-partículas. Fibras conducen unos a otros, transforman los unos en los otros, atravesando las puertas y los umbrales. Cantar o componer, pintar, escribir no tienen quizá otra finalidad: desencadenar esos devenires. Sobre todo la música; todo un devenir-mujer, un devenir-niño atraviesan la música, no sólo al nivel de las voces (la voz inglesa, la voz italiana, el contra-tenor, el castrado), sino al nivel de los temas y de los motivos: el pequeño ritornelo, la ronda, las escenas de infancia y los juegos de infancia. La instrumentación, la orquestación están llenas de devenires- animales, devenires-pájaro en primer lugar, pero también otros mu-

chos. Los chapoteos, los vagidos, las estridencias moleculares están presentes desde el principio, incluso si la evolución instrumental, unida a otros factores, les da hoy en día cada vez mayor importancia, como el valor de un nuevo umbral desde el punto de vista de un contenido específicamente musical: la molécula sonora, las relaciones de velocidad y de lentitud entre partículas. Los devenires-animales se lanzan a devenires moleculares. En ese caso, se plantean todo tipo de problemas.

En cierto sentido, hay que empezar por el final: todos los devenires son ya moleculares. Pues devenir no es imitar a algo o a alguien, no es identificarse con él, tampoco es proporcionar relaciones formales. Ninguna de esas dos figuras de analogía conviene al devenir, ni la imitación de un sujeto, ni la proporcionalidad de una forma. Devenir es, a partir de las formas que se tiene, del sujeto que se es, de los órganos que se posee o de las funciones que se desempeña, extraer partículas, entre las que se instauran relaciones de movimiento y de reposo, de velocidad y de lentitud, las más próximas a lo que se está deviniendo, y gracias a las cuales se deviene. En ese sentido, el devenir es el proceso del deseo. Ese principio de proximidad o de aproximación es muy particular, y no reintroduce ninguna analogía. Indica lo más rigurosamente posible una zona de entorno o de copresencia de una partícula, el movimiento que adquiere cualquier partícula cuando entra en esa zona. Louis Wolfson se lanza a una extraña empresa: esquizofrénico, traduce lo más rápidamente posible cada frase de su lengua materna en palabras extrañas que tienen un sonido y un sentido semejantes; anoréxico, se precipita hacia la nevera, abre las latas, extrae elementos con los que se atiborra lo más rápidamente posi-ble43. Sería falso pensar que toma prestadas de las lenguas extranjeras las palabras

―disfrazadas‖ que necesita. Más bien extrae de su propia lengua partículas verbales que ya no pueden pertenecer a la forma de esa lengua, de la misma manera que extrae de los alimentos partículas alimentarias que ya no pertenecen a las sustancias nutritivas formadas: los dos tipos de partículas se aproximan. También se puede decir: emitir partículas que adquieren tales relaciones de movimiento y de reposo porque entran en tal zona de entorno; o: que entran en esa zona porque adquieren esas relaciones. Una haecceidad es inseparable de la niebla o de la bruma que dependen de una zona molecular, de un espacio corpuscular. El entorno es una noción a la vez topológica y cuántica, que indica la pertenencia a una misma molécula, independientemente de los sujetos considerados y de las formas determinadas.

Schérer y Hocquenghem han puesto de relieve ese punto esencial, al reconsiderar el problema de los niños-lobo. Por supuesto, no se trata de una producción real, como si el niño hubiese devenido ―realmente‖ animal; tampoco se trata de una semejanza, como si el niño hubiese imitado a animales que le habrían realmente criado; tampoco se trata de una metáfora simbólica, como si el niño autista, abandonado o perdido, sólo hubiese devenido el ―análogo‖ de un animal. Schérer y Hocquenghem tienen razón cuando denuncian ese falso razonamiento, basado en un culturalismo o un moralismo que invocan la irreductibilidad del orden humano: pues el niño no se ha transformado en animal, sólo mantendría una relación metafórica con él, inducida por su debilidad o su rechazo. Por su cuenta, ellos

invocan una zona objetiva de indeterminación o de incertidumbre, ―algo común o indiscernible‖, un entorno ―que hace que resulte imposible decir por dónde pasa la frontera entre lo animal y lo humano‖, no sólo en los niños autistas, sino en todos los niños, como si, independientemente de la evolución que le empuja hacia el adulto, hubiese en el niño espacio para otros devenires, ―otras posibilidades contemporáneas‖, que no son regresiones, sino involuciones creadoras, y que hablan “de una inhumanidad vivida inmediatamente en el cuerpo como tal”, bodas contra natura ―fuera del cuerpo programado‖. Realidad del devenir-animal, sin que uno devenga animal en realidad. En ese caso, de nada sirve objetar que el niño-perro sólo hace el perro en los límites de su constitución formal, y lo que hace de canino es algo que otro ser humano hubiera podido hacer si hubiera querido. Pues lo que hay que explicar es precisamente que todos los niños, e incluso muchos adultos, lo hacen más o menos, muestran una connivencia inhumana con el animal más bien que una comunidad simbólica edípica44. Tampoco hay que pensar que los niños que comen hierba, o que comen tierra, o carne cruda, sólo obtienen vitaminas o elementos de los que su organismo carecería. Se trata de hacer cuerpo con el animal, un cuerpo sin órganos definido por zonas de intensidad o de entorno. ¿De dónde procede entonces esa indeterminación, esa indiscernibilidad objetiva de las que hablan Schérer y Hocquenghem?

Por ejemplo: no imitar al perro, sino componer su organismo con otra cosa, de tal forma que del conjunto así compuesto se hagan salir partículas que serán ca-ninas en función de la relación de movimiento y de reposo, o del entorno molecular en el que entran. Se sobreentiende que esa otra cosa puede ser muy variada, y estar relacionada más o menos directamente con el animal en cuestión: puede ser el alimento natural del animal (la tierra y el gusano), puede ser sus relaciones exteriores con otros animales (se devendrá perro con gatos, se devendrá mono con un caballo), puede ser un aparato o prótesis que el hombre le impone (bozal, bridas, etc.), incluso puede ser algo que ya no tiene una relación ―localizable‖ con el animal considerado. En este último caso, hemos visto cómo Slepian basa su tentativa de devenir-perro en la idea de atar unos zapatos a sus manos, de atarlos con su boca-hocico. Philippe Gavi cita las proezas de Lolito, comedor de botellas, de cerámicas y de porcelanas, de hierro, e incluso de bicicletas, que declara: ―me considero como mitad animal, mitad hombre. Quizá más animal que hombre. Adoro los animales, sobre todo los perros, me siento ligado a ellos. Mi dentición se ha adaptado; de hecho, cuando no como vidrio o hierro, mi mandíbula me corroe, como la de un perro joven que tiene necesidad de roer un hueso‖45. Interpretar la palabra ―como‖ a la manera de una metáfora, o proponer una analogía estructural de relaciones (hombre-hierro=perro-hueso), es no entender nada del devenir. La palabra ―como‖ forma parte de esas palabras que cambian singularmente de sentido y de función desde el momento en que se las relaciona con haecceidades, desde el momento en que se las convierte en expresiones de devenires, y no en estados significados ni relaciones significantes. Puede que un perro ejercite su mandíbula sobre hierro, pero en ese caso ejercita su mandíbula como órgano molar. Cuando Lolito come hierro es completamente diferente: compone su mandíbula con el hierro de tal manera que él mismo deviene una mandíbula de

perro-molecular. El actor De Niro, en una secuencia de una película, camina

―como‖ un cangrejo; pero no se trata, dice él, de imitar al cangrejo; se trata de componer con la imagen, con la velocidad de la imagen, algo que tiene que ver con el cangrejo46. Y eso es lo esencial para nosotros: sólo se deviene animal si se emite, por medios y elementos cualesquiera, corpúsculos que entran en la relación de movimiento y de reposo de las partículas animales, o, lo que viene a ser lo mismo, en la zona de entorno de la molécula animal. Sólo se puede devenir animal molecular. No se deviene perro molar ladrador, sino que al ladrar, si se hace con bastante coraje, necesidad y composición, se emite un perro molecular. El hombre no deviene lobo, ni vampiro, como si cambiara de especie molar; pero el vampiro y el hombre-lobo son devenires del hombre, es decir, entornos entre moléculas compuestas, relaciones de movimiento y de reposo, de velocidad y de lentitud, entre partículas emitidas. Por supuesto, existen hombres-lobos, vampiros, a nosotros no nos cabe la menor duda, pero no busquéis en ellos la semejanza o la analogía con el animal, pues se trata del devenir-animal en acto, de la producción del animal molecular (en cambio, el animal ―real‖ está atrapado en su forma y su subjetividad molares). El animal muestra los dientes en nosotros como la rata de Hoffmanstahl, o la flor, sus pétalos, pero eso se produce por emisión corpuscular, por entorno molecular, y no por imitación de un sujeto, ni por proporcionalidad de forma. Albertine siempre puede imitar a una flor, pero cuando duerme, y se compone con las partículas de sueño, es cuando su lunar y la textura de su piel entran en una relación de reposo y de movimiento que la sitúan en la zona de un vegetal molecular: devenir- planta de Albertine. Y cuando está prisionera emite las partículas de un pájaro. Y cuando huye, cuando se lanza en su línea de fuga, deviene caballo, incluso si es el caballo de la muerte.

Sí, todos los devenires son moleculares; el animal, la flor o la piedra que devenimos son colectividades moleculares, haecceidades, no formas, objetos o sujetos molares que conocemos fuera de nosotros, y que reconocemos a fuerza de experiencia o de ciencia, o de costumbre. Pues bien, si esto es verdad, también es válido para las cosas humanas: hay un devenir-mujer, un devenir-niño, que no se parecen a la mujer o al niño como entidades molares bien distintas (aunque la mujer o el niño puedan tener posiciones privilegiadas posibles, pero sólo posibles, en función de tales devenires). Lo que nosotros llamamos aquí entidad molar es, por ejemplo, la mujer en tanto que está atrapada en una máquina dual que la opone al hombre, en tanto que está determinada por su forma, provista de órganos y de funciones, asignada como sujeto. Pues bien, devenir-mujer no es imitar esa entidad, ni siquiera transformarse en ella. Sin embargo, no hay que olvidar la importancia de la imitación, o de momentos de imitación, en algunos homosexuales machos; y todavía menos, la prodigiosa tentativa de transformación real en algunos travestís. Lo único que queremos decir es que esos aspectos inseparables del devenir-mujer deben entenderse sobre todo en función de otra cosa: ni imitar ni adquirir la forma femenina, sino emitir partículas que entran en la relación de movimiento y de reposo, o en la zona de entorno de una microfeminidad, es decir, producir en nosotros mismos una mujer molecular, crear la mujer molecular. Nosotros no queremos decir que una creación de este tipo sea patrimonio del

hombre, sino, al contrario, que la mujer como entidad molar tiene que devenir-mujer, para que el hombre también lo devenga o pueda devenirlo. Por supuesto, es indispensable que las mujeres hagan una política molar, en función de una conquista que realizan de su propio organismo, de su propia historia, de su propia subjetividad: ―nosotras en tanto que mujeres...‖ aparece entonces como sujeto de enunciación. Pero es peligroso adaptarse a un sujeto de este tipo, que no funciona sin agotar una fuente o frenar un flujo. A menudo, el canto de la vida lo entonan las mujeres más secas, movidas por un resentimiento, una voluntad de poder y un frío maternalismo. De la misma manera que un niño agotado hace tanto mejor el niño cuanto que ningún flujo de infancia emana ya de él. Tampoco basta con decir que cada sexo contiene el otro, y debe desarrollar en sí mismo el polo opuesto. El concepto de bisexualidad no es mejor que el de la separación de los sexos. Mi-niaturizar, interiorizar la máquina binaria, es tan inoportuno como exasperarla, así no se resuelve el problema. Hay, pues, que concebir una política femenina molecular, que se insinúa en los enfrentamientos molares y pasa bajo ellos, o a través de ellos.

Cuando le preguntan a Virginia Woolf sobre una escritura específicamente femenina, se espanta ante la idea de escribir ―en tanto que mujer‖. Más bien es necesario que la escritura produzca un devenir-mujer, como átomos de feminidad, capaces de recorrer y de impregnar todo un campo social, y de contaminar a los hombres, de atraparlos en ese devenir. Partículas muy suaves, pero también duras y obstinadas, irreductibles, indomables. El ascenso de las mujeres en la narrativa inglesa no respetará a ningún hombre: aquellos que pasan por ser los más viriles, los más falócratas, Lawrence, Miller, no cesarán de captar y de emitir a su vez esas partículas que entran en el entorno o en la zona de indiscernibilidad de las mujeres. Al escribir devienen-mujer. Pues el problema no es, o no sólo es el del organismo, el de la historia y el del sujeto de enunciación que oponen lo masculino y lo femenino en las grandes máquinas duales. El problema es en primer lugar el del cuerpo —el cuerpo que nos roban para fabricar organismos oponibles—. Pues bien, a quien primero le roban ese cuerpo es a la joven: ―no pongas esa postura‖,

―ya no eres una niña‖, ―no seas marimacho‖, etc. A quien primero le roban su devenir para imponerle una historia o una prehistoria, es a la joven. El tumo del joven viene después, pues al ponerle la joven como ejemplo, al mostrarle la joven como objeto de su deseo, le fabrican a su vez un organismo opuesto, una historia dominante. La joven es la primera víctima, pero también debe servir de ejemplo y de trampa. Por eso, inversamente, la reconstrucción del cuerpo como Cuerpo sin órganos, el anorganismo del cuerpo, es inseparable de un devenir-mujer o de la producción de una mujer molecular. Sin duda, la joven deviene mujer, en el sentido orgánico o molar. Y a la inversa, el devenir-mujer o la mujer molecular son la propia joven. La joven no se define ciertamente por la virginidad, sino por una relación de movimiento y de reposo, de velocidad y de lentitud, por una combinación de átomos, una emisión de partículas: haecceidad. No cesa de correr en un cuerpo sin órganos. Es una línea abstracta, o línea de fuga. Además, las jóvenes no pertenecen a una edad, a un sexo, a un orden o a un reino: más bien circulan entre los órdenes, los actos, las edades, los sexos; producen n sexos moleculares en la

línea de fuga, con relación a las máquinas duales que atraviesan de un lado a otro. La única manera de salir de los dualismos, estar-entre, pasar entre, intermezzo, lo que Virginia Woolf ha vivido con todas sus fuerzas, en toda su obra, deviniendo constantemente. La joven es como un bloque de devenir que sigue siendo contemporáneo de cada término oponible, hombre, mujer, niño, adulto. La joven no deviene mujer, es el devenir-mujer el que hace universal a la joven; el niño no deviene adulto, es el devenir-niño el que hace universal una juventud. Trost, autor misterioso, ha hecho un retrato de muchacha al que asocia la suerte de la revolución: su velocidad, su cuerpo libremente maquínico, sus intensidades, su línea abstracta o de fuga, su producción molecular, su indiferencia por la memoria, su carácter no figurativo —lo ―no-figurativo del deseo‖47—. ¿Juana de Arco? ¿Sin-gularidad de la joven en el terrorismo ruso, la joven de la bomba, depositaria de la dinamita? Es cierto que la política molecular pasa por la joven y el niño. Pero también es cierto que las jóvenes y los niños no sacan sus fuerzas del estatuto molar que los domina, ni del organismo y de la subjetividad que reciben; sacan todas sus fuerzas del devenir molecular que hacen pasar entre los sexos y las edades, devenir-niño tanto del adulto como del niño, devenir-mujer tanto del hombre como de la mujer. La joven y el niño no devienen, es el propio devenir el que es niño o joven. El niño no deviene adulto, como tampoco la joven deviene mujer; pero la joven es el devenir-mujer de cada sexo, del mismo modo que el niño es el devenir-joven de cada edad. Saber envejecer no es mantenerse joven, es extraer de la edad que se tiene las partículas, las velocidades y lentitudes, los flujos que constituyen la juventud de esa edad. Saber amar no es seguir siendo hombre o mujer, es extraer de su sexo las partículas, las velocidades y lentitudes, los flujos, los n sexos que constituyen la joven de esa sexualidad. Pues la propia Edad es un devenir-niño, de la misma manera que la Sexualidad, cualquier sexualidad, es un devenir-mujer, es decir, una joven. —Todo esto para responder a la estúpida pregunta: ¿por qué Proust ha convertido a Albert en Albertine?

Ahora bien, si todos los devenires son ya moleculares, incluido el devenir-mujer, también hay que decir que todos los devenires comienzan y pasan por el devenir-mujer. Es la llave de los otros devenires. Que el hombre de guerra se disfrace de mujer, que huya disfrazado de muchacha, que se haga pasar por una muchacha, no es un incidente provisional y vergonzoso en su carrera. Ocultarse, camuflarse es una función guerrera; y la línea de fuga atrae al enemigo, atraviesa algo y hace huir lo que atraviesa; en el infinito de una línea de fuga surge el guerrero. Ahora bien, si la feminidad del hombre de guerra no es accidental, eso no quiere decir que sea estructural, o que esté regulada por una correspondencia de relaciones. No se entiende muy bien cómo la correspondencia entre las dos relaciones, ―hombre-guerra‖ y ―mujer-matrimonio‖ podría entrañar una equivalencia del guerrero con la joven en tanto que mujer que rechaza el matrimonio48. Tampoco se entiende cómo la bixesualidad general, o incluso la homosexualidad de las sociedades militares, explicarían ese fenómeno que no es más imitativo que estructural, sino que más bien representa una anomia esencial al hombre de guerra. Este fenómeno debe entenderse en términos de devenir. Hemos visto cómo el hombre de guerra, por su furor y su celeridad, estaba atrapado en devenires-ani-

males irresistibles. Estos devenires encuentran su condición en el devenir-mujer del guerrero, o en su alianza con la joven, en su contagio con ella. El hombre de guerra es inseparable de las Amazonas. La unión de la joven y del hombre de guerra no produce animales, sino que produce a la vez el devenir-mujer del uno y el devenir-animal de la otra, en un solo y mismo ―bloque‖ en el que el guerrero deviene a su vez animal por contagio de la joven, al mismo tiempo que la joven deviene guerrera por contagio del animal. Todo se reúne en un bloque de devenir asimétrico, un zig-zag instantáneo. En la supervivencia de una doble máquina de guerra, la de los Griegos que pronto va a ser suplantada por el Estado, y la de las Amazonas que pronto va a disolverse, en una serie de aturdimientos, de vértigos y de desfallecimientos moleculares Aquiles y Pentesilea se eligen, el último hombre de guerra, la última reina de las jóvenes, Aquiles al devenir-mujer y Pentesilea al devenir-perra.

Los ritos de travestismo, de disfraz, en las sociedades primitivas en las que el hombre deviene mujer, no se explican ni por una organización social que haría que unas relaciones dadas se correspondiesen, ni por una organización psíquica que haría que el hombre desease tanto ser mujer como la mujer hombre49. La estructura social, la identificación psíquica dejan de lado demasiados factores especiales: el encadenamiento, el desencadenamiento y la comunicación de devenires que el travestí desencadena; la potencia del devenir-animal que deriva de ello; y sobre todo la pertenencia de esos devenires a una máquina de guerra específica. E igual ocurre con la sexualidad: ésta se explica mal por la organización binaria de los sexos, y no se explica mejor por una organización bisexuada de cada uno de ellos. La sexualidad pone en juego devenires conjugados demasiado diversos que son como n sexos, toda una máquina de guerra por la que el amor pasa. Lo que no se puede reducir a las penosas metáforas entre el amor y la guerra, la seducción y la conquista, la lucha de los sexos y la escena conyugal, o incluso la guerra Strindberg: sólo cuando se acaba el amor, cuando la sexualidad se ha agotado, las cosas aparecen de ese modo. Pero lo importante es que el propio amor es una máquina de guerra dotada de poderes extraños y casi terroríficos. La sexualidad es una producción de mil sexos, que son otros tantos devenires incontrolables. La sexualidad pasa por el devenir-mujer del hombre y el devenir-animal del humano: emisión de partículas. Para ello no hay ninguna necesidad de bestialismo, aunque éste pueda darse, y muchas anécdotas psiquiátricas lo demuestran de una manera interesante, aunque demasiado simple, así pues, desviada, trivializada. No se trata de ―hacer‖ el perro, como un viejo de una postal; tampoco se trata de hacer el amor con animales. Los devenires-animales son fundamentalmente de otra potencia, puesto que su realidad no radica en el animal que se imitaría o al que se correspondería, sino en sí mismos, en lo que de pronto se apodera de nosotros y nos hace devenir, un entorno, una indiscernibilidad, que extrae del animal algo común, mucho más que cualquier domesticación, que cualquier utilización, que cualquier imitación: ―la Bestia‖.

Si el devenir-mujer es el primer cuanto o segmento molecular, y luego vienen los devenires animales que se encadenan con él, ¿hacia dónde se precipitan todos ellos? Sin duda, hacia un devenir-imperceptible. Lo imperceptible es el final inmanente del devenir, su fórmula cósmica. Así, el Hombre menguante, de Matheson,

pasa a través de los reinos, circula entre las moléculas hasta devenir una partícula rara que medita hasta el infinito sobre el infinito. El Señor Cero, de Paul Morand, huye de los grandes países, atraviesa los más pequeños, desciende la escala de los Estados para constituir en Lichtenstein una sociedad anónima él solo, y morir imperceptible formando con sus dedos la partícula 0: ―Soy un hombre que huye nadando entre dos aguas y sobre el que disparan todos los fusiles del mundo. (...) Habría que dejar de ser el blanco‖. Pero, ¿qué significa devenir-imperceptible, al final de todos los devenires moleculares que comenzaban por el devenir-mujer? Devenir imperceptible quiere decir muchas cosas. ¿Qué relación hay entre lo imperceptible (anorgánico), lo indiscernible (asignificante) y lo impersonal (asubjetivo)?

Primero diríase: ser como todo el mundo. Es lo que cuenta Kierkegaard, en su historia del ―caballero de la fe‖, el hombre del devenir: por más que lo observe-mos, no hay nada destacable, es un burgués, nada más que un burgués. Es lo que vivía Fitzgerald: al final de una verdadera ruptura, se llega... verdaderamente a ser como todo el mundo. Pero es muy difícil pasar desapercibido. Ser desconocido, incluso para la portera y los vecinos. Y si es tan difícil ser ―como‖ todo el mundo, es porque tiene que ver con el devenir. No todo el mundo puede devenir como todo el mundo, convierte ese todo el mundo en un devenir. Se necesita mucha ascesis, sobriedad, involución creadora: una elegancia inglesa, un tejido inglés, confundirse con las paredes, eliminar lo que resalta demasiado, lo demasiado vistoso. ―Eliminar todo lo que es exceso, muerte y superfluidad‖, queja y reproche, deseo no satisfecho, defensa o alegato, todo lo que enraiza a cada uno (a todo el mundo) en sí mismo, en su molaridad. Pues todo el mundo es el conjunto molar, pero devenir todo el mundo es otro asunto, que pone en juego el cosmos con sus componentes moleculares. Devenir todo el mundo es crear multitud, crear un mundo. A fuerza de eliminar, ya sólo se es una línea abstracta, o bien una pieza de puzzle en sí misma abstracta. Y conjugando, continuando con otras líneas, otras piezas se crea un mundo, que podría recubrir el primero, como en transparencia. La elegancia animal, el pez-simulador, el clandestino: está atravesado por líneas abstractas que no se parecen a nada, y que ni siquiera siguen sus divisiones orgánicas; pero desorganizado de ese modo, desarticulado, crea multitud con las líneas de una roca, de la arena y de las plantas, para devenir imperceptible. El pez es como el pintor poeta chino: ni imitativo ni estructural, sino cósmico. François Cheng muestra cómo el poeta no persigue la semejanza, ni tampoco calcula

―proporciones geométricas‖. Retiene, sólo extrae las líneas y los movimientos esenciales de la naturaleza, sólo utiliza ―trazos‖ ininterrumpidos o sobreimpues-tos.50 En ese sentido, devenir todo el mundo es hacer del mundo un devenir, es crear una multitud, es crear un mundo, mundos, es decir, encontrar sus entornos y sus zonas de indiscernibilidad. El Cosmos como máquina abstracta, y cada mundo como agenciamiento concreto que la efectúa. Reducirse a una o varias líneas abstractas que van a continuarse y conjugarse con otras, para producir inmediatamente, directamente, un mundo, en el que lo que deviene es el mundo, se deviene todo el mundo. El sueño de Kérouac, y ya el de Virginia Woolf, era que la escritura fuese como la línea del dibujo-poema chino. Virginia Woolf dice que hay que

―saturar cada átomo‖, y para ello hay que eliminar, eliminar todo lo que es semejanza y analogía, pero también ―ponerlo todo‖: eliminar todo lo que excede el momento, pero poner todo lo que incluye —y el momento no es lo instantáneo, es la haecceidad, en la que uno se introduce, y que se introduce en otras haecceidades por transparencia51. Estar a la hora del mundo. Esa es la relación entre imperceptible, indiscernible, impersonal, las tres virtudes. Reducirse a una línea abstracta, a un trazo, para encontrar su zona de indiscernibilidad con otros trazos, y entrar así en la haecceidad como en la impersonalidad del creador. Entonces uno es como la hierba: ha creado una multitud, ha hecho de todo el mundo un devenir, puesto que ha creado un mundo necesariamente comunicante, puesto que ha suprimido de sí mismo todo lo que le impedía circular entre las cosas, y crecer en medio de ellas. Ha cambiado el ―todo‖, el artículo indefinido, el infinitivo-devenir y el nombre propio al que uno está reducido. Saturar, eliminar, ponerlo todo.

El movimiento mantiene una relación especial con lo imperceptible, es por naturaleza imperceptible. Pues la percepción sólo puede captar el movimiento como la traslación de un móvil o el desarrollo de una forma. Los movimientos, y los devenires, es decir, las puras relaciones de velocidad y de lentitud, los puros afectos, están por debajo o por encima del umbral de percepción. Los umbrales de percepción son sin duda relativos, así pues, siempre habrá uno capaz de captar lo que escapa a otro: el ojo del águila... Pero el umbral adecuado, a su vez, sólo podrá proceder en función de una forma perceptible y de un sujeto percibido, aper-cibido. Por eso el movimiento como tal continúa produciéndose en otra parte: si se constituye la percepción en serie, el movimiento se efectúa siempre más allá del umbral máximo y más acá del umbral mínimo, en intervalos en expansión o en contracción (microintervalos). Ocurre como con los enormes luchadores japoneses, cuyo avance es demasiado lento y la llave demasiado rápida y repentina como para ser vistos: en ese caso, lo que se acopla no son tanto los luchadores como la infinita lentitud de una espera (¿qué va a pasar?) con la velocidad infinita de un resultado (¿qué ha pasado?). Habría que llegar al umbral fotográfico o cinematográfico, pero, con relación a la foto, el movimiento y el afecto siguen refugiándose por encima o por debajo. Cuando Kierkegaard lanza la maravillosa divisa, ―Sólo miro los movimientos‖, puede comportarse como un asombroso precursor del cine, y multiplicar las versiones de un escenario de amor, Agnès y el Tritón, según velocidades y lentitudes variables. Razón de más para precisar que sólo hay movimiento de lo infinito; que el movimiento de lo infinito sólo puede hacerse por afecto, pasión, amor, en un devenir que es muchacha, pero sin referirse a cualquier tipo de ―mediación‖; y que ese movimiento como tal escapa a la percepción me-diadora, puesto que ya se efectúa en todo momento, y que el bailarín, o el amante, ya está ―de pie en camino‖ en el mismo instante en que cae de nuevo, e incluso en el instante en que salta.52 Al igual que la joven como ser fugitivo, el movimiento no puede ser percibido.

Y sin embargo es necesario corregir inmediatamente: el movimiento también

―debe‖ ser percibido, sólo puede ser percibido, lo imperceptible también es el percipiendum. Eso no supone ninguna contradicción. Si el movimiento es por naturaleza imperceptible siempre es con relación a un umbral cualquiera de per-

cepción, al que corresponde ser relativo, desempeñar así el papel de una mediación, en un plan que efectúa la distribución de los umbrales y de lo percibido, que proporciona formas perceptibles a sujetos que perciben: ese plan de organización y de desarrollo, plan de transcendencia, que permite percibir sin que sea percibido, sin que pueda ser percibido. Pero, en el otro plan, de inmanencia o de consistencia, es el principio de composición el que debe ser percibido, el que sólo puede ser percibido, al mismo tiempo que lo que compone o da. Aquí, el movimiento deja de estar relacionado con la mediación de un umbral relativo al que escapa por naturaleza hasta el infinito; ha alcanzado, cualquiera que sea su velocidad o su lentitud, un umbral absoluto, aunque diferenciado, que se confunde con la construcción de tal o tal región del plan ininterrumpido. También podría decirse que el movimiento deja de ser el procedimiento de una desterritorialización siempre relativa, para devenir el proceso de la desterritorialización absoluta. Pues la diferencia entre los dos planes es la responsable de que lo que puede ser percibido en uno sólo pueda ser percibido en el otro. Ahí es donde lo imperceptible deviene lo necesariamente percibido, saltando de un plan al otro, o de los umbrales relativos al umbral absoluto que coexiste con ellos. Kierkegaard muestra que el plan del infinito, lo que él llama el plan de la fe, debe devenir puro plan de inmanencia que no cesa de dar inmediatamente, de restituir, de registrar lo finito: contrariamente al hombre de la resignación infinita, el caballero de la fe, es decir, el hombre del devenir, conseguirá la joven, conseguirá todo lo finito, y percibirá lo imperceptible, en tanto que ―heredero directo del mundo finito‖. Pues la percepción ya no estará en la relación entre un sujeto y un objeto, sino en el movimiento que sirve de límite a esa relación, en el período que va asociado a ella. La percepción se verá confrontada a su propio límite; estará entre las cosas, en el conjunto de su propio entorno, como la presencia de una haecceidad en otra, la aprehensión de la una por la otra o el paso de la una a la otra: sólo mirar los movimientos.

Es curioso cómo la palabra ―fe‖ sirve para designar un plan que se transforma en inmanente. Ahora bien, si el caballero es el hombre del devenir, hay todo tipo de caballeros. ¿No hay incluso caballeros de la droga, en el sentido en el que la fe es una droga, sentido muy diferente de aquel en el que la religión es un opio? Estos caballeros pretenden que la droga, en las condiciones de prudencia y de experimentación necesarias, es inseparable del despliegue de un plan. Y, en ese plan, no sólo se conjugan devenires-mujer, devenires-animales, devenires-moleculares, devenires-imperceptibles, sino que lo imperceptible deviene algo necesariamente percibido, al mismo tiempo que la percepción deviene necesariamente molecular: llegar a agujeros, a microintervalos entre las materias, los colores y los sonidos, en los que se precipitan las líneas de fuga, las líneas del mundo, líneas de transparencia y de sección53. Cambiar la percepción; el problema está planteado en términos correctos, puesto que ofrece un conjunto dominante de ―la‖ droga, independientemente de las distinciones secundarias (alucinatorias o no, duras o blandas, etc.). Todas las drogas conciernen en primer lugar a las velocidades, y a las modificaciones de velocidad. Lo que permite describir un agenciamiento Droga, cualesquiera que sean las diferencias, es una línea de causalidad perceptiva que hace que 1) lo imperceptible sea percibido, 2) la percepción sea molecular, 3) el deseo invista

directamente la percepción y lo percibido. Los americanos de la beat generation ya se habían aventurado en esa vía, y hablaban de una revolución molecular propia de la droga. Luego vino lo que podría llamarse la gran síntesis de Castaneda. Fiedler ha señalado los polos del Sueño americano: atrapados entre dos pesadillas, la del genocidio indio y la del esclavismo negro, los americanos convertían al negro en una imagen inconscientemente reprimida de la fuerza de afecto, de una multiplicación de afectos, y al indio, en la imagen reprimida de una finura de percepción, de una percepción cada vez más fina, dividida, infinitamente frenada o acelerada54. En Europa, Henri Michaux tendía a abandonar más fácilmente ritos y civilizaciones, para redactar protocolos de experiencias admirables y minuciosos, clarificar el problema de una causalidad de la droga, delimitarlo al máximo, separarlo de los delirios y de las alucinaciones. Pero precisamente en ese punto todo confluye: una vez más, el problema está bien planteado cuando se dice que la droga hace desaparecer las formas y las personas, hace intervenir las locas velocidades de la droga y las prodigiosas lentitudes posteriores a la droga, acopla las unas a las otras como dos luchadores, da a la percepción la potencia molecular de captar microfenómenos, microoperaciones, y a lo percibido, la fuerza de emitir partículas aceleradas o frenadas, según un tiempo flotante que ya no es el nuestro y haecceidades que ya no son de este mundo: desterritorialización, ―estaba desorien-tado...‖ (percepción de cosas, de pensamientos, de deseos, en los que el deseo, el pensamiento, la cosa han invadido toda la percepción, lo imperceptible por fin percibido). Tan sólo el mundo de las velocidades y de las lentitudes sin forma, sin sujeto, sin rostro. Tan sólo el zig-zag de una línea, como ―la correa del látigo de un carretero enfurecido‖, que desgarra rostros y paisajes55. Todo un trabajo rizomático de la percepción, el momento en el que deseo y percepción se confunden.

Este problema de una causalidad específica es importante. Mientras se sigan invocando causalidades demasiado generales o extrínsecas, psicológicas, socioló-gicas, para explicar un agenciamiento, es como si no se dijera nada. En la actualidad, se ha instaurado un discurso sobre la droga que no hace más que invocar generalidades sobre el placer y la desgracia, sobre las dificultades de comunicación, sobre causas que siempre tienen otro origen. Cuanto más se aparenta comprender un fenómeno, más incapaz se es de captar una causalidad propia en extensión. Sin duda, un agenciamiento nunca implica una infraestructura causal. Implica, sin embargo, y en el más alto grado, una línea abstracta de causalidad específica o creadora, su línea de fuga, de desterritorialización, que sólo puede efectuarse en relación con causalidades generales o de otra naturaleza, pero que en modo alguno se explica por ellas. Nosotros decimos que los problemas de la droga sólo pueden ser captados al nivel en el que el deseo inviste directamente la percepción, y en el que la percepción deviene molecular, al mismo tiempo que lo imperceptible deviene percibido. La droga aparece entonces como el agente de ese devenir. Ahí es donde cabría un farmacoanálisis, que habría que comparar y a la vez oponer al psicoanálisis. Pues al psicoanálisis se le puede convertir a la vez en un modelo, un opuesto y una traición. En efecto, el psicoanálisis puede ser considerado como un modelo de referencia, puesto que, con relación a fenómenos esencialmente afectivos, ha sabido construir el esquema de una causalidad específica, distinto de las

generalidades psicológicas o sociales ordinarias. Pero ese esquema causal sigue siendo tributario de un plan de organización que nunca puede ser captado por sí mismo, que siempre tiene que deducirse de otra cosa, inferirse, sustraerse al sistema de la percepción, y que recibe precisamente el nombre de Inconsciente. El plan del Inconsciente sigue siendo, pues, un plan de transcendencia, que debe garantizar, justificar, la existencia del psicoanálisis y la necesidad de sus interpretaciones. Este plan del Inconsciente se opone molarmente al sistema percepción-conciencia, y, así como el deseo debe ser traducido en ese plan, está encadenado a grandes molaridades como a la cara oculta del iceberg (estructura de Edipo o roca de la castración). Lo imperceptible permanece así tanto más imperceptible cuanto que se opone a lo percibido en una máquina dual. Todo cambia en un plan de consistencia o de inmanencia, que es necesariamente percibido de por sí al mismo tiempo que se construye: la experimentación sustituye a la interpretación; el inconsciente, que ha devenido molecular, no figurativo y no simbólico, está dado como tal en las micropercepciones; el deseo inviste directamente el campo perceptivo en el que lo imperceptible aparece como el objeto percibido del deseo, ―lo no figurativo del deseo‖. El inconsciente ya no designa el principio oculto del plan de organización transcendente, sino el proceso del plan de consistencia inmanente, en tanto que aparece en él a medida que se construye. Pues el inconsciente no hay que encontrarlo, hay que construirlo. Ya no hay una máquina dual conciencia-inconsciente puesto que el inconsciente está, o más bien se produce, allí donde va la conciencia arrastrada por el plan. La droga proporciona al inconsciente la inmanencia y el plan que el psicoanálisis no ha cesado de fallar (a este respecto es posible que el célebre episodio de la cocaína haya marcado un giro que ha forzado a Freud a renunciar a una aproximación directa al inconsciente).

Ahora bien, si bien es verdad que la droga remite a esa causalidad perceptiva molecular, inmanente, el problema de saber si logra efectivamente trazar el plan que condiciona el ejercicio permanece intacto. Pues la línea causal, o de fuga, de la droga no cesa de ser segmentarizada bajo la forma más dura de la dependencia, de la toma y de la dosis, y del traficante. Incluso bajo su forma blanda, puede movilizar gradientes y umbrales de percepción, a fin de determinar devenires-anima-les, devenires-moleculares, y todo se produce aún dentro de una relatividad de los umbrales que se contenta con imitar un plan de consistencia más bien que con trazarlo a partir de un umbral absoluto. ¿De qué sirve percibir tan rápido como un pájaro veloz, si la velocidad y el movimiento continúan escapando en otra dirección? Las desterritorializaciones siguen siendo relativas, compensadas por las reterritorializaciones más abyectas, por eso lo imperceptible y la percepción no cesan de perseguirse o de correr una detrás de la otra sin llegar a unirse nunca verdaderamente. En lugar de que los agujeros en el mundo permitan huir a las líneas del mundo, las líneas de fuga se enrollan y se ponen a girar en agujeros negros, cada drogado, grupo o individuo, en su agujero, como un bígaro. Hundido más que

―colocado‖. Las micropercepciones moleculares están enmascaradas de antemano, según la droga considerada, por alucinaciones, delirios, falsas percepciones, fantasmas, explosiones paranoicas, que restauran constantemente formas y sujetos, como otros tantos fantasmas o dobles que no cesarían de impedir la cons-

trucción del plan. Es más, las cosas se producen como ya hemos visto precedentemente en la enumeración de los peligros: el plan de consistencia no sólo corre el riesgo de ser traicionado o desviado bajo la influencia de otras causalidades que intervienen en ese agenciamiento, sino que el plan engendra sus propios peligros según los cuales se deshace a medida que se construye. Ya no somos, ya no es dueño de las velocidades. En lugar de construir un cuerpo sin órganos suficientemente rico y lleno para que pasen las intensidades, los drogadictos erigen un cuerpo vacío o vitrificado, o un cuerpo canceroso: la línea causal, la línea creadora o de fuga, se transforma inmediatamente en línea de muerte y de abolición. La abominable vi-trificación de las venas, o la purulencia de la nariz, el cuerpo vidrioso del drogadicto. Agujeros negros y líneas de muerte, las advertencias de Artaud y de Michaux coinciden (más técnicas, más consistentes que el discurso sociopsicológico, o psicoanalítico, o informacional, de los centros de recepción y de tratamiento). Artaud diciendo: no evitaréis las alucinaciones, las percepciones erróneas, los fantasmas descarados o los malos sentimientos, como otros tantos agujeros negros en ese plan de consistencia, pues vuestra conciencia también irá en esa falsa dirección.56 Michaux diciendo: ya no seréis dueños de vuestras velocidades, en-traréis en una loca carrera de lo imperceptible y de la percepción, que gira tanto más sobre sí misma cuanto que todo en ella es relativo57. Os ufanaréis de vosotros mismos, perderéis vuestros controles, estaréis en un plan de consistencia, en un cuerpo sin órganos, pero justo en el punto en el que no cesaréis de fallarlos, de vaciarlos, y de deshacer lo que hacéis, andrajos inmóviles. Qué palabras más simples, ―percepciones erróneas‖ (Artaud), ―malos sentimientos‖ (Michaux), para decir, sin embargo, algo muy técnico: cómo la causalidad inmanente del deseo, molecular y perceptiva, fracasa en el agenciamiento-droga. Los drogadictos no cesan de recaer en lo que trataban de evitar: una segmentaridad más dura a fuerza de ser marginal, una territorialización tanto más artificial cuanto que se hace en sustancias químicas, formas alucinatorias y subjetivaciones fantasmáticas. Los drogadictos pueden ser considerados como precursores o experimentadores que retrazan incansablemente un nuevo camino de vida; pero incluso su prudencia no reúne las condiciones de la prudencia. Por eso, o bien recaen en la cohorte de los falsos héroes que siguen el camino conformista de una pequeña muerte y de una larga fatiga, o bien, lo que es peor, sólo habrán servido para lanzar una tentativa que sólo puede ser continuada y que sólo puede beneficiar a los que no se drogan, o a los que ya no se drogan, a los que rectifican secundariamente el plan siempre abortado de la droga, y descubren gracias a ella aquello de lo que ésta carece para poder construir un plan de consistencia. ¿La equivocación de los drogadictos no sería partir cada vez de cero, bien para drogarse, o bien para abandonar la droga, cuando en realidad deberían hacer una pausa, abandonar ―en el medio‖, bifurcar en el medio? Llegar a emborracharse, pero con agua pura (Henry Miller). Llegar a drogarse, pero por abstención, ―tomar y abstenerse, sobre todo abstenerse‖, soy un bebedor de agua (Michaux). Llegar al punto en el que el problema ya no es

―drogarse o no‖, sino que la droga haya modificado suficientemente las condiciones generales de la percepción del espacio y del tiempo para que los no drogados logren pasar a través de los agujeros del mundo y en las líneas de fuga, justo

donde son necesarios otros medios que la droga. La droga no asegura la inmanencia, es la inmanencia de la droga la que permite ―pasar‖ de ella. ¿Cobardía, utilización de los demás, esperar a que los demás hayan corrido el riesgo? Más bien continuar siempre una empresa por el medio, cambiar sus medios. Necesidad de elegir, de seleccionar la buena molécula, la molécula de agua, la molécula de hidrógeno o de helio. No es un problema de modelo, todos los modelos son molares: hay que determinar las moléculas y las partículas con relación a las cuales los

―entornos‖ (indiscernibilidades, devenires) se engendran y se definen. El agenciamiento vital, el agenciamiento-vida, es teórica o lógicamente posible con todo tipo de moléculas, por ejemplo el silicio. Pero sucede que este agenciamiento no es ma-quínicamente posible con el silicio: la máquina abstracta no lo deja pasar, puesto que no distribuye las zonas de entorno que construyen el plan de consistencia58. Veremos que las razones maquínicas no tienen nada que ver con razones o posibilidades lógicas. Uno no se adapta a un modelo, sino que monta un caballo. Los drogadictos no han elegido la buena molécula o el buen caballo. Demasiado bur-dos para captar lo imperceptible, y para devenir imperceptible, los drogadictos han creído que la droga les proporcionaría el plan, cuando en realidad es el plan el que debe destilar sus propias drogas, continuar dominando velocidades y entornos.


Recuerdos del secreto. — El secreto tiene una relación privilegiada, pero muy variable, con la percepción y lo imperceptible. El secreto concierne en primer lugar a ciertos contenidos. El contenido es demasiado grande para su forma... o bien los contenidos tienen en sí mismos una forma, pero esta forma es ocultada, sustituida o reemplazada por un simple continente, envoltorio o caja, cuyo papel es el de suprimir en ella las relaciones formales. Son contenidos que se juzga oportuno aislar de ese modo, o disfrazar, por distintas razones. Ahora bien, hacer una lista de esas razones (lo vergonzoso, el tesoro, lo divino, etc.) tiene poco interés, en tanto que se opone al secreto y su descubrimiento, como en una máquina binaria en la que sólo habría dos términos, secreto y divulgación, secreto y profanación. Pues, por un lado, el secreto como contenido se supera hacia una percepción del secreto, que es tan secreta como él. Poco importan los fines, si esta percepción tiene como finalidad una denuncia, una divulgación final, una revelación. Desde el punto de vista de la anécdota, la percepción del secreto es justo lo contrario del secreto, pero, desde el punto de vista del concepto, forma parte de él. Lo importante es que la percepción del secreto sólo puede ser a su vez secreta: el espía, el mirón, el chantajista, el autor de cartas anónimas son tan secretos como lo que tienen que descubrir, cualquiera que sea su finalidad ulterior. Siempre habrá una mujer, un niño, un pájaro para percibir secretamente el secreto. Siempre habrá una percepción más fina que la vuestra, una percepción de vuestro imperceptible, de lo que hay en vuestra caja. Se prevé incluso un secreto profesional para aquellos que están en situación de percibir el secreto. Y el que protege el secreto no está forzosamente al corriente, sino que también él remite a una percepción, puesto que debe percibir y detectar a los que quieren descubrir el secreto (contraespionaje). Hay, pues, una primera dirección, en la que el secreto tiende hacia una percepción no menos secreta, una percepción que a su vez quisiera ser imperceptible. Alre-

dedor de este primer punto pueden girar todo tipo de figuras muy diferentes. Y luego, hay un segundo punto, que también es inseparable del secreto como contenido: la manera de imponerse y de propagarse. También aquí cualesquiera que sean las finalidades o los resultados, el secreto tiene una forma de propagarse, que a su vez forma parte del secreto. El secreto como secreción. Es necesario que el secreto se inserte, se insinúe, se introduzca entre las formas públicas, haga presión sobre ellas y haga actuar a sujetos conocidos (influencia del tipo ―lobby‖, incluso si éste no es en sí mismo una sociedad secreta).

En resumen, el secreto, definido como contenido que ha ocultado su forma en beneficio de un simple continente, es inseparable de dos movimientos que accidentalmente pueden interrumpir su curso o traicionarlo, pero que esencialmente forman parte de él: algo debe rezumar de la caja, algo que será percibido a través de la caja, o en la caja entreabierta. El secreto ha sido inventado por la sociedad, es una noción social o sociológica. Todo secreto es un agenciamiento colectivo. El secreto no es en modo alguno una noción estática o inmovilizada, sólo los devenires son secretos, el secreto tiene un devenir. El secreto tiene su origen en la máquina de guerra, ella es la que aporta el secreto, con sus devenires-mujeres, sus devenires-niños, sus devenires-animales59. Una sociedad secreta actúa siempre en la sociedad como máquina de guerra. Los sociólogos que se han ocupado de las sociedades secretas han puesto de manifiesto muchas leyes de esas sociedades, protección, igualación y jerarquía, silencio ritual, desindividuación, centralización, autonomía, compartimentación, etc.60 Pero quizá no han dado demasiada importancia a las dos leyes principales que rigen el movimiento del contenido: 1o) Toda sociedad secreta lleva implícita otra sociedad todavía más secreta, bien porque percibe el secreto, bien porque lo protege, bien porque ejecuta las consecuencias de su divulgación (ahora bien, no hay ninguna petición de principio para definir la sociedad secreta por la sociedad secreta que lleva implícita: una sociedad es secreta desde el momento en que implica ese redoblamiento, esa sección especial); 2o) Toda sociedad secreta implica su modo de acción, a su vez secreto, por influencia, desplazamiento, insinuación, filtración, presión, irradiación negra, de donde nacen las ―contraseñas‖ y los lenguajes secretos (y eso no supone ninguna contradicción, la sociedad secreta no puede vivir al margen del proyecto universal de penetrar a toda la sociedad, de introducirse en todas las formas de la sociedad, trastocando su jerarquía y su segmentación: la jerarquía secreta se conjuga con una conspiración de los iguales, la sociedad secreta ordena a sus miembros estar en la sociedad como peces en el agua, pero ella también debe ser como el agua entre los peces; tiene necesidad de la complicidad de toda una sociedad circundante). Se ve con toda claridad en casos tan diferentes como las sociedades de gangsters en los Estados Unidos, o las sociedades de hombres- animales en Africa: por un lado, cómo la sociedad secreta y sus jefes influyen sobre los hombres públicos o políticos de su entorno, por otro, cómo la sociedad secreta lleva implícita otra sociedad que la redobla, que puede estar constituida por una sección especial de asesinos o de guardaespaldas61. Influencia y redoblamiento, secreción y concreción, todo secreto avanza así entre dos ―discretos‖, que por otra parte pueden, en ciertos casos, juntarse, confundirse. El secreto de niño combina a las mil maravillas estos ele-

mentos: el secreto como contenido en una caja, la influencia o la propagación secretas del secreto, la percepción secreta del secreto (el secreto de niño no está hecho con secretos de adulto miniaturizados, pero se acompaña necesariamente de una percepción secreta del secreto de adulto). Un niño descubre un secreto...

Pero el devenir del secreto lo lleva a no contentarse con ocultar su forma en un simple continente, o a intercambiarla por un continente. Ahora es necesario que el secreto adquiera su propia forma, en tanto que secreto. El secreto se eleva del contenido finito a la forma infinita del secreto. Ahí es donde el secreto alcanza lo imperceptible absoluto, en lugar de remitir a todo un juego de percepciones y de reacciones relativas. Se pasa de un contenido bien determinado, localizado o pasado, a la forma general a priori de un algo que ha pasado, no localizable. Se pasa del secreto definido como contenido histérico infantil al secreto definido como forma paranoica eminentemente viril. También en esta forma encontraremos los dos concomitantes del secreto, la percepción secreta y el modo de acción, la influencia secreta, pero estos concomitantes han devenido ―rasgos‖ de la forma que no cesan de reconstituirla, de volver a formarla, de recargarla. Por un lado, el paranoico denuncia el complot internacional de los que le roban sus secretos, sus pensamientos más íntimos; o bien declara su capacidad para percibir los secretos del otro antes de que se hayan formado (el celoso paranoico no capta al otro como alguien que se le escapa, al contrario, adivina o prevé en él la menor intención). Por otro, el paranoico actúa, o bien sufre, por irradiaciones que emite o recibe (de los rayos de Raymond Roussel a los de Schreber). La influencia por irradiación, y el redoblamiento por robo o eco, dan ahora al secreto su forma infinita, en la que tanto las percepciones como las acciones se sitúan en lo imperceptible. El juicio paranoico es como una anticipación de la percepción, que sustituye a la investigación empírica de las cajas y de su contenido: ¡culpable a priori, y de todas formas! (por ejemplo, la evolución del narrador de La recherche con relación a Albertine). Sumariamente, se puede decir que el psicoanálisis ha pasado de una concepción histérica a una concepción cada vez más paranoica del secreto62. Psicoanálisis interminable: el Inconsciente recibió la tarea cada vez más pesada de convertirse en la forma infinita del secreto, en lugar de ser solamente una caja de secretos. Lo diréis todo, pero, al decirlo todo, no diréis nada, puesto que se necesita todo el

―arte‖ del psicoanálisis para comparar vuestros contenidos con la forma pura. Sin embargo, en este punto, cuando el secreto es de ese modo elevado a la forma, se produce una aventura inevitable. Cuando la pregunta ―¿qué ha pasado?‖ alcanza esa forma viril infinita, la respuesta forzosamente tiene que ser que nada ha pasado, destruyendo forma y contenido. Rápidamente se propaga la noticia de que el secreto de los hombres no era nada, nada de nada en verdad. Edipo, el falo, la castración, ―la astilla en la carne‖, ¿era eso el secreto? Hay motivos más que suficientes para que las mujeres, los niños, los locos y las moléculas, se rían.

Cuanto más se lo convierte en una forma organizadora estructurante, más insignificante y extendido por todas partes deviene el secreto, más molecular deviene su contenido, al mismo tiempo que su forma se disuelve. Como dice Yo-casta, verdaderamente era poca cosa. No obstante, el secreto no desaparece, sino que adquiere ahora un estatuto más femenino. ¿Y qué había ya en el secreto pa-

ranoico del presidente Schreber, sino un devenir femenino, un devenir-mujer? Pues las mujeres tratan de una forma totalmente distinta el secreto (salvo cuando reconstituyen una imagen invertida del secreto viril, una especie de secreto de gineceo). Los hombres les reprochan unas veces su indiscreción, su charlatanería, otras su falta de solidaridad, su traición. Y, sin embargo, es curioso cómo una mujer puede ser secreta sin ocultar nada, a fuerza de transparencia, de inocencia y de velocidad. El agenciamiento complejo del secreto, en el amor cortés, es propiamente femenino y actúa con la mayor transparencia. Celeridad frente a gravedad. Celeridad de una máquina de guerra frente a gravedad de un aparato de Estado. Los hombres adoptan una actitud grave, caballeros del secreto, ―ved qué peso llevo sobre mis espaldas, mi gravedad, mi discreción‖, pero acaban por decirlo todo, y no era nada. Por el contrario, hay mujeres que lo dicen todo, incluso hablan con un espantoso tecnicismo, sin embargo, al final uno no sabe más que al principio, lo habrán ocultado todo por celeridad, transparencia. No tienen secreto, puesto que ellas mismas han devenido un secreto. ¿Serán más políticas que nosotros? Ifigenia. Inocente a priori, eso es lo que la joven reclama por su cuenta, frente al juicio emitido por los hombres: ―Culpable a priori... Ahí es donde el secreto alcanza un último estado: su contenido se ha molecularizado, ha devenido molecular, al mismo tiempo que su forma se deshace para devenir una pura línea cambiante —en el sentido en el que se puede decir de tal línea que es el ―secreto‖ de un pintor, o de tal célula rítmica, de tal molécula sonora, que no constituye un tema o una forma, que es el ―secreto‖ de un músico.

Si un escritor tuvo que ver con el secreto, ése fue Henry James. En él se da toda una evolución a este respecto, que es como la perfección de su arte. Pues James busca el secreto en primer lugar en los contenidos, incluso insignificantes, en-treabiertos, entrevistos. Luego evoca la posibilidad de una forma infinita del secreto que ya ni siquiera tendría necesidad de contenido y que habría conquistado lo imperceptible. Pero sólo evoca esta posibilidad para plantear la pregunta: ¿el secreto está en el contenido, o bien en la forma? —y la respuesta ya está dada: ni lo uno ni lo otro63. Y es que James forma parte de esos escritores atrapados en un devenir-mujer irresistible. No cesará de perseguir su objetivo, y de inventar los medios técnicos necesarios para ello. Molecularizar el contenido del secreto, li-nealizar la forma. James lo explorará todo, desde el devenir-niño del secreto (siempre es un niño el que descubre los secretos, lo que Maisie sabía) al devenir-mujer del secreto (un secreto por transparencia, y que ya sólo es una línea pura que apenas si deja la huella de su paso, la admirable Daisy Miller). James está más alejado de Proust de lo que se piensa, él es el que reivindica el grito: ―¡Inocente a priori!” (Daisy sólo pedía un poco de estima, por ella habría dado todo su amor...) frente al ―Culpable a priori” que condena a Albertine. En el secreto, lo fundamental no es tanto sus tres estados, contenido infantil, forma infinita viril, pura línea femenina, como los devenires que van unidos a él, el devenir-niño del secreto, su devenir-femenino, su devenir-molecular —justo donde precisamente el secreto ya no tiene ni contenido ni forma, es lo imperceptible por fin percibido, lo clandestino que ya no tiene nada que ocultar—. De la eminencia gris a la inmanencia gris. Edipo pasa por los tres secretos, el secreto de la esfinge cuya caja abre, el secreto que

pesa sobre él como la forma infinita de su propia culpabilidad, por último, el secreto en Colonna que lo hace inaccesible y que se confunde con la línea pura de su fuga y de su exilio, él precisamente que ya no tiene nada que ocultar, o que, como un viejo actor de Nô, tan sólo dispone de una máscara de muchacha para cubrir su ausencia de rostro. Algunos pueden hablar sin ocultar nada, sin mentir: son secretos por transparencia, impenetrables como el agua, incomprensibles en verdad, mientras que el secreto de los otros siempre está descubierto, aunque lo rodeen de una gruesa pared o lo eleven a la forma infinita.


Recuerdos y devenires, puntos y bloques.— ¿Por qué hay tantos devenires del hombre, pero no devenir-hombre? En primer lugar, porque el hombre es mayoritario por excelencia, mientras que los devenires son minoritarios, todo devenir es un devenir-minoritario. Por mayoría nosotros no entendemos una cantidad relativa más grande, sino la determinación de un estado o de un patrón con relación al cual tanto las cantidades más grandes como las más pequeñas se considerarán minoritarias: hombre-blanco, adulto-macho, etc. Mayoría supone un estado de dominación, no a la inversa. No se trata de saber si hay más mosquitos o moscas que hombres, sino cómo ―el hombre‖ ha constituido en el universo un patrón con relación al cual los hombres forman necesariamente (analíticamente) una mayoría. De la misma forma que la mayoría en la ciudad supone un derecho de voto, y no sólo se establece entre los que poseen ese derecho, sino que se ejerce sobre aquellos que no lo tienen, cualquiera que sea su número, la mayoría en el universo supone como ya dados el derecho o el poder del hombre64. En ese sentido, las mujeres, los niños, y también los animales, los vegetales, las moléculas son minoritarios. Quizá sea la situación particular de la mujer con relación al patrón-hombre la responsable de que todos los devenires, al ser minoritarios, pasen por un devenir- mujer. Sin embargo no hay que confundir ―minoritario‖ en tanto que devenir o proceso, y ―minoría‖ como conjunto o estado. Los judíos, los gitanos, etc., pueden formar minorías en tales o tales condiciones; pero eso no es suficiente para convertirlos en devenires. Uno se reterritorializa, o se deja reterritorializar en una minoría como estado; pero uno se desterritorializa en un devenir. Incluso los negros, decían los Black Panthers, tienen que devenir negro. Incluso las mujeres tienen que devenir-mujer. Incluso los judíos tienen que devenir-judío (por supuesto, no basta con un estado). Pero si esto es así, el devenir-judío afecta necesariamente tanto al no judío como al judío..., etc. El devenir-mujer afecta necesariamente tanto a los hombres como a las mujeres. En cierto sentido, el sujeto de un devenir siempre es ―hombre‖; pero sólo es ese sujeto si entra en un devenir-minoritario que lo arranca de su identidad mayor. Como en la novela de Arthur Miller, Focus, o en la película de Losey, M. Klein, es el no judío el que deviene judío, el que es atrapado, arrastrado por ese devenir, cuando es arrancado de su patrón tipo. Y a la inversa, si los judíos tienen que devenir-judío, las mujeres que devenir-mujer, los niños que devenir-niño, los negros que devenir-negro, es en la medida en que sólo una minoría puede servir de medio activo para el devenir, pero en tales condiciones que a su vez deja de ser un conjunto definible con relación a la mayoría. El devenir-judío, el devenir-mujer, etc., im-

plican, pues, la simultaneidad de un doble movimiento, uno por el que un término (el sujeto) se sustrae a la mayoría, y otro por el que un término (el medio o el agente) sale de la minoría. Hay un bloque de devenir indisociable y asimétrico, un bloque de alianza: los dos ―Señor Klein‖, el judío y el no judío, entran en un devenir-judío (y lo mismo sucede en Focus).

Una mujer tiene que devenir-mujer, pero en un devenir-mujer del hombre en su totalidad. Un judío deviene judío, pero en un devenir-judío del no judío. Un devenir minoritario sólo existe gracias a un medium y un sujeto desterritorializados que son como sus elementos. Sólo hay sujeto del devenir como variable desterritorializada de la mayoría, y medium del devenir como variable desterritorializante de una minoría. Cualquier cosa, lo más inesperado, lo más insignificante, puede precipitarnos en un devenir. No os desviaréis de la mayoría sin un pequeño detalle que empieza a crecer y que os arrastra. Porque el héroe de Focus, el americano medio, necesita gafas que dan a su nariz un aire ligeramente semita, ―a causa de las gafas‖, va a verse metido en esa extraña aventura del devenir-judío de un no-judío. Cualquier cosa puede servir, pero el asunto se revela político. Devenir-minoritario es un asunto político y recurre a todo un trabajo de potencia, a una micropolítica activa. Justo lo contrario de la macropolítica, e incluso de la Historia, donde más bien se trata de saber cómo se va a conquistar o a obtener una mayoría. Como decía Faulkner, para no ser fascista no había otra opción que deve-nir-negro65. Contrariamente a la historia, el devenir no debe pensarse en términos de pasado y de futuro. Un devenir-revolucionario es indiferente a los problemas de un futuro y de un pasado de la revolución; pasa entre los dos. Todo devenir es un bloque de coexistencia. Las llamadas sociedades sin historia se sitúan fuera de la historia, no porque se contenten con reproducir modelos inmutables o estén regidas por una estructura fija, sino porque son sociedades de devenir (sociedades de guerra, sociedades secretas, etc.). La historia siempre es de la mayoría, o de minorías definidas con relación a la mayoría. Pero ―cómo conquistar la mayoría‖ es un problema absolutamente secundario con relación a los caminos de lo imperceptible.

Tratemos de decir las cosas de otro modo: no hay devenir-hombre, puesto que el hombre es la entidad molar por excelencia, mientras que los devenires son moleculares. La función de rostridad nos ha mostrado bajo qué forma el hombre constituía la mayoría, o más bien el patrón que la condicionaba: blanco, macho adulto, ―racional‖, etc., en resumen, el europeo medio cualquiera, el sujeto de enunciación. Según la ley de arborescencia, ese Punto central se desplaza por todo el espacio o sobre toda la pantalla, y cada vez va a alimentar una oposición distintiva según el rasgo de rostridad retenido: por ejemplo, macho-(hembra); adulto-(niño); blanco-(negro, amarillo o rojo); racional-(animal). El punto central, o tercer ojo, tiene, pues, la propiedad de organizar las distribuciones binarias en las máquinas duales, de reproducirse en el término principal de la oposición, al mismo tiempo que toda la oposición resuena en él. Constitución de una ―mayoría‖ como redundancia. El hombre se constituye así como una gigantesca memoria, con la posición del punto central, su frecuencia en tanto que es necesariamente reproducido por cada punto dominante, su resonancia en tanto que el conjunto de los

puntos se refiere a él. Formará parte de la red de arborescencia toda línea que va de un punto a otro en el conjunto del sistema molar, y que se define, pues, por puntos que responden a esas condiciones memoriales de frecuencia y de resonancia66.

La sumisión de la línea al punto constituye la arborescencia. Por supuesto, el niño, la mujer, el negro tienen recuerdos; pero la Memoria que recoge esos recuerdos no deja de ser la instancia viril mayoritaria que los considera como ―re-cuerdos de infancia‖, como recuerdos conyugales o coloniales. Se puede operar por conjunción o unión de puntos contiguos, más bien que por relación de puntos distantes: en lugar de recuerdos, se tendrá entonces fantasmas. Así, la mujer puede tener un punto hembra y un punto macho unidos, y el hombre, un punto macho y un punto hembra. Sin embargo, la constitución de esos híbridos tampoco nos permite avanzar en el sentido de un verdadero devenir (la bisexualidad, por ejemplo, como lo señalan los psicoanalistas, no impide en modo alguno el predominio de lo masculino o la mayoría del ―falo‖). En la medida en que una línea está relacionada con puntos distantes, o bien compuesta de puntos contiguos, no se rompe con el esquema de arborescencia, no se alcanza ni el devenir ni lo molecular. Una línea de devenir no se define ni por puntos que une ni por puntos que la componen: al contrario, pasa entre los puntos, sólo crece por el medio, y huye en una dirección perpendicular a los puntos que en principio se han distinguido, transversal a la relación localizable entre puntos contiguos o distantes67. Un punto siempre es de origen. Pero una línea de devenir no tiene ni principio ni fin, ni salida ni llegada, ni origen ni destino; y hablar de ausencia de origen, erigir la ausencia de origen en origen, es un mal juego de palabras. Una línea de devenir sólo tiene un medio. El medio no es una media, es un acelerado, es la velocidad absoluta del movimiento. Un devenir siempre está en el medio, sólo se puede coger en el medio. Un devenir no es ni uno ni dos, ni relación de los dos, sino entre-dos, frontera o línea de fuga, de caída, perpendicular a las dos. Si el devenir es un bloque (bloque-línea) es porque constituye una zona de entorno y de indiscernibilidad, un no man‟s land, una relación no localizable que arrastra a los dos puntos distantes o contiguos, que lleva uno al entorno del otro, —y el entorno-frontera es indiferente tanto a la contigüidad como a la distancia—. En la línea o el bloque de devenir que une la avispa y la orquídea se produce una común desterritorialización, de la avispa en tanto que deviene una pieza liberada del aparato de reproducción de la orquídea, pero también de la orquídea en tanto que deviene el objeto de un orgasmo de la avispa liberada a su vez de su propia reproducción. Coexistencia de dos movimientos asimétricos que forman un bloque, en una línea de fuga en la que se precipita la presión selectiva. La línea, o el bloque, no une la avispa y la orquídea, ni tampoco las conjuga o las mezcla: pasa entre las dos, arrastrándolas a un entorno común en el que los puntos dejan de ser discernibles. El sistema-línea (o bloque) del devenir se opone al sistema-punto de la memoria. El devenir es el movimiento gracias al cual la línea se libera del punto, y hace indiscernibles los puntos: rizoma, lo opuesto de la arborescencia, liberarse de la arborescencia. El devenir es una antimemoria. Sin duda, hay una memoria molecular, pero como factor de integración en un sistema molar o mayoritario. El recuerdo siempre tiene una función de reterritorialización. Por el contrario, un vector de

desterritorialización no es en modo alguno indeterminado, sino que actúa directamente sobre los niveles moleculares, y tanto más directamente en contacto cuanto más desterritorializado: la desterritorialización ―mantiene‖ unidas las componentes moleculares. Desde ese punto de vista se opone a un bloque de infancia, o a un devenir-niño, al recuerdo de infancia: ―un‖ niño molecular se pro-duce...‖un‖ niño coexiste con nosotros, en una zona de entorno o un bloque de devenir, en una línea de desterritorialización que nos arrastra a los dos, —contra-riamente al niño que hemos sido, del que nos acordamos o sobre el que fanta-seamos, el niño molar cuyo futuro es el adulto—, ―Será la infancia, pero no debe ser mi infancia‖, escribe Virginia Woolf. (Orlando ya no actuaba por recuerdos, sino por bloques, bloques de edad, bloques de épocas, bloques de reinos, bloques de sexos, que forman otros tantos devenires entre las cosas, o líneas de desterri-torialización).68 Cada vez que hemos empleado la palabra ―recuerdo‖ en las páginas precedentes, lo hacíamos, pues, equivocadamente, queríamos decir ―deve-nir‖, decíamos devenir.

Si la línea se opone al punto (o el bloque al recuerdo, el devenir a la memoria), no lo hace de una manera absoluta: un sistema puntual implica una cierta utilización de las líneas, y el bloque asigna al punto nuevas funciones. En efecto, en un sistema puntual, un punto remite sobre todo a coordenadas lineales. Y no sólo se representa una línea horizontal y una línea vertical, sino que la vertical se desplaza paralelamente a sí misma, y la horizontal se superpone a otras horizontales, por eso todo punto se determina con relación a las dos coordenadas de base, pero también se señala en una línea horizontal de superposición y en una línea o un plano vertical de desplazamiento. Por último, dos puntos están en relación cuando entre uno y otro se traza una línea indeterminada. Se dirá que un sistema es puntual cuando en él las líneas serán consideradas como coordenadas, o como uniones localizables: por ejemplo, los sistemas de arborescencia, o los sistemas molares y memoriales en general, son puntuales. La Memoria tiene una organización puntual, puesto que cualquier presente remite a la vez a la línea horizontal del curso del tiempo (cinemática), que va de un antiguo presente al actual, y a una línea vertical del orden del tiempo (estratigráfica), que va del presente al pasado o a la representación del antiguo presente. Sin duda, este esquema de base no se desarrolla sin grandes complicaciones, pero lo encontraremos en las representaciones del arte formando una ―didáctica‖, es decir, una mnemotecnia. La representación musical traza por un lado una línea horizontal, melódica, la línea baja, a la que se superponen otras líneas melódicas, en las que se determinan puntos, que entran, de una línea a otra en relaciones de contrapunto; por otro, una línea o un plano vertical, armónico, que se desplaza a lo largo de las horizontales, pero que ya no depende de ellas, que va de arriba a abajo, y que fija un acorde capaz de encadenarse con los siguientes. La representación pictórica tiene una forma análoga, con sus propios medios: no sólo porque el cuadro tiene una vertical y una horizontal, sino porque los trazos y los colores, cada uno por su cuenta, remiten a las verticales de desplazamiento y a las horizontales de superposición (por ejemplo la vertical y la forma fría, o lo blanco, o la luz, o lo tonal; la horizontal y la forma cálida, o lo negro, lo cromático, lo modal, etc.). Si nos atenemos a ejemplos bastante recientes,

puede verse con toda claridad en sistemas didácticos como el de Kandinsky, el de Klee, el de Mondrian, que implican necesariamente una confrontación con la música.

Resumamos las características principales de un sistema puntual: 1) estos sistemas implican dos líneas de base, horizontal y vertical, que sirven de coordenadas para la determinación de puntos; 2) la línea horizontal puede superponerse verticalmente, la línea vertical puede desplazarse horizontalmente, de tal manera que se produzca o reproduzcan nuevos puntos, en condiciones de frecuencia horizontal y de resonancia vertical; 3) entre un punto y otro, puede (o no) trazarse una línea, pero como unión localizable; las diagonales desempeñarán en ese caso el papel de uniones para puntos de nivel y de momento diferentes, instaurando a su vez frecuencias y resonancias con esos puntos de horizonte y de verticonte variables, contiguos o distantes69. —Estos sistemas son arborescentes, memoriales, molares, estructurales, de territorialización o reterritorialización. La línea y la diagonal continúan totalmente subordinadas al punto, puesto que sirven de coordenadas a un punto, o de uniones localizables para un punto y otro, entre un punto y otro.

Al sistema puntual se oponen sistemas lineales, o más bien multilineales. Liberar la línea, liberar la diagonal: no hay músico ni pintor que no tengan esta intención. Se elabora un sistema puntual o una representación didáctica, pero con el fin de romperlos, de hacer pasar una sacudida sísmica. Un sistema puntual será tanto más interesante cuanto que un músico, un pintor, un escritor, un filósofo se oponga a él, e incluso lo fabrique para oponerse a él, como un trampolín para saltar. La historia sólo la hacen los que se oponen a ella (y no los que se integran en ella, o incluso la modifican). Y no es por provocación, sino porque el sistema puntual que ya encontraban hecho, o que ellos mismos inventaban, debía permitir esa operación: liberar la línea y la diagonal, trazar la línea en lugar de determinar el punto, producir una diagonal imperceptible en lugar de aferrarse a una vertical y a una horizontal incluso complicadas o reformadas. Todo vuelve siempre a la Historia, pero nunca ha surgido de ella. La historia se esfuerza en romper sus lazos con la memoria; puede complicar los esquemas de la memoria, superponer y desplazar las coordenadas, subrayar las uniones o profundizar los cortes. Sin embargo, la frontera no pasa por ahí. La frontera no pasa entre la historia y la memoria, sino entre los sistemas puntuales (―historia-memoria‖) y los agenciamientos multilineales o diagonales, que no son en modo alguno lo eterno, sino devenir, un poco de devenir en estado puro, transhistórico. No hay acto de creación que no sea transhistórico, y que no coja a contrapelo, o no pase por una línea liberada. Nietzsche opone la historia, no a lo eterno, sino a lo subhistórico o a lo suprahistórico: lo In-tempestivo, otro nombre para la haeceidad, el devenir, la inocencia del devenir (es decir, el olvido frente a la memoria, la geografía frente a la historia, el mapa frente al calco, el rizoma frente a la arborescencia). ―Lo no histórico se parece a una atmósfera ambiente, la única en la que puede engendrarse la vida, para desaparecer de nuevo con la desaparición de esa atmósfera. (...) ¿Qué actos ha sido capaz de realizar el hombre sin haberse rodeado previamente de esa atmósfera no histó-rica?70 Las creaciones son como las líneas abstractas mutantes que se han liberado

de la tarea de representar un mundo, precisamente porque agencian un nuevo tipo de realidad que la historia sólo puede recuperar o volver a situar en los sistemas puntuales.

Cuando Boulez se hace historiador de la música es para mostrar, cada vez de manera muy diferente, cómo todo gran músico inventa y hace pasar una especie de diagonal entre la vertical armónica y el horizonte melódico. Y cada vez se trata de otra diagonal, de otra técnica y de una creación. Pues bien, en esa línea transversal, que realmente es de desterritorialización, se mueve un bloque sonoro, que ya no tiene punto de origen, puesto que está siempre y ya en medio de la línea, que ya no tiene coordenadas horizontales y verticales, puesto que crea sus propias coordenadas, que ya no forma una unión localizable entre un punto y otro, puesto que está en un

―tiempo no pulsado‖: un bloque rítmico desterritorializado, que abandona puntos, coordenadas y medida, como un barco a la deriva que se confunde con la línea, o que traza un plan de consistencia. Velocidades y lentitudes se integran en la forma musical, empujando a esta unas veces a una proliferación, a microproliferaciones lineales, otras a una extinción, una abolición sonora, involución, y las dos cosas a la vez. El músico es el más indicado para decir: ―Odio la memoria, odio el recuerdo‖, y precisamente porque afirma la potencia del devenir. Un caso ejemplar de este tipo de diagonal, de línea-bloque, podemos encontrarlo en la Escuela de Viena. Pero también se podría decir que la Escuela de Viena encuentra un nuevo sistema de territorialización, de puntos, de verticales y de horizontales, que la sitúa en la Historia. Otra tentativa, otro acto creador viene después. Lo importante es que cualquier músico siempre ha procedido así: trazar su diagonal, incluso frágil, fuera de los puntos, fuera de las coordenadas y de las uniones localizables, para hacer flotar un bloque sonoro en una línea liberada creada, y lanzar al espacio ese bloque móvil y mutante, una haecceidad (por ejemplo el cromatismo, los agregados y notas complejas, pero ya era así en todos los recursos y las posibilidades de la polifonía, etc.)71. A propósito del órgano se ha podido hablar de ―vectores obli-cuos‖. A menudo, la diagonal está hecha de líneas y de espacios sonoros extremadamente complejos. ¿Es ese el secreto de una frase- cilla o de un bloque rítmico? Naturalmente, en ese caso, el punto conquista una nueva función creadora esencial: ya no se trata simplemente del destino inevitable que reconstituye un sistema puntual; al contrario, ahora el punto está subordinado a la línea, y señala la proliferación de la línea, o su brusca desviación, su precipitación, su disminución, su furor o su agonía. Los ―microbloques‖ de Mozart. Incluso puede suceder que el bloque quede reducido a un punto, como a una sola nota (bloque-punto): el Sí de Berg en Wozzeck, el La de Schumann. Homenaje a Schumann, locura de Schumann: a través del cuadriculado de la orquestación, el violoncelo vaga y traza su diagonal por la que pasa el bloque sonoro desterritorializado; o bien una especie de ritornelo extremadamente sobrio es ―tratado‖ por una línea melódica y una arquitectura polifónica muy elaboradas.

En un sistema multilineal, todo se produce al mismo tiempo: la línea se libera del punto como origen; la diagonal se libera de la vertical y de la horizontal como coordenadas; también la transversal se libera de la diagonal como unión localizable entre un punto y otro; en resumen, una línea-bloque pasa en medio de los

sonidos, y crece por su propio medio no localizable. El bloque sonoro es el intermezzo. Cuerpo sin órganos, antimemoria, que pasa a través de la organización musical y, con mayor motivo, sonora: ―El cuerpo schumanniano no aguanta. (...) El intermezzo es consustancial a toda la obra. (...) En última instancia, sólo hay intermezzi. (...) El cuerpo schumanniano sólo conoce bifurcaciones: no se construye, diverge, constantemente, a medida que acumula intermedios. (...) El ritmo schumanniano es agitado, pero también está codificado; y precisamente porque la agitación de los movimientos se mantiene aparentemente en los límites de una lengua sabia normalmente pasa desapercibido. (...) Supongamos que la tonalidad tiene dos estatutos contradictorios y, sin embargo, concomitantes: por un lado una pantalla (...), una lengua destinada a articular el cuerpo según una organización conocida (...), por otro, contradictoriamente, la tonalidad deviene la servidora hábil de los movimientos que a otro nivel pretende domesticar‖.72

¿Sucede lo mismo, estrictamente lo mismo, en pintura? En efecto, en pintura el punto no crea la línea, la línea arrastra al punto desterritorializado, lo arrastra en su influencia exterior; en ese caso, la línea no va de un punto a otro, sino que entre los puntos huye en otra dirección, que los hace indiscernibles. La línea ha devenido la diagonal, que se libera de la vertical y de la horizontal; pero la diagonal ya ha devenido la transversal, la semidiagonal o la recta libre, la línea quebrada o angular, o bien la curva, siempre en medio de ellas mismas. Entre el blanco vertical y el negro horizontal, el gris de Klee, el rojo de Kandinsky, el violeta de Monet, cada uno forma un bloque de color. La línea sin origen, puesto que siempre se ha iniciado fuera del cuadro que sólo la toma en el medio, sin coordenadas, puesto que se confunde con un plan de consistencia en el que flota y que ella misma crea, sin unión localizable, puesto que no sólo ha perdido su función representativa, sino toda función de limitar una forma cualquiera, —de esa forma la línea ha devenido abstracta, verdaderamente abstracta y mutante, bloque visual, y el punto, en esas condiciones, vuelve a tener funciones creadoras, como punto-color o pun-to-línea—73. La línea está entre los puntos, en medio de los puntos, y ya no entre un punto y otro. Ya no delimita un contorno. ―No pintaba las cosas, sino entre las cosas‖. No hay problema más falso en pintura que el de la profundidad, y particularmente el de la perspectiva. Pues la perspectiva sólo es una manera histórica de ocupar las diagonales o transversales, las líneas de fuga, es decir, de reterritorializar el bloque visual móvil. Nosotros decimos ―ocupar‖ en el sentido de dar una ocupación, fijar una memoria y un código, asignar una función. Pero las líneas de fuga, las transversales, son susceptibles de muchas otras funciones que esa función molar. Lejos de que las líneas de fuga hayan sido creadas para representar la profundidad, son ellas las que inventan suplementariamente la posibilidad de esa representación, que sólo las ocupa un instante, en tal momento. La perspectiva, e incluso la profundidad, son la reterritorialización de líneas de fuga que, por sí solas, creaban la pintura haciéndola avanzar. Especialmente, la llamada perspectiva central precipita en un agujero negro puntual la multiplicidad de las fugas y el dinamismo de las líneas. Bien es verdad que, inversamente, los problemas de perspectiva han desencadenado toda una proliferación de líneas creadoras, todo un desprendimiento de bloques visuales, en el mismo momento en que pretendían

dominarlos. ¿En cada uno de sus actos de creación, está la pintura comprometida en un devenir tan intenso como la música?


Devenir música. — Para la música occidental (pero también las demás músicas están ante un problema análogo, bajo otras condiciones, y que resuelven de otro modo) hemos tratado de definir un bloque de devenir al nivel de la expresión, un bloque de expresión: gracias a las transversales que no cesan de escaparse de las coordenadas o de los sistemas puntuales que funcionan en tal o tal momento como códigos musicales. Es evidente que a ese bloque de expresión le corresponde un bloque de contenido. Ni siquiera es una correspondencia; no habría

―bloque‖ móvil si un contenido a su vez musical (no un sujeto ni un tema) no interfiriese constantemente con la expresión. Pues bien, ¿de qué trata la música, cuál es su contenido indisociable de la expresión sonora? No es fácil decirlo, pero es algo así como: un niño muere, un niño juega, una mujer nace, una mujer muere, un pájaro llega, un pájaro se va. Lo que queremos decir es que esos no son temas accidentales de la música, incluso si se pueden multiplicar los ejemplos, y mucho menos ejercicios imitativos, sino algo esencial. ¿Por qué un niño, una mujer, un pájaro? Porque la expresión musical es inseparable de un devenir-mujer, de un devenir-niño, de un devenir-animal que constituyen su contenido. ¿Por qué el niño muere, o el pájaro cae, como atravesado por una flecha? A causa precisamente del ―peligro‖ propio de toda línea que se escapa, de toda línea de fuga o de desterritorialización creadora: transformarse en destrucción, en abolición. Meli-sande, una mujer-niña, un secreto, muere dos veces (―ahora le toca a la pobre niña‖). La música nunca es trágica, la música es alegría. Pero sucede necesariamente que nos dé ganas de morir, no tanto de felicidad como de morir felizmente, desaparecer. No porque despierte en nosotros un instinto de muerte, sino a causa de una dimensión específica de su agenciamiento sonoro, de su máquina sonora, el momento que hay que afrontar, en el que la transversal se transforma en línea de abolición. Paz y exasperación.74 La música tiene sed de destrucción, todo tipo de destrucción, extinción, destrucción, dislocación. ¿No es ése su ―fascismo‖ potencial? Pero cada vez que un músico escribe In memoriam, no se trata de un motivo de inspiración, ni de un recuerdo, sino, al contrario, de un devenir que no hace más que afrontar su propio peligro, sin perjuicio de caer para renacer: un devenir-niño, un devenir-mujer, un devenir animal, en tanto que son el contenido mismo de la música y van hasta la muerte.

Diríamos que el ritornelo es el contenido propiamente musical, el bloque de contenido propio de la música. Un niño se tranquiliza en la oscuridad, o bien toca las palmas, o bien inventa una forma de caminar, la adapta a las rayas de la acera, o bien salmodia Fort-Da (los psicoanalistas hablan muy mal del Fort-Da, se empeñan en ver en él una oposición fonológica o una componente simbólica para el inconsciente-lenguaje, cuando en realidad es un ritornelo). Tra la la. Una mujer canturrea, ―la oía canturrear dulcemente una melodía en voz baja‖. Un pájaro lanza su ritornelo. La música en su totalidad está atravesada por el canto de los pájaros, de mil maneras, de Jannequin a Messiaen. Frrr, Frrr. La música está atravesada por bloques de infancia y de feminidad. La música está atravesada por to-

das las minorías y, sin embargo, compone una potencia inmensa. Ritornelos de niños, de mujeres, de etnias, de territorios, de amor y de destrucción: nacimiento del ritmo. La obra de Schumann está hecha de ritornelos, de bloques de infancia, a los que somete a un tratamiento muy especial: su propio devenir-niño, su propio devenir-mujer, Clara. Se podría establecer el catálogo de la utilización diagonal o transversal del ritornelo en la historia de la música, todos los Juegos de infancia y los Kinderszenen, todos los cantos de pájaros. El catálogo sería inútil, puesto que haría creer que existe una multiplicación de ejemplos en lo que se refiere a temas, sujetos, motivos, cuando en realidad se trata del contenido más esencial y más necesario de la música. El motivo del ritornelo puede ser la angustia, el miedo, la alegría, el amor, el trabajo, la manera de andar, el territorio..., pero el propio ritornelo es el contenido de la música.

Nosotros no decimos en modo alguno que el ritornelo sea el origen de la música, o que la música comience con él. No se sabe muy bien cuándo comienza la música. El ritornelo sería más bien un medio de impedir, de conjurar la música o prescindir de ella. Pero la música existe porque también existe el ritornelo, porque la música toma, se apodera del ritornelo como contenido en una forma de expresión, porque forma un bloque con él para llevarlo a otro sitio. El ritornelo infantil, que no es música, forma un bloque con el devenir-niño de la música: una vez más ha sido necesaria esta composición asimétrica. ―¡Ah, si yo te dijera, mamá!‖ en Mozart, los ritornelos de Mozart. Tema en ut seguido de doce variaciones: no sólo cada nota del tema está doblada, sino que también el tema se desdobla interiormente. La música somete al ritornelo a ese tratamiento tan especial de la diagonal o de la transversal, lo arranca de su territorialidad. La música es la operación activa, creadora, que consiste en desterritorializar el ritornelo. Mientras que el ritornelo es esencialmente territorial, territorializante o reterritorializante, la música lo convierte en un contenido desterritorializado para una forma de expresión desterritorializante. Perdónesenos semejante frase, tendría que ser musical, habría que escribirla musicalmente, justo lo que hacen los músicos. Pongamos mejor un ejemplo figurativo: la Nana de Moussorgsky, en Cantos y danzas de la muerte, presenta una madre extenuada que vela a su hijo enfermo; una visitadora la releva, la muerte, que canta una nana en la que cada copla termina con un sobrio ritornelo obsesivo, ritmo repetitivo de una sola nota, bloque-punto, ―chiss... pequeñín, duerme mi pequeñín‖ (no sólo el niño muere, sino que la desterritorialización del ritornelo está redoblada por la Muerte en persona que sustituye a la madre).

¿Es semejante la situación de la pintura, y de qué manera? Nosotros no creemos en modo alguno en un sistema de las bellas artes, sino en problemas muy diferentes que encuentran sus soluciones en artes heterogéneas. El Arte nos parece un falso concepto, únicamente nominal; lo que no impide la posibilidad de hacer un uso simultáneo de las artes en una multiplicidad determinable. La pintura se inscribe en un ―problema‖ que es el de rostro-paisaje. La música, en un problema completamente distinto, que es el del ritornelo. Cada una surge en un momento determinado y en determinadas condiciones, en la línea de su problema; pero ninguna correspondencia simbólica o estructural es posible entre las dos, salvo cuando se las traduce en sistemas puntuales. En el problema rostro-paisaje, ha-

bíamos distinguido como tres estados: 1) semióticas de corporeidad, siluetas, posturas, colores y líneas (estas semióticas ya están presentes y proliferan entre los animales, en ellas la cabeza forma parte del cuerpo, el cuerpo tiene como correlato el medio, el biotopo; en ellas vemos surgir líneas ya muy puras, como en las conductas de ―brizna de hierba‖); 2) una organización de rostro, pared blanca-agujeros negros, cara-ojos, o bien cara vista de perfil y ojos oblicuos (esta semiótica de rostridad tiene como correlato la organización del paisaje: rostrización de todo el cuerpo y paisajización de todos los medios, punto central europeo, el Cristo); 3) una desterritorialización de los rostros y de los paisajes, en beneficio de cabezas buscadoras, con líneas que ya no limitan ninguna forma, que ya no forman ningún contorno, colores que ya no distribuyen paisaje (es la semiótica pictórica, hacer huir rostro y paisaje: ejemplo, lo que Mondrian llama, y con toda razón,

―paisaje‖, puro paisaje en tanto que desterritorializado hasta lo absoluto). — Por comodidad nosotros presentamos tres estados bien distintos y sucesivos, pero a título provisional—. Nosotros no podemos decir si los animales no hacen ya pintura, aunque no pinten sobre lienzos, e incluso cuando sus colores y sus líneas son inducidos por hormonas: incluso en este caso, una distinción clara animal-hombre no tendría mucho fundamento. Y a la inversa, nosotros tenemos que decir que la pintura no comienza con el llamado arte abstracto, pero recrea las siluetas y posturas de la corporeidad, y también actúa ya plenamente en la organización rostro-paisaje (cómo los pintores ―trabajan‖ el rostro del Cristo, y lo hacen huir en todos los sentidos fuera del código religioso). La pintura siempre ha tenido como finalidad la desterritorialización de los rostros y paisajes, bien por reactivación de la corporeidad, bien por liberación de las líneas o de los colores, las dos cosas a la vez. En la pintura hay muchos devenires-animales, devenires-mujer y niño.

Pues bien, el problema de la música es diferente, si bien es verdad que es el del ritornelo. Desterritorializar el ritornelo, inventar líneas de desterritorialización para el ritornelo, implica procedimientos y construcciones que no tienen nada que ver con los de la pintura (a no ser vagas analogías, como algunas veces han intentado los pintores). Sin duda, una vez más, no es seguro que entre el animal y el hombre se pueda hacer pasar una frontera: ¿acaso no hay pájaros músicos, como lo piensa Messiaen, por oposición a pájaros no músicos? ¿El ritornelo del pájaro es forzosamente territorial, o bien no utiliza ya, en desterritorializaciones muy sutiles, líneas de fuga selectivas? Por supuesto, no es la diferencia entre el ruido y el sonido la que permite definir la música, ni siquiera lo que distingue los pájaros músicos y los pájaros no músicos, sino el trabajo del ritornelo: ¿sigue siendo territorial y territorializante, o bien es arrastrado en un bloque móvil que traza una transversal a través de todas las coordenadas —y todos los intermediarios entre los dos—? La música es precisamente la aventura de un ritornelo: cómo la música vuelve a convertirse en ritornelo (en nuestra cabeza, en la cabeza de Swann, en las cabezas pseudobuscadoras de la tele y de la radio, un gran músico como sintonía, o la cancioncilla); cómo se apodera del ritornelo, lo vuelve cada vez más sobrio, tan sólo algunas notas, para arrastrarlo en una línea creadora tanto más rica cuanto que no se ve ni el origen ni el fin...

Leroi-Gourhan establecía una distinción y una correlación entre dos polos,

―mano-herramienta‖ y ―rostro-lenguaje‖. Pero se trataba de distinguir una forma de contenido y una forma de expresión. Ahora que consideramos expresiones que tienen su contenido en sí mismas, aparece otra distinción: el rostro con sus co-rrelatos visuales (ojos) remite a la pintura, la voz remite a la música, con sus co-rrelatos auditivos (la propia oreja es un ritornelo, tiene la forma de un ritornelo). La música es en primer lugar una desterritorialización de la voz, que deviene cada vez menos lenguaje, de la misma manera que la pintura es una desterritorialización del rostro. Pues bien, los rasgos de vocalidad pueden perfectamente ajustarse a rasgos de rostridad, como cuando a partir de un rostro se leen palabras, sin embargo, entre ellos no hay correspondencia, y hay cada vez menos a medida que son arrastrados por los movimientos respectivos de la música y de la pintura. La voz está muy adelantada respecto al rostro, muy por delante. A este respecto, titular una obra musical Rostro parece la mayor paradoja sonora75. Por eso, la única manera de ―situar‖ los dos problemas, el de la pintura y el de la música, es emplear un criterio extrínseco a la ficción de un sistema de las bellas artes, es comparar las fuerzas de desterritorialización en los dos casos. Pues bien, parece que la música tiene una fuerza desterritorializante mucho mayor, mucho más intensa y colectiva a la vez, y la voz una capacidad de ser desterritorializada también mucho mayor. Quizás ese rasgo explica la fascinación colectiva ejercida por la música, e incluso la potencialidad del peligro ―fascista‖ del que hablábamos hace un momento: la música, tambores, trompetas, empuja a los pueblos y los ejércitos a una carrera que puede conducirlos al abismo, mucho más que los estandartes y las banderas, que son cuadros, medios de clasificación o de adhesión. Puede que los músicos sean individualmente más reaccionarios que los pintores, más religiosos, menos ―so-ciales‖, pero no por ello dejan de manejar una fuerza colectiva infinitamente superior a la de la pintura: ―No hay unión más poderosa que el coro formado por la asamblea del pueblo...‖. Siempre se puede explicar esta fuerza por las condiciones materiales de la emisión y de la recepción musicales, pero es preferible lo inverso, más bien son esas condiciones las que se explican por la fuerza de desterritorialización de la música. Diríase que la pintura y la música no corresponden a los mismos umbrales desde el punto de vista de una máquina abstracta mutante, o que la máquina pictórica y la máquina musical no tienen el mismo índice. Hay un

―retraso‖ de la pintura respecto a la música, como lo constataba Klee, el más músico de los pintores.76 Quizás sea esa la razón de que mucha gente prefiera la pintura, o de que la estética haya tomado la pintura como modelo privilegiado: es verdad que da menos ―miedo‖. Incluso sus relaciones con el capitalismo, y con las formaciones sociales, no son en absoluto del mismo tipo.

En cualquier caso, debemos sin duda hacer intervenir a la vez factores de territorialidad, de desterritorialización, pero también de reterritorialización. Los ritornelos del animal y del niño parecen territoriales: además, no son ―música‖. Pero cuando la música se apodera del ritornelo, para desterritorializarlo, y desterritorializar la voz, cuando se apodera del ritornelo para hacerlo huir en un bloque sonoro rítmico, cuando el ritornelo ―deviene‖ Schumann o Debussy, lo hace a través de un sistema de coordenadas armónicas y melódicas en el que la música se

reterritorializa en sí misma, en tanto que música. Y a la inversa, veremos que incluso el ritornelo animal ya tenía, en ciertos casos, fuerzas de desterritorialización mucho más intensas que las siluetas, posturas y colores animales. Hay, pues, que tener en cuenta muchos factores: las territorialidades relativas, las desterritorializaciones respectivas, pero también las reterritorializaciones correlativas, y además varios tipos de reterritorializaciones, por ejemplo intrínsecas como las coordenadas musicales, o extrínsecas como cuando el ritornelo se convierte en estribillo, o la música en cancioncilla. El hecho de que no haya desterritorialización sin reterritorialización especial debe hacernos pensar de otra manera la correlación que siempre subsiste entre lo molar y lo molecular: ningún flujo, ningún devenir-mole-cular escapan de una formación molar sin que no los acompañen componentes moleculares, que forman pasos o puntos de referencia perceptibles para los procesos imperceptibles.

El devenir-mujer, el devenir-niño de la música aparecen en el problema de una maquinación de la voz. Maquinar la voz es la primera operación musical. Sabemos cómo en la música occidental, en Inglaterra y en Italia, el problema fue resuelto de dos maneras diferentes: por un lado la voz de cabeza del contra-alto, que canta

―por encima de su voz‖, o cuya voz trabaja en la cavidad de los senos, en el fondo de la garganta y el paladar, sin apoyarse en el diafragma ni franquear los bronquios; por otro, la voz de vientre de los castrados, ―más fuerte, más voluminosa, más lánguida‖, como si hubieran dado una materia carnal a lo imperceptible, a lo impalpable y a lo aéreo. Dominique Fernández ha escrito un hermoso libro sobre este tema en el que, evitando afortunadamente cualquier consideración psicoanalítica sobre una relación entre la música y la castración, muestra que el problema musical de una machinerie de la voz implicaba necesariamente la abolición de la burda máquina dual, es decir, de la formación molar que distribuye las voces en

―hombre o mujer‖77. En música ya no existe ser hombre o mujer. No obstante, no es seguro que el mito del andrógino invocado por Fernández sea suficiente. No se trata de mito, sino de devenir real. Es necesario que la propia voz llegue a un devenir-mujer o un devenir-niño. Ese es el prodigioso contenido de la música. Por eso, como lo señala Fernández, no se trata de imitar a la mujer o de imitar al niño, incluso si el que canta es un niño. Es la propia voz musical la que deviene niño, pero al mismo tiempo el niño deviene sonoro, puramente sonoro. Y eso ningún niño podría jamás hacerlo, o, en caso de hacerlo, tendría que devenir también otra cosa que niño, niño de otro mundo extrañamente celeste y sensual. En resumen, la desterritorialización es doble: la voz se desterritorializa en un devenir-niño, pero el niño que ella deviene está a su vez desterritorializado, inengendrado, deviniendo.

―Al niño le han salido alas‖, dice Schumann. El mismo movimiento de zig zag aparece en los devenires-animales de la música: Marcel Moré muestra cómo la música de Mozart está atravesada por un devenir-caballo, o por devenires-pájaro. Pero ningún músico se divierte ―haciendo‖ el caballo o el pájaro. El bloque sonoro no tiene como contenido un devenir-animal sin que al mismo tiempo el animal no devenga en sonoridad otra cosa, algo absoluto, la noche, la muerte, la alegría —no ciertamente una generalidad ni una simplicidad, sino una haecceidad, esta muerte, esa noche—. La música tiene como contenido un devenir-animal; pero el caballo,

por ejemplo, tiene en ella como expresión los golpecitos de timbal alados como zuecos que vienen del cielo o del infierno; y los pájaros tienen expresión en grup-peti, apoyaturas, notas picadas, que los convierten en otras tantas almas78. En Mozart, la diagonal está formada por los acentos, sobre todo por los acentos. Si no se siguen los acentos, si no se les observa, se cae en un sistema puntual relativamente pobre. El hombre músico se desterritorializa en el pájaro, pero se trata de un pájaro a su vez desterritorializado, ―transfigurado‖, un pájaro celeste que no deviene menos que lo que deviene con él. El capitán Achab se aventura en un devenir-ballena irresistible con Moby Dick; pero al mismo tiempo es necesario que el animal, Moby Dick, devenga pura blancura insoportable, pura muralla blanca resplandeciente, puro hilo de plata que se alarga y se flexibiliza ―como‖ una muchacha, o se tuerce como un látigo, o se erige como una muralla. ¿Es posible que la literatura alcance a veces a la pintura, e incluso a la música? ¿Y que la pintura alcance a la música? (Moré cita los pájaros de Klee, en cambio, no comprende a Messiaen en lo que se refiere al canto de los pájaros). Ningún arte es imitativo, no puede ser imitativo o figurativo: supongamos que un pintor ―representa‖ un pájaro; de hecho, se trata de un devenir-pájaro que sólo puede realizarse en la medida en que el pájaro está a su vez deviniendo otra cosa, pura línea y puro color. Por eso la imitación se destruye por sí sola, en la medida en que el que imita entra sin saberlo en un devenir, que se conjuga sin saberlo con el devenir de aquel que imita. Así pues, sólo se imita si se falla, cuando se falla. El pintor o el músico no imitan al animal, son ellos los que deviene-animal, al mismo tiempo que el animal deviene lo que ellos querían, en lo más profundo de su armonía con la Naturaleza79. Que el devenir se realice siempre a dúo, que lo que se deviene devenga tanto como el que deviene, eso es lo que crea un bloque, esencialmente móvil, nunca en equilibrio. El cuadrado perfecto es el de Mondrian, que se inclina hacia un ángulo y produce una diagonal que entreabre su cierre, que arrastra ambos lados.

Devenir nunca es imitar. Cuando Hitchcock hace el pájaro, no reproduce ningún grito de pájaro, produce un sonido electrónico como un campo de intensidades o una ola de vibraciones, una variación continua, como una terrible amenaza que experimentamos en nosotros mismos80. Y esto no sólo ocurre en las

―artes‖: las páginas de Moby Dick también son válidas por lo puro vivido del doble devenir, y de ninguna otra forma podrían tener esa belleza. La tarantela es la extraña danza que conjura o exorciza las supuestas víctimas de una picadura de tarántula: pero, ¿cuando la víctima ejecuta su danza, puede decirse que imita a la araña, que se identifica con ella, incluso si se trata de una identificación dé lucha

―agonística‖, ―arquetípica‖? No, puesto que la víctima, el paciente, el enfermo, sólo deviene araña danzante en la medida en que la araña por su cuenta debe supuestamente devenir pura silueta, puro color y puro sonido, sobre los que la otra danza81. No se imita: se constituye un bloque de devenir, la imitación sólo interviene para ajustar ese bloque, como en un último afán de perfección, un guiño, una firma. Pero lo fundamental se ha producido en otra parte: devenir-araña de la danza, a condición de que la araña devenga a su vez sonido y color, orquesta y pintura. Veamos, el caso del héroe local folklórico, Alexis el Trotador, que corría

―como‖ un caballo, a una velocidad extraordinaria, se fustigaba con un junquillo,

rechinaba, levantaba las piernas, coceaba, se doblaba, se desplomaba como los caballos, rivalizaba en carreras con ellos, con bicicletas o trenes. Imitaba al caballo para hacer reír. Pero había una zona de entorno o de indiscernibilidad más profunda. Nos consta que nunca era más caballo que cuando tocaba la armónica: precisamente porque ya ni siquiera tenía necesidad de una imitación secundaria o reguladora. Dicen que llamaba a la armónica su ―rompe-labio‖, y que superaba a todo el mundo con ese instrumento, doblaba el tiempo del acorde, imponía un tiempo no humano82. Alexis devenía tanto más caballo cuanto que el freno del caballo devenía armónica, y el trote del caballo doble-medida. Y esto siempre se puede decir ya de los propios animales. Pues los animales no sólo tienen colores y sonidos, sino que no esperan al pintor o al músico para convertirlos en una pintura, una música, es decir, para entrar en devenires-colores y devenires-sonidos determinados (lo veremos en otra parte) gracias a componentes de desterritorialización. La etología está lo suficientemente avanzada para haber abordado este dominio.

Nosotros no militamos en modo alguno por una estética de las cualidades, como si la cualidad pura (el color, el sonido, etc.) contuviera el secreto de un devenir sin medida, como ocurre en el Filebo. Las cualidades puras todavía nos parecen sistemas puntuales: son reminiscencias, bien recuerdos flotantes o transcendentes, bien gérmenes de fantasma. Una concepción funcionalista, por el contrario, sólo considera en una cualidad la función que cumple en un agenciamiento preciso, o en el paso de un agenciamiento a otro. Pues la cualidad debe ser considerada en el devenir que la capta, y no el devenir en cualidades intrínsecas que tendrían valor de arquetipos o de recuerdos filogenéticos. Por ejemplo, la blancura, el color es captado en un devenir-animal, que puede ser el del pintor o el del capitán Achab, al mismo tiempo que en un devenir color, un devenir-blancura, que puede ser el del propio animal. La blancura de Moby Dick es el índice especial de su devenir-solitario. Los colores, las siluetas y los ritornelos animales son índices de devenir-conyugal o de devenir-social que también implican componentes de desterritorialización. Una cualidad sólo funciona como línea de desterritorialización de un agenciamiento, o que pasa de un agenciamiento a otro. Precisamente en ese sentido un bloque-animal es otra cosa que un recuerdo filoge-nético, y un bloque de infancia es otra cosa que un bloque de infancia. En Kafka, una cualidad nunca funciona por sí misma o como recuerdo, sino que rectifica un agenciamiento en el que se desterritorializa, y, a la inversa, al que proporciona una línea de desterritorialización: así, el campanario de infancia pasa a la torre del castillo, la toma al nivel de su zona de indiscernibilidad (―las inciertas almenas‖) para lanzarla a una línea de fuga (como si un habitante ―hubiese hundido‖ el tejado). Si en el caso de Proust esto es más complicado, menos sobrio, es porque en él las cualidades conservan un aire de reminiscencia o de fantasma; y sin embargo, también en él son bloques funcionales que actúan, no como recuerdos y fantasmas, sino como devenir-niño, devenir-mujer, como componentes de desterritorialización, que pasan de un agenciamiento a otro.

A los teoremas de desterritorialización simple que habíamos encontrado (al hablar del rostro), podemos añadir ahora otros, que conciernen a la doble deste-

rritorialización generalizada. Quinto teorema: la desterritorialización simple es doble, puesto que implica la coexistencia de una variable mayor y de una variable menor que devienen al mismo tiempo (en un devenir, los dos términos no se intercambian, no se identifican, sino que son arrastrados en un bloque asimétrico, en el que uno cambia tanto como el otro, y que constituye su zona de entorno). —Sexto teorema: la doble desterritorialización no simétrica permite asignar una fuerza desterritorializante y una fuerza desterritorializada, incluso si la misma fuerza pasa de un valor al otro según el ―momento‖ o el aspecto considerado; es más, el menos desterritorializado precipita siempre la desterritorialización del más desterritorializante, que actúa tanto más sobre él. —Séptimo teorema: el desterritorializante tiene el papel relativo de expresión, y el territorializado el papel relativo de contenido (como se ve claramente en las artes); pues bien, no sólo el contenido no tiene nada que ver con un objeto o un sujeto exteriores, puesto que crea un bloque asimétrico con la expresión, sino que la desterritorialización sitúa a la expresión y al contenido en tal proximidad que su distinción deja de ser pertinente, o que la desterritorialización crea su indiscernibilidad (ejemplo: la diagonal sonora como forma de expresión musical, y los devenires-mujer, niño, animal como contenidos propiamente musicales, ritornelos). —Octavo teorema: un agenciamiento no tiene las mismas fuerzas o las mismas velocidades de desterritorialización que otro; en cada caso hay que calcular los índices y coeficientes según los bloques de devenir considerados, y las mutaciones de una máquina abstracta (por ejemplo, una cierta lentitud, una cierta viscosidad de la pintura con relación a la música; pero, aún más, no se podrá hacer pasar una frontera simbólica entre el hombre y el animal, tan sólo se podrá calcular y comparar potencias de desterritorialización).

Dominique Fernández ha mostrado la presencia de devenires-mujer, devenires-niño, en la música vocal. Luego protesta contra el auge de la música instrumental y orquestal; reprocha particularmente a Verdi y a Wagner haber resexua-lizado las voces, haber restaurado la máquina binaria adaptándose a las exigencias del capitalismo, que quiere que un hombre sea un hombre, una mujer una mujer, y que cada uno tenga su voz: las voces-Verdi, las voces-Wagner son reterritorializadas en hombre y mujer. Fernández explica la prematura desaparición de Rossini y de Bellini, la retirada de uno y la muerte del otro por la sensación desesperada de que los devenires vocales de la ópera ya no eran posibles. No obstante, Fernández no pregunta en beneficio de qué, y cuáles son los nuevos tipos de diagonal. Bien es verdad, en primer lugar, que la voz deja de estar maquinada por sí misma, con un simple acompañamiento musical: deja de ser un estrato o una línea de expresión válida por sí misma. Pero, ¿por qué razón? La música ha franqueado un nuevo umbral de desterritorialización, en el que es el instrumento el que maquina la voz, en el que la voz y el instrumento son llevados al mismo plan, unas veces en una relación de enfrentamiento, otras de suplencia, otras de intercambio y de complementaridad. Quizás sea en el lied, y sobre todo en el lied de Schumann, donde por primera vez aparece este puro movimiento que sitúa la voz y el piano en el mismo plan de consistencia, y que convierte al piano en un instrumento de delirio, en una dirección que prepara la ópera wagneriana. E igual ocurre en el caso de Verdi: normalmente se dice que su ópera continúa siendo lírica y vocal, a pesar de

la destrucción que hace del bel canto, y a pesar de la importancia de la orquestación en sus últimas obras; aun así, las voces están instrumentadas, y ganan especialmente en tesitura o en extensión (producción del barítono-Verdi, del soprano-Verdi). Sin embargo, no se trata de tal compositor, sobre todo de Verdi, ni de tal o tal género, sino del movimiento más general que afecta a la música, lenta mutación de la máquina musical. Si en la voz vuelve a aparecer una distribución binaria de los sexos es en relación con los agrupamientos binarios de instrumentos en la orquestación. En la música siempre hay sistemas molares como coordenadas; ahora bien, cuando vuelve a aparecer al nivel de la voz el sistema dualista de los sexos, esta distribución puntual y molar es una condición para nuevos flujos moleculares, que van a cruzarse, conjugarse, arrastrarse en una instrumentación y una orquestación que tienden a formar parte de la propia creación. Las voces pueden estar reterritorializadas en la distribución de los dos sexos, razón de más para que el flujo sonoro y continuo pase entre los dos como en una diferencia de potencial.

Ese es el segundo punto que habría que señalar: si con ese nuevo umbral de desterritorialización de la voz el problema principal ya no es el del devenir-mujer o devenir-niño, propiamente vocal, es porque ahora el problema principal es el de un devenir-molecular, en el que la voz está instrumentada. Por supuesto, los devenires-mujer y niño conservan toda su importancia, incluso van a conocer una nueva importancia, pero en la medida en que ponen de manifiesto otra verdad: lo que se producía ya era un niño molecular, una mujer molecular... Basta con pensar en Debussy: el devenir-niño, el devenir-mujer son intensos, pero son inseparables de una molecularización del motivo, verdadera ―química‖ que se hace con la orquestación. El niño y la mujer son inseparables del mar, de la molécula de agua (Sirenas representa precisamente una de las primeras tentativas completas para integrar la voz en la orquesta). A propósito de Wagner ya se hablaba, para repro-chárselo, del carácter ―elemental‖ de esa música, de su acuatismo, o bien de la atomización del motivo, ―una subdivisión en unidades infinitamente pequeñas‖. Esto se ve todavía mejor cuando se piensa en el devenir-animal: los pájaros han conservado toda su importancia y, sin embargo, es como si la edad de los insectos hubiese sustituido al reino de los pájaros, con vibraciones, chirridos, crujidos, zumbidos, chasquidos, roces, frotamientos mucho más moleculares. Los pájaros son vocales, pero los insectos son instrumentales, tambores y violines, guitarras y cimbales83. Un devenir insecto ha sustituido al devenir-pájaro, o forma un bloque con él. El insecto es el que mejor puede hacernos comprender esa verdad de que todos los devenires son moleculares (cf. las ondas Martenot, la música electrónica). Pues lo molecular tiene la capacidad de hacer comunicar lo elemental y lo cósmico: precisamente porque efectúa una disolución de la forma que pone en relación las longitudes y latitudes más diversas, las velocidades y las lentitudes más variadas, y que asegura un continuum al extender la variación mucho más allá de sus límites formales. Redescubrir Mozart, y que el ―tema‖ ya era la variación. Varese explica que la molécula sonora (el bloque) se disocia en elementos dispuestos de diversas formas según relaciones de velocidad variables, pero también como otras tantas ondas o flujos de una energía sónica que irradia a todo el universo, línea de

fuga perdida. Así ha poblado el desierto de Gobi de insectos y estrellas que formaban un devenir-música del mundo, una diagonal para un cosmos. Messiaen pone en presencia duraciones cromáticas múltiples, en coalescencia, ―alternando las más grandes con las más pequeñas, a fin de sugerir la idea de las relaciones entre los tiempos infinitamente largos de las estrellas y de las montañas, e infinitamente cortos de los insectos y de los átomos: poder elemental, cósmico, que (...) procede sobre todo del trabajo rítmico‖84. Lo que hace que un músico descubra los pájaros le hace también descubrir lo elemental y lo cósmico. Uno y otro forman un bloque, una fibra de universo, una diagonal o espacio complejo. La música emite flujos moleculares. Por supuesto, como dice Messiaen, la música no es el privilegio del hombre: el universo, el cosmos está hecho de ritornelos; el problema de la música es el de una potencia de desterritorialización que atraviesa la Naturaleza, los animales, los elementos y los desiertos, no menos que el hombre. Más bien se trata de lo que en el hombre no es musical, y de lo que ya es musical en la naturaleza. Es más, lo que los etnólogos descubrían en el animal, Messiaen lo descubría en la música: el hombre apenas si tiene un privilegio, salvo en los medios para sobrecodificar, para hacer sistemas puntuales. Incluso es lo contrario de un privilegio; a través de los devenires-mujer, niño, animal o molécula, la naturaleza opone su potencia, y la potencia de la música, a la de las máquinas del hombre, estruendo de las fábricas y de los bombardeos. Y hasta ahí hay que llegar, a que el sonido no musical del hombre forme un bloque con el devenir-música del sonido, a que se enfrenten o se abracen, como dos luchadores que ya no pueden separarse y caer en una línea oblicua: ―Que el coro represente a los supervivientes (...). Se oye el débil murmullo de las cigarras. Luego los trinos de las golondrinas, luego el canto del pájaro burlón. Alguien ríe, una mujer estalla en sollozos. Un hombre lanza un grito: ―¡Estamos perdidos!‖ Una voz de mujer: ―¡Estamos salvados!‖ Por todas partes se oyen gritos: ―¡Perdidos! ¡Salvados! ¡Perdidos! ¡Salvados!‖ 85.

NOT AS


  1. Sobre esta complementaridad serie-estructura, y la diferencia con el evolucionismo, cf. H. DAUDIN, Cuvier et Lamarck: les classes zoológiques et l‟idée de série animale, y M. FOUCAULT, Les mots et les choses, cap. V (trad. cast., ed. Siglo XXI).

  2. Cf. JUNG, especialmente Métamorphoses de l‟âme et ses symboles, Librairie de l’Université, Genève. Y BACHELARD, Lautréamont, Corti.

  3. LÉVI-STRAUSS, Le totémisme aujord‟hui, P. U. F., pág. 112 (trad. cast., ed. F.C.E.).

  4. J.P. VERNANT, en Problèmes de la guerre en Grèce ancienne, Mouton, págs. 15-16.

  5. Sobre la oposición de la serie sacrificial y de la estructura totémica, cf. LÉVI-STRAUSS, La pensée sauvage, Plon, págs. 295-302 (trad. cast. F.C.E.). Pero, a pesar de toda su severidad hacia la serie, Lévi-Strauss reconoce los compromisos de los dos temas: la estructura implica un sentido muy concreto de las afinidades (51-52) y se establece por su cuenta a partir de dos series entre las que organiza sus homologías de relaciones. Sobre todo, el ―devenir-histórico‖ puede entrañar complicaciones o degradaciones que sustituyen esas homologías por semejanzas e identificaciones entre términos (págs. 152 s., y lo que Lévi-Strauus llama ―el reverso del totemismo‖).

  6. Cf. J. DUVIGNAUD, L‟anomie, ed. Anthropos.

  7. HUGO VON HOFMANNSTHAL, Lettres du voyageur à son retour, Mercure de France.

  8. Cf. J. C. BAILLY, La légende dispersée, anthologie du romantisme allemand, 10-18, págs. 36-43.

  9. Sobre el hombre de guerra, su posición extrínseca con relación al Estado, a la familia, a la religión, sobre los devenires-animales, los devenires-fieras en los que entra, cf. DUMÉZIL, especialmente Mythes et dieux des Germains: Horace et les Curiaces; Heur et malheur du guerrier (trad. cast., ed. Siglo XXI); Mythe et épopée, t. II. También hay que remitirse a los estudios sobre las sociedades de hom-bres-leopardos, etc., en Africa negra: es probable que estas sociedades tengan su origen en las corporaciones guerreras. Pero, en la medida en que el Estado colonial prohíbe las guerras tribales, se transforman en sociedades de crimen, aunque conservan su importancia política y territorial. Uno de los mejores estudios sobre este tema es el de P.E. JOSET, Les sociétés secrètes del hommes-léopards en Afrique noire, Payot. Los devenires-animales característicos de estos grupos nos parecen muy diferentes de las relaciones simbólicas hombre-animal tal y como aparecen en los aparatos de Estado, pero también en las instituciones pre-estatales del tipo totemismo. LÉVI-STRAUSS muestra perfectamente que el totemismo implica ya una especie de embrión de Estado, en la medida en que desborda las fronteras tribales (Lapensée sauvage, págs. 220 s.).

  10. C.f. GEORGES CANGUILHEM, Le normal et le pathologique, P.U.F., págs 81-82 (trad. cast., ed. Siglo XXI). 11 D.H. LAWRENCE: Estoy cansado de oír que no existe ese tipo de animales (...). Si soy una jirafa, y los ingleses ordinarios que escriben sobre mí, amables perros bien educados, la cosa está clara, los animales son diferentes. (...) Vosotros no me amáis, vosotros detestáis instintivamente el animal que

soy‖ (Lettres choisies, Plon, t. II, pág. 237).

  1. RENÉ THOM, Stabilité structurelle et morphogenèse, ed. W. A. Benjamin, pág. 319.

  2. E. R. LEACH, Critique de l‟anthropologie, P.U.F., págs. 40-50 (trad. cast., ed. Seix Barral).

  3. Cf. JACQUES LACARRIÈRE, Les hommes ivres de Dieu, Fayard (trad. cast., ed. Ayala, Barcelona).

  4. PIERRE GORDON (L‟initiation sexualle et l‟évolution religieuse, P.U.F.) ha estudiado el papel de los hombres-animales en los ritos de ―desfloración sagrada‖. Estos hombres-animales imponen una alianza ritual a los grupos de filiación, ellos mismos pertenecen a congregaciones externas o en el límite, y son maestros del contagio, de la epidemia. Gordon analiza la reacción de los pueblos y de las ciudades cuando luchan contra esos devenires-animales, para conquistar el derecho de realizar sus propias iniciaciones y de regular sus alianzas a partir de sus filiaciones respectivas (así, la lucha contra el dragón). —El mismo tema aparece, por ejemplo, en ―El hombre-hiena en la tradición sudanesa‖ (cf. G. Calame-Griaule y Z. Ligers, en L‟Homme, mayo 1961): el hombre-hiena vive en la linde del pueblo, o entre dos pueblos, y vigila las dos direcciones. Un héroe o incluso dos héroes, cada uno de los cuales tiene su prometida en el pueblo del otro, triunfarán sobre el hombre-animal. Es como si hubiera que distinguir dos estados muy diferentes de la alianza: una alianza demoníaca, que se impone desde fuera y que impone su ley a todas las filiaciones (alianza forzosa con el monstruo, con el hombre-animal); luego una alianza consentida, que por el contrario se adapta a la ley de las filiaciones, cuando los hombres de los pueblos han vencido al monstruo y organizan sus propias relaciones. El problema del incesto puede así ser modificado. Pues no basta con decir que la prohibición del incesto proviene de las exigencias positivas de la alianza general. Más bien existe una alianza que es tan ajena

    a la filiación, tan hostil a la filiación, que ocupa necesariamente la posición del incesto (el hombre-animal siempre está en relación con el incesto). La segunda alianza prohíbe el incesto porque sólo puede subordinarse a los derechos de la filiación estableciéndose precisamente entre filiaciones distintas. El incesto aparece dos veces, como potencia monstruosa de alianza cuando ésta vence a la filiación, pero también como potencia prohibida de la filiación cuando ésta somete a la alianza y debe distribuirla entre distintas familias.

  5. Matheson y Asimov tienen una especial importancia en esta evolución (Asimov ha desarrollado mucho el tema de la simbiosis).

  6. CASTANEDA, Histoires de pouvoir, Gallimard, pág. 153 (trad. cast., ed. F. C. E).

  7. Cf. LAWRENCE, el primer y segundo poema de Tortoises.

  8. Cf. el manual de la Inquisición Le marteau des sorcières, reed. Plon: el primer caso, el más simple, remite a los compañeros de Ulises que creían y que se creía que se habían transformado en cerdos (o el rey Nabucodonosor transformado en buey). El segundo caso es más complicado: los compañeros de Diomedes no creen que se han transformado en pájaros, puesto que están muertos, pero los demonios adquieren cuerpo de pájaros que hacen pasar por los de los compañeros de Diomedes. La necesidad de distinguir este caso más complejo se explica por los fenómenos de transferencia de afectos: por ejemplo, un señor cazador corta la pata de un lobo y, al volver a su casa, encuentra a su mujer, que sin embargo no ha salido, con la mano cortada; o bien un hombre hiere a sus gatos, cuyas heridas aparecen exactamente en mujeres.

  9. Sobre el problema de las intensidades en la Edad Media, sobre la abundancia de temas a este respecto, sobre la constitución de una cinemática y de una dinámica, y el papel especialmente importante de Nicolas Oresme, cf. la obra clásica de PIERRE DUHEM, Le système du monde, t. VII. Hermann.

  10. ETIENNE GEOFFROY SAINT-HILAIRE, Principes de philosophie zoologique. Y, sobre las partículas y sus movimientos, Notions synthétiques.

  11. VLADIMIR SLEPIAN, ―Fils de chien‖, Minuit n° 7, enero 1974. Nosotros damos de este texto una version muy simplificada.

  12. Cf. ROGER DUPOUY, ―DU masochisme‖, Annales médico-psychologiques, 1929, II.

  13. A veces se escribe ―eccéite‖, derivando la palabra de ecce, he aquí. Es un error, puesto que Duns Scoto ha creado la palabra y el concepto a partir de Haec, ―esta cosa‖. Pero es un error fecundo, puesto que sugiere un modo de individuación que no se confunde precisamente con el de una cosa o un sujeto.

  14. MICHEL TOURNIER, Les météores, Gallimard, cp. XXII, ―L’âme déployée‖ (trad. cast., ed. Plaza y Janés).

  15. PIERRE BOULEZ, Par volonté et par hasard, págs. 88-91 (―los fenómenos de tempo son fenómenos que no se pueden introducir en una música calculada de forma puramente electrónica, mediante una duración expresada en segundos o en minisegundos‖).

  16. RAY BRADBURY, Les machines à bonheur, Denoël, pág. 67 (trad. cast., ed. Edhasa, colecc. Minotauro).

  17. G. GUILLAUME ha propuesto una concepción muy interesante del verbo, en el que distingue un tiempo interno, englobado en el ―proceso‖, y un tiempo externo, que remite a la distinción de las épocas (―Epoques et niveaux temporels dans le système de la conjugaison française‖, Cahiers de Linguistique structurale, Canada, 1955). A nosotros nos parece que estos dos polos corresponden, uno al infinitivo-devenir, Aiôn, el otro al presente-ser, no sólo según su naturaleza, sino según los matices de sus modos y tiempos. Salvo ―devenir‖ y ―ser‖, que corresponden a cada uno de los dos polos. En su estudió sobre el estilo de Flaubert, PROUST muestra cómo el tiempo del imperfecto en Flaubert adquiere el valor de un infinitivo-devenir (Chroniques, Gallimard, págs. 197-199) (trad. cast., Ensayos Literarios, ed. Edhasa).

  18. Sobre el problema de los nombres propios (¿en qué sentido el nombre propio está fuera de los límites de la clasificación y es de otra naturaleza, o bien, en última instancia, formando todavía parte de ella?) cf. GARDINER, The Theory of Proper Names, Londres, y LÉVI-STRAUSS, La pensée sauvage, cap. VII.

  19. Ya hemos encontrado este problema, relativo a la indiferencia del psicoanálisis respecto al empleo del artículo o el pronombre indefinidos, tal y como lo utilizan los niños: en Freud, y todavía más en M. Klein (los niños que analiza, y especialmente el pequeño Richard, hablan en términos de ―un‖ ―se‖

    ―las personas‖, pero M. Klein fuerza increíblemente la cosa hasta hacerles decir locuciones familiares, posesivas y personales). En el dominio del psicoanálisis, nos parece que sólo Laplanche y Pontalis han entrevisto el papel tan particular de los indefinidos, y han protestado contra toda reducción interpretativa demasiado precipitada: ―Fantas, originaire...‖, Temps modem n.° 215, abril 1964, págs. 1.861, 1.868.

  20. Cf. la concepción personalista o subjetivista de E. BENVENISTE:Problèmes de linguistique générale, cap.

    XX y XXI (especialmente págs. 255, 261) (trad. cast., ed. Siglo XXI.)

  21. Los textos esenciales de MAURICE BLANCHOT son válidos como una refutación de la teoría de los

    ―conectadores‖ (embrayeurs) y de la personología en lingüística: cf. L‟entretien infini, Gallimard, págs. 556-567. Y, sobre la diferencia entre las dos proposiciones ―soy desgraciado‖ y ―es desgraciado‖, o bien ―muero‖ y ―se muere‖, cf. La part du feu, págs. 29-30, y L‟espace littéraire, págs 105-155, 160-161 (trad. cast., ed. Paidós). Blanchot muestra en todos esos casos que el indefinido no tiene nada que ver con la ―banalidad cotidiana‖, que estaría más bien relacionada con el pronombre personal.

  22. Por ejemplo, FRANÇOIS CHENG, L‟écriture poétique chinoise, ed. du Seuil: su análisis de lo que llama ―los métodos pasivos‖ pág. 30 sig.

  23. Cf. las declaraciones de los músicos americanos llamados ―repetitivos‖, especialmente de Steve Reich y Phil Glass.

  24. NATHALIE SARRAUTE en L‟ère du soupçon (trad. cast., ed. Guadarrama) muestra cómo Proust, por ejemplo, está dividido entre los dos planes, en la medida en que extrae de sus personajes ―las parcelas ínfimas de una materia impalpable‖, pero también recoge todas sus partículas en una forma coherente, las introduce en la envoltura de tal y tal personaje: cf. págs. 52, 100.

  25. Cf. la distinción de los dos Planes en ARTAUD, uno de los cuales es denunciado como el origen de todas las ilusiones: Les Tarahumaras, OEuvres complètes, IX, págs. 34-35 (trad. cast., ed. Barral).

  26. HÖLDERLIN, Hyperion, introducción de Robert Rovini, 10-18 (trad. cast., ed. Hiperión, pero no de ese prólogo).

  27. Nosotros utilizamos un estudio inédito de Mathieu Carrière sobre Kleist.

  28. ―¿De dónde salió ese título, A Year from Monday?‖ — ―De un plan que habíamos hecho con un grupo de amigos, y que consistía en encontranos en México el próximo lunes dentro de un año. Nos habíamos reunido un sábado, y nuestro plan nunca se pudo realizar. Es una forma de silencio. (...) Por el hecho mismo de que nuestro plan ha fracasado, de que no hemos sido capaces de encontrarnos, nada ha fracasado, el plan no era un fracaso‖ (JOHN CAGE, Pour les oiseaux, entrevistas con D. Charles, Belfond, pág. 111).

  29. Por eso hemos podido poner a Goethe como ejemplo de un plan transcendente. Sin embargo, Goethe pasa por spinozista; sus estudios botánicos y de zoología descubren un plan de composición inmanente, que lo emparenta con Geoffroy Saint-Hilaire (semejanza que ha sido a menudo señalada). No obstante, Goethe nunca abandonará la doble idea de un desarrollo de la Forma y de una formación-educación del sujeto: como consecuencia, su plan de inmanencia pasa ya del otro lado, hacia el otro polo.

  30. Sobre todos estos puntos (proliferaciones-disoluciones, acumulaciones, indicaciones de velocidad, papel dinámico y afectivo), cf. PIERRE BOULEZ, Par volonté et par hasard, págs. 22-24, 88- 91. En otro texto, Boulez insiste sobre un aspecto desconocido de Wagner: no sólo los leitmotiv se liberan de su subordinación a los personajes escénicos, sino que las velocidades de desarrollo se liberan de la influencia de un ―código formal‖ o de un tempo (―Le temps re-cherché‖, en Das Rheingold Programmheft l, Bayreuth 1976, págs. 3-11). Boulez rinde homenaje a Proust por haber sido uno de los primeros en comprender ese papel transformable y flotante de los motivos wagnerianos.

  31. Los temas de velocidad y de lentitud son especialmente desarrollados en La prisonnière (trad. cast., Alianza Editorial): ―Para comprender las emociones que proporcionan [los seres fugitivos), y que otros seres, incluso más hermosos, no proporcionan, hay que calcular que no están inmóviles, sino en movimiento, y añadir a su persona un signo correspondiente a lo que en física significa el signo velocidad. A esos seres, a esos seres fugitivos, su naturaleza, nuestra inquietud les atribuyen alas‖.

  32. Louis WOLFSON, Le schizo et les langues, Gallimard.

  33. RENÉ SCHÉRER y GUY HOCQUENGHEM, Co-ire, Recherches, págs. 76-82 (trad. cast. ed., Anagrama): su crítica de la tesis de Bettelheim, que sólo ve en los devenires-animales del niño un simbolismo autista, que por otro lado expresa la angustia de los padres más que una realidad infantil (cf. La forteresse vide, Gallimard) (trad. cast., ed. Laia).

  34. PHILIPPE GAVI, ―Les philosophes du fantastique‖, Libération, 31 de marzo 1977. —Para los casos precedentes, habría que llegar a comprender ciertos comportamientos llamados neuróticos en función de los devenires-animales, en lugar de relacionar los devenires-animales con una interpretación psicoanalítica de esos comportamientos. Ya lo hemos visto en el caso del masoquismo (y Lolito explica que el origen de sus proezas está en ciertas experiencias masoquistas; un hermoso texto de Christian Maurel conjuga un devenir-mono y un devenir-caballo en una pareja masoquista). También habría que considerar la anorexia desde el punto de vista del devenir-animal.

  35. Cf. Newsweek, 16 de mayo 1977, pág. 57.

  36. Cf. TROST, Visible et invisible, Arcanes y Librement mécanique, Minotaure: ―Ella estaba a la vez en su realidad sensible y en el prolongamiento ideal de sus líneas como la proyección de un grupo humano futuro‖.

  37. Cf. los ejemplos y la explicación estructural propuesta por J.—P. VERNANT, en Problèmes de la guerre en Grèce ancienne, Mouton, págs. 15-16.

  38. Sobre el travestismo en las sociedades primitivas, cf. BRUNO BETHELHEIM, Les blessures symboliques, Gallimard (trad. cast., ed. Barral) (que da una interpretación psicológica identificatoria) y sobre todo GREGORY BATESON, La cérémonie du Naven, ed. de Minuit (que propone una interpretación estructural original).

  39. FRANÇOIS CHENG, L‟écriture poétique chinoise, págs. 20 sig.

  40. VIRGINIA WOOLF, Journal d‟un écrivain, t. I, 10-18, pág. 230 (trad. cast., ed. Lumen): ―De repente se me ocurrió que lo que quería ahora era saturar cada átomo‖, etc. Sobre todos estos puntos nos servimos de un estudio inédito de Fanny Zavin sobre Virginia Woolf.

  41. Nos remitimos a Crainte et tremblement (trad. cast., ed. Guadarrama) que nos parece el libro más importante de Kierkegard, por su manera de plantear el problema del movimiento y de la velocidad, no sólo en su contenido, sino en su estilo y su composición.

  42. CARLOS CASTANEDA, passim, y sobre todo Voyage à Ixtlan, págs. 233 sig (trad. cast., ed. F. C. E.).

  43. LESLIE FIEDLER, Le retour du Peau-rouge, ed. du Seuil. Fiedler explica la alianza secreta del americano blanco con el negro o el indio por un deseo de escapar a la forma y a la empresa molar de la mujer americana.

  44. MICHAUX, Misérable miracle, Gallimard, pág. 126: ―El horror radicaba sobre todo en que yo sólo era un línea. En la vida normal se es una esfera, una esfera que descubre panoramas. (...) Aquí sólo una línea (...) El acelerado lineal en el que me había convertido...‖ Cf. los dibujos lineales de Michaux. Pero es en Les grandes épreuves de l‟esprit, (trad. cast., ed. Tusquets), en las ochenta primeras páginas de ese libro, donde Michaux va lo más lejos posible en el análisis de las velocidades, de las percepciones moleculares y de los ―microfenómenos‖ o ―microoperaciones‖.

  45. ARTAUD, Les Tarahumaras, OEuvres complètes, t. IX, págs. 34-36 (trad. cast., ed. Barral).

  46. MICHAUX, Misérable miracle, pág. 164 (―Ser dueño de su velocidad‖).

  47. Sobre las posibilidades del silicio, y su relación con el carbono desde el punto de vista de la química orgánica, cf. el artículo ―Silicium‖ en Encyclopedia Universalis.

  48. Luc DE HEUSCH muestra cómo es el hombre de guerra el que aporta el secreto: piensa, come, ama, juzga, llega en secreto, en cambio, el hombre de Estado procede públicamente (Le roi ivre ou l‟origine de l‟Etat). La idea del secreto de Estado es tardía, y supone la apropiación de la máquina de guerra por el aparato de Estado.

  49. Especialmente GEORG SIMMEL, cf. The Sociology of Georg Simmel, Glencoe, cap. III.

  50. P. E. JOSET señala perfectamente esos dos aspectos de la sociedad secreta de iniciación, el Mambela del Gongo: por un lado, su relación de influencia sobre los jefes políticos habituales, que llega hasta una transferencia de los poderes sociales; por otro, su relación secreta de hecho con los Aniato, como sociedad secreta de crimen o de hombres-leopardos dentro de esa sociedad secreta (incluso si los Anioto tienen otro origen que el Mambela). Cf. Les sociétés secrètes des hommes-léopards en Afrique noire, cap. V.

  51. Sobre las concepciones psicoanalíticas del secreto, cf. ―Du secret‖, Nouvelle revue de psychanalyse n° 14: y para la evolución de Freud, el artículo de Claude Girard, ―Le secret aux origines‖.

  52. BERNARD PINGAUD, apoyándose en el texto ejemplar de James, ―Image dans le tapis‖, muestra cómo el secreto salta del contenido a la forma, y escapa a los dos: ―Du secret‖, págs. 247-249. Con frecuencia se ha comentado ese texto de James desde un punto de vista que interesa al psicoanálisis; especialmente, J. B. PONTALIS, Après Freud, Gallimard. Pero el psicoanálisis sigue estando prisionero tanto de un contenido necesariamente disfrazado como de una forma necesariamente simbólica (estructura, causa ausente...), a un nivel que define a la vez el inconsciente y el lenguaje. Por eso, en sus explicaciones literarias o estéticas, falla tanto el secreto en un autor como el secreto de un autor. Igual que para el secreto de Edipo: se ocupan de los dos primeros secretos, pero no del tercero, que, sin embargo, es el más importante.

  53. Sobre las oscuridades de la idea de mayoría, cf. los dos temas célebres del ―efecto-Condorcet‖ y del

    ―teorema de decisión colectiva‖ de Arrow.

  54. Cf. FAULKNER, LIntrus, Gallimard, pág. 264 (trad. cast., ed. Seix Barral). Hablando de los blancos del Sur después de la guerra de Secesión, no sólo de los pobres, sino de las antiguas familias ricas, Faulkner escribe: ―Estamos en la situación de un alemán después de 1933, que no tenía otras alternativas que ser nazi o judío‖.

  55. La sumisión de la línea al punto aparece claramente en los esquemas arborescentes: cf. JULIEN PACOTTE, Le réseau arborescent, Hermann; y el estatuto de los sistemas jerárquicos o centrados según P. Rosenstiehl y J. Petitot, ―Automate asocial et systèmes acentrés‖ (Comnunications n.° 22, 1974). Se podría presentar el esquema arborescente de mayoría bajo la forma siguiente:



  56. Línea de devenir, con relación a la union localizable de A y B (distancia), o con relación a su contigüidad:




  57. VIRGINIA WOOLF, Journal d‟un écrivain, 10-18, t. I, pág. 238 (trad. cast., ed. Lumen). E igual ocurre en Kafka, en el que los bloques de infancia funcionan de forma opuesta a los recuerdos de infancia. El caso de Proust es más complicado, puesto que realiza una mezcla de los dos. El psicoanálisis está en la situación de captar los recuerdos o fantasmas, pero nunca los bloques de infancia.

  58. Por ejemplo, en el sistema de la memoria, la formación del recuerdo implica una diagonal que convierte un presente A en representación A’ con relación al nuevo presente B, en A‖ con relación a C, etc.:



    Cf. HUSSERL, Leçons pour une phénoménologie de la conscience intime du temps, P.U.F.

  59. NIETZSCHE, Considérations intempestives, ―Utilité et inconvénient des études historiques‖, s 1. (trad. cast., ed. Aguilar).

  60. Sobre todos estos temas, cf. PIERRE BOULEZ : 1.°) como, cada vez, unas transversales tienden a escaparse de las coordenadas horizontales y verticales de la música, trazando incluso a veces ―líneas virtuales‖, Releves d‟apprenti, ed. du Seuil, págs. 230, 290-297, 372. Sobre la idea de bloque sonoro o

    ―bloques de duración‖, en relación con esta transversal, Penser la musique aujourd‟hui, Gonthier, págs. 59-63; sobre la distinción entre puntos y bloques, ―conjuntos puntuales‖ y conjuntos ―agregativos‖

    de individualidad variable, ―Sonate que me veux-tu?‖, en Médiations n.° 7, 1964. El odio de la memoria aparece frecuentemente en Boulez: cf. ―Eloge de l’ammésie‖ (Musique en jeu n.‖ 4, 1971). ―J’ai horreur du souvenir‖ (en Roger Desormière et son temps, ed. du Rocher). Si nos limitamos a ejemplos contemporáneos, encontraríamos declaraciones análogas en Strawinsky, Cage, Berio. Por supuesto, existe una memoria musical ligada a las coordenadas y que se ejerce en los marcos sociales (levantarse, acostarse, batirse en retirada). Pero la percepción de una ―frase‖ musical no recurre tanto a una memoria, incluso del tipo reminiscencia, como a una extensión o contracción de la percepción del tipo encuentro. Habría que estudiar cómo cada músico utiliza verdaderos bloques de olvido: por ejemplo lo que Barraqué dice de los ―fragmentos de olvido‖ y de los ―desarrollos ausentes‖ en Debussy (Debussy, págs. 169-171). Véase un estudio general de DANIEL CHARLES, ―La musique et l’oubli‖, Traverses n.º 4, 1976.

  61. ROLAND BARTHES, ―Rasch‖, en Langue, discours, société, ed. du Seuil, págs. 217-228.

  62. Por todos estos conceptos, hay muchas diferencias entre los pintores, pero también un movimiento de conjunto, cf. KANDINSKY, Point, ligne, plan (trad. cast., ed. Barral); KLEE, Théorie de l‟art moderne, Gonthier (trad. cast., ed. Calden). Declaraciones como las de Mondrian, sobre el valor exclusivo de la vertical y la horizontal, tienen como finalidad mostrar en qué condiciones éstas son suficientes para lanzar una diagonal que ya ni siquiera tiene necesidad de ser trazada: por ejemplo, porque las coordenadas de desigual espesor se cortan en el interior del cuadro y se prolongan fuera del cuadro, abriendo un ―eje dinámico‖ en transversal (cf. los comentarios de MICHEL BUTOR, Repertorio III, ―Le carré et son habitant‖, ed. de Minuit) (trad. cast., ed. Seix Barral). También se consultará el artículo de MICHEL FRIED sobre la línea de Pollock (―Trois peintre américains‖, en Peindre, 10-18), y las páginas de HENRY MILLER sobre la línea de Nash ( Virage à quatre-vingts, Livre de Poche).

  63. ―Había algo tenso, exasperado, algo que iba casi hasta una intolerable cólera en su pecho de hombre valiente, mientras tocaba esta fina y noble música de paz. Cuanto más exquisita era la música con más perfección tocaba dentro de una dicha total; y al mismo tiempo la loca exasperación que llevaba dentro de sí crecía en la misma medida‖ (LAWRENCE, La verge d‟Aaron, Gallimard, pág. 16).

  64. Aunque BERIO da otras indicaciones, nos parece que su obra Visage, está compuesta según los tres estados de rostridad: primero una multiplicidad de cuerpos y siluetas sonoras, luego un corto momento de organización dominante y sonfónica del rostro, por último, un lanzamiento de ―cabezas buscadoras‖ en todas las direcciones. Sin embargo, no se trata en modo alguno de una música que

    ―imitaría‖ al rostro y sus avatares, ni de una voz que haría metáfora. Pero los sonidos aceleran la desterritorialización del rostro, le dan una potencia propiamente acústica, en cambio, el rostro reacciona musicalmente al precipitar a su vez la desterritorialización de la voz. En un rostro molecular, producido por una música electrónica. La voz precede al rostro, lo forma un instante, y le sobrevive al adquirir cada vez mayor velocidad, a condición de ser inarticulada a-significante, a-subjetiva.

  65. GROHMANN, Paul Klee, Flammarion: ―Medio convencido, medio divertido, se consideraba feliz, eso decía, por haber llevado [la pintura], al menos en lo que se refiere a la forma, a la altura en que Mozart había dejado la música antes de morir‖ (66-67).

  66. DOMINIQUE FERNANDEZ, La rose des Tudors, Julliard (y la novela Porporino, Grasset). Fernández cita la música pop como un retorno tímido a la gran música vocal inglesa. En efecto, habría que considerar las técnicas de respiración circular, en las que se canta inspirando y espirando, o de filtrado del sonido según zonas de resonancia (nariz, frente, pómulos — utilización propiamente musical del rostro).

  67. MARCEL MORÉ, Le dieu Mozart et le monde des oiseaux, Gallimard.

  68. Hemos visto que la imitación podía concebirse como una semejanza de términos que culmina en un arquetipo (serie), o bien como una correspondencia de relaciones que constituye un orden simbólico (estructura); pero el devenir no se deja reducir ni a una ni a otra. El concepto de mimesis no sólo es insuficiente, sino que es radicalmente falso.

  69. FRANÇOIS TRUFFAUT, Le cinéma selon Hitchcock, Seghers, págs. 332-333 (trad. cast., Alianza Editorial) (―me he tomado la licencia dramática de no permitir en modo alguno que los pájaros chillaran...‖).

  70. Cf. E. DE MARTINO, La terre du remord, Gallimard, pp. 142-170. Martino sostiene, no obstante, una interpretación basada en el arquetipo, la imitación y la identificación.

  71. Cf. J. C. LAROUCHE, Alexis le trotteur, ed. du Jour, Montreal. Testimonio citado: ―Interpretaba la música con la boca como uno de nosotros, tenía una armónica muy grande, con la que nosotros ni siquiera éramos capaces de tocar. (...) Cuando tocaba con nosotros decidía de repente superarnos. Es decir, doblaba el tiempo del acorde; mientras que nosotros tocábamos un tiempo, él tocaba dos, y eso exigía una respiración extraordinaria‖ (pág. 95).

  72. ANDRÉE TÉTRY, Les outils chez les êtres vivants. Gallimard, capítulo sobre los ―instrumentos de música‖, con bibliografía: el ruido puede ser un efecto del movimiento o del trabajo del animal, pero se hablará de instrumentos de música cada vez que unos animales disponen de aparatos cuya única función es producir sonidos variados (el carácter musical, en la medida en que se deja determinar, es muy variable, pero también lo es en el caso del aparato vocal de los pájaros; entre los insectos hay verdaderos virtuosos). Desde ese punto de vista, distinguimos: 1.º) aparatos estridulantes, del tipo instrumentos de cuerda, frotamiento de una superficie rígida contra otra superficie (insectos, crustáceos, arañas, escorpiones, pedipalpos); 2.°) aparatos de percusión, del tipo tambor, cimbal, xilofón, acción directa de músculos sobre una membrana vibrante (cigalas y ciertos peces). No sólo la variedad de los aparatos y de los sonidos es infinita, sino que un mismo animal varía su ritmo, su tonalidad, su intensidad, según las circunstancias o exigencias todavía más misteriosas. ―Se trata entonces de un canto de cólera, de angustia, de miedo, de triunfo, de amor. Bajo el impulso de una viva excitación, el ritmo del chirrido varía: en el Crioceris Lilii, la frecuencia de los frotamientos pasa de 228 golpes a 550, e incluso más, por minuto‖.

  73. GISÈLE BRELET, en Histoire de la musique, II, Pléiade, ―Musique contemporaine en France‖, pág. 1.166.

  74. Texto de HENRY MILLER para Varese, Le cauchemar climatisé, Gallimard, págs. 189-199.

    11

    1837

    DEL RITORNELO



    La máquina de gorjear

    1. Un niño en la obscuridad, presa del miedo, se tranquiliza canturreando. Camina, camina y se para de acuerdo con su canción. Perdido, se cobija como puede o se orienta a duras penas con su cancioncilla. Esa cancioncilla es como el esbozo de un centro estable y tranquilo, estabilizante y tranquilizante, en el seno del caos. Es muy posible que el niño, al mismo tiempo que canta, salte, acelere o aminore su paso; pero la canción ya es en sí misma un salto: salta del caos a un principio de orden en el caos, pero también corre constantemente el riesgo de desintegrarse. Siempre hay una sonoridad en el hilo de Ariadna. O bien el canto de Orfeo.

    2. Ahora, por el contrario, uno está en su casa. Pero esa casa no preexiste: ha habido que trazar un círculo alrededor del centro frágil e incierto, organizar un espacio limitado. Muchas y diversas componentes intervienen, todo tipo de señales y marcas. Ya era así en el caso precedente. Pero ahora son componentes para la organización de un espacio, ya no para la determinación momentánea de un centro. Las fuerzas del caos son, pues, mantenidas en el exterior en la medida de lo posible, y el espacio interior protege las fuerzas germinativas de una tarea a cumplir, de una obra a realizar. Hay toda una actividad de selección, de eliminación, de extracción para que las fuerzas íntimas terrestres, las fuerzas internas de la tierra, no sean englutidas, puedan resistir, o incluso puedan extraer algo del caos a través del filtro o la criba del espacio trazado. Pues bien, las componentes vocales, sonoras, son muy importantes: una barrera del sonido, en cualquier caso una pared en la que algunos ladrillos son sonoros. Un niño canturrea para acumular dentro de sí las fuerzas del trabajo escolar que debe presentar. Una ama de casa canturrea, o pone la radio, al mismo tiempo que moviliza las fuerzas anticaos de su tarea. Los aparatos de radio y de televisión son como una pared sonora para cada hogar, y marcan territorios (el vecino protesta cuando se pone muy alto). Para obras su-blimes como la fundación de una ciudad, o la fabricación de un Golem, se traza un círculo, pero sobre todo se camina alrededor del círculo como en un corro infantil, y se combinan las consonantes y las vocales rimadas que corresponden tanto a las fuerzas internas de la creación como a las partes diferenciadas de un organismo. Un error de velocidad, de ritmo o de armonía sería catastrófico, puesto que destruiría al creador y a la creación al restablecer las fuerzas del caos.

    3. Ahora, por fin, uno entreabre el círculo, uno abre, una deja entrar a alguien, uno llama a alguien, o bien uno mismo sale fuera, se lanza. Uno no abre el círculo por donde empujan las antiguas fuerzas del caos, sino por otra zona, creada por el propio círculo. Como si él mismo tendiera a abrirse a un futuro, en función de las fuerzas activas que alberga. En este caso, es para unirse a fuerzas del futuro, a fuerzas cósmicas. Uno se lanza, arriesga una improvisación. Improvisar es unirse al Mundo, o confundirse con él. Uno sale de su casa al hilo de una cancioncilla. En las líneas motrices, gestuales, sonoras que marcan el recorrido habitual de un niño, se insertan o brotan ―líneas de errancia‖, con bucles, nudos, velocidades, movimientos, gestos y sonoridades diferentes1.

No son tres momentos sucesivos en una evolución. Son tres aspectos de una sola y misma cosa, el Ritornelo. Aparecen en los cuentos, de terror o de hadas, y también en los lieder. El ritornelo presenta los tres aspectos, los hace simultáneos, o los combina: ora, ora, ora. Ora el caos es un inmenso agujero negro, y uno se

esfuerza en fijar en él un punto frágil como centro. Ora uno organiza alrededor del punto una ―andadura‖ (más que una forma) tranquila y estable: el agujero negro ha devenido una casa. Ora uno introduce en esa andadura una salida, fuera del agujero negro. Paul Klee es quien más profundamente ha mostrado esos tres aspectos, y su relación. Klee habla de ―punto gris‖, y no de agujero negro, por razones pictóricas. Pero el punto gris es en primer lugar el caos no dimensional, no localizable, la fuerza del caos, manojo enmarañado de líneas aberrantes. Luego el punto ―salta por encima de sí mismo‖ y hace irradiar un espacio dimensional, con sus capas horizontales, sus capas verticales, sus líneas habituales no escritas, toda una fuerza interna terrestre (esta fuerza también aparece, con una andadura menos enmarañada, en la atmósfera o en el agua). El punto gris (agujero negro) ha cambiado, pues, de estado, y ya no representa el caos, sino la morada o la casa. Por último, el punto se lanza y sale de sí mismo, bajo la acción de fuerzas centrífugas errantes que se despliegan hasta la esfera del cosmos: ―Para despegar de la tierra hay que realizar un esfuerzo por impulsos, pero al siguiente nivel uno se eleva realmente por encima de ella (...) bajo el imperio de fuerzas centrífugas que triunfan sobre la gravedad‖ 2.

A menudo, se ha resaltado el papel del ritornelo: es territorial, es un agenciamiento territorial. El canto de los pájaros: el pájaro que canta marca así su territorio... Los modos griegos, los ritmos hindúes, también son territoriales, provinciales, regionales. El ritornelo puede desempeñar otras funciones, amorosa, profesional o social, litúrgica o cósmica: siempre conlleva, tiene como concomitante una tierra, incluso espiritual, mantiene una relación esencial con lo Natal, lo Originario. Un ―nome‖ musical es una cancioncilla, una fórmula melódica que se propone para que se reconozca, y que será la base o el terreno de la polifonía (cantus firmus). El nomos como ley consuetudinaria y no escrita es inseparable de una distribución de espacio, de una distribución en el espacio, y por ello es ethos, pero el ethos también es la Morada3. Ora se pasa del caos a un umbral de agenciamiento territorial: componentes direccionales, infra-agenciamientos. Ora se organiza el agenciamiento: componentes dimensionales, intra-agenciamientos. Ora se sale del agenciamiento territorial hacia otros agenciamientos, o incluso hacia otra parte: inter-agenciamiento, componentes de paso o incluso de fuga. Y las tres cosas van unidas. Fuerzas del caos, fuerzas terrestres, fuerzas cósmicas: las tres se enfrentan y coinciden en el ritornelo.


Del caos nacen los Medios y los Ritmos. De eso tratan las más antiguas cosmo-gonías. El caos es inseparable de componentes direccionales, que son sus propios éxtasis. Ya hemos visto, en otra ocasión, cómo todo tipo de medios se deslizaban los unos con relación a los otros, los unos sobre los otros, cada uno definido por una componente. Cada medio es vibratorio, es decir, un bloque de espacio-tiempo constituido por la repetición periódica de la componente. Así, lo viviente tiene un medio exterior que remite a los materiales; un medio interior que remite a los elementos componentes y sustancias compuestas; un medio intermediario que remite a las membranas y límites; un medio anexionado que remite a las fuentes de

energía y a las percepciones-acciones. Cada medio está codificado, y un código se define por la repetición periódica; pero cada código está en perpetuo estado de transcodificación o de transducción. La transcodificación o la transducción es la manera en que un medio sirve de base a otro, o, al contrario, se establece en otro, se disipa o se constituye en el otro. Ahora bien, la noción de medio no es unitaria: no sólo lo viviente pasa constantemente de un medio a otro, también los medios pasan el uno al otro, son esencialmente comunicantes. Los medios están abiertos en el caos, que los amenaza de agotamiento o de intrusión. Pero la respuesta de los medios al caos es el ritmo. Lo que tienen de común el caos y el ritmo es el entre-dos, entre dos medios, ritmo-caos o caosmos: “Entre la noche y el día, entre lo que es construido y lo que crece naturalmente, entre las mutaciones de lo inorgánico a lo orgánico, de la planta al animal, del animal a la especie humana, sin que esta serie sea una progresión...‖ En ese entre-dos el caos deviene ritmo, no necesariamente, pero tiene una posibilidad de devenirlo. El caos no es lo contrario del ritmo, más bien es el medio de todos los medios. Hay ritmo desde el momento en que hay paso transcodificado de un medio a otro, comunicación de medios, coordinación de espacios-tiempos heterogéneos. El agotamiento, la muerte, la intrusión adquieren ritmos. Es bien sabido que el ritmo no es medida o cadencia, ni siquiera irregular: nada menos ritmado que una marcha militar. El tambor no es 1-2, el vals no es 1, 2, 3, la música no es binaria o ternaria, sino más bien 47 primeros tiempos, como entre los turcos. Pues una medida, regular o no, supone una forma codificada cuya unidad de medida puede variar, pero en un medio no comunicante, mientras que el ritmo es lo Desigual o lo Inconmensurable, siempre en estado de codificación. La medida es dogmática, pero el ritmo es crítico, une instantes críticos, o va unido al paso de un medio a otro. No actúa en un espacio-tiempo homogéneo, sino con bloques heterogéneos. Cambia de dirección. Bachelard tiene razón cuando dice que “la unión de instantes verdaderamente activos (ritmos) siempre se efectúa en un plano que difiere del plano en el que se ejecuta la acción” 4. El ritmo nunca tiene el mismo plano que lo ritmado. Pues la acción se hace en un medio, mientras que el ritmo se plantea entre dos medios, o entre dos entre-medios, como entre dos aguas, entre dos horas, entre perro y lobo, twilight o zwielicht, Haecceidad. Cambiar de medio, tal como ocurre en la vida, eso es el ritmo. Aterrizar, amerizar, volar... De ese modo, se sale fácilmente de una aporía que corría el riesgo de confundir la medida con el ritmo, a pesar de todas las declaraciones de intención: en efecto, ¿cómo se puede proclamar la desigualdad constituyente del ritmo, cuando al mismo tiempo las vibraciones, las repeticiones periódicas de las componentes se dan por sobreentendidas? Pues un medio existe gracias a una repetición periódica, pero ésta no tiene otro efecto que producir una diferencia gracias a la cual ese medio pasa a otro medio. Es la diferencia la que es rítmica, y no la repetición, que, sin embargo, la produce; pero, como consecuencia, esa repetición productiva nada tenía que ver con una medida reproductiva. Esa sería la ―solución crítica de la antinomia‖.

Hay un caso especialmente importante de transcodificación: cuando un código no se contenta con tomar o recibir componentes codificadas de otra manera, sino que toma o recibe fragmentos de otro código como tal. El primer caso remitiría a

la relación hoja-agua, el segundo a la relación araña-mosca. Se ha observado, con frecuencia, que la tela de araña implicaba en el código de ese animal secuencias del propio código de la mosca; diríase que la araña tiene una mosca en la cabeza, un

―motivo‖ de mosca, un ―ritornelo‖ de mosca. La implicación puede ser recíproca, como en la avispa y la orquídea, el hocico de lobo y el abejorro. J. von Uexküll ha construido una admirable teoría de esas transcodificaciones, al descubrir en las componentes otras tantas melodías que se harían contrapunto, la una sirviendo de motivo a la otra y recíprocamente: la Naturaleza como música5. Siempre que hay transcodificación, podemos estar seguros que no hay una simple adición, sino constitución de un nuevo plano, como también de una plusvalía. Plano rítmico o melódico, plusvalía de paso o de puente, —pero los dos casos nunca son puros, en realidad, se mezclan (por ejemplo, la relación de la hoja, no con el agua en general, sino con la lluvia...).

No obstante, todavía no tenemos un Territorio, que no es un medio, ni siquiera un medio suplementario, ni un ritmo o paso entre medios. De hecho, el territorio es un acto, que afecta a los medios y a los ritmos, que los ―territorializa‖. El territorio es el producto de una territorialización de los medios y de los ritmos. Tanto da preguntarse cuándo se reterritorializan los medios y los ritmos como cuál es la diferencia entre un animal sin territorio y un animal con territorio. Un territorio extrae de todos los medios, actúa sobre ellos, los toma abiertamente (aunque siga siendo vulnerable a las intrusiones). Está construido con aspectos o porciones de medio. Incluye en sí mismo un medio exterior, un medio interior, un medio intermediario y un medio anexionado. Hay una zona interior de domicilio o de abrigo, una zona exterior de dominio, límites o membranas más o menos retrác-tiles, zonas intermediarias o incluso neutralizadas, reservas o anexos energéticos. El territorio está esencialmente marcado, por ―índices‖, y esos índices son extraídos de las componentes de todos los medios: materiales, productos orgánicos, estados de membrana o de piel, fuentes de energía, condensados percepción-acción. Precisamente, hay territorio desde el momento en que las componentes de los medios dejan de ser direccionales para devenir dimensionales, cuando dejan de ser funcionales para devenir expresivas. Hay territorio desde el momento en que hay expresividad de ritmo. La emergencia de materias de expresión (cualidades) es la que va a definir el territorio. Veamos un ejemplo como el del color, de los pájaros o los peces: el color es un estado de membrana, que remite a estados internos hormonales; pero el color sigue siendo funcional y transitorio, mientras está unido a un tipo de acción (sexualidad, agresividad, huida). Por el contrario, deviene expresivo cuando adquiere una constancia temporal y un alcance espacial que lo convierte en una marca territorial, o más bien territorializante: una firma6. Lo fundamental no es saber si el color vuelve a tener funciones, o cumple otras nuevas en el seno del propio territorio. Eso es evidente, pero esa reorganización de la función implica sobre todo que la componente considerada ha devenido expresiva, y que, desde ese punto de vista, su sentido sea el de marcar un territorio. Una misma especie de pájaro puede implicar representantes coloreados o no; los coloreados tienen un territorio, mientras que los blanquecinos son gregarios. Es bien conocido el papel de la orina o de los excrementos en el mar-

cado; pero precisamente los excrementos territoriales, en el conejo por ejemplo, tienen un olor particular debido a glándulas anales especializadas. Muchos monos, como centinelas, exponen sus órganos sexuales de vivos colores: el pene deviene un porta-colores expresivo y ritmado que marca los límites del territorio7. Una componente de medio deviene a la vez cualidad y propiedad, quale y propium. En muchos casos, se constata la velocidad de este devenir, la rapidez con que se constituye un territorio, al mismo tiempo que las cualidades expresivas, seleccionadas o producidas. El pájaro Scenopoiëtes dentirostris establece sus marcas dejando cada mañana caer del árbol hojas que ha cortado, y luego vuelve del revés para que su cara interna, más pálida, contraste con la tierra: la inversión produce una materia de expresión...8

El territorio no es anterior con relación a la marca cualitativa, es la marca la que crea el territorio. En un territorio, las funciones no son anteriores, suponen en primer lugar una expresividad que crea territorio. En ese sentido, el territorio, y las funciones que en él se ejercen, son productos de la territorialización. La territorialización es el acto del ritmo devenido expresivo, o de las componentes de medios devenidas cualitativas. El marcado de un territorio es dimensional, pero no es una medida, es un ritmo. Conserva el carácter más general del ritmo, el de inscribirse en otro plano que el de las acciones. Pero, ahora, los dos planos se distinguen como el de las expresiones territorializantes y el de las funciones territorializadas. Por eso no podemos estar de acuerdo con una tesis como la de Lorenz, que tiende a situar la agresividad en la base del territorio: la evolución filogenética de un instinto de agresión crearía el territorio, a partir del momento en que ese instinto devendría intraespecífico, orientado contra los congéneres del animal. Un animal con territorio sería aquel que dirige su agresividad contra otros miembros de su especie; lo que proporciona a la especie la ventaja selectiva de distribuirse en un espacio en el que cada uno, individuo o grupo, posee su propio lugar 9. Esta tesis ambigua, de peligrosas resonancias políticas, nos parece mal fundada. Es evidente que la función agresiva adquiere un nuevo aspecto cuando deviene intraespecífica. Pero esta reorganización de la función supone el territorio, no lo explica en el seno del territorio, se producen numerosas reorganizaciones, que afectan tanto a la sexualidad como a la caza, etc., incluso se producen nuevas funciones, como la de construir un domicilio. Pero esas funciones sólo son organizadas o creadas en la medida en que son territorializadas, y no a la inversa. El factor T, el factor territorializante, debe buscarse en otra parte: justo en el devenir expresivo del ritmo o de la melodía, es decir, en la emergencia de las cualidades específicas (color, olor, sonido, silueta...).

¿Se puede llamar Arte a este devenir, a esta emergencia? El territorio sería el efecto del arte. El artista, el primer hombre que levanta un mojón o hace una marca. La propiedad, de grupo o individual, deriva de ahí, incluso si es para la guerra y la opresión. La propiedad es en primer lugar artística, puesto que el arte es en primer lugar cartel, pancarta. Como dice Lorenz, los peces de coral son carteles. Lo expresivo es anterior con relación a lo posesivo, las cualidades expresivas, o materias de expresión, son forzosamente apropiativas, y constituyen un haber más profundo que el ser 10. No en el sentido de que esas cualidades pertenecerían a un

sujeto, sino en el sentido de que dibujan un territorio que pertenecerá al sujeto que las tiene o las produce. Esas cualidades son firmas, pero la firma, el nombre propio, no es la marca constituida de un sujeto, es la marca constituyente de un dominio, de una morada. La firma no indica una persona, es la formación azarosa de un dominio. Las moradas tienen nombres propios, y son inspiradas. ―Los inspirados y su morada...‖, pero con la morada surge la inspiración. Amo un color, y al mismo tiempo lo convierto en mi estandarte o mi pancarta. De la misma manera que uno pone una bandera en una tierra conquistada, uno pone su firma en un objeto. Un supervisor general de Instituto sellaba todas las hojas que alfombraban el suelo del patio, y las volvía a colocar en su sitio. Había firmado. Las marcas territoriales son ready-made. De igual modo, lo que se denomina arte bruto no tiene nada de patológico o de primitivo, sólo es esa constitución, esa liberación de materias de expresión, en el movimiento de la territorialidad: la base o el territorio del arte. Hacer de cualquier cosa una materia de expresión. El Scenopoïetes hace arte bruto. El artista es scenopoïetes, sin perjuicio de destruir sus propios carteles. Por supuesto, a este respecto, el arte no es un privilegio del hombre. Messiaen tiene razón cuando dice que muchos pájaros no sólo son virtuosos, sino artistas, y lo son en primer lugar por sus cantos territoriales (si un intruso ―quiere ocupar indebidamente un lugar que no le pertenece, el verdadero propietario canta, canta tan bien que el otro se marcha (...). Si el intruso canta mejor, el propietario le cede el sitio‖) 11. El ritornelo es el ritmo y la melodía territorializados, puesto que han devenido expresivos, —y han devenido expresivos, puesto que son territoriali-zantes—. No estamos ante un círculo vicioso. Lo que queremos decir es que hay un automovimiento de las cualidades expresivas. La expresividad no se reduce a los efectos inmediatos de un impulso que desencadena una acción en un medio: más que expresiones, esos efectos son impresiones o emociones subjetivas (por ejemplo, el color momentáneo que adquiere un pez de agua dulce bajo tal impulso). Por el contrario, las cualidades expresivas, los colores de los peces coral, son autobjetivas, es decir, encuentran una objetividad en el territorio que trazan.

¿Cuál es ese movimiento objetivo? ¿Qué hace una materia como materia de expresión? En primer lugar es cartel o pancarta, pero no se queda ahí, simplemente pasa por ahí. La firma va a devenir estilo. En efecto, las cualidades expresivas o materias de expresión entran, las unas con las otras, en relaciones móviles que van a “expresar” la relación del territorio que ellas trazan con el medio interior de los impulsos, y con el medio exterior de las circunstancias. Pues bien, expresar no es depender, hay una autonomía de la expresión. Por un lado, las cualidades expresivas entran las unas con las otras en relaciones internas que constituyen motivos territoriales: unas veces éstos sobresalen por encima de los impulsos internos, otras los superponen, otras basan un impulso en otro, otras pasan y hacen pasar de un impulso a otro, otras se insertan entre los dos, pero ellos mismos no están ―pulsados‖. Unas veces esos motivos no pulsados aparecen bajo una forma fija, o lo aparentan, pero otras también los mismos, u otros, tienen una velocidad y una articulación variables; y tanto su variabilidad como su fijeza los hacen independientes de las pulsiones que combinan o neutralizan. ―Sabemos que nuestros perros ejecutan con pasión los movimientos de olfatear, descubrir, correr, cercar, atrapar, o bapulear a muerte una presa ima-

ginaria, sin tener hambre‖. O bien la danza del picón, su zig-zag es un motivo en el que el zig adopta una pulsión agresiva hacia la pareja, y el zag una pulsión sexual hacia el nido, pero en la que el zig y el zag están directamente acentuados, e incluso diversamente orientados. Por otro lado, las cualidades expresivas entran igualmente en otras relaciones internas que crean contrapuntos territoriales: ahora, se trata de cómo constituyen en el territorio puntos que toman en contrapunto las circunstancias del medio externo. Por ejemplo, un enemigo se aproxima, o irrumpe, o bien comienza a llover, sale el sol, se pone el sol... También aquí, los puntos o contrapuntos tienen su autonomía, de fijeza o de variabilidad, con relación a las circunstancias del medio exterior cuya relación con el territorio expresan. Pues esa relación puede darse sin que se den las circunstancias, de igual modo que la relación con los impulsos puede darse sin que se dé el impulso. E incluso cuando se dan los impulsos y las circunstancias, la relación es original con relación a aquello que relaciona. Las relaciones entre materias de expresión expresan relaciones del territorio con los impulsos internos, con las circunstancias externas: incluso en esa expresión tienen una autonomía. En verdad, los motivos y los contrapuntos territoriales exploran las potencialidades del medio, interior o exterior. Los etólogos han englobado el conjunto de estos fenómenos bajo el concepto de ―ritualiza-ción‖, y han mostrado la relación de los rituales animales con el territorio. Pero esta palabra no es forzosamente la adecuada para esos motivos no pulsados, para esos contrapuntos no localizados, y no explica ni su constancia ni su variabilidad. Pues no es lo uno o lo otro, fijeza o variabilidad, sino que ciertos motivos o puntos sólo son fijos si otros son variables, o bien sólo son fijados en una ocasión para ser variables en otra.

Más bien habría que decir que los motivos territoriales forman rostros o personajes rítmicos, y los contrapuntos territoriales paisajes melódicos. Hay personaje rítmico cuando ya no nos encontramos en la situación simple de un ritmo que estaría asociado a un personaje, a un sujeto o a un impulso: ahora, el propio ritmo es todo el personaje, y que, como tal, puede permanecer constante, pero también aumentar o disminuir, por adición o sustracción de sonidos, de duraciones siempre crecientes y decrecientes, por amplificación o eliminación que hacen morir y resucitar, aparecer y desaparecer. De igual modo, el paisaje melódico ya no es una melodía asociada a un paisaje, la propia melodía crea un paisaje sonoro, y toma en contrapunto todas las relaciones con un paisaje virtual. De esa forma salimos del estadio de la pancarta: pues si cada cualidad expresiva, si cada materia de expresión considerada en sí misma es una pancarta o un cartel, esta consideración sigue siendo igualmente abstracta. Las cualidades expresivas entran las unas con las otras en relaciones variables o constantes (eso es lo que hacen las materias de expresión), para constituir, ya no pancartas que marcan un territorio, sino motivos y contrapuntos, que expresan la relación del territorio con impulsos internos o circunstancias externas, incluso si éstas no están dadas. No más firmas, sino un estilo. Lo que distingue objetivamente un pájaro músico de un pájaro no músico es precisamente esa aptitud para los motivos y los contrapuntos que, variables o incluso constantes, los convierten en algo distinto que un cartel, los convierten en un estilo, puesto que articulan el ritmo y armonizan la melodía. En ese caso se

puede decir que el pájaro músico pasa de la tristeza a la alegría, o bien que saluda la salida del sol, o bien que se pone en peligro para cantar, o bien que canta mejor que otro, etc. Ninguna de estas fórmulas implica el más mínimo peligro de antropo-morfismo, o la más mínima interpretación. Más bien sería un geomorfismo. En el motivo y en el contrapunto está implícita la relación con la alegría y la tristeza, con el sol, con el peligro, con la perfección, incluso si el final de cada una de esas relaciones es desconocido. En el motivo y en el contrapunto, el sol, la alegría o la tristeza, el peligro, devienen sonoros, rítmicos o melódicos 12.

La música humana sigue el mismo proceso. Para Swann, amante del arte, la pequeña frase de Vinteuil actúa a menudo como una pancarta asociada al paisaje del bosque del Boulogne, al rostro y al personaje de Odette: es como si ella aportara a Swann la certeza de que el bosque de Boulogne fue, claramente su territorio, y Odette su posesión. En esta manera de escuchar la música ya hay mucho arte. Debussy criticaba a Wagner comparando los leitmotivs a indicadores que se-ñalarían las circunstancias ocultas de una situación, los impulsos secretos de un personaje. Y eso es lo que ocurre a un determinado nivel o en ciertos momentos. Pero cuanto más se desarrolla la obra, más los motivos entran en conjunción, con-quistan su propio plano, más autonomía adquieren con relación a la acción dramática, a los impulsos, a las situaciones, más independientes son de los personajes y de los paisajes, para devenir ellos mismos paisajes melódicos, personajes rítmicos que no cesan de enriquecer sus relaciones internas. Entonces pueden mantenerse relativamente constantes, o, al contrario, aumentar o disminuir, crecer y decrecer, variar de velocidad de desarrollo: en los dos casos han dejado de estar pulsados y localizados, hasta las constantes tienden a la variación, y se acentúan tanto más cuanto que son provisionales y realzan esta variación continua a la que resisten13. Precisamente Proust fue uno de los primeros en señalar esta vía del motivo wagneriano: en lugar de que el motivo esté ligado a la aparición de un personaje, cada aparición del motivo constituye un personaje rítmico, en ―la plenitud de una música que contiene, en efecto, muchas músicas, cada una de las cuales es un ser‖. Y no es casualidad si el aprendizaje de La recherche persigue un descubrimiento análogo a propósito de las frasecillas de Vinteuil: no remiten a un paisaje, sino que implican y desarrollan en sí mismas paisajes que ya no existen fuera de ellas (la blanca sonata y el rojo septeto...). El descubrimiento del paisaje verdaderamente melódico y del personaje verdaderamente rítmico señala ese momento del arte en el que éste deja de ser una pintura muda sobre un blasón. Quizás esa no sea la última palabra del arte, pero el arte ha pasado por ahí, al igual que el pájaro: motivos y contrapuntos que forman un autodesarrollo, es decir, un estilo. La interiorización del paisaje sonoro o melódico puede encontrar su forma ejemplar en Liszt no menos que la del personaje rítmico en Wagner. Más generalmente, el lied es el arte musical del paisaje, la forma más pictórica de la música, la más impre-sionista. Pero los dos polos están tan unidos que, también en el lied, la Naturaleza aparece como personaje rítmico de transformaciones infinitas.

El territorio es en primer lugar la distancia crítica entre dos seres de la misma especie: marcar sus distancias. Lo mío es sobre todo mi distancia, sólo poseo distancias. No quiero que me toquen, gruño si entran en mi territorio, coloco pancar-

tas. La distancia crítica es una relación que deriva de las materias de expresión. Se trata de mantener a distancia las fuerzas del caos que llaman a la puerta. Manierismo: el ethos es a la vez morada y manera, patria y estilo. Se ve con toda claridad en las danzas territoriales llamadas barrocas, o manieristas, en las que cada pose, cada movimiento instaura una distancia de ese tipo (zarabandas, alemanas, danzas de Auvernia, gavotas...) 14. Hay todo un arte de las poses, de las posturas, de las siluetas, de los pasos y de las voces. Dos ezquizofrénicos se hablan, o deambulan, según leyes de frontera y de territorio que podemos no entender. Hasta qué punto es importante, cuando amenaza el caos, trazar un territorio transportable y neumático. Si es preciso, tomaré mi territorio en mi propio cuerpo, territorializo mi cuerpo: la casa de la tortuga, la concha del crustáceo, pero también todos los tatuajes que convierten el cuerpo en un territorio. La distancia crítica no es una medida, es un ritmo. Pero el ritmo entra precisamente en un devenir que elimina las distancias entre personajes, para convertirlos en personajes rítmicos, a su vez más o menos distantes, más o menos combinables (intervalos). Dos animales de un mismo sexo y de una misma especie se enfrentan; el ritmo de uno ―crece‖ cuando se aproxima a su territorio o al centro de ese territorio, el ritmo del otro decrece cuando se aleja del suyo, y entre los dos, en la frontera, se establece una constante oscilatoria: ¿un ritmo activo, un ritmo pasivo, un ritmo testigo?15. O bien el animal entreabre su territorio a la pareja del otro sexo: se forma un personaje rítmico complejo, en dúos, cantos cruzados o antifónicos, como entre los alcandones africanos. Es más, hay que tener en cuenta simultáneamente dos aspectos del territorio: no sólo asegura y regula la coexistencia de los miembros de una misma especie, separándolos, sino que también hace posible la coexistencia de un máximo de especies diferentes en un mismo medio, especializándolas. Los miembros de una misma especie entran en personajes rítmicos, al mismo tiempo que las diversas especies entran en paisajes melódicos, estando los paisajes poblados de personajes, perteneciendo los personajes a paisajes. Por ejemplo la Cronocromía, de Messiaen, con dieciocho cantos de pájaros, que forman personajes rítmicos autónomos y, a la vez, realizan un extraordinario paisaje en complejos contrapuntos, acordes sobreentendidos o inventados.

No sólo el arte no espera al hombre para comenzar, sino que cabe preguntarse si aparece alguna vez en el hombre, salvo en condiciones tardías y artificiales. A menudo se ha señalado que el arte humano permanecía durante mucho tiempo incluido en trabajos y ritos de otra naturaleza. No obstante, esta observación quizás no tenga más importancia que aquella otra que hace comenzar el arte con el hombre. Pues es cierto que, en un territorio, se producen dos efectos notables: una reorganización de las funciones, un reagrupamiento de las fuerzas. Por un lado, determinadas actividades funcionales no son territorializadas sin que adquieran un nuevo aspecto (creación de nuevas funciones como construir una morada, transformación de antiguas funciones, como la agresividad, que cambia de naturaleza al devenir intraespecífica). Aparece ahí algo así como el embrión del tema de la especialización o de la profesión: si el ritornelo territorial pasa con tanta frecuencia a formar parte de los ritornelos profesionales es porque las profesiones suponen que actividades funcionales diversas se ejercen en un mismo medio, pero también

que la misma actividad no tiene otros agentes en el mismo territorio. Ritornelos profesionales, como los gritos de los vendedores, se cruzan en el medio, pero cada uno marca un territorio en el que no puede ejercerse la misma actividad ni resonar el mismo grito. Tanto en el animal como en el hombre son reglas de distancia crítica para el ejercicio de la competencia: mi trozo de acera. En resumen, hay una desterritorialización de las funciones que es la condición para que surjan como

―trabajos‖ u ―oficios‖. En ese sentido, la agresividad intraespecífica o especializada es necesariamente en primer lugar una agresividad territorializada, que no explica el territorio, puesto que deriva de él. Como consecuencia, hay que admitir que en el territorio todas las actividades adquieren un aspecto práctico nuevo. Pero esa no es una razón para concluir que el arte no existe por sí mismo, puesto que está presente en el factor territorializante que condiciona la aparición de la función-trabajo.

Y lo mismo sucede si se considera el otro efecto de la territorialización. Ese efecto, que ya no remite a trabajos, sino a ritos o religiones, consiste en lo siguiente: el territorio reagrupa a todas las fuerzas de los diferentes medios en un solo haz constituido por las fuerzas de la tierra. Sólo en lo más profundo de cada territorio se produce la atribución a la tierra, como receptáculo o plataforma, de todas las fuerzas difusas. ―Al vivir el medio ambiente como una unidad, sólo difícilmente se sabría distinguir en esas intuiciones primarias lo que pertenece a la tierra propiamente dicha de lo que sólo se manifiesta a través de ella, montañas, bosques, aguas, vegetación‖. Las fuerzas del aire o del agua, el pájaro y el pez, devienen así fuerzas de la tierra. Es más, si el territorio en extensión separa las fuerzas internas de la tierra y las fuerzas externas del caos, no ocurre lo mismo en

―intensión‖, en profundidad, donde los dos tipos de fuerzas se estrechan y se abrazan en un combate que sólo tiene a la tierra como criba y como reto. En el territorio, siempre existe un lugar en el que todas las fuerzas se reúnen, árbol o boscaje, en un cuerpo a cuerpo de energías. La tierra es ese cuerpo a cuerpo. Ese centro intenso está a la vez en el propio territorio, pero también fuera de varios territorios que convergen hacia él tras un largo peregrinaje (de ahí las ambigüedades de lo ―natal‖). En él o fuera de él, el territorio remite a un centro intenso que es como la patria desconocida, fuente terrestre de todas las fuerzas, favorables u hostiles, y en el que todo se decide16. Así pues, también aquí debemos reconocer que la religión, común al hombre y al animal, sólo ocupa el territorio porque depende como de su condición, del factor bruto estético, territorializante. Ese factor organiza las funciones del medio en trabajos y, al mismo tiempo, une las fuerzas del caos en ritos y religiones, fuerzas de la tierra. Las marcas territorializantes se desarrollan en motivos y contrapuntos y, al mismo tiempo, reorganizan las funciones, reagrupan las fuerzas. De esa forma, el territorio desencadena ya algo que va a rebasarlo.

Siempre nos vemos abocados a ese ―momento‖: el devenir expresivo del ritmo, la emergencia de las cualidades-propias expresivas, la formación de materias de expresión que se desarrollan en motivos y contrapuntos. Se necesitaría, pues, una noción, incluso aparentemente negativa, para captar ese momento bruto o ficticio. Lo esencial radica en el desfase que se constata entre el código y el territorio. El territorio surge en un margen de libertad del código, no indeterminado, sino de-

terminado de otra forma. Y si bien es verdad que cada medio tiene un código, y que hay constantemente una transcodificación entre los medios, parece, por el contrario, que el territorio se forma al nivel de una cierta descodificación. Los biólogos han señalado la importancia de esos márgenes determinados, pero que no se confunden con mutaciones, es decir, con cambios internos al código: se trata ahora de genes desdoblados o de cromosomas supernumerarios, que no están incluidos en el código genético, que son funcionalmente libres y ofrecen una materia libre a la variación17. Pero que esa materia pueda crear nuevas especies independientemente de las mutaciones sigue siendo muy improbable, si no se le suman acontecimientos de otro tipo capaces de multiplicar las interacciones del organismo con sus medios. Pues bien, la territorialización es precisamente ese factor que se establece en los márgenes del código de una misma especie, y que da a los representantes aislados de esa especie la posibilidad de diferenciarse. Al estar la territorialidad desfasada con relación al código de la especie, puede indirectamente inducir nuevas especies. Allí donde aparece, la territorialidad instaura una distancia crítica, intraespecífica entre miembros de una misma especie; y en virtud de su propio desfase con relación a las diferencias específicas deviene un medio de diferenciación indirecto, oblicuo. En todos esos sentidos, la descodificación aparece claramente como lo ―negativo‖ del territorio; y la diferencia más evidente entre los animales con territorio y los animales sin territorio es que los primeros están mucho menos codificados que los otros. Si hemos dicho bastantes cosas negativas del territorio es para evaluar ahora todas las creaciones que tienden hacia él, que se producen en él o que salen, van a salir de él.

Hemos pasado de las fuerzas del caos a las fuerzas de la tierra. De los medios al territorio. De los ritmos funcionales al devenir-expresivo del ritmo. De los fenómenos de transcodificación a los fenómenos de descodificación. De las funciones de medio a las funciones territorializadas. No se trata tanto de una evolución como de pasos, de puentes, de túneles. Los medios ya no cesaban de pasar los unos a los otros. Ahora, los medios pasan al territorio. Las cualidades expresivas, las que nosotros llamamos estéticas, no son realmente cualidades ―puras‖, ni simbólicas, son cualidades propias, es decir, apropiativas, pasos que van de las componentes de medio a las componentes de territorio. El propio territorio es un lugar de paso. El territorio es el primer agenciamiento, la primera cosa que hace agenciamiento, el agenciamiento es en primer lugar territorial. ¿Cómo no iba a estar ya pasando a otra cosa, a otros agenciamientos? Por eso no podíamos hablar de la constitución del territorio sin hablar ya de su organización interna. No podíamos describir el infra-agenciamiento (carteles o pancartas) sin estar ya en el intra-agenciamiento (motivos y contrapuntos). Tampoco podemos decir nada sobre el intra-agenciamiento sin estar ya en el camino que nos lleva a otros agenciamientos, o a otra parte. Paso del Ritornelo. El ritornelo va hacia el agenciamiento territorial, se instala en él o sale de él. En un sentido general, se denomina ritornelo a todo conjunto de materias de expresión que traza un territorio, y que se desarrolla en motivos territoriales, en paisajes territoriales (hay ritornelos motrices, gestuales, ópticos, etc.). En un sentido restringido, se habla de ritornelo cuando el agenciamiento es sonoro o está ―do-minado‖ por el sonido —pero, ¿por qué ese aparente privilegio?

Ahora estamos en el intra-agenciamiento. El intra-agenciamiento presenta una organización muy rica y compleja. No sólo comprende el agenciamiento territorial, sino también las funciones agenciadas, territorializadas. Veamos los trogloditas, de la familia de los gorriones: el macho toma posesión de su territorio y produce un ―ritornelo de caja de música‖, como defensa contra los posibles intrusos; construye nidos en ese territorio, a veces hasta una docena; cuando llega una hembra, se pone delante de un nido, la invita a visitarlo, deja sus alas suspendidas, baja la intensidad de su canto, que en ese momento queda reducido a un solo trino18. Se pone así de manifiesto que la función de nidificación está fuertemente territorializada, puesto que los nidos son preparados exclusivamente por el macho antes de la llegada de la hembra, que sólo los visita y los acaba; la función de

―corte‖ está igualmente territorializada, pero en menor grado, puesto que el ritornelo territorial cambia de intensidad para hacerse seductor. En el intra-agencia-miento, intervienen todo tipo de componentes heterogéneas: no sólo las marcas del agenciamiento que reúnen materiales, colores, olores, sonidos, posturas, etc., sino también los diversos elementos de tal o tal comportamiento agenciado que entran en un motivo. Por ejemplo, un comportamiento de parada se compone de danza, chasquido de pico, exhibición de colores, estiramiento del cuello, chillidos, alisamiento de plumas, reverencias, ritornelo... una primera cuestión sería saber qué mantiene unidas todas esas marcas territorializantes, esos motivos territoriales, esas funciones territorializadas en un mismo intra-agenciamiento. Es una cuestión de consistencia: el ―mantenerse unidos‖ de elementos heterogéneos. En principio, sólo constituyen un conjunto difuso, un conjunto discreto, que adquirirá consistencia...

Pero otra cuestión parece complicar o coincidir con la anterior. Pues en muchos casos, una función agenciada, territorializada, adquiere suficiente independencia para formar un nuevo agenciamiento, más o menos desterritorializado, en vías de desterritorialización. No hay necesidad de abandonar efectivamente el territorio para entrar en esa vía; lo que hasta hace un momento era una función constituida en el agenciamiento territorial, deviene ahora el elemento constituyente de otro agenciamiento, el elemento de paso a otro agenciamiento. Como en el amor cortés, un color deja de ser territorial para entrar en un agenciamiento de

―corte‖. Se produce una apertura del agenciamiento territorial a un agenciamiento de corte, o a un agenciamiento social autonomizado. Es lo que sucede cuando se hace un reconocimiento específico de la pareja sexual, o de los miembros del grupo, que ya no se confunde con el reconocimiento del territorio: en ese caso, se dice que la pareja es un Tier mit der Heimvalenz, ―un animal que equivale a la casa‖. En el conjunto de los grupos o parejas se podrá, pues, distinguir grupos y parejas de medio, sin reconocimiento individual, grupos y parejas territoriales, en los que el reconocimiento sólo se ejerce en el territorio, por último, grupos sociales y parejas amorosas, cuando el reconocimiento se hace independientemente del lu-gar19. La corte, o el grupo, ya no forman parte del agenciamiento territorial, sino que hay autonomización de un agenciamiento de corte o de grupo —incluso si se permanece dentro del territorio—. Y a la inversa, en el seno del nuevo agenciamiento se produce una reterritorialización, en el miembro de la pareja o los miem-

bros del grupo que valen-por (valencia). Este tipo de apertura del agenciamiento territorial a otros agenciamientos puede ser analizado con detalle, y es muy variable. Por ejemplo, cuando no es el macho el que hace el nido, cuando el macho se contenta con transportar los materiales o con imitar la construcción, como en el caso de los pinzones de Australia, unas veces hace la corte a la hembra con una brizna de rastrojo en el pico (género Bathilda), otras utiliza otro material que el del nido (género Neochmia), otras la brizna de hierba sólo sirve en las fases iniciales de la corte o incluso antes (géneros Aidemosyneo Lonchura), y otras la hierba es pico-teada sin llegar a ser ofrecida (género Emblema)20. Siempre se puede decir que estos comportamientos de ―brizna de hierba‖ sólo son arcaísmos o vestigios de un comportamiento de nidificación. Pero la noción de comportamiento resulta manifiestamente insuficiente con relación a la de agenciamiento. Pues cuando el nido no es previamente construido por el macho, la nidificación deja de ser una componente del agenciamiento territorial, en cierto sentido se separa del territorio; es más, la corte, que precede en ese caso a la nidificación, deviene un agenciamiento relativamente autonomizado. Y la materia de expresión ―brizna de hierba‖ actúa como una componente de paso entre el agenciamiento territorial y el agenciamiento de corte. Que la brizna de hierba tenga, en ese caso, una función cada vez más rudimentaria en ciertas especies, que tienda a anularse en una serie considerada, no basta para convertirla en un vestigio, y mucho menos en un símbolo. Nunca una materia de expresión es vestigio o símbolo. La brizna de hierba es una componente desterritorializada o en vías de desterritorialización. No es un arcaísmo, ni un objeto parcial o transicional. Es un operador, un vector. Es un transformador de agenciamiento. Y como componente de paso, de un agenciamiento a otro, la brizna se anula. Lo que confirma este punto de vista es que no tiende a anularse sin que una componente de relevo no la sustituya y no adquiera cada vez más importancia, a saber, el ritornelo, que ya no sólo es territorial, sino que deviene amoroso y social, y como consecuencia cambia21. Por qué la componente sonora ―ritornelo‖ tiene, en la constitución de nuevos agenciamientos, una valencia más fuerte que la componente gestual ―brizna de hierba‖, es una pregunta que sólo más tarde se podrá considerar. Por ahora lo importante es constatar esta formación de nuevos agenciamientos en el agenciamiento territorial, este movimiento que va del intra-agenciamiento a inter-agenciamientos, con componentes de paso y de relevo. Apertura innovadora del territorio hacia la hembra, o bien hacia el grupo. La presión selectiva pasa por los inter-agenciamientos. Es como si fuerzas de desterritorialización actuasen sobre el propio territorio y nos hicieran pasar del agenciamiento territorial a otros tipos de agenciamiento, de corte o de sexualidad, de grupo o de sociedad. La briza de hierba y el ritornelo son dos agentes de esas fuerzas, dos agentes de desterritorialización.

El agenciamiento territorial pasa constantemente a otros agenciamientos. De la misma manera que el infra-agenciamiento es inseparable del intra-agenciamiento, el intra-agenciamiento lo es de los inter-agenciamientos y, sin embargo, los pasos no son necesarios, se hacen ―según los casos‖. La razón es simple: el intra-agen-ciamiento, el agenciamiento territorial, territorializa funciones y fuerzas, sexualidad, agresividad, gregaridad, etc., y al territorializarlas las transforma. Como

consecuencia, esas funciones y esas fuerzas territorializadas pueden adquirir una autonomía que las hace pasar a otros agenciamientos, componer otros agenciamientos desterritorializados. La sexualidad puede aparecer como una función territorializada en el intra-agenciamiento; pero puede trazar igualmente una línea de desterritorialización que describe otro agenciamiento; de ahí las relaciones tan variables entre sexualidad y territorio, como si la sexualidad tomara ―su distan-cia‖...La profesión, el oficio, la especialidad implican actividades territorializadas; pero pueden también separarse del territorio para construir en torno a ellas, y entre profesiones, un nuevo agenciamiento. Una componente territorial o territorializada puede ponerse a brotar, a producir: hasta tal punto ese es el caso del ritornelo, que quizá habría que llamar ritornelo a todo lo que está en esa situación. Este equívoco entre la territorialidad y la desterritorialización es el equívoco de lo Natal. Y se comprenderá mejor si se considera que el territorio remite a un centro intenso en lo más profundo de sí mismo; pero, ya lo hemos visto, ese centro intenso puede estar situado fuera del territorio, en el punto de convergencia de territorios muy diferentes o muy alejados. Lo Natal está fuera. Podemos citar un cierto número de casos célebres e inquietantes, más o menos misteriosos, que ilustran prodigiosos alejamientos de territorio, que nos permiten asistir a un vasto movimiento de desterritorialización en contacto directo con los territorios, y que los atraviesan de arriba a abajo: 1) los peregrinajes a las fuentes, como los de los salmones; 2) las concentraciones supernumerarias, como las de los saltamontes, los pinzones, etc. (decenas de millones de pinzones cerca de Thoune en 1950-51);

3) las migraciones solares o magnéticas; 4) las largas marchas, como las de las langostas 22.

Cualesquiera que sean las causas de cada uno de estos movimientos, vemos claramente que la naturaleza del movimiento cambia. Ya ni siquiera es suficiente decir que hay inter-agenciamiento, paso de un agenciamiento territorial a otro tipo de agenciamiento, más bien se diría que se sale de todo agenciamiento, que se rebasa las capacidades de todo posible agenciamiento, para entrar en otro plan. Y, en efecto, ya no se trata de un movimiento ni de un ritmo de medio, ni tampoco de un movimiento ni de un ritmo territorializantes o territorializados, ahora, en esos movimientos más amplios, hay Cosmos. Los mecanismos de localización no dejan de ser extremadamente precisos, pero la localización ha devenido cósmica. Ya no son las fuerzas territorializadas, agrupadas en fuerzas terrestres, son las fuerzas recuperadas o liberadas de un Cosmos desterritorializado. En la migración, el sol ya no es el sol terrestre que reina sobre el territorio, incluso aéreo, es el sol celeste del Cosmos, como en las dos Jerusalén, Apocalipsis. Pero, fuera de esos casos grandiosos en los que la desterritorialización se hace absoluta, sin perder nada de su precisión (puesto que sigue variables cósmicas), ya hay que constatar que el territorio no deja de estar recorrido por movimientos de desterritorialización relativa e incluso in situ, en los que se pasa del intra-agenciamiento a inter-agencia-mientos, sin que haya necesidad de abandonar el territorio, ni de salir de los agenciamientos para abrazar el Cosmos. Un territorio siempre está en vías de desterritorialización, al menos potencial, en vías de pasar a otros agenciamientos, sin perjuicio de que el otro agenciamiento efectúe una reterritorialización (algo

―equivalente‖ a la casa)... Ya hemos visto que el territorio se constituía a partir de un margen de descodificación que afecta al medio; ahora vemos que un margen de desterritorialización afecta al propio territorio. Se trata de una serie de rupturas. El territorio es inseparable de ciertos coeficientes de desterritorialización, evaluables en cada caso, que hacen variar las relaciones de cada función territorializada con el territorio, pero también las relaciones del territorio con cada agenciamiento desterritorializado. La misma ―cosa‖ aparece aquí como función territorializada, incluida en el intra-agenciamiento, y allá como agenciamiento autónomo o desterritorializado, inter-agenciamiento.

Una clasificación de los ritornelos podría, pues, presentarse así: 1) los ritornelos territoriales, que buscan, marcan, agencian un territorio; 2) los ritornelos de funciones territorializados, que adquieren una función especial en el agenciamiento (la Nana que territorializa el sueño y el niño, la Amorosa que territorializa la sexualidad y el amado, la Profesional que territorializa el oficio y los trabajos, la Mercantil que territorializa la distribución y los productos...) 3) los mismos, en la medida en que ahora señalan nuevos agenciamientos, pasan a nuevos agenciamientos, por desterritorialización-reterritorialización (las comptines * serían un caso muy complicado: son ritornelos territoriales que no se cantan de la misma manera de un barrio a otro, e incluso a veces de una calle a otra; distribuyen papeles y funciones de juego en el agenciamiento territorial; pero también hacen pasar el territorio al agenciamiento de juego, que tiende a devenir autónomo)23; 4) los ritornelos que reagrupan o reúnen las fuerzas, bien en el seno del territorio, bien para ir al exterior (son ritornelos de enfrentamiento, o de partida, que a veces inician un movimiento de desterritorialización absoluta, ―Adiós, me voy sin mirar atrás‖. En el infinito, estos ritornelos deben encontrar las canciones de moléculas, los vagidos de recién nacidos de los Elementos fundamentales, como dice Milli-kan. Dejan de ser terrestres para devenir cósmicos: cuando el Nomo religioso se expande y se disuelve en un Cosmos panteísta molecular; cuando el canto de los pájaros es sustituido por las combinaciones del agua, del viento, de las nubes y de las nieblas. ―Afuera el viento, la lluvia...‖. El Cosmos como inmenso ritornelo desterritorializado).

El problema de la consistencia concierne a la manera en que se mantienen unidas las componentes de un agenciamiento territorial. Pero también concierne a la manera en que se mantienen unidos diferentes agenciamientos, con componentes de paso y de relevo. Incluso es muy posible que la consistencia sólo encuentre la totalidad de sus condiciones en un plan específicamente cósmico, en el que todos los heteróclitos y todos los heterogéneos son convocados. No obstante, cada vez que unos heterogéneos se mantienen unidos en un agenciamiento o en los inter-agenciamientos, ya se plantea un problema de consistencia, en términos de coexistencia o de sucesión, y las dos a la vez. Incluso en un agenciamiento territorial, quizás sea la componente más desterritorializada, el vector desterritorializante, por ejemplo el ritornelo, el que asegure la consistencia del territorio. Si


* Fórmula infantil (cantada o hablada) que sirve para designar a aquel al que se le atribuirá un papel particular en un juego (N. del T.).

planteamos la pregunta general ―¿Qué hace que todo se mantenga unido?‖, parece que la respuesta más clara, más fácil, la proporciona un modelo arborescente, centralizado, jerarquizado, lineal, formalizante. Por ejemplo, el esquema de Timber-gen, que muestra un encadenamiento codificado de formas espacio-temporales en el sistema nervioso central: un centro superior funcional entra automáticamente en acción y desencadena un comportamiento de apetencia, a la búsqueda de estímulos específicos (centro de migración); por mediación del estímulo, un segundo centro, hasta entonces inhibido queda liberado, desencadena un nuevo comportamiento de apetencia (centro de territorio); luego, otros centros subordinados, de combate, de nidificación, de corte..., hasta los estímulos que desencadenan los actos de ejecución correspondientes24. No obstante, este tipo de representación está construida a partir de binaridades demasiado simples: inhibición-desencadenamiento, innato-adquirido, etc. Los etólogos tienen una gran ventaja sobre los etnólogos: no han caído en el peligro estructural que divide un

―terreno‖ en formas de parentesco, de política, de economía, de mito, etc. Los etólogos han mantenido la integridad de un cierto ―terreno‖ no dividido. Pero, a fuerza de orientarlo a pesar de todo, con ejes de inhibición-desencadenamiento, de innato-adquirido, corren el riesgo de reintroducir almas o centros en cada lugar y en cada etapa de los agenciamientos. Por eso, incluso los autores que insisten mucho sobre el papel de lo periférico y de lo adquirido al nivel de los estímulos de desencadenamiento no rompen verdaderamente el esquema lineal arborescente, incluso si invierten el sentido de las flechas.

Creemos que es más importante señalar un cierto número de factores capaces de sugerir un esquema completamente diferente, favorable a un funcionamiento rizomático y no arborescente, que ya no pasaría por esos dualismos. En primer lugar, lo que se denomina un centro funcional pone en juego, no una localización, sino la distribución de toda una población de neuronas seleccionadas en el conjunto del sistema nervioso central, como en una ―red de conexiones eléctricas‖. Como consecuencia, en el conjunto de ese sistema considerado en sí mismo (experiencias en las que las vías aferentes están seccionadas), no se hablará tanto de automatismo de un centro superior como de coordinación entre centros y agrupamientos celulares o poblaciones moleculares que efectúan esos acoplamientos: no hay una forma o una buena estructura impuesta, ni desde fuera ni desde arriba, sino más bien una articulación por dentro, como si moléculas oscilantes, osciladores, pasaran de un centro heterogéneo a otro, incluso si así aseguran la hegemonía del primero25. Lo que excluye evidentemente la relación lineal entre un centro y otro, en beneficio de paquetes de relaciones dirigidas por las moléculas: la interacción, la coordinación, puede ser positiva o negativa (desencadenamiento o inhibición), pero nunca es directa como en una relación lineal o una reacción química, siempre se hace entre moléculas de dos cabezas como mínimo, y cada centro separadamente 26.

Hay toda una ―maquínica‖ biológica-de comportamiento, todo un engineering molecular que debe permitirnos comprender mejor la naturaleza de los problemas de consistencia. El filósofo Eugène Dupréel había propuesto una teoría de la consolidación; mostraba que la vida no iba de un centro a una exterioridad, sino de

un exterior a un interior, o más bien de un conjunto difuso o discreto a su consolidación. Pues bien, ésta implica tres cosas: no que haya un comienzo del que derivaría una sucesión lineal, sino que haya densificaciones, intensificaciones, refuerzos, inyecciones, rellenos, como otros tantos actos intercalares (―sólo hay crecimiento por intercalación‖). En segundo lugar, y no es lo contrario, tiene que haber ordenación de intervalos, distribución de desigualdades, hasta el extremo de que para consolidar, a veces, hay que hacer un agujero. En tercer lugar, superposición de ritmos heteróclitos, articulación interna de una interritmicidad, sin imposición de medida o de cadencia27. La consolidación no se limita a ser posterior, es creadora. Pues el comienzo sólo comienza entre dos, intermezzo. La consistencia es precisamente la consolidación, el acto que produce el consolidado, tanto de sucesión como de coexistencia, con los tres factores: intercalos, intervalos y superposiciones-articulaciones. La arquitectura, como arte de la morada y del territorio, lo atestigua: si hay consolidaciones que son posteriores, también hay otras que son partes constituyentes del conjunto, del tipo clave de bóveda. Pero, más recientemente, materias como el hormigón armado han proporcionado al conjunto arquitectónico la posibilidad de liberarse de los modelos arborescentes, que procedían por pilares-árboles, vigas-ramas, bóveda-follaje. No sólo el hormigón es una materia heterogénea cuyo grado de consistencia varía con los elementos de la mezcla, sino que el hierro se intercala en él según un ritmo, es más, forma en las superficies autoportadoras un personaje rítmico complejo en el que los ―tallos‖ tienen secciones diferentes e intervalos variables según la intensidad y la dirección de la fuerza a captar (armadura y no estructura). En ese sentido, también la obra musical o literaria tiene una arquitectura: ―saturar el átomo‖, decía Virginia Woolf; o bien, como decía Henry James, hay que ―comenzar lejos, tan lejos como se pueda‖, y proceder por ―bloques de materia trabajada‖. Ya no se trata de imponer una forma a una materia, sino de elaborar un material cada vez más rico, cada vez más consistente, capaz por tanto de captar fuerzas cada vez más intensas. Lo que convierte a un material en algo cada vez más rico es lo que hace que se mantengan unidos los heterogéneos, sin que dejen de serlo; esa es precisamente la función de los osciladores, de los sintetizadores intercalares de dos cabezas como mínimo; de los analizadores de intervalos; de los sincronizadores de ritmos (la palabra ―sincro-nizador‖ es ambigua, puesto que estos sincronizadores moleculares no proceden por medida igualizante u homogeneizante, y actúan desde dentro, entre dos ritmos). ¿No es la consolidación el nombre terrestre de la consistencia? El agenciamiento territorial es un consolidado de medio, un consolidado de espacio-tiempo, de coexistencia y de sucesión. Y el ritornelo opera con los tres factores.

Pero hace falta que las propias materias de expresión presenten unas características que hagan posible esa adquisición de consistencia. Ya hemos visto a este respecto su capacidad para entrar en relaciones internas que forman motivos y contrapuntos: las marcas territorializantes devienen motivos o contrapuntos territoriales, las firmas y pancartas crean un ―estilo‖. Eran elementos de un conjunto difuso o discreto, pero se consolidan, adquieren consistencia. También en esa misma medida tienen efectos, como reorganizar las funciones y reunir las fuerzas. Para mejor captar el mecanismo de esta capacidad, se pueden fijar ciertas condi-

ciones de homogeneidad y considerar en primer lugar marcas o materias de un mismo tipo: por ejemplo, un conjunto de marcas sonoras, el canto de un pájaro. El canto del pinzón tiene normalmente tres frases distintas: la primera, de cuatro o catorce notas, en crescendo y disminución de frecuencia; la segunda, de dos a ocho notas, de frecuencia constante más baja que en el caso precedente; la tercera, que finaliza con una ―floritura‖ o un ―adorno‖ complejo. Pues bien, desde el punto de vista de la adquisición, ese pleno-canto (full song) va precedido de un sub-canto (sub-song) que, en condiciones normales, implica una posesión de la tonalidad general, de la duración de conjunto y del contenido de las estrofas, e incluso una tendencia a terminar en una nota más alta28. Pero la organización en tres estrofas, el orden de sucesión de esas estrofas, el detalle del adorno no están dadas; diríase precisamente que lo que falta son las articulaciones internas, los intervalos, las notas intercalares, todo lo que crea motivo y contrapunto. La distinción del sub-canto y del pleno-canto podría presentarse, pues, de la siguiente manera: el sub-canto como marca o pancarta, el pleno-canto como estilo o motivo, y la capacidad de pasar de uno a otro, la capacidad de uno para consolidarse en el otro. Es particularmente evidente que el aislamiento artificial tendrá efectos muy diferentes según que se produzca antes o después de la adquisición de las componentes del sub-canto.

Pero, por ahora lo que nos interesa es más bien saber lo que sucede cuando esas componentes se han desarrollado efectivamente en motivos y contrapuntos de pleno-canto. En ese caso, salimos necesariamente de las condiciones de homogeneidad cualitativa que habíamos presupuesto. Pues, mientras nos limitemos a marcas, las marcas de un tipo coexisten con las de otro, sin más: sonidos coexisten con colores, con gestos, siluetas del mismo animal; o bien los sonidos de tal especie coexisten con los sonidos de otras especies, a veces muy diferentes pero localmente próximas. Ahora bien, la organización de marcas cualificadas en motivos y contrapuntos va a acarrear necesariamente una adquisición de consistencia, o una captura de marcas de otra cualidad, una mutua conexión de sonidos-colores-gestos, o bien de sonidos de especies animales diferentes..., etc. La consistencia se hace necesariamente de heterogéneo a heterogéneo: no porque aparezca una diferenciación, sino porque los heterogéneos que se contentaban con coexistir o sucederse están ahora incluidos los unos en los otros por la ―consolidación‖ de su coexistencia y de su sucesión. Pues los intervalos, los intercalares y las articulaciones, constitutivos de los motivos y contrapuntos en el orden de una cualidad expresiva, engloban también cualidades de otro orden, o bien cualidades del mismo orden, pero de otro sexo o incluso de otra especie animal. Un color va a

―responder‖ a un sonido. No hay motivos y contrapuntos de una cualidad, personajes rítmicos y paisajes melódicos en tal orden, sin que se constituya una verdadera ópera maquínica que reúne las órdenes, las especies y las cualidades heterogéneas. Lo que nosotros llamamos maquínico es precisamente esa síntesis de heterogénos como tal. Y, en la medida en que esos heterogéneos son materias de expresión, nosotros decimos que su síntesis, su consistencia o su captura, forma un ―enunciado‖, una ―enunciación‖ propiamente maquínica. Las variadas relaciones en las que entra un color, un sonido, un gesto, un movimiento, una posi-

ción, en una misma especie y en especies diferentes, forman otras tantas enun-ciaciones maquínicas.

Volvamos al Scenopoïetes, el pájaro mágico o de ópera. No tiene colores vivos (como si hubiese inhibición). Pero su canto, su ritornelo, se oye desde muy lejos (¿es una compensación, o, al contrario, el factor primario?). Canta en su palo de cantar (singing stick), liana o rama, justo encima de la escena que ha preparado (display ground), marcada por las hojas cortadas y vueltas del revés que contrastan con la tierra. Al mismo tiempo que canta, descubre la raíz amarilla de ciertas plumas bajo su pico: se hace visible al mismo tiempo que sonoro. Su canto forma un motivo complejo variado, tejido con sus propias notas, y las de otros pájaros a los que imita en los intervalos29. Se forma, pues, un consolidado que ―consiste‖ en sonidos específicos, sonidos de otras especies, tinte de las hojas, color del cuello: el enunciado maquínico o el agenciamiento de enunciación del Scenopoïetes. Numerosos son los pájaros que ―imitan‖ el canto de otros. Pero no es seguro que la imitación sea un buen concepto para fenómenos que varían según el agenciamiento en el que entran. El sub-song contiene elementos que pueden entrar en organizaciones rítmicas y melódicas distintas de las de la especie considerada, y proporcionar así en el pleno-canto verdaderas notas extrañas o añadidas. Si algunos pájaros como el pinzón parecen refractarios a la imitación es en la medida en que los sonidos extraños que surgen eventualmente en su sub-song son eliminados de la consistencia del pleno-canto. Por el contrario, en los casos en los que unas frases añadidas están incluidas en el pleno-canto, quizá sea porque hay un agenciamiento interespecífico del tipo parasitismo, pero también porque el agenciamiento del pájaro efectúa los contrapuntos de su melodía. Thorpe no se equivoca cuando dice que en ese caso hay un problema de ocupación de frecuencias, como en las radios (aspecto sonoro de la territorialidad) 30. No se trata tanto de imitar un canto como de ocupar frecuencias correspondientes; pues unas veces puede ser ventajoso mantenerse en una zona muy determinada, cuando los contrapuntos son asegurados en otra parte, otras, por el contrario, puede serlo ampliar o profundizar la zona para asegurar uno mismo los contrapuntos e inventar los acordes que permanecerían difusos, como en el Rain-forest, donde existe precisamente el mayor número de pájaros ―imitadores‖.

Desde el punto de vista de la consistencia, las materias de expresión no sólo deben ser relacionadas con su capacidad para formar motivos y contrapuntos, sino con los inhibidores y desencadenadores que actúan sobre ellas, y con los mecanismos innatos o aprendidos, hereditarios o adquiridos que las modulan. Ahora bien, el error de la etología es limitarse a una distribución binaria de esos factores, incluso y sobre todo cuando se afirma la necesidad de tenerlos en cuenta a los dos a la vez, y de combinarlos a todos los niveles de un ―árbol de comportamientos‖. Más bien habría que partir de una noción positiva capaz de explicar el carácter muy particular que presentan lo innato y lo adquirido en un rizoma, y que sería como la razón de su combinación. Esa noción no aparecerá en términos de comportamiento, sino en términos de agenciamiento. Algunos autores ponen el acento en desarrollos autónomos codificados en centros (lo innato); otros en encadenamientos adquiridos regulados por sensaciones periféricas (aprendizaje).

Pero ya Raymond Ruyer mostraba que el animal era más bien presa de ―ritmos musicales‖, de ―temas rítmicos y melódicos‖ que no se explican por la codificación de un disco grabado, ni por los movimientos de ejecución que los efectúan y los adaptan a las circunstancias31. Sería incluso lo contrario: los temas rítmicos o melódicos preceden a su ejecución y su grabación. Lo primero sería la consistencia de un ritornelo, de una pequeña melodía, bien bajo la forma de melodía mnémica que no tendría necesidad de estar inscrita localmente en un centro, o bien bajo la forma de motivo difuso que ya no tendría necesidad de ser pulsado o estimulado. Una noción poética y musical como la de lo Natal —en el lied, o bien en Hölderlin, o también en Thomas Hardy— nos enseñaría quizá más que las categorías un poco manoseadas y confusas de innato o adquirido. Pues, desde el momento en que hay agenciamiento territorial, se puede decir que lo innato presenta una figura muy particular, puesto que es inseparable de un movimiento de descodificación, puesto que se produce al margen del código, contrariamente a lo innato del medio interior; y la adquisición también presenta una figura muy particular, puesto que está territorializada, es decir, regulada a partir de materias de expresión, ya no a partir de estímulos del medio exterior. Lo natal es precisamente lo innato, pero lo innato descodificado, y es precisamente lo adquirido, pero lo adquirido territorializado. Lo natal es esa nueva figura que lo innato y lo adquirido presentan en el agenciamiento territorial. De ahí el afecto propio de lo natal, tal como se escucha en el lied, estar siempre perdido, o hallado, o tender hacia la patria desconocida. En lo natal, lo innato tiende a desplazarse: como dice Ruyer, en cierto sentido está más adelante, más allá del acto; no concierne tanto al acto o al comportamiento como a las propias materias de expresión, a la percepción que las discierne, las selecciona, al gesto que las crea, o que las constituye por sí mismo (por eso hay ―períodos críticos‖ en los que el animal valoriza un objeto o una situación, ―se impregna‖ de una materia de expresión, mucho antes de ser capaz de ejecutar el comportamiento correspondiente). Sin embargo, eso no quiere decir que el comportamiento quede a merced de los azares del aprendizaje; pues está predeterminado por ese desplazamiento, y encuentra en su propia territorialización reglas de agenciamiento. Lo natal, consiste, pues, en una descodificación de lo innato y una territorialización del aprendizaje, la una sobre la otra, la una con la otra. Hay una consistencia de lo natal que no se explica por una mezcla de lo innato y de lo adquirido, al contrario, ella es la que explica esas mezclas en el seno del agenciamiento territorial y de los inter-agenciamientos. En resumen, la noción de comportamiento resulta insuficiente, es demasiado lineal con relación a la de agenciamiento. Lo natal va de lo que pasa en el inter-agenciamiento hasta el centro que se proyecta fuera, recorre los inter-agenciamientos, llega hasta las puertas del Cosmos.

El agenciamiento territorial es inseparable de las líneas o coeficientes de desterritorialización, de los pasos y de los relevos hacia otros agenciamientos. A menudo, se ha estudiado la influencia de las condiciones artificiales sobre el canto de los pájaros; pero los resultados varían por un lado con las especies, por otro con el tipo y el momento de los artificios. Muchos pájaros son permeables al canto de otros pájaros que se les hace oír durante el periodo crítico, y reproducen a conti-

nuación esos cantos extraños. No obstante, el pinzón parece mucho más dedicado a sus propias materias de expresión e, incluso expuesto a sonidos sintéticos, conserva un sentido innato de su propia tonalidad. Todo depende también del momento en el que se aísla a los pájaros, antes o después del periodo crítico; pues en el primer caso, los pinzones desarrollan un canto casi normal, mientras que, en el segundo, los sujetos del grupo aislado, que sólo pueden oírse unos a otros, desarrollan un canto aberrante, no específico y, sin embargo, común al grupo (cf. Thorpe). De todas formas, hay que tener en cuenta los efectos de la desterritorialización, de la desnatalización, sobre tal especie y en tal momento. Cada vez que un agenciamiento territorial entra en un movimiento que lo desterritorializa (en condiciones llamadas naturales, o, al contrario, artificiales), diríase que se desencadena una máquina. Esa es incluso la diferencia que nosotros desearíamos proponer entre máquina y agenciamiento: una máquina es como un conjunto de máximos que se insertan en el agenciamiento en vías de desterritorialización, para trazar en él las variaciones y mutaciones. Pues no hay efectos mecánicos; los efectos siempre son maquínicos, es decir, dependen de una máquina en conexión con el agenciamiento, y liberada por la desterritorialización. Lo que nosotros llamamos enunciados maquínicos son precisamente esos efectos de máquina que definen la consistencia en la que entran las materias de expresión. Esos efectos pueden ser muy diversos, pero nunca son simbólicos o imaginarios, siempre tienen un valor real de paso y de relevo.

Por regla general, una máquina se conecta con el agenciamiento territorial específico, y lo abre a otros agenciamientos, lo hace pasar por los inter-agencia-mientos de la misma especie: por ejemplo, el agenciamiento territorial de una especie de pájaro se abre a sus inter-agenciamientos de corte o de gregaridad, en la dirección de la pareja o del ―socius‖. Pero la máquina puede igualmente abrir el agenciamiento territorial de una especie a agenciamientos interespecíficos, como en el caso de los pájaros que adquieren cantos extraños, y con mayor motivo en los casos de parasitismo32. La máquina puede también desbordar todo agenciamiento para producir una apertura al Cosmos. O a la inversa, en lugar de abrir el agenciamiento desterritorializado a otra cosa, puede producir un efecto de cierre, como si el conjunto cayese y girase en una especie de agujero negro: es lo que sucede en condiciones de desterritorialización precoz y brutal, y cuando las vías específicas, interespecíficas y cósmicas están bloqueadas; la máquina produce entonces efectos ―individuales‖ de grupo, al girar sobre sí misma, como en el caso de los pinzones precozmente aislados, cuyo canto empobrecido, simplificado, ya sólo expresa la resonancia del agujero negro en el que están atrapados. Es importante volver a encontrar aquí esa función ―agujero negro‖, pues permite comprender mejor los fenómenos de inhibición, y romper a su vez con un dualismo demasiado estricto inhibidor-desencadenador. En efecto, los agujeros negros forman parte de los agenciamientos tanto como las líneas de desterritorialización: hemos visto precedentemente que un inter-agenciamiento podía implicar líneas de empobrecimiento y de fijación, que conducen a un agujero negro, sin perjuicio de que éste sea sustituido por una línea de desterritorialización más rica o positiva (por ejemplo la componente ―brizna de hierba‖, en los pinzones de

Australia, cae en un agujero negro, y es sustituida por la componente ―ritorne-lo‖)33. El agujero negro es, pues, un efecto maquínico en los agenciamientos, que mantiene una relación compleja con los otros efectos. Puede suceder que determinados procesos innovadores tengan necesidad, para desencadenarse, de caer en un agujero negro que crea catástrofe; éxtasis de inhibición se asocian a desenca-denamientos de comportamientos-encrucijadas. En cambio, cuando los agujeros negros resuenan juntos, o las inhibiciones se conjugan, se hacen eco, asistimos a un cierre del agenciamiento, como desterritorializado en el vacío, en lugar de una apertura en consistencia: es lo que sucede en esos grupos aislados de jóvenes pinzones. Las máquinas siempre son llaves singulares que abren o cierran un agenciamiento, un territorio. Es más, no basta con hacer intervenir la máquina en un agenciamiento territorial dado; la máquina ya interviene en la emergencia de las materias de expresión, es decir, en la constitución de ese agenciamiento, y en los vectores de desterritorialización que inmediatamente actúan sobre él.

La consistencia de las materias de expresión remite, pues, por un lado a su capacidad para formar temas rítmicos y melódicos, por otro a la potencia de lo natal. Hay, por último, otro aspecto, que es su relación muy especial con lo molecular (la máquina nos sitúa precisamente en esa vía). Las propias palabras ―materias de expresión‖ implican que la expresión tiene con la materia una relación original. A medida que adquieren consistencia, las materias de expresión constituyen semióticas; pero las componentes semióticas son inseparables de componentes materiales, y están especialmente en conexión con niveles moleculares. La cuestión es, pues, saber si la relación molar-molecular no adquiere aquí una nueva figura. En efecto, en general se han podido distinguir combinaciones ―molar-molecular‖ que varían mucho según la dirección seguida. En primer lugar: los fenómenos individuales del átomo pueden entrar en acumulaciones estadísticas o probabilísticas que tienden a anular su individualidad, ya en la molécula, luego en el conjunto molar; pero también pueden complicarse con interacciones, y conservar su individualidad en el seno de la molécula, luego de la macromolécula, etc., al componer comunicaciones directas entre individuos de diferentes órdenes34. En segundo lugar, vemos perfectamente que la diferencia no se establece entre lo individual y lo estadístico; de hecho, siempre se trata de poblaciones, la estadística tiene que ver con fenómenos individuales, de la misma manera que la individualidad anti-estadística sólo opera por poblaciones moleculares; la diferencia se establece entre dos movimientos de grupo, como en la ecuación de l’Alembert, en la que un grupo tiende hacia estados cada vez más probables, homogéneos y equilibrados (onda divergente y potencial retardado), mientras que el otro grupo tiende hacia estados de concentración menos probables (onda convergente y potencial anticipado)35. En tercer lugar, las fuerzas internas intramoleculares, que confieren a un conjunto su forma molar, pueden ser de dos tipos, o bien relaciones localizables, lineales, mecánicas, arborescentes, covalentes, sometidas a las condiciones químicas de acción y de reacción, de reacciones encadenadas, o bien uniones no localizables, sobrelineales, maquínicas y no mecánicas, no covalentes, indirectas, que operan por discernimiento o discriminación estereoespecífica más bien que por encadena-miento36.

Hay, pues, varias maneras de enunciar una misma diferencia, pero esa diferencia parece mucho más amplia que la que nosotros buscamos: en efecto, concierne a la materia y a la vida, o incluso más bien, puesto que no hay más que una sola materia, concierne a dos estados, a dos tendencias de la materia atómica (por ejemplo, hay uniones que inmovilizan, uno con relación al otro, los átomos asociados, y otras que permiten una libre rotación). Si se enuncia la diferencia bajo su forma más general se dirá que se instaura entre sistemas estratificados, sistemas de estratificación por un lado, y por otro conjuntos consistentes, autoconsistentes. Pero precisamente la consistencia lejos de estar reservada a formas vitales complejas, concierne ya plenamente al átomo y a las partículas más elementales. Se hablará, pues, de sistema de estratificación codificado siempre que haya, en sentido horizontal, causalidades lineales entre elementos; y, verticalmente, jerarquías de orden entre agrupamientos; y, para que todo se mantenga unido en profundidad, una sucesión de formas encuadrantes cada una de las cuales da forma a una sustancia, y sirve a su vez de sustancia a la otra. Esas causalidades, esas jerarquías, esos encuadramientos, constituirán tanto un estrato como el paso de un estrato a otro y las combinaciones estratificadas de lo molecular y de lo molar. Por el contrario, se hablará de conjuntos de consistencia siempre que nos encontremos, no ante una sucesión regulada de formas-sustancias, sino ante consolidados de componentes muy heterogéneas, cortocircuitos de orden o incluso causalidades invertidas, capturas entre materiales y fuerzas de otra naturaleza: como si un filum maquínico, una transversalidad desestratificante pasase a través de los elementos, los órdenes, las formas y las sustancias, lo molar y lo molecular, para liberar una materia y captar fuerzas.

Pues bien, si nos preguntamos ―qué lugar ocupa la vida‖ en esa distinción, vemos sin duda que implica un incremento de consistencia, es decir, una plusvalía (plusvalía de desestratificación). Por ejemplo, implica un mayor número de conjuntos autoconsistentes, de procesos de consolidación, y les da una dimensión molar. La vida ya es desestratificante, puesto que su código no se distribuye en todo el estrato, sino que ocupa una línea genética eminentemente especializada. Sin embargo, la pregunta es casi contradictoria, puesto que, preguntar qué lugar ocupa la vida, equivale a tratarla como un estrato particular, que tiene su orden y surge en el orden, que tiene sus formas y sus sustancias. Y es cierto que la vida es las dos cosas a la vez: un sistema de estratificación particularmente complejo, y un conjunto de consistencia que trastoca los órdenes, las formas y las sustancias. Así, ya hemos visto cómo lo viviente efectuaba una transcodificación de los medios que puede ser considerada tanto constituyendo un estrato como efectuando causalidades invertidas y transversales de desestratificación. Por eso, la misma pregunta puede ser planteada cuando la vida ya no se contenta con mezclar medios, sino que agencia territorios. El agenciamiento territorial implica una descodificación, y es inseparable de una desterritorialización que lo afecta (dos nuevos tipos de plusvalía). En ese caso, se comprende que la ―etología‖ sea un dominio molar especialmente privilegiado para mostrar cómo las componentes más diversas, bioquímicas, de comportamiento, perceptivas, hereditarias, adquiridas, improvisadas, sociales, etc., pueden cristalizar en agenciamientos que no respetan ni la distinción

de los órdenes ni la jerarquía de las formas. Lo que hace que se mantengan unidas todas las componentes son las transversales, y la transversal sólo es una componente que carga con el vector especializado de desterritorialización. En efecto, un agenciamiento no se sostiene por el juego de las formas encuadrantes o de las causalidades lineales, sino por su componente más desterritorializada, por un máximo de desterritorialización, actual o potencialmente: por ejemplo el ritornelo, más desterritorializado que la brizna de hierba, lo que no le impide estar ―determi-nado‖, es decir, actuar sobre las componentes bioquímicas y moleculares. El agenciamiento se sostiene por su componente más desterritorializada, lo que no quiere decir indeterminada (el ritornelo puede estar en estrecha conexión con hormonas masculinas) 37. Cuando una componente de este tipo forma parte de un agenciamiento puede ser la más determinada, e incluso mecanizada, pero no por ello da menos ―juego‖ a lo que compone, favorece la aparición de nuevas dimensiones de los medios, desencadena procesos de discernibilidad, de especialización, de contracción, de aceleración que abren nuevos posibles, que abren el agenciamiento territorial a inter-agenciamientos. Volvamos al Scenopoïetes: su acto, uno de sus actos, consiste en discernir y hacer discernir las dos caras de la hoja. Ese acto actúa en el determinismo del pico dentado. En efecto, los agenciamientos se definen a la vez por materias de expresión que adquieren consistencia independientemente de la relación forma-sustancia; causalidades invertidas o determinismos ―anticipados‖, innatismos descodificados, que tienen que ver con actos de discernimiento o de elección y no con reacciones encadenadas; combinaciones moleculares que proceden por uniones no covalentes y no por relaciones lineales; en resumen, un nuevo

―aspecto‖ producido por la imbricación de lo semiótico y de lo material. En ese sentido, se puede oponer la consistencia de los agenciamientos a lo que todavía era la estratificación de los medios. Pero, una vez más, esta oposición sólo es relativa, totalmente relativa. De la misma manera que los medios oscilan entre un estado de estrato y un movimiento de desestratificación, los agenciamientos oscilan entre un cierre territorial que tiende a reestratificarlos, y una abertura desterritorializante que, por el contrario, los conecta al Cosmos. Por eso no es extraño que la diferencia que nosotros buscábamos no sea tanto entre los agenciamientos y otra cosa como entre los dos límites de todo posible agenciamiento, es decir, entre el sistema de los estratos y el plan de consistencia. Y no hay que olvidar que en el plan de consistencia los estratos se refuerzan y se organizan, y que en los estratos el plan de consistencia actúa y se construye, ambas cosas fragmento a fragmento, golpe a golpe, operación tras operación.


Hemos pasado de los medios estratificados a los agenciamientos territorializados; y, al mismo tiempo, de las fuerzas del caos, tal como están distribuidas, codificadas, transcodificadas por los medios, a las fuerzas de la tierra, tal como están reagrupadas en los agenciamientos. Luego hemos pasado de los agenciamientos territoriales a los inter-agenciamientos, a las aberturas de agenciamiento según líneas de desterritorialización; y, al mismo tiempo, de las fuerzas reagrupadas de la tierra a las fuerzas de un Cosmos desterritorializado, o más bien des-

territorializante. ¿Cómo presenta Paul Klee ese último movimiento, que ya no es un ―andar‖ terrestre, sino una ―fuga‖ cósmica? ¿Por qué una palabra tan desme-surada, Cosmos, para hablar de una operación que debe ser precisa? Klee dice que

―para despegar de la tierra hay que realizar un esfuerzo gradual‖, que uno ―se eleva por encima de ella bajo la acción de fuerzas centrífugas que triunfan sobre la gravedad‖. Y añade que el artista comienza mirando en torno suyo, en todos los medios, pero para captar la huella de la creación en lo creado, la naturaleza natu-ralizante en la naturaleza naturalizada; y luego, instalándose ―en los límites de la tierra‖, se interesa por el microscopio, por los cristales, por las moléculas, por los átomos y partículas, y no por la coherencia científica, sino por el movimiento, nada más que por el movimiento inmanente; el artista se dice a sí mismo que este mundo ha tenido aspectos diferentes, y que aún tendrá otros, que ya tiene otros en otros planetas; por último, se abre al Cosmos para captar sus fuerzas en una

―obra‖ (sin eso la abertura al Cosmos tan sólo sería una fantasía incapaz de ampliar los límites de la tierra), y para realizar esa obra se necesitan medios muy simples, muy puros, casi infantiles, pero también se necesitan las fuerzas de un pueblo, y eso es lo que aún falta, ―nos falta esa última fuerza, buscamos ese apoyo popular, hemos comenzado en la Bauhaus, no podemos hacer más...‖38

Cuando se habla de clasicismo se está hablando de una relación forma-materia, o más bien forma-sustancia, siendo precisamente la sustancia una materia informada. Una sucesión de formas compartimentadas, centralizadas, jerarquizadas las unas con relación a las otras, organizarán la materia, encargándose cada una de una parte más o menos importante. Cada forma es como el código de un medio, y el paso de una forma a otra es una verdadera transcodificación. Incluso las estaciones son medios. Se produce ahí dos operaciones coexistentes, una por la que la forma se diferencia según distinciones binarias, otra por la que las partes sustanciales informadas, los medios o estaciones, entran en un orden de sucesión que puede ser el mismo en los dos sentidos. Pero, bajo esas operaciones, el artista clásico corre el riesgo de una aventura extrema, peligrosa. Distribuye los medios, los separa, los armoniza, regula sus mezclas, pasa de uno a otro. Afronta así el caos, las fuerzas del caos, las fuerzas de una materia bruta indómita, a las que las formas deben imponerse para crear sustancias, los Códigos, para crear medios. Prodigiosa agilidad. En ese sentido, nunca se ha podido trazar una frontera muy clara entre lo barroco y lo clásico39. En el fondo de lo clásico retumba todo el barroco; la tarea del artista clásico es la del propio Dios, organizar el caos, y su único grito es ¡Creación! ¡la Creación! ¡el Árbol de la Creación! Una flauta de madera milenaria organiza el caos, pero el caos está allí como la Reina de la noche. El artista clásico actúa con lo Uno-Dos; lo uno-dos de la diferenciación de la forma en la medida en que ésta se divide (hombre-mujer, ritmos masculinos y femeninos, las voces, las familias de instrumentos, todas las binaridades del Ars Nova); lo uno-dos de la diferenciación de las partes en la medida en que éstas se responden (la flauta mágica y la campanilla mágica). La melodía, el ritornelo de pájaro, es la unidad binaria de creación, la unidad diferenciante del comienzo puro:

―Primero el piano solitario se lamentaba, como un pájaro abandonado por su compañera; el violín lo escuchó, le respondió como desde un árbol vecino. Era

como al comienzo del mundo, como si sólo existiesen ellos dos sobre la tierra, o más bien en ese mundo cerrado a todo lo demás, construido por la lógica de un creador y en el que nunca estarían más que ellos dos: esa sonata‖40.

Si tratamos de definir también de forma general el romanticismo vemos que todo cambia. Una nuevo grito resuena: ¡la Tierra, el territorio y la Tierra! Con el romanticismo el artista abandona su ambición de una universalidad de derecho, y su estatuto de creador: se territorializa, entra en un agenciamiento territorial. Las estaciones están ahora territorializadas. Por supuesto, la tierra no es lo mismo que el territorio. La tierra es ese punto intenso en lo más profundo del territorio, o bien proyectado fuera de él como punto focal, y en el que todas las fuerzas se reúnen en un cuerpo a cuerpo. La tierra ya no es una fuerza entre otras, ni una sustancia informada o un medio codificado, que tendría su momento y su parte. La tierra ha devenido ese cuerpo a cuerpo de todas las fuerzas, tanto las de la tierra como las de las otras sustancias. De manera que el artista ya no se enfrenta al caos, sino al infierno y al subterráneo, al abismo. Ya no corre el riesgo de disiparse en los medios, sino de hundirse profundamente en la Tierra, Empédocles. Ya no se identifica con la creación, sino con el fundamento o la fundación, la fundación ha devenido creadora. Ya no es Dios, sino Héroe que lanza a Dios su desafío: Fundemos, fundemos, dejemos ya de crear. Fausto, especialmente el segundo Fausto, es arrastrado por esa tendencia. El dogmatismo, el catolicismo de los medios (código), ha sido sustituido por el criticismo, el protestantismo de la tierra. Y, por supuesto, la Tierra como punto intenso en profundidad o en proyección, como ratio essendi, siempre está desfasada con relación al territorio; y el territorio, como condición de ―conocimiento‖, ratio cognoscendi, siempre está desfasado con relación a la tierra. El territorio es alemán, la tierra es griega. Y, precisamente, es ese desfase el que crea el estatuto del artista romántico, en la medida en que ya no afronta la apertura del caos, sino la atracción del Fondo. La melodía, el ritornelo de pájaro ha cambiado: ya no es el comienzo de un mundo, traza en la tierra el agenciamiento territorial. Como consecuencia, ya no está compuesto de dos partes consonantes que se buscan y se responden, se dirige a un canto más profundo que lo funda, pero también choca con él, lo arrastra y lo hace disonar. El ritornelo está indisolublemente constituido por la canción territorial y el canto de la tierra que se eleva para dominarla. Así, al final del Canto de la Tierra, coexisten dos motivos, uno melódico que evoca los agenciamientos del pájaro, otro rítmico, profunda respiración de la tierra, eternamente. Mahler dice que el canto de los pájaros, el color de las flores, el olor de los bosques no bastan para crear la Naturaleza, hace falta el dios Dionisos o el gran Pan. Un Ur-ritornelo de la tierra capta todos los ritornelos territoriales u otros, y todos los de los medios. En Wozzeck, el ritornelo nana, el ritornelo militar, el ritornelo báquico, el ritornelo de caza, el ritornelo infantil del final son otros tantos agenciamientos admirables arrastrados por la potente máquina de la tierra, por los máximos de esa máquina: la voz de Wozzeck gracias a la cual la tierra deviene sonora, el grito de muerte de María deslizándose sobre el estanque, el redoblado, cuando la tierra aulló... Ese desfase, esa descodificación hace que el artista romántico viva el territorio, pero lo viva necesariamente como perdido, y él mismo se viva como exiliado, viajero, desterritorializado, rechazado en

los medios, como el Holandés errante o el rey Voldemar (mientras que el clásico habitaba los medios). Pero, al mismo tiempo, la tierra continúa dirigiendo ese movimiento, la atracción de la tierra crea esa repulsión del territorio. El mojón ya sólo indica el camino del que nadie regresa. Esa es la ambigüedad de lo natal, que aparece en el lied, pero también en la sinfonía y la ópera: el lied es a la vez el territorio, el territorio perdido, la tierra vectora. El intermezzo iba a adquirir una importancia cada vez mayor, puesto que utilizaba todos los desfases entre la tierra y el territorio, se intercalaba entre ellos, los ocupaba a su manera, ―entre dos ho-ras‖, ―mediodía-medianoche‖. Desde este punto de vista, se puede decir que las innovaciones fundamentales del romanticismo han consistido en lo siguiente: ya no existían partes sustanciales que corresponden a formas, medios que corresponden a códigos, una materia caótica que estaría ordenada en las formas y por los códigos. Las partes eran más bien como agenciamientos que se hacían y se des-hacían en la superficie. La forma devenía una gran forma en desarrollo continuo, reunión de las fuerzas de la tierra que agrupaba en un haz todas las partes. La materia ya no era un caos que había que someter y organizar, sino la materia en movimiento de una variación continua. Lo universal había devenido relación, variación. Variación continua de la materia y desarrollo continuo de la forma. A través de los agenciamientos, materia y forma entraban así en una nueva relación: la materia dejaba de ser una materia de contenido para devenir materia de expresión. La forma dejaba de ser un código que domina a las fuerzas del caos para devenir fuerza, conjunto de las fuerzas de la tierra. Surgía así una nueva relación con el peligro, con la locura, con los límites: el romanticismo no iba más lejos que el clasicismo barroco, tomaba otra dirección, con otros elementos y otros vectores. De lo que más carece el romanticismo es del pueblo. El territorio está asediado por una voz solitaria, a la que la voz de la tierra, más que responderle, le hace resonancia y percusión. Incluso cuando hay un pueblo, éste está mediatizado por la tierra, surge de sus entrañas, y está dispuesto a volver a ellas: es un pueblo subterráneo más que terrestre. El héroe es un héroe de la tierra, mítico, y no del pueblo, histórico. Alemania, el romanticismo alemán, tiene el genio de vivir el territorio natal no como desierto, sino como ―solitario‖, cualquiera que sea la densidad de población; pues esa población tan sólo es una emanación de la tierra, y vale por Uno solo. El territorio no se abre hacia un pueblo, se entreabre al Amigo, a la Amada, pero la Amada ya está muerta, y el Amigo es problemático, inquietante41. A lo largo del territorio todo pasa, como en un lied, entre lo Uno-Solo del alma y lo Uno-Todo de la tierra. Por eso el romanticismo presenta otro aspecto, e incluso reclama otro nombre, otra pancarta, en los países latinos y los países eslavos en los que, por el contrario, todo pasa por el tema de un pueblo, de las fuerzas de un pueblo. Ahora, la que está mediatizada por el pueblo, y sólo gracias a él existe, es la tierra. Ahora, la tierra puede estar ―desierta‖, estepa árida, o bien territorio disgregado, arrasado, pero nunca está solitario, sino llena de una población que nomadiza, se separa o se reagrupa, reivindica o llora, ataca o padece. Ahora, el héroe ya no es un héroe de la tierra, es un héroe del pueblo; está en relación con lo Uno-Muchedumbre, ya no con lo Uno-Todo. Por supuesto, no se dirá que hay más nacionalismo en un caso que en el otro, pues el nacionalismo está

presente en todas las figuras del romanticismo, unas veces como motor, otras como agujero negro (el fascismo utilizó mucho menos a Verdi que el nazismo a Wagner). El problema es verdaderamente musical, técnicamente musical, y por ello tanto más político. El héroe romántico, la voz romántica del héroe, actúa como sujeto, como individuo subjetivado, que tiene ―sentimientos‖; pero ese elemento vocal subjetivo se refleja en un conjunto instrumental y orquestal que moviliza, por el contrario, ―afectos‖ no subjetivados, y que adquiere toda su importancia con el romanticismo. Ahora bien, no hay que pensar que los dos, el elemento vocal y el conjunto orquestal-instrumental, mantienen simplemente una relación extrínseca: la orquestación impone a la voz tal o tal papel, del mismo modo que la voz engloba tal o tal modo de orquestación. La orquestación-instru-mentación reúne o separa, agrupa o dispersa fuerzas sonoras; pero cambia, y el papel de la voz también, según que esas fuerzas sean las de la Tierra o las del Pueblo, de lo Uno-Todo o de lo Uno-Muchedumbre. En un caso, se trata de realizar agrupamientos de potencias que constituyen precisamente los afectos; en el otro, son individuaciones de grupo que constituyen el afecto y son el objeto de la orquestación. Los agrupamientos de potencia están plenamente diversificados, pero lo están como las relaciones propias de lo Universal; mientras que, en las individuaciones de grupo, habría que invocar a otra palabra, lo Dividual, para designar ese otro tipo de relaciones musicales, y esos pasos intra-grupo o inter-grupos. El elemento subjetivo o sentimental de la voz no tiene el mismo papel y la misma posición según que afronte interiormente los agrupamientos de potencia no subjetivados o las individuaciones no subjetivadas de grupo, las relaciones del universal o las relaciones de lo ―dividual‖. Debussy planteaba perfectamente el problema de lo Uno-Muchedumbre cuando le reprochaba a Wagner que no supiera ―hacer‖ una muchedumbre o un pueblo: una muchedumbre debe estar plenamente individuada, pero por individuaciones de grupo, que no se reducen a la individualidad de los sujetos que la componen42. El pueblo debe individuarse, no según las personas, sino según los afectos que simultánea y sucesivamente experimenta. Así pues, no se consigue lo Uno-Muchedumbre o lo Dividual ni cuando se reduce el pueblo a una juxtaposición, ni cuando se le reduce a una potencia de lo universal. En resumen, hay como dos concepciones muy diferentes de la orquestación, y de la relación voz-instrumento, según que uno se dirija a las fuerzas de la Tierra, o bien a las fuerzas del Pueblo, para hacerlas sonoras. El ejemplo más simple de esta diferencia sería sin duda Wagner-Verdi, en la medida en que Verdi da cada vez más importancia a las relaciones de la voz con la instrumentación y la orquestación. En la actualidad, Stockhausen y Berio elaboran una nueva versión de esa diferencia, aunque afronten un problema musical distinto que el del romanticismo (en Berio hay la búsqueda de un grito múltiple, de un grito de población, en lo dividual de lo Uno-Muchedumbre, y no un grito de la tierra en lo universal de lo Uno-Todo). Pues bien, la idea de una ópera del mundo, o de una música cósmica, y el papel de la voz, cambian singularmente según esos dos polos de la orquestación43. Para no limitarse a una simple oposición Wagner-Verdi, habría que mostrar cómo la orquestación de Berlioz ha sabido genialmente pasar, o incluso dudar, de un polo a otro, Naturaleza o Pueblo sonoros. Cómo una música como la de Moussorgski ha

sabido hacer muchedumbre (a pesar de lo que diga Debussy). Cómo una música como la del Bartok ha podido apoyarse en melodías populares o de población, para crear poblaciones sonoras, instrumentales y orquestales que imponen una nueva gama de lo Dividual, un nuevo cromatismo prodigioso44. El conjunto de las vías no wagnerianas...

Si hay una edad moderna, esa es sin duda la de lo cósmico. Paul Klee se declara antifaustiano, ―yo no amo los animales y a todas las demás criaturas con una cordialidad terrestre, las cosas terrestres me interesan menos que las cosas cós-micas‖. El agenciamiento ya no se enfrenta a las fuerzas del caos, ya no se hunde en las fuerzas de la tierra o en las fuerzas del pueblo, sino que se abre a las fuerzas del Cosmos. Todo esto parece de una extrema generalidad, y, como hegeliano, hablaría de un Espíritu absoluto. Sin embargo, es, debería ser técnica, sólo técnica. La relación esencial ya no es materias-formas (o sustancias-atributos); ni tampoco es desarrollo continuo de la forma y variación continua de la materia. La relación se presenta aquí como una relación directa material-fuerzas. El material es una materia molecularizada, y que como tal debe ―captar‖ fuerzas, que sólo pueden ser las fuerzas del Cosmos. Ya no hay una materia que encontraría en la forma su principio de inteligibilidad correspondiente. Ahora se trata de elaborar un material encargado de captar fuerzas de otro orden: el material visual debe captar fuerzas no visibles. Hacer visible, decía Klee, y no hacer o reproducir lo visible. En esta perspectiva, la filosofía sigue el mismo movimiento que las demás actividades; mientras que la filosofía romántica todavía invocaba una identidad sintética formal que aseguraba una inteligibilidad continua de la materia (síntesis a priori), la filosofía moderna tiende a elaborar un material de pensamiento para capturar fuerzas no pensables en sí mismas. Es la filosofía-Cosmos, a la manera de Nietzsche. El material molecular está incluso tan desterritorializado que ya no se puede hablar de materias de expresión, como en la territorialidad romántica. Las materias de expresión son sustituidas por un material de captura. Como consecuencia, las fuerzas a capturar ya no son las de la tierra, que todavía constituyen una gran Forma expresiva, ahora son las de un Cosmos energético, informal e inmaterial. El pintor Millet llega a decir que, en pintura, lo fundamental no es lo que transporta un campesino, por ejemplo, un objeto sagrado o un saco de patatas, sino el peso exacto de lo que transporta. Es el giro posromántico: lo esencial ya no está en las formas y las materias, ni en los temas, sino en las fuerzas, las densidades, las intensidades. La tierra bascula, y tiende a valer como el puro material de una fuerza gravífica o de gravedad. Quizá habrá que esperar a Cezanne para que las rocas ya sólo existan por las fuerzas de plegamiento que captan, los paisajes por fuerzas magnéticas y térmicas, las manzanas por fuerzas de germinación: fuerzas no visuales y que, sin embargo, se las ha hecho visibles. Al mismo tiempo que las fuerzas devienen necesariamente cósmicas, el material deviene molecular; una fuerza inmensa actúa en un espacio infinitesimal. El problema ya no es el de un comienzo, ni tampoco el de una fundación-fundamento. Ha devenido un problema de consistencia o de consolidación: ¿cómo consolidar el material, hacerlo consistente, para que pueda captar esas fuerzas no sonoras, no visibles, no pensables? Incluso el ritornelo deviene a la vez molecular y cósmico, Debussy... la música moleculariza la materia

sonora, pero de esa forma deviene capaz de captar fuerzas no sonoras como la Duración, la Intensidad45. Hacer la Duración sonora. Recordemos la idea de Nietzsche: el eterno retorno como cantinela, como ritornelo, pero que captura las fuerzas mudas e impensables del Cosmos. Se sale, pues, de los agenciamientos para entrar en la edad de la Máquina, inmensa mecanosfera, plan de cosmización de las fuerzas a captar. En los comienzos de esta edad, la actitud de Varese sería ejemplar: una máquina musical de consistencia, una máquina de sonidos (no de reproducirlos), que moleculariza y atomiza, ioniza la materia sonora, y capta una energía cósmica46. Si esa máquina debe tener un agenciamiento, ese será el sintetizador. Uniendo los módulos, los elementos originales y de tratamiento, los osciladores, generadores y transformadores, distribuyendo los microintervalos, hace audible el propio proceso sonoro, la producción de ese proceso, y nos pone en relación todavía con otros elementos que rebasan la materia sonora47. Une los heteróclitos en el material, y transpone los parámetros de una fórmula a otra. El sintetizador, con su operación de consistencia, ha sustituido al fundamento en el juicio sintético a priori: en él la síntesis es de lo molecular y de lo cósmico, del material y de la fuerza, ya no de la forma y de la materia, del Ground y del territorio. La filosofía, no como juicio sintético, sino como sintetizador de pensamientos, para hacer viajar el pensamiento, hacerlo móvil, convertirlo en una fuerza del Cosmos (de igual modo se hace viajar el sonido...).

Esta síntesis de los heteróclitos no deja de ser ambigua. La misma ambigüedad quizás que encontramos en la valorización moderna de los dibujos infantiles, de los textos locos, de los conciertos de ruidos. A veces se hace demasiado, se exagera, se opera con un batiburrillo de líneas o de sonidos; en ese caso, en lugar de producir una máquina cósmica, capaz de ―hacer sonoro‖, se cae en una máquina de reproducción, y que acaba por reproducir únicamente un garabateo que borra todas las líneas, una interferencia que borra todos los sonidos. Se pretende abrir la música a todos los acontecimientos, a todas las irrupciones, pero lo que finalmente se reproduce es la interferencia que impide cualquier acontecimiento. Lo único que se consigue es una caja de resonancia que hace agujero negro. Un material demasiado rico es un material que aún está demasiado ―territorializado‖, en las fuentes de ruido, en la naturaleza de los objetos... (incluso el piano preparado de Cage). En lugar de definir el conjunto difuso por las operaciones de consistencia o de consolidación que se basan en él, se hace difuso un conjunto. Pues eso es lo esencial: un conjunto difuso, una síntesis de heteróclitos sólo se define por un grado de consistencia que hace precisamente posible la distinción de los elementos heteróclitos que lo constituyen (discernibilidad) 48. Es necesario que el material esté suficientemente desterritorializado para estar molecularizado y abrirse a lo cósmico, en lugar de recaer en una masa estadística. Pues bien, esa condición sólo se cumple por una cierta simplicidad en el material no uniforme: máximo de sobriedad calculada con relación a los heteróclitos o a los parámetros. La sobriedad de los agenciamientos hace posible la riqueza de los efectos de la Máquina. Con frecuencia hay demasiada tendencia a reterritorializarse en el niño, el loco, el ruido. Así se hace difuso, en lugar de hacer consistir el conjunto difuso o de captar las fuerzas cósmicas en el material desterritorializado. Por eso Paul Klee se enfada mucho cuando se habla del ―in-

fantilismo‖ de su dibujo (lo mismo que Varese cuando se habla de efectos sonoros, etc.). Según Klee, basta una línea pura y simple unida a una idea de objeto, y nada más, para ―hacer visible‖ o captar Cosmos: nada se obtiene, como no sea una interferencia, un efecto visual, si se multiplican las líneas y se toma todo el objeto49. Según Varese, basta una simple figura en movimiento, y un plano móvil, para que la proyección produzca una forma altamente compleja, es decir, una distribución cósmica; de lo contrario, es un efecto sonoro. Sobriedad, sobriedad: esa es la condición común para la desterritorialización de las materias, la molecularización del material, la cosmización de las fuerzas. Quizá el niño lo logre. Pero esa sobriedad es la de un devenir-niño, que no es necesariamente el devenir del niño, sino al contrario; la de un devenir loco, que no es necesariamente la de un devenir del loco, sino al contrario. Es evidente que hace falta un sonido muy puro y simple, una emisión o una onda sin armónicas, para que el sonido viaje, y se viaje alrededor del sonido (La Monte Young lo ha conseguido). Cuanto más rarificada sea la atmósfera en la que os encontréis, más heteróclitos encontraréis. Vuestra síntesis de heteróclitos será tanto más fuerte cuanto más sobrio sea el gesto que empleéis un acto de consistencia, de captura o de extracción que actuará sobre un material no elemental, sino prodigiosamente simplificado, creativamente limitado, seleccionado. Pues sólo en la técnica hay imaginación. La figura moderna no es la del niño ni la del lobo, y menos aún la del artista, es la del artesano cósmico: una bomba atómica artesanal es algo muy sencillo en verdad, ya se ha experimentado, ya se ha hecho. Ser un artesano, no un artista, un creador o un fundador, es la única manera de devenir cósmico, de salir de los medios, de salir de la tierra. La invocación al Cosmos no actúa en absoluto como un metáfora; al contrario, la operación es efectiva desde el momento en que el artista pone en relación un material con fuerzas de consistencia o de consolidación.

El material tiene, pues, tres características principales: es una materia molecularizada; está en relación con fuerzas a captar; se define por las operaciones de consistencia que se basan en él. Por último, es evidente que la relación con la tierra, con el pueblo, cambia, y ya no es del tipo romántico. La tierra es ahora la más desterritorializada: no sólo un punto en una galaxia, sino una galaxia entre otras. El pueblo es ahora el más molecularizado: una población molecular, un pueblo de osciladores que son otras tantas fuerzas de interacción. El artista abandona sus figuras románticas, renuncia tanto a las fuerzas de la tierra como a las del pueblo. Pues el combate, si es que existe, ha cambiado de terreno. Los poderes establecidos han ocupado la tierra, y han creado organizaciones populares. Los mass-media, las grandes organizaciones populares, del tipo partido o sindicato, son máquinas de reproducir, máquinas de difuminar, y que interfieren efectivamente todas las fuerzas terrestres populares. Los poderes establecidos nos han puesto en la situación de un combate a la vez atómico y cósmico, galáctico. Muchos artistas han tomado conciencia de esta situación desde hace mucho tiempo, e incluso antes de que se hubiera instaurado (por ejemplo Nietzsche). Y podían tomar conciencia porque el mismo vector atravesaba su propio dominio: una molecularización, una atomización del material unida a una cosmización de las fuerzas incluidas en ese material. Como consecuencia, el problema consistía en saber si las ―poblaciones‖

atómicas o moleculares de cualquier naturaleza (mass-media, medios de control, ordenadores, armas supraterrestres) iban a continuar bombardeando el pueblo existente, bien para someterlo, bien para controlarlo, bien para aniquilarlo, —o bien si otras poblaciones moleculares eran posibles, podían deslizarse entre las primeras y suscitar un pueblo futuro. Como dice Virilio, en su riguroso análisis de la despoblación del pueblo y de la desterritorialización de la tierra, el problema es el siguiente: ―¿Habitar como poeta o como asesino?‖50. Asesino es aquel que bombardea el pueblo existente, con poblaciones moleculares que no cesan de cerrar de nuevo todos los agenciamientos, de precipitarlos en un agujero negro cada vez más amplio y profundo. Poeta, por el contrario, es aquel que lanza poblaciones moleculares con la esperanza de que siembren o incluso engendren el pueblo futuro, pasen a un pueblo futuro, abran un cosmos. Y, una vez más, no hay que tratar al poeta como si se atiborrara de matáforas: no se puede asegurar que las moléculas sonoras de la música pop no dispersen aquí o allá, actualmente, un nuevo tipo de pueblo, singularmente indiferente a las órdenes de la radio, a los controles de los ordenadores, a las amenazas de la bomba atómica. En ese sentido, la relación de los artistas con el pueblo ha cambiado mucho: el artista ha dejado de ser lo Uno-Solo replegado en sí mismo, pero también ha dejado de dirigirse al pueblo, de invocar el pueblo como fuerza constituida. Nunca ha tenido tanta necesidad de un pueblo, pero constata al máximo que el pueblo falta, —el pueblo es lo que más falta—. No son los artistas populares o populistas, es Mallarmé el que puede decir que el Libro tiene necesidad del pueblo, y Kafka, que la literatura es el quehacer del pueblo, y Klee, que el pueblo es lo esencial, y que, sin embargo, falta. Así pues, el problema del artista es que la despoblación moderna del pueblo desem-boque en una tierra abierta, y que esto se lleve a cabo con los medios del arte, o con los medios a los que el arte contribuye. En lugar de que el pueblo y la tierra sean bombardeados desde todas partes en un cosmos que los limita, es necesario que el pueblo y la tierra sean como los vectores de un cosmos que los arrastra; entonces el propio cosmos será arte. Convertir la despoblación en un pueblo cósmico, y de la desterritorialización una tierra cósmica, ese es el deseo del artista-artesano, aquí o allá, localmente. Si nuestros gobiernos tienen que ver con lo molecular y lo cósmico, nuestras artes también encuentran ahí su quehacer, se juegan lo mismo, el pueblo y la tierra, con medios incomparables, desgraciadamente, y, sin embargo, competitivos. ¿No es lo propio de las creaciones actuar en silencio, localmente, buscar por todas partes una consolidación, ir de lo molecular a un cosmos incierto, mientras que los procesos de destrucción y de conservación actúan groseramente, ocupan el primer plano, ocupan todo el cosmos para dominar lo molecular, encerrarlo en un conservatorio o en una bomba?

Esas tres ―edades‖, la clásica, la romántica y la moderna (a falta de otro nombre), no hay que interpretarlas como una evolución, ni como estructuras, con cortes significantes. Son agenciamientos, que encierran Máquinas diferentes o relaciones diferentes con la Máquina. En cierto sentido, todo lo que atribuimos a una edad ya estaba presente en la precedente. Por ejemplo las fuerzas: el problema siempre ha sido el de las fuerzas, determinadas como fuerzas del caos, o como fuerzas de la tierra. Del mismo modo, desde siempre la pintura se ha propuesto

hacer visible, en lugar de reproducir lo visible, y la música hacer sonoro, en lugar de reproducir lo sonoro. Conjuntos difusos no han cesado de constituirse, y de inventar sus procesos de consolidación. Una liberación de lo molecular aparece ya en las materias de contenido clásico, actuando por desestratificación, y en las materias de expresión románticas, actuando por descodificación. Lo único que se puede decir es que, en tanto que las fuerzas aparecen como fuerzas de la tierra o fuerzas del caos, no son captadas directamente como fuerzas, sino reflejadas en las relaciones de la materia y de la forma. Así pues, se trata más bien de umbrales de percepción, de umbrales de discernibilidad, que pertenecen a tal o tal agenciamiento. Sólo cuando la materia está suficientemente desterritorializada surge como materia molecular, y hace que surjan puras fuerzas que ya sólo pueden ser atribuidas al Cosmos. Esto ya estaba presente ―desde siempre‖, pero en otras condiciones perceptivas. Tienen que darse nuevas condiciones para que lo que estaba enterrado o enmascarado, inducido, deducido, salga ahora a la superficie. Lo que en un agenciamiento estaba compuesto, lo que todavía sólo estaba compuesto, deviene componente de un nuevo agenciamiento. En ese sentido, apenas hay más historia que la de la percepción, mientras que aquello con lo que se hace la historia es más bien la materia de un devenir, no de una historia. El devenir sería como la máquina, presente de forma diferente en cada agenciamiento, pero pasando del uno al otro, abriendo el uno al otro, independientemente de un orden fijo o de una sucesión determinada.

Ahora podemos volver al ritornelo. Podemos proponer otra clasificación de los ritornelos: los ritornelos de medios, con dos partes como mínimo, en los que una responde a la otra (el piano y el violín); los ritornelos de lo natal, del territorio, en los que la parte está en relación con un todo, con un inmenso ritornelo de la tierra, según relaciones a su vez variables que indican en cada caso el desfase de la tierra respecto al territorio (la canción de cuna, la canción báquica, la canción de caza, de trabajo, la militar, etc.); los ritornelos populares y folklóricos, en relación a su vez con un inmenso canto del pueblo, según las relaciones variables de individuaciones de muchedumbre que utilizan a la vez afectos y naciones (la Polonesa, la Auverniana, la Alemana, la Magiar o la Rumana, pero también la Patética, la Pánica, la Vengadora...etc.); los ritornelos molecularizados (el mar, el viento) en relación con fuerzas cósmicas, con el ritornelo-Cosmos. Pues el propio Cosmos es un ritornelo, y el oído también (todo lo que se creía que eran laberintos, eran ritornelos). Ahora bien, ¿por qué el ritornelo es eminentemente sonoro? ¿De dónde viene ese privilegio del oído, cuando ya los animales, los pájaros, nos muestran tantos ritornelos gestuales, posturales, cromáticos, visuales? ¿Tiene el pintor menos ritornelos que el músico? ¿Hay menos ritornelos en Cezanne o en Klee que en Mozart, Schumann o Debussy? En los ejemplos de Proust, ¿el trocito de pared amarillo de Vermeer, o bien las flores de un pintor, las rosas de Elstir, hacen menos ―ritornelo‖ que la frasecilla de Vinteuil? Por supuesto, no se trata de otorgar la supremacía a tal arte en función de una jerarquía formal y de criterios absolutos. El problema, más modesto, sería comparar las potencias o coeficientes de desterritorialización de las componentes sonoras y de las componentes visuales. Diríase que el sonido, al desterritorializarse, se afina cada vez más, se especifica

y deviene autónomo. El color, por el contrario, se adhiere más, no forzosamente al objeto, sino a la territorialidad. Cuando se desterritorializa tiende a disolverse, a dejarse dirigir por otras componentes. Se ve perfectamente en los fenómenos de sinestesia, que no se reducen a una simple correspondencia color- sonido, sino que en ellos los sonidos tienen un papel-piloto o inducen colores que se superponen a los colores que se ven, comunicándoles un ritmo y un movimiento propiamente sonoros51. El sonido no debe esta capacidad a valores significantes o de ―comu-nicación‖ (que, por el contrario, la suponen), ni a propiedades físicas (que más bien darían el privilegio a la luz). Una línea filogénica, un filum maquínico, atraviesa el sonido, y lo convierte en un máximo de desterritorialización. Lo que no está exento de grandes ambigüedades: el sonido nos invade, nos empuja, nos arrastra, nos atraviesa. Abandona la tierra, pero tanto para hacernos caer en un agujero negro como para abrirnos a un cosmos. Nos da deseos de morir. Al tener la mayor fuerza de desterritorialización, también efectúa las reterritorializaciones más masivas, más embrutecedoras, más redundantes. Éxtasis o hipnosis. No se mueve a un pueblo con colores. Las banderas nada pueden sin las trompetas, los lasers se modulan sobre el sonido. El ritornelo es sonoro por excelencia, pero desarrolla su fuerza tanto en una cancioncilla pegadiza como en el motivo más puro o la frasecilla de Vinteuil. Pero, a veces, una cosa incluye la otra: cómo Beethoven deviene una ―sintonía‖. Fascismo potencial de la música. En líneas generales, se puede decir que la música está en conexión con un filum maquínico infinitamente más poderoso que el de la pintura: línea de presión selectiva. Por eso el músico no tiene con el pueblo, con las máquinas, con los poderes establecidos, la misma relación que el pintor. Sobre todo, los poderes sienten una viva necesidad de controlar la distribución de los agujeros negros y de las líneas de desterritorialización en ese filum de sonidos, para apropiarse o conjurar los efectos del maquinismo musical. El pintor, al menos en la imagen que se tiene de él, puede ser mucho más abierto socialmente, mucho más político, y estar menos controlado desde fuera y desde dentro. Pues el pintor debe crear y recrear cada vez un filum, y cada vez debe hacerlo a partir de los cuerpos de luz y de color que produce, mientras que el músico dispone, por el contrario, de una especie de continuidad germinal, incluso latente, incluso indirecta, a partir de la cual produce sus cuerpos sonoros. No es el mismo movimiento de creación: uno va del soma al germen, y el otro, del germen al soma. El ritornelo del pintor es como el reverso del músico, un negativo de la música.

Pero, no obstante, ¿qué es un ritornelo? Glass harmonica: el ritornelo es un prisma, un cristal de espacio-tiempo. Actúa sobre lo que le rodea, sonido o luz, para extraer de ello vibraciones variadas, descomposiciones, proyecciones y transformaciones. El ritornelo también tiene una función catalítica: no sólo aumentar la velocidad de los intercambios y reacciones en lo que le rodea, sino asegurar interacciones indirectas entre elementos desprovistos de afinidad llamada natural, y formar así masas organizadas. El ritornelo sería, pues, del tipo cristal o proteína.

En cuanto al germen o a la estructura interna, tendrían entonces dos aspectos esenciales: los aumentos y disminuciones, adiciones y sustracciones, amplifica-

ciones y eliminaciones por valores desiguales, pero también la presencia de un movimiento retrógrado que va en los dos sentidos, como ―en los cristales laterales de un tranvía en marcha‖. El extraño movimiento retrógrado de Joke. Lo propio del ritornelo es concentrarse por eliminación en un momento extremadamente breve, como extremos en un centro, o, al contrario, desarrollarse por adiciones que van de un centro a los extremos; pero también recorrer esos caminos en los dos sentidos52. El ritornelo fabrica tiempo. Es el ―tiempo implicado‖ del que hablaba el lingüista Guillaume. La ambigüedad del ritornelo se hace entonces más evidente: pues, si el movimiento retrógrado sólo forma un círculo cerrado, si los aumentos y disminuciones sólo se hacen por valores regulares, del doble o de la mitad, por ejemplo, ese falso rigor espacio-temporal deja tanto más en lo difuso al conjunto exterior, que ya sólo tiene con el germen relaciones asociativas, indica-tivas o descriptivas —‖un depósito de inauténticos elementos para la formación de impuros cristales‖—, en lugar del puro cristal que capta fuerzas cósmicas. El ritornelo permanece en el estado de fórmula que evoca un personaje o un paisaje, en lugar de crear él mismo un personaje rítmico, un paisaje melódico. Es como si el ritornelo tuviera dos polos. Y esos dos polos no dependen exclusivamente de una cualidad intrínseca, sino también de un estado de fuerza del que escucha: así, la frasecilla de la sonata de Vinteuil continúa durante mucho tiempo asociada al amor de Swann, al personaje de Odette y al paisaje del bosque de Boulogne, hasta que gira sobre sí misma, se abre sobre sí misma para revelar potencialidades hasta entonces inusitadas, entrar en otras conexiones, hacer derivar el amor hacia otros agenciamientos. El tiempo como forma a priori no existe, el ritornelo es la forma a priori del tiempo, que cada vez fabrica tiempos diferentes.

Es curioso cómo la música no elimina el ritornelo mediocre o malo, o el mal uso del ritornelo, sino que, por el contrario, lo arrastra, o lo utiliza como un trampolín. ―¡Ah, si yo te dijera mamá...!‖, ―Ella tenía una pierna de madera...‖, “Frère Jacques...”. Ritornelo de infancia o de pájaro, canto folklórico, canción báquica, vals de Viena, esquila de vaca, la música lo utiliza todo y lo arrastra todo. No es que una melodía infantil, de pájaro o folklórica, se reduzca a la fórmula asociativa y cerrada de la que hablábamos hace un momento. Más bien habría que mostrar cómo un músico tiene necesidad de un primer tipo de ritornelo, ritornelo territorial o de agenciamiento, para transformarlo interiormente, desterritorializarlo, y producir finalmente un ritornelo del segundo tipo, como meta final de la música, ritornelo cósmico de una máquina de sonido. Gisèle Brelet ha planteado bien el problema del paso de un tipo al otro, a propósito de Bartok: ¿cómo construir, a partir de las melodías territoriales y populares, autónomas, suficientes, encerradas en sí mismas como modos, un nuevo cromatismo que las ponga en comunicación, y crear así ―temas‖ que aseguren un desarrollo de la Forma, o más bien un devenir de las Fuerzas? El problema es general puesto que, en muchas direcciones, van a ser sembrados ritornelos por un nuevo germen que recupera los modos y los hace comunicantes, deshace el temperamento, funda el mayor y el menor, hace huir el sistema tonal, más que romper con él, pasa a través de sus redes53. Frente a Schoenberg, se puede decir ¡viva Chabrier!, como Nietzsche decía ¡viva Bizet!, y por las mismas razones, con la misma intención musical y

técnica. Se pasa de lo modal a un cromatismo ampliado no temperado. No hay necesidad de suprimir lo tonal, hay que hacerlo huir. Se pasa de los ritornelos agenciados (territoriales, populares, amorosos, etc.) al gran ritornelo máquina cósmica. Ahora bien, el trabajo de creación se realiza ya en los primeros, está presente en ellos totalmente. En la pequeña forma-ritornelo o rondó, ya se introducen las deformaciones que van a captar una gran fuerza. Escenas de infancia, juegos de infancia: se parte de un ritornelo infantil, pero el niño ya tiene alas, deviene celeste. El devenir-niño del músico va acompañado de un devenir-aéreo del niño, en un bloque indescomponible. Memoria de un ángel es más bien devenir para un cosmos. Cristal: el devenir-pájaro de Mozart es inseparable de un devenir iniciado del pájaro, hace un bloque con él54. El trabajo extraordinariamente profundo sobre el primer tipo de ritornelo va a crear el segundo tipo, es decir, la pequeña frase del Cosmos. En un concierto, Schumann tiene necesidad de todos los agenciamientos de la orquesta para hacer que el violonchelo erre, como una luz que se aleja o se apaga. En Schumann, todo un trabajo melódico, armónico y rítmico erudito, conduce a este resultado simple y sobrio: desterritorializar el ritor-nelo55. Producir un ritornelo desterritorializado como meta final de la música, lanzarlo al Cosmos, es más importante que crear un nuevo sistema. Abrir el agenciamiento a una fuerza cósmica. Entre uno y otro, entre el agenciamiento de los sonidos y la Máquina que hace sonoro —entre el devenir-niño del músico y devenir-cósmico del niño—, surgen muchos peligros: los agujeros negros, los cierres, las parálisis del dedo y las alucinaciones del oído, la locura de Schumann, la fuerza cósmica devenida perniciosa, una nota que os persigue, un sonido que os atraviesa. Y, sin embargo, una cosa ya estaba en la otra, la fuerza cósmica estaba en el material, el gran ritornelo en los pequeños ritornelos, la gran maniobra en la pequeña maniobra. Ahora bien, uno nunca puede estar seguro de ser lo suficientemente fuerte, puesto que no se tiene un sistema, tan sólo líneas y movimientos. Schumann.

NOTAS


  1. Cf. FERNAND DELIGNY, ―Voix et voir‖, Cahiers de l‟immuable: la manera en que, en los niños autistas, una ―línea de errancia‖ se separa de un trayecto habitual, se pone a ―vibrar‖, ―se sobresalta‖, ―cambia bruscamente de dirección‖...

  2. PAUL KLEE, Théorie de l‟art moderne, págs. 56, 27 (trad. cast., ed. Calden). Cf. el comentario de MALDINEY, Regard, parole, espace, L’Age d’homme, págs. 149-151.

  3. Sobre el nomos musical, el ethos y el suelo o la tierra, especialmente en la polifonía, cf. JOSEPH SAMSON, en Histoire de la musique, Pléiade, t. I, págs. 1168-1172. Véase, también, el papel del ―Maqâm‖ en la música árabe, a la vez tipo modal y fórmula melódica: SIMON JARGY, La musique arabe, P.U.F.., págs. 55 sig.

  4. BARCHELARD, La dialectique de la durée, Boivin, págs. 128-129.

  5. J. VON UEXKÜLL, Mondes animaux et monde humain, Gonthier.

  6. K. LORENZ, L‟agression, Flammarion, págs. 28-30 (trad. cast., ed. Siglo XXI): ―su espléndida piel es constante. (...) La distribución de los colores sobre las superficies relativamente grandes, vivamente contrastada, distingue los peces de coral no sólo de la mayoría de los peces de colores, sino también casi todos los peces menos agresivos y menos aferrados a su territorio (...) Al igual que los colores de los peces de coral, el canto del ruiseñor señala de lejos a todos sus congéneres que un territorio ha encontrado un propietario definitivo‖.

  7. I. EIBL-EIBESFELDT, Ethologie, ed. Scientifiques (trad. cast., ed. Omega): sobre los monos, pág. 449; sobre los conejos, pág. 325; y sobre los pájaros, pág. 151: ―Los Diamantes moteados que tienen el plumaje de adorno muy coloreado se mantienen a una cierta distancia los unos de los otros, en cambio, aquellos que son blancuzcos se mantienen más cerca‖.

  8. W. H. THORPE, Learning and Instinct in Animal, Methuen and Co, pág. 364.

  9. Lorenz tiende constantemente a presentar la territorialidad como un efecto de la agresión intraespecífica: cf. págs. 45, 48, 57, 161, etc.

  10. Sobre la primacía vital y estética del ―tener‖, cf. GABRIEL TARDE, L‟opposition universelle, Alcan.

  11. El detalle de las concepciones de Messiaen relativas a los cantos de los pájaros, su evaluación de sus cualidades estéticas, sus métodos, bien para reproducirlos, bien para utilizarlos como material, se encuentran en CLAUDE SAMUEL, Entretiens avec Olivier Messiaen (Belfond) y ANTOINE GOLÉA, Ren-contres avec Olivier Messiaen (Julliard). Especialmente, por qué Messiaen no utiliza el magnetófono ni el sonógrafo como habitualmente hacen los ortinólogos, cf. Samuel, págs. 111-114).

  12. Sobre todos estos puntos, cf. CLAUDE SAMUEL Entretiens avec Olivier Messiaen, cap. IV, y sobre la noción de ―personaje rítmico‖, págs. 70-74.

  13. PIERRE BOULEZ, ―Le temps recherché‖, en Das Rheingold, Bayreuth, 1976, págs. 5-15.

  14. Sobre el manierismo y el caos, sobre las danzas barrocas, y también sobre la relación de la esquizofrenia con el manierismo y las danzas, cf. EVELYNE SZNYCER, ―Droit de suite baroque‖, en Schi-zophrénie et art, de Léo Navratil, ed. Complexe.

  15. LORENZ, L‟agression, pág. 46. —Sobre los tres personajes rítmicos definidos respectivamente como activo, pasivo y testigo, cf. Messian y Goléa, págs. 90-91.

  16. Cf. MIRCEA ELIADE, Traité d‟historié des religions, Payot (trad. Cast., Ediciones Cristiandad). Sobre ―la intuición primaria de la tierra como forma religiosa‖, págs. 213 sig.: sobre el centro del territorio, págs. 324 sig. Eliade señala claramente que el centro está a la vez fuera del territorio y difícil de alcanzar, pero también en el territorio, fácil de alcanzar.

  17. Los biólogos han distinguido a menudo dos factores de transformación: unos, del tipo mutaciones, otros, procesos de aislamiento o de separación, que pueden ser genéricos o incluso psíquicos; la territorialidad sería un factor de segundo tipo. Cf. CUÉNOT, L‟espèce, ed. Doin.

  18. PAUL GÊROUDET, Les passereaux, Delachaux et Niestlé, t. II, págs. 88-94.

  19. En su libro sobre L‟agresion, LORENZ ha distinguido perfectamente las ―bandas anónimas‖, del tipo banco de peces, que forman bloques de medio: los ―grupos locales‖, donde el reconocimiento sólo se hace en el seno del territorio y tiene por objeto sobre todo los ―vecinos‖; por último, las sociedades basadas en un ―lazo‖ autónomo.

  20. K. IMMELMANN. Beiträge zu einer vergleichenden Biologie australischer Prachtfinken, Zool. Jahrb. Syst., 90, 1962.

  21. EIBL-EIBESFELDT, Ethologie, pág. 201: ―A partir del transporte de materiales para la construcción del nido, en el comportamiento de corte del macho, se han desarrollado acciones que emplean briznas de

    hierba; en ciertas especies, éstas se han hecho cada vez más rudimentarias; al mismo tiempo, el canto de estos pájaros, que primitivamente servía para delimitar el territorio, sufre un cambio de función cuando esos pájaros devienen muy sociables. Los machos, en sustitución de la corte con ofrenda de hierba, cantan dulcemente al lado de la hembra‖. Eibl-Eibesfeldt interpreta, no obstante, el comportamiento brizna de hierba como un ―vestigio‖.

  22. Cf. L‟ Odyssée sous-marine de l‟équipe Cousteau, film n.° 3G, commentaire Cousteau-Diolé. La marche des langoustes (L.R.A): En ocasiones, las langostas con espinas, a lo largo de la costa norte de Yucatán, abandonan eventualmente sus territorios. Primero se reúnen en pequeños grupos, antes de la primera tormenta de invierno, y antes de que aparezca un signo a escala de los aparatos humanos. Después, cuando llega la tempestad, las langostas forman largas procesiones de marcha, en fila india, con un jefe que se releva, y una retaguardia (velocidad de marcha 1 Km./h durante 100Km. o más). Esta migración no parece ligada a la puesta, que sólo tendrá lugar seis meses más tarde. Hernnkind, especialista en langosta, supone que se trata de un ―vestigio‖ del último periodo glaciar (hace más de diez mil años). Cousteau se inclina por una interpretación más actual, sin perjuicio de invocar la premonición de un nuevo periodo glaciar. En efecto, de hecho, el problema es que el agenciamiento territorial de las langostas se abre aquí excepcionalmente a un agenciamiento social; y este agenciamiento social está en relación con fuerzas del cosmos, o, como dice Cousteau, con ―pulsaciones de la tierra‖. No obstante, ―el enigma se mantiene intacto‖: tanto más cuanto que esta procesión de las langostas da lugar a una masacre por parte de los pescadores; y que, por otro lado, esos animales no pueden ser marcados, a causa de la muda de sus caparazones.

  23. A nosotros nos parece que el mejor libro de comptines, y sobre las comptines, es Les comptines de langue française, con los comentarios de JEAN BEAUCOMONT, FRANCK GUIBAT y Colab., Seghers. El carácter territorial aparece en un ejemplo privilegiado como ―Pimpanicaille‖, que en Gruyeres tiene dos versiones distintas, según ―los dos lados de la calle‖ (págs. 27-28); pero sólo puede hablarse de comptine, en sentido estricto, cuando hay distribución de papeles especializados en un juego y formación de un agenciamiento autónomo de juego que reorganiza el territorio.

  24. TINBERGEN, The Study of Instinct, Oxford University Press (trad. cast., ed. Siglo XXI).

  25. Por un lado, las experiencias de W.R. Hess demuestran que no existe ese centro cerebral, sino puntos, concentrados en una zona, diseminados en otra, capaces de provocar el mismo efecto; y a la inversa, el efecto puede cambiar según la duración y la intensidad de la excitación del mismo punto. Por otro lado, las experiencias de Von Holst sobre los peces ―desaferentes‖ muestran la importancia de coordinaciones nerviosas centrales en los ritmos de las aletas: interacciones que no son tenidas en cuenta por el esquema de Tinbergen. No obstante, en el problema de los ritmos circadianos es donde más se impone la hipótesis de una ―población de osciladores‖, de una ―manada de moléculas osci-lantes‖, que formarían sistemas de articulaciones por dentro, independientemente de una medida común. Cf. A. REINBERG, ―La chronobiologie‖ en Sciences, I, 1970; T. VAN DE DRIESSCHE et A. REINBERG, ―Rythmes biologiques‖, en Encyclopedia Universalis, t. XIV, pág. 572: ―No parece posible reducir el mecanismo de la ritmicidad circadiana a una secuencia simple de procesos elementales‖.

  26. JACQUES MONOD, Le hasard et la nécessité (trad. cast., ed. Tusquets): sobre las interacciones indirectas y su carácter no lineal, págs. 84-85, 90-91, sobre las moléculas correspondientes, bicéfalas por lo menos, págs. 83-84; sobre el carácter inhibidor o desencadenador de esas interacciones, págs. 78-81. Los ritmos circadianos también dependerían de esos caracteres (cf. esquema en Encyclopedia Universalis).

  27. DUPRÉEL ha elaborado un conjunto de nociones originales, ―consistencia‖ (en relación con ―pre-cariedad‖), ―consolidación‖, ―intervalos‖, ―intercalación‖. Cf. Théorie de la consolidation, La cause et l‟intervalle, La consistance et la probabilité objective, Bruxelles; Esquisse d‟une philosophie des valeurs, P.U.F.; BACHELARD la invoca en La dialectique de la durée.

  28. Sobre el canto del pinzón y la distinción del sub-song y del full song, cf. THORPE, Learning and Instinct in Animal, págs. 420-426.

  29. A. J. MARSHALL, Bower birds, The Clarendon Press, Oxford.

  30. THORPE, pág. 426. Los cantos plantean a este respecto un problema completamente distinto que los chillidos, que a menudo son poco diferenciados, semejantes entre varias especies.

  31. RAYMOND RUYER, La genèse des formes vivantes, cap. VII.

  32. Especialmente sobre las ―Viudas‖ (Viduinae), pájaros parásitos que tienen un canto territorial específico y un canto de corte que aprenden de su huésped adoptivo: cf. J. NICOLAI, Der Brutparasitismus der Viduinae, Z. Tierps., XXI, 1964.

  33. La manera que tiene un agujero negro de formar parte de un agenciamiento aparece en numerosos ejemplos de inhibición, o de fascinación-éxtasis, y especialmente en el ejemplo del pavo real: ―El

    macho se pavonea (...) luego inclina su cola hacia adelante y, con el cuello erguido, indica el suelo con su pico. La hembra acude y picotea buscando el sitio preciso del suelo en el que se sitúa el punto focal determinado por la concavidad de las plumas que organiza el pavoneo. En cierto sentido, el macho insinúa con su pavoneo un alimento imaginario. Pero, de la misma manera que la brinza de hierba del pinzón no es un vestigio o un símbolo, el punto focal del pavo real no es algo imaginario: es un convertidor de agenciamiento, un paso a un agenciamiento de corte, en este caso efectuado por su agujero negro.

  34. RAYMON RUYER, La genèse des formes vivantes, págs. 54 sig. 35 FRANÇOIS MEYER, Problématique de lévolution. P. U. F.

  1. Jacques Monod, Le hasard et la nécessité.

  2. Algunas hembras de pájaros, que normalmente no cantan, se ponen a cantar cuando se les administran hormonas sexuales masculinas, y ―reproducen el canto de la especie de la que se han im-pregnado‖. (Eibl-Eibesfeldt, pág. 241).

  3. PAUL KLEE, Théorie de lart moderne, págs. 27-33.

  4. Cf. Renaissance, maniérisme, baroque, Actes du XI stage de Tours, Vrin, 1.º partie, sobre las ―periodi-zaciones‖.

  5. PROUST, DU côte de chez Swann, la Pléiade, I, pág. 352. (trad. cast., Alianza Editorial).

  6. Cf. el papel ambiguo del amigo, al final del Canto de la tierra. O bien en el lied de SCHUMANN Zwielicht (en Op. 39), el poema de Eichendorff: ―si tienes un amigo aquí abajo, no confíes en él en esta hora, incluso si es amable de vista y de palabra, pues sueña con la guerra desde una paz hipócrita‖. (Sobre el problema del Uno-Solo o del ―Ser solitario‖ en el romanticismo alemán, nos remitiremos a HÖLDERLIN, ―Le cours et la destination de l’homme en général‖, en Poésie n.° 4).

  7. ―El pueblo de Moussorgski en Boris no forma una verdadera masa; unas veces canta un grupo, y otras otro, y no un tercero, cada uno a su vez, y casi siempre al unísono. El pueblo de los Maestros Cantores no es una masa, es un ejército fuertemente organizado a la alemana y que marcha en fila. Lo que yo quería para mí es algo más esparcido, más dividido, más desunido, más impalpable, algo inorgánico en apariencia y, sin embargo, ordenado en profundidad‖ (citado por BARRAQUÉ, Debussy, pág. 159). Este problema —cómo hacer una masa— aparece evidentemente en otras artes, pintura, cine... Nos remitiremos, sobre todo, a las películas de Eisenstein, que proceden por ese tipo de individuaciones de grupo, muy especiales.

  8. Sobre las relaciones del grito, de la voz, del instrumento y de la música como ―teatro‖, cf. las declaraciones de Berio al presentar sus discos —Habría que recordar el tema nietzscheano, eminentemente musical, de un grito múltiple de todos los hombres superiores, al final de Zaratustra.

  9. Sobre le cromatismo de Bartok, cf. el estudio de GISÈLE BRELET, en Histoire de la musique, Pléiade, t. II. págs. 1036-1072.

  10. BARRAQUÉ, en su libro sobre Debussy, analiza el ―diálogo del viento y de la mar‖ en términos de fuerzas, y ya no de temas: págs. 153-154. Cf. las declaraciones de Messiaen sobre sus propias obras: los sonidos ya no son más ―que vulgares intermediarios destinados a hacer apreciables las duracio-nes‖ (en Golea, pág. 211).

  11. ODILE VIVIER expone los procedimientos de Varese para tratar la materia sonora, Varese, ed. du Seuil: utilización de los sonidos puros que actúan como un prisma (pág. 36), los mecanismos de proyección sobre un plano (pág. 45, pág. 50), las escalas no octaviantes (pág. 75), el procedimiento de ―ioniza-ción‖ (págs. 98 sig.). Por todas partes, el tema de las moléculas sonoras, cuyas transformaciones están determinadas por fuerzas o energías.

  12. Cf. la entrevista con STOCKHAUSEN, sobre el papel de los sintetizadores y la dimensión efectivamente

    ―cósmica‖ de la música, en Le Monde, 21 de julio 1977: ―Trabajar con materiales muy limitados e integrar a ellos el universo gracias a una transformación continua‖. RICHARD PINHAS ha hecho un excelente análisis de las posibilidades de los sintetizadores a este respecto, en relación con la pop‟music:

    ―Input, Output‖ en Atem n.° 10, 1977.

  13. En efecto, una definición de los conjuntos difusos plantea todo tipo de problemas, puesto que ni siquiera se puede invocar una determinación local: ―El conjunto de objetos cualesquiera que están sobre esta mesa‖ no es evidentemente un conjunto difuso. Por eso los matemáticos que se interesan por el problema sólo hablan de ―sub-conjuntos difusos‖, el conjunto de referencia debe ser normal (cf. ARNOLD KAUFMANN, Introduction à la théorie des sous-ensambles flous, Masson, y HOURYA SI-NACOEUR, ―Logique et mathématique du flou‖, en Critique, mayo 1978). Por el contrario, para considerar lo difuso como el carácter de ciertos conjuntos, hemos partido de una definición funcional y no local: el conjunto de los heterogéneos que tenían una función territorial o más bien territorializante. Pero era una definición nominal, que se daría cuenta ―de lo que sucedía‖. La definición real

    sólo puede aparecer al nivel de los procesos que intervienen en el conjunto difuso: un conjunto es difuso cuando sus elementos sólo le pertenecen gracias a operaciones específicas de consistencia o consolidación, que tienen, pues, una lógica especial.

  14. PAUL KLEE, Théorie de l‟art moderne, pág. 31: ―La fábula del infantilismo de mi dibujo debe tener su origen en producciones lineales en las que trataba de ligar la idea de objeto, por ejemplo un hombre, a la pura presentación del elemento línea. Para mostrar el hombre tal como es, habría necesitado un batiburrillo de líneas perfectamente desconcertante. En ese caso, el resultado ya no habría sido una presentación pura del elemento, sino una interferencia tal que ya no habría podido reconocer como algo mío.‖

  15. VIRILIO, L‟insécurité du territoire, pág. 49. Ese es el tema que HENRY MILLER desarrollaba en su libro

    Rimbaud ou le temps des assassins, (trad. cast., ed. Alianza), o bien en su texto escrito para Varese,

    ―¡Perdidos! ¡Salvados!‖ Miller es sin duda quien más ha desarrollado la figura moderna del escritor como artesano cósmico, sobre todo en Sexus (trad. cast., ed. Alfaguara)

  16. Sobre la relación de los colores con los sonidos, cf. MESSIAEN Y SAMUEL, Entretiens, págs. 36-38. Lo que Messiaen reprocha a los drogadictos es que simplifiquen demasiado la relación, que entonces actúa entre un ruido y un color, en lugar de hacer intervenir complejos de sonido-duraciones y complejos de colores.

  17. Sobre el cristal o el tipo cristalino, los valores añadidos y retirados, el movimiento retrógrado, hay que remitirse tanto a los textos de MESSIAEN en esas Entrevistas como a los de PAUL KLEE en su Diario.

  18. En L‟Historie de la musique, Pléiade, t. II, cf. el artículo de ROLAND MANUEL sobre ―L’evolution de L’harmonie en France et le renouveau de 1880‖ (págs. 867-879) y el de DELAGE sobre Chabrier (831-840). Y, sobre todo, el estudio de GISÈLE BRELET sobre Bartok: ―¿la dificultad que tiene la música seria para utilizar la música popular no procede de esa antinomia entre la melodía y el tema? La música popular es la melodía, en el más pleno sentido, la melodía nos persuade de que basta por sí misma y que es la música. ¿Cómo no iba a negarse a plegarse al desarrollo serio de una música animada por sus propios designios? Muchas sinfonías que se inspiran en el folklore sólo son sinfonías sobre un tema al que el desarrollo serio sigue siendo extraño y exterior. La melodía popular no supondría un verdadero tema; por eso, en la música popular, forma la obra en su totalidad, y, una vez terminada, sólo tiene el recurso de repetirse. ¿Pero no puede la melodía transformarse en tema? Bartok resuelve ese problema que se creía irresoluble‖ (pág. 1056).

  19. MARCEL MORÉ, Le dieu Mozart et le monde des oiseaux, Gallimard, pág. 168. Y, sobre el cristal, págs. 83-89.

  20. Cf. el célebre análisis que Berg hace del ―Ensueño‖, Ecrits, ed. du Rocher, págs. 44-64.

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TRATADO DE NOMADOLOGÍA: LA MÁQUINA DE GUERRA


Carro nómada totalmente de madera, Altaï

Siglos V a IV a. d. J. C.


Axioma I: La máquina de guerra es exterior al aparato de Estado.

Proposición I: Esta exterioridad se ve confirmada en primer lugar por la mitología, la epopeya, el drama y los juegos.


Georges Dumézil, en unos análisis decisivos de la mitología indo-europea, ha mostrado que la soberanía política o dominación tenía dos cabezas: la del rey-mago, la del sacerdote jurista. Rex y flamen, rajá y Bramán, Rómulo y Numa, Varuna y Mitra, el déspota y el legislador, el agavillador y el organizador. Y sin duda

esos dos polos se oponen término a término, como lo oscuro y lo claro, lo violento y lo tranquilo, lo rápido y lo grave, lo terrible y lo regulado, el ―lazo‖ y el ―pacto‖, etc.1 Pero su oposición tan sólo es relativa; funcionan emparejados, alternativamente, como si expresaran una división de lo Uno o compusieran una unidad soberana. ―A la vez antitéticos y complementarios, necesarios el uno para el otro y, como consecuencia, sin hostilidad, sin mitología de conflicto: cada especificación en uno de los planos exige mecánicamente una especificación homologa en el otro, y, ellos dos solos agotan el campo de la función‖. Son los elementos principales de un aparato de Estado que procede por Uno-Dos, que distribuye las distinciones binarias y forma un medio de interioridad. Es una doble articulación que convierte al aparato de Estado en un estrato.

Se constatará que la guerra no está incluida en este aparato. O bien el Estado dispone de una violencia que no pasa por la guerra: más que guerreros, emplea policías y carceleros, no tiene armas y no tiene necesidad de ellas, actúa por captura mágica inmediata, ―capta‖ y ―liga‖, impidiendo cualquier combate. O bien el Estado adquiere un ejército, pero que presupone una integración jurídica de la guerra y la organización de una función militar2. En cuanto a la máquina de guerra en sí misma, parece claramente irreductible al aparato de Estado, exterior a su soberanía, previa a su derecho: tiene otro origen. Indra, el dios guerrero, se opone tanto a Varuna como a Mitra3. No se reduce a una de las dos, ni tampoco forma una tercera. Más bien sería como la multiplicidad pura y sin medida, la manada, irrupción de lo efímero y potencia de la metamorfosis. Deshace el lazo en la misma medida en que traiciona el pacto. Frente a la mesura esgrime un furor, frente a la gravedad una celeridad, frente a lo público un secreto, frente a la soberanía una potencia, frente al aparato una máquina. Pone de manifiesto otra justicia, a veces de una crueldad incomprensible, pero a veces también de una piedad desconocida (puesto que deshace los lazos...)4. Pero sobre todo pone de manifiesto otras relaciones con las mujeres, con los animales, puesto que todo lo vive en relaciones de devenir, en lugar de efectuar distribuciones binarias entre ―estados‖: todo un devenir-animal del guerrero, todo un devenir-mujer, que supera tanto las dualidades de términos como las correspondencias de relaciones. Desde todos los puntos de vista, la máquina de guerra es de otra especie, de otra naturaleza, de otro origen que el aparato de Estado.

Habría que considerar un ejemplo limitado, comparar la máquina de guerra y el aparato de Estado según la teoría de los juegos. Veamos, por ejemplo, el ajedrez y el go, desde el punto de vista de las piezas, de las relaciones entre las piezas y del espacio concernido. El ajedrez es un juego de Estado, o de corte, el emperador de China lo practicaba. Las piezas de ajedrez están codificadas, tienen una naturaleza interna o propiedades intrínsecas, de las que derivan sus movimientos, sus posiciones, sus enfrentamientos. Están cualificadas, el caballo siempre es un caballo, el alfil un alfil, el peón un peón. Cada una es como un sujeto de enunciado, dotado de un poder relativo; y esos poderes relativos se combinan en un sujeto de enunciación, el propio jugador de ajedrez o la forma de interioridad del juego. Los peones del go, por el contrario, son bolas, fichas, simples unidades aritméticas, cuya única función es anónima, colectiva o de tercera persona: ―El‖ avanza, puede

ser un hombre, una mujer, una pulga o un elefante. Los peones del go son los elementos de un agenciamiento maquínico no subjetivado, sin propiedades intrínsecas, sino únicamente de situación. También las relaciones son muy diferentes en los dos casos. En su medio de interioridad, las piezas de ajedrez mantienen relaciones biunívocas entre sí, y con las del adversario: sus funciones son estructurales. Un peón de go, por el contrario, sólo tiene un medio de exterioridad, o relaciones extrínsecas con nebulosas, constelaciones, según las cuales desempeña funciones de inserción o de situación, como bordear, rodear, romper. Un sólo peón de go puede aniquilar sincrónicamente toda una constelación, mientras que una pieza de ajedrez no puede hacerlo (o sólo puede hacerlo diacrónicamente). El ajedrez es claramente una guerra, pero una guerra institucionalizada, regulada, codificada, con un frente, una retaguardia, batallas. Lo propio del go, por el contrario, es una guerra sin línea de combate, sin enfrentamiento y retaguardia, en último extremo, sin batalla: pura estrategia, mientras que el ajedrez es una semiología. Por último, no se trata del mismo espacio: en el caso del ajedrez, se trata de distribuir un espacio cerrado, así pues, de ir de un punto a otro, de ocupar un máximo de casillas con un mínimo de piezas. En el go, se trata de distribuirse en un espacio abierto, de ocupar el espacio, de conservar la posibilidad de surgir en cualquier punto: el movimiento ya no va de un punto a otro, sino que deviene perpetuo, sin meta ni destino, sin salida ni llegada. Espacio ―liso‖ del go frente a espacio ―estriado‖ del ajedrez. Nomos del go frente a Estado del ajedrez, nomos frente a polis. Pues el ajedrez codifica y descodifica el espacio, mientras que el go procede de otra forma, lo territorializa y lo desterritorializa (convertir el exterior en un territorio en el espacio, consolidar ese territorio mediante la construcción de un segundo territorio adyacente, desterritorializar al enemigo mediante ruptura interna de su territorio, desterritorializarse uno mismo renunciando, yendo a otra parte...). Otra justicia, otro movimiento, otro espacio-tiempo.

―Llegan como el destino, sin causa, sin razón, sin respeto, sin pretexto...‖ ―No se entiende cómo han llegado hasta la capital, sin embargo, ahí están, y cada mañana diríase que su número aumenta...‖ — Luc de Heusch ha puesto de relieve un mito bantú que nos remite al mismo esquema: Ncongolo, emperador autóctono, organizador de grandes obras, hombre público y de policía, entrega sus herma-nastras al cazador Mbidi, que primero le ayuda, luego se va; el hijo de Mbidi, el hombre del secreto, se une a su padre, pero para volver de nuevo, con esa cosa inimaginable, un ejército, y matar a Ncongolo, sin perjuicio de rehacer un nuevo Estado. 5. ―Entre‖ el Estado despótico-mágico y el Estado jurídico que incluye

una institución militar, existiría esa fulguración de la máquina de guerra, que viene de fuera.

Desde el punto de vista del Estado, la originalidad del hombre de guerra, su excentricidad, aparece necesariamente bajo una forma negativa: estupidez, deformidad, locura, ilegitimidad, usurpación, pecado. Dumézil analiza los tres ―peca-

dos‖ del guerrero en la tradición indo-europea: contra el rey, contra el sacerdote, contra las leyes derivadas del Estado (supongamos una transgresión sexual que comprometa la distribución de los hombres y de las mujeres, supongamos incluso una traición a las leyes de la guerra tal como son instituidas por el Estado)6. El

guerrero está en la situación de traicionarlo todo, incluida la función militar, o de no entender nada. Algunos historiadores, burgueses o soviéticos, siguen esta tradición negativa y explican que Gengis Khan no entiende nada: ―no entiende‖ el fenómeno estatal, ―no entiende‖ el fenómeno urbano. Decir eso es muy fácil, pues la exterioridad de la máquina de guerra respecto al aparato de Estado aparece en todas partes, pero sigue siendo difícil de pensar. No basta con afirmar que la máquina es exterior al aparato, hay que llegar a pensar la máquina de guerra como algo que es una pura forma de exterioridad, mientras que el aparato de Estado constituye la forma de interioridad que habitualmente tomamos como modelo, o según la cual pensamos habitualmente. Pero todo se complica, pues la potencia extrínseca de la máquina de guerra tiende, en determinadas circunstancias, a confundirse con una u otra de las cabezas del aparato de estado. Unas veces se confunde con la violencia mágica de Estado, otras con la institución militar de Estado. Por ejemplo, la máquina de guerra inventa la velocidad y el secreto, sin embargo, hay una determinada velocidad y un determinado secreto que pertenecen al Estado, relativamente, secundariamente. Existe, pues, el gran riesgo de identificar la relación estructural entre los dos polos de la soberanía política, y la relación dinámica del conjunto de esos dos polos con la potencia de guerra. Dumézil cita la genealogía de los reyes de Roma: la relación Rómulo-Numa que se reproduce a lo largo de una serie, con variantes y alternancia entre los dos tipos de soberanos igualmente legítimos; pero también la relación con un ―mal rey‖, Tulo Hostilio, Tarquino el Soberbio, la irrupción del guerrero como personaje inquietante, ile-gítimo.7 También se podrían invocar los reyes de Shakespeare: ni siquiera la violencia, las muertes y las perversiones impiden que la genealogía de Estado forme

―buenos‖ reyes; pero aparece un personaje inquietante, Ricardo III, que desde el principio anuncia su intención de reinventar una máquina de guerra y de imponer su línea (deforme, pérfido y traidor, invoca un ―objetivo secreto‖, que no tiene nada que ver con la conquista del poder de Estado, y otra relación con las mujeres). En resumen, cada vez que se confunde la irrupción de la potencia de guerra con la genealogía de dominación de Estado, todo se vuelve confuso, y la máquina de guerra ya sólo se puede comprender bajo la forma de lo negativo, puesto que no se deja subsistir nada exterior al propio Estado. Pero, situada de nuevo en su medio de exterioridad, la máquina de guerra presenta otro tipo, otra naturaleza, otro origen. Diríase que se instala entre las dos cabezas del Estado, entre las dos articulaciones, y que es necesaria para pasar de la una a la otra. Ahora bien, ―entre‖ las dos, afirma en el instante, incluso efímero, incluso fulgurante, su irreductibilidad. El Estado no tiene de por sí máquina de guerra; sólo se apropiará de ella bajo la forma de institución militar, y ésta no cesará de plantearle problemas. De ahí la desconfianza de los Estados frente a la institución militar, en tanto que procede de una máquina de guerra extrínseca. Clausewitz presiente esta situación general cuando trata el flujo de guerra absoluta como una Idea, que los Estados hacen suya parcialmente según las necesidades de su política, y con relación a la cual son más o menos buenos ―conductores‖.

Atrapado entre los dos polos de la soberanía política, el hombre de guerra aparece desfasado, condenado, sin futuro, reducido a su propio furor que vuelve

contra sí mismo. Los descendientes de Heracles, Aquiles, y luego Ajax, todavía poseen fuerzas suficientes para afirmar su independencia frente a Agamenón, el hombre del viejo Estado, pero no pueden nada frente a Ulises, el hombre del naciente Estado moderno, el primer hombre de Estado moderno. Ulises heredará las armas de Aquiles, para modificar su uso, someterlas al derecho de Estado, no Ajax, condenado por la diosa a la que ha desafiado, contra la que ha pecado8. Nadie mejor que Kleist ha mostrado esta situación del hombre de guerra, a la vez excéntrico y condenado. Pues, en Pentesilea, Aquiles ya está separado de su poder: la máquina ha pasado al campo de las Amazonas, pueblo-mujer sin Estado, en el que la justicia, la religión, los amores están organizados según un modelo exclusivamente guerrero. Descendientes de los escitas, las Amazonas surgen como el rayo, ―entre‖ los dos Estados, el griego y el troyano. Lo arrasan todo a su paso. Aquiles se encuentra ante su doble, Pentesilea. Y en su ambigua lucha, Aquiles no puede evitar abrazar la máquina de guerra o amar a Pentesilea, así pues, traicionar a la vez a Agamenón y a Ulises. Y sin embargo, ya pertenece suficientemente al Estado griego para que Pentesilea, por su parte, no pueda entrar con él en la relación pasional de la guerra sin traicionar la ley colectiva de su pueblo, esa ley de manada que prohíbe ―elegir‖ al enemigo, y entrar en enfrentamientos directos o en distinciones binarias.

Kleist, a lo largo de toda su obra, no deja de alabar las excelencias de una máquina de guerra, y la opone al aparato de Estado en un combate perdido de antemano. Arminius anuncia sin duda una máquina de guerra germánica que rompe con el orden imperial de las alianzas y de los ejércitos, y se levanta definitivamente contra el Estado romano. Pero el príncipe de Hamburgo ya sólo vive en un sueño, y está condenado por haber obtenido la victoria desobedeciendo la ley de Estado. En cuanto a Kohlhaas, su máquina de guerra ya sólo puede ser de bandidaje.

¿Cuando triunfa el Estado, el destino de esa máquina es caer en la alternativa: o bien no ser más que el órgano militar y disciplinado del aparato de Estado, o bien volverse contra sí misma, y devenir una máquina de suicidio a dúo, para un hombre y una mujer solitarios? Goethe y Hegel, pensadores de Estado, ven en Kleist a un monstruo, y Kleist ha perdido de antemano. Sin embargo, ¿por qué la más extraña modernidad está de su lado? Porque los elementos de su obra son el secreto, la velocidad y el afecto9. En Kleist, el secreto ya no es un contenido considerado en una forma de interioridad, al contrario, deviene forma, y se identifica con la forma de exterioridad siempre fuera de sí misma. De igual modo, los sentimientos son arrancados de la interioridad de un ―sujeto‖ para ser violentamente proyectados en un medio de pura exterioridad que les comunica una velocidad inimaginable, una fuerza de catapulta: amor u odio, ya no son en absoluto sentimientos, sino afectos. Y esos afectos son otros tantos devenir-mujer, devenir-animal del guerrero (el oso, las perras). Los afectos atraviesan el cuerpo como flechas, son armas de guerra. Velocidad de desterritorialización del afecto. Incluso los sueños (el del príncipe de Hamburgo, el de Pentesilea) son exteriorizados, mediante un sistema de relevos y de conexiones, de encadenamientos extrínsecos que pertenecen a la máquina de guerra. Anillos rotos. Ese elemento de exterioridad, que lo domina todo, que Kleist inventa en literatura, que es el primero en inventarlo, va a dar un

nuevo ritmo al tiempo, una sucesión sin fin de catatonías o de desvanecimientos, y de fulguraciones o precipitaciones. La catatonía es ―ese afecto es demasiado fuerte para mí‖, y la fulguración, ―la fuerza de ese afecto me arrastra‖, el Yo ya sólo es un personaje cuyos gestos y emociones están desubjetivados, sin perjuicio de morir por ello. Tal es la fórmula personal de Kleist: una sucesión de carreras locas y de catatonías petrificadas, en las que ya no subsiste ninguna interioridad subjetiva. En Kleist hay mucho de Oriente: el luchador japonés, interminablemente inmóvil, y que de pronto hace un gesto demasiado rápido como para que pueda ser percibido. El jugador de go. En el arte moderno muchas cosas vienen de Kleist. Con relación a Kleist, Goethe y Hegel representan el pasado. ¿Es posible que en el momento en que la máquina de guerra ya no existe, vencida por el Estado, presente su máxima irreductibilidad, se disperse en máquinas de pensar, de amar, de morir, de crear, que disponen de fuerzas vivas o revolucionarias susceptibles de volver a poner en tela de juicio el Estado triunfante? ¿Es un mismo movimiento el que hace que la máquina de guerra sea superada, condenada, apropiada y, a la vez, adquiera nuevas formas, se metamorfosee, afirme su irreductibilidad, su exterioridad: despliegue ese medio de exterioridad pura que el hombre de Estado occidental o el pensador occidental no cesan de reducir?


Problema I: ¿Existe algún medio de conjurar la formación de un aparato de Estado (o de sus equivalentes en un grupo)?

Proposición II: La exterioridad de la máquina de guerra es igualmente confirmada por la etnología (homenaje a la memoria de Pierre Clastres).


Las sociedades primitivas segmentarias han sido definidas a menudo como sociedades sin Estado, es decir, aquellas en las que no aparecen órganos de poder diferenciados. De ahí se deducía que esas sociedades no habían alcanzado el grado de desarrollo económico, o el nivel de diferenciación política, que harían a la vez posible e inevitable la formación de un aparato de Estado: por eso los primitivos

―no entienden‖ un aparato tan complejo. El principal interés de las tesis de Clastres es el de romper con ese postulado evolucionista. Clastres no sólo duda de que el Estado sea el producto de un desarrollo económico atribuible, sino que se pregunta si las sociedades primitivas no tienen la preocupación potencial de conjurar y prevenir ese monstruo que supuestamente no entienden. Conjurar la formación de un aparato de Estado, hacer imposible esa formación, ese sería el objeto de un cierto número de mecanismos sociales primitivos, incluso si no se tiene una conciencia clara de ellos. Sin duda las sociedades primitivas tienen jefes. Pero el Estado no se define por la existencia de jefes, se define por la perpetuación o la conservación de órganos de poder. El Estado se preocupa de conservar. Se necesitan, pues, instituciones especiales para que un jefe pueda devenir hombre de Estado, pero también se necesitan mecanismos colectivos difusos para impedirlo. Los mecanismos conjuratorios o preventivos forman parte de la chefferie, e impiden que cristalice en un aparato diferente del propio cuerpo social. Clastres describe esa situación del jefe cuya única arma instituida es su prestigio, cuyo único medio es la persuasión, cuya única regla es el presentimiento de los deseos del

grupo: el jefe se parece más a un líder o a una estrella de cine que a un hombre de poder, y siempre corre el riesgo de ser repudiado, abandonado por los suyos. Es más, Clastres considera que en las sociedades primitivas la guerra es el mecanismo más seguro para impedir la formación del Estado: la guerra mantiene la dispersión y la segmentaridad de los grupos, y el guerrero está atrapado en un proceso de acumulación de sus hazañas, que le conduce a una soledad y a una muerte pres-tigiosas, pero sin poder10. Clastres puede, pues, invocar un Derecho natural, pero invirtiendo la proposición principal: así como Hobbes vio claramente que el Estado existía contra la guerra, la guerra existe contra el Estado, y lo hace imposible. De ésto no debe deducirse que la guerra sea un estado natural, sino, al contrario, que es el modo de un estado social que conjura e impide la formación del Estado. La guerra primitiva no produce el Estado, ni tampoco deriva de él. Y así como no se explica por el Estado, tampoco se explica por el intercambio: lejos de derivar del intercambio, incluso para sancionar su fracaso, la guerra es lo que limita los intercambios, los mantiene en el marco de las ―alianzas‖, lo que les impide devenir un factor de Estado, hacer que los grupos se fusionen.

El principal interés de esta tesis es el de llamar la atención sobre los mecanismos colectivos de inhibición. Estos mecanismos pueden ser sutiles, y funcionar como micromecanismos. Se ve con claridad en determinados fenómenos de bandas o de manadas. Por ejemplo, a propósito de las bandas de niños de Bogotá, Jacques Meunier cita tres maneras de impedir que el líder adquiera un poder estable: los miembros de la banda se reúnen y realizan los robos juntos, con botín colectivo, pero luego se dispersan, no permanecen juntos ni para dormir ni para comer; por otro lado y sobre todo, cada miembro de la banda está unido a uno, dos o tres miembros de la misma banda, por eso, en caso de desacuerdo con el jefe, no se irá solo, siempre arrastrará consigo a sus aliados cuya marcha conjugada amenaza con desarticular toda la banda; por último, hay un límite de edad difuso que hace que, hacia los quince años, forzosamente hay que dejar la banda, separarse de ella11. Para entender estos mecanismos hay que renunciar a la visión evolucionista que convierte la banda o la manada en una forma social rudimentaria y peor organizada. Incluso en las bandas animales, la chefferie es un mecanismo complejo que no promueve al más fuerte, sino que más bien inhibe la instauración de poderes estables en beneficio de un tejido de relaciones inmanentes12. También se podría oponer entre los hombres más cultivados la forma de ―mundanidad‖ a la de ―sociabilidad‖: los grupos mundanos no difieren mucho de la bandas y proceden por difusión de prestigio más bien que por referencia a centros de poder como sucede en los grupos sociales (Proust ha mostrado perfectamente esta falta de correspondencia entre los valores mundanos y los valores sociales). Eugène Sue, mundano y dandy, al que los legitimistas reprochaban que frecuentara la familia de Orleans, decía: ―no me codeo con la familia, me codeo con la manada‖. Las manadas, las bandas, son grupos de tipo rizoma, por oposición al tipo arborescente que se concentra en órganos de poder. Por eso las bandas en general, incluso las de bandidaje, o las de mundanidad, son metamorfosis de una máquina de guerra, que difiere formalmente de cualquier aparato de Estado, o algo equivalente, que, por el contrario, estructura las sociedades centralizadas. Por su-

puesto, no se dirá que la disciplina es lo propio de la máquina de guerra: la disciplina deviene la característica exigida por los ejércitos cuando el Estado se apodera de ellos; la máquina de guerra responde a otras reglas, que nosotros no decimos que sean mejores, pero que animan una indisciplina fundamental del guerrero, una puesta en tela de juicio de la jerarquía, un perpetuo chantaje al abandono y a la traición, un sentido del honor muy susceptible, y que impide, una vez más, la formación del Estado.

No obstante, ¿por qué esta tesis no nos resulta del todo convincente? Estamos de acuerdo con Clastres cuando muestra que el Estado no se explica por un desarrollo de las fuerzas productivas, ni por una diferenciación de las fuerzas políticas. Al contrario, el Estado hace posible la realización de la grandes obras, la constitución de los excedentes y la organización de las funciones públicas correspondientes. Hace posible la distinción entre gobernantes y gobernados. Ahora bien, no vemos cómo se puede explicar el Estado por lo que le supone, incluso si se recurre a la dialéctica. Parece evidente que el Estado surge de pronto, bajo una forma imperial, y no remite a factores progresivos. Su aparición in situ es como un acto genial, el nacimiento de Atenea. También estamos de acuerdo con Clastres cuando muestra que una máquina de guerra está dirigida contra el Estado, bien contra Estados potenciales cuya formación conjura de antemano, o bien, sobre todo, contra los Estados actuales cuya destrucción se propone. En efecto, la máquina de guerra se efectúa sin duda mucho más en los agenciamientos ―bár-baros‖ de los nómadas guerreros que en los agenciamientos ―salvajes‖ de las sociedades primitivas. En cualquier caso, está excluido que la guerra produzca un Estado, o que el Estado sea el resultado de una guerra como consecuencia de la cual los vencedores impondrían una nueva ley a los vencidos, puesto que la organización de la máquina de guerra está dirigida contra la forma-Estado, actual o virtual. El Estado no se explica mejor por el resultado de una guerra que por la progresión de fuerzas económicas o políticas. De ahí que Clastres establezca el corte: entre sociedades contra-Estado, llamadas primitivas, y sociedades-con-Estado, llamadas monstruosas, en las que es imposible saber cómo han podido formarse. Clastres está fascinado por el problema de una ―servidumbre volunta-ria‖, a la manera de La Boétie: ¿cómo han podido querer o desear los hombres una servidumbre que en ellos no era el resultado de una guerra involuntaria y desafortunada? Disponían, sin embargo, de mecanismos contra-Estado; en ese caso,

¿por qué y cómo el Estado? ¿Por qué ha triunfado el Estado? Pierre Clastres, a fuerza de profundizar en este problema, parecía privarse de los medios para re-solverlo13. Tendía a convertir las sociedades primitivas en una hipóstasis, una entidad autosuficiente (insistía mucho en este punto). Convertía la exterioridad formal en independencia real. De esa forma continuaba siendo evolucionista, y presuponía un estado natural. Ahora bien, según él, ese estado natural era una realidad plenamente social, y no un puro concepto, y esa evolución era de mutación brusca, y no de desarrollo. Pues, por un lado, el Estado surgía de pronto, ya formado; por otro, las sociedades contra-Estado disponían de mecanismos muy precisos para conjurarlo, para impedir que surja. Creemos que ambas proposiciones son buenas, pero que su encadenamiento falla. Hay un viejo esquema: ―de

los clanes a los imperios‖, o ―de las bandas a los reinos‖... Pero nada nos asegura que haya una evolución en ese sentido, puesto que las bandas y los clanes están tan organizados como los reinos-imperios. Pues bien, no se podrá romper con esta hipótesis evolutiva estableciendo el corte entre los dos términos, es decir, dando una autosuficiencia a las bandas, y un surgimiento tanto más milagroso o monstruoso al Estado.

Hay que decir que el Estado siempre ha existido, y muy perfecto, muy formado. Cuantos más descubrimientos realizan los arqueólogos, más imperios descubren. La hipótesis del Urstaat parece verificada, ―el Estado como tal se remonta ya a los tiempos más remotos de la humanidad‖. Casi no podemos imaginarnos sociedades primitivas que no hayan estado en contacto con Estados imperiales, en la periferia o en zonas mal controladas. Ahora bien, lo fundamental es la hipótesis inversa: que el Estado siempre ha estado en relación con un afuera, y no se puede concebir independientemente de esta relación. La ley del Estado no es la del Todo o Nada (sociedades con Estado o sociedades contra Estado), sino la de lo interior y lo exterior. El Estado es la soberanía. Pero la soberanía sólo reina sobre aquello que es capaz de interiorizar, de apropiarse localmente. No sólo no hay un Estado universal, sino que el afuera de los Estados no se deja reducir a la ―política exte-rior‖, es decir, a un conjunto de relaciones entre Estados. El afuera aparece simultáneamente en dos direcciones: grandes máquinas mundiales, ramificadas por todo el ecumene en un momento dado, y que gozan de una amplia autonomía con relación a los Estados (por ejemplo, organizaciones comerciales del tipo ―grandes compañías‖, o bien complejos industriales, o incluso formaciones religiosas como el cristianismo, el islamismo, ciertos movimientos de profetismo o de mesianismo, etc.); pero también, mecanismos locales de bandas, márgenes, minorías, que continúan afirmando los derechos de sociedades segmentarias contra los órganos de poder de Estado. El mundo moderno nos ofrece hoy en día imágenes particularmente desarrolladas de estas dos direcciones, hacia máquinas mundiales ecuménicas, pero también hacia un neoprimitivismo, una nueva sociedad tribal tal como la describe Mac Luhan. Esas direcciones no dejan de estar presentes en todo el campo social, y desde siempre. Incluso puede suceder que se confundan parcialmente; por ejemplo, una organización comercial también es una banda de pillaje o de piratería, en una parte de su trayectoria y en muchas de sus actividades; o bien una formación religiosa comienza actuando por bandas. Lo que es evidente es que tanto las bandas como las organizaciones mundiales implican una forma irreductible al Estado, y que esa forma de exterioridad se presenta necesariamente como la de una máquina de guerra, polimorfa y difusa. Es un nomos, muy diferente de la

―ley‖. La forma-Estado, como forma de interioridad, tiene tendencia a reproducirse, idéntica a sí misma a través de sus variaciones, fácilmente reconocible en los límites de sus polos, buscando siempre el reconocimiento público (el Estado nunca se oculta). Pero la forma de exterioridad de la máquina de guerra hace que ésta sólo exista en sus propias metamorfosis; existe tanto en una innovación industrial como en una invención tecnológica, en un circuito comercial, en una creación religiosa, en todos esos flujos y corrientes que sólo secundariamente se dejan apropiar por los Estados. La exterioridad y la interioridad, las máquinas de

guerra metamórficas y los aparatos de identidad de Estado, las bandas y los reinos, las megamáquinas y los imperios, no deben entenderse en términos de independencia, sino en términos de coexistencia y competencia, en un campo en constante interacción. Un mismo campo circunscribe su interioridad en Estados, pero describe su exterioridad en lo que escapa a los Estados o se erige contra ellos.


Proposición III: la exterioridad de la máquina de guerra también es confirmada por la epistemología, que deja presentir la existencia y la perpetuación de una “ciencia menor” o “nó-mada”.


Existe un tipo de ciencia, o un tratamiento de la ciencia, difícilmente clasifi-cable, y cuya historia tampoco es fácil de seguir. No son ―técnicas‖, según la acepción habitual. Tampoco son ―ciencias‖, en el sentido real o legal establecido por la historia. Según un reciente libro de Michel Serres, se puede rastrear su huella en la física atómica, de Democrito a Lucrecio, y a la vez en la geometría de Arquíme-des14. Las características de una ciencia excéntrica de este tipo serían las siguientes:

  1. Su modelo sería sobre todo hidráulico, en lugar de ser una teoría de los sólidos que considera los fluidos como un caso particular; en efecto, el atomismo antiguo es inseparable de los flujos, el flujo es la propia realidad o la consistencia. — 2) Es un modelo de devenir y de heterogeneidad, que se opone al modelo estable, eterno, idéntico, constante. Es toda una ―paradoja‖ convertir el devenir en un modelo, y ya no en el carácter secundario de una copia; Platón, en el Timeo, evo-caba esta posibilidad, pero para excluirla y conjurarla, en nombre de la ciencia real. Pues bien, en el atomismo, por el contrario, la famosa declinación del átomo proporciona ese modelo de heterogeneidad, de paso o de devenir a lo heterogéneo. El clinamen, como ángulo mínimo, sólo tiene sentido entre una recta y una curva, la curva y su tangente, y constituye la curvatura principal del movimiento del átomo. El clinamen es el ángulo mínimo por el que el átomo se separa de la recta. Es un paso al límite, una hipótesis exhaustiva, un modelo ―exhaustivo‖ paradójico. E igual sucede en la geometría de Arquímedes, en la que la recta definida como ―el camino más corto entre dos puntos‖ sólo es un medio para definir la longitud de una curva, en un cálculo prediferencial. — 3) Ya no se va de la recta a sus paralelas, en un flujo lamelar o laminar, sino de la declinación curvilínea a la formación de las espirales y torbellinos en un plano inclinado: la mayor inclinación para el ángulo más pequeño. De la turba al turbo: es decir, de las bandas o manadas de átomos a las grandes organizaciones turbulentas. El modelo es turbulento, en un espacio abierto en el que se distribuyen las cosas-flujo, en lugar de distribuir un espacio cerrado para cosas lineales y sólidas. Esa es la diferencia entre un espacio liso (vectorial, proyectivo o topológico) y un espacio estriado (métrico): en un caso

    ―se ocupa el espacio sin medirlo‖, en el otro ―se mide para ocuparlo‖15. — 4) Por último, el modelo es problemático, y ya no teoremático: las figuras sólo son consideradas en función de los afectos que se producen en ellas, secciones, ablaciones, adjunciones, proyecciones. No se va de un género a sus especies, por diferencias específicas, ni de una esencia estable a las propiedades que derivan de ella, por deducción, sino de un problema a los accidentes que lo condicionan y lo resuel-

    ven. Hay todo tipo de deformaciones, de transmutaciones, de pasos al límite, de operaciones en las que cada figura designa mucho más un ―acontecimiento‖ que una esencia: el cuadrado ya no existe independientemente de una cuadratura, el cubo de una cubicación, la recta de una rectificación. Mientras que el teorema es del orden de las razones, el problema es afectivo, e inseparable de las metamorfosis, generaciones y creaciones en la propia ciencia. Contrariamente a lo que dice Gabriel Marcel, el problema no es un ―obstáculo‖, es la superación del obstáculo, una proyección, es decir, una máquina de guerra. Ese es el movimiento que la ciencia real trata de limitar, cuando reduce al máximo la parte del ―elemen-to-problema‖, y la subordina al ―elemento-teorema‖16.

    Esta ciencia arquimediana, o esta concepción de la ciencia, está esencialmente unida a la máquina de guerra: los problemata son la propia máquina de guerra, y son inseparables de los planos inclinados, de los pasos al límite, de los torbellinos y proyecciones. Diríase que la máquina de guerra se proyecta en un saber abstracto, formalmente diferente del que refuerza al aparato de Estado. Diríase que toda una ciencia nómada se desarrolla excéntricamente, y que es muy diferente de las ciencias reales o imperiales. Es más, esa ciencia nómada no cesa de ser ―blo-queada‖, inhibida o prohibida por las exigencias y las condiciones de la ciencia de Estado. Arquímedes, vencido por el Estado romano, deviene un símbolo17. Pues las dos ciencias difieren por el modo de formalización, y la ciencia de Estado no cesa de imponer su forma de soberanía a las invenciones de la ciencia nómada; sólo retiene de la ciencia nómada aquello de lo que se puede apropiar, y, con el resto, crea un conjunto de recetas estrechamente limitadas, sin estatuto verdaderamente científico, o simplemente lo reprime y lo prohíbe. Es como si el ―científico‖ de la ciencia nómada estuviera atrapado entre dos fuegos, el de la máquina de guerra que lo alimenta y lo inspira, el del Estado que le impone un orden de razones. El personaje del ingeniero (y especialmente el del ingeniero militar), con toda su ambivalencia, ilustra bien esta situación. Por eso quizá lo más importante sean los fenómenos fronterizos en los que la ciencia nómada ejerce una presión sobre la ciencia de Estado, y en los que inversamente la ciencia de Estado se apropia y transforma los presupuestos de la ciencia nómada. Esto es válido para el arte de los campos y de la ―castrametación‖, que desde siempre moviliza las proyecciones y planos inclinados: el Estado no se apropia de esta dimensión de la máquina de guerra sin someterla a reglas civiles y métricas que van a limitar estrechamente, controlar, localizar la ciencia nómada, y a impedirle desarrollar sus consecuencias a través del campo social (a este respecto, Vauban es como la continuación de Arquímedes, y sufre una derrota similar). Esto es válido para la geometría descriptiva y proyectiva, que la ciencia real quiere convertir en una simple dependencia práctica de la geometría analítica, llamada superior (de ahí la situación ambigua de Monge o de Poncelet en tanto que ―científicos‖) 18. También es válido para el cálculo diferencial: durante mucho tiempo éste sólo ha tenido un estatuto para-científico, se le trata de ―hipótesis gótica‖, la ciencia real sólo le reconoce un valor de convención cómoda o de ficción bien fundada; los grandes matemáticos de Estado se esfuerzan en darle un estatuto más firme, pero a condición precisamente de eliminar de él todas las nociones dinámicas y nómadas

    como las de devenir, heterogeneidad, infinitesimal, paso al límite, variación continua, etc., e imponerle reglas civiles, estáticas y ordinales (Carnot mantiene una posición ambigua a este respecto). Por último, es válido para el modelo hidráulico: pues, evidentemente, el propio Estado necesita una ciencia hidráulica (no hace falta volver sobre las tesis de Wittfogel relativas a la importancia de las grandes obras hidráulicas en un imperio). Pero lo es de una forma muy diferente, puesto que el Estado tiene necesidad de subordinar la fuerza hidráulica a conductos, canales, diques que impiden la turbulencia, que obligan al movimiento a ir de un punto a otro, al espacio a ser estriado y medido, al fluido a depender del sólido, y al flujo a proceder por series laminares paralelas. En cambio, el modelo hidráulico de la ciencia nómada y de la máquina de guerra consiste en expandirse por turbulencia en un espacio liso, en producir un movimiento que ocupa el espacio y afecta simultáneamente a todos los puntos, en lugar de estar ocupado por él como en el movimiento local que va de tal punto a tal otro19. Demócrito, Menecmo, Arquímedes, Vauban, Desargues, Bernoulli, Monge, Carnot, Poncelet, Perronet, etc.: para cada uno de estos casos hace falta una monografía que explique la situación especial de estos científicos que la ciencia de Estado no utiliza sin limitarlos, dis-ciplinarlos, reprimir sus concepciones sociales o políticas.

    El mar como espacio liso es un problema específico de la máquina de guerra. En el mar, como muestra Virilio, se plantea el problema del fleet in being, es decir, la tarea de ocupar un espacio abierto, con un movimiento turbulento cuyo efecto puede surgir en cualquier punto. A este respecto, los recientes estudios sobre el ritmo, sobre el origen de esta noción, no nos parecen completamente convincentes. Pues se nos dice que el ritmo no tiene nada que ver con el movimiento de los flujos, sino que designa la ―forma‖ en general, y más especialmente la forma de un movimiento ―mesurado, cadencioso‖20. Sin embargo, ritmo y medida no se confunden jamás. Y si el atomista Demócrito es precisamente uno de los autores que emplean ritmo en el sentido de forma, no hay que olvidar que es en condiciones muy precisas de fluctuación, y que las formas de átomos constituyen en primer lugar grandes conjuntos no métricos, espacios lisos tales como el aire, el mar o incluso la tierra (magnae res). Hay un ritmo mesurado, cadencioso, que remite a la circulación del río entre sus márgenes o a la forma de un espacio estriado; pero también hay un ritmo sin medida, que remite a la fluxión de un flujo, es decir, a la forma en la que un fluido ocupa un espacio liso.

    Esta oposición o más bien esta tensión-límite entre dos ciencias, ciencia nómada de máquina de guerra y ciencia real de Estado, aparece en diferentes momentos, a diferentes niveles. Los trabajos de Anne Querrien permiten localizar dos de esos momentos, uno con la construcción de las catedrales góticas en el siglo XII, otro con la construcción de los puentes en los siglos XVIII y XIX21. En efecto, el gótico es inseparable de una voluntad de construir iglesias más alargadas y más altas que las románicas. Siempre más lejos, siempre más alto... Pero esta diferencia no es simplemente cuantitativa, indica un cambio cualitativo: la relación estática forma-materia tiende a desaparecer en beneficio de una relación dinámica material-fuerzas. La talla convertirá la piedra en un material capaz de captar y componer las fuerzas de carga, y de construir bóvedas cada vez más altas y más

    alargadas. La bóveda ya no es una forma, sino una línea de variación continua de las piedras. Es como si el gótico conquistase un espacio liso, mientras que el romá-nico seguía perteneciendo parcialmente a un espacio estriado (en el que la bóveda dependía de la yuxtaposición de pilares paralelos). Pues bien, el tallado de las piedras es inseparable por un lado de un plano de proyección sobre el suelo, que funciona como límite plano, y por otro de una serie de aproximaciones sucesivas (cortes a escuadra) o de variaciones de las piedras voluminosas. Por supuesto, para fundar la empresa se pensó en la ciencia teoremática de Euclides: las cifras y las ecuaciones serían la forma inteligible capaz de organizar superficies y volúmenes. Pero, según la leyenda, Bernard de Clairvaux renuncia rápidamente a ello, por ser demasiado ―difícil‖, e invoca la especificidad de una geometría operatoria arquimediana, proyectiva y descripitiva, definida como ciencia menor, mategrafía más que matelogía. Su compagnon, el monje-albañil Garin de Troyes, invoca una lógica operatoria del movimiento que permite al ―iniciado‖ trazar, luego cortar los volúmenes en profundidad en el espacio, y hacer que ―el trazo produzca la cifra‖22. No se representa, se engendra y se recorre. Esta ciencia no se caracteriza tanto por la ausencia de ecuaciones como por el papel muy diferente que éstas adquieren eventualmente: en lugar de ser buenas formas absolutamente que organizan la materia, son ―generadas‖, como ―producidas‖ por el material, en un cálculo cualitativo de óptimo. Toda esta geometría arquimediana tendrá su más alta expresión, pero también encontrará su frenazo provisional, con el asombroso matemático Desargues, en el siglo XVII. Como la mayoría de sus semejantes, Desargues escribe poco; sin embargo, tiene una gran influencia real, y deja bos-quejos, borradores, proyectos siempre centrados en problemas-resultados: ―lec-ción de las tinieblas‖, ―borrador proyecto del corte de las piedras‖, ―borrador proyecto para llegar a los resultados de las conjunciones de un cono con un plano‖... Pues bien, Desargues es condenado por el parlamento de París, comba-tido por el secretario del rey; sus prácticas de perspectiva son prohibidas23. La ciencia real o de Estado sólo soporta y hace suya la talla de las piedras por paneles (lo contrario del corte a escuadra), en condiciones que restablecen la primacía del modelo fijo de la forma, de la cifra y de la medida. La ciencia real sólo soporta y hace suya la perspectiva estática, sometida a un agujero negro central que le niega toda capacidad heurística y deambulatoria. La aventura o la experiencia de Desargues es la misma que ya se había producido colectivamente en el caso de los “compagnons” góticos. Pues no sólo la Iglesia, bajo su forma imperial, había sentido la necesidad de controlar severamente el movimiento de esta ciencia nómada: confiaba a los Templarios el cuidado de fijar los lugares y los objetos, de dirigir las obras, de disciplinar la construcción; también el Estado laico, bajo su forma real, se vuelve contra los propios Templarios, condena los compagnonnages, por todo tipo de motivos, uno de los cuales por lo menos concierne a la prohibición de esta geometría operatoria o menor.

    ¿Tiene razón Anne Quemen cuando cree encontrar aún un eco de la misma historia al nivel de los puentes, en el siglo XVIII? Sin duda las condiciones son muy diferentes, puesto que la división del trabajo se logra entonces según las normas de Estado. No obstante, en el conjunto de las actividades de Puentes y

    Caminos, las carreteras son competencia de una administración bien centralizada, mientras que los puentes siguen siendo materia de experimentación activa, dinámica y colectiva. Trudaine organiza en su casa curiosas ―asambleas generales‖ libres. Perronet se inspira en un modelo flexible que procede de Oriente: que el puente no bloquee u obstruya el río. A la gravedad del puente, al espacio estriado de los pilares sólidos y regulares, opone la estilización y la discontinuidad de los pilares, el rebajamiento de la bóveda, la ligereza y la variación continua del conjunto. Pero la tentativa choca inmediatamente con oposiciones de principio; y según un procedimiento frecuente, al nombrar a Perronet director de la escuela, el Estado más que llevar a sus últimas consecuencias la experimentación, la frena. Toda la historia de la Escuela de Puentes y Caminos muestra cómo ese ―cuerpo‖, antiguo y plebeyo, va a ser subordinado a las Minas, a las Obras Públicas, a la Politécnica, al mismo tiempo que sus actividades van a ser cada vez más norma-lizadas24. Se llega, pues, a la pregunta: ¿qué es un cuerpo colectivo? Sin duda, los grandes cuerpos de un Estado son organismos diferenciados y jerarquizados que, por un lado, disponen del monopolio de un poder o de una función, y por otro distribuyen localmente sus representantes. Tienen una relación especial con las familias, pues hacen comunicar en los dos extremos el modelo familiar y el modelo estatal, y ellos mismos se viven como ―grandes familias‖ de funcionarios, de empleados, de intendentes o de granjeros. No obstante, parece que en muchos de estos cuerpos actúa otra cosa que no se reduce a este esquema. No sólo se trata de la obstinada defensa de sus privilegios. También habría que hablar de una actitud, incluso caricatural, incluso muy deformada, para constituirse como máquina de guerra, oponiendo al Estado otros modelos, otro dinamismo, una ambición nómada. Por ejemplo, hay el viejo problema del lobby, grupo de contornos fluentes, de situación muy ambigua, respecto al Estado que quiere ―influir‖, y a una máquina de guerra que quiere promover, cualesquiera que sean sus fines 25.

    Un cuerpo no se reduce a un organismo, como tampoco el espíritu de cuerpo se reduce al alma de un organismo. El espíritu no es mejor, pero es volátil, mientras que el alma es gravífica, centro de gravedad. ¿Hay que invocar un origen militar del cuerpo y del espíritu de cuerpo? Lo fundamental no es lo ―militar‖, sino más bien un origen nómada lejano. Ibn Khaldoun definía la máquina de guerra nómada por: las familias o linajes, más el espíritu de cuerpo. La máquina de guerra mantiene con las familias una relación muy diferente de la del Estado. En la máquina de guerra, la familia, en lugar de ser una célula de base, es un vector de banda, por eso una genealogía pasa de una familia a otra, según la capacidad de tal familia, en tal momento, para realizar el máximo de ―solidaridad agnática‖. La ilustración pública de la familia no determina el lugar que ocupa en un organismo de Estado, al contrario, la capacidad o virtud secreta de solidaridad y la dependencia correspondiente de las genealogías determinan las ilustraciones en un cuerpo de guerra26. Estamos ante algo que no se reduce ni al monopolio de un poder orgánico ni a una representación local, sino que remite a la potencia de un cuerpo turbulento en un espacio nómada. Por supuesto, es difícil considerar los grandes cuerpos de un Estado moderno como tribus árabes. Lo que queremos decir es que los cuerpos colectivos siempre tienen márgenes o minorías que reconstituyen equivalentes de

    máquina de guerra, bajo formas a veces inesperadas, en agenciamientos determinados tales como construir puentes, construir catedrales, o bien emitir juicios, o bien hacer música, instaurar una ciencia, una técnica... Un cuerpo de capitanes defiende sus exigencias a través de la organización de los oficiales y del organismo de los oficiales superiores. Siempre surgen periodos en los que el Estado como organismo tiene problemas con sus propios cuerpos, y en los que éstos, al mismo tiempo que reclaman privilegios, se ven forzados a abrirse a pesar suyo a algo que los desborda, un corto instante revolucionario, un impulso experimentador. Situación confusa, en la que siempre hay que analizar tendencias y polos, las naturalezas de movimientos. Es como si de pronto el cuerpo de notarios avanzase como árabes o indios, y luego se retirase, se reorganizase: una opera-cómica, en la que no se sabe qué va a pasar (incluso se puede llegar a gritar: ―¡La policía con nosotros!‖).

    Husserl habla de una protogeometría que se dirigiría a esencias morfológicas difusas, es decir, vagabundas o nómadas. Esas esencias se distinguirían de las cosas sensibles, pero también de las esencias ideales, reales o imperiales. La ciencia que trataría de ellas, la protogeometría, también sería difusa, en el sentido de vagabunda: no sería ni inexacta como las cosas sensibles, ni exacta como las esencias ideales, sino anexacta y sin embargo rigurosa (―inexacta por esencia y no por azar‖). El círculo es una esencia fija ideal, orgánica, pero el redondel es una esencia difusa y fluente que se distingue a la vez del círculo y de las cosas redondas (un vaso, una rueda, el sol...). Una figura teoremática es una esencia fija, pero sus transformaciones, deformaciones, ablaciones o aumentos, todas sus variaciones, forman figuras problemáticas difusas y sin embargo rigurosas, en forma de ―lenteja‖, de

    ―umbela‖ o de ―salero‖. Diríase que las esencias difusas extraen de las cosas una determinación que es más que la coseidad, que es la de la corporeidad, y que quizá incluso implica un espíritu de cuerpo27. Pero, ¿por qué Husserl ve ahí una protogeometría, una especie de intermediario y no una ciencia pura? ¿Por qué hace depender las esencias puras de un paso al límite, cuando todo paso al límite pertenece como tal a lo difuso? Estamos ante dos concepciones de la ciencia, formalmente diferentes; y, ontológicamente, ante un mismo y único campo de interacción en el que una ciencia real no cesa de apropiarse de los contenidos de una ciencia nómada o difusa, y en el que una ciencia nómada no cesa de hacer huir los contenidos de la ciencia real. En última instancia, lo fundamental es la frontera constantemente móvil. En Husserl (y también en Kant, aunque en sentido inverso, el redondel como ―esquema‖ del círculo), se constata una muy justa apreciación de la irreductibilidad de la ciencia nómada, pero al mismo tiempo una preocupación de hombre de Estado, o que toma partido por el Estado, por mantener una primacía legislativa y constituyente de la ciencia real. Siempre que uno se limite a esa primacía, convierte la ciencia nómada en una instancia pre-científica, o paracientífica, o subcientífica. Y sobre todo, ya no puede comprender las relaciones ciencia-técnica, ciencia-práctica, puesto que la ciencia nómada no es una simple técnica o práctica, sino un campo científico en el que el problema de esas relaciones se plantea y se resuelve desde un punto de vista completamente distinto que el de la ciencia real. El Estado no cesa de producir y reproducir círcu-

    los ideales, pero se necesita una máquina de guerra para hacer un redondel. Así pues, habría que determinar las características específicas de la ciencia nómada, para comprender a la vez la represión que sufre y la interacción en la que se

    ―mantiene‖.

    La ciencia nómada no tiene la misma relación con el trabajo que la ciencia real. No es que en ella la división del trabajo sea menor, sino que es diferente. Son bien conocidos los problemas que siempre han tenido los Estados con los “compagno-nnages”, los cuerpos nómadas o itinerantes del tipo albañiles, carpinteros, herreros, etc. Fijar, sedentarizar la fuerza de trabajo, regular el movimiento del flujo de trabajo, asignarle canales y conductos, crear corporaciones en el sentido de organismos, y, para lo demás, recurrir a una mano de obra forzosa, reclutada in situ (corvea) o entre los indigentes (talleres de caridad), —esa fue siempre una de las tareas fundamentales del Estado, con la que se proponía a la vez acabar con un vagabundeo de banda y un nomadismo de cuerpo—. Si volvemos al ejemplo gótico es para recordar lo mucho que viajaban los compagnons, construyendo catedrales aquí y allá, diseminando las obras, disponiendo de una potencia activa y pasiva (movilidad y huelga) que evidentemente no convenía a los Estados. La respuesta del Estado es dirigir las obras, introducir en todas las divisiones del trabajo la distinción suprema de lo intelectual y lo manual, de lo teórico y lo práctico, copiada de la diferencia ―gobernantes-gobernados‖. Tanto en las ciencias nómadas como en las ciencias reales encontraremos la existencia de un ―plan‖, pero que en modo alguno es el mismo. Al plano sobre el suelo del compagnon gótico se opone el plano métrico sobre papel del arquitecto exterior a la obra. Al plan de consistencia o de composición se opone otro plan, que es de organización y de formación. A la talla por corte a escuadra de las piedras se opone la talla por paneles, que implica la construcción de un modelo reproducible. No sólo se dirá que ya no se necesita un trabajo cualificado: se necesita un trabajo no cualificado, una descualificación del trabajo. El Estado no confiere un poder a los intelectuales o creadores de conceptos, sino que, por el contrario, los convierte en un organismo estrechamente dependiente, cuya autonomía sólo es ilusoria, pero que, sin embargo, es suficiente para anular toda capacidad a aquellos que ya sólo hacen reproducir o ejecutar. Lo que no impide que el Estado tenga aún dificultades con ese cuerpo de intelectuales que él mismo ha engendrado, pero que reivindica nuevas pretensiones nomádicas y políticas. En cualquier caso, si el Estado se ve constantemente obligado a reprimir las ciencias menores y nómadas, si se opone a las esencias difusas, a la geometría operatoria del trazo, no es en virtud de un contenido inexacto o imperfecto de esas ciencias, ni de su carácter mágico o iniciático, sino porque implican una división del trabajo que se opone a la de las normas de Estado. La diferencia no es extrínseca: la forma en que una ciencia, o una concepción de la ciencia, participa en la organización del campo social, y en particular induce una división del trabajo, forma parte de esa misma ciencia. La ciencia real es inseparable de un modelo ―hilomórfico‖, que implica a la vez una forma organizadora para la materia y una materia preparada para la forma; a menudo se ha mostrado cómo este esquema derivaba no tanto de la técnica o de la vida como de una sociedad dividida en gobernantes-gobernados, luego en intelectuales-manuales. Lo

    que lo caracteriza es que toda la materia se sitúa del lado del contenido, mientras que toda la forma se sitúa en la expresión. Diríase que la ciencia nómada es más sensible de forma inmediata a la conexión del contenido y de la expresión por sí mismos, teniendo cada uno de estos dos términos forma y materia. Por eso para la ciencia nómada la materia nunca es una materia preparada, así pues, homogeneizada, sino que es esencialmente portadora de singularidades (que constituyen una forma de contenido). Y la expresión tampoco es formal, sino inseparable de rasgos pertinentes (que constituyen una materia de expresión). Es, pues, un esquema completamente distinto, como ya veremos. Podemos hacernos ya una idea de esta situación si pensamos en la característica más general del arte nómada, en el que la conexión dinámica del soporte y del ornamento sustituye a la dialéctica materia-forma. Así, desde el punto de vista de esta ciencia que se presenta como arte y también como técnica, la división del trabajo existe plenamente, pero no adopta la dualidad forma-materia (incluso con correspondencias biunívocas). Más bien sigue las conexiones entre singularidades de materia y rasgos de expresión, y se establece al nivel de esas conexiones, naturales o forzosas28. Es una organización distinta del trabajo, y del campo social a través del trabajo.

    Habría que oponer dos modelos científicos, como hace Platón en el Timeo29. Uno se denominaría Compars, y el otro Dispars. El compars es el modelo legal o le-galista adoptado por la ciencia real. La búsqueda de leyes consiste en extraer constantes, incluso si esas constantes tan sólo son relaciones entre variables (ecuaciones). El esquema hilomórfico está basado en una forma invariable de las variables, en una materia variable de la invariante. Pero el dispars como elemento de la ciencia nómada remite a material-fuerzas más bien que a materia-forma. Ya no se trata exactamente de extraer constantes a partir de variables, sino de poner las variables en estado de variación continua. Si todavía hay ecuaciones, son adecuaciones, inecuaciones, ecuaciones diferenciales irreductibles a la forma algebraica, e inseparables de por sí de una intuición sensible de la variación. Captan o determinan singularidades de la materia en lugar de constituir una forma general. Realizan individuaciones por acontecimientos o haecceidades, y no por ―objeto‖ como compuesto de materia y de forma; las esencias difusas sólo son haecceidades. Desde todos estos puntos de vista, hay una oposición entre el logos y el nomos, entre la ley y el nomos, que permite decir que la ley todavía tiene ―un regusto demasiado moral‖. No obstante, eso no significa que el modelo legal ignore las fuerzas, el juego de las fuerzas. Se ve con toda claridad en el espacio homogéneo que corresponde al compars. El espacio homogéneo no es en modo alguno un espacio liso, al contrario, es la forma del espacio estriado. El espacio de los pilares. Es estriado por la caída de los cuerpos, las verticales de gravedad, la distribución de la materia en franjas paralelas, la circulación lamelar o laminar de lo que es flujo. Estas verticales paralelas han formado una dimensión independiente, capaz de transmitirse a todas partes, de formalizar todas las demás dimensiones, de estriar todo el espacio en todas sus direcciones, y de esa forma hacerlo homogéneo. La distancia vertical entre dos puntos proporciona el modelo de comparación para la distancia horizontal entre otros dos. En ese sentido, la atracción universal será la ley de toda ley, en la medida en que regula la correspondencia biunívoca entre dos cuerpos, y

    cada vez que la ciencia descubre un nuevo campo, tratará de formalizarlo según el modelo del campo de gravedad. Incluso la química sólo deviene una ciencia real gracias a toda una elaboración teórica de la noción de peso. El espacio euclidiano depende del célebre postulado de las paralelas, pero éstas son en primer lugar gravíficas, y corresponden a las fuerzas que la gravedad ejerce sobre todos los elementos de un cuerpo que supuestamente ocupa ese espacio. El punto de aplicación de la resultante de todas estas fuerzas paralelas permanece invariante cuando se cambia su dirección común o se hace girar el cuerpo (centro de gravedad). En resumen, parece que la fuerza gravífica es la base de un espacio laminar, estriado, homogéneo y centrado; condiciona precisamente las multiplicidades llamadas métricas, arborescentes, cuyas magnitudes son independientes de las situaciones y se expresan con la ayuda de unidades o de puntos (movimientos de un punto a otro). No es por una preocupación metafísica, sino por una preocupación realmente científica, por lo que los científicos, en el siglo XIX, se preguntan a menudo si todas las fuerzas no se reducen a la de la gravedad, o más bien a la forma de atracción que le proporciona un valor universal (una relación constante para todas las variables), un alcance biunívoco (siempre dos cuerpos y no más...). Es la forma de interioridad de toda ciencia.

    El nomos o el dispars es algo muy distinto. No es que las demás fuerzas des-mientan la gravedad o contradigan la atracción. Pero, si bien es verdad que no son contrarias, no por ello derivan, dependen de ella, sino que son la confirmación de acontecimientos siempre suplementarios o de ―afectos variables‖. Siempre que un campo se ha abierto a la ciencia, en las condiciones que lo convierten en una noción mucho más importante que la de forma u objeto, ese campo se afirmaba en principio como irreductible al de la atracción y al modelo de las fuerzas gravíficas, aunque no las contradice. Afirmaba ―algo más‖ o un suplemento, y él mismo se instalaba en ese suplemento, en esa desviación. La química sólo hace un progreso decisivo cuando añade a la fuerza del peso relaciones de otro tipo, por ejemplo eléctricas, que transforman el carácter de las ecuaciones químicas30. Pero se constatará que las más simples consideraciones de velocidad hacen intervenir ya la diferencia entre la caída vertical y el movimiento curvilíneo, o, más generalmente, entre la recta y la curva, bajo las formas diferenciales del clinamen o de la más pequeña desviación, el mínimo aumento. El espacio liso es precisamente el de la más pequeña desviación: sólo tiene homogeneidad entre puntos infinitamente próximos, y la conexión de los entornos se produce independientemente de una determinada vía. Es un espacio de contacto, de pequeñas acciones de contacto, táctil o manual, más bien que visual como en el caso del espacio estriado de Euclides. El espacio liso es un campo sin conductos ni canales. Un campo, un espacio liso heterogéneo, va unido a un tipo muy particular de multiplicidades: las multiplicidades no métricas, acentradas, rizomáticas, que ocupan el espacio sin ―me-dirlo‖, y que sólo se pueden ―explorar caminando sobre ellas‖. No responden a la condición visual de poder ser observadas desde un punto del espacio exterior a ellas: por ejemplo, el sistema de los sonidos, o incluso el de los colores, por oposición al espacio euclidiano.

    Cuando se oponen la velocidad y la lentitud, lo rápido y lo grave Celeritas y Gravitas, no hay que ver en ello una oposición cuantitativa, ni tampoco una estructura mitológica (aunque Dumézil haya mostrado la importancia mitológica de esta oposición, en función precisamente del aparato de Estado, en función de la

    ―gravedad‖ natural del aparato de Estado). La oposición es a la vez cualitativa y científica, en la medida en que la velocidad no sólo es el carácter abstracto de un movimiento en general, sino que se encarna en un móvil que se separa, por poco que sea, de su línea de caída o de gravedad. Lento y rápido no son grados cuantitativos del movimiento, sino dos tipos de movimiento cualificados, cualquiera que sea la velocidad del primero, y el retraso del segundo. De un cuerpo que se lanza y cae, por muy rápida que sea esta caída, no se dirá, en sentido estricto, que tiene una velocidad, sino más bien una lentitud infinitamente decreciente según la ley de los graves. Grave sería el movimiento laminar que estría el espacio, y que va de un punto a otro; pero rapidez, celeridad, se dirían únicamente del movimiento que se separa lo mínimo, y adquiere como consecuencia un aspecto turbulento al ocupar un espacio liso, al trazar ese mismo espacio. En ese espacio, la materia-flujo ya no se puede dividir en franjas paralelas, y el movimiento ya no se deja encerrar en relaciones biunívocas entre puntos. En ese sentido, la oposición cualitativa gravedad- celeridad, pesado-ligero, lento-rápido, no juega el papel de una determinación científica cuantificable, sino el de una condición coextensiva a la ciencia, y que regula a la vez la separación y la combinación de los dos modelos, su eventual penetración, la dominación de uno o de otro, su alternativa. Y precisamente en términos de alternativa, cualquiera que sean las combinaciones y las composiciones, Michel Serres propone la mejor fórmula: ―La física se reduce a dos ciencias, una teoría general de las vías y caminos, una teoría global del flujo‖31.

    Habría que oponer dos tipos de ciencias, o de actitudes científicas: una que consiste en ―reproducir‖, otra que consiste en ―seguir‖. Una sería de reproducción, de iteración y reiteración; otra sería de itineración, el conjunto de las ciencias itinerantes, ambulantes. La itineración se reduce con demasiada facilidad a una condición de la técnica, o de la aplicación y de la verificación de la ciencia. Pero no es así: seguir no es lo mismo que reproducir, nunca se sigue para reproducir. El ideal de reproducción, deducción o inducción forma parte de la ciencia real, en todas las épocas, en todos los lugares, y trata las diferencias de tiempo y de lugar como otras tantas variables de las que la ley extrae precisamente la forma constante: basta con un espacio gravífico y estriado para que se produzcan los mismos fenómenos, si se dan las mismas condiciones, o si se establece la misma relación constante entre las condiciones diversas y los fenómenos variables. Reproducir implica la permanencia de un punto de vista fijo, exterior a lo reproducido: ver circular estando en la orilla. Pero seguir es algo totalmente distinto que el ideal de reproducción. No mejor, sino otra cosa. Uno está obligado a seguir cuando está a la búsqueda de las

    ―singularidades‖ de una materia, o más bien de un material, y no tratando de descubrir una forma; cuando escapa a la fuerza gravífica para entrar en un campo de celeridad; cuando deja de contemplar la circulación de un flujo laminar con una dirección determinada, y es arrastrado por un flujo turbulento; cuando se aventura en la variación continua de las variables, en lugar de extraer de ellas constantes, etc.

    Y el sentido de la tierra no es el mismo: según el modelo legal, uno no cesa de reterritorializarse en un punto de vista, en un campo, según un conjunto de relaciones constantes; pero, según el modelo ambulante, el proceso de desterritorialización constituye y amplía el propio territorio. ―Vete a tu primera planta y observa atentamente cómo circula el agua de lluvia a partir de ese punto. La lluvia ha debido transportar los granos lejos. Sigue los surcos que ha trazado el agua, así conocerás la dirección de circulación. Busca entonces la planta que en esa dirección está más alejada de la tuya. Todas las que crecen entre esas dos te pertenecen. Más tarde (...), podrás ampliar tu territorio...‖32. Hay ciencias ambulantes, itinerantes, que consisten en seguir un flujo en un campo de vectores en el que las singularidades se distribuyen como otros tantos “accidentes” (problemas). Por ejemplo: ¿por qué la metalurgia primitiva es necesariamente una ciencia ambulante, que proporciona a los herreros un estatuto casi nómada? Se puede objetar que, en esos ejemplos, se trata a pesar de todo de ir de un punto a otro (incluso si son puntos singulares), por mediación de canales, y que el flujo continúa siendo divisible en franjas. Pero esto sólo es cierto en la medida en que las actitudes y los procesos ambulantes están necesariamente relacionados con un espacio estriado, siempre formalizados por la ciencia real que los priva de su modelo, los somete al suyo, y sólo les permite subsistir a título de ―técnica‖ o ―ciencia aplicada‖. Por regla general, un espacio liso, un campo de vectores, una multiplicidad no métrica siempre serán traduci-bles, y necesariamente traducidos, en un “compars”: operación fundamental gracias a la cual se instala y reposa en cada punto del espacio liso un espacio euclidiano tangente, dotado de un número suficiente de dimensiones, y gracias a la cual se reintroduce el paralelismo de dos vectores, al considerar la multiplicidad como inmersa en ese espacio homogéneo y estriado de reproducción, en lugar de continuar siguiéndola en una ―exploración progresiva‖ 33. Es el triunfo del logos o de la ley sobre el nomos. Ahora bien, la complejidad de la operación confirma precisamente las resistencias que debe vencer. Cada vez que se refiere la actitud y el proceso ambulante a su propio modelo, los puntos vuelven a adquirir su posición de singularidades que excluye cualquier relación biunívoca, él flujo vuelve a adquirir su aspecto curvilíneo y turbulento que excluye cualquier paralelismo de vectores, el espacio liso reconquista las propiedades de contacto que ya no le permiten ser homogéneo y estriado. Siempre hay una corriente gracias a la cual las ciencias ambulantes o itinerantes no se dejan interiorizar totalmente en las ciencias reales reproductivas. Y hay un tipo de científico ambulante que los científicos de Estado no cesan de combatir, o de integrar, o de aliarse con él, sin perjuicio de proponerle un papel menor en el sistema legal de la ciencia y de la técnica.

    No es que las ciencias ambulantes estén más impregnadas de actitudes irracionales, misterio, magia. Sólo cuando caen en desuso se convierten en eso. Además, las ciencias reales también se rodean de mucho sacerdocio y magia. Lo que sí se pone de manifiesto en la rivalidad entre los dos modelos es que en las ciencias ambulantes o nómadas la ciencia no está destinada a tomar un poder, ni siquiera un desarrollo autónomo. Carecen de medios para ello, pues subordinan todas sus operaciones a las condiciones sensibles de la intuición y de la construcción, seguir el flujo de materia, trazar y conectar el espacio liso. Todo se encuentra en

    una zona objetiva de flotamiento que se confunde con la propia realidad. Cualquiera que sea su sutileza, su rigor, el ―conocimiento aproximativo‖ sigue estando sometido a evaluaciones sensibles y sensitivas que hacen que plantee más problemas de los que puede resolver: lo problemático sigue siendo su único modelo. Por el contrario, lo característico de la ciencia real, de su poder teoremático o axiomático, es sustraer todas las operaciones a las condiciones de la intuición para convertirlas en verdaderos conceptos intrínsecos o ―categorías‖. Por eso en esta ciencia la desterritorialización implica una reterritorialización en el aparato conceptual. Sin ese aparato categórico, apodíctico, las operaciones diferenciales se verían obligadas a seguir la evolución de un fenómeno; es más, al realizarse las experimentaciones al aire libre, las construcciones sobre el suelo, nunca se dis-pondría de coordenadas capaces de convertirlas en modelos estables. Algunas de estas exigencias se traducen en términos de ―seguridad‖: las dos catedrales de Orleans y de Beauvais se derrumban a finales del siglo XIX, los cálculos de control son difíciles de realizar en las construcciones de la ciencia ambulante. Ahora bien, aunque la seguridad forme parte fundamental tanto de las normas teóricas de Estado como del ideal político, también se trata de otra cosa. En virtud de todas sus actitudes, las ciencias ambulantes superan rápidamente las posibilidades del cálculo: se instalan en ese ―algo más‖ que desborda el espacio de reproducción, chocan rápidamente con dificultades insuperables desde ese punto de vista, que eventualmente resuelven gracias a una operación sobre la marcha. Las soluciones deben venir de un conjunto de actividades que las constituyen como no autónomas. Nadie mejor que la ciencia real, por el contrario, para disponer de una potencia métrica que define el aparato conceptual o la autonomía de la ciencia (incluso de la ciencia experimental). De ahí la necesidad de asociar los espacios ambulantes a un espacio de homogeneidad, sin el cual las leyes de la física dependerían de puntos particulares del espacio. Pero no se trata tanto de una traducción como de una constitución: constitución que las ciencias ambulantes no se proponían, ni tienen los medios para proponérsela. En el campo de interacción de las dos ciencias, las ciencias ambulantes se contentan con inventar problemas, cuya solución remitiría a todo un conjunto de actividades colectivas y no científicas, pero cuya solución científica depende, por el contrario, de la ciencia real, y de la manera en que esta ciencia en principio ha transformado el problema incluyéndolo en su aparato teoremático y su organización del trabajo. Algo parecido a lo que ocurre con la intuición y la inteligencia según Bergson, para el que únicamente la inteligencia dispone de los medios científicos para resolver formalmente los problemas que la intuición plantea, mientras que ésta se contentaría con confiar en las actividades cualitativas de una humanidad que seguiría la materia... 34


    Problema II: ¿Existe un medio de sustraer el pensamiento al modelo de Estado?

    Proposición IV: La exterioridad de la máquina de guerra es confirmada finalmente por la noología.


    A veces se critican algunos contenidos del pensamiento por juzgarlos demasiado conformistas. Pero el problema fundamental es el de la forma. El pensa-

    miento ya se ajustaría de por sí a un modelo que toma prestado del aparato de Estado, y que le marcaría fines y caminos, conductos, canales, órganos, todo un or-ganon. Existiría, pues, una imagen del pensamiento que recubriría todo el pensamiento, que sería el objeto especial de una ―noología‖, y que sería algo así como la forma-Estado desarrollada en el pensamiento. Esta imagen posee dos cabezas que remiten a los dos polos de la soberanía: un imperium del pensar-verdadero, que opera por captura mágica, confirmación o lazo, que constituye la eficacia de una fundación (muthos); una república de los espíritus libres, que procede por pacto o contrato, que constituye una organización legislativa y jurídica, que aporta la sanción de un fundamento (logos). Esas dos cabezas interfieren constantemente en la imagen clásica del pensamiento: una ―república de los espíritus en la que el príncipe sería la idea de un Ser supremo‖. Y si las dos cabezas interfieren, no sólo es porque hay muchos intermediarios o transiciones entre las dos, y porque una prepara la otra, y ésta se vale de la primera y la conserva, sino también porque, antitéticas y complementarias, se necesitan la una a la otra. No obstante, no hay que excluir que, para pasar de la una a la otra, se necesite un acontecimiento de otra naturaleza, ―entre‖ las dos, y que se oculta fuera de la imagen, que se produce fuera de ella35. Pero, si nos atenemos a la imagen, vemos que cada vez que se nos habla de un imperium de lo verdadero y de una república de los espíritus, no es una simple metáfora. Es la condición de constitución del pensamiento como principio o forma de interioridad, como estrato.

    Vemos perfectamente lo que el pensamiento gana con ello: una gravedad que nunca tendría de por sí, un centro que hace que todas las cosas, incluido el Estado, den la impresión de existir gracias a su propia eficacia o a su propia sanción. Pero el Estado gana otro tanto. En efecto, la forma-Estado gana algo esencial al desarrollarse así en el pensamiento: todo un consenso. Sólo el pensamiento puede inventar la ficción de un Estado universal por derecho, elevar el Estado a lo universal de derecho. Es como si el soberano deviniese único en el mundo, abarcase todo el oikumene y ya sólo tuviera que ver con sujetos, actuales o potenciales. Las potentes organizaciones extrínsecas, las bandas extrañas, han dejado de existir: el Estado deviene el único principio que establece la distinción entre sujetos rebeldes, que se remiten al estado natural, y sujetos dóciles, que de por sí remiten a su forma. Si para el pensamiento es interesante apoyarse en el Estado, no menos interesante es para el Estado desplegarse en el pensamiento, y recibir de él la sanción de forma única, universal. La particularidad de los Estados sólo es un hecho, e igual ocurre con su eventual perversidad o su imperfección. Pues, por derecho, el Estado moderno va a definirse como ―la organización racional y razonable de una comunidad‖: la única particularidad de la comunidad es interna o moral (espíritu de un pueblo), al mismo tiempo que su organización hace que contribuya a la armonía de un universal (espíritu absoluto). El Estado proporciona al pensamiento una forma de interioridad, pero el pensamiento proporciona a esta interioridad una forma de universalidad: ―la finalidad de la organización mundial es la satisfacción de los individuos razonables dentro de los Estados particulares libres‖. Entre el Estado y la razón se produce un curioso intercambio, que también es una proposición analítica, pues la razón realizada se confunde con el Estado de derecho, al igual

    que el Estado de hecho es el devenir de la razón36. En la filosofía llamada moderna y en el Estado llamado moderno o racional, todo gira alrededor del legislador y del sujeto. Es necesario que el Estado realice la distinción entre el legislador y el sujeto en tales condiciones formales que el pensamiento, por su parte, pueda pensar su identidad. Obedeced siempre, pues, cuanto más obedezcáis más dueño seréis, puesto que sólo obedeceréis a la razón pura, es decir, a vosotros mismos... Desde que la filosofía se ha atribuido el papel de fundamento, no ha cesado de bendecir los poderes establecidos y de calcar su doctrina de las facultades de los órganos de poder de Estado. El sentido común, la unidad de todas las facultades como centro del Cogito, es el consenso de Estado llevado al absoluto. Esa fue particularmente la gran operación de la ―crítica‖ kantiana, asumida y desarrollada por el hegelianismo. Kant no ha cesado de criticar los malos usos para mejor bendecir la función. No debe, pues, extrañarnos que el filósofo haya devenido profesor público o funcionario de Estado. Todo está regulado a partir del momento en que la forma-Estado inspira una imagen del pensamiento. Y a la inversa. Evidentemente, según las variaciones de esta forma, la imagen presenta perfiles diferentes: ni siempre ha representado o designado al filósofo, ni lo representará siempre. Se puede ir de una función mágica a una función racional. Con relación al Estado imperial arcaico el poeta ha podido desempeñar el papel de creador de imagen37. En los Estados modernos el sociólogo ha podido sustituir al filósofo (por ejemplo cuando Durkheim y sus discípulos han querido dar a la república un modelo laico del pensamiento). En la actualidad, el psicoanálisis, en un retorno a la magia, aspira al papel de Cogitatio universalis como pensamiento de la Ley. Existen otros rivales y pretendientes. La noología, que no se confunde con la ideología, es precisamente el estudio de las imágenes del pensamiento y de su historicidad. En cierto sentido, diríase que eso apenas tiene importancia, que la gravedad del pensamiento sólo era una broma. Pero el pensamiento sólo pide eso: que no se le tome en serio, puesto que de esa manera puede pensar mejor por nosotros, y engendrar siempre sus nuevos funcionarios; cuanto menos en serio tomen las personas al pensamiento, más piensan conforme a lo que quiere el Estado. En efecto, ¿qué hombre de Estado no ha soñado con esa pequeña cosa imposible, ser un pensador?

    Pues bien, la noología choca con contra-pensamientos cuyos actos son violentos, las apariciones discontinuas, la existencia móvil a lo largo de la historia. Son los actos de un ―pensador privado‖, por oposición al profesor público: Kierkegard, Nietzsche, o incluso Chestov... Donde quiera que habiten, aparece la estepa o el desierto. Destruyen las imágenes. Quizá el Schopenhauer educador de Nietzsche sea la mayor crítica que se haya hecho a la imagen del pensamiento, y su relación con el Estado. No obstante, ―pensador privado‖ no es una expresión satisfactoria, puesto que carga las tintas sobre una interioridad, cuando se trata de un pensamiento del afuera38. Poner el pensamiento en relación inmediata con el afuera, con las fuerzas del afuera, en resumen, convertir el pensamiento en una máquina de guerra, es una empresa extraña cuyos procedimientos precisos se pueden estudiar en Nietzsche (el aforismo, por ejemplo, es muy diferente de la máxima, pues una máxima, en la república de las letras, es como un acto orgánico de Estado o un juicio soberano, mientras que un aforismo siempre espera su sentido de una nueva

    fuerza exterior, de una última fuerza que debe conquistarlo o someterlo, utilizarlo). Pero también hay otra razón por la que ―pensador privado‖ no es una buena expresión: pues si bien es cierto que este contra-pensamiento habla de una soledad absoluta, es una soledad extraordinariamente poblada, como el propio desierto, una soledad que ya enlaza con un pueblo futuro, que invoca y espera a ese pueblo, que sólo existe gracias a él, incluso si todavía no existe... ―carecemos de esta última fuerza, a falta de un pueblo que nos empuje. Buscamos ese apoyo popular...‖ Todo pensamiento ya es una tribu, lo contrario de un Estado. Y esa forma de exterioridad para el pensamiento no es en absoluto simétrica de la forma de interioridad. Para ser más exactos, la simetría sólo podría existir entre polos o núcleos diferentes de interioridad. Pero la forma de exterioridad del pensamiento

    —la fuerza siempre exterior a sí misma o la última fuerza, la potencia— no es en modo alguno otra imagen que se opondría a la imagen que se inspira en el aparato de Estado. Al contrario, es la fuerza que destruye la imagen y sus copias, el modelo y sus reproducciones, toda posibilidad de subordinar el pensamiento a un modelo de lo Verdadero, de lo Justo o del Derecho (lo verdadero cartesiano, lo justo kantiano, el derecho hegeliano, etc.). Un ―método‖ es el espacio estriado de la cogitatio universalis, y traza un camino que debe seguirse de un punto a otro. Pero la forma de exterioridad sitúa al pensamiento en un espacio liso que debe ocupar sin poder medirlo, y para el que no hay método posible, ni reproducción concebible, sino únicamente etapas, intermezzi, reactivaciones. El pensamiento es como el Vampiro, no tiene imagen, ni para crear modelo, ni para hacer copia. En el espacio liso del Zen, la flecha ya no va de un punto a otro, sino que será recogida en un punto cualquiera, para ser reenviada a otro punto cualquiera, y tiende a permutar con el tirador y el blanco. El problema de la máquina de guerra es el del relevo, incluso con pobres medios, y no el problema arquitectónico del modelo o del monumento. Un pueblo ambulante de relevadores, en lugar de una ciudad modelo. ―La naturaleza envía al filósofo a la humanidad como una flecha; no apunta, pero confía en que la flecha quedará clavada en algún sitio. Actuando de esa manera, se equivoca infinidad de veces y siente amargura por ello. (...) Los artistas y los filósofos son un argumento contra la finalidad de la naturaleza en sus medios, aunque constituyen una excelente prueba para la sabiduría de sus fines. Nunca afectan más que a un pequeño número, cuando deberían afectar a todo el mundo, y la forma en la que el pequeño número es afectado no responde a la fuerza que ponen los filósofos y los artistas en lanzar su artillería...‖ 39

    Nosotros pensamos sobre todo en dos textos patéticos, en el sentido de que en ellos el pensamiento es verdaderamente un pathos (un antilogos y un antimuthos). El texto de Artaud, en sus cartas a Jacques Riviere, explicando que el pensamiento se ejerce a partir de un desmoronamiento central, que sólo puede vivir de su propia imposibilidad para crear forma, poniendo de relieve únicamente rasgos de expresión en un material, desarrollándose periféricamente, en un puro medio de exterioridad, en función de singularidades no universalizables, de circunstancias no interiorizables. Y también el texto de Kleist, ―A propósito de la elaboración progresiva de pensamientos al hablar‖: Kleist denuncia en él la interioridad central del concepto como medio de control, control de la palabra, de la lengua, pero

    también control de los afectos, de las circunstancias e incluso del azar. A él opone un pensamiento como proceso y desarrollo, un curioso diálogo antiplatónico, un antidiálogo entre el hermano y la hermana, en el que el uno habla antes de saber, y el otro ya ha tomado el relevo antes de haber entendido: es el pensamiento del Gemüt, dice Kleist, que procede como debería hacerlo un general en una máquina de guerra, o como un cuerpo que se carga de electricidad, de intensidad pura.

    ―Mezclo sonidos inarticulados, prolongo los términos de transición, utilizo igualmente las aposiciones justo donde no serían necesarias‖. Ganar tiempo, y quizá después renunciar, o esperar. Necesidad de no tener el control de la lengua, de ser un extranjero en su propia lengua, para que la palabra venga hacia uno y

    ―crear algo incomprensible‖. ¿Sería esa la forma de exterioridad, la relación entre el hermano y la hermana, el devenir-mujer del pensador, el devenir-pensamiento de la mujer: el Gemüt, que ya no se deja controlar, que forma una máquina de guerra? Un pensamiento que se enfrenta a fuerzas exteriores en lugar de recogerse en una forma interior, que actúa por etapas en lugar de formar una imagen, un pensamiento-acontecimiento, haecceidad, en lugar de un pensamiento-sujeto, un pensamiento-problema en lugar de un pensamiento esencia o teorema, un pensamiento que recurre a un pueblo en lugar de tomarse por un ministerio. ¿Acaso es un azar si cada vez que un ―pensador‖ lanza así una flecha, siempre hay un hombre de Estado, una sombra o una imagen de hombre de Estado que le aconseja y amonesta y quiere fijar una ―meta‖? Jacques Riviere no duda en responder a Artaud: trabaje, trabaje, todo se arreglará, llegará a encontrar un método y a expresar adecuadamente lo que con todo derecho piensa (Cogitatio universalis). Riviere no es un jefe de Estado, pero no es el último en la N.R.F. que se ha tomado por el príncipe secreto en una república de las letras o por la eminencia gris en un Estado de derecho. Lenz y Kleist se enfrentaban a Goethe, genio grandioso, verdadero hombre de Estado entre todos los hombres de letras. Pero lo peor no es eso: lo peor es cómo los propios textos de Kleist, de Artaud, acaban convirtiéndose en un monumento, e inspiran un modelo a imitar mucho más insidioso que el otro, para todos los tartamudos artificiales y los innumerables calcos que pretenden equi-pararse a ellos.

    La imagen clásica del pensamiento, y el estriaje del espacio mental que ella efectúa, aspira a la universalidad. En efecto, opera con dos ―universales‖, el Todo como último fundamento del ser u horizonte que engloba, y el Sujeto como principio que convierte el ser en ser para-nosotros40. Imperium y república. Entre uno y otro, todos los géneros de lo real y de lo verdadero encuentran su sitio en un espacio mental estriado, desde el doble punto de vista del Ser y del Sujeto, bajo la dirección de un ―método universal‖. Por eso es fácil caracterizar el pensamiento nómada que rechaza ese tipo de imagen y procede de otra forma. Pues no invoca un sujeto pensante universal, al contrario, invoca una raza singular; y no se basa en una totalidad englobante, sino que, por el contrario, se despliega en un medio sin horizonte como espacio liso, estepa, desierto o mar. Se establece aquí otro tipo de adecuación entre la raza definida como ―tribu‖ y el espacio liso definido como

    ―medio‖. Una tribu en el desierto, en lugar de un sujeto universal bajo el horizonte del Ser englobante. Kenneth White ha insistido recientemente en esa comple-

    mentaridad disimétrica entre una tribu-raza (los celtas, los que se sienten celtas) y un espacio-medio (el Oriente, el Oriente, el desierto de Gobi. ): White muestra

    cómo esa extraña combinación, el maridaje entre el celta y el Oriente, inspira un pensamiento específicamente nómada, que arrastra a la literatura inglesa y que constituirá la literatura americana41. Inmediatamente, vemos los peligros, las profundas ambigüedades que coexisten con esta empresa, como si cada esfuerzo y cada creación se confrontasen a una posible infamia. Pues: ¿cómo hacer para que el tema de una raza no se convierta en racismo, en fascismo dominante y englobante, o más simplemente en aristocratismo, o bien en secta y folklore, en microfascismo? ¿Cómo hacer para que el polo Oriente no sea un fantasma, que reactive de otra forma todos los fascismos, también todos los folklores, yoga, zen y kárate? Evidentemente, para escapar al fantasma no basta con viajar; y por supuesto, no se escapa al racismo invocando un pasado real o mítico. Pero, una vez más, los criterios de distinción son fáciles, cualesquiera que sean las mezclas de hecho que los oscurecen a tal o tal nivel, en tal o tal momento. La tribu-raza sólo existe al nivel de una raza oprimida, en nombre de una opresión que padece: toda raza es inferior, minoritaria, no hay raza dominante, una raza no se define por su pureza, sino, al contrario, por la impureza que le confiere un sistema de dominación. Bastardo y mestizo son los verdaderos nombres de la raza. Rimbaud ha dicho todo lo que había que decir sobre este punto: sólo puede apoyarse en la raza el que dice: ―siempre he sido de raza inferior, (. ) soy de raza inferior desde toda la

    eternidad, (...) heme aquí en la playa armoricana, (...) soy una bestia, un negro, (. )

    soy de una raza lejana, mis padres eran escandinavos‖. Y al igual que la raza no es algo a encontrar, el Oriente no es algo a imitar: sólo existe gracias a la construcción de un espacio liso, del mismo modo que la raza sólo existe gracias a la constitución de una tribu que la puebla y la recorre. Todo el pensamiento es un devenir, un doble devenir, en lugar de ser el atributo de un Sujeto y la representación de un Todo.


    Axioma II: La máquina de guerra es una invención de los nómadas (en la medida en que es exterior al aparato de Estado y distinta de la institución militar). Como tal, la máquina de guerra nómada tiene tres aspectos, un aspecto espacial-geográfico, un aspecto aritmético o al-gebraico, un aspecto afectivo.

    Proposición V: La existencia nómada efectúa necesariamente las condiciones de la máquina de guerra en el espacio.


    El nómada tiene un territorio, sigue trayectos habituales, va de un punto a otro, no ignora los puntos (punto de agua, de vivienda, de asamblea, etc.). Pero el problema consiste en diferenciar lo que es principio de lo que sólo es consecuencia en la vida nómada. En primer lugar, incluso si los puntos determinan los trayectos, están estrictamente subordinados a los trayectos que determinan, a la inversa de lo que sucede en el sedentario. El punto de agua sólo existe para ser abandonado, y todo punto es una etapa y sólo existe como tal. Un trayecto siempre está entre dos puntos, pero el entre-dos ha adquirido toda la consistencia, y goza tanto de una autonomía como de una dirección propias. La vida del nómada es intermezzo. In-

    cluso los elementos de su hábitat están concebidos en función del trayecto que constantemente los moviliza42. El nómada no debe confundirse con el migrante, pues el migrante va fundamentalmente de un punto a otro, incluso si ese otro punto es dudoso, imprevisto o mal localizado. Pero el nómada sólo va de un punto a otro como consecuencia y necesidad de hecho: en principio, los puntos son para él etapas en un trayecto. Los nómadas y los migrantes pueden combinarse de muchas maneras, o formar un conjunto común; no por ello dejan de tener causas y condiciones muy diferentes (por ejemplo, los que se unen a Mahoma en Medina tienen la posibilidad de elegir entre un juramento nómada o beduino, y un juramento de héjira o de emigración) 43. En segundo lugar, por más que el trayecto nómada siga pistas o caminos habituales, su función no es la del camino sedentario, que consiste en distribuir a los hombres en un espacio cerrado, asignando a cada uno su parte y regulando la comunicación entre las partes. El trayecto nómada hace lo contrario, distribuye los hombres (o los animales) en un espacio abierto, indefinido, no comunicante. El nomos ha acabado por designar la ley, pero sobre todo porque era distribución, modo de distribución. Pues bien, es una distribución muy especial, sin reparto, en un espacio sin fronteras ni cierre. El nomos es la consistencia de un conjunto difuso: en ese sentido, se opone a la ley, o a la polis, como un arrière-pays, un flanco de una montaña o el espacio difuso que rodea a una ciudad (―o bien nomos, o bien polis”) 44. En tercer lugar, hay, pues, una gran diferencia de espacio: el espacio sedentario es estriado, por muros, lindes y caminos entre las lindes, mientras que el espacio nómada es liso, sólo está marcado por ―trazos‖ que se borran y se desplazan con el trayecto. Incluso las capas del desierto se deslizan unas sobre otras produciendo un sonido inimitable. El nómada se distribuye en un espacio liso, ocupa, habita, posee ese espacio, ese es su principio territorial. Definir al nómada por el movimiento es igualmente falso. Toynbee tiene toda la razón cuando sugiere que el nómada es más bien aquel que no se mueve. Mientras que el migrante abandona un medio que ha devenido amorfo o ingrato, el nómada es aquel que no se va, que no quiere irse, que se aferra a ese espacio liso en el que el bosque recula, en el que la estepa o el desierto crecen, e inventa el nomadismo como respuesta a ese desafío 45. Evidentemente, el nómada se mueve, pero está sentado, sólo está sentado cuando se mueve (el beduino al galope, arrodillado sobre la silla, sentado sobre la planta de sus pies, ―proeza de equilibrio‖). El nómada sabe esperar, tiene una paciencia infinita. Inmovilidad y velocidad, catatonía y precipitación, ―proceso estacionario‖, la pausa como proceso, estos rasgos de Kleist son fundamentalmente los del nómada. Pero hay que distinguir la velocidad y el movimiento: el movimiento puede ser muy rápido, pero no por ello es velocidad; la velocidad puede ser muy lenta, o incluso inmóvil, sin embargo, sigue siendo velocidad. El movimiento es extensivo, y la velocidad intensiva. El movimiento designa el carácter relativo de un cuerpo considerado como ―uno‖, y que va de un punto a otro; la velocidad, por el contrario, constituye el carácter absoluto de un cuerpo cuyas partes irreductibles (átomos) ocupan o llenan un espacio liso a la manera de un torbellino, con la posibilidad de surgir en cualquier punto (no debe, pues, extrañarnos que se hayan podido invocar viajes espirituales que se hacían sin movimiento relativo, sino en intensidades in situ: forman parte del nomadismo). En resumen, se dirá

    por convención que sólo el nómada tiene un movimiento absoluto, es decir, una velocidad; el movimiento en torbellino o giratorio pertenece esencialmente a su máquina de guerra.

    En ese sentido, el nómada no tiene puntos, trayectos ni tierra, aunque evidentemente los tenga. Si el nómada puede ser denominado el Desterritorializado por excelencia es precisamente porque la reterritorialización no se hace después, como en el migrante, ni en otra cosa, como en el sedentario (en efecto, la relación del sedentario con la tierra está mediatizada por otra cosa, régimen de propiedad, aparato de Estado...). Para el nómada, por el contrario, la desterritorialización constituye su relación con la tierra, por eso se reterritorializa en la propia desterritorialización. La tierra se desterritorializa ella misma, de tal manera que el nómada encuentra en ella un territorio. La tierra deja de ser tierra, y tiende a devenir un simple suelo o soporte. La tierra no se desterritorializa en su movimiento global y relativo, sino en lugares precisos, allí donde el bosque retrocede y la estepa y el desierto progresan. Hubac tiene razón cuando dice que el nomadismo no se explica tanto por una variación universal de los climas (que remitiría más bien a migraciones) como por una ―divagación de los climas locales‖46. El nómada aparece ahí, en la tierra, cada vez que se forma un espacio liso que mina y tiende a crecer en todas direcciones. El nómada habita esos lugares, se mantiene en esos lugares, y él mismo los hace crecer en el sentido en el que se constata que el nómada crea el desierto en la misma medida en que es creado por él. El nómada es un vector de desterritorialización. Añade el desierto al desierto, la estepa a la estepa, mediante una serie de operaciones locales cuya orientación y dirección no cesan de variar47. El desierto de arena no sólo implica oasis, que son como puntos fijos, sino también vegetaciones rizomáticas, temporales y móviles en función de lluvias locales, y que determinan cambios de orientación de los trayectos48. El desierto de arena y el de hielo se describen en los mismos términos: en ellos ninguna línea separa la tierra y cielo; no existe distancia intermedia, perspectiva ni contorno, la visibilidad es limitada; y sin embargo, hay una topología extraordinariamente fina, que no se basa en puntos u objetos, sino en haecceidades, en conjuntos de relaciones (vientos, ondulaciones de la nieve o de la arena, canto de la arena o chasquido del hielo, cualidades táctiles de ambos); es un espacio táctil, o más bien

    ―háptico‖, y un espacio sonoro, mucho más que visual. 49. La variabilidad, la po-

    livocidad de las direcciones es un rasgo esencial de los espacios lisos, del tipo rizoma, y que modifica su cartografía. El nómada, el espacio nómada, es localizado, no delimitado. Lo que sí es limitado, y a la vez limitante, es el espacio estriado, lo global relativo: es limitado en sus partes, a las que corresponden direcciones constantes, que están orientadas las unas respecto a las otras, divisibles por fronteras, y componibles conjuntamente; y lo limitante (limes o muralla, y ya no frontera), es ese conjunto respecto a los espacios lisos que ―contiene‖, cuyo crecimiento frena o impide, y que restringe o deja fuera. Incluso cuando sufre su efecto, el nómada no pertenece a ese global relativo en el que se pasa de un punto a otro, de una región a otra. Más bien está en un absoluto local, un absoluto que tiene su manifestación en lo local, y su gestación en la serie de operaciones locales de orientaciones diversas: el desierto, la estepa, el hielo, el mar.

    ¿Una de las características más generales de la religión no es hacer que lo absoluto aparezca en un lugar (sin perjuicio de debatir a continuación la naturaleza de la aparición y la legitimidad o no de las imágenes que la reproducen)? Pero el lugar sagrado de la religión es fundamentalmente un centro, que rechaza el nomos oscuro. Lo absoluto de la religión es esencialmente horizonte que engloba, y si aparece en el lugar es para fijar en lo global un centro sólido y estable. Se ha señalado a menudo el papel englobante de los espacios lisos, desierto, estepa u océano, en el monoteísmo. En resumen, la religión transforma lo absoluto. En ese sentido, la religión es una pieza del aparato de Estado (y lo es bajo las dos formas, la del ―lazo‖ y la del ―pacto o alianza‖), incluso si tiene la capacidad de convertir ese modelo en universal o de constituir un Imperium absoluto. Pues bien, para el nómada las cosas se plantean de otra forma: en efecto, el lugar no está delimitado; lo absoluto no aparece, pues, en el lugar, sino que se confunde con el lugar no limitado; la unión de los dos, del lugar y de lo absoluto, no consiste en una globalización o una universalización centradas, orientadas, sino en una sucesión infinita de operaciones locales. Si continuamos con esta oposición de puntos de vista constataremos que los nómadas no son un buen terreno para la religión; en el hombre de guerra siempre se da una ofensa contra el sacerdote o contra el dios. Los nómadas tienen un ―monoteísmo‖ difuso, literalmente vagabundo, les basta con eso, con flujos ambulantes. Los nómadas tienen un sentido de lo absoluto, pero singularmente ateo. Las religiones universalistas que han tenido algo que ver con los nómadas —Moisés, Mahoma, incluso el cristianismo con la herejía nes-toriana— siempre han tenido problemas a este respecto, chocaban con lo que ellas llamaban una obstinada impiedad. En efecto, esas religiones eran inseparables de una orientación firme y constante, de un Estado imperial de derecho, incluso y sobre todo en ausencia de un Estado de hecho; promovían un ideal de sedentarización, y se dirigían a las componentes migrantes más que a las componentes nómadas. Incluso el Islam, en sus inicios, privilegia el tema de la hégira o de la migración respecto al nomadismo; si ha arrastrado a los nómadas árabes o bere-beres ha sido más bien gracias a ciertos cismas (por ejemplo, el kharidjismo) 50.

    No obstante, una simple oposición de puntos de vista, religión-nomadismo, no es exhaustiva. Pues, en lo más profundo de su tendencia a proyectar sobre todo el ecumene un Estado universal o espiritual, la religión monoteísta no carece de ambivalencia ni de márgenes, y desborda incluso los límites ideales de un Estado, incluso imperial, para entrar en una zona más imprecisa, un afuera de los Estados en el que tiene la posibilidad de una mutación, de una adaptación muy particular. Es la religión como elemento de una máquina de guerra, y la idea de la guerra santa como motor de esa máquina. Frente al personaje estatal del rey y el personaje religioso del sacerdote, el profeta traza el movimiento gracias al cual una religión deviene máquina de guerra o se pone de parte de esa máquina. Se ha dicho a menudo que el Islam y el profeta Mahoma habían realizado esa conversión de la religión, y constituido un verdadero espíritu de cuerpo: según la fórmula de Georges Bataille, ―el naciente Islam, sociedad reducida a la empresa militar‖. Eso es lo que invoca Occidente para justificar su antipatía hacia el Islam. Sin embargo, las Cruzadas supusieron una aventura de ese tipo, específicamente cristiana. Pues

    bien, los profetas se esfuerzan inútilmente en condenar la vida nómada; la máquina de guerra religiosa se esfuerza inútilmente en privilegiar el movimiento de la migración y el ideal del asentamiento; la religión en general se esfuerza inútilmente en compensar su desterritorialización específica con una reterritorialización espiritual e incluso física, que con la guerra santa adquiere el aspecto bien dirigido de una conquista de los Santos Lugares como centro del mundo. A pesar de todo eso, cuando la religión se constituye en máquina de guerra, moviliza y libera una formidable carga de nomadismo o de desterritorialización absoluta, y refuerza al migrante con un nómada que lo acompaña, o con un nómada potencial a punto de devenirlo, por último, vuelve contra la forma-Estado su sueño de un Estado ab-soluto.51 Y esa inversión forma parte de la ―esencia‖ de la religión tanto como ese sueño. La historia de las Cruzadas está atravesada por la más sorprendente serie de variación de direcciones: la firme orientación de los Santos Lugares como centro a alcanzar, diríase que a menudo sólo es un pretexto. Pero para explicarlo sería todo un error invocar al papel de la codicia o de los factores económicos, comerciales o políticos que desviarían la Cruzada de su puro camino. Pues la idea de Cruzada implica en sí misma esa variabilidad de direcciones, quebradas, cambiantes, posee intrínsecamente todos esos factores o todas esas variables a partir del momento en que convierte a la religión en una máquina de guerra y, a la vez, utiliza y suscita el correspondiente nomadismo52. Hasta tal punto esto es cierto que la necesidad de una distinción más rigurosa entre sedentarios, migrantes, nómadas, no impide las combinaciones de hecho; al contrario, las hace a su vez tanto más necesarias. Y no se puede considerar el proceso general de sedentarización que ha vencido a los nómadas sin tener presente también las oleadas de nomadización local que arrastraron a los sedentarios y reforzaron a los migrantes (fundamentalmente gracias a la religión).

    El espacio liso o nómada está entre dos espacios estriados: el del bosque, con sus verticales de gravedad; el de la agricultura, con su cuadriculado y sus paralelas generalizadas, su arborescencia devenida independiente, su arte de extraer el árbol y la madera del bosque. Pero ―entre‖ significa que el espacio liso está controlado por esos dos lados que lo limitan, que se oponen a su desarrollo y le asignan, en la medida de lo posible, un papel de comunicación, pero también, por el contrario, que se vuelve contra ellos, minando por un lado el bosque, ganando por otro las tierras cultivadas, afirmando una fuerza no comunicante o de desviación, como un

    ―claro‖ que avanza. Los nómadas se vuelven primero contra los habitantes del bosque y los de las montañas, luego se precipitan sobre los agricultores. Se produce ahí algo así como el reverso o el afuera de la forma-Estado —pero, ¿en qué sentido? Esa forma, como espacio global y relativo, implica un cierto número de componentes: bosque-roturación; agricultura-rastrillado; ganadería subordinada al trabajo agrícola y a la alimentación sedentaria; conjunto de comunicaciones ciudad-campo (polis-nomos) como fundamento del comercio. Cuando los historiadores se interrogan sobre las razones de la victoria de Occidente sobre Oriente, invocan principalmente las siguientes características desfavorables en general a Oriente: desmonte más bien que roturación, de donde derivan grandes dificultades para extraer o incluso procurarse la madera; agricultura de tipo ―arrozal y

    huerto‖ más bien que arborescencia y campo; ganadería, que escapa en gran parte al control de los sedentarios, por eso éstos carecen de fuerza animal y de alimentación cárnica; escasa comunicación entre el campo y la ciudad, cuyo resultado es un comercio mucho menos flexible53. Evidentemente, de todo ésto no hay que deducir que la forma-Estado no existe en Oriente. Al contrario, para mantener y reunir las diversas componentes, sobre las que actúan vectores de fuga, hace falta una instancia más dura. Los Estados siempre tienen la misma composición; si tan siquiera hay una verdad en la filosofía política de Hegel, esa es que ―todo Estado contiene en sí mismo los momentos esenciales de su existencia‖. Los Estados no sólo están compuestos de hombres, sino también de bosques, campos o huertos, animales y mercancías. Hay una unidad de composición de todos los Estados, pero los Estados no tienen ni el mismo desarrollo ni la misma organización. En Oriente, las componentes están mucho más fragmentadas, separadas, lo que supone una gran Forma inmutable para lograr mantenerlas juntas: las ―formaciones despóti-cas‖, asiáticas o africanas, estarán sacudidas por constantes revueltas, secesiones, cambios dinásticos, pero que no afectan a la inmutabilidad de la forma. Por el contrario, la complejidad de las componentes hace posible en Occidente transformaciones de la forma-Estado mediante revoluciones. Bien es verdad que la idea de revolución es ambigua; es occidental en la medida en que remite a una transformación del Estado; pero es oriental en la medida en que proyecta una destrucción, una abolición del Estado54. Pues los grandes imperios de Oriente, de Africa y de América, se enfrentan a amplios espacios lisos que los atraviesan y mantienen separaciones entre sus componentes (el nomos no deviene campo, el campo no comunica con la ciudad, los nómadas se ocupan de la ganadería mayor, etc.): hay una confrontación directa entre el Estado de Oriente y una máquina de guerra nómada. Esta máquina de guerra podrá adoptar la vía de la integración, y proceder únicamente por rebelión y cambio dinástico; no obstante, en tanto que nómada, inventa el sueño y la realidad abolicionistas. Los Estados de Occidente están mucho más protegidos en su espacio estriado, por eso tienen mucha más libertad para mantener sus componentes, y sólo se enfrentan a los nómadas indirectamente, mediante migraciones que éstos desencadenan o cuya apariencia toman 55.

    Una de las tareas fundamentales del Estado es la de estriar el espacio sobre el que reina, o utilizar espacios lisos como un medio de comunicación al servicio de un espacio estriado. Para cualquier Estado no sólo es vital vencer el nomadismo, sino también controlar las migraciones, y, más generalmente, reivindicar una zona de derechos sobre todo un ―exterior‖, sobre el conjunto de flujos que atraviesan el ecumene. En efecto, el Estado es inseparable, allí donde puede, de un proceso de captura de flujos de todo tipo, de poblaciones, de mercancías o de comercio, de dinero o de capitales, etc. Pero se necesitan trayectos fijos, de direcciones bien determinadas, que limiten la velocidad, que regulen las circulaciones, que relativicen el movimiento, que midan detalladamente los movimientos relativos de los sujetos y objetos. De ahí la importancia de la tesis de Paul Virilio, cuando muestra que ―el poder político del Estado es polis, policía, es decir, red de comunicación‖, y que

    ―las puertas de la ciudad, sus fielatos y sus aduanas son barreras, filtros para la

    fluidez de las masas, para la capacidad de penetración de las manadas migratorias‖, personas, animales y bienes56. Gravedad, gravitas, es la esencia del Estado. No es que el Estado ignore la velocidad; pero tiene necesidad de que incluso el movimiento más rápido deje de ser el estado absoluto de un móvil que ocupa un espacio liso, para devenir el carácter relativo de un ―movido‖ que va de un punto a otro en un espacio estriado. En ese sentido, el Estado no cesa de descomponer, recomponer y transformar el movimiento, o regular la velocidad. El Estado como inspector de caminos, transformador o échangeur routier: papel del ingeniero a este respecto. La velocidad o el movimiento absoluto no carecen de leyes, pero esas leyes son las del nomos, del espacio liso que lo despliega, de la máquina de guerra que lo puebla. Si los nómadas han creado la máquina de guerra fue porque inventaron la velocidad absoluta, como ―sinónimo‖ de velocidad. Y siempre que se produce una acción contra el Estado, indisciplina, sublevación, guerrilla o revolución como acto, diríase que una máquina de guerra resucita, que un nuevo potencial nomádico surge, con reconstitución de un espacio liso o de una manera de estar en el espacio como si fuera liso (Virilio recuerda la importancia del tema se-dicioso o revolucionario ―ocupar la calle‖). En ese sentido, la respuesta del Estado es estriar el espacio, contra todo lo que amenaza con desbordarlo. El Estado no se ha apropiado de la máquina de guerra sin darle la forma del movimiento relativo: por ejemplo, con el modelo fortaleza como regulador de movimiento, y que fue precisamente el obstáculo que encontraron los nómadas, el escollo y la defensa contra la que venía a estrellarse el movimiento turbulento absoluto. Y a la inversa, cuando un Estado no logra estriar su espacio interior o contiguo, los flujos que lo atraviesan adquieren necesariamente el aspecto de una máquina de guerra dirigida contra él, desplegada en un espacio liso hostil o rebelde (incluso si otros Estados pueden introducir en él sus estrías). Esa fue la aventura de China que, hacia el siglo XIV, y a pesar de su gran nivel técnico en navíos y navegación, es apartada de su inmenso espacio marítimo, ve entonces cómo los flujos comerciales se vuelven contra ella y se alían con la piratería, y sólo puede reaccionar con una política de inmovilidad, de restricción masiva del comercio, que refuerza la relación de éste con una máquina de guerra57.

    La situación es aún mucho más complicada de lo que nosotros decimos. El mar es quizá el principal de los espacios lisos, el modelo hidráulico por excelencia. Pero el mar también es, de todos los espacios lisos, el que primero se intenta estriar, transformar en un anexo de la tierra, con caminos fijos, direcciones constantes, movimientos relativos, toda una contrahidráulica de los canales o conductos. Una de las razones de la hegemonía de Occidente fue la capacidad que tuvieron sus aparatos de Estado para estriar el mar, conjugando las técnicas del Norte y las del Mediterráneo, y anexionándose el Atlántico. Pero esta empresa conduce al resultado más inesperado: la multiplicación de los movimientos relativos, la intensificación de las velocidades relativas en el espacio estriado, acaba por reconstituir un espacio liso o un movimiento absoluto. Como lo señala Virilio, el mar será el lugar del fleet in being, en el que ya no se va de un punto a otro, sino que se ocupa todo el espacio a partir de un punto cualquiera: en lugar de estriar el espacio, se le ocupa con un vector de desterritorialización en constante movimiento. Y del mar,

    esta estrategia moderna, pasará al aire como nuevo espacio liso, pero también a toda la Tierra considerada como un desierto o como un mar. Transformador y capturador, el Estado no sólo relativiza el movimiento, sino que vuelve a producir movimiento absoluto. No sólo va de lo liso a lo estriado, sino que vuelve a producir espacio liso, vuelve a producir liso al final del estriado. Es cierto que este nuevo nomadismo acompaña a una máquina de guerra mundial cuya organización desborda los aparatos de Estado, está presente en complejos energéticos, militares-industriales, multinacionales. Todo esto para recordar que el espacio liso y la forma de exterioridad no tienen una vocación revolucionaria irresistible, sino que, por el contrario, cambian singularmente de sentido según las interacciones a las que se ven sometidos y las condiciones concretas de su ejercicio o de su establecimiento (por ejemplo, cómo la guerra total y la guerra popular, o incluso la guerrilla, se prestan sus métodos) 58.


    Proposición IV: La existencia nómada implica necesariamente los elementos numéricos de una máquina de guerra.


    Decenas, centenas, millares, miríadas: todos los ejércitos retendrán estos agrupamientos decimales, hasta el punto de que cada vez que los encontremos podemos prejuzgar una organización militar. ¿No es así cómo el ejército desterritorializa sus soldados? El ejército está compuesto de unidades, de compañías y de divisiones. Los Números pueden cambiar de función, de combinación, entrar en estrategias completamente diferentes, pero siempre existe esa relación del Número con la máquina de guerra. No es un problema de cantidad, sino de organización o de composición. El Estado no crea un ejército sin aplicar este principio de organización numérica; en realidad, adopta este principio, al mismo tiempo que se apodera de la máquina de guerra. Pues una idea tan curiosa —la organización numérica de los hombres—, pertenece primero a los nómadas. Los hicsos, conquistadores nómadas, la aportan a Egipto; y cuando Moisés la aplica a su pueblo en éxodo, sigue el consejo de su suegro nómada Jetro el Cananeo, y lo hace para constituir una máquina de guerra, tal como el Libro de los Números describe sus elementos. El nomos es en primer lugar numérico, aritmético. Cuando al geometrismo griego se opone un aritmetismo indio-árabe, se ve perfectamente que éste implica un nomos que se opone al logos: no porque los nómadas ―creen‖ la aritmética o el álgebra, sino porque la aritmética o el álgebra surgen en un mundo predominantemente nómada.

    Hasta el presente conocemos tres grandes tipos de organización de los hombres: de linaje, territorial y numérica. La organización de linaje permite definir las llamadas sociedades primitivas. Los linajes clánicos son esencialmente segmentos en acto, que se funden o se escinden, variables según el ancestro considerado, según las tareas y las circunstancias. Evidentemente, el número desempeña un gran papel en la determinación de linaje o en la creación de nuevos linajes. La tierra también, puesto que una segmentaridad tribal viene a reforzar la segmentaridad ciánica. Pero la tierra es sobre todo la materia en la que se inscribe la dinámica de los linajes, y el número, un medio de inscripción: los linajes escriben sobre la tierra

    y con el número, constituyendo una especie de ―geodesia‖. En las sociedades con Estado las cosas son completamente diferentes: generalmente se dice que el principio territorial deviene dominante. También se podría hablar de desterritorialización, puesto que la tierra deviene objeto, en lugar de ser el elemento material activo que se combina con el linaje. La propiedad es precisamente la relación desterritorializada del hombre con la tierra: ya sea porque la propiedad constituye el bien del Estado que se superpone a la posesión subsistente de una comunidad de linaje, ya sea porque deviene el bien de hombres privados que constituyen la nueva comunidad. En los dos casos (y según los dos polos del Estado), existe como una sobrecodificación de la tierra que sustituye a la geodesia. Por supuesto, los linajes siguen teniendo una gran importancia, y los números desarrollan la suya. Pero ahora pasa a primer plano una organización ―territorial‖, en el sentido de que todos los segmentos, de linaje, de tierra y de número, están incluidos en un espacio astronómico o en una extensión geométrica que los sobrecodifica. Esto no se produce de la misma manera en el Estado imperial arcaico y en los Estados modernos. El Estado arcaico engloba un spatium piramidal, espacio diferenciado, en profundidad y con niveles, mientras que los Estados modernos (a partir de la ciudad griega) desarrollan una extensio homogénea, con centro inmanente, con partes divisibles homologas, con relaciones simétricas y reversibles. Y no sólo los dos modelos, astronómico y geométrico, se combinan íntimamente, sino que incluso cuando son supuestamente puros, cada uno de ellos implica una subordinación de los linajes y de los números a esta potencia métrica, tal como aparece, bien en el spatium imperial, bien en la extensio política59. La aritmética, el número, han tenido siempre un papel decisivo en el aparato de Estado: ya era así en la burocracia imperial, con las tres operaciones conjugadas del empadronamiento, del censo y de la elección. Con mayor motivo, las formas modernas del Estado no se han desarrollado sin utilizar todos los cálculos que surgían en la frontera entre la ciencia matemática y la técnica social (todo un cálculo social como fundamento de la economía política, de la demografía, de la organización del trabajo, etc.). Este elemento aritmético de Estado ha encontrado su poder específico en el tratamiento de cualquier tipo de materias: materias primas, materias secundarias de los objetos elaborados, o la última materia constituida por la población humana. El número siempre ha servido así para dominar la materia, para controlar sus variaciones y sus movimientos, es decir, para someterlos al marco espacio-temporal del Estado, —bien spatium imperial, bien extensio moderna—60. El Estado tiene un principio territorial o de desterritorialización, que relaciona el número con magnitudes métricas (teniendo en cuenta métricas cada vez más complejas que efectúan la sobrecodificación). Nosotros no pensamos que el Número haya podido encontrar ahí las condiciones de una independencia o de una autonomía, aunque sí haya encontrado todos los factores de su desarrollo.

    El Número numerante, es decir, la organización aritmética autónoma, no implica ni un grado de abstracción superior ni cantidades muy grandes. Tan sólo remite a condiciones de posibilidad que constituyen el nomadismo, y a condiciones de efectuación que constituyen la máquina de guerra. En los ejércitos de Estado se planteará el problema de un tratamiento de las grandes cantidades, en relación con

    otras materias, pero la máquina de guerra actúa con pequeñas cantidades que trata mediante números numerantes. En efecto, esos números aparecen desde el momento en que se distribuye algo en el espacio, en lugar de repartir el espacio o de distribuirlo. El número deviene sujeto. La independencia del número con relación al espacio no procede de la abstracción, sino de la naturaleza concreta del espacio liso, que es ocupado sin ser contado. El número ya no es un medio para contar ni medir, sino para desplazar: es lo que se desplaza en el espacio liso. Sin duda, el espacio liso tiene su geometría; pero es, ya lo hemos visto, una geometría menor, operatoria, del trazo. Precisamente el número es tanto más independiente del espacio cuanto que éste es independiente de una métrica. La geometría como ciencia real tiene poca importancia en la máquina de guerra (sólo la tiene en los ejércitos de Estado, para las fortificaciones sedentarias, pero lleva a los generales a severas derrotas) 61. El número deviene principio cada vez que ocupa un espacio liso, y se despliega en él como sujeto, en lugar de medir un espacio estriado. El número es el ocupante móvil, el mueble en el espacio liso, por oposición a la geometría de lo inmueble en espacio estriado. La unidad numérica nómada es el fuego ambulante, no la tienda, todavía demasiado inmobiliaria: ―El fuego triunfa sobre la yurta‖. El número numerante ya no está subordinado a determinaciones métricas o a dimensiones geométricas, sólo mantiene una relación dinámica con direcciones geográficas: es un número direccional, y no dimensional o métrico. La organización nómada es indisolublemente aritmética y direccional; siempre cantidad, decenas, centenas; siempre dirección, derecha, izquierda: el jefe numérico es también un jefe de la derecha o de la izquierda 62. El número numerante es rítmico, no armónico, no es de cadencia o de medida: sólo se camina cadenciosamente en los ejércitos de Estado, y para la disciplina y el desfile; pero la organización numérica autónoma encuentra su sentido en otra parte, cada vez que hay que establecer un orden de desplazamiento en estepa, en desierto, —allí donde los linajes forestales y las figuras de Estado pierden su pertinencia—. ―Progresaba según el ritmo quebrado que imitaba los ecos naturales del desierto, engañando al que estaba al acecho de los ruidos regulares de lo humano. Como todos los Fremen, había sido educado en el arte de esa marcha. Había sido condicionado hasta tal punto que ya no tenía necesidad de pensar en ello, y sus pies parecían moverse por sí solos según ritmos no mesurables‖63. Con la máquina de guerra y en la existencia nómada, el número deja de ser numerado para devenir Cifra, y como tal constituye el ―espíritu de cuerpo‖, e inventa el secreto, y las consecuencias del secreto (estrategia, espionaje, astucia, emboscada, diplomacia, etc.).

    Número numerante, mueble, autónomo, direccional, rítmico, cifrado: la máquina de guerra es como la consecuencia necesaria de la organización nómada (Moisés la experimentará con todas sus consecuencias). En la actualidad se ha criticado demasiado rápido esta organización numérica denunciando en ella una sociedad militar o incluso concentracionaria, en la que los hombres ya sólo son

    ―números‖ desterritorializados. Pero eso es falso. Si comparamos los horrores, la organización numérica de los hombres no es verdaderamente más cruel que la de los linajes o la de los Estados. Tratar a los hombres como números no es forzosamente peor que tratarlos como árboles que se tallan, o figuras geométricas que se

    recortan y modelan. Es más, la utilización del número como cifra, como elemento estadístico, es propia del número numerado de Estado, no del número numerante. Y el mundo concentracionario opera tanto por linajes y territorios como por numeración. El problema no es, pues, el de lo bueno y el de lo malo, sino el de la especificidad. La especificidad de la organización numérica procede del modo de existencia nómada y de la función-máquina de guerra. El número numerante se opone a la vez a los códigos de linajes y a la sobrecodificación de Estado. La composición aritmética va por un lado a seleccionar, a extraer de los linajes los elementos que entrarán en el nomadismo y la máquina de guerra; por otro, los dirigirá contra el aparato de Estado, opondrá una máquina y una existencia al aparato de Estado, trazará una desterritorialización que atraviesa a la vez las territorialidades de linajes y el territorio o la desterritorialidad de Estado.

    El número numerante, nómada o de guerra, tiene una primera característica: siempre es complejo, es decir, articulado. Complejo de números cada vez. Por eso precisamente no implica en modo alguno grandes cantidades homogeneizadas, como los números de Estado o el número numerado, sino que produce su efecto de inmensidad gracias a su sutil articulación, es decir, gracias a su distribución de heterogeneidad en un espacio libre. Incluso los ejércitos de Estado, en el momento en que se tratan de grandes números, no abandonan este principio (a pesar del predomino de la ―base‖ 10). La legión romana es un número articulado de números, de tal forma que los segmentos devienen móviles, y las figuras geométricas, cambiantes, de transformación. Y el número complejo o articulado no sólo compone hombres, sino necesariamente armas, animales y vehículos. La unidad aritmética de base es, pues, una unidad de agenciamiento: por ejemplo, hombre-caballo-arco, 1 x 1 x 1, según la fórmula que dio el triunfo a los escitas; y la fórmula se complica en la medida en que ciertas ―armas‖ agencian o articulan varios hombres y animales, por ejemplo el carro de dos caballos y de dos hombres, uno para conducir y otro para lanzar, 2 x l x 2 = l ; o bien el célebre escudo de doble empuñadura, de la reforma hóplita, que une cadenas humanas. Por pequeña que sea la ―unidad‖, es articulada. El número numerante siempre está en varias bases a la vez. Pero todavía hay que tener en cuenta relaciones aritméticas externas, aunque contenidas en el número, que expresan la proporción de los combatientes entre los miembros de un linaje o de una tribu, el papel de las reservas y de los depósitos, del mantenimiento de los hombres, cosas y animales. La logística es el arte de estas relaciones externas, que pertenecen a la máquina de guerra no menos que las relaciones internas de la estrategia, es decir, las composiciones de unidades combatientes entre sí. Ambas constituyen la ciencia de la articulación de los números de guerra. Todo agenciamiento implica este aspecto estratégico y este aspecto logístico.

    Pero el número numerante tiene una segunda característica más secreta. La máquina de guerra presenta siempre un extraño proceso de replicación o de redoblamiento aritmético, como si operase con dos series no simétricas y desiguales. En efecto, por un lado, los linajes o tribus están organizados y modificados numéricamente; la composición numérica se superpone a los linajes para hacer prevalecer el nuevo principio. Por otro, al mismo tiempo, algunos hombres son ex-

    traídos de cada linaje para formar un cuerpo numérico especial. Como si la nueva composición numérica del cuerpo-linaje no pudiese triunfar sin constituir un cuerpo específico a su vez numérico. Creemos que éste no es un fenómeno accidental, sino un constituyente esencial de la máquina de guerra, una operación que condiciona la autonomía del número: es necesario que el número del cuerpo tenga por correlato un cuerpo del número, es necesario que el número se desdoble según dos operaciones complementarias. El cuerpo social no es numerizado sin que el número no forme un cuerpo especial. Cuando Gengis Khan crea su gran composición de estepa, organiza numéricamente los linajes y los combatientes de cada linaje, sometidos a cifras y a jefes (decenas y decurión, centenas y centurión, millares y quiliarcas). Pero también extrae de cada linaje aritmetizado un número reducido de hombres que van a constituir su guardia personal, es decir, una formación dinámica de estado mayor, de comisarios, mensajeros y diplomáticos (“antrustions”) 64. Una cosa va unida a la otra: doble desterritorialización, en la que la segunda está elevada a una potencia mayor. Cuando Moisés crea su gran composición de desierto, en la que más que la influencia de Yahvé sufre necesariamente la influencia nómada, recensa y organiza numéricamente cada tribu; pero también promulga una ley según la cual los primogénitos de cada tribu, en ese momento, pertenecen por derecho a Yahvé; y como estos primogénitos son evidentemente demasiado pequeños, su papel en el Número será transferido a una tribu especial, la de los Levitas, que proporcionará el cuerpo del Número o la guardia especial del arca; y como los Levitas son menos numerosos que los nuevos primogénitos en el conjunto de la tribus, estos primogénitos excedentarios deberán ser comprados de nuevo por las tribus, bajo la forma del pago de un impuesto (lo que nos lleva a un aspecto fundamental de la logística). La máquina de guerra no podría funcionar sin esta doble serie: es necesario que la composición numérica sustituya a la organización de linaje, pero que a la vez también conjure la organización territorial de Estado. En la máquina de guerra, el poder se define según esta doble serie: ya no depende de los segmentos y de los centros, de la resonancia eventual de los centros y de la sobrecodificación de los segmentos, sino de esas relaciones internas al Número, independientes de la cantidad. De ahí derivan también las tensiones o las luchas de poder: entre las tribus y los Levitas de Moisés, entre los “noyans” y los “antrustions” de Gengis. No se trata simplemente de una protesta de los linajes que desearían recuperar su antigua autonomía, ni tampoco de la prefiguración de una lucha en torno a un aparato de Estado: es la tensión propia de una máquina de guerra, de su poder especial, y de la limitación particular del poder del ―jefe‖.

    La composición numérica, o el número numerante, implica, pues, varias operaciones: aritmetización de los conjuntos iniciales (los linajes); reunión de los subconjuntos extraídos (constitución de decenas, centenas, etc.); formación por sustitución de otro conjunto en correspondencia con el conjunto reunido (el cuerpo especial). Pues bien, esta última operación implica la máxima variedad y originalidad de la existencia nómada. Hasta el extremo de que volvemos a encontrar el problema incluso en los ejércitos de Estado, cuando el Estado se apropia de la máquina de guerra. En efecto, si la aritmetización del cuerpo social

    tiene como correlato la formación de un cuerpo especial distinto, a su vez aritmético, ese cuerpo especial se puede componer de varias maneras: 1) con un linaje o una tribu privilegiados, cuyo predominio adquiere como consecuencia un nuevo sentido (el caso de Moisés con los Levitas); 2) con representantes de cada linaje que, como consecuencia, sirven también de rehenes (los primogénitos: este sería más bien el caso asiático o Gengis); 3) con un elemento completamente diferente exterior a la sociedad de base, esclavos, extranjeros o de otra religión (ese era ya el caso del régimen sajón, en el que el rey componía su cuerpo especial con esclavos francos; pero sobre todo es el caso del Islam, hasta el punto de inspirar una categoría sociológicamente específica de ―esclavitud militar‖: los mamelucos de Egipto, esclavos originarios de la estepa o del Cáucaso, comprados muy jóvenes por el sultán, o bien los jenízaros otomanos, procedentes de las comunidades cristianas) 65. ¿No es ese el origen de un tema importante, ―los nómadas raptores de niños‖? Vemos perfectamente, sobre todo en el último caso, cómo el cuerpo especial se constituye como elemento determinante de poder en la máquina de guerra. Pues la máquina de guerra y la existencia nómada tienen necesidad de conjurar dos cosas a la vez: un retorno de la aristocracia de linaje, pero también una formación de funcionarios imperiales. Pero todo se complica porque el propio Estado a menudo se ha visto obligado a utilizar esclavos como altos funcionarios: veremos que no es por las mismas razones, y que las dos corrientes se han reunido en los ejércitos, pero a partir de dos fuentes distintas. Pues el poder de los esclavos, de los extranjeros, de los raptados, en una máquina de guerra de origen nómada, es muy diferente de las aristocracias de linaje, pero también de los funcionarios y burócratas de Estado. Son ―comisarios‖, emisarios, diplomáticos, espías, estrategas y logistas, a veces herreros. Su existencia no se explica por ―el capricho del sultán‖. Al contrario, el posible capricho del jefe de guerra se explica por la existencia y la necesidad objetivas de ese cuerpo numérico especial, de esa Cifra que sólo vale gracias a un nomos. Se produce a la vez una desterritorialización y un devenir específicos de la máquina de guerra como tal: el cuerpo especial, especialmente el esclavo-infiel-extranjero, deviene soldado y creyente, pero continúa estando desterritorializado con relación a los linajes y con relación al Estado. Debe haber nacido infiel para devenir creyente. Debe haber nacido esclavo para devenir soldado. Se necesitan escuelas o instituciones especiales: es una invención característica de la máquina de guerra, que los Estados no cesarán de utilizar, de adaptar a sus fines, hasta el punto de hacerla irreconocible, o bien de restituirla bajo una forma burocrática de estado mayor, o bajo una forma tecnocrática de cuerpos muy especiales, o en los ―espíritus de cuerpo‖ que sirven al Estado pero también le resisten, o entre los comisarios que sirven al Estado pero también lo traicionan.

    Es cierto que los nómadas no tienen historia, sólo tienen una geografía. Y la derrota de los nómadas ha sido de tal magnitud, tan completa, que la historia se identifica con el triunfo de los Estados. A partir de ahí se ha asistido a una crítica generalizada que negaba a los nómadas cualquier innovación, tecnológica o metalúrgica, política, metafísica. Burgueses o soviéticos (Grousset o Vladimirtsov), los historiadores consideran a los nómadas como una pobre gente que no entiende

    nada, ni las técnicas ante las que permanecería indiferente, ni la agricultura, ni las ciudades o los Estados que destruye o conquista. Cómo explicar entonces que los nómadas hayan triunfado en la guerra si no hubieran tenido una fuerte metalúrgica: la idea de que el nómada recibe sus armas técnicas, y sus consejos políticos, de transfugas de un Estado imperial es a pesar de todo inverosímil. Cómo explicar que los nómadas hayan intentado destruir las ciudades y los Estados, si no es en nombre de una organización nómada y de una máquina de guerra que no se definen por ignorancia, sino por sus características positivas, su espacio específico, su composición propia que rompía con los linajes y conjuraba la forma-Estado. La historia no ha cesado de negar a los nómadas. Se ha intentado aplicar a la máquina de guerra una categoría específicamente militar (la de la ―democracia militar‖), y al nomadismo una categoría específicamente sedentaria (la de la ―feudalidad‖). Pero esas dos hipótesis presuponen un principio territorial: bien porque un Estado imperial se apropia de la máquina de guerra distribuyendo tierras de función a guerreros (cleroi y falsos feudos), bien porque la propiedad devenida privada plantea relaciones de dependencia entre propietarios que constituyen el ejército (verdaderos feudos y vasallaje) 66. En ambos casos, el número está subordinado a una organización fiscal ―inmobiliaria‖, tanto para constituir las tierras otorgables o cedidas como para fijar las rentas adeudadas por los propios beneficiarios. La organización nómada y la máquina de guerra confirman sin duda estos problemas, a la vez al nivel de la tierra y de la fiscalidad, en las que los guerreros nómadas son, dígase lo que se quiera, grandes innovadores. Precisamente, inventan una territorialidad y una fiscalidad ―mobiliarias‖, que ponen de manifiesto la autonomía de un principio numérico: puede haber confusión o combinación entre los sistemas, pero lo propio del sistema nómada continúa siendo subordinar la tierra a los números que se desplazan y se despliegan en ella, y el impuesto a las relaciones internas a esos números (por ejemplo, ya en Moisés, el impuesto interviene en la relación entre los cuerpos numéricos y el cuerpo especial del número). En resumen, la democracia militar y la feudalidad, lejos de explicar la composición numérica nómada, confirman más bien lo que puede quedar de ella en los regímenes sedentarios.


    Proposición VII: La existencia nómada tiene por “afectos” las armas de una máquina de guerra.


    Las armas y las herramientas siempre se pueden distinguir según su uso (destruir hombres o producir bienes). Y si bien esta distinción extrínseca explica ciertas adaptaciones secundarias de un objeto técnico, no impide una convertibilidad general entre los dos grupos, hasta el extremo de que parece muy difícil proponer una diferencia intrínseca entre armas y herramientas. Los tipos de percusión, tal como Leroi-Gourhan los ha definido, aparecen en los dos lados. ―Es probable que, durante varias edades consecutivas, las armas de guerra y los instrumentos agrícolas hayan permanecido idénticos‖67. Se ha podido hablar de un ―ecosis-tema‖, que no sólo se sitúa en el origen, y en el que las herramientas de trabajo y las armas de guerra intercambian sus determinaciones: parece que el mismo filum

    maquínico atraviesa a unas y a otras. Y sin embargo, nosotros tenemos la impresión de que existen diferencias internas, incluso si no son intrínsecas, es decir, lógicas o conceptuales, e incluso si sólo son aproximativas. En una primera aproximación, las armas tienen una relación privilegiada con la proyección. Todo lo que lanza o es lanzado es en principio un arma, y el propulsor es su momento esencial. El arma es balística; la noción misma de ―problema‖ está relacionada con la máquina de guerra. Cuantos más mecanismos de proyección implica una herramienta, más actúa como arma, potencial o simplemente metafórica. Y además las herramientas no cesan de compensar los mecanismos proyectivos que implican, o los adaptan a otros fines. Bien es verdad que las armas arrojadizas, en sentido estricto, proyectadas o proyectantes, sólo son una especie entre otras; pero incluso las armas de mano exigen otro uso de la mano y del brazo que las herramientas, un uso proyectivo del que dan testimonio las artes marciales. La herramienta, por el contrario, sería mucho más introceptiva, introyectiva: prepara una materia a distancia para llevarla a un estado de equilibrio o adecuarla a una forma de interioridad. En los dos casos existe la acción a distancia, pero en un caso es centrífuga, y en el otro, centrípeta. Diríase también que la herramienta se encuentra con resistencias, a vencer o utilizar, mientras que el arma se encuentra con respuestas, a evitar y a inventar (la respuesta es incluso el factor inventivo y precipitante de la máquina de guerra, en la medida en que no se reduce exclusivamente a una puja cuantitativa, ni a un alarde defensivo).

    En segundo lugar, las armas y las herramientas no tienen ―tendencialmente‖ (aproximativamente) la misma relación con el movimiento, con la velocidad. Otra de las aportaciones esenciales de Paul Virilio es haber insistido en esta complementaridad arma-velocidad: el arma inventa la velocidad, o el descubrimiento de la velocidad inventa el arma (de ahí el carácter proyectivo de las armas). La máquina de guerra libera un vector específico de velocidad, hasta el punto de que necesita un nombre especial, que no sólo es poder de destrucción, sino ―dromocracia‖ (= nomos). Entre otras ventajas, esta idea enuncia un nuevo modo de distinción entre la caza y la guerra. Pues no sólo es verdad que la guerra no deriva de la caza, sino que la caza no promueve armas: o bien evoluciona en la esfera de indistinción y de convertibilidad armas-herramientas, o bien utiliza en su beneficio armas ya diferenciadas, ya constituidas. Como dice Virilio, la guerra no aparece en modo alguno cuando el hombre aplica al hombre la relación de cazador que tenía con el animal, sino, al contrario, cuando capta la fuerza del animal cazado para entrar con el hombre en una relación completamente distinta que la de la guerra (enemigo y ya no presa). No debe, pues, extrañarnos que la máquina de guerra sea el invento de los nómadas ganaderos: la ganadería y la doma no se confunden ni con la caza primitiva, ni con la domesticación sedentaria, sino que son precisamente el descubrimiento de un sistema proyector, y proyectil. En lugar de actuar mediante una violencia en cada acción, o bien de constituir una violencia ―una vez por todas‖, la máquina de guerra, con la ganadería y la doma, instaura toda una economía de la violencia, es decir, una manera de hacerla duradera e incluso ilimitada. ―La efusión de sangre, la muerte inmediata son contrarias al uso ilimitado de la violencia, es decir, de su economía. (...) La economía de la violencia no es la del cazador en el ganadero,

    sino la del animal cazado. En la montura, se conserva la energía cinética, la velocidad del caballo y no las proteínas, (el motor y no la carne). (...) Mientras que en la caza, el cazador trataba de frenar el movimiento de la animalidad salvaje mediante una matanza sistemática, el ganadero [se pone a] conservarlo, y gracias a la doma, el jinete se asocia a este movimiento orientándolo y provocando su aceleración‖. El motor tecnológico desarrollará esta tendencia, pero ―la montura es el primer proyector del guerrero, su primer sistema de armas‖68. De ahí el devenir-animal en la máquina de guerra. ¿Quiere eso decir que la máquina de guerra no es anterior a la montura y a la caballería? El problema no es ese. El problema es que la máquina de guerra implica la liberación de un vector Velocidad, devenido variable libre o independiente, lo que no se produce en la caza, en la que la velocidad remite sobre todo al animal cazado. Puede que ese vector de velocidad sea liberado por una infantería sin recurrir a la montura; es más, puede que haya montura, pero como medio de transporte o incluso de acarreo que no interviene en el vector libre. No obstante, de todas maneras, el guerrero toma del animal la idea de un motor más que el modelo de una presa. No generaliza la idea de presa aplicándola al enemigo, abstrae la idea de motor aplicándosela a sí mismo.

    Dos objeciones surgen inmediatamente. Según la primera, la máquina de guerra implica tanta pesadez y gravedad como velocidad (la distinción de lo pesado y de lo ligero, la disimetría de la defensa y del ataque, la oposición del reposo y de la tensión). Pero sería fácil mostrar cómo los fenómenos de ―temporización‖, o incluso de inmovilidad y de catatonía, tan importantes en las guerras, remiten en ciertos casos a una componente de pura velocidad. Y, en los otros casos, remiten a las condiciones bajo las cuales los aparatos de Estado se apropian de la máquina de guerra, sobre todo preparando un espacio estriado en el que las fuerzas adversas pueden equilibrarse. En ocasiones la velocidad se abstrae en la propiedad de un proyectil, bala u obús, que condena a la inmovilidad al arma y al soldado (por ejemplo, la inmovilidad en la guerra de 1.914). Pero un equilibrio de fuerzas es un fenómeno de resistencia, mientras que la respuesta implica una precipitación o un cambio de velocidad que rompen el equilibrio: el tanque reagrupará el conjunto de las operaciones en el vector-velocidad, y volverá a dar un espacio liso al movimiento desenterrando los hombres y las armas69. La objeción inversa es más compleja: parece que la velocidad forma parte tanto de la herramienta como del arma, y no es en modo alguno específica de la máquina de guerra. La historia del motor no sólo es militar. Pero quizás se tiene demasiada tendencia a considerar las cantidades de movimiento, en lugar de buscar los modelos cualitativos. Los dos modelos motores ideales serían el del trabajo y el de la acción libre. El trabajo es una causa motriz que choca con resistencias, actúa sobre el exterior, se consume o se gasta en su efecto, y debe ser renovada entre un instante y otro. La acción libre también es una causa motriz, pero que no tiene que vencer ninguna resistencia, sólo actúa sobre el cuerpo móvil en sí mismo, no se consume en su efecto y se continúa entre dos instantes. Cualquiera que sea la medida o el grado, la velocidad es relativa en el primer caso, absoluta en el segundo (idea de un perpetuum mobile). En el trabajo, lo fundamental es el punto de aplicación de una fuerza resultante ejercida por la fuerza de atracción de la tierra sobre un cuerpo considerado como

    ―uno‖ (gravedad), y el desplazamiento relativo de ese punto de aplicación. En la acción libre, lo fundamental es la manera en que los elementos del cuerpo se escapan de la gravitación para ocupar absolutamente un espacio no puntuado. Las armas y su manejo parecen remitir a un modelo de acción libre, de la misma manera que las herramientas parecen remitir a un modelo de trabajo. El desplazamiento lineal, de un punto a otro, constituye el movimiento relativo de la herramienta, pero la ocupación turbulenta de un espacio constituye el movimiento absoluto del arma. Es como si el arma fuera móvil, auto-móvil, mientras que la herramienta es movida. Esta relación de las herramientas con el trabajo no es en modo alguno evidente, mientras que el trabajo no reciba la definición motriz o real que acabamos de darle. No es la herramienta la que define el trabajo, sino a la inversa. La herramienta supone el trabajo. No obstante, también las armas implican evidentemente una renovación de la causa, un consumo o incluso una desaparición en el efecto, un enfrentamiento a resistencias externas, un desplazamiento de la fuerza, etc. Sería inútil prestar a las armas un poder mágico que se opondría a la violencia de las herramientas: armas y herramientas están sometidas a las mismas leyes que definen precisamente la esfera común. Ahora bien, el principio de toda tecnología es mostrar como un elemento técnico continúa siendo abstracto, totalmente indeterminado, mientras que no se le relacione con un agenciamiento que él supone. La máquina es primera con relación al elemento técnico: no la máquina técnica que de por sí es un conjunto de elementos, sino la máquina social o colectiva, el agenciamiento maquínico que va a determinar lo que es elemento técnico en tal momento, cuáles son su uso, su extensión, su comprensión..., etc.

    Por medio de los agenciamientos, el filum selecciona, cualifica e incluso inventa los elementos técnicos. Por eso no se puede hablar de armas o herramientas sin haber definido previamente los agenciamientos constituyentes que suponen y en los que entran. En ese sentido, decíamos que las armas y las herramientas no sólo se distinguen de manera extrínseca, y sin embargo no tienen características distintivas intrínsecas. Tienen carcterísticas internas (y no intrínsecas) que remiten a los respectivos agenciamientos en los que están incluidas. Un modelo de acción libre no es, pues, efectuado por las armas en sí mismas y en su ser físico, sino por el agenciamiento ―máquina de guerra‖ como causa formal de las armas. Por otro lado, el modelo trabajo no es efectuado por las herramientas, sino por el agenciamiento ―máquina de trabajo‖ como causa formal de las herramientas. Cuando decimos que el arma es inseparable de un vector-velocidad, mientras que la herramienta continúa unida a condiciones de gravedad, tan sólo pretendemos señalar una diferencia entre dos tipos dé agenciamiento, incluso si la herramienta en su agenciamiento específico es abstractamente más ―rápida‖, y el arma abstractamente más ―grave‖. La herramienta está esencialmente unida a una génesis, a un desplazamiento y a un consumo de la fuerza, que encuentran sus leyes en el trabajo, mientras que el arma sólo concierne al ejercicio o a la manifestación de la fuerza en el espacio y en el tiempo, de acuerdo con la acción libre. El arma no surge del cielo, y supone evidentemente producción, desplazamiento, gasto y resistencia. Pero este aspecto remite a la esfera común del arma y de la herramienta,

    y no concierne todavía a la especificidad del arma, que sólo aparece cuando la fuerza es considerada por sí misma, cuando ya sólo se la relaciona con el número, con el movimiento, con el espacio y con el tiempo, o cuando la velocidad se añade al desplazamiento70. Concretamente, un arma en la medida en que no está relacionada con el modelo Trabajo, sino con el modelo Acción libre, dando por supuesto por otra parte que las condiciones del trabajo se cumplen. En resumen, desde el punto de vista de la fuerza, la herramienta va unida a un sistema gravedad-despla-zamiento, peso-altura. Y el arma, a un sistema velocidad-perpetuum mobile (en este sentido puede decirse que la velocidad es en sí misma un ―sistema de armas‖).

    La primacía muy general del agenciamiento maquínico y colectivo sobre el elemento técnico es válida en todas partes, tanto para las herramientas como para las armas. Las armas y las herramientas son consecuencias, sólo consecuencias. A menudo se ha señalado que un arma no era nada al margen de la organización de combate en la que estaba incluida. Por ejemplo, las armas ―hoplíticas‖ sólo existen gracias a la falange como mutación de la máquina de guerra: la única arma nueva en ese momento, el escudo de doble empuñadura, es creada por ese agenciamiento; en cuanto a las demás armas, preexistían, pero incluidas en otras combinaciones en las que no tenían la misma función, ni la misma naturaleza71. En todas partes, el agenciamiento constituye el sistema de armas. La lanza y la espada sólo han existido desde la edad de bronce gracias a un agenciamiento hombre-caballo, que alarga el puñal y el chuzo, y que descalifica a las primeras armas de infantería, el martillo y el hacha. El estribo impone a su vez una nueva figura del agenciamiento hombre-caballo, que entraña un nuevo tipo de lanza y nuevas armas; y además este conjunto hombre-caballo-estribo varía, y no tiene los mismos efectos, según que forme parte de las condiciones generales del nomadismo, o vuelva a formar parte más tarde de las condiciones sedentarias de la feudalidad. Pues bien, la situación es exactamente la misma para la herramienta: también aquí todo depende de una organización del trabajo, y de agenciamientos variables entre hombre, animal y cosa. Por ejemplo, el arado sólo existe como herramienta específica en un conjunto en el que predominan los ―campos abiertos alargados‖, en el que el caballo tiende a sustituir al buey como animal de tiro, en el que la tierra comienza a sufrir una rotación trienal, y en el que la economía deviene comunal. Con anterioridad, el arado puede perfectamente existir, pero al margen de otros agenciamientos que no explotan su especificidad, que dejan inexplotado su carácter diferencial respecto al arado común72.

    Los agenciamientos son pasionales, son composiciones de deseo. El deseo no tiene nada que ver con una determinación natural o espontánea, sólo agenciando hay deseo, agenciado, maquinado. La racionalidad, el rendimiento de un agenciamiento no existe sin las pasiones que pone en juego, los deseos que lo constituyen tanto como él los constituye a ellos. Détienne ha mostrado como la falange griega era inseparable de toda una inversión de valores, y de una mutación pasional que trastoca las relaciones del deseo con la máquina de guerra. Es uno de los casos en los que el hombre desciende del caballo, y en los que la relación hombre-animal es sustituida por una relación entre hombres en un agenciamiento de infantería que prepara la aparición del soldado-campesino, del soldado-ciudadano: todo el Eros

    de guerra cambia, un Eros homosexual de grupo tiende a sustituir al Eros zoo-sexuado del caballero. Y sin duda, cada vez que un Estado se apropia de la máquina de guerra, tiende a encauzar la educación del ciudadano, la formación del trabajador, el aprendizaje del soldado. Pero si bien es verdad que todo agenciamiento es un agenciamiento de deseo, el problema consiste en saber si los agenciamientos de guerra y de trabajo, considerados por sí mismos, no movilizan fundamentalmente pasiones de orden diferente. Las pasiones son efectuaciones de deseo que difieren según el agenciamiento: no es la misma justicia, ni la misma crueldad, ni la misma piedad, etc. El régimen del trabajo es inseparable de una organización y de un desarrollo de la Forma, a los que corresponden una formación del sujeto. Es el régimen pasional del sentimiento como ―forma del traba-jador‖. El sentimiento implica una evaluación de la materia y de sus resistencias, un sentido de la forma y de sus desarrollos, una economía de la fuerza y de sus desplazamientos, toda una gravedad. Pero el régimen de la máquina de guerra es más bien el de los afectos, que sólo remite al móvil en sí mismo, a velocidades y a composiciones de velocidad entre elementos. El afecto es la descarga rápida de la emoción, la respuesta, mientras que el sentimiento siempre es una emoción desplazada, retardada, resistente. Los afectos son proyectiles, tanto como las armas, mientras que los sentimientos son introceptivos como las herramientas. Hay una relación afectiva con el arma, de la que no sólo hablan las mitologías, sino la canción de gesta, la novela de caballerías y cortés. Las armas son afectos, y los afectos armas. Desde este punto de vista, la inmovilidad más absoluta, la pura catatonía, forman parte del vector-velocidad, se apoya en ese vector que combina la petrificación del gesto con la precipitación del movimiento. El caballero duerme sobre su montura, y parte como una flecha. Kleist es el que mejor ha combinado esas bruscas catatonías, desvanecimientos, suspensos, con las más altas velocidades de una máquina de guerra: nos permite así asistir a un devernir-arma del elemento técnico, al mismo tiempo que a un devenir afecto del elemento pasional (ecuación de Pentesilea). Las artes marciales siempre han subordinado las armas a la velocidad, y en primer lugar a la velocidad mental (absoluto); pero de esa forma también eran artes del suspenso y de la inmovilidad. El afecto recorre esos extremos. Al mismo tiempo, las artes marciales no invocan un código, como un asunto de Estado, sino vías, que son otros tantos caminos del afecto. En esas vías, se aprende tanto a ―desembarazarse‖ de las armas como a utilizarlas, como si la potencia y la cultura del afecto fuese el verdadero objetivo del agenciamiento, y el arma sólo fuera un medio provisional. Aprender a deshacer, y a deshacerse, es lo propio de la máquina de guerra: el ―no hacer‖ del guerrero, deshacer el sujeto. La máquina de guerra está atravesada por un movimiento de descodificación, mientras que la sobrecodificación une la herramienta a una organización del trabajo y del Estado (la herramienta no se olvida, tan sólo se puede compensar su ausencia). Bien es verdad que las artes marciales no dejan de invocar el centro de gravedad y las reglas de su desplazamiento. Pues las vías no son todavía últimas. Por mucho que profundicen, siguen perteneciendo al dominio del Ser, y lo único que hacen es traducir al espacio común los movimientos absolutos de otra naturaleza, —los que

    se efectúan en el Vacío, no en la nada, sino en lo liso del vacío donde ya no hay finalidad: ataques, respuestas y caídas ―a cuerpo descubierto‖ 73...

    Continuando todavía desde el punto de vista del agenciamiento, existe una relación esencial entre las herramientas y los signos. Pues el modelo trabajo, que define la herramienta, pertenece al aparato de Estado. Se ha dicho con frecuencia que el hombre de las sociedades primitivas no trabajaba en sentido estricto, incluso si sus actividades están muy disciplinadas y reguladas; y lo mismo ocurre con el hombre de guerra como tal (los ―trabajos‖ de Hércules suponen la sumisión a un rey). El elemento técnico deviene herramienta cuando se abstrae del territorio y tiene por objeto la tierra; pero al mismo tiempo el signo deja de inscribirse en el cuerpo y se inscribe en una materia objetiva inmóvil. Para que haya trabajo hace falta una captura de la actividad por el aparato de Estado, una semiotización de la actividad por la escritura. De ahí la afinidad de agenciamiento signos-herra-mientas, signos de escritura-organización de trabajo. Con el arma, que mantiene una relación esencial con las joyas, ocurre algo completamente distinto. Ya no sabemos muy bien lo que son las joyas, hasta tal punto han sufrido adaptaciones secundarias. Pero algo se despierta en nuestra alma cuando se nos dice que la orfebrería fue el arte bárbaro, o el arte nómada por excelencia, y cuando vemos esas obras maestras de arte menor. Esas fíbulas, esas placas de oro y de plata, esas joyas, conciernen a pequeños objetos muebles, no sólo fáciles de transportar, sino que sólo pertenecen al objeto en tanto que éste se mueve. Esas placas constituyen rasgos de expresión de pura velocidad, en objetos a su vez móviles y cambiantes. No pasan por una relación forma-materia, sino por una relación motivo-soporte, en la que la tierra ya sólo es un suelo, e incluso ya ni siquiera hay suelo, al ser el soporte tan móvil como el motivo. Proporcionan a los colores la velocidad de la luz, haciendo enrojecer el oro, y convirtiendo la plata en una luz blanca. Forman parte de los arneses del caballo, de la funda de la espada, del traje del guerrero, de la empuñadura del arma: incluso decoran lo que sólo servirá una vez, la punta de una flecha. Cualesquiera que sean el esfuerzo y el trabajo que implican, son de acción libre relacionada con el puro móvil, y no de trabajo, con sus condiciones de gravedad, de resistencia y de gasto. El herrero ambulante relaciona la orfebrería con el arma, y a la inversa. El oro y la plata desempeñarán otras muchas funciones, pero no pueden entenderse sin esa aportación nómada de la máquina de guerra en la que no son materias, sino rasgos de expresión que corresponden a las armas (toda la mitología de la guerra no sólo subsiste en la plata, sino que es un factor activo de ella). Las joyas son los afectos que corresponden a las armas, arrastrados por el mismo vector-velocidad.

    La orfebrería, la joyería, la ornamentación, incluso la decoración, no forman una escritura, aunque su potencia de abstracción no es en modo alguno menor. Lo que sucede es que esa potencia está agenciada de otra forma. En lo que concierne a la escritura, los nómadas no tienen ninguna necesidad de crear una, la toman prestada de los vecinos imperiales sedentarios que incluso les proporcionan una transcripción fonética de sus lenguas74. ―La orfebrería es el arte bárbaro por excelencia, las filigranas y los revestimientos dorados o plateados. (...) El arte escita, asociado a una economía nómada y guerrera que utiliza y rechaza a la vez el co-

    mercio reservado a los extranjeros, se orientó hacia ese aspecto lujoso y decorativo. Los bárbaros no tendrán ninguna necesidad de poseer o crear un código preciso, por ejemplo una pictoideografía elemental, y todavía menos una escritura silábica, que además entraría en competencia con las que utilizaban sus vecinos más avanzados. Hacia los siglos III y IV antes de J. C., el arte escita del Mar Negro tiende así hacia una esquematización gráfica de las formas, que las convierte en un ornamento lineal más que en una protoescritura‖75. Evidentemente, es posible escribir sobre joyas, placas de metal o incluso sobre armas, pero en el sentido en el que se aplica a esas materias una escritura preexistente. Más desconcertante es el caso de la escritura rúnica, puesto que en su origen parece estar ligada a las joyas, fíbulas, elementos de orfebrería, pequeños objetos mobiliarios. Pero precisamente, en su primer periodo, la escritura rúnica sólo tiene un débil valor de comunicación, y una función pública muy reducida. Su carácter secreto hace que a menudo se la haya interpretado como una escritura mágica. Más bien se trata de una semiótica afectiva, que implicaría sobre todo: 1) firmas como marcas de pertenencia o de fabricación; 2) cortos mensajes de guerra o de amor. Formaría un

    ―texto ornamental‖ más bien que escrituario, ―una invención poco útil, no lograda del todo, un sucedaneo de escritura. Sólo adquiere valor de escritura en un segundo período, en el que aparecen las inscripciones monumentales, con la reforma danesa en el siglo IX después de J. C., en relación con el Estado y el tra-bajo‖76.

    Se puede objetar que las herramientas, las armas, los signos, las joyas, de hecho, aparecen por todas partes, en una esfera común. Pero ese no es el problema, como tampoco lo es buscar en cada caso un origen. De lo que se trata es de asignar agenciamientos, es decir, determinar los rasgos diferenciales bajo los cuales un elemento pertenece formalmente a tal agenciamiento más bien que a tal otro. Diríase también que la arquitectura y la cocina son afines al aparato de Estado, mientras que la música y la droga tienen rasgos diferenciales que las sitúan del lado de una máquina de guerra nómada77. Así pues, la distinción entre armas y herramientas se basa en un método diferencial, con cinco puntos de vista por lo menos: el sentido (proyec-ción-introcepción), el vector (velocidad-gravedad), el modelo (acción libre-trabajo), la expresión (joyas-signos), la tonalidad pasional o deseante (afecto-sentimiento). Sin duda, el aparato de Estado tiende a uniformizar los regímenes, disciplinando sus ejércitos, convirtiendo el trabajo en una unidad de base, es decir, imponiendo sus propios rasgos. Pero no puede excluirse que las armas y las herramientas entren todavía en otras relaciones de alianza, si son incluidas en nuevos agenciamientos de metamorfosis. El hombre de guerra puede llegar a formar alianzas campesinas u obreras, pero sobre todo el trabajador, obrero o campesino, puede reinventar una máquina de guerra. Los campesinos aportarán una importante contribución a la historia de la artillería, durante las guerras hus-sitas, cuando Zisca armó con cañones portátiles las fortalezas móviles hechas con carros de bueyes. Una afinidad obrero- soldado, arma-herramienta, sentimiento-afecto, señala el momento oportuno para las revoluciones y las guerras populares, aunque sea fugaz. Existe un gusto esquizofrénico por la herramienta, que la hace pasar del trabajo a la acción libre, un gusto esquizofrénico por el arma, que lo

    hace pasar como un medio de paz, de conseguir la paz. A la vez una respuesta y una resistencia. Todo es ambigüo. Pero nosotros no pensamos que los análisis de Jünger queden descalificados por esta ambigüedad, cuando construye el retrato del

    ―Rebelde‖, como figura transhistórica, que arrastra al Obrero por un lado, y al Soldado por otro, en una línea de fuga común, en la que se dice a un tiempo ―Pido un arma‖ y ―Busco una herramienta‖: trazar la línea, o, lo que viene a ser lo mismo, franquear la línea, pasar la línea, puesto que la línea sólo se traza si se rebasa la línea de separación78. Sin duda, no hay nada más anticuado que el hombre de guerra: hace ya mucho tiempo que se ha transformado en un personaje completamente distinto, el militar. Y el propio obrero ha sufrido tantas desventuras... Sin embargo, vuelven a surgir hombres de guerra, con muchas ambigüedades: todos aquellos que conocen la inutilidad de la violencia, pero que son adyacentes a una máquina de guerra a recrear, de respuesta activa y revolucionaria. También vuelven a surgir obreros, que no creen en el trabajo, pero que son adyacentes a una máquina de trabajo a recrear, de resistencia activa y de liberación tecnológica. No resucitan viejos mitos o figuras arcaicas, son la nueva figura de un agenciamiento transhistórico (ni histórico ni eterno, sino intempestivo): el guerrero nómada y el obrero ambulante. Una siniestra caricatura los precede ya, el mercenario o el instructor militar móvil, y el tecnócrata o analista transhumante, C.I.A. y I.B.M. Pero una figura transhistórica debe defenderse tanto de los viejos mitos como de las desfiguraciones preestablecidas, anticipatorias. ―Para reconquistar un mito no hay que retroceder, aparece de nuevo, cuando el tiempo tiembla incluso en su propios cimientos bajo el imperio del máximo peligro‖. Artes marciales y tecnología de punta sólo son válidas en la medida en que posibilitan la unión de un nuevo tipo de masas guerreras y obreras. Línea de fuga común del arma y de la herramienta. Una pura posibilidad, una mutación. Se forman técnicos subterráneos, aéreos, submarinos, que en mayor o menor medida pertenecen al orden mundial, pero que también inventan y acumulan involuntariamente unos potenciales de conocimiento y de acción virtuales, utilizables por otros, minuciosos, y sin embargo fáciles de adquirir, para nuevos agenciamientos. Entre la guerrilla y el aparato militar, entre el trabajo y la acción libre, los préstamos siempre se han hecho en los dos sentidos, para un lucha tanto más variada.


    Problema III: ¿Cómo los nómadas inventan o encuentran sus armas?

    Proposición VIII: la metalurgia constituye de por sí un flujo que converge necesariamente con el nomadismo.


    Los pueblos de la estepa no son tan conocidos por su régimen político, económico y social como por las innovaciones guerreras que aportan, desde el punto de vista de las armas ofensivas y defensivas, desde el punto de vista de la composición o de la estrategia, desde el punto de vista de los elementos tecnológicos (silla, estribo, herradura, arnés...). La historia niega una y otra vez, pero no llega a borrar las huellas nómadas. Los nómadas inventan el agenciamiento hombre-animal-arma, hombre-caballo-arco. Y a través de este agenciamiento de velocidad, las edades del metal se caracterizan por innovaciones. El hacha de bronce con casquete de los

    hicsos, la espada de hierro de los hititas han podido ser comparadas a pequeñas bombas atómicas. Se ha podido hacer una periodización bastante precisa de las armas de la estepa, mostrando las alternancias de armamento pesado y ligero (tipo escita y tipo sármata), y sus formas mixtas. El sable en acero fundido, a menudo curvado y truncado, arma de corte y de sesgo, engloba otro espacio dinámico que la espada en hierro forjado, de estoque y de cara: los escitas lo llevan a la India y a Persia, donde lo recogerán los árabes. Es un hecho admitido que los nómadas pierden su papel innovador con las armas de fuego y sobre todo con el cañón (―la pólvora de cañón acabó con su rapidez‖). Pero eso no se debe necesariamente a que no sepan utilizarlas: no sólo ejércitos como el turco, cuyas tradiciones nómadas continúan vivas, desarrollarán una enorme potencia de fuego, un nuevo espacio, sino que, de una forma todavía más característica, la artillería ligera se integrará perfectamente en las formaciones móviles de carros, en las naves piratas, etc. Si el cañón señala un límite de los nómadas es más bien porque supone una inversión económica que sólo puede hacer un aparato de Estado (ni siquiera las ciudades comerciantes serán capaces de ello). No obstante, para las armas blancas, e incluso también para el cañón, encontramos constantemente un nómada en el horizonte de tal o tal familia tecnológica79.

    Evidentemente, cada caso es polémico: por ejemplo, las grandes discusiones sobre el estribo80. Pues en general es difícil distinguir lo que corresponde a los nómadas como tales y lo que reciben de un imperio con el que comunican, con-quistan o en el que se integran. Entre un ejército imperial y una máquina de guerra nómada, hay tantas franjas, intermediarios o combinaciones que, a menudo, las cosas proceden sobre todo del primero. El ejemplo del sable es típico y, contrariamente al estribo, sin ambigüedad: pues si bien es cierto que los escitas son los difusores del sable, y lo aportan a los hindúes, a los persas y a los árabes, también han sido sus primeras víctimas, los primeros en sufrirlo: quien lo inventa es el imperio chino de los Ts’in y de los Han, dueño exclusivo del acero fundido o al crisol81. Razón de más para señalar, en este ejemplo, las dificultades que encuentran los arqueólogos y los historiadores modernos. Ni siquiera los arqueólogos están libres de un cierto odio o desprecio hacia los nómadas. En el caso del sable, en el que los hechos hablan ya suficientemente en favor de un origen imperial, el mejor co-mentarista cree correcto añadir que de todas formas los escitas no podían haberlo inventado, puesto que no eran más que unos pobres nómadas, y porque el acero al crisol procedía necesariamente de un medio sedentario. ¿Pero por qué considerar, según la antigua versión oficial china, que desertores del ejército imperial habrían revelado el secreto a los escitas? ¿Y qué significa ―revelar el secreto‖, si los escitas no eran capaces de utilizarlo y no lo entendían? Los desertores cargan con todo. No se fabrica una bomba atómica con un secreto, tampoco se fabrica un sable si no se es capaz de reproducirlo y de integrarlo bajo otras condiciones, de hacerlo pasar a otros agenciamientos. La propagación, la difusión, forman parte plenamente de la línea de innovación; señalan un giro. Y además: ¿por qué decir que el acero al crisol es la propiedad necesaria de sedentarios y de imperiales, cuando es fundamentalmente una invención de metalúrgicos? Se supone que esos metalúrgicos están necesariamente controlados por un aparato de Estado; pero también

    gozan forzosamente de una cierta autonomía tecnológica, y de una clandestinidad social, que hacen que, incluso controlados, ni pertenecen ya al Estado ni son nómadas. No existen desertores que traicionan el secreto, sino metalúrgicos que lo comunican, y hacen posibles su adaptación y propagación: un tipo de ―traición‖ totalmente distinto. A fin de cuentas, lo que hace tan difíciles las discusiones (tanto en el caso controvertido del estribo como en el caso real del sable), no sólo son los prejuicios sobre los nómadas, es la ausencia de un concepto suficientemente elaborado de familia tecnológica (¿qué es lo que define una familia o continuum tecnológico, y su extensión variable desde tal o tal punto de vista?).

    De nada serviría decir que la metalurgia es una ciencia porque descubre leyes constantes, por ejemplo la temperatura de fusión de un metal en cualquier momento, en cualquier lugar. Pues la metalurgia es fundamentalmente inseparable de varias líneas de variación: variación de los meteoritos y de los metales brutos; variación de las gangas y de las proporciones de metal; variación de las aleaciones, naturales o no; variación de las operaciones efectuadas sobre un metal; variación de las cualidades que hacen posible tal o tal operación, o que derivan de tal o tal operación. (Por ejemplo, doce variedades de cobre distinguidas y censadas en Summer, según los lugares de origen, los grados de refinado) 82. Todas estas variables pueden ser agrupadas bajo dos grandes rúbricas: las singularidades o haecceidades espacio-temporales, de diferentes órdenes, y las operaciones relacionadas con ellas como procesos de deformación o de transformación; las cualidades afectivas o rasgos de expresión de diferentes niveles, que corresponden a esas singularidades y operaciones (dureza, peso, color, etc.). Volvamos al ejemplo del sable, o más bien del acero al crisol: implica la actualización de una primera singularidad, la fusión del hierro a alta temperatura; luego una segunda singularidad, que remite a las descarburaciones sucesivas; a esas singularidades les corresponden rasgos de expresión, que no sólo son la dureza, el corte, el pulido, sino también las ondas o dibujos trazados por la cristalización, que resultan de la estructura interna del acero fundido. La espada de hierro remite a otras singularidades completamente distintas, puesto que es forjada y no fundida, modelada, templada y no enfriada al aire, producida individualmente y no fabricada en serie; sus rasgos de expresión son necesariamente muy diferentes, puesto que perfora en lugar de tallar, ataca de frente en lugar de al sesgo; e incluso los dibujos expresivos se obtienen de una forma completamente diferente, por incrustación83. Se podrá hablar de un filum maquínico, o de una familia tecnológica, cada vez que nos encontremos ante un conjunto de singularidades, prolongables por operaciones, que convergen y las hacen converger en uno o varios rasgos de expresión asignables. Si las singularidades u operaciones divergen, en materiales diferentes o en el mismo, hay que distinguir dos filum diferentes: por ejemplo para la espada de hierro, que procede del puñal, y el sable de acero, que procede del cuchillo. Cada filum tiene sus singularidades y operaciones, sus cualidades y rasgos, que determinan la relación del deseo con el elemento técnico (los afectos ―del‖ sable no son los mismos que los de la espada).

    Pero siempre es posible situarse al nivel de singularidades prolongables de un filum al otro, y reunir ambos. En última instancia, no hay más que una sola y misma familia filogenética, un sólo y mismo filum maquínico, idealmente continuo: el

    flujo de materia-movimiento, flujo de materia en variación continua, portador de singularidades y de rasgos de expresión. Este flujo operatorio y expresivo es tanto natural como artificial: es como la unidad del hombre y de la naturaleza. Pero, al mismo tiempo, no se realiza aquí y ahora sin dividirse, diferenciarse. Llamaremos agenciamiento a todo conjunto de singularidades y de rasgos extraídos del flujo

    —seleccionados, organizados, estratificados— a fin de converger (consistencia) artificialmente y naturalmente: un agenciamiento, en ese sentido, es una verdadera invención. Los agenciamientos pueden agruparse en conjuntos muy amplios que constituyen ―culturas‖, o incluso ―edades‖; pero no por ello dejan de diferenciar el filum o el flujo, dividiéndolo en otros tantos filums diversos, de tal orden, a tal nivel, y de introducir las discontinuidades selectivas en la continuidad ideal de la materia-movimiento. Los agenciamientos fragmentan el filum en familias diferenciadas distintas y, a la vez, el filum maquínico los atraviesa a todos, abandona uno para continuar en otro, o hace que coexistan. Tal singularidad oculta en los márgenes del filum, por ejemplo la química del carbono, va a ser sacada a la superficie por tal agenciamiento que la selecciona, la organiza, la inventa, y gracias al cual todo o parte del filum pasa, en tal lugar en tal momento. En cualquier caso, habrá que distinguir muchas líneas diferentes: unas, filogenéticas, pasan a larga distancia por agenciamientos de edades y culturas diversas (¿de la cerbatana al cañón? ¿del molino de rezos budista a la hélice? ¿de la marmita al motor?); otras, ontogené-ticas, son internas a un agenciamiento, y unen sus diversos elementos, o bien hacen pasar un elemento, a menudo con algún tiempo de retraso, a otro agenciamiento de diferente naturaleza, pero de la misma cultura o de la misma edad (por ejemplo, la herradura se propaga a los agenciamientos agrícolas). Así pues, hay que tener en cuenta la acción selectiva de los agenciamientos sobre el filum y la reacción evolutiva del filum, en tanto que hilo subterráneo que pasa de un agenciamiento a otro, o sale de un agenciamiento, lo arrastra y lo abre. ¿Impulso vital? Leroy-Gourhan ha llevado lo más lejos posible un vitalismo tecnológico que modela la evolución técnica sobre la evolución biológica en general: una Tendencia universal, cargada de todas las singularidades y rasgos de expresión, atraviesa medios internos y técnicas, que la refractan o la diferencian, según las singularidades y rasgos retenidos, seleccionados, reunidos, que se han hecho converger, inventados por cada uno84. Existe un filum maquínico en variación que crea los agenciamientos técnicos, mientras que los agenciamientos inventan los filum variables. Una familia tecnológica cambia mucho, según que se la trace en un filum o que se la inscriba en los agenciamientos; pero los dos son inseparables.

    Así pues, ¿cómo definir esa materia-movimiento, esa materia-energía, esa materia-flujo, esa materia en variación, que entra en los agenciamientos, y que sale de ellos? Es una materia desestratificada, desterritorializada. Nos parece que Husserl ha hecho que el pensamiento dé un paso decisivo al descubrir una región de esencias materiales y difusas, es decir, vagabundas, anexactas y sin embargo rigurosas, distinguiéndolas de las esencias fijas, métricas y formales. Hemos visto que esas esencias difusas se distinguen tanto de las cosas formadas como de las esencias formales. Constituyen conjuntos difusos. Liberan una corporeidad (materialidad) que no se confunde ni con la esencialidad formal inteligible, ni con la co-

    seidad sensible, formada y percibida. Esta corporeidad tiene dos características: por un lado es inseparable de pasos al límite como cambios de estado, de procesos de deformación o de transformación que operan en un espacio-tiempo a su vez anexacto, que actúan como acontecimientos (ablación, adyunción, proyección...); por otro, es inseparable, de cualidades expresivas o intensivas, susceptibles de más y de menos, producidas como afectos variables (resistencia, dureza, peso, color...). Así pues, existe un acoplamiento ambulante acontecimientos-afectos que constituye la esencia corporal difusa, y que se distingue del vínculo sedentario ―esencia fija-propiedades derivadas de ella en la cosa‖, ―esencia formal-cosa formada‖. Y sin duda, Husserl tenía tendencia a convertir la esencia difusa en una especie de intermediario entre la esencia y lo sensible, entre la cosa y el concepto, más o menos como en el esquema kantiano. ¿No es el redondel una esencia difusa o esquemática, intermediaria entre las cosas redondeadas sensibles y la esencia conceptual del círculo? En efecto, el redondel sólo existe como afecto-umbral (ni plano ni pi-cudo) y como proceso-límite (redondear), a través de las cosas sensibles y de los agentes técnicos, rueda de molino, torno, rueda, rueda de afilar, casquillo... Pero sólo es ―intermediario‖ en la medida en que el intermediario es autónomo, él mismo se extiende fundamentalmente entre las cosas y entre los pensamientos, para instaurar una relación completamente nueva entre los pensamientos y las cosas, una difusa identidad de los dos.

    Ciertas distinciones propuestas por Simondon pueden ser comparadas con las de Husserl. Pues Simondon denuncia la insuficiencia tecnológica del modelo materia-forma, en tanto que supone una forma fija y una materia considerada como homogénea. La idea de ley asegura la coherencia de este modelo, puesto que las leyes someten la materia a tal o tal forma, e inversamente realizan en la materia tal propiedad esencial deducida de la forma. Pero Simondon muestra que el modelo hilomórfico deja fuera muchas cosas, activas y afectivas. Por un lado, a la materia formada o formable, hay que añadir toda una materialidad energética en movimiento, portadora de singularidades o de haecceidades, que ya son como formas implícitas, topológicas más bien que geométricas, y que se combinan con procesos de deformación: por ejemplo, las ondulaciones y torsiones variables de las fibras de madera, sobre las que se ritma la operación de serrar con cuñas. Por otro lado, a las propiedades esenciales que derivan en la materia de la esencia formal, hay que añadir afectos variables intensivos, que unas veces derivan de la operación, y otras, por el contrario, la hacen posible: por ejemplo, una madera más o menos porosa, más o menos elástica y resistente. De todas formas, se trata de seguir la madera, y de seguir en la madera, conectando operaciones y una materialidad, en lugar de imponer una forma o una materia: más que a una materialidad sometida a las leyes, uno se dirige a una materialidad que posee un nomos. Más que a una forma capaz de imponer propiedades a la materia, uno se dirige a rasgos materiales de expresión que constituyen afectos. Por supuesto, siempre es posible ―traducir‖ a un modelo lo que escapa a ese modelo: así, se puede relacionar la potencia de variación de la materialidad con leyes que adaptan una forma fija y una materialidad constante. Pero para lograrlo hace falta una distorsión que consiste en sacar las variables de su estado de variación continua, para extraer de ellas puntos fijos y relaciones

    constantes. Así pues, se cambian las variables, se cambia incluso la naturaleza de las ecuaciones, que dejan de ser inmanentes a la materia-movimiento (inecuaciones, adecuaciones). Lo fundamental no es saber si una traducción de este tipo es conceptualmente legítima, puesto que lo es, sino únicamente saber qué intuición se pierde con ella. En resumen, lo que Simondon reprocha al modelo hilomórfico es que considere la forma y la materia como dos términos definidos cada uno por su lado, como las extremidades de dos semicadenas en las que ya no se ve cómo se conectan, como una simple relación de moldeado bajo la que ya no se puede captar la modulación continua eternamente variable85. La crítica del esquema hilomórfico se basa en ―la existencia, entre forma y materia, de una zona de dimensión media e intermediaria‖, energética, molecular, —todo un espacio propio que despliega su materialidad a través de la materia, todo un nombre propio que extiende sus rasgos a través de la forma...

    Siempre volvemos a esta definición: el filum maquínico es la materialidad, natural o artificial, y las dos a la vez, la materia en movimiento, en flujo, en variación, en tanto que portadora de singularidades y de rasgos de expresión. De donde se derivan consecuencias evidentes: esta materia-flujo sólo puede ser seguida. Evidentemente, esa operación que consiste en seguir puede hacerse in situ: un artesano que cepilla sigue la madera, y las fibras de la madera, sin cambiar de sitio. Pero esta manera de seguir sólo es una secuencia particular de un proceso más general. Pues el artesano también está obligado a seguir de otra manera, es decir, a ir a buscar la madera allí donde está, y no cualquier tipo de madera, sino la que tiene las fibras adecuadas. En caso contrario, tiene que hacer que se la traigan: sólo porque el comerciante se encarga de hacer una parte del trayecto en sentido inverso puede el artesano evitar el tener que hacerlo personalmente. Pero el artesano sólo es completo cuando también es prospector; y la organización que separa al prospector, al comerciante y al artesano, mutila ya al artesano para convertirlo en un

    ―trabajador‖. Se definirá, pues, el artesano como aquel que está obligado a seguir un flujo de materia, un filum maquínico. Es el itinerante, el ambulante. Seguir el flujo de materia es itinerar, ambular. Es la intuición en acto. Evidentemente, existen itinerancias segundas en las que ya no se prospecta y se sigue un flujo de materia, sino, por ejemplo, un mercado. De todas formas, siempre se sigue un flujo, aunque ese flujo ya no sea el de la materia. Y, sobre todo, existen itinerancias secundarias: en este caso las que derivan de otra ―condición‖, incluso si derivan de ella necesariamente. Por ejemplo, un transhumante, ya sea agricultor, ya sea ganadero, cambia de tierra según el empobrecimiento de ésta o según las estaciones; pero sólo secundariamente sigue un flujo de tierra, puesto que sobre todo efectúa una rotación destinada desde el principio a hacerle volver al punto que ha dejado, cuando se haya reconstituido el bosque, reposado la tierra, modificado la estación. El transhumante no sigue un flujo, traza un circuito, de un flujo sólo sigue lo que entra en el circuito, incluso si éste es cada vez más amplio. El transhumante sólo es, pues, itinerante por vía de consecuencia, o sólo deviene itinerante cuando todo su circuito de tierras o de pastos está agotado, y cuando la rotación es tan amplia que los flujos escapan al circuito. Incluso el comerciante es un transhumante, en la medida en que los flujos comerciales están subordinados a la rotación de un punto

    de partida y de un punto de llegada (ir a buscar-hacer venir, importar-exportar, comprar-vender). Cualesquiera que sean las implicaciones recíprocas, existen grandes diferencias entre un flujo y un circuito. El migrante, ya lo hemos visto, todavía es otra cosa. Y el nómada no se define en principio como itinerante ni como transhumante, ni como migrante, aunque lo sea por vía de consecuencia. En efecto, la determinación primaría del nómada es que ocupa y domina un espacio liso: sólo bajo ese aspecto está determinado como nómada (esencia). Sólo será por su cuenta transhumante, e itinerante, en virtud de las exigencias impuestas por los espacios lisos. En resumen, cualesquiera que sean las combinaciones de hecho entre nomadismo, itinerancia y transhumancia, el concepto primario no es el mismo en los tres casos (espacio liso, materia-flujo, rotación). Pues bien, sólo a partir del concepto preciso se puede juzgar la combinación, cuándo se produce, la forma bajo la que se produce, el orden en el que se produce.

    Pero, con lo precedente, nos hemos desviado de la pregunta: ¿por que el filum maquínico, el flujo de materia, sería esencialmente metálico o metalúrgico? Una vez más, sólo el concepto preciso puede proporcionar una respuesta, al mostrar que existe una relación especial primaria entre la itinerancia y la metalurgia (desterritorialización). Sin embargo, los ejemplos que invocábamos, según Husserl y Simondon, concernían tanto a la madera o a la arcilla como a los metales; es más,

    ¿no existen flujos de hierba, de agua, de rebaños, que forman otros tantos filums o materias en movimiento? Ahora es más fácil responder a estas preguntas. Sucede como si el metal y la metalurgia impusieran e hicieran consciente algo que tan sólo está oculto o enterrado en las otras materias y operaciones. Pues, además, cada operación se realiza entre dos umbrales, uno de los cuales constituye la materia preparada para la operación, y el otro la forma a encarnar (por ejemplo, la arcilla y el molde). Eso es lo que le da al modelo hilomórfico un valor general, puesto que la forma encarnada que señala el final de una operación puede servir de materia para una nueva operación, pero en un orden fijo que señala la sucesión de los umbrales. En la metalurgia, por el contrario, las operaciones no cesan de estar a caballo de los umbrales, de modo que una materialidad energética desborda la materia preparada, y una deformación o transformación cualitativa desborda la forma86. Así, el templado se encadena con el forjado más allá de la adquisición de forma. O bien, cuando hay modelado, el metalúrgico en cierto sentido actúa dentro del molde. O bien el acero fundido y moldeado va a sufrir una serie de descarburaciones sucesivas. Por último, la metalurgia tiene la posibilidad de re-fundir y de reutilizar una materia a la que da una forma-lingote: la historia del metal es inseparable de esta forma tan particular, que no se confunde ni con unas reservas ni con una mercancía; el valor monetario deriva de ella. Más generalmente, la idea metalúrgica del ―reductor‖ expresa la doble liberación de una materialidad con relación a la materia preparada, de una transformación con relación a la forma a encarnar. Nunca la materia y la forma han parecido más duras que en la metalurgia; y sin embargo es la forma de un desarrollo continuo que tiende a sustituir la sucesión de las formas, es la materia de una variación continua que tiende a sustituir la variabilidad de las materias. Si la metalurgia tiene una relación esencial con la música no sólo es en virtud de los ruidos de la forja, sino de la tendencia que

    atraviesa las dos artes a poner de manifiesto por encima de las formas separadas un desarrollo continuo de la forma, por encima de las materias variables una variación continua de la materia: un cromatismo ampliado arrastra a la vez a la música y a la metalurgia; el herrero músico es el primer ―transformador‖87. En resumen, el metal y la metalurgia ponen de manifiesto una vida específica de la materia, un estado vital de la materia como tal, un vitalismo material que sin duda existe por todas partes, pero de ordinario oculto o recubierto, transformado en irreconocible, disociado por el modelo hilomórfico. La metalurgia es la conciencia o el pensamiento de la materia-flujo, y el metal el correlato de esa conciencia. Como lo expresa el panmetalismo, existe coextensividad del metal a toda la materia, y de toda la materia a la metalurgia. Hasta las aguas, las hierbas y las maderas, los animales, están poblados de sales o de elementos minerales. No todo es metal, pero hay metal por todas partes. El metal es el conductor de toda la materia. El filum maquínico es metalúrgico o al menos tiene una cabeza metálica, su cabeza buscadora, itinerante. Y el pensamiento no nace tanto con la piedra como con el metal: la metalurgia es la ciencia menor en persona, la ciencia ―difusa‖ o la fenomenología de la materia. La prodigiosa idea de una Vida no orgánica —la misma que Worringer convertía en la idea bárbara por excelencia 88— es la invención, la intuición de la metalurgia. El metal no es ni una cosa ni un organismo, es un cuerpo sin órganos. La ―línea septentrional o gótica‖ es fundamentalmente la línea minera y metálica que delimita ese cuerpo. La relación de la metalurgia con la alquimia no se basa, como lo creía Jung, en el valor simbólico del metal y su correspondencia con un alma orgánica, sino en la potencia inmanente de corporeidad en toda la materia, y en el espíritu de cuerpo que la acompaña.

    El itinerante primero y primario es el artesano. Pero el artesano no es el cazador, el agricultor ni el ganadero. Tampoco es el trillador, ni el alfarero, que sólo secundariamente se dedican a una actividad artesanal. Artesano es aquél que sigue la materia-flujo como productividad pura: así pues, bajo forma mineral, y no vegetal o animal. No es el hombre de la tierra, ni del suelo, es el hombre del subsuelo. El metal es la pura productividad de la materia, por eso el que sigue el metal es el productor de objetos por excelencia. Como lo ha mostrado Gordon Childe, el metalúrgico es el primer artesano especializado, y desde ese punto de vista forma un cuerpo (sociedades secretas, gremios, compagnonnages). El artesano-metalúrgico es itinerante, puesto que sigue la materia del subsuelo. Evidentemente, el metalúrgico está en relación con ―los otros‖, los del suelo, de la tierra o del cielo. Está en relación con los agricultores de las comunidades sedentarias, y con los funcionarios celestes del imperio que sobrecodifican las comunidades: en efecto, para vivir tiene necesidad de ellos, depende en su propia subsistencia de unas reservas agrícolas imperiales89. Pero, en su trabajo, está en relación con forestales, y depende de ellos parcialmente: debe instalar sus talleres cerca del bosque, para tener el carbón necesario. En su espacio, está en relación con los nómadas, puesto que el subsuelo une el suelo del espacio liso a la tierra del espacio estriado: no existen minas en los valles de aluvión de los agricultores imperializados, hay que atravesar desiertos, cruzar montañas, y en el problema del control de las minas siempre están implicados pueblos nómadas, toda mina es una línea de fuga, y que comunica

    con espacios lisos —en la actualidad los problemas del petróleo serían equivalentes.

    La arqueología y la historia se mantienen extrañamente discretas sobre esta cuestión del control de las minas. Sucede que imperios con fuerte organización metalúrgica, no tengan minas; Oriente-Próximo carece de estaño, tan necesario para la fabricación del bronce. Pero llega mucho metal bajo forma de lingotes, y de muy lejos (como el estaño de España o incluso de Cornualles). Una situación tan compleja no sólo implica una fuerte burocracia imperial y circuitos comerciales lejanos y desarrollados. También implica toda una política cambiante en la que unos Estados afrontan un afuera, en la que pueblos muy diferentes se enfrentan, o bien se ponen de acuerdo para el control de las minas, y bajo tal o tal aspecto (extracción, carbón vegetal, talleres, transporte). No basta con decir que hay guerras y expediciones mineras; ni invocar ―una síntesis euroasiática de los talleres nómadas desde los confines de la China hasta los finisterres occidentales‖, y constatar que ―desde la prehistoria las poblaciones nómadas están en contacto con los principales centros metalúrgicos del mundo antiguo‖90. Habría que conocer mejor cuáles son las relaciones de los nómadas con esos centros, con los herreros que ellos mismos emplean, o frecuentan, con pueblos y grupos específicamente metalúrgicos próximos a ellos. ¿Cuál es la situación en el Cáucaso y en el Altai?

    ¿En España y en África del Norte? Las minas son una fuente de flujo, de mezcla y de fuga, que apenas tiene equivalente en la historia. Incluso cuando están bien controladas por un imperio que las posee (el caso del Imperio Chino, el caso del Imperio Romano), hay un movimiento muy importante de explotación clandestina y alianzas de mineros, bien con las incursiones nómadas y bárbaras, bien con las revueltas campesinas. El estudio de los mitos, e incluso las consideraciones etnográficas sobre el estatuto de los herreros, nos desvían de estas cuestiones políticas. Pues la mitología y la etnología no tienen un buen método a este respecto. A menudo uno se pregunta cómo los otros ―reaccionan‖ ante el herrero: se cae entonces en todas las banalidades relacionadas con la ambivalencia del sentimiento, se dice que el herrero es a la vez respetado, temido y despreciado, despreciado más bien entre los nómadas, respetado más bien entre los sedentarios91. Pero de esa forma se pierden las verdaderas razones de esta situación, la especificidad del herrero, la relación no simétrica que mantiene con los nómadas y con los sedentarios, el tipo de afectos que inventa (el afecto metálico). Antes de buscar los sentimientos de los otros hacia el herrero, primero hay que evaluar al propio herrero como Otro, y que como tal tiene relaciones afectivas diferentes con los sedentarios, con los nómadas.

    No hay herreros nómadas y herreros sedentarios. El herrero es ambulante, itinerante. A este respecto, es particularmente importante la manera de habitar del herrero: su espacio no es el espacio estriado del sedentario, ni el espacio liso del nómada. El herrero puede tener una tienda de campaña, puede tener una casa, pero siempre las habita como si fueran un ―yacimiento‖, igual que el metal, como una gruta o un agujero, cabaña semisubterránea o totalmente subterránea. Son trogloditas, no por naturaleza, sino por arte y necesidad92. Un texto espléndido de Elie Faure evoca la velocidad de los pueblos itinerantes de la India, que agujerean

    el espacio y hacen nacer las formas fantásticas que corresponden a esas perforaciones, las formas vitales de la vida no orgánica. ―Al borde del mar, en el umbral de una montaña, encontraban una muralla de granito. Entonces todos en el granito, vivían, amaban, trabajaban, morían, nacían en la sombra, y tres o cuatro siglos más tarde volvían a salir algunas leguas más lejos, después de haber atravesado la montaña. Tras ellos, dejaban la roca ahuecada, las galerías excavadas en todos los sentidos, paredes esculpidas, cinceladas, pilares naturales o ficticios ex-cavados en calado, diez mil figuras horribles o fascinantes. (...). El hombre acepta aquí sin combate su fuerza y su nada. No exige de la forma la afirmación de un


    Espacio agujereado


    ideal determinado. La extrae bruta de lo informe, tal como lo informe quiere. Utiliza las sombrías cavidades y los accidentes de la roca‖93. India metalúrgica. Perforar las montañas en lugar de escalarlas, excavar la tierra en lugar de estriarla, agujerear el espacio en lugar de dejarlo liso, convertir la tierra en un gruyere. La imagen de la película La huelga, que despliega un espacio agujereado del que surge todo un pueblo inquietante, cada uno saliendo de su agujero como en un campo minado por todas partes. El signo de Caín es el signo corporal y afectivo del subsuelo, que atraviesa a la vez la tierra estriada del espacio sedentario y el suelo nómada del espacio liso, sin detenerse en ninguno, el signo vagabundo de la itinerancia, el doble robo o la doble traición del metalúrgico en tanto que se desvía de la agricultura y de la ganadería. ¿Se debe reservar el nombre de cainitas o que-nitas para esos pueblos metalúrgicos que habitan las profundidades de la Historia? La Europa prehistórica está atravesada por los pueblos-de-las-hachas de combate, procedentes de las estepas, como una rama metálica separada de los nómadas, y por los pueblos del Campaniforme, los pueblos-de-los-vasos en forma de cáliz, procedentes de Andalucía, rama separada de la agricultura megalítica94. Pueblos extraños, dolicocéfalos y braquicéfalos, que se mezclan, se dispersan por toda Eu-

    ropa. ¿Son ellos los que controlan las minas, agujereando el espacio europeo por todas partes, creando nuestro espacio europeo?

    El herrero no es nómada entre los nómadas y sedentario entre los sedentarios, o seminómada entre los nómadas, semisedentario entre los sedentarios. Su relación con los otros deriva de su itinerancia interna, de su esencia difusa, y no a la inversa. En su especificidad, en la medida en que es itinerante, en la medida en que inventa un espacio agujereado, comunica necesariamente con los sedentarios y con los nómadas (y también con otros, con los forestales transhumantes). En primer lugar, es doble en sí mismo: un híbrido, una aleación, una formación gemelar. Como dice Griaule, el herrero dogón no es un ―impuro‖, es un ―híbrido‖, y precisamente porque es un híbrido es endógamo, no se casa con los puros que tienen una generación simplificada, en cambio reconstituye una generación geme-lar95. Gordon Childe muestra que el metalúrgico se desdobla necesariamente, existe dos veces, una vez como personaje capturado y protegido por el aparato del imperio oriental, otra como personaje mucho más móvil y libre en el mundo egéo. Pues bien, no se puede separar un segmento del otro, relacionando únicamente cada uno de los segmentos con su contexto particular. El metalúrgico de imperio, el obrero, supone un metalúrgico-prospector, incluso muy lejano, y el prospector remite a un comerciante, que aportará el metal al primero. Es más, el metal se trabaja en cada segmento, y la forma-lingote los atraviesa a todos: más que pensar en segmentos separados habría que pensar en una cadena de talleres móviles que constituyen, de agujero en agujero, una línea de variación, una galería. Así pues, la relación que mantiene el metalúrgico con los nómadas y con los sedentarios también lleva implícita la relación que mantiene con otros metalúrgicos96. Ese metalúrgico híbrido, fabricante de armas y de herramientas, comunica a la vez con los sedentarios y con los nómadas. El espacio agujereado comunica de por sí con el espacio liso y con el espacio estriado. En efecto, el filum maquínico o la línea metálica atraviesa todos los agenciamientos: nada más desterritorializado que la materia-movimiento. Pero esa comunicación no se produce en modo alguno de la misma manera, y las dos comunicaciones no son simétricas. Worringer decía, en el dominio estético, que la línea abstracta tenía dos expresiones muy diferentes, una en el gótico bárbaro, otra en el clásico orgánico. En este caso, diríase que el filum tiene simultáneamente dos modos de unión diferentes: siempre conexo al espacio nómada, en cambio, se conjuga con el espacio sedentario. En los agenciamientos nómadas y las máquinas de guerra, es una especie de rizoma, con sus saltos, sus desviaciones, sus pasos subterráneos, sus tallos, sus desembocaduras, sus rasgos, sus agujeros, etc. Pero, en el otro lado, los agenciamientos sedentarios y los aparatos de Estado realizan una captura del filum, toman los rasgos de expresión en una forma o en un código, hacen resonar juntos los agujeros, bloquean las líneas de fuga, subordinan la operación tecnológica al modelo del trabajo, imponen a las conexiones todo un régimen de conjunciones arborescentes.


    Axioma III: La máquina de guerra nómada es como la forma de expresión, de la que la metalurgia itinerante sería la forma de contenido correlativa.



    CONTENIDO

    EXPRESION


    Substancia


    Espacio agujereado (filum maquínico

    o materia-flujo)


    Espacio liso

    Forma

    Metalurgia itinerante

    Máquina de guerra nómada


    Proposición IX: La guerra no tiene necesariamente por objeto la batalla, y sobre todo la máquina de la guerra no tiene necesariamente por objeto la guerra, aunque la guerra y la batalla puedan derivar de ella necesariamente (bajo ciertas condiciones).


    Encontramos sucesivamente tres problemas: ¿es la batalla el ―objeto‖ de la guerra? Pero también: ¿es la guerra el ―objeto‖ de la máquina de guerra? Por último, ¿en qué medida la máquina de guerra es ―objeto‖ del aparato de Estado? La ambigüedad de los dos primeros problemas procede ciertamente del término objeto, pero implica su dependencia con relación al tercero. No obstante, estos problemas deben considerarse progresivamente, incluso si uno se ve obligado a multiplicar los casos. El primer problema, el de la batalla, implica, en efecto, la distinción inmediata de dos casos, uno en el que se busca la batalla, otro en el que la máquina de guerra evita esencialmente la batalla. Estos dos casos no coinciden en modo alguno con ofensiva y defensiva. Pero la guerra en sentido estricto, (según una concepción que culmina con Foch) parece tener por objeto la batalla, mientras que la guerrilla se propone explícitamente la no-batalla. No obstante, el desarrollo de la guerra en guerra de movimiento, y en guerra total, pone también en entredicho la noción de batalla, tanto desde el punto de vista de la ofensiva como de la defensiva: la no-batalla parece poder expresar la velocidad de un ataque-sorpresa, o bien la contra-velocidad de una respuesta inmediata97. Inversamente, en el otro lado, el desarrollo de la guerrilla implica un momento y formas bajo las cuales la batalla debe buscarse de forma efectiva, en relación con ―puntos de apoyo‖ exteriores o interiores. Bien es verdad que guerrilla y guerra no dejan de prestarse métodos, tanto en un sentido como en otro (por ejemplo, a menudo se ha insistido en que la guerrilla en tierra se inspiraba en la guerra marítima). Así pues, lo único que se puede decir es que la batalla y la no-batalla son el doble objeto de la guerra, según un criterio que no coincide con la ofensiva y la defensiva, ni siquiera con la guerra de guerra y la guerra de guerrilla.

    Por eso, dejando de lado este problema, uno se pregunta si la guerra es el objeto de la máquina de guerra. No es en absoluto evidente. En la medida en que la guerra (con o sin batalla) se propone el aniquilamiento o la capitulación de fuerzas enemigas, la máquina de guerra no tiene necesariamente por objeto la guerra (por ejemplo, la razzia, más que una forma particular de guerra, sería otro objeto). Pero,

    más generalmente, hemos visto que la máquina de guerra era la invención nómada, puesto que en su esencia era el elemento constituyente del espacio liso, de la ocupación de ese espacio, del desplazamiento en ese espacio, y de la composición correspondiente de los hombres: ese es su único y verdadero objeto positivo (nomos). Hacer crecer el desierto, la estepa, no despoblarla, sino todo lo contrario. Si la guerra deriva necesariamente de la máquina de guerra es porque ésta se enfrenta a los Estados y a las ciudades, como fuerzas (de estriaje) que se oponen al objeto positivo: como consecuencia, la máquina de guerra tiene como enemigo al Estado, a la ciudad, al fenómeno estatal y urbano, y su objetivo es aniquilarlos. Ahí es donde deviene guerra: aniquilar las fuerzas del Estado, destruir la forma-Esta-do. La aventura de Atila, o de Gengis Khan, muestra perfectamente esta sucesión del objeto positivo y del objeto negativo. Hablando como Aristóteles, diríase que la guerra no es ni la condición ni el objeto de la máquina de guerra, sino que la acompaña o la completa necesariamente; hablando como Derrida, diríase que la guerra es el ―suplemento‖ de la máquina de guerra. Incluso puede suceder que esta suplementaridad sea captada en una revelación progresiva angustiosa. Esa sería por ejemplo la aventura de Moisés: partiendo del Estado egipcio, lanzándose al desierto, comienza formando una máquina de guerra, bajo la inspiración de un antiguo pasado de los hebreos nómadas, y bajo el consejo de su suegro de origen nómada. Es la máquina de los justos, que ya es una máquina de guerra, pero que todavía no tiene la guerra por objeto. Pues bien, Moisés se da cuenta poco a poco, y por etapas, de que la guerra es el suplemento necesario de esta máquina, puesto que encuentra o debe atravesar ciudades y Estados, puesto que primero debe enviar a ellos espías (observación armada), luego quizá llegar a los extremos (guerra de aniquilación). El pueblo judío conoce entonces la duda y teme no ser bastante fuerte; pero Moisés también duda, retrocede ante la revelación de ese suplemento. Josué se encargará de hacer la guerra, no Moisés. Por último, para hablar como Kant, se dirá que la relación de la guerra con la máquina de guerra es necesaria, pero ―sintética‖ (para llegar a la síntesis se necesita a Yahvé).

    El problema de la guerra queda, pues, a su vez relegado y subordinado a las relaciones máquina de guerra-aparato de Estado. En principio, los Estados no hacen la guerra: por supuesto, la guerra no es un fenómeno que podemos encontrar en la naturaleza de forma universal, en tanto que violencia indeterminada. Pero la guerra no es el objeto de los Estados, más bien sería lo contrario. Los Estados más arcaicos ni siquiera parecen tener máquina de guerra, y más adelante veremos que su dominación está basada en otras instancias (que implican, por el contrario, policía y cárceles). Podemos perfectamente suponer que, entre las misteriosas razones del brusco aniquilamiento de los Estados arcaicos y a pesar de todo poderosos, está precisamente la intervención de una máquina de guerra extrínseca o nómada, que les responde y los destruye. Pero el Estado comprende rápidamente. Uno de los mayores problemas, desde el punto de vista de la historia universal, será el siguiente: ¿cómo va a apropiarse el Estado de la máquina de guerra, es decir, constituir una, adaptada a su medida, a su dominación y a sus fines? ¿Y con qué riesgos? (llamamos institución militar, o ejército, no a la propia máquina de guerra, sino a esa forma bajo la cual el Estado se apropia de ella). Para

    comprender el carácter paradójico de semejante empresa, hay que recapitular el conjunto de la hipótesis: 1) la máquina de guerra es la invención nómada que ni siquiera tiene la guerra como objeto primero, sino como objeto segundo, suplementario o sintético, en el sentido de que está obligada a destruir la forma-Estado y la forma-ciudad con las que se enfrenta; 2) cuando el Estado se apropia de la máquina de guerra, ésta cambia evidentemente de naturaleza y de función, puesto que entonces está dirigida contra los nómadas y todos los destructores del Estado, o bien expresa relaciones entre Estados, en la medida en que un Estado sólo pretende destruir otro o imponerle sus fines; 3) ahora bien, cuando el Estado se apropia así de la máquina de guerra ésta tiende a tener la guerra como objeto directo y primero, como objeto ―analítico‖ (y cuando la guerra tiende a tener la batalla como objeto). En resumen, al mismo tiempo que el aparato de Estado se apropia de una máquina de guerra, la máquina de guerra toma la guerra como objeto, y la guerra queda subordinada a los fines del Estado.

    Esta cuestión de la apropiación es históricamente tan variada que hay que distinguir varios tipos de problemas. El primero concierne a la posibilidad de la operación: precisamente porque la guerra sólo era el objeto suplementario o sintético de la máquina de guerra nómada ésta cae en la vacilación que le será fatal, y el aparato de Estado, por el contrario, va a poder apropiarse de la guerra, y, por tanto, volver la máquina de guerra contra los nómadas. La vacilación del nómada ha sido presentada a menudo de manera legendaria: ¿qué hacer con las tierras conquistadas y atravesadas? ¿Abandonarlas al desierto, a la estepa, a la gran pradera? ¿O bien dejar que subsista un aparato de Estado capaz de explotarlas directamente, sin perjuicio de devenir a corto o a largo plazo una simple nueva dinastía de este aparato? El plazo es más o menos largo, puesto que por ejemplo los gengiskhánidos han podido resistir mucho tiempo integrándose parcialmente en los imperios conquistados, pero manteniendo también todo un espacio liso de las estepas que sometía los centros imperiales. Esa fue su genialidad, Pax mongólica. Sin embargo, la integración de los nómadas en los imperios conquistados ha sido uno de los factores más decisivos de la apropiación de la máquina de guerra por el aparato de Estado: el inevitable peligro ante el que los nómadas sucumbieron. Pero existe también otro peligro, el que amenaza al Estado cuando se apropia de la máquina de guerra (todos los Estados han experimentado el peso de este peligro, los riesgos que corrían con esa apropiación). Tamerlán sería el ejemplo extremo, y no el sucesor, sino el polo opuesto de Gengis Khan: Tamerlán construye una fantástica máquina de guerra que utiliza contra los nómadas, pero por esa misma razón debe construir un aparato de Estado tanto más sólido e improductivo cuanto que sólo existe como la forma vacía de apropiación de esta máquina98. Volver la máquina de guerra contra los nómadas puede hacer correr al Estado un riesgo tan grande como el que corren los nómadas dirigiendo la máquina de guerra contra los Estados.

    Un segundo tipo de problemas concierne a las formas concretas bajo las cuales se efectúa la apropiación de las máquinas de guerra: ¿mercenarios o territoriales?

    ¿Ejército profesional o ejército de reclutamiento? ¿Cuerpos especiales o reclutamiento nacional? Estas fórmulas no sólo no son equivalentes, sino que existen

    todas las combinaciones posibles entre ellas. La distinción más pertinente, o la más general, sería quizá la siguiente: ¿Hay solamente ―encastramiento‖ de la máquina de guerra o bien hay ―apropiación‖ en sentido estricto? En efecto, la captura de la máquina de guerra por el aparato de Estado se ha llevado a cabo según dos vías: encastrar una sociedad de guerreros (procedentes del exterior o que surgen del interior), o bien, por el contrario, constituirla según reglas relacionadas con la sociedad civil en su totalidad. Y una vez más, paso y transición de una fórmula a otra. Por último, el tercer tipo de problemas concierne a los medios de apropiación. Desde este punto de vista, habría que considerar los diversos elementos relacionados con los aspectos fundamentales del aparato de Estado: la territorialidad, el trabajo o las obras públicas, la fiscalidad. La constitución de una institución militar o de un ejército implica necesariamente una territorialización de la máquina de guerra, es decir, concesiones de tierras, ―coloniales‖ o interiores, que pueden adoptar formas muy variadas. Pero, como consecuencia, regímenes fiscales determinan la naturaleza de los servicios y de los impuestos que deben los beneficiarios guerreros, y sobre todo el tipo de impuesto civil al que toda o una fracción de la sociedad está inversamente sometida para mantener el ejército. Y, al mismo tiempo, las obras públicas emprendidas por el Estado deben reorganizarse en función de un ―ordenamiento del territorio‖ en el que el ejército desempeña un papel determinante, no sólo con las fortalezas y plazas fuertes, sino con las comunicaciones estratégicas, la estructura logística, la infraestructura industrial, etc. (papel y función del ingeniero en esta forma de apropiación)99

    Permítasenos confrontar el conjunto de esta hipótesis con la fórmula de Clausewitz: ―La guerra es la continuación de las relaciones políticas por otros medios‖. Sabemos que esta fórmula está sacada a su vez de un conjunto teórico y práctico, histórico y transhistórico, cuyos elementos están relacionados entre sí: 1) existe un puro concepto de la guerra como guerra absoluta, incondicionada, Idea no dada en la experiencia (abatir o ―destruir‖ al enemigo, que supuestamente no existe ninguna otra determinación, sin consideración política, económica o social);

  2. lo que sí está dado son las guerras reales, en la medida en que están sometidas a los fines de los Estados, que son más o menos buenos ―conductores‖ con relación a la guerra absoluta, y que de todas formas condicionan su realización en la experiencia; 3) las guerras reales oscilan entre dos polos, sometidos ambos a la política de Estado: guerra de aniquilamiento que puede llegar hasta la guerra total (según los objetivos en los que basa el aniquilamiento) y tiende a aproximarse al concepto incondicionado por progresión a los extremos; guerra limitada, no por ello ―menos‖ guerra, pero que efectúa un descenso más próximo de las condiciones limitativas, y puede llegar hasta una simple ―observación armada‖ 100.

En primer lugar, esta distinción entre una guerra absoluta como Idea, y guerras reales, nos parece de una gran importancia, pero con la posibilidad de otro criterio que el de Clausewitz. La Idea pura no sería la de una eliminación abstracta del adversario, sino la de una máquina de guerra que no tiene precisamente la guerra por objeto, y que sólo mantiene con la guerra una relación sintética, potencial o suplementaria. Por eso la máquina de guerra nómada no nos parece, como en Clausewitz, un caso de guerra real entre los otros, sino, por el contrario, el con-

tenido adecuado a la Idea, la invención de la Idea, con sus objetos propios, espacio y composición del nomos. No obstante, es una Idea, hay que mantener el concepto de Idea pura, aunque esta máquina de guerra haya sido realizada por los nómadas. Más bien son los nómadas los que continúan siendo una abstracción, una Idea, algo real y no actual, por varias razones: en primer lugar porque, ya lo hemos visto, los elementos del nomadismo se combinan de hecho con elementos de migración, de itinerancia y de transhumancia, que no empañan la pureza del concepto, pero que introducen objetos siempre mixtos, o combinaciones de espacio y de composición, que actúan ya sobre la máquina de guerra. En segundo lugar, incluso en la pureza de su concepto, la máquina de guerra nómada efectúa necesariamente su relación sintética con la guerra como suplemento, descubierto y desarrollado contra la forma-Estado que trata de destruir. Ahora bien, efectúa ese objeto suplementario o esa relación sintética sin que el Estado, por su lado, no encuentre en ella la ocasión de apropiarse de la máquina de guerra, y el medio de convertir la guerra en el objeto directo de esa máquina invertida (de ahí que la integración del nómada en el Estado sea un vector que atraviesa el nomadismo desde el principio, desde el primer acto de la guerra contra el Estado).

Así pues, el problema no es tanto el de la realización de la guerra como el de la apropiación de la máquina de guerra. Al mismo tiempo que el aparato del Estado se apropia de la máquina de guerra, la subordina a fines ―políticos‖, le da por objeto directo la guerra. Una misma tendencia histórica lleva a los Estados a evolucionar desde un triple punto de vista: pasar de formas de encastramiento a formas de apropiación propiamente dichas, pasar de la guerra limitada a la guerra llamada total, y transformar la relación de la finalidad y del objeto. Ahora bien, los factores que convierten a la guerra de Estado en guerra total están estrechamente ligados al capitalismo: se trata de la inversión del capital constante en material, industria y economía de guerra, y de la inversión del capital variable en población física y moral (que hace la guerra y a la vez la padece) 101. En efecto, la guerra total no sólo es una guerra de aniquilamiento, sino que surge cuando el aniquilamiento no sólo toma ―como centro‖ el ejército enemigo, ni el Estado enemigo, sino la totalidad de la población y su economía. Que esa doble inversión sólo pueda hacerse en las condiciones previas de la guerra limitada muestra el carácter irresistible de la tendencia capitalista a desarrollar la guerra total102. Es, pues, cierto que la guerra total continúa subordinada a fines políticos de Estado y sólo realiza el máximo de las condiciones de la apropiación de la máquina de guerra por el aparato de Estado. Pero también es cierto que, cuando el objeto de la máquina de guerra apropiada deviene guerra total, a ese nivel de un conjunto de todas las condiciones, el objeto y la finalidad entran en esas nuevas relaciones que pueden llegar hasta la contradicción. De ahí la vacilación de Clausewitz cuando muestra que unas veces la guerra total continúa siendo una guerra condicionada por la finalidad política de los Estados, mientras que otras tiende a efectuar la Idea de la guerra incondicionada. En efecto, la finalidad continúa siendo esencialmente política y como tal determinada por el Estado, pero el propio objeto ha devenido ilimitado. Diríase que la apropiación se ha invertido, o más bien que los Estados tienden a liberar, a reconstituir una inmensa máquina de guerra en la que ellos ya sólo son las partes,

oponibles o superpuestas. Esta máquina de guerra mundial, que en cierto sentido

―resulta‖ de los Estados, presenta dos figuras sucesivas: en primer lugar la del fascismo que convierte la guerra en un movimiento ilimitado cuya única finalidad es él mismo; pero el fascismo no es más que un ―esbozo‖, y la figura posfascista es la de un máquina de guerra que toma directamente la paz por objeto, como paz del Terror o de la Supervivencia. La máquina de guerra vuelve a formar un espacio liso que pretende ahora controlar, rodear toda la tierra. La guerra total se ve desbor-dada por una forma de paz todavía más terrorífica. La máquina de guerra se ha responsabilizado de la finalidad, del orden mundial, y los Estados ya sólo son objetos o medios apropiados a esta nueva máquina. Ahí es donde la fórmula de Clausewitz invierte efectivamente; pues, para poder decir que la política es la continuación de la guerra por otros medios, no basta con invertir las palabras como si se pudiesen pronunciar en un sentido o en el otro, hay que seguir el movimiento real al final de cual los Estados, habiéndose apropiado de una máquina de guerra, habiéndola adaptado a sus fines, vuelven a producir una máquina de guerra que se encarga de la finalidad, se apropia de los Estados y asume cada vez más funciones políticas103.

La situación actual es sin duda desesperante. Hemos visto a la máquina de guerra mundial constituirse cada vez más fuertemente, como en un relato de ciencia-ficción; la hemos visto asignarse como objetivo una paz quizá todavía más terrorífica que la muerte fascista; la hemos visto mantener o suscitar las más terribles guerras locales como formando parte de ella; la hemos visto fijar un nuevo tipo de enemigo, que ya no era otro Estado, ni siquiera otro régimen, sino ―el enemigo indeterminado‖; la hemos visto crear sus elementos de contra-guerrilla, de tal forma que puede dejarse sorprender una vez, pero no dos... No obstante, las propias condiciones de la máquina de guerra de Estado o de Mundo, es decir, el capital constante (recursos y material) y el capital variable humano, no cesan de recrear posibilidades de respuestas inesperadas, de iniciativas imprevistas que determinan máquinas mutantes, minoritarias, populares, revolucionarias. Lo confirma la definición del Enemigo indeterminado... ―multiforme, maniobrero y omnipresente (...), de orden económico, subversivo, político, moral, etc.‖, el inasignable Saboteador material o Desertor humano, con formas muy diversas104. Los variados sentidos de la máquina de guerra constituyen el primer elemento teórico importante, y precisamente porque la máquina de guerra tiene una relación extremadamente variable con la guerra. La máquina de guerra no se define uniformemente, e implica otra cosa que cantidades de fuerza en progresión. Nosotros hemos intentado definir dos polos de la máquina de guerra: según uno de ellos, la máquina de guerra tiene por objeto la guerra, y forma una línea de destrucción prolongable hasta los límites del universo. Pues bien, bajo todos los aspectos que adquiere aquí, guerra limitada, guerra total, organización mundial, no representa en modo alguno la supuesta esencia de la máquina de guerra, sino únicamente, cualquiera que sea la potencia, el conjunto de las condiciones bajo las cuales los Estados se apropian de esa máquina, sin perjuicio de proyectarla finalmente como el horizonte del mundo, o el orden dominante del que los Estados ya no son más que partes. El otro polo diríamos que es el de la esencia, cuando la máquina de

guerra, con ―cantidades‖ infinitamente inferiores, tiene por objeto, no la guerra, sino el trazado de una línea de fuga creadora, la composición de un espacio liso y el movimiento de los hombres en ese espacio. Según este otro polo, la máquina encuentra la guerra, pero como su objeto sintético y suplementario, así pues, dirigido contra el Estado, y contra la axiomática mundial expresada por los Estados. Creemos haber encontrado esa invención de la máquina de guerra entre los nómadas. Sólo nos guiaba el afán histórico de mostrar que fue inventada como tal, incluso si desde el principio presentaba todo el equívoco que la llevaba a combinarse con el otro polo, y a salir ya hacia él. Pero, de acuerdo con la esencia, los nómadas no tienen el secreto: un movimiento artístico, científico, ―ideológico‖, puede ser una máquina de guerra potencial, precisamente porque traza un plan de consistencia, una línea de fuga creadora, un espacio liso de desplazamiento, en relación con un filum. El nómada no define ese conjunto de caracteres, es ese conjunto el que define al nómada, al mismo tiempo que la esencia de la máquina de guerra. Si la guerrilla, la guerra de minoría, la guerra popular y revolucionaria corresponden a la esencia, es porque toman la guerra como un objeto tanto más necesario cuanto que sólo es ―suplementario‖: sólo pueden hacer la guerra si crean otra cosa al mismo tiempo, aunque sólo sea nuevas relaciones sociales no orgánicas. Entre estos dos polos, hay una gran diferencia, incluso y sobre todo desde el punto de vista de la muerte; la línea de fuga que crea, o bien que se transforma en línea de destrucción; el plan de consistencia que se constituye, incluso fragmento a fragmento, o bien que se transforma en plan de organización y de dominación. Que existe comunicación entre las dos líneas o los dos planes, que cada uno se alimenta del otro, toma prestado del otro, es algo que se comprueba constantemente: la peor máquina de guerra mundial reconstituye un espacio liso, para rodear y cercar la tierra. Pero la tierra esgrime sus propias potencias de desterritorialización, sus líneas de fuga, sus espacios lisos que viven y que labran su camino para una nueva tierra. El problema no es el de las cantidades, sino el del carácter inconmensurable de las cantidades que se enfrentan en los dos tipos de máquinas de guerra, según los dos polos. Contra los aparatos que se apoderan de las máquinas, y que convierten la guerra en su problema y su objeto, se constituyen máquinas de guerra: frente a la gran conjunción de los aparatos de captura o de dominación, esgrimen

conexiones.

NOTAS


  1. GEORGES DUMÉZIL, Mitra-Varuna, Gallimard (sobre el nexum y el mutuum, el lazo y el contrato, cf. 118-124).

  2. El Estado, según su primer polo (Varuna, Urano, Rómulo), actúa por lazo mágico, toma o captura inmediata: no combate, no tiene máquina de guerra, ―liga, eso es todo‖. Según su otro polo (Mitra, Zeus, Numa), se apropia de un ejército, pero sometiéndolo a reglas institucionales y jurídicas que lo convierten en una pieza del aparato del Estado: así, Marte-Tiwaz no es un dios guerrero, sino un dios

    ―jurista de la guerra‖. Cf. DUMÉZIL, Mitra-Varuna, págs. 113 y sig., 148 y sig., 202 y sig.

  3. DUMÉZIL, Heur et malheur du guerrier, P.U.F. (trad. cast., ed. siglo XXI).

  4. Sobre el papel del guerrero, en tanto que ―desliga‖ y se opone tanto al lazo mágico como al contrario jurídico, cf. Mitra-Varuna, págs. 124, 132. Y, passim en DUMÉZIL, el análisis del furor.

  5. Luc DE HEUSCH (Le roi ivre ou lorigine de lEtat) insiste sobre el carácter público de los gestos de Nkongolo, por oposición al secreto de los gestos de Mbidi y de su hijo: el primero, particularmente, come en público, mientras que los otros se ocultan durante las comidas. Ya veremos la relación esencial del secreto con una máquina de guerra, tanto desde el punto de vista del principio como de las consecuencias: espionaje, estrategia, diplomacia. Los comentaristas han señalado a menudo esta relación.

  6. DUMÉZIL, Mythe et épopée, Gallimard, II, pags. 17-19 (trad. cast., ed. Seix-Barral): análisis de los tres pecados que aparecen el en caso del dios indio Indra, del héroe escandinavo Starcatherus, del héroe griego Heracles. Cf. también Heur et malheur du guerrier.

  7. DUMÉZIL, Mitra-Varuna, pág. 135. Dumézil analiza los riesgos y las razones de la confusion que pueden deberse a variantes económicas, cf. págs. 153, 159.

  8. Sobre Ajax y la tragedia de Sófocles, cf. el análisis de JEAN STAROBINSKI, Trois fureurs, Gallimard. Starobinski plantea explícitamente el problema de la guerra y del Estado.

  9. Temas analizados por Mathieu Carrière en su estudio inédito sobre Kleist.

  10. PIERRE CLASTRES, La société contre lEtat, ed. de Minuit (trad. cast., ed. Luis Porcel, col. Estudios);

    ―Archéologie de la violence‖ y ―Malheur du guerrier sauvage‖, en Libre I y II, Payot (trad. cast.,

    ―Investigaciones en Antropología política‖ ed. Gedisa). En este último texto Clastres hace la descripción del destino del guerrero en la sociedad primitiva, y analiza el mecanismo que impide la concentración de poder (igualmente, Mauss había demostrado que el potlach era un mecanismo que impedía la concentración de riqueza).

  11. JACQUES MEUNIER, Les gamins de Bogota, Lattès, pág. 159 (―chantage à la dispersion‖), pág. 177: cuando es necesario, ―son los otros niños, mediante un complicado juego de vejaciones y de silencios, los que le convencen de que debe abandonar la banda‖. Meunier subraya hasta qué punto el destino del ex-niño está comprometido: no sólo por razones de salud, sino porque se integra mal en el ―hampa‖, que para él es una sociedad demasiado jerarquizada, demasiado centralizada, demasiado centrada en órganos de poder (pág. 178). Sobre las bandas de niños, cf. también la novela de JORGE AMADO, Capitaines des Sables, Gallimard (trad. cast., ed. Alianza).

  12. Cf. I. S. BERNSTEIN. ―La dominance sociale chez les primates‖, en Recherche n.° 91, julio 1978.

  13. CLASTRES, La société contre lEtat, pág. 170: ―La aparición del Estado ha efectuado la gran división tipológica entre Salvajes y Civilizados, ha inscrito el imborrable corte más allá del cual todo cambia, pues el tiempo deviene Historia‖. Para explicar esta aparición, Clastres invocaba en primer lugar un factor demográfico (pero ―sin tratar de substituir un determinismo económico por un deterninismo geográfico...‖); y también la eventual aceleración de la máquina de guerra (?); o bien, de una manera más inesperada, el papel indirecto de un cierto profetismo que, dirigido fundamentalmente contra los jefes, habría producido un poder temible por otras razones. Pero, evidentemente, no podemos prejuzgar soluciones más elaboradas que Clastres habría dado a este problema. Sobre el eventual papel del profetismo, véase el libro de HÉLÈNE CLASTRES, la terre sans mal, le prophétisme tupi-guarani, ed. du Seuil.

  14. MICHEL SERRES, La naissance de la physique dans le texte de Lucrèce. Fleuves et turbulences, ed. de Minuit. Serres es el primero que ha destacado los tres puntos que vienen a continuación; el cuarto no parece que enlaza con ellos.

  15. PIERRE BOULEZ distingue así dos espacios-tiempos de la música: en el espacio estriado, la medida puede ser tanto irregular como regular, siempre es asignable, mientras que, en el espacio liso, el corte,

    o la separación ―podrá efectuarse donde se quiera‖. Cf. Penser la musique aujourdhui, Gonthier, págs. 95-107.

  16. La geometría griega está atravesada por la oposición de esos dos polos, teoremático y problemático, y por el triunfo relativo del primero: PROCLO, en sus Comentarios al primer libro de los elementos de Euclides, analiza la diferencia entre los polos, y la ilustra con la oposición Peusipo-Meneomo. Las matemáticas siempre estarán atravesadas por esta tensión; así, por ejemplo, el elemento axiomático entrará en conflicto con una corriente problemática, ―intuicionista‖ o ―constructivista‖, que pro-pugna un cálculo de los problemas muy diferente de la axiomática y de la teoremática: cf. BOULIGAND, Le déclin des absolus, mathématico-logiques, ed. d’Enseignement supérieur.

  17. VIRILIO, Linsécurité du territoire, pág. 120: ―Sabemos cómo, con Arquímedes, se terminó la era de la joven geometría como libre investigación creadora. (...) La espada de un soldado romano ha cortado su hilo, dice la tradición. Al matar la creación geométrica, el Estado romano construirá el imperialismo geométrico de Occidente.‖

  18. Con Monge, y sobre todo con Poncelet, los límites de la representación sensible o incluso espacial (espacio estriado) son claramente superados, pero no tanto hacia una potencia simbólica de abstracción como hacia una imaginación transespacial, o transintuición (continuidad). Véase el comentario de BRUNSCHVICG sobre Poncelet, Les étapes de la Philosophie matématique, P.U.F.

  19. MICHELE SERRES (págs. 105 y sig.) analiza a este respecto la oposición d’Alembert-Bernoulli. Más generalmente se trata de una diferencia entre dos modelos de espacio: ―La cuenca mediterránea carece de agua, y el que tiene el poder es el que drena las aguas. De ahí ese mundo físico en el que el drenaje es esencial, y en el que el clinamen parece la libertad, puesto que es precisamente esa turbulencia que niega la circulación forzosa. Incomprensible para la teoría científica, incomprensible para el señor de las aguas. (...) De ahí la gran figura de Arquímedes: señor de los cuerpos flotantes y de las máquinas militares.‖

  20. Cf. BENVENISTE, Problèmes de linguistique générale, ―La noción de ritmo en su expresión lingüística‖, pág. 327-375 (trad. cast., ed. Siglo XXI). Este texto, considerado a menudo como decisivo, nos parece ambiguo, pues invoca a Demócrito y al atomismo sin tener en cuenta el problema hidráulico, y convierte el ritmo en una ―especialización secundaria‖ de la forma.

  21. ANNE QUERRIEN, Devenir fonctionnaire ou le travail de lEtat, Cerfi. Nosotros utilizamos este libro, así como los estudios inéditos de Anne Querrien.

  22. Cf. RAOUL VERGEZ, Les illuminés de lart royal, Julliard.

  23. DESARGUES, OEuvres, ed. Leiber (con el texto de Michel Chasles, que establece una continuidad entre Desargues, Monge y Poncelet como ―fundadores de una geometría moderna‖).

  24. ANNE QUERRIEN, págs. 26-27: ―¿Se construye el Estado sobre el fracaso de la experimentación? (...) El Estado no está en construcción, sus obras deben ser cortas. Un equipamiento está hecho para funcionar, no para ser construido socialmente: desde ese punto de vista, el Estado sólo llama a construir a aquellos a los que se paga para que ejecuten o para que ordenen, y que deben seguir el modelo de una experimentación preestablecida‖.

  25. Sobre la cuestión de un lobby Colbert‖, cf. DESSERT et JOURNET, Annales, nov. 1975.

  26. Cf. Ibn KHALDOUN, La Muqaddima, Hachette. Uno de los temas esenciales de esta obra maestra es el problema sociológico del ―espíritu de cuerpo‖, y su ambigüedad. Ibn Kaldoun opone la beduinidad (como modo de vida, no como etnia) y la sedentaridad o ciudadanía. Entre todos los aspectos de esta oposición está, en primer lugar, la relación inversa de lo público y lo secreto: no sólo existe un secreto de la máquina de guerra beduina, por oposición a la publicidad del ciudadano del Estado, sino que en el primer caso la ―ilustración‖ deriva de la solidaridad secreta, en cambio, en el otro caso, el secreto se subordina a las exigencias de ilustración. En segundo lugar, la beduinidad goza a la vez de una gran pureza y una gran movilidad de los linajes y de su genealogía, en cambio, la ciudadanía hace linajes muy impuros, y al mismo tiempo rígidos y fijos: de un polo a otro, la solidaridad cambia de sentido. En tercer lugar y sobre todo, los linajes beduinos movilizan un ―espíritu de cuerpo‖ y se integran en él como una nueva dimensión: es la Açabiyya, o bien la Ichtirak, de donde derivará el nombre árabe del socialismo (Ibn Khaldoun insiste sobre la ausencia de ―poder‖ del jefe de tribu, que no dispone de obligaciones estatales). La ciudadanía, por el contrario, convierte el espíritu de cuerpo en una dimensión del poder, y va a adaptarlo a la ―autocracia‖.

  27. Los principales textos de HUSSERL son Idées I, S 74, Gallimard, y Lorigine de la géométrie, P.U.F. (con el

    importante comentario de Derrida, págs. 125-138). Tratándose del problema de una ciencia difusa y sin embargo rigurosa, véase la fórmula de MICHEL SERRES, comentando la figura llamada Salinon:

    ―Es rigurosa, anexacta. Y no precisa, exacta o inexacta. Sólo una métrica es exacta‖ (Naissance de Ia physique, pág. 29). El libro de BACHELARD, Essai sur la connaissance approchée (Vrin), sigue siendo el mejor

    estudio de las actitudes y métodos que constituyen todo un rigor de lo anexacto y de su papel creativo en la ciencia.

  28. GILBERT SIMONDON ha llevado muy lejos el análisis y la crítica del esquema hilomórfico y de sus presupuestos sociales (―la forma corresponde a lo que el hombre que manda ha pensado en sí mismo y que debe expresar de manera positiva cuando da sus órdenes; la forma es, pues, del orden de lo expresable‖). A ese esquema forma-materia Simondon opone un esquema dinámico, materia provista de singularidades-fuerzas o condiciones energéticas de un sistema. El resultado es una concepción totalmente distinta de las relaciones ciencia-técnica. Cf. Lindividu et sa genèse physico-biologique, P.U.F., págs. 42-56.

  29. En EL Timeo (28-29) PLATÓN entrevé por un momento que el Devenir no sea únicamente el carácter inevitable de las copias o de las reproducciones, sino un modelo que rivalizaría con lo Idéntico y lo Uniforme. Si invoca esta hipótesis es para excluirla, pues es cierto que si el devenir es un modelo, no sólo la dualidad del modelo y de la copia, del modelo y de la reproducción, debe desaparecer, sino que las propias nociones de modelo y de reproducción tienden a perder todo sentido.

  30. De hecho, la situación es evidentemente más compleja, y la gravedad no es la única característica del modelo dominante: a la gravedad se añade el calor (ya en la química, la combustión se une al peso). Pero, incluso en ese caso, era problemático saber en qué medida el ―campo térmico‖ se separaba del espacio gravífico, o, al contrario, se integraba en él. Monge da un ejemplo típico: comienza por relacionar el calor, la luz, la electricidad en las ―afecciones variables de los cuerpos‖, en cambio, la física general trata de la extensión, de la gravedad, del desplazamiento. Sólo mis tarde Monge unificará el conjunto de los campos en la física general (Anne Querien).

  31. Michel Serres, PÁG. 65.

  32. CASTANEDA, Lherbe du diable et la petite fumée, pág. 160 (trad. cast., ed. F.C.E).

  33. ALBERT LAUTMAN ha mostrado de forma muy clara cómo los espacios de Riemann, por ejemplo, aceptaban una conjunción euclidiana de tal manera que constantemente se pueda definir el paralelismo de dos vectores próximos; como consecuencia, en lugar de explorar una multiplicidad progresando en esa multiciplicidad, se considera la multiplicidad ―como inmersa en el espacio euclidiano de un número suficiente de dimensiones‖. Cf. Les schémas de structure, Hermann, pág. 23-24, 43-47.

  34. Según Bergson, las relaciones intuición-inteligencia son muy complejas, están en constante interacción. Véase igualmente el tema de BOULIGNAD: los dos elementos matemáticos ―problema‖ y

    ―síntesis global‖ sólo desarrollan su dualidad al entrar también en un campo de interacción, en el que la síntesis global fija en cada ocasión las ―categorías‖ sin las cuales el problema no tendría solución general. Cf. Le declin des absolus mathématico-logiques

  35. MARCEL DETIENNE (Les maîtres de vérité dans la Grèce archaique, Maspero) (trad. cast., ed. Taurus) ha puesto claramente de manifiesto esos dos polos del pensamiento, que corresponden a los aspectos de la soberanía según Dumézil: la palabra mágico-religiosa del déspota o del ―viejo del mar‖, la palabra-diálogo de la ciudad. No sólo los personajes principales del pensamiento griego (el poeta, el sabio, el físico, el filósofo, el sofista...) se sitúan con relación a esos polos; Detienne también hace intervenir entre los dos el grupo específico de los guerreros, que asegura el paso o la evolución.

  36. Hay un hegelianismo de derechas que continúa vivo en la filosofía política oficial, y que une el destino del pensamiento y del Estado. KOJÈVE (Tyrannie et sagesse, Gallimard) y ERIC WEIL (Hegel et lEtat; Philosophie politique, Vrin) son sus representantes más recientes. De Hegel a Max Weber se ha desarrollado toda una reflexión sobre las relaciones del Estado moderno con la Razón, a la vez como racional-técnico y como razonable-humano. Si se objeta que esta racionalidad, ya presente en el Estado imperial arcaico, es el optimum de los propios gobernantes, los hegelianos responden que lo racional-razonable no puede existir sin un mínimo de participación de todos. Pero el problema más bien es saber si la propia forma de lo racional-razonable no es extraída del Estado, a fin de darle necesariamente ―razón‖.

  37. Sobre el papel del poeta antiguo como ―funcionario de la soberanía cf. DUMÉZIL, Servius et la Fortune,

    pág. 64 y sig., y DETIENNE, pág. 17 y sig.

  38. Cf. el análisis de FOUCAULT, sobre Maurice Blanchot y una forma de exterioridad del pensamiento:

    ―La pensée du dehors‖, en Critique, junio 1966 (trad. cast., ed. Pre-Textos).

  39. NIETZSCHE, Schopenhauer éducateur, s 7.

  40. Un curioso texto de Jaspers, titulado Descartes (Alean), desarrolla ese punto de vista y acepta sus consecuencias.

  41. KENNETH WHITE, Le nomadisme intellectuel. El segundo tomo de esta obra inédita se titula precisamente Poetry and Tribe.

  42. ANNY MILAVANOFF, ―La seconde peau du nomade‖ en Les Nouvelles Litteraires, 27 julio 1978: ―Los nómadas Larbaâ, en el límite del Sahara argelino, utilizan la palabra trigâ, significa en general la ruta, el camino, para designar las correas tejidas que sirven para reforzar las ataduras de la tienda a los pi-quetes que la sostienen (...). En el pensamiento nómada, el habitat no está ligado al territorio, sino más bien a un itinerario. Al negarse a apropiarse del espacio que atraviesa, el nómada se construye un entorno en lana o en pelo de cabra, que no marca el lugar provisional que ocupa. (...) Así la lana, materia suave, proporciona su unidad a la vida nómada. (...) El nómada se limita a la representación de sus trayectos, no a la figuración del espacio que recorre. Deja el espacio al espacio. (...) Polimorfía de la lana‖.

  43. Cf. W. M. WATT, Mahomet a Medina, Payot, págs. 107, 293.

  44. E. LARACHE, Histoire de la racine Nemen grec ancien, Klincksieck. La raíz ―Nem‖ indica la distribución y no la repartición, incluso cuando las dos van unidas. Pues bien, en sentido pastoril, la distribución de los animales se hace en un espacio no limitado, y no implica un reparto de las tierras: ―El oficio de pastor, en la época homérica, no tiene nada que ver con un reparto de tierras; cuando la cuestión agraria, en la época de Solón, pasa a primer plano, se expresa en un vocabulario completamente distinto‖. Hacer pastar (nemô) no remite a repartir, sino a disponer aquí y allá, distribuir los animales. Sólo a partir de Solón, Nomos designará el principio de las leyes y del derecho (Thesmoi y Dikè), luego se identificará a las propias leyes. Con anterioridad, existe más bien una alternativa entre la ciudad, o polis, regida por las leyes, y los alrededores como lugar del nomos. En Ibn Khaldoun encontramos una alternativa semejante: entre el Hadara como ciudadanía, y la Badiya como nomos (que no es ciudad, sino campo preurbano, meseta, estepa, montaña o desierto).

  45. TOYNBEE, LHistoire, Gallimard, págs. 185-210 (trad. cast., ed. Noguer): ―Se lanzaron a la estepa, no para franquear sus límites, sino para fijarse en ella y sentirse realmente en su casa‖.

  46. Cf. PIERRE HUBAC, Les nomades, la Renaissance du livre, págs. 26-29 (a pesar de que Hubac tenga tendencia a confundir nómadas y migrantes).

  47. A propósito de los nómadas del mar, o del archipiélago, J. EMPERAIRE escribe: ―No captan un itinerario en su conjunto, sino de una manera fragmentada, yuxtaponiendo en orden las diferentes etapas sucesivas, de lugar de acampada a lugar de acampada, escalonados a lo largo del viaje. Evalúan para cada una de esas etapas la duración del trayecto y los sucesivos cambios de orientación que lo marcan‖ (Les nomades de la mer, Gallimard, pág. 225).

  48. THESIGER, Le désert des désert, Plon, págs. 155-171-225.

  49. Cf. las dos admirables descripciones, del desierto de arena por WILFRED THESIGER, y del desierto de hielo por EDMUND CARPENTER (

    , Toronto): los vientos y las cualidades táctiles y sonoras, el carácter secundario de los datos visuales, especialmente la indiferencia de los nómadas hacia la astronomía como ciencia real, pero toda una ciencia menor de las variables cualitativas y de las marcas.

  50. E. F. GAUTIER, Le passé de lAfrique du Nord, Payot, págs. 267-316.

  51. Desde este punto de vista, el análisis que Clastres hace del profetismo indio puede generalizarse: ―Por un lado los jefes, por otro, y contra ellos, los profetas. Y la máquina profética funcionaba perfectamente, puesto que los karai eran capaces de arrastrar a continuación asombrosas masas de indios. (...) El acto insurreccional de los profetas contra los jefes confería a los primeros, por una extraña inversión de las cosas, infinitamente más poder que detentaban los segundos‖ (La sociéte contre lEtat, pág. 185).

  52. ―Uno de los temas más interesantes del libro clásico de PAUL ALPHANDÉRY, La chrétienté el lidée de croisade (Albin Michel), es mostrar cómo los cambios de recorridos, las paradas, las desviaciones forman parte plenamente de la Cruzada: ―... este ejército de cruzados que nosotros resucitamos como un ejército moderno, de un Louis XIV o de un Napoleón, que marcha con una pasividad absoluta, según el deseo de un jefe, de un gabinete de diplomacia. Un ejército de ese tipo sabe dónde va y, cuando se equivoca, lo hace a propósito. Una historia más preocupada por las diferencias acepta otra imagen, más real, del ejército cruzado. El ejército cruzado es un ejército libre y algunas veces anár-quicamente vivo. (...) Este ejército es interiormente mudo, por una compleja coherencia, que hace que nada de lo que se produce sea azar. Es cierto que la conquista de Constantinopla ha tenido su razón de ser, su necesidad, su carácter religioso, igual que los demás actos de cruzada‖ (t. II, pág. 76). Alphandéry muestra sobre todo que la idea de una lucha contra el infiel, en un punto cualquiera, aparece pronto ligada a la idea de una liberación de la Tierra Santa (t. I, pág. 219).

  53. Esta confrontación Oriente-Occidente desde la Edad Media (ligada a la pregunta: ¿por qué el capitalismo en Occidente y no en otra parte?) ha inspirado hermosos análisis a los historiadores modernos. Cf. especialmente FERNAND BRAUDEL, Civilisation matérielle et capitalisme, Armand Colin, págs. 108-121 (trad. cast., ed. Labor); PIERRE CHAUNU, Lexpansion européenne du XIII au XV siècle, P.U.F.,

    págs. 334-339 (―¿Por qué Europa? ¿Por qué no China?‖) (trad. cast., ed. Labor); MAURICE LOMBARD, Espaces et réseaux du haut Moyen Age, Mouton cap. VII (y pág. 219: ―Lo que en el Este se denomina desmonte en el Oeste se llama roturación; la primera causa profunda del desplazamiento de los centros dominantes de Oriente a Occidente es, pues, una razón geográfica, el bosque-calvero parece tener un potencial mayor que el desierto-oasis‖).

  54. Las observaciones de Marx sobre las formaciones despóticas en Asia se ven confirmadas por los análisis africanos de GLUCKMAN (Custom and Conflict in Africa, Oxford): a la vez inmutabilidad formal y rebelión constante. La idea de una ―transformación‖ del Estado parece claramente occidental. Sin embargo, la otra idea, la de una ―destrucción‖ del Estado, remite mucho más a Oriente, y a las condiciones de una máquina de guerra nómada. Por más que presentemos las dos ideas como fases sucesivas de la revolución, son muy diferentes y se concilian mal, resumen la oposición de las corrientes socialistas y anarquistas del siglo XIX. El propio proletariado occidental es considerado desde dos puntos de vista: en tanto que debe conquistar el poder y transformar el aparato de Estado, es el punto de vista de una fuerza de trabajo, pero, en tanto que desea o desearía una destrucción del Estado, es el punto de vista de una fuerza de nomadización. Incluso Marx define el proletariado no sólo como alienado (trabajo), sino como desterritorializado. El proletario, bajo este último aspecto, aparece como el heredero de lo nómada en el mundo occidental. Y no sólo muchos anarquistas invocan temas nomádicos procedentes de Oriente, también, y sobre todo, la burguesía del siglo XIX identifica con gusto proletarios y nómadas, y asimila París a una ciudad frecuentada por los nómadas (cf. Louis CHEVALIER, Classes laborieuses et classes dangereuses, L.G.F., págs. 602-604.

  55. Cf. LUCIEN MUSSET, Les invasions, le second assaut, P.U.F.: por ejemplo el análisis de las tres ―fases‖ de los daneses, págs. 135-137.

  56. PAUL VIRILIO, Vitesse et politique, ed. Galilée, págs. 21-22 y passim. No sólo la ―ciudad‖ es impensable independientemente de los flujos exteriores con los que está en contacto, y cuya circulación regula, sino que también conjuntos arquitectónicos precisos, por ejemplo la fortaleza, son verdaderos transformadores, gracias a sus espacios interiores que permiten un análisis, una prolongación o una restitución del movimiento. Virilio concluye que el problema no es tanto el del encierro como el de la vialidad o del movimiento controlado. En ese sentido, FOUCAULT hacía ya un análisis del hospital marítimo como operador y filtro: cf. Surveiller et punir, págs. 145-147 (trad. cast., ed. Siglo XXI).

  57. Sobre la navegación china, y árabe, las razones de su fracaso, y la importancia de este problema en el

    ―dossier‖ Occidente-Oriente, cf. Braudel, págs. 305-314, y Chaunu, págs. 288-308.

  58. VIRILIO define muy bien el fleet in being y sus consecuencias históricas: ―El fleet in being es la presencia permanente en el mar de una flota invisible que puede golpear al adversario en cualquier parte y en cualquier momento (...), es una nueva idea de la violencia que ya no nace del enfrentamiento directo, sino de las propiedades desiguales de los cuerpos, de la evaluación de las cantidades de movimientos que pueden permitirse en un elemento elegido, de la verificación permanente de su eficiencia dinámica (...) Ya no se trata de atravesar un continente, un océano, de ir de una ciudad a otra, de una orilla a la otra, el flet in being inventa la noción de un desplazamiento que no tendría destino en el espacio y el tiempo. (...) El submarino estratégico no tiene necesidad de ir a ninguna parte, le basta con mantenerse invisible mientras navega (...), realización del viaje circular absoluto, ininterrumpido, puesto que no supondría ni salida ni llegada (...) Si, como pretendía Lenin, la estrategia es la elección de los puntos de aplicación de las fuerzas, estamos obligados a considerar que esos puntos, hoy, ya no son puntos de apoyo geoestratégicos, puesto que, en adelante, a partir de un punto cualquiera se puede alcanzar otro donde quiera que esté. (...) La localización geográfica parece haber perdido defin-tivamente su valor estratégico, y, a la inversa, ese mismo valor se atribuye a la deslocalización del vector, de un vector en movimiento permanente‖. (Vitesse et politique, págs. 46-49, 132-133). Los textos de Virilio tienen, por todos estos conceptos, una gran importancia y novedad. El único punto que para nosotros plantea un problema es la asimilación por Virilio de tres grupos de velocidad que nos parecen muy importantes: 1.°) las velocidades de tendencia nómada, o bien de tendencia revolucionaria (revuelta, guerrilla); 2.º) las velocidades reguladas, transformadas, apropiadas por el aparato de Estado (la ―red de comunicaciones‖); 3.°) las velocidades liberadas por una organización mundial de guerra total, o bien de sobre armamento planetario (del fleet in being a la estrategia nuclear) Virilio tiende a asimilar esos grupos en razón de sus interacciones, y denuncia en general un carácter ―fas-cista‖ de la velocidad. No obstante, sus propios análisis son los que también hacen posibles estas distinciones.

  59. J. P. VERNANT ha analizado sobre todo la relación de la ciudad griega con una extensión geométrica

    homogénea (Mythe et pensée chez les grec, I, II, III parte). El problema es necesariamente más complicado en relación con las formaciones posteriores a la ciudad clásica. En ellas el espacio es muy diferente.

    Pero no existe menos subordinación del número a un espacio, como lo sugiere Vernant a propósito de la ciudad platónica ideal. Las concepciones pitagóricas o neoplatónicas del número engloban espacios astronómicos imperiales de otro tipo que la extensión homogénea, pero mantienen una subordinación del número: por eso los Números pueden ser ideales, pero no ―numerantes‖, en sentido estricto.

  60. DUMÉZIL insiste sobre el papel del elemento aritmético en las formas más antiguas de la soberanía política. Incluso tiende a convertirlo en un tercer polo de la soberanía ; cf. Servius et la Fortune, Gallimard, y Le troisième souverain, Maisonneuve. Sin embargo, este elemento aritmético tiene más bien el papel de organizar una materia, y, a ese respecto, somete la materia a uno u otro de los polos principales.

  61. CLAUSEWITZ insiste sobre el papel secundario de la geometría, en táctica y estrategia: De la guerre, ed. de Minuit pág. 225-226 (―L’élément géométrique‖) (trad. cast., ed. Labor).

  62. Cf. uno de los textos antiguos más profundos que relacionan el número y la dirección en la máquina de guerra, Les mémories historiques de Sema-Tsien, ed. Leroux, capt. CX (sobre la organización nómada de los Hiong-nou).

  63. FRANCK HERBERT, Les enfants de dune, Laffont, pág. 223. Véase las características propuestas por Julia Kristeva para definir el número numerante: ―disposición‖, ―distribución plural y contingente‖, ―in-finito-punto‖, ―aproximación rigurosa‖, etc. (Semeiotikè, págs. 293-297) (trad. cast., ed. Fundamentos).

  64. VLADIMIRTSOV, Le régime social des Mongols, Maisonneuve. El término que utiliza Vladimirtsov, ―an-trunstions‖, está sacado del régimen sajón, en el que el rey componía su compañía, ―trust‖, con francos.

  65. Una caso especialmente interesante sería el de un cuerpo especial de herreros entre los touareg, los enaden (los ―Otros‖); esos enaden estarían en el origen, o bien de los esclavos sudaneses, o bien de los colonos judíos del Sahara, o bien los descendientes de guerros de San Luis. Cf. RENÉ POTTIER, ―Les artisans sahariens du metal chez les touareg‖, en Métaux et civilisations, 1945- 1946.

  66. Tan sistema militar es la feudalidad como la llamada democracia militar; pero ambos sistemas suponen claramente un ejército integrado en un aparato de Estado cualquiera (así, para la feudalidad, la reforma territorial carolingia). Vladimirtsov desarrolla una interpretación feudal de los nómadas de la estepa, en cambio GRYAZNOV (Sibérie du Sud, Nagel) se inclina por la democracia militar. Pero uno de los argumentos principales de Vladimirtsov es que la organización de los nómadas se feudaliza precisamente en la medida en que descompone, o se integra en los imperios que conquista. Y él mismo señala que los Mongoles, en un principio, no organizan en fiels, verdaderos o falsos, las tierras sedentarias de las que se amparan.

  67. J. F. FULLER, Linfluence de larmement sur lhistoire, Payot, pág. 23.

  68. VIRILIO, ―Métempsychose du passager‖, Traverses n.° 8. Sin embargo, Virilio asigna un paso indirecto de la caza a la guerra: cuando la mujer sirve de animal ―de portadora o de albarda‖, lo que permitía a los cazadores entrar ya en una relación de ―duelo homosexual‖ que va más allá de la caza. Pero parece que el propio Virilio nos invita a distinguir la velocidad, como proyector y proyectil, y el desplazamiento, como transporte o portador. La máquina de guerra se define desde el primer punto de vista, mientras que el segundo remite a la esfera común. El caballo, por ejemplo, no pertenece a la máquina de guerra mientras que sólo sirva para transportar hombres que descabalgan para combatir. La máquina de guerra se define por la acción, no por el transporte, incluso si el transporte actúa sobre la acción.

  69. J. F. FULLER (Linfluence de larmement sur lhistoire, págs. 155 y sigs.) muestra como la guerra de 1914 fue concebida principalmente como una guerra ofensiva y de movimiento, basada en la artillería. Pero ésta se vuelve contra sí misma, e impone la inmovilidad. No se puede removilizar la guerra multiplicando los cañones, puesto que los agujeros de los obuses hacían el terreno impracticable. La solución, en la que los ingleses y sobre todo el general Fuller participaron de manera determinante, fue el tanque: ―buque terrester‖, el tanque reconstituía sobre la tierra un espacio marítimo o liso, e ―in-troducía la táctica naval en la guerra terrestre‖. Por regla general, la respuesta nunca va de lo mismo a lo mismo: el tanque responde a la artillería, el helicóptero de misiles responde al tanque, etc. De ahí un factor de innovación en la máquina de guerra, muy diferente de la innovación en la máquina de trabajo.

  70. Sobre esta distinción general de los dos modelos, ―trabajo-acción libre‖, ―fuerza que consume-fuerza que se conserva‖, ―efecto real-efecto formal‖, etc., cf. la exposición de MARCIAL GUÉROULT, Dynamique et métaphysique leibniziennes, Les Belles Lettres, págs. 55-119 sig. 222-224.

  71. MARCEL DETIENNE, ―La phalange, problèmes et controverses‖, en Problèmes de la guerre en Grèce ancienne, Mouton: ―La técnica es de alguna manera interior a lo social y a lo mental‖, pág. 134.

  72. Sobre el estribo, sobre el arado, cf. LYNN WHITE JUNIOR, Technologie médiévale et Transformations sociales, Mouton, cap, I y II. Igualmente, en el caso de la cultura seca del arroz en Asia, se ha podido mostrar cómo los palos de arar, la hazada y el arado dependen respectivamente de agenciamientos colectivos, que varían con la densidad de la población y el tiempo del barbecho. Lo que permite a Braudel concluir: ―La herramienta, en esta explicación, es consecuencia, ya no causa‖ (Civilisation matérielle et capitalisme, pág. 128).

  73. Los tratados de artes marciales recuerdan que las Vías, sometidas aún a la gravedad deben superarse en el vacío. El Théâtre des marionnetes de Kleist, que sin duda es uno de los textos más expontáneamente orientales de la literatura occidental, presenta un movimiento semejante: el desplazamiento lineal del centro de gravedad es aún ―mecánico‖, y remite a algo más ―misterioso‖, que concierne al alma e ignora la gravedad.

  74. Cf. PAUL PELLIOT, ―Les systèmes d’écriture en usage chez les anciens Mongols‖, Asia Major 1925: los mongoles utilizaban la escritura uigur con alfabeto sirio (los tibetanos harán una teoría fonética de la escritura uigur, las dos versiones que nos han llegado de ―la Historia secreta de los Mongoles‖ son, una, una traducción china, otra, una transcripción fonética en caracteres chinos.

  75. GEORGES CHARRIÈRE, Lart barbare scythe, ed. du Cercle d’art, pág. 185.

  76. Cf. LUCIEN MUSSET, Introduction à la runologie, Aubier.

  77. Existe, claro está, una cocina y una arquitectura en la máquina de guerra nómada, pero bajo un

    ―rasgo‖ que las distingue de su forma sedentaria. La arquitectura nómada, por ejemplo el iglú esquimal, el palacio de madera húnico, es un derivado de la tienda; su influencia sobre el arte sedentario viene de las cúpulas y semi-cúpulas, y sobre todo de la instauración de un espacio que comienza muy bajo, como en la tienda. En lo que respecta a la cocina nómada, es una cocina que consiste literalmente en ayunar (la tradición pascual es nómada). Y bajo este rasgo puede pertenecer a una máquina de guerra: por ejemplo, los jenízaros tiene una marmita como centro de reunión, grados de cocineros, y su gorro está atravesado por una cuchara de madera.

  78. En el Traité du rebelle (Bourgois) JÜNGER se opone claramente al nacionalsocialismo, y desarrolla ciertas indicaciones contenidas en Der Arbeiter: una concepción de la ―línea‖ en tanto que fuga activa, y que pasa entre las dos figuras del antiguo soldado y del obrero moderno, arrastrando a ambos hacia otro destino, en otro agenciamiento (nada de este aspecto subsiste en las reflexiones de Heidegger sobre la noción de Línea, dedicadas, sin embargo, a Jünger).

  79. LYNN WHITE, que sin embargo no es favorable al poder de innovación de los nómadas, establece a veces amplias genealogías tecnológicas cuyo origen es sorprendente: técnicas de aire caliente y de turbinas, procedentes de Malasia ( Technologie medievale et transformations sociales, Mouton, págs. 112-113:

    ―De ese modo se puede descubrir una cadena de estímulos técnicos a partir de algunas grandes figuras de la ciencia y de la técnica del inicio de los tiempos modernos, pasando por el final de la Edad Media, hasta las junglas de Malasia. Una segunda invención malasia, el pistón, tiene sin duda una importante influencia en el estudio de la presión del aire y de sus aplicaciones‖).

  80. Sobre la cuestión particularmente complicada del estribo, cf. Lynn White, capit. I.

  81. Cf. el hermoso artículo de MAZAHERI, ―Le sabre contre l’épée‖, Annales, 1958. Las objeciones que proponemos más arriba no disminuyen la importancia de este texto.

  82. HENRI LIMET, Le travail du métal au pays de Sumer au temps de la III dynastie dUr, Les Belles Lettres, págs. 33-40.

  83. En este sentido, MAZAHERI demuestra claramente cómo el sable y la espada remiten a dos líneas tecnológicas distintas. Especialmente el damasquinado, que no procede en absoluto de Damasco, sino de la palabra griega o persa que significa diamante, designa el tratamiento del acero fundido que lo hace tan duro como el diamante, y los dibujos que se producen en ese acero por cristalización ce-mentada (―el verdadero damasco se hacía en centros que nunca habían sufrido la dominación ro-mana‖). Pero, por otro lado, el damasquinado, que procede de Damasco, designa únicamente incrustaciones sobre metal (o sobre tejido), que son como dibujos voluntarios que imitan al damasquinado con otros medios.

  84. LEROI-GOURHAN, Milieu et techniques, Albin Michel, pág. 356 y sigs. Gilbert Simondon ha recogido, en series cortas, el problema de los ―orígenes absolutos de una genealogía técnica‖, o de la creación de una ―esencia técnica‖: Du mode dexistence des objets techniques, Aubier, págs. 41 y sigs.

  85. Sobre la relación molde-modulación, y la forma en que el modelado oculta o contrae una operación de modulación esencial a la materia-movimiento, cf, Simondon, págs. 28-50 (―modular es moldear de manera continua y perpetuamente variable‖, pág. 42). Simondon muestra con claridad que el esquema hilomórfico no debe su poder a la operación tecnológica, sino al modelo social del trabajo que lo subordina (págs. 47-50).

  86. Simondon no siente un interés especial por los problemas de la metalurgia. En efecto, su análisis no es histórico, y prefiere recurrir a casos de electrónica. De ahí el homenaje que le rinde Simondon:

    ―No se puede comprender del todo la metalurgia por medio del esquema hilomórfico. La adquisición de forma no se produce de manera visible en un solo instante, sino en varias operaciones sucesivas, no se puede distinguir estrictamente la adquisición de forma de la transformación cualitiva; el forjado y el templado de un acero son el uno anterior, y el otro posterior a lo que podría llamarse adquisición de forma propiamente dicha: forjado y templado son, sin embargo, constituciones de objetos‖ (Lindividu, pág. 59).

  87. No basta sólo con tener en cuenta los mitos, sino la historia positiva: por ejemplo el papel de los

    ―cobres‖ en la evolución de la forma musical; o bien la constitución de una ―síntesis metálica‖ en la música electrónica (Richard Pinhas).

  88. W. WORRINGER define el arte gótico por la línea geométrica ―primitiva, pero devenida viva. Ahora bien, esta vida no es orgánica como lo será en el mundo clásico: esta línea ―no contiene ninguna expresión orgánica y, sin embargo, está completamente viva. (...) Como carece de toda tonalidad orgánica, su expresión vital debe ser distinta de la vida orgánica. (...) En esta geometría devenida viva, que anuncia el álgebra viva de la arquitectura gótica, hay un patetismo del movimiento que obliga a nuestras sensaciones a un esfuerzo que no es natural en ellas‖ (Lart gothique, Gallimard, págs. 69-70) (trad. cast., ed. Revista de Occidente).

  89. Es uno de los puntos esenciales de la tesis de CHILDE, LEurope préhistorique (Payot) (trad. cast. ed. Icaria): el metalúrgico es el primer artesano especializado cuya subsistencia se hace posible gracias a la formación de un excedente agrícola. La relación del herrero con la agricultura no se debe únicamente a los utensilios que éste fabrica, sino a los alimentos que toma y recibe. El mito dogón, tal y como Griaule ha analizado sus variantes, podría señalar esa relación en la que el herrero recibe o roba los granos, y los oculta en su ―masa‖.

  90. MAURICE LOMBARD, Les métaux dans lancien monde du V au XI siècle. Mouton, págs. 75-255.

  91. La situación social del herrero ha sido objeto de análisis detallados, sobre todo en Africa: cf. el estudio clásico de W. CUNE, ―Mining and Metallurgy in Negro Africa‖ (General Series in Anthropology, 1937); y PIERRE CLEMENT, ―Le forgeron en Afrique noire‖ (Revue de geographie humaine et dethnologie, 1948). Pero estos estudios son poco concluyentes; pues, o bien los principios invocados son bien distintos, ―reacción despreciativa‖, ―aprobativa‖, ―aprehensiva‖, o bien los resultados son difusos y se mezclan, como dan testimonio los cuadros de P. Clement.

  92. Cf. JULES BLOCH, Les Tziganes, P.U.F., págs. 47-54, J. Bloch demuestra precisamente que la distinción sedentarios-nómadas deviene secundaria con relación a la habitación troglodita.

  93. ELIE FAURE, Historie de lart médiéval, le livre de poche, pág. 38.

  94. Sobre estos pueblos y su misterio, cf. análisis de GORDON CHILDE, LEurope préhistorique (capit. VII,

    ―Missionnaires, marchands et combattans de l’Europe tempérée‖) y Laube de la civilization européenne,

    Payot (trad. cast., ed. Ciencia Nueva).

  95. M. GRIAULE Y G. DIETERLEN, Le renard pâle, Institut d’ethnologie, pág. 376.

  96. El libro de FORBER, Metallurgy in Antiquity, ed. Brill, analiza las distintas edades de la metalurgia, pero también los tipos de metalúrgico en la edad del mineral: el ―minero‖, prospector y extractor, el

    ―fundidor‖, el ―herrero‖ (blacksimth), el ―ferrallista‖ (whitesmith). La especialización se complica aún en la edad del hierro, y las distribuciones nómada-itinerante-sedentario varían simultáneamente.

  97. Uno de los textos más importantes sobre la guerrilla continúa siendo el de T. E. LAWRENCE (Les sept piliers, Payot, capit. XXXIII, y ―La science de la guérilla‖, Encyclopedia Britannica) que se presenta como un ―anti-Foch‖, y elabora la noción de no-batalla. Pero la no-batalla tiene una historia que no depende solamente de la guerrilla: 1.º) la distinción tradicional entre ―batalla‖ y ―maniobra‖ en la teoría de la guerra (cf. Raymond Aron, Penser la guerre, Clausewitz, Gallimard, t. I. págs 122-131) (trad. cast., ed. Sociales); 2.°) la manera en que la guerra de movimiento pone en tela de juicio el papel y la importancia de la batalla (ya con el mariscal Saxe y el controvertido problema de la batalla en las guerras napoleónicas); 3.°) por último, más recientemente, la crítica de la batalla en nombre del armamento nuclear, al jugar éste un papel persuasivo, y desempeñar las fuerzas convencionales sólo un papel de

    ―test‖ o de ―maniobra‖ (cf. la concepción gaullista de la no-batalla, y GUY BROSSOLLET, Essay sur la non-bataille). El reciente retorno a la noción de batalla no se explica únicamente por factores técnicos como el desarrollo de armas nucleares tácticas, pero implica consideraciones políticas de las que depende precisamente el papel asignado a la batalla (o a la no-batalla) en la guerra.

  98. Sobre las diferencias fundamentales Tamerlan-Gengis Khan, cf. RENÉ GROUSSET, Lempire des steppes,

    Payot, especialmente págs. 495-496.

  99. Cf. Armées et fiscalité dans le monde antique, ed. du C.N.R.S.: este coloquio estudia sobre todo el aspecto fiscal, pero también los otros dos. El problema de la atribución de tierras a los soldados o a las familias de soldados se encuentra en todos los Estados, y desempeña un papel esencial. Bajo una forma particular, estará en el origen de los fields y de la feudalidad. Pero ya está en el origen de los ―fal-sos-fields‖ en todo el mundo, y especialmente del Cleros y de la Cleroquia en la civilización griega (cf. CLAIRE PRÉAUX, L economie royale des Lagides, Bruxelles, págs. 463 y sigs.).

  100. CLAUSEWITZ, De la guerre, especialmente el libro VIII. Y el comentario de estas tres tesis por RAYMOND ARON, Penser la guerre, Clausewitz, tomo I (especialmente ―pourquoi les guerres de la deuxième espèce?‖ págs. 139 sigs.).

  101. LUNDENDORFF ( La guerre totale, Flammarion) señala que la evolución da cada vez más importancia al

    ―pueblo‖ y a la ―política interna‖ en la guerra, mientras que Clausewitz privilegiaba aún los ejércitos y la política exterior. Esta crítica es globalmente cierta, a pesar de ciertos textos de Clausewitz. La volvemos a encontrar en Lenin y los textos marxistas (aunque éstos evidentemente tengan del pueblo y de la política interna una concepción completamente distinta que la de Ludendorff). Algunos autores han mostrado profundamente que el proletariado era de origen militar, y especialmente marítimo, tanto como industrial: así VIRILIO, Vitesse et politique, págs. 50-51, 86-87.

  102. Como lo demuestra J. V. NEF, durante el período de ―guerra limitada‖ (1640-1740) se produjeron los fenómenos de concentración, de acumulación y de inversión que debían determinar la ―guerra total‖: cf. La guerre et le progrès humain, ed. Alsatia. El código guerrero napoleónico representa un giro que va a precipitar los elementos de la guerra total, movilización transporte, inversion, información, etc.

  103. Sobre esa ―superación‖ del fascismo, y de la guerra total; y sobre el nuevo punto de inversion de la formula de Clausewitz, cf. el análisis completo de VIRILIO, Linsecurite du territoire, especialmente capit. I.

  104. GUY BRASSOLLET, Essai sur la non-bataille, págs. 15 y 16. La noción axiomática de ―enemigo cual-quiera‖ aparece ya muy elaborada en los textos oficiales u oficiosos de defensa nacional, de derecho internacional y de espacio judicial o policial.


    13

    7.000 a. J. C.

    APARATO DE CAPTURA




    Proposición X: El Estado y sus polos


    Volvamos a las tesis de Dumézil: 1) la soberanía política tendría dos polos, el emperador terrible y mago, que opera por captura, lazos, nudos y redes, el Rey sacerdote y jurista, que procede por tratados, pactos, contratos (la pareja Varuna-Mitra, Odín-Tyr, Wotan-Tiwaz, Urano-Zeus, Rómulo-Numa...); 2) una función de guerra es exterior a la soberanía política, y se distingue tanto de un polo como del otro (Indra, o Thor, o Tulio Hostilio...)1.

    1. Un curioso ritmo anima así el aparato de Estado, y en principio es un gran misterio, el de los Dioses-agavilladores o de los emperadores mágicos, Tuertos que emiten con un único ojo los signos que capturan, que ligan a distancia. Los reyes juristas son más bien Mancos, que levantan su única mano como elemento del derecho y de la técnica, de la ley y de la herramienta. En la sucesión de los hombres

      de Estado buscad siempre el Tuerto y el Manco, Horacio Coclès y Mucio Scevola (¿de Gaulle y Pompidou?). No es que uno tenga la exclusividad de los signos, y el otro la de las herramientas. El emperador terrible ya es señor de las grandes obras; el rey sabio conquista y transforma todo el régimen de signos. Pues la combinación signos-herramientas constituye de todas formas el rasgo diferencial de la soberanía política, o la complementaridad de Estado2.

    2. Por supuesto, los dos hombres de Estado siempre aparecen implicados en historias de guerra. Pero precisamente, o bien el emperador mágico hace combatir a guerreros que no son los suyos, que pone a su servicio por captura; o bien, las armas cuando surge en el campo de batalla, lanza su red sobre los guerreros, les provoca con su único ojo una catatonía petrificada, ―liga sin combate‖, encastra la máquina de guerra (no hay, pues, que confundir esta captura de Estado con las capturas de guerra, conquistas, prisioneros, botines)3. En cuanto al otro polo, el rey jurista es un gran organizador de la guerra; pero le da leyes, le prepara un campo, le inventa un derecho, le impone una disciplina, la subordina a fines políticos. Convierte la máquina de guerra en una institución militar, adapta la máquina de guerra al aparato de Estado4. No debemos precipitarnos y hablar de dulcifica-ción, de humanización: al contrario, quizá sea precisamente ahí donde la máquina de guerra sólo tiene un objeto, la propia guerra. La violencia aparece en todas partes, pero bajo regímenes y economías diferentes. La violencia del emperador mágico: su nudo, su red, su ―ataque una vez por todas‖... La violencia del rey jurista: su reanudación en cada ataque, siempre en virtud de los fines, de las alianzas y de las leyes... En última instancia, la violencia de la máquina de guerra podría parecer más suave y más flexible que la del aparato de Estado: pues todavía no tiene la guerra como ―objeto‖, escapa a los dos polos de Estado. Por eso el hombre de guerra, en su exterioridad, no deja de protestar contra las alianzas y pactos del rey jurista, pero también de deshacer los lazos del emperador mágico. Es tan desagavillador como perjuro: dos veces traidor5. Tiene otra economía, otra crueldad, pero también otra justicia, otra piedad. El hombre de guerra opone a los signos y herramientas del Estado sus armas y sus joyas. Una vez más, ¿quién dirá lo mejor y lo peor? Es cierto que la guerra mata y mutila espantosamente. Pero lo hace tanto más cuanto que el Estado se apropia de la máquina de guerra. Y sobre todo el aparato de Estado hace que la mutilación e incluso la muerte se produzcan previamente. Tiene necesidad de que ya se hayan producido, de que los hombres nazcan de ese modo, lisiados y zombies. El mito del zombie, del muerto-viviente, es un mito del trabajo y no de la guerra. La mutilación es una consecuencia de la guerra, pero es una condición, un presupuesto del aparato de Estado y de la organización del trabajo (de ahí la deformidad natal no sólo del trabajador, sino del propio hombre de Estado, del tipo Tuerto o Manco): ―Esa brutal profusión de trozos de carne cortada me había consternado. (...) ¿No formaba parte de la perfección técnica y de su embriaguez (...)? Los hombres se hacen la guerra desde los tiempos más remotos, pero no recuerdo en toda la Iliada un solo ejemplo en el que un guerrero haya perdido un brazo o una pierna. El mito reservaba las mutilaciones para los monstruos, para las bestias humanas de la raza de Tántalo o de Procusto (...) Una ilusión óptica hace que atribuyamos esas mutilaciones al acci-

dente. De hecho, los accidentes proceden de las mutilaciones que ya ha sufrido nuestro mundo en sus orígenes; y el crecimiento numérico de las amputaciones es uno de los síntomas que traicionan el triunfo de la moral del escalpelo. La pérdida se produjo realmente mucho antes de que pudiera ser visiblemente valorada. 6. El

aparato de Estado tiene necesidad, tanto en su cúpula como en su base, de tarados previos, de mutilados preexistentes o de muertos de nacimiento, de lisiados congénitos, de tuertos y de mancos.

En ese caso, podría establecerse una tentadora hipótesis, en tres tiempos: la máquina de guerra estaría ―entre‖ los dos polos de la soberanía política, y aseguraría el paso de un polo al otro. En ese orden precisamente, 1-2-3, parecen presentarse las cosas en el mito o en la historia. Veamos dos versiones del Tuerto y del Manco analizadas por Dumézil: 1) El dios Odín, con un único ojo, ata o liga al Lobo de guerra, lo atrapa en su lazo mágico; 2) pero el lobo desconfiaba, y disponía de toda su potencia de exterioridad; 3) el dios Tyr da una garantía jurídica al lobo, le deja una mano en el hocico, para que el lobo pueda cortarla si no logra deshacerse del lazo. —1) Horacio Coclès, el tuerto, sólo con su rostro, su gesto y su potencia mágica, impide que el jefe etrusco asalte Roma; 2) entonces el jefe de guerra decide sitiarla; 3) Mucio Scevola toma el relevo político, y ofrece su mano como garantía, para persuadir al guerrero de que es mejor renunciar al sitio y concluir un pacto. —En un contexto completamente distinto, histórico, Marcel Détienne sugiere un esquema análogo en tres tiempos para la Grecia Antigua: 1) el soberano mágico, el ―Señor de la verdad‖, dispone de una máquina de guerra, que sin duda no procede de él, y que en su imperio disfruta de una relativa autonomía;

  1. esta clase de guerreros tiene reglas propias, definidas por una ―isonomía‖, un espacio isótropo, un ―medio‖ (el botín está en el medio, el que habla se sitúa en el medio de la asamblea): es otro espacio, son otras reglas que las del soberano, que captura y que habla desde arriba; 3) la reforma hoplítica, preparada en la clase guerrera, va a extenderse al conjunto del cuerpo social, va a promover un ejército de soldados-ciudadanos, al mismo tiempo que los últimos restos de un polo imperial de la soberanía son sustituidos por el polo jurídico del Estado-ciudad (isonomía como ley, isotropía como espacio)7. Así pues, en todos estos casos, diríase que la máquina de guerra interviene ―entre‖ los dos polos del aparato de Estado, para garantizar y determinar el paso del uno al otro.

    Sin embargo, no se puede dar a este esquema un sentido causal (y los autores invocados no lo hacen). En primer lugar, la máquina de guerra no explica nada; pues o bien es exterior al Estado y dirigida contra él; o bien ya forma parte de él, encastrada o adaptada, y lo supone. Si interviene en una evolución del Estado siempre lo hará necesariamente en conjunción con otros factores internos. Y eso es lo que aparece en segundo lugar: si hay una evolución del Estado es necesario que el segundo polo, el polo evolucionado, esté en resonancia con el primero, que de alguna manera no deje de recargarlo, y que el Estado sólo tenga un medio de interioridad, es decir, una unidad de composición, a pesar de todas las diferencias de organización y de desarrollo de los Estados. Incluso es necesario que cada Estado tenga los dos polos, como los momentos esenciales de su existencia, aunque la organización de los dos varíe. En tercer lugar, si llamamos ―captura‖ a esta esencia

    interna o a esta unidad del Estado, debemos decir que las palabras ―captura má-gica‖ describen perfectamente la situación, puesto que siempre aparece como ya hecha y presuponiéndose; en ese caso, ¿cómo explicarla si no se refiere a ninguna causa asignable precisa? Por eso las tesis sobre el origen del Estado siempre son tautológicas. Unas veces se invocan factores exógenos, ligados a la guerra y a la máquina de guerra; otras factores endógenos, que harían nacer la propiedad privada, la moneda, etc.; otras, por último, factores específicos que determinarían la formación de ―funciones públicas‖. Las tres tesis se encuentran en Engels, según una concepción de la diversidad de las vías de la Dominación. Pero todas suponen lo que se discute. La guerra sólo produce Estado si al menos una de las dos partes es previamente un Estado; y la organización de guerra tan sólo es un factor de Estado si forma parte de él. O bien el Estado no incluye máquina de guerra (antes de que existan soldados, existen policías y carceleros), o bien la incluye, pero bajo forma de institución militar o de función pública8. De igual modo, la propiedad privada supone una propiedad pública de Estado, circula a través de sus mallas; y la moneda supone el impuesto. Pero lo que resulta todavía más difícil de explicar es cómo unas funciones públicas podrían preexistir al Estado que implican. Siempre nos vemos obligados a referirnos a un Estado que nace adulto y que surge de golpe, Urstaat incondicionado.


    Proposición XI: ¿Qué es primero?


    Al primer polo de captura se le denominará imperial o despótico. Corresponde a la formación asiática de Marx. La arqueología lo descubre en todas partes, oculto a menudo por el olvido, en el horizonte de todos los sistemas o Estados, no sólo en Asia, sino en África, en América, en Grecia, en Roma. Urstaat inmemorial, desde el neolítico, y quizá desde mucho antes. Según la descripción marxista: un aparato de Estado se erige sobre las comunidades agrícolas primitivas, que ya tienen códigos de linajes-territoriales; pero las sobrecodifica, las somete al poder de un emperador déspota, propietario público único y transcendente, señor del excedente o de las reservas, organizador de las grandes obras (sobretrabajo), fuente de funciones públicas y de burocracia. Es el paradigma del lazo, del nudo. Tal es el régimen de signos del Estado: la sobrecodificación o el Significante. Es un sistema de esclavitud maquínica: la primera ―megamáquina‖ en sentido estricto, como dice Mumford. Prodigioso triunfo de un golpe: con relación a este modelo los otros Estados sólo serán engendros. El emperador déspota no es un rey o un tirano; éstos sólo existirán en función de una propiedad ya privada9. En el régimen imperial, por el contrario, todo es público: la posesión de la tierra es comunitaria, cada uno sólo posee en tanto que miembro de una comunidad; la propiedad eminente del déspota es la de la supuesta Unidad de las comunidades; y los funcionarios sólo tienen tierras de función, incluso hereditarias. Puede existir el dinero, especialmente en el impuesto que los funcionarios deben al emperador, pero no sirve para una compra-venta, puesto que la tierra no existe como mercancía alienable. Es el régimen del nexum, el lazo: todo se presta, e incluso se da sin

    transferencia de propiedad, sin apropiación privada, y en él la contrapartida no supone un interés ni un beneficio para el donante, sino más bien una ―renta‖ que le corresponde, que va unida al préstamo de uso o a la donación de renta 10.

    Marx historiador, Childe arqueólogo, coinciden en el punto siguiente: el Estado imperial arcaico, que sobrecodificará comunidades agrícolas, supone al menos un cierto desarrollo de sus fuerzas productivas, puesto que es necesario un excedente potencial capaz de constituir las reservas de Estado, de mantener un ar-tesanado especializado (metalurgia), y de suscitar progresivamente funciones públicas. Por eso Marx relacionaba el Estado arcaico con un cierto ―modo de pro-ducción‖. No obstante, el origen de estos Estados neolíticos se puede diferir en el tiempo todo lo que se quiera. Pues bien, cuando se presuponen imperios casi pa-leolíticos, no sólo se trata de una cantidad de tiempo, el problema cualitativo cambia. Catal-Hüyük, en Anatolia, hace posible un paradigma imperial singularmente reforzado: se trata de unas reservas de cereales silvestres y de animales relativamente pacíficos, procedentes de territorios diferentes, que realizan y permiten realizar, en principio al azar, hibridaciones y selecciones de las que surgirán la agricultura y la ganadería menor11. Vemos perfectamente la importancia de este cambio en los elementos del problema. Las reservas ya no suponen un excedente potencial, sino a la inversa. El Estado ya no supone comunidades agrícolas elaboradas y fuerzas productivas desarrolladas; al contrario, se establece directamente en un medio de recolectores-cazadores sin agricultura ni metalurgia previas, y es él el que crea la agricultura, la ganadería y la metalurgia, primero en su propio suelo, luego impo-niéndolas al mundo circundante. El campo ya no crea progresivamente la ciudad, es la ciudad la que crea el campo. El Estado ya no supone un modo de producción, es el Estado el que convierte la producción en un ―modo‖. Las últimas razones para suponer un desarrollo progresivo se anulan. Sucede como con los cereales en un saco: todo comienza por una mezcla al azar. La ―revolución estatal y urbana‖ puede ser paleolítica, y no neolítica como creía Childe.

    El evolucionismo ha sido criticado de múltiples formas (movimientos en zigzag, etapas que faltan aquí o allá, cortes de conjunto irreductibles). Especialmente, hemos visto cómo Pierre Clastres había intentado romper el marco evolucionista, en función de dos tesis: 1) las llamadas sociedades primitivas no eran sociedades sin Estado, en el sentido en que no habrían alcanzado un cierto estadio, sino sociedades contra-Estado, que organizaban mecanismos que conjuraban la forma-Estado, que hacían imposible su cristalización; 2) cuando surge el Estado, lo hace bajo la forma de un corte irreductible, puesto que no es la consecuencia de un desarrollo progresivo de las fuerzas productivas (ni siquiera la ―revolución neolí-tica‖ puede definirse en función de una infraestructura económica)12. No obstante, no se rompe con el evolucionismo trazando un corte por sí solo: Clastres, en la última fase de su trabajo, mantenía la preexistencia y la autarquía de las sociedades contra-Estado, y atribuía su mecanismo a un presentimiento demasiado misterioso de lo que conjuraban y que todavía no existía. Más generalmente, no puede dejar de sorprendernos la curiosa indiferencia que la etnología sigue manifestando por la arqueología. Diríase que los etnólogos, encerrados en sus respectivos territorios, quieren compararlos entre sí de manera abstracta, o, en última

    instancia, estructural, pero rechazan confrontarlos a los territorios arqueológicos que comprometerían su autarquía. Sacan fotos de sus primitivos, pero rechazan de antemano la coexistencia y la superposición de dos mapas, etnográfico y arqueológico. Catal Hüyük habría tenido sin embargo una zona de influencia de tres mil kilómetros; pero, ¿cómo se puede dejar sin definir el problema continuamente planteado de la relación de coexistencia entre las sociedades primitivas y los imperios, incluso del neolítico? Mientras no se tenga en cuenta la arqueología, el problema de una relación etnología-historia se reduce a una confrontación idealista, y no se libera del tema absurdo de la sociedad sin historia, o de la sociedad contra la historia. No todo es Estado, precisamente porque siempre y en todas partes ha habido Estados. No sólo la escritura supone el Estado, también lo suponen la palabra, la lengua y el lenguaje. La autosuficiencia, la autarquía, la independencia, la preexistencia de las comunidades primitivas es un sueño de etnólogo: no que esas comunidades dependan necesariamente de Estados, sino que coexisten con ellos en una red compleja. Cabe pensar que las sociedades primitivas han mantenido

    ―desde el principio‖ relaciones lejanas las unas con las otras, y no sólo de vecindad, y que esas relaciones utilizaban a los Estados como intermediarios, incluso si éstos sólo las capturaban local y parcialmente. Las propias palabras y las lenguas, independientemente de la escritura, no definen grupos cerrados que se entienden entre sí, sino que determinan sobre todo relaciones entre grupos que no se comprenden: si existe lenguaje es sobre todo entre aquellos que no hablan la misma lengua. El lenguaje está hecho para eso, para la traducción, no para la comunicación. Y en las sociedades primitivas hay tantas tendencias que ―buscan‖ el Estado, tantos vectores que trabajan en dirección del Estado, como movimientos en el Estado, o fuera de él, que tienden a separarse de él, a defenderse de él, o bien hacerlo evolucionar, o ya abolirlo: todo coexiste, en constante interacción.

    Un evolucionismo económico es imposible: apenas se puede creer en una evolución, incluso ramificada, ―recolectores-cazadores-ganaderos-agricultores-in-dustriales‖. Un evolucionismo etnológico ―nómadas-seminómadas-sedentarios‖ no es más válido. Tampoco un evolucionismo ecológico ―autarquía dispersa de grupos locales-pueblos y aldeas-ciudades-Estados‖. Basta con hacer que esas evoluciones abstractas interfieran para que todo evolucionismo se derrumbe: por ejemplo, la ciudad crea la agricultura, sin pasar por aldeas. Otro ejemplo, los nómadas no preceden a los sedentarios, sino que el nomadismo es un movimiento, un devenir que afecta a los sedentarios, del mismo modo que la sedentarización es un freno que fija a los nómadas: Gryaznov ha mostrado a este respecto cómo el más antiguo nomadismo sólo puede atribuirse exactamente a poblaciones que abandonan su sedentaridad casi urbana, o su itinerancia primitiva, para ponerse a nomadizar13. En esas condiciones, los nómadas inventan la máquina de guerra, como lo que ocupa o llena el espacio nómada, y se opone a las ciudades y a los Estados que tiende a abolir. Los primitivos ya tenían mecanismos de guerra que contribuían a impedir la formación de un Estado; pero esos mecanismos cambian cuando se autonomizan en una máquina específica del nomadismo que responde a los Estados. No obstante, de ello no debe deducirse una evolución, incluso en zigzag, que iría de los primitivos a los Estados, de los Estados a las

    máquinas de guerra nómadas: o al menos el zigzag no es sucesivo, sino que pasa por las localizaciones de una topología que define aquí sociedades primitivas, allá Estados, más allá máquinas de guerra. E incluso cuando el Estado se apropia de la máquina de guerra, cambiando una vez más su naturaleza, se trata de un fenómeno de desplazamiento, de transferencia, y no de evolución. El nómada sólo existe en devenir y en interacción; pero el primitivo también. La historia no hace más que traducir en sucesión una coexistencia de devenires. Y las colectividades pueden ser trashumantes, semisedentarias, sedentarias, o nómadas, sin que por ello sean estadios preparatorios del Estado, que ya está ahí, en otra parte o al lado.

    ¿Puede decirse al menos que los recolectores-cazadores son los ―verdaderos‖ primitivos, y que, a pesar de todo, siguen siendo la base o el mínimo presupuesto de la formación del Estado, por muy lejos que se haga remontar ésta? Sólo se puede tener ese punto de vista cuando se tiene una concepción de la causalidad muy insuficiente. Es cierto que las ciencias humanas, con sus esquemas materialis-tas, evolucionistas o incluso dialécticos, están retrasadas respecto a la riqueza y la complejidad de las relaciones causales tal como aparecen en física o incluso en biología. La física y la biología nos ponen en presencia de causalidades invertidas, sin finalidad, pero que no por ello dejan de poner de manifiesto una acción del futuro sobre el presente, o del presente sobre el pasado: por ejemplo, la onda convergente y el potencial anticipado, que implican una inversión del tiempo. Más que los cortes o los zigzag, son esas causalidades invertidas las que rompen la evolución. De igual modo, en el campo que nos ocupa, no basta con decir que el Estado neolítico incluso paleolítico, una vez que aparece, actúa sobre el mundo circundante de los recolectores-cazadores; ya actúa antes de aparecer, como el límite actual que esas sociedades primitivas conjuran por su cuenta, o como el punto hacia el que convergen, pero que no podrían alcanzar sin destruirse. En esas sociedades, existen a la vez vectores que van en dirección del Estado, mecanismos que lo conjuran, un punto de convergencia rechazado, expulsado a medida que uno se aproxima a él. Conjurar también es anticipar. Por supuesto, el Estado no existe realmente, y no preexiste a título de límite conjurado, de la misma manera. De ahí la irreductible contingencia. Pero, para dar un sentido positivo a la idea de un ―presentimiento‖ de lo que aún no existe, hay que mostrar cómo lo que no existe ya actúa bajo otra forma que la de su existencia. Una vez que aparece, el Estado actúa sobre los recolectores-cazadores imponiéndoles la agricultura, la ganadería, una división muy avanzada del trabajo, etc.: así pues, bajo la forma de una onda centrífuga o divergente. Pero, antes de aparecer, el Estado ya actúa bajo la forma de la onda convergente o centrípeta de los cazadores recolectores, onda que se anula precisamente en el punto de convergencia que señalaría la inversión de los signos o la aparición de Estado (de ahí la inestabilidad intrínseca y funcional de esas sociedades primitivas) 14. Pues bien, desde ese punto de vista, es necesario pensar la contemporaneidad o la coexistencia de los dos movimientos inversos, de las dos direcciones del tiempo —de los primitivos ―anteriores‖ al Estado y del Estado

    ―posterior‖ a los primitivos—, como si las dos ondas que aparentemente se excluyen, o se suceden, se desarrollasen simultáneamente en un campo molecular micrológico, micropolítico, ―arqueológico‖.

    Existen mecanismos colectivos que conjuran y anticipan a la vez la formación de un poder central. Este aparece, pues, en función de un umbral o de un grado, de tal forma que lo que es anticipado adquiere o no consistencia, lo que es conjurado deja de serlo y surge. Y ese umbral de consistencia, o de coerción, no es evolutivo, coexiste con lo que es anterior a él. Es más, habría que distinguir umbrales de consistencia: la ciudad y el Estado no son lo mismo, cualquiera que sea su complementaridad. La ―revolución urbana‖ y la ―revolución estatal‖ pueden coincidir, pero no confundirse. En los dos casos, existe poder central, pero de distinto tipo. Algunos autores han sabido distinguir el sistema imperial o palatino (palacio-templo) y el sistema ciudadano, urbano. En los dos casos existe ciudad, pero en un caso la ciudad es una escrecencia del palacio o del templo, en el otro, el palacio, el templo es una concreción de la ciudad. En un caso la ciudad por excelencia es la capital, en el otro, es la metrópolis. Sumer ya es un ejemplo de una solución-ciu-dad, por oposición a la solución imperial de Egipto. Pero el mundo Mediterráneo, con los pelasgos, los fenicios, los griegos, los cartagineses, es un ejemplo más claro, que crea un tejido urbano distinto de los organismos imperiales de Orien-te15. También en este caso, no se trata de un problema de evolución, sino de dos umbrales de consistencia a su vez coexistentes. Las diferencias se basan en varios aspectos.

    La ciudad es el correlato de la ruta. Sólo existe en función de una circulación, y de circuitos; es un punto extraordinario en los circuitos que la crean o que ella crea. Se define por entradas y salidas, es necesario que algo entre y salga de ella. Impone una frecuencia. Opera una polarización de la materia, inerte, viviente o humana; hace que el filum, los flujos pasen aquí o allá, en líneas horizontales. Es un fenómeno de transconsistencia, es una red, puesto que está fundamentalmente en relación con otras ciudades. Representa un umbral de desterritorialización, puesto que para entrar en la red, someterse a la polarización, seguir el circuito de recodificación urbano y de ruta, es necesario que todo material esté suficientemente desterritorializado. El máximo de desterritorialización aparece en la tendencia de las ciudades comerciales y marítimas a separarse de las regiones interiores, del campo (Atenas, Cartago, Venecia...). A menudo, se ha insistido en el carácter comercial de la ciudad, pero el comercio también es espiritual, como en una red de monasterios o de ciudades-templos. Las ciudades son puntos-circuitos de cualquier naturaleza, que hacen contrapunto en las líneas horizontales; operan una integración completa, pero local, y de ciudad en ciudad. Cada una constituye un poder central, pero de polarización o de medio, de coordinación forzosa. De ahí la pretensión igualitaria de ese poder, cualquiera que sea la forma que adopte, tiránica, democrática, oligárquica, aristocrática... El poder de ciudad inventa la idea de magistratura, muy diferente del funcionariado de Estado16. Pero, ¿quién puede decir dónde hay mayor violencia civil?

    En efecto, el Estado procede de otro modo: es un fenómeno de intraconsisten-cia. Hace resonar al mismo tiempo puntos, que ya no son forzosamente ciudades-polos, sino puntos de orden muy diverso, particularidades geográficas, étnicas, lingüísticas, morales, económicas, tecnológicas... Hace resonar la ciudad con el campo. Opera por estratificación, es decir, forma un conjunto vertical y jerar-

    quizado que atraviesa en profundidad las líneas horizontales. Así pues, sólo retiene tales y tales elementos cortando sus relaciones con otros elementos que han devenido externos, inhibiendo, frenando o controlando esas relaciones; si el Estado tiene un circuito, ese es un circuito interno que depende fundamentalmente de la resonancia, una zona de recurrencia que se aísla así del resto de la red, sin perjuicio de controlar aún más estrictamente las relaciones con ese resto. El problema no está en saber si lo que es retenido es natural o artificial (fronteras), puesto que de todas maneras existe desterritorialización; pero aquí la desterritorialización se produce porque el propio territorio es tomado como objeto, como material a es-tratificar, a hacer resonar. Al mismo tiempo, el poder central de Estado es jerárquico, y constituye un funcionariado; el centro no está en el medio, sino arriba, puesto que sólo por subordinación puede reunir lo que aísla. Por supuesto, hay una multiplicidad de Estados no menos que de ciudades, pero no se trata del mismo tipo de multiplicidad: hay tantos Estados como cortes verticales en profundidad, cada uno separado de los otros, mientras que la ciudad es inseparable de la red horizontal de las ciudades. Cada Estado es una integración global (y no local), una redundancia de resonancia (y no de frecuencia), una operación de estratificación del territorio (y no de polarización del medio).

    Se puede reconstituir cómo las sociedades primitivas conjuran a la vez los dos umbrales, anticipándolos. Lévi-Strauss muestra que los mismos poblados son susceptibles de dos presentaciones, una segmentaria e igualitaria, otra englobante y jerarquizada. Existen ahí como dos potenciales, uno que anticipa un punto central común a dos segmentos horizontales, otro, por el contrario, un punto central exterior a una recta17. Pues las sociedades primitivas no carecen de formaciones de poder: incluso tienen muchas. Pero, lo que impide que los puntos centrales potenciales cristalicen, adquieran consistencia, son precisamente los mecanismos que hacen que esas formaciones de poder no resuenen conjuntamente en el punto superior, ni que tampoco polaricen en el punto común: en efecto, los círculos no son concéntricos, y los dos segmentos tienen necesidad de un tercero gracias al cual comunican18. En ese sentido, las sociedades primitivas no alcanzan ni el umbral-ciudad ni el umbral-Estado.

    Si consideramos ahora los dos umbrales de consistencia vemos claramente que implican una desterritorialización, con relación a los códigos territoriales primitivos. Y es inútil preguntarse cuál es primero, el de la ciudad o el del Estado, el de la revolución urbana o el de la estatal, puesto que los dos están en presuposición recíproca. Los dos son necesarios para efectuar el estriaje del espacio, líneas melódicas de las ciudades, cortes armónicos de los Estados. El único problema que se plantea es el de la posibilidad de una relación inversa en el seno de esta reciprocidad. Pues, si el Estado arcaico imperial implica necesariamente ciudades importantes, estas ciudades permanecen tanto más subordinadas a él cuanto que el Palacio conserva el monopolio del comercio exterior. La ciudad, por el contrario, tiende a emanciparse cuando la sobrecodificación de Estado provoca flujos descodificados. Una descodificación se une a la desterritorialización, y la amplifica: la recodificación necesaria pasa entonces por una cierta autonomía de las ciudades, o bien directamente por ciudades comerciantes y corporativas liberadas de la for-

    ma-Estado. En ese sentido, surgen ciudades que ya no tienen relación con su propia tierra, puesto que aseguran el comercio entre imperios, o, mejor todavía, constituyen con otras ciudades una red comercial independiente. Existe, pues, una aventura propia de las ciudades en las zonas más intensas de descodificación: por ejemplo, en el mundo egeo de la Antigüedad, en el mundo occidental de la Edad Media y del Renacimiento. ¿No podría decirse que el capitalismo es el fruto de las ciudades, que surge cuando una recodificación urbana tiende a sustituir la sobrecodificación de Estado? Sin embargo, eso no sería cierto. Las ciudades no crean el capitalismo. Pues las ciudades comerciantes y bancarias, con su improductividad, su indiferencia por las regiones del interior, no operan una recodificación sin inhibir también la conjugación general de los flujos descodificados. Si bien es verdad que anticipan el capitalismo, también es verdad que no lo anticipan sin conjurarlo. No alcanzan ese nuevo umbral. Así pues, hay que ampliar la hipótesis de que existen mecanismos a la vez anticipadores e inhibidores: estos mecanismos actúan en las ciudades ―contra‖ el Estado y contra el capitalismo, y no sólo en las sociedades primitivas. Por último, el capitalismo triunfará gracias a la forma-Estado y no gracias a la forma-ciudad: cuando los Estados occidentales se hayan convertido en modelos de realización para una axiomática de los flujos descodificados, y como tales hayan sometido de nuevo a las ciudades. Como dice Braudel, “siempre hay dos corredores, el Estado y la Ciudad‖ —dos formas y dos velocidades de desterrito-rialización—, ―y de ordinario gana el Estado (...), el Estado ha disciplinado a las ciudades, violentamente o no, con un ensañamiento instintivo, donde quiera que miremos a través de toda Europa (...), el Estado ha alcanzado el galope de las ciudades‖19. Y recíprocamente, sin embargo; en efecto, si el Estado moderno proporciona al capitalismo sus modelos de realización, lo que así se realiza es una axiomática independiente, mundial, que es como una sola y misma Ciudad, me-gápolis o ―megamáquina‖, de la que los Estados son partes, barrios.

    Nosotros definimos las formaciones sociales por procesos maquínicos, y no por modos de producción (que, por el contrario, dependen de los procesos). Así, las sociedades primitivas se definen por mecanismos de conjuración-anticipación; las sociedades con Estado se definen por aparatos de captura; las sociedades urbanas, por los instrumentos de polarización; las sociedades nómadas, por máquinas de guerra; por último, las organizaciones internacionales, o más bien ecuménicas, se definen porque engloban formaciones sociales heterogéneas. Pues bien, precisamente porque estos procesos son variables de coexistencia que son el objeto de una topología social, las diversas formaciones correspondientes coexisten. Y coexisten de dos maneras, de manera extrínseca y de manera intrínseca. En efecto, por un lado, las sociedades primitivas no conjuran la formación de un imperio o de un Estado sin anticiparla, y no la anticipan sin que ella no esté ya ahí, formando parte de su horizonte. Los Estados no efectúan una captura sin que lo capturado no coexista, no resista en las sociedades primitivas, o no huya bajo nuevas formas, ciudades, máquinas de guerra... La composición numérica de las máquinas de guerra se superpone a la organización de linaje primitiva y se opone simultáneamente a la organización geométrica de Estado, a la organización física de ciudad. Esta coexistencia extrínseca —interacción— se expresa por sí misma en los

    conjuntos internacionales. Pues éstos, evidentemente, no han esperado al capitalismo para formarse: desde el neolítico, incluso desde el paleolítico, encontramos las huellas de organizaciones ecuménicas que hablan de un comercio a larga distancia, y que atraviesan simultáneamente las formaciones sociales más diversas (ya lo hemos visto en el caso de la metalurgia). El problema de la difusión, del difu-sionismo, está mal planteado en tanto que se presupone un centro a partir del cual se haría la difusión. Sólo hay difusión cuando se ponen en comunicación potenciales de orden muy diferente: toda difusión actúa en el medio, por el medio, como todo lo que ―crece‖, del tipo rizoma. Una organización internacional ecuménica no procede de un centro imperial que se impondría a un medio exterior para homogeneizarlo; tampoco se reduce a relaciones entre formaciones del mismo orden, por ejemplo entre Estados (S.D.N., O.N.U...). Al contrario, constituye un medio intermediario entre los diferentes órdenes coexistentes. Al mismo tiempo, no es exclusivamente económica o comercial, también es religiosa, artística, etc. En ese sentido, llamaremos organización internacional a todo aquello que tiene la capacidad de atravesar formaciones sociales diversas, simultáneamente, Estados, ciudades, desiertos, máquinas de guerra, sociedades primitivas. Las grandes formaciones comerciantes históricas no son simplemente ciudades-polos, también son segmentos primitivos, imperiales, nómadas, por los que ellas pasan, sin perjuicio de volver a surgir bajo otra forma. Samir Amin tiene toda la razón cuando dice que no existe una teoría económica de las relaciones internacionales, incluso cuando estas relaciones son económicas, y eso se debe a que están a caballo de formaciones heterogéneas 20. Una organización ecuménica no parte de un Estado, incluso si es imperial; el Estado imperial tan sólo forma parte de ella, y forma parte de ella de acuerdo con su propio modo, en la medida de su orden, que consiste en capturar todo lo que puede de ella. No procede por homogeneización progresiva, ni por totalización, sino por adquisición de consistencia o consolidación de lo diverso como tal. Por ejemplo, la religión monoteísta se distingue del culto territorial por una pretensión de universalidad. Pero esta pretensión no es homogeneizante, sólo es válida a fuerza de pasar por todas partes: como el cristianismo, que no deviene de imperio o de ciudad sin suscitar también sus bandas, sus desiertos, sus máquinas de guerra21. De igual modo, no hay movimiento artístico que no tenga sus ciudades y sus imperios, pero también sus nómadas, sus bandas y sus primitivos.

    Se puede objetar que, al menos con el capitalismo, las relaciones económicas internacionales, y, en última instancia, todas las relaciones internacionales, tienden a la homogeneización de las formaciones sociales. No sólo se podría citar la fría destrucción concertada de las sociedades primitivas, sino también la caída de las últimas formaciones despóticas —por ejemplo el imperio otomano, que oponía demasiada resistencia e inercia a las exigencias capitalistas—. No obstante, esta objeción sólo es justa parcialmente. En la medida en que el capitalismo constituye una axiomática (producción para el mercado), todos los Estados y todas las formaciones sociales tienden a devenir isomorfas, a título de modelos de realización: sólo existe un único mercado mundial centrado, el capitalismo, en el que participan incluso los llamados países socialistas. La organización mundial deja, pues, de

    pasar ―entre‖ formas heterogéneas, puesto que asegura la isomorfía de las formaciones. Pero sería totalmente equivocado confundir el isomorfismo con una homogeneidad. Por un lado, la isomorfía deja subsistir o incluso suscita una gran heterogeneidad entre los Estados (los Estados democráticos, totalitarios, y con mayor motivo los Estados ―socialistas‖, no son fachadas). Por otro lado, la axiomática capitalista internacional sólo garantiza efectivamente la isomorfía de las diversas formaciones allí donde el mercado interior se desarrolla y se amplía, es decir, ―en el centro‖. Pero soporta, es más, exige una cierta polimorfía periférica, en la medida en que no está saturada, en la medida en que rechaza activamente sus propios límites: de ahí que existan formaciones sociales heteromorfas, en la periferia, que ciertamente no constituyen supervivencias o formas transicionales, puesto que realizan una producción capitalista ultramoderna (petróleo, minas, plantaciones, bienes de equipo, siderurgia, química...) pero que no por ello son menos precapitalistas, o extracapitalistas, en razón de otros aspectos de su producción y de la inadecuación forzosa de su mercado interior al mercado mundial22. Cuando deviene axiomática capitalista, la organización internacional continúa implicando la heterogeneidad de las formaciones sociales, suscita y organiza su ―tercer mundo‖. No sólo hay coexistencia externa de las formaciones, también hay coexistencia intrínseca de los procesos maquínicos. Pues cada proceso puede funcionar también bajo otra ―potencia‖ que la suya propia, puede ser continuado por una potencia que corresponde a otro proceso. El Estado como aparato de captura tiene una potencia de apropiación; ahora bien esa potencia no sólo consiste en que captura todo lo que puede, todo lo que es posible, en una materia definida como filum. El aparato de captura se apropia igualmente de la máquina de guerra, de los instrumentos de polarización, de los mecanismos de anticipación-conjuración. Lo que inversamente quiere decir que los mecanismos de anticipación-conjuración tienen una gran potencia de transferencia: no sólo se ejercen en las sociedades primitivas, sino que pasan a las ciudades que conjuran la forma-Estado, a los Estados que conjuran el capitalismo, al propio capitalismo en tanto que conjura o rechaza sus propios límites. Y tampoco se contentan con pasar bajo otras potencias, sino que vuelven a formar núcleos de resistencia y de contagio, como ya hemos visto para los fenómenos de ―banda‖, que tienen sus ciudades, su internacionalismo, etc. De igual modo, las máquinas de guerra tienen una potencia de matamorfosis, gracias a la cual, evidentemente, son capturadas por los Estados, pero gracias a la cual también resisten a esta captura y renacen bajo otras formas, con otros ―objetos‖ que la guerra (¿la revolución?). Cada potencia es una fuerza de desterritorialización que compite con las otras y contra las otras (incluso las sociedades primitivas tienen sus vectores de desterritorialización). Cada proceso puede pasar bajo otras po-

    tencias, pero también subordinar otros procesos a su propia potencia.


    Proposición XII: Captura


    ¿Se puede concebir un ―intercambio‖ entre grupos primitivos diferentes, independientemente de cualquier referencia a nociones como las de reservas, trabajo y mercancía? Parece que un marginalismo modificado nos permite establecer una

    hipótesis. Pues el interés del marginalismo no proviene de su teoría económica, extremadamente débil, sino de una potencia lógica que convierte a Jevons, por ejemplo, en una especie de Lewis Carroll de la economía. Supongamos dos grupos abstractos, uno de los cuales (A) da cereales y recibe hachas, y el otro (B), lo contrario. ¿En qué se basa la evaluación colectiva de los objetos? Se basa en la Idea de los últimos objetos recibidos, o más bien receptibles, en ambos casos, respectivamente. Por ―último‖ o ―marginal‖ no hay que entender el más reciente, ni el último, sino más bien el penúltimo, es decir, el último antes de que el intercambio aparente pierda todo interés para los intercambistas, o les obligue a modificar su agenciamiento respectivo, a entrar en otro agenciamiento. En efecto, se puede concebir que el grupo recolector-plantador A, que recibe las hachas, tenga una

    ―idea‖ sobre el número de hachas que le obligaría a cambiar de agenciamiento; y que el grupo fabricante B tenga una idea sobre la cantidad de cereales que le obligaría a cambiar de agenciamiento. En ese caso, se dirá que la relación cereales-hachas está determinada por la última masa de cereales (para el grupo B) que corresponde a la última hacha (para el grupo A). El último, como objeto de evaluación colectiva, va a determinar el valor de toda la serie. Señala exactamente el punto en el que el agenciamiento debe reproducirse, recomenzar un nuevo ejercicio o un nuevo ciclo, instalarse en otro territorio, y más allá del cual el agenciamiento no podría continuar tal cual. Es, pues, claramente un penúltimo, puesto que está antes del último. El último es cuando el agenciamiento debe cambiar de naturaleza: B debería plantar los cereales sobrantes, A debería precipitar el ritmo de sus propias plantaciones y mantenerse en la misma tierra.

    En ese caso, podemos plantear una diferencia conceptual entre el ―límite‖ y el

    ―umbral‖: el límite designa el penúltimo, que señala un nuevo comienzo necesario, y el umbral designa el último, que señala un cambio inevitable. Toda empresa implica a nivel económico una evaluación del límite más allá del cual la empresa deberá modificar su estructura. El marginalismo pretende mostrar la frecuencia de este mecanismo del penúltimo: no sólo los últimos objetos intercambiables, sino el último objeto producible, o bien el último productor, el productor límite o marginal, antes de que el agenciamiento cambie23. Es una economía de la vida cotidiana. Así, ¿a qué llama el alcohólico un último vaso? El alcohólico tiene una evaluación subjetiva de lo que puede soportar. Y lo que puede soportar es precisamente el límite en función del cual, según él, podrá recomenzar (teniendo en cuenta un descanso, una pausa...). Pero, más allá de ese límite, todavía existe un umbral que le hará cambiar de agenciamiento: bien por la naturaleza de las bebidas, bien por las horas y los lugares en los que habitualmente bebe; bien, lo que es peor, entraría en un agenciamiento suicida, o bien en un agenciamiento médico, hospitalario, etc. Poco importa que el alcohólico se equivoque, o que utilice de una manera muy ambigua el tema ―voy a parar‖, el tema del último. Lo fundamental es que existe un criterio marginal y una evaluación marginalista espontáneos que regulan el valor de toda la serie de ―vasos‖. Y lo mismo se dirá de tener la última palabra, en el agenciamiento-escena conyugal. Cada uno de los cónyuges evalúa desde el principio el volumen o la densidad de la última palabra que le daría la ventaja y zanjaría la discusión, señalando el fin de un ejercicio o de un ciclo de

    agenciamiento, para que todo pueda recomenzar. Cada uno calcula sus palabras en función de la evaluación de esta última palabra y del tiempo vagamente convenido para lograrlo. Y más allá de la última palabra (penúltima) todavía habría otras palabras, esta vez las últimas, que permitirían entrar en otro agenciamiento, divorcio por ejemplo, puesto que se habría sobrepasado la ―medida‖. Otro tanto se dirá del último amor. Proust mostraba cómo un amor puede guiarse por su propio límite, su propio margen: repite su propio fin. A continuación surgirá un nuevo amor, por eso cada amor es serial, y también hay una serie de amores. Pero

    ―más-allá‖ todavía está el último, allí donde el agenciamiento cambia, allí donde el agenciamiento amoroso es sustituido por un agenciamiento artístico —la Obra a realizar, el problema de Proust...

    El intercambio sólo es una apariencia: cada miembro o cada grupo aprecia el valor del último objeto receptible (objeto-límite), y de ahí deriva la aparente equivalencia. La igualación es el resultado de las dos series heterogéneas, el intercambio o la comunicación es el resultado de los dos monólogos (palabra). No hay ni valor de cambio ni valor de uso, sino evaluación del último por ambas partes (cálculo del riesgo relativo a un franqueamiento del límite), una evaluación-anti-cipación que explica tanto el carácter ritual como el utilitario, tanto el carácter serial como el intercambista. Para cada uno de los grupos la evaluación del límite está presente desde el principio, y ya dirige el primer ―intercambio‖ entre los dos. Por supuesto, hay un tanteo, la evaluación es inseparable de un tanteo colectivo. Pero éste no se basa en modo alguno en la cantidad del trabajo social, se basa en la idea del último tanto de un lado como del otro, y se hace a velocidad variable, pero siempre más rápida que el tiempo necesario para llegar efectivamente al último objeto o incluso para pasar de una operación a otra24. En ese sentido, la evaluación es esencialmente anticipante, ya está presente en los primeros términos de la serie. Vemos que la utilidad marginal (relativa a los últimos objetos receptibles por ambas partes) no está en modo alguno relacionada con unas reservas supuestas abstractamente, sino con el agenciamiento respectivo de los grupos. En esa dirección iba Pareto cuando hablaba de “ophé-limite” más bien que de una utilidad marginal. Se trata de una deseabilidad como componente de agenciamiento: cada grupo desea según el valor del último objeto receptible, más allá del cual se vería obligado a cambiar de agenciamiento. Y todo agenciamiento tiene precisamente dos caras, maquinación de cuerpos o de objetos, enunciación de grupo. La evaluación del último es la enunciación colectiva a la que corresponde toda la serie de los objetos, es decir, un ciclo o un ejercicio de agenciamiento. Los grupos primitivos intercambistas aparecen así como grupos seriales. Es un régimen especial, incluso desde el punto de vista de la violencia. Pues incluso la violencia puede estar sometida a un tratamiento ritual marginal, es decir, a una evaluación de la ―última vio-lencia‖ como impregnando toda la serie de ataques (más allá comenzaría otro régimen de violencia). Nosotros definíamos precedentemente las sociedades primitivas por la existencia de mecanismos de anticipación-conjuración. Ahora vemos mejor cómo esos mecanismos se constituyen y se distribuyen: la evaluación del último como límite constituye una anticipación, que conjura al mismo tiempo el último como umbral o como último (nuevo agenciamiento).

    El umbral está ―después‖ del límite, ―después‖ de los últimos objetos receptibles: señala el momento en el que el intercambio aparente ya no presenta interés. Pues bien, creemos que las reservas comienzan precisamente en ese momento; con anterioridad, puede haber graneros de intercambio, pero no reservas en sentido estricto. El intercambio no supone unas reservas previas, sólo supone una

    ―elasticidad‖. Las reservas sólo comienzan cuando el intercambio ha perdido su interés, su deseabilidad, para ambas partes. Todavía hace falta una condición que dé un interés propio a las reservas, una deseabilidad propia (de lo contrario, se destruiría, los objetos, más que almacenarse, se consumirían: en efecto, para los grupos primitivos el consumo es un medio para conjurar las reservas y mantener su agenciamiento). Las reservas dependen de un nuevo tipo de agenciamiento. En esas expresiones ―después‖, ―nuevo‖, ―ser sustituido‖, hay sin duda mucha ambigüedad. De hecho, el umbral ya está presente, pero fuera del límite, que se contenta con alejarlo, mantenerlo a distancia. El problema consiste en saber cuál es ese otro agenciamiento que proporciona un interés actual por las reservas, una deseabilidad de reservas. Creemos que las reservas tienen un correlato necesario: o bien la coexistencia de territorios explotados simultáneamente, o bien la sucesión de las explotaciones en un sólo y mismo territorio. Los territorios forman una Tierra, son sustituidos por una Tierra. Tal es el agenciamiento que implica necesariamente unas reservas, y que en el primer caso constituye una cultura extensiva, y en el otro una cultura intensiva (de acuerdo con el paradigma de Jane Jacobs). Vemos, por tanto, en qué se distingue el umbral-reservas del límite-intercambio: los agenciamientos primitivos de cazadores-recolectores tienen una unidad de ejercicio que se define por la explotación de un territorio; la ley es de sucesión temporal, puesto que el agenciamiento sólo persiste cambiando de territorio al final de cada ejercicio (itinerancia, itineración); y, en cada ejercicio, hay una repetición o serie temporal que tiende hacia el último objeto como ―índice‖, el objeto-límite o marginal del territorio (iteración que va a dirigir el intercambio aparente). Por el contrario, en el otro agenciamiento, en el agenciamiento de reservas, la ley es de coexistencia espacial, concierne a la explotación simultánea de territorios diferentes; o bien, cuando es sucesiva, la sucesión de los ejercicios se basa en un sólo y mismo territorio; y, en el marco de cada ejercicio o explotación, la fuerza de iteración serial es sustituida por una potencia de simetría, de reflexión y de comparación global. Así pues, en términos exclusivamente descriptivos, nosotros opondremos los agenciamientos seriales, itinerantes o territoriales (que operan con códigos), y los agenciamientos sedentarios, de conjunto o de Tierra (que operan con una sobrecodificación).

    La renta de la tierra, en su modelo abstracto, aparece precisamente con la comparación de territorios diferentes explotados simultáneamente, o de explotaciones sucesivas de un solo y mismo territorio. La peor tierra (o la peor explotación) no implica renta, pero hace que las otras la impliquen, la ―produzcan‖ comparativamente25. Los rendimientos pueden ser comparados en función de unas reservas (los mismos sembrados en tierras diferentes, sembrados variados sucesivamente en la misma tierra). La categoría del último confirma aquí su importancia económica, pero ha cambiado completamente de sentido: ya no designa

    el final de un movimiento que se acaba en sí mismo, sino el centro de simetría para dos movimientos, uno de los cuales disminuye y el otro aumenta; ya no designa el límite de una serie ordinal, sino el elemento más bajo de un conjunto cardinal, el umbral del conjunto —la tierra menos fértil en el conjunto de tierras explotadas simultáneamente26—. La renta de la tierra homogeiniza, iguala las productividades diferentes al atribuir a un propietario del suelo el exceso de las productividades más altas con relación a la más baja: así como el precio (incluido el beneficio) se establece según la tierra menos productiva, la renta capta el sobrebeneficio relativo a las mejores tierras; capta ―la diferencia obtenida por el empleo de dos cantidades iguales de capital y de trabajo‖. Es un modelo perfecto de aparato de captura, inseparable de un proceso de desterritorialización relativa. En efecto, la tierra como objeto de la agricultura implica una desterritorialización, puesto que, en lugar de que los hombres se distribuyan en un territorio itinerante, las porciones de tierra se reparten entre los hombres en función de un criterio cuantitativo común (fertilidad a igual superficie). Por eso la tierra está en el origen de un estriaje, que procede por geometría, simetría, comparación —contrariamente a los otros elementos: los otros elementos, el agua, el aire y los vientos, el subsuelo no pueden ser estriados, y por esa misma razón sólo producen renta en la medida en que son asignados por su emplazamiento, es decir, por la tierra27—. La tierra tiene dos potencialidades de desterritorialización: sus diferencias de calidad son comparables entre sí, desde el punto de vista de una cantidad que hará que les correspondan porciones de tierra explotables; el conjunto de las tierras explotadas es apropiable, a diferencia de la tierra salvaje exterior, desde el punto de vista de un monopolio que va a fijar el o los propietarios del suelo28. La segunda potencialidad condiciona la primera. Pero el territorio conjuraba ambas al territorializar la tierra, y ahora se efectúan gracias a las reservas y en el agenciamiento agrícola, por desterritorialización del territorio. La tierra apropiada y comparada aísla de los territorios un centro de convergencia situado fuera, la tierra es una idea de la ciudad.

    La renta no es el único aparato de captura. Pues las reservas no sólo tienen como correlato la tierra, bajo el doble aspecto de la comparación de las tierras y de la apropiación monopolística de la tierra; también tiene como otro correlato el trabajo, bajo el doble aspecto de la comparación de las actividades y de la apropiación monopolística del trabajo (sobre-trabajo). En efecto, una vez más, las actividades del tipo ―acción libre‖ van a ser comparadas, relacionadas y subordinadas a una cantidad homogénea y común que llamamos trabajo, en función de las reservas. No sólo el trabajo concierne a las reservas, bien a su constitución, bien a su conservación, bien a su reconstitución, bien a su utilización, sino que el propio trabajo es una actividad en reserva, de la misma forma que el trabajador es un actante en reserva. Es más, incluso cuando hay una separación clara entre el trabajo y el sobretrabajo, no se les puede considerar independientes: no hay un trabajo llamado necesario, y un sobretrabajo. El trabajo y el sobretrabajo son estrictamente lo mismo: uno se dice de la comparación cuantitativa de las actividades, el otro de la apropiación monopolística de los trabajos por el patrón (ya no por el propietario). Incluso cuando están diferenciados y separados, como ya hemos visto, no hay trabajo que no pase por el sobretrabajo. El sobretrabajo no es lo que excede al

    trabajo; al contrario, el trabajo es lo que se deduce del sobretrabajo y lo supone. Sólo a ese nivel puede hablarse de un valor-trabajo y de una evaluación basada en la cantidad de trabajo social; mientras que los grupos primitivos estaban en un régimen de acción libre o de actividad de variación continua. En el sentido de que depende del sobretrabajo y de la plusvalía, el beneficio del patrón constituye un aparato de captura, tanto como la renta del propietario: no sólo el sobre- trabajo captura trabajo, y no sólo la propiedad captura la tierra, sino que el trabajo y el sobretrabajo son el aparato de captura de la actividad, de la misma manera que la comparación de tierras y la apropiación de la tierra son el aparato de captura del territorio 29.

    Por último, además de la renta y el beneficio, existiría un tercer aparato de captura, el impuesto. Sólo podemos comprender esta tercera forma, y su importancia creadora, si determinamos la relación interna de la que depende la mercancía. A propósito de la ciudad griega, y especialmente de la tiranía corintia, Edouard Will ha mostrado cómo el dinero no procedía en principio del intercambio, ni de la mercancía o de las exigencias del comercio, sino del impuesto, que introduce como fundamental la posibilidad de una equivalencia moneda = bienes o servicios, y que convierte el dinero en un equivalente general. En efecto, la moneda es claramente un correlato de las reservas, es un subconjunto de las reservas, en tanto que puede estar constituido por cualquier objeto de larga conservación: en el caso de Corinto, la moneda metálica es distribuida en primer lugar a los ―pobres‖ (en tanto que productores), que la utilizan para comprar derechos de tierra; pasa, pues, a manos de los ―ricos‖, a condición de que no se detenga, a condición de que todos, ricos y pobres, aporten un impuesto, los pobres en bienes o servicios, los ricos en dinero, de tal manera que se establezca una equivalencia moneda-bienes y servicios30. Ya veremos qué significa esta referencia a ricos y a pobres en el caso ya tardío de Corinto. Pero, independientemente del contexto y de las particularidades de este ejemplo, la moneda siempre es distribuida por un aparato de poder, y en tales condiciones de conservación, de circulación, de rotación, que una equivalencia bienes-servicios-dinero encuentra la posibilidad de establecerse. No creemos, pues, en una sucesión, en la que primero existiría una renta en trabajo, luego una renta en naturaleza, luego una renta pecunaria. El impuesto es directamente el medio en el que se elaboran la equivalencia y la simultaneidad de los tres. Por regla general, el impuesto monetariza la economía, crea la moneda, y la crea necesariamente en movimiento, en circulación, en rotación, y también necesariamente en correspondencia con servicios y bienes en la corriente de esa circulación. Para el Estado el impuesto será el medio del comercio exterior, en la medida en que se apropia de ese comercio. Pero la forma-dinero nace del impuesto, no del comercio31. Y la forma-dinero procedente del impuesto hace posible una apropiación monopolística del intercambio exterior por el Estado (comercio monetarizado). En efecto, en el régimen de los intercambios, todo deviene diferente. Ya no nos encontramos en la situación ―primitiva‖ en la que el intercambio se hace indirectamente, subjetivamente, por igualación respectiva de los últimos objetos receptibles (ley de la demanda). Por supuesto, el intercambio sigue siendo lo que es por principio, es decir, desigual, y sigue produciendo una

    igualación derivada de eso: pero en este caso hay comparación directa, precio objetivo, igualación monetaria (ley de la oferta). Que los bienes y los servicios sean como mercancías, y que la mercancía sea medida e igualizada por el dinero, todo eso deriva fundamentalmente del impuesto. Por eso, incluso en la actualidad, el sentido y la importancia del impuesto aparecen en el impuesto llamado indirecto, es decir, el que forma parte del precio e influye en el valor de la mercancía, independientemente y al margen del mercado32. No obstante, el impuesto indirecto sólo es un elemento adicional que se añade a los precios y los infla. Sólo es el índice o la expresión de un movimiento más profundo según el cual el impuesto constituye la primera capa de un precio ―objetivo‖, el imán monetario al que los demás elementos del precio, renta y beneficio, se añaden, se aglutinan, convergen en el mismo aparato de captura. Un gran momento del capitalismo fue cuando los capitalistas de dieron cuenta que el impuesto podía ser productivo, particularmente favorable a los beneficios e incluso a las rentas. Pero sucede como en el impuesto indirecto, es un caso favorable, que, sin embargo, no debe ocultar un acuerdo todavía más profundo y más arcaico, una convergencia e identidad de principio entre tres aspectos de un mismo aparato. Aparato de captura de tres cabezas,

    ―fórmula trinitaria‖ que deriva de la de Marx (aunque distribuye las cosas de otra forma):



    La Tierra

    (por oposición al territorio)


    Renta

    El propietario



    El Trabajo

    (por oposición a la actividad)


    Beneficio El patrón

    Stock




    La Moneda

    (por oposición al intercambio)

    medio de comparación, emisión de moneda.


    Impuestos El banquero

    1. comparación directa de las tierras, renta diferencial;

    2. apropiación monopolística de la tierra, renta absoluta.

    1. comparación directa de las actividades, trabajo;

    2. apropiación monopolística del trabajo, sobretrabajo.

    1. comparación directa de los objetos intercambiados, mercancía;

    2. apropiación monopolística del

    1. Las reservas tienen simultáneamente tres aspectos, tierras y cereales, herramientas, dinero. La tierra es territorio en reserva, la herramienta actividad en reserva, el dinero intercambio en reserva. Pero las reservas no proceden de los territorios, de las actividades ni de los intercambios. Señalan otro agenciamiento, proceden de ese otro agenciamiento.

    2. Ese agenciamiento es la ―megamáquina‖, o el aparato de captura, imperio arcaico. Funciona bajo tres modos, que corresponden a los tres aspectos de las reservas: renta, beneficio, impuesto. Y los tres modos convergen y coinciden en él, en una instancia de sobrecodificación (o de significancia): el déspota, a la vez propietario eminente de la tierra, patrón de las grandes obras, señor de los impuestos y de los precios. Podría hablarse de tres capitalizaciones de poder, o tres articulaciones del ―capital‖.

    3. El aparato de captura está formado por dos operaciones que siempre aparecen en modos convergentes: comparación directa, apropiación monopolística. Y la comparación siempre supone la apropiación: el trabajo supone el sobretrabajo, la renta diferencial supone la absoluta, la moneda de comercio supone el impuesto. El aparato de captura constituye un espacio general de comparación y un centro móvil de apropiación. Sistema pared blanca-agujero negro, que como hemos visto precedentemente constituía el rostro del déspota. Un punto de resonancia circula en un espacio de comparación, y al circular traza ese espacio. Eso es precisamente lo que distingue el aparato de Estado y los mecanismos primitivos, con sus territorios no coexistentes y sus centros no resonantes. Con el Estado o aparato de captura comienza una semiología general, que sobrecodifica las semióticas primitivas. En lugar de rasgos de expresión que siguen un filum maquínico y lo comparten en una distribución de singularidades, el Estado constituye una forma de expresión que somete al filum: el filum o materia ya sólo es un contenido comparado, homogeneizado, igualado, mientras que la expresión deviene una forma de resonancia o de apropiación. El aparato de captura, operación semiológica por excelencia... (En ese sentido, los filósofos asociacionistas no estaban equivocados cuando explicaban el poder político por operaciones del espíritu que dependen de la asociación de ideas).

      Bernard Schmitt ha propuesto un modelo de aparato de captura que explica las operaciones de comparación y de apropiación. En una economía capitalista, ese modelo está construido sin duda en función de la moneda. Pero parece basarse en principios abstractos que desbordan esos límites33. —A. Se parte de un flujo indiviso, que aún no ha sido ni apropiado ni comparado, ―disponibilidad pura‖,

      ―no-posesión y no-riqueza‖: eso es precisamente lo que sucede en la creación de moneda por los bancos, pero, más generalmente, es la determinación de las reservas, la creación de un flujo indiviso. —B. El flujo indiviso se divide en la medida en que es distribuido a los ―factores‖, repartido entre los ―factores‖. Sólo hay un tipo de factores, los productores inmediatos. Se les puede llamar los ―pobres‖, y decir que el flujo es repartido entre los pobres. Pero eso no sería exacto, puesto que no hay ―ricos‖ previos. Lo fundamental, lo importante es que los productores todavía no adquieren la posesión de lo que les es distribuido, y lo que les es distribuido todavía no es una riqueza: la remuneración no supone ni comparación ni

      apropiación, ni venta-compra, más bien es una operación de tipo nexum. Sólo hay igualdad entre el conjunto B y el conjunto A, entre el conjunto repartido y el conjunto indiviso. Llamaríamos salario nominal al conjunto repartido, aunque los salarios nominales son la forma de expresión de todo el conjunto indiviso (―la expresión nominal total‖, o, como se dice habitualmente, ―la expresión de toda la renta nacional‖): el aparato de captura aparece aquí como semiológico. —C. Así pues, ni siquiera se puede decir que el salario, concebido como repartición, remuneración, sea una compra; al contrario, el poder adquisitivo derivará de él: ―La remuneración de los productores no es una compra, es la operación gracias a la cual las compras son posibles en un segundo tiempo, cuando la moneda ejerza su nueva potencia...‖ En efecto, en la medida en que es repartido el conjunto B deviene riqueza, o adquiere un poder comparativo, con relación todavía a otra cosa. Esa otra cosa es el conjunto determinado de los bienes producidos, y, por tanto, adquiribles. Heterogénea primero a los bienes producidos, la moneda deviene un bien homogéneo a los productos que puede comprar, adquiere un poder adquisitivo que disminuye con la compra real. O, más generalmente, entre los dos conjuntos, el conjunto distribuido B y el conjunto de los bienes reales C, se establece una correspondencia, una comparación (―la capacidad adquisitiva se crea en conjunción directa con el conjunto de las producciones reales‖). —D. Ahí, en una especie de desfase, es donde residen el misterio o la magia. Pues, si llamamos B’ al conjunto comparativo, es decir, al conjunto que se pone en correspondencia con los bienes reales, vemos que es necesariamente inferior al conjunto distribuido. B’ es necesariamente inferior a B: incluso si suponemos que el poder adquisitivo tiene que ver con todos los objetos producidos durante un periodo, siempre existe un exceso del conjunto distribuido sobre el conjunto utilizado o comparado, por eso los productores inmediatos sólo pueden convertir una parte. Los salarios reales sólo son una parte de los salarios nominales; y, de igual modo, el trabajo ―útil‖ sólo es una parte del trabajo, y la tierra ―utilizada‖ sólo es una parte de la tierra distribuida. Por eso llamaremos Captura a esa diferencia o incluso a ese exceso que van a constituir el beneficio, el sobretrabajo o el sobreproducto: ―Los salarios nominales lo engloban todo, pero los asalariados sólo conservan los ingresos que logran convertir en bienes, y pierden los ingresos captados por las empresas‖. Así pues, se dirá que el todo era claramente distribuido a los ―pobres‖; pero a los pobres también se les extorsiona todo aquello que no logran convertir, en esa extraña carrera de velocidad: la captura opera una inversión de la onda o del flujo divisible. La captura es precisamente objeto de apropiación monopolística. Y esta apropiación (por los ―ricos‖) no es posterior: está incluida en los salarios nominales, aunque escape a los salarios reales. Está entre los dos, se inserta entre la distribución sin posesión, y la conversión por correspondencia o comparación; expresa la diferencia de potencia entre los dos conjuntos, entre B y B’. Finalmente, no hay ningún misterio: el mecanismo de captura ya forma parte de la constitución del conjunto en el que se efectúa la captura.

      Es un esquema muy difícil de comprender, dice su autor, y sin embargo es operatorio. Consiste en aislar una máquina abstracta de captura o de extorsión, presentando un ―orden de razones‖ muy particular. Por ejemplo, la remuneración

      no es una compra, puesto que el poder adquisitivo deriva de ella. Como dice Schmitt, no hay ni ladrón ni víctima, puesto que el productor sólo pierde lo que no tiene y no tiene ninguna posibilidad de adquirir: como en la filosofía del siglo XVII, hay negaciones, pero no privación... Todo coexiste en este aparato lógico de captura. En él la sucesión sólo es lógica: la captura en sí misma surge entre B y C, pero también existe entre A y B, entre C y A; impregna todo el aparato, actúa como conexión no localizable del sistema. Igual ocurre con el sobretrabajo: ¿cómo íbamos a poder localizarlo, puesto que el trabajo lo supone? Pues bien, el Estado

      —al menos el Estado imperial arcaico—, es ese aparato. Nada más erróneo que exigir para el Estado una explicación suplementaria: de ese modo situamos el Estado tras el Estado, hasta el infinito. Más vale ponerlo donde está, desde el principio, puesto que existe puntualmente, más allá del Límite de las series primitivas. Basta con que ese punto, de comparación y de apropiación, sea efectivamente ocupado para que funcione el aparato de captura, que va a sobrecodificar los códigos primitivos, que va a sustituir las series por conjuntos, o invertir el sentido de los signos. Ese punto está necesariamente ocupado, efectuado, puesto que ya existe en la onda convergente que atraviesa las series primitivas y las arrastra hacia un umbral en el que, franqueando sus límites, cambia de sentido. Los primitivos siempre han existido en estado de supervivencia, sobre ellos ya actuaba la onda reversible que los arrastra (vector de desterritorialización). Lo único que depende de las circunstancias externas es el lugar en el que se efectúa el aparato —justo donde puede nacer el ―modo de producción‖ agrícola, Oriente—. En ese sentido, el aparato es abstracto. Pero, en sí mismo, no señala simplemente una posibilidad abstracta de reversibilidad, señala la existencia real de un punto de inversión como fenómeno irreductible, autónomo.

      De ahí el carácter tan particular de la violencia de Estado: es difícil asignar esta violencia, puesto que siempre se presenta como ya hecha. No basta con decir que la violencia remite al modo de producción. Marx lo señalaba para el capitalismo: hay una violencia que pasa necesariamente por el Estado, que precede al modo de producción capitalista, que constituye la ―acumulación primitiva‖, y hace posible ese modo de producción. Si uno se sitúa en el modo de producción capitalista es difícil decir quién es ladrón y quién es víctima, e incluso dónde está la violencia. Pues en él el trabajador nace objetivamente desnudo, y el capitalista, objetivamente ―vestido‖, propietario independiente. Lo que así ha formado al trabajador y el capitalista nos escapa, puesto que actúa en otros modos de producción. Es una violencia que se plantea como ya hecha, aunque se rehaga todos los días34. Ahora más que nunca es cuando hay que decir que la mutilación es previa, preestablecida. Ahora bien, esos análisis de Marx deben ser ampliados. Pues también hay una acumulación primitiva imperial que, lejos de derivar del modo de producción agrícola, lo precede; por regla general, hay acumulación primitiva siempre que se organiza un aparato de captura, con esa violencia tan particular que crea o contribuye a crear aquello sobre lo que se ejerce, y que de esa forma se presupone35. El problema sería, pues, distinguir regímenes de violencia. Y, a este respecto, podemos distinguir como otros tantos regímenes diferentes, la lucha, la guerra, el crimen y la policía. La lucha sería como el régimen de la violencia primitiva (in-

      cluidas las ―guerras‖ primitivas): es una violencia de acciones puntuales que, sin embargo, no carece de un código, puesto que el valor de los ataques se fija según la ley de las series, según el valor de la última acción intercambiable, o de una última mujer a conquistar, etc. De ahí una especie de ritualización de la violencia. La guerra, al menos la que se relaciona con la máquina de guerra, es otro régimen, puesto que implica la movilización y la automatización de una violencia dirigida fundamentalmente y en principio contra el aparato de Estado (en ese sentido, la máquina de guerra es la invención de una organización nómada original que se vuelve contra el Estado). El crimen es otra cosa diferente, puesto que es una violencia de ilegalidad, que consiste en apoderarse de algo a lo que no se tiene ―derecho‖, en capturar algo que no se tiene el ―derecho‖ de capturar. Ahora bien, la policía de Estado o violencia de derecho todavía es otra cosa diferente, puesto que consiste en capturar, a la vez que se constituye un derecho de captura. Es una violencia estructural, incorporada, que se opone a todas las violencias directas. A menudo se ha definido el Estado por un ―monopolio de la violencia‖, pero esta definición remite a otra, que determina el Estado como ―estado de Derecho‖ (Rechtsstaat). La sobrecodificación de Estado es precisamente esa violencia estructural que define el derecho, violencia ―policial‖ y no guerrera. Hay violencia de derecho siempre que la violencia contribuye a crear aquello sobre lo que se ejerce, o, como dice Marx, siempre que la captura contribuye a crear lo que captura. Es una violencia muy diferente de la violencia criminal. Por eso también, a la inversa de la violencia primitiva, la violencia de derecho o de Estado siempre parece presuponerse, puesto que preexiste a su propio ejercicio: el Estado puede entonces decir que la violencia es

      ―originaria‖, simple fenómeno de naturaleza, y que él no es responsable de ella, que él sólo la ejerce contra los violentos, contra los ―criminales‖ —contra los primitivos, contra los nómadas, para hacer que reine la paz...


      Proposición XIII: El Estado y sus formas.


      Nosotros partimos del Estado imperial arcaico, sobrecodificación, aparato de captura, máquina de esclavitud, que implica una propiedad, una moneda, un trabajo público, fórmula perfecta de un golpe, pero que no presupone nada ―pri-vado‖, que ni siquiera supone un modo de producción previo, puesto que lo crea. Algo bien conocido por la arqueología, el punto de partida que nos proporcionan los análisis precedentes. El problema que se plantea es, pues, el siguiente: ¿cómo va a ―evolucionar‖ el Estado que surge, que se forma de un golpe? ¿Cuáles son los factores de evolución o de mutación, y qué tipo de relaciones mantienen los Estados evolucionados con el Estado imperial arcaico?

      La razón de la evolución es interna, cualesquiera que sean los factores externos que la apoyen. El Estado arcaico no sobrecodifica sin liberar también una gran cantidad de flujos descodificados que van a escaparle. Recordemos que ―descodificación‖ no significa el estado de un flujo cuyo código estaría incluido (descifrado, traducible, asimilable), sino, por el contrario, en un sentido más radical, el estado de un flujo que ya no está incluido en su propio código, que escapa a su propio código. Pues

      bien, por un lado, flujos que las comunidades primitivas habían relativamente codificado tienen la posibilidad de escapar desde el momento en que los códigos primitivos ya no se ajustan por sí mismos y se subordinan a la instancia superior. Pero, por otro lado, la sobrecodificación del Estado arcaico hace posibles y suscita nuevos flujos que escapan a él. El Estado no crea las grandes obras sin que un flujo de trabajo independiente no escape a su burocracia (especialmente en las minas y en la metalurgia). El Estado no crea la forma monetaria del impuesto sin que flujos de moneda no escapen y no alimenten o no hagan nacer otras potencias (especialmente en el comercio y la banca). Y, sobre todo, el Estado no crea el sistema de su propiedad pública sin que un flujo de apropiación privada no surja al lado y se ponga a circular fuera de su alcance: esta propiedad privada no deriva del sistema arcaico, sino que se constituye marginalmente, de una manera tanto más necesaria, inevitable, a través de las mallas de la sobrecodificación. Tökei es sin duda el que más seriamente ha planteado el problema del origen de la propiedad privada, en función de un sistema que parece excluirla completamente. Pues ésta no puede nacer ni del emperador-déspota, ni de los campesinos, cuyo margen de autonomía está ligado a la posesión comunal, ni de los funcionarios, cuya existencia e ingresos se basan en esa forma-comunal pública (―los aristócratas pueden devenir en esas condiciones pequeños déspotas, pero no propietarios privados‖). Incluso los esclavos pertenecen a la comuna o a la función pública. El problema deviene pues:

      ¿existen personas que se constituyen en el imperio sobrecodificante, pero que se constituyen necesariamente como excluidos o descodificados? La respuesta de Tökei es el esclavo liberto. El que ya no tiene sitio. El que lanza sus lamentos en todo el imperio chino: la queja (elegía) siempre ha sido un factor político. Pero el que crea también los primeros gérmenes de la propiedad privada, desarrolla el comercio e inventa en la metalurgia una esclavitud privada de la que será el nuevo amo36. Precedentemente hemos visto el papel del esclavo liberto en la máquina de guerra, para la formación del cuerpo especial. Bajo otra forma, y por razones muy diferentes, tiene mucha importancia en el aparato de Estado y en la evolución de ese aparato, para la formación de un cuerpo privado. Los dos aspectos pueden coincidir, pero remiten a dos familias diferentes.

      Lo fundamental no es, pues, el caso particular del esclavo liberto. Lo fundamental es el personaje colectivo del Excluido. Lo fundamental es que, de una manera o de otra, el aparato de sobrecodificación suscita flujos descodificados

      —de moneda, de trabajo, de propiedad... Estos son el correlato de aquél. Y la correlación no sólo es social, dentro del imperio arcaico, también es geográfica. Ahora sería el momento de volver a confrontar Oriente y Occidente. Según la gran tesis arqueológica de Gordon Childe, el Estado imperial arcaico implica un excedente agrícola en reserva, que va a hacer posible el mantenimiento de un cuerpo especializado de artesanos metalúrgicos y comerciantes. En efecto, el excedente como contenido específico de la sobrecodificación no sólo debe ser almacenado, sino también absorbido, consumido, realizado. Esta exigencia económica de una absorción del excedente es sin duda uno de los principales aspectos de la apropiación de la máquina de guerra por el Estado imperial: desde el principio, la institución militar es uno de los medios más poderosos para absorber el excedente.

      Sin embargo, si suponemos que las instituciones militar y burocrática son insuficientes, el terreno está preparado para que surja ese cuerpo especializado de artesanos no cultivadores, cuyo trabajo reforzará la sedentarización de la agricultura. Pues bien, en África, en Oriente, es donde se cumple el conjunto de esas condiciones, donde se inventa el aparato de Estado: en el Próximo Oriente, Egipto y Mesopotamia, pero también en el Indo (y en Extremo Oriente). Ahí es donde se producen las reservas agrícolas y sus concomitantes, burocrática, militar, pero también metalúrgica y comercial. Ahora bien, esta ―solución‖ imperial u oriental está amenazada por un callejón sin salida: la sobrecodificación de Estado mantiene a los metalúrgicos, artesanos y comerciantes, dentro de límites estrechos, bajo un fuerte control burocrático, una apropiación monopolística del comercio exterior, al servicio de una clase dirigente, por eso los campesinos se benefician poco de las innovaciones de Estado. Como consecuencia, es cierto que la forma-Estado prolifera, y que la arqueología la descubre por todas partes, en el horizonte de la historia occidental en el mundo egeo. Pero las condiciones no son las mismas. Minos y Micenas son más bien una caricatura de imperio, Agamenón de Micenas no es el emperador de China ni el faraón de Egipto, por eso el egipcio puede decir a los griegos: ―Vosotros siempre seréis como niños...‖ Pues los pueblos del Egeo están a la vez demasiado alejados para pertenecer a la esfera oriental, y son demasiado pobres para almacenar un excedente, pero no están lo bastante alejados ni son lo suficientemente pobres como para ignorar los mercados de Oriente. Es más, la sobrecodificación de Oriente asignaba a sus propios comerciantes un papel a larga distancia. Así pues, los pueblos del Egeo están en condiciones de beneficiarse de las reservas agrícolas orientales, sin tener que producirlas por su cuenta: las saquean cuando pueden, y más regularmente adquieren una parte a cambio de materias primas, incluso procedentes de Europa Central y Occidental (sobre todo madera y metales). Por supuesto, Oriente debe reproducir constantemente sus reservas; pero, formalmente, ha logrado un golpe ―una vez por todas‖ del que Occidente se beneficia sin tener que reproducirlo. De donde se deduce que los artesanos metalúrgicos y los comerciantes adquieren en Occidente un estatuto diferente, puesto que para existir no dependen directamente de un excedente acumulado por un aparato de Estado local: incluso si el campesino sufre una explotación tan dura o a veces más dura que en Oriente, el artesano y el comerciante gozan de un estatuto más libre y de un mercado más diverso, que prefiguran una clase media. Muchos metalúrgicos y comerciantes de Oriente pasarán al mundo egeo, donde encuentran esas condiciones a la vez más libres, más variadas y más estables. En resumen, los mismos flujos que están sobrecodificados en Oriente tienden a descodificarse en Europa, en una nueva situación que es como el reverso o el correlato de la otra. La plusvalía ya no es una plusvalía de código (sobrecodificación), sino que deviene una plusvalía de flujo. Es como si el mismo problema hubiese recibido dos soluciones, primero la solución de Oriente, luego la de Occidente, que se inserta en la primera y la saca del punto muerto, sin dejar de presuponerla. El metalúrgico y el comerciante europeos o europeizados van a encontrarse ante un mercado internacional mucho menos codificado, que no se limita a una casa o clase imperiales. Y, como dice Childe, los Estados del Egeo y occidentales estarán

      incluidos desde el principio en un sistema económico supranacional: están totalmente inmersos en él, en lugar de mantenerlo en los límites de sus propias redes37. Surge así otro polo de Estado, y que podemos definir sumariamente. La esfera pública ya no caracteriza la naturaleza objetiva de la propiedad, sino que es más bien el medio común de una apropiación que ha devenido privada; entramos así en las combinaciones público-privado que constituyen el mundo moderno. El lazo deviene personal; relaciones personales de dependencia, a la vez entre propietarios (contratos) y entre propiedades y propietarios (convenciones), sustituyen o reemplazan a las relaciones comunitarias y de función; incluso la esclavitud ya no define la disposición pública del trabajador comunal, sino la propiedad privada que se ejerce sobre trabajadores individuales38. El derecho en su totalidad sufre una mutación, y deviene derecho subjetivo, conjuntivo, ―tópico‖: el aparato de Estado se encuentra ante una nueva tarea, que no consiste tanto en sobrecodificar flujos ya codificados como en organizar conjunciones de flujos descodificados como tales. Así pues, el régimen de signos ha cambiado: por todos estos conceptos, la operación del ―significante‖ imperial es sustituida por procesos de subjetivación; la esclavitud maquínica tiende a ser sustituida por un régimen de sujeción social. Y, contrariamente al polo imperial relativamente uniforme, este segundo polo presenta las formas más diversas. Pero, por variadas que sean las relaciones de dependencia personal, siempre señalan conjunciones tópicas y cualificadas. Los imperios evolucionados, tanto en Oriente como en Occidente, son los que primero elaboran esta nueva esfera pública de lo privado, en instituciones como las del consilium o del fiscus del Imperio Romano (en estas instituciones es donde el esclavo liberto adquiere un poder político que sustituye al de los funcionarios) 39. Pero también las ciudades autónomas, las feudalidades... Y el problema de saber si estas últimas formaciones siguen respondiendo al concepto de Estado sólo puede plantearse teniendo en cuenta ciertas correlaciones: al igual que los imperios evolucionados, las ciudades y las feudalidades suponen un imperio arcaico que le sirve de fondo; están en contacto con imperios evolucionados que actúan sobre ellas; preparan activamente nuevas formas de Estado (por ejemplo, la monarquía absoluta como resultado de un derecho subjetivo y de un proceso feudal) 40. En efecto, en el rico dominio de las relaciones personales, lo fundamental no es el capricho o la variabilidad de las personas, sino la consistencia de las relaciones y la adecuación de una subjetividad que puede llegar hasta el delirio, con actos cualificados que son fuentes de derechos y de obligaciones. En una hermosa página, Edgar Quinet subrayaba esta coincidencia entre ―el delirio de los doce Césares y la edad de oro

      del derecho romano‖ 41.

      Pues bien, las subjetivaciones, las conjunciones, las apropiaciones no impiden que los flujos descodificados continúen circulando y engendrando constantemente nuevos flujos que se escapan (ya lo hemos visto, por ejemplo, al nivel de una micropolítica en la Edad Media). Ese es incluso el equívoco de esos aparatos: sólo funcionan con flujos descodificados, y a la vez, sin embargo, no los dejan converger, efectúan las conjunciones tópicas que equivalen a otros tantos nudos o recodificaciones. De ahí la impresión de los historiadores cuando dicen que el capitalismo ―hubiera podido‖ producirse desde ese momento —en China, en

      Roma, en Bizancio, en la Edad Media— que las condiciones ya se daban, pero no eran efectuadas ni siquiera efectuables, pues la presión de los flujos esboza en el vacío el capitalismo, pero para realizarlo hace falta toda una integral de los flujos descodificados, toda una conjugación generalizada que desborda y destruye los aparatos precedentes. Y en efecto, cuando Marx trata de definir el capitalismo comienza invocando la aparición de una sola subjetividad global y no cualificada, que capitaliza todos los procesos de subjetivación, ―todas las actividades sin distinción‖:

      ―la actividad productora en general‖, ―la esencia subjetiva única de la riqueza...‖ Y ese Sujeto único se expresa ahora en un Objeto cualquiera, ya no en tal o tal estado cualitativo: ―Con la universalidad abstracta de la actividad creadora de riqueza se tiene al mismo tiempo la universalidad del objeto en tanto que riqueza, el simple producto o el simple trabajo, pero en tanto que trabajo realizado, materializado‖42. La circulación constituye el capital como subjetividad adecuada a toda la sociedad. Pues bien, esta nueva subjetividad social sólo puede constituirse en la medida en que los flujos descodificados desbordan sus conjunciones y alcanzan un nivel de descodificación que los aparatos de Estado ya no pueden alcanzar: por un lado es necesario que el flujo de trabajo ya no esté determinado en la esclavitud o la servidumbre, sino que devenga trabajo libre y puro; por otro lado es necesario que la riqueza ya no sea determinada como de la tierra, mercantil, financiera, y devenga capital puro, homogéneo e independiente. Y, sin duda, esos dos devenires al menos (pues también participan otros flujos) hacen que intervengan muchas contingencias y factores diferentes en cada una de las líneas. Pero su conjugación abstracta en una sola vez constituirá el capitalismo, al proporcionar el uno al otro un sujeto-universal y un objeto-cualquiera. El capitalismo se forma cuando el flujo de riqueza no cualificado encuentra el flujo de trabajo no cualificado, y se conjuga con él43. Precisamente lo que las conjunciones precedentes, todavía cualitativas o utópicas, siempre habían inhibido (los dos principales inhibidores eran la organización feudal de los campos y la organización corporativa de las ciudades). Lo que equivale a decir que el capitalismo se forma con una axiomática general de los flujos descodificados. ―El capital es un derecho o, para ser más exactos una relación de producción que se manifiesta como un derecho, y que como tal es independiente de la forma concreta que reviste en cada momento de su función productiva‖44. La propiedad privada ya no expresa el lazo de dependencia personal, sino la independencia de un Sujeto que constituye ahora el único lazo. Es una gran diferencia en la evolución de la propiedad privada: cuando se basa en derechos, en lugar de que el derecho la haga basarse en la tierra, las cosas o las personas (de ahí, sobre todo, el célebre problema de la eliminación de la renta de la tierra en el capitalismo). Nuevo umbral de desterritorialización. Y, cuando el capital deviene así un derecho activo, todo el aspecto histórico del derecho cambia. El derecho deja de ser la sobrecodificación de las costumbres, como en el imperio arcaico; ya no es un conjunto de tópicas, como en los Estados evolucionados, las ciudades y las feudalidades; adquiere cada vez más la forma directa y las características inmediatas de la axiomática, como vemos en nuestro ―código‖ civil45.

      Cuando los flujos alcanzan ese umbral capitalista de descodificación y de desterritorialización (trabajo puro, capital independiente), podría pensarse que ya no

      hay necesidad de Estado, de dominación política y jurídica independiente, para asegurar la apropiación que ha devenido directamente económica. En efecto, la economía forma una axiomática mundial, una ―energía cosmopolita universal que derriba toda barrera y todo vínculo‖, una sustancia móvil y convertible ―como el valor total del producto anual‖. En la actualidad podría describirse una enorme masa monetaria llamada apátrida, que circula a través de los intercambios y de las fronteras, que escapa al control de los Estados, que forma una organización ecuménica multinacional, que constituye una potencia supranacional de hecho insensible a las decisiones de los gobiernos46. Pero, cualesquiera que sean las dimensiones y cantidades actuales, el capitalismo ha movilizado desde el principio una fuerza de desterritorialización que desbordaba infinitamente la desterritorialización propia del Estado. Pues el Estado, desde el paleolítico o el neolítico, es desterritorializante en la medida en que convierte la tierra en un objeto de su unidad superior, en un conjunto ineluctable de coexistencia, en lugar del libre juego de los territorios entre sí y con los linajes. En ese sentido precisamente, se dice que el Estado es ―territorial‖. En cambio, el capitalismo no es en modo alguno territorial, ni siquiera en sus comienzos: su potencia de desterritorialización consiste en tener por objeto, no ya la tierra, sino el ―trabajo materializado‖, la mercancía. Y la propiedad privada ya no es la de la tierra o del suelo, ni siquiera la de los medios de producción como tales, sino la de los derechos abstractos convertibles47. Por eso el capitalismo señala una mutación de las organizaciones ecuménicas o mundiales, que adquieren una consistencia en sí mismas: en lugar de resultar de las formaciones sociales heterogéneas y de sus relaciones, la axiomática mundial, en gran medida, distribuye esas formaciones, fija sus relaciones, al organizar una división internacional del trabajo. Bajo todos estos aspectos, diríase que el capitalismo desarrolla un orden económico que podría prescindir del Estado. Y en efecto, en el capitalismo no faltan gritos de guerra contra el Estado, no sólo en nombre del mercado, sino en virtud de su desterritorialización superior.

      No obstante, este sólo es un aspecto muy parcial del capital. Pues si bien es cierto que nosotros no empleamos la palabra ―axiomática‖ a la manera de una simple metáfora, hay que recordar lo que distingue una axiomática de todo género de códigos, sobrecodificaciones y recodificaciones: la axiomática considera directamente elementos y relaciones puramente funcionales cuya naturaleza no está especificada, y que se realizan inmediatamente a la vez en dominios muy diversos, mientras que los códigos son relativos a esos dominios, enuncian relaciones específicas entre elementos cualificados, que sólo pueden ser reducidos a una unidad formal superior (sobrecodificación) por trascendencia e indirectamente. Pues bien, en ese sentido, la axiomática inmanente encuentra en los dominios que atraviesa otros tantos modelos llamados de realización. De igual modo, se dirá que el capital como derecho, como elemento ―cualitativamente homogéneo y cuantitativamente conmensurable‖, se realiza en sectores y medios de producción (o que el

      ―capital global‖ se realiza en el ―capital fragmentado‖). Sin embargo, no son los diferentes sectores los que sirven por sí solos de modelos de realización, son los Estados, cada uno de los cuales agrupa y combina varios sectores, según sus recursos, su población, su riqueza, su equipamiento, etc. Con el capitalismo, los

      Estados no se anulan, sino que cambian de forma y adquieren un nuevo sentido: modelos de realización de una axiomática mundial que los rebasa. Pero rebasar no es en modo alguno prescindir de... Hemos visto precisamente que el capitalismo utilizaba la forma-Estado más bien que la forma-ciudad; los mecanismos fundamentales descritos por Marx (régimen colonial, deuda pública, fiscalidad moderna e impuesto indirecto, protección industrial, guerras comerciales) pueden prepararse en las ciudades, pero sólo funcionan como mecanismos de acumulación, de aceleración y de concentración en la medida en que los Estados se apropian de ellos. Acontecimientos recientes confirmarían de otra manera este mismo principio: la N.A.S.A., por ejemplo, parecía dispuesta a movilizar capitales considerables para la exploración interplanetaria, como si el capitalismo cabalgase sobre un vector que lo enviaba a la luna; pero siguiendo a la U.R.S.S., que concebía más bien lo extraterrestre como un cinturón que debía rodear la tierra considerada como ―objeto‖, el gobierno americano cortó los créditos de exploración, y de esa forma condujo de nuevo al capital a un modelo más centrado. Así pues, lo propio de la desterritorialización de Estado es moderar la desterritorialización superior del capital y proporcionarle reterritorializaciones compensatorias. Más generalmente, independientemente de este ejemplo extremo, debemos tener en cuenta una determinación ―materialista‖ del Estado moderno o del Estado-nación: un grupo de productores en el que trabajo y capital circulan libremente, es decir, en el que la homogeneidad y la competencia del capital se efectúan en principio sin obstáculos externos. El capitalismo siempre ha tenido necesidad de una nueva fuerza y de un nuevo derecho de los Estados para efectuarse, tanto al nivel del flujo del trabajo puro como al nivel del flujo de capital independiente.

      Así pues, los Estados ya no son en modo alguno los paradigmas transcendentes de una sobrecodificación, sino los modelos de realización inmanentes para una axiomática de los flujos descodificados. Una vez más, la palabra ―axiomática‖ hasta tal punto no es aquí una metáfora que encontramos literalmente a propósito del Estado los problemas teóricos que plantean los modelos en una axiomática. Pues, por diversos que sean los modelos de realización, tienen que ser isomorfos con relación a la axiomática que efectúan; no obstante, esta isomorfía, si tenemos en cuenta las variaciones concretas, se concilia con las mayores diferencias formales. Es más, una misma axiomática parece poder implicar perfectamente modelos polimorfos, no sólo en la medida en que todavía no está ―saturada‖, sino como elementos integrantes de su saturación48. Estos ―problemas‖ devienen singularmente políticos cuando se piensa en los Estados modernos: 1) ¿No existe una isomorfía de todos los Estados modernos con relación a la axiomática capitalista, hasta el punto de que los Estados democráticos, totalitarios, liberales, ti-ránicos, sólo dependen de variables concretas, y de la distribución mundial de esas variables que siempre sufren reajustes eventuales? Incluso los Estados llamados socialistas son isomorfos, en la medida en que ya sólo existe un único mercado mundial, capitalista. 2) Y a la inversa, ¿no soporta la axiomática capitalista mundial una polimorfía real, o incluso una heteromorfía de los modelos, y por dos razones? Por un lado, porque el capital como relación de producción en general puede perfectamente integrar sectores o modos de producción concretos no capitalistas.

      Pero, por otro y sobre todo, porque los Estados socialistas burocráticos pueden desarrollar relaciones de producción diferentes, que sólo se conjugan con el capitalismo para formar un conjunto cuya ―potencia‖ desborda la propia axiomática (habrá que tratar de determinar la naturaleza de esta potencia, por qué con frecuencia la pensamos de manera apocalíptica, qué tipo de conflictos engendra, qué dudosas posibilidades nos deja...). 3) Una tipología de los Estados modernos iría así unida a una metaeconomía: sería inexacto tratar todos los Estados como

      ―equivalentes‖ (incluso la isomorfía no tiene esta consecuencia); pero no menos inexacto sería privilegiar una determinada forma de Estado (olvidando que la polimorfía establece estrictas complementariedades, por ejemplo entre las democracias occidentales y las tiranías coloniales o neocoloniales que instauran o mantienen en otras partes); no menos inexacto todavía sería asimilar los Estados socialistas burocráticos a Estados capitalistas totalitarios (olvidando que la axiomática puede implicar una real heteromorfía de la que resulta la potencia de conjunto superior, incluso si es para lo peor).

      Lo que llamamos Estado-nación, bajo las formas más diversas, es precisamente el Estado como modelo de realización. Y en efecto, el nacimiento de las naciones implica muchos artificios: pues no sólo se constituyen en una lucha activa contra los sistemas imperiales o evolucionados, contra las feudalidades, contra las ciudades, sino que ellas mismas aniquilan sus ―minorías‖, es decir, fenómenos minoritarios o que se podría llamar ―nacionalitarios‖, que actúan sobre ellas desde dentro, y que encontraban, cuando era necesario, un mayor grado de libertad en los antiguos códigos. Los constituyentes de la nación son una tierra, un pueblo:

      ―natal‖, que no es forzosamente innato, ―popular‖, que no está forzosamente dado. El problema de la nación se exacerba en los dos casos extremos de una tierra sin pueblo, o de un pueblo sin tierra. ¿Cómo crear un pueblo y una tierra, es decir, una nación —un ritornelo—? Los medios más sangrientos y los más fríos coinciden aquí con los impulsos del romanticismo. La axiomática es compleja, y no carece de pasiones. Pues lo natal o la tierra, ya lo hemos visto en otra parte, implica una cierta desterritorialización de los territorios (espacios comunales, provincias imperiales, dominios señoriales, etc.), y el pueblo, una descodificación de la población. La nación se constituye a partir de flujos descodificados y desterritorializados, y es inseparable del Estado moderno que proporciona una consistencia a la tierra y al pueblo correspondientes. El flujo de trabajo puro crea el pueblo, al igual que el flujo de Capital crea la tierra y su equipamiento. En resumen, la nación coincide con la operación de una subjetivación colectiva, a la que corresponde el Estado moderno como proceso de sujeción. Bajo esta forma de Estado- nación, con todas las diversidades posibles, el Estado deviene modelo de realización para la axiomática capitalista. Lo que de ningún modo quiere decir que las naciones sean apariencias o fenómenos ideológicos, sino, por el contrario, las formas vivas y pasionales en las que se realizan fundamentalmente la homogeneidad cualitativa y la competencia cuantitativa del capital abstracto.

      Nosotros distinguimos como dos conceptos, la esclavitud maquínica y la sujeción social. Hay esclavitud cuando los hombres son piezas constituyentes de una máquina, que componen entre sí y con otras cosas (animales, herramientas), bajo el

      control y la dirección de una unidad superior. Y hay sujeción cuando la unidad superior constituye al hombre como un sujeto que remite a un objeto que ha devenido exterior, tanto si ese objeto es un animal, una herramienta o incluso una máquina: en ese caso el hombre ya no es una componente de la máquina, sino obrero, usuario..., está sujeto a la máquina, y ya no esclavizado por la máquina. Lo que no quiere decir que el segundo régimen sea más humano. Pero el primer régimen parece remitir fundamentalmente a la formación imperial arcaica: en él los hombres no son sujetos, sino piezas de una máquina que sobrecodifica el conjunto (es lo que se ha llamado ―esclavitud generalizada‖, por oposición a la esclavitud privada de la antigüedad, o a la servidumbre feudal). Creemos que Lewis Mumford tiene razón cuando designa los imperios arcaicos bajo el nombre de megamáquinas, precisando que, tampoco en este caso, se trata de una metáfora: ―Si, más o menos de acuerdo con la definición clásica de Reuleaux, se puede considerar una máquina como la combinación de elementos sólidos cada uno de los cuales tiene su función especializada y que funciona bajo control humano para transmitir un movimiento y ejecutar un trabajo, en ese caso, la máquina humana sería realmente una verdadera máquina‖49. Por supuesto, el Estado moderno y el capitalismo promueven el triunfo de las máquinas, y especialmente de las máquinas motrices (mientras que el Estado arcaico sólo tenía a lo sumo máquinas simples); pero en ese caso se habla de máquinas técnicas, extrínsecamente definibles. Ahora bien, no se está esclavizado por la máquina técnica, se está sujeto a ella. En ese sentido, diríase que con el desarrollo tecnológico el Estado moderno ha sustituido la esclavitud maquínica por una sujeción social cada vez más fuerte. La esclavitud de la antigüedad y la servidumbre feudal ya eran métodos de sujeción. En cuanto al trabajador ―libre‖ o puro del capitalismo, lleva la sujeción a su expresión más radical, puesto que los procesos de sujeción ya ni siquiera entran en conjunciones parciales que interrumpirían su curso. En efecto, el capital actúa como punto de subjetivación que constituye todos los hombres en sujetos, pero unos, los ―capita-listas‖, son como los sujetos de enunciación que forman la subjetividad privada del capital, mientras que los otros, los ―proletarios‖, son los sujetos de enunciado, sujetos a las máquinas técnicas en las que se efectúa el capital constante. Así pues, el régimen del salariado podrá llevar la sujeción de los hombres a un punto inaudito, y manifestar una crueldad particular, pero no por ello dejará de tener razón cuando lanza su grito humanista: no, el hombre no es una máquina, nosotros no lo tratamos como una máquina, nosotros no confundimos ciertamente el capital variable y el capital constante...

      Pero si el capitalismo aparece como una empresa mundial de subjetivación es porque constituye una axiomática de los flujos descodificados. Pues bien, la sujeción social, como correlato de la subjetivación, aparece mucho más en los modelos de realización de la axiomática que en la propia axiomática. En el marco del Estado-nación, o de las subjetividades nacionales, es donde se manifiestan los procesos de subjetivación y las sujeciones correspondientes. En cuanto a la propia axiomática, de la que los estados son modelos de realización, restaura o reinventa, bajo nuevas formas devenidas técnicas, todo un sistema de esclavitud maquínica. No se trata en modo alguno de un retorno a la máquina imperial, puesto que ahora

      estamos en la inmanencia de una axiomática, y no bajo la transcendencia de una Unidad formal. Estamos ante la reinvención de una máquina en la que los hombres son las partes constituyentes, en lugar de ser los obreros y los usuarios sujetos a ella. Si las máquinas motrices han constituido la segunda edad de la máquina técnica, las máquinas de la cibernética y de la informática forman una tercera edad que recompone un régimen de esclavitud generalizada: ―sistemas hombres-má-quinas‖, reversibles y recurrentes, sustituyen a las antiguas relaciones de sujeción no reversibles y no recurrentes entre los dos elementos; la relación del hombre y de la máquina se hace en términos de mutua comunicación interna, y ya no de uso o de acción50. En la composición orgánica del capital, el capital variable define un régimen de sujeción del trabajador (plusvalía humana) que tiene como marco principal la empresa o la fábrica; pero, cuando el capital constante crece proporcionalmente cada vez más, en la automatización, aparece una nueva esclavitud, al mismo tiempo que el régimen de trabajo cambia, que la plusvalía deviene maquínica y que el marco se extiende a toda la sociedad. También se podría decir que un poco de subjetivación nos alejaba de la esclavitud máquinica, pero que mucha nos conduce de nuevo a ella. Recientemente se ha subrayado hasta qué punto el ejercicio moderno del poder no se reducía a la alternativa clásica ―represión o ideología‖, sino que implicaba procesos de normalización, de modulación, de modelización, de información, que se basan en el lenguaje, la percepción, el deseo, el movimiento, etc., y que pasan por microagenciamientos. Este conjunto implica a la vez sujeción y esclavitud, llevadas a los extremos como dos partes simultáneas que no cesan de reforzarse y alimentarse la una de la otra. Por ejemplo: se está sujeto a la televisión en tanto que se la utiliza y consume, en esa situación tan particular de un sujeto de enunciado que se toma más o menos por sujeto de enunciación (―ustedes, queridos telespectadores, que hacen la televisión...‖); la máquina técnica es el medio entre dos sujetos. Pero se está esclavizado por la televisión como máquina humana en la medida en que los telespectadores son, ya no consumidores o usuarios, ni siquiera sujetos capaces de ―fabricarla‖, sino piezas componentes intrínsecas, ―entradas‖ y ―salidas‖, feed-back o recurrencias, que pertenecen a la máquina y ya no a la manera de producirla o de utilizarla. En la esclavitud maquínica sólo hay transformaciones o intercambios de informaciones, de los que unos son mecánicos y otros humanos51. Y por supuesto, no hay que reservar la sujeción para el aspecto nacional, mientras que la esclavitud sería internacional o mundial. Pues la informática también es la propiedad de los Estados que se erigen como sistemas hombres-máquinas. Pero precisamente en la medida en que los dos aspectos, el de la axiomática y el de los modelos de realización, no cesan de pasar el uno al otro, de comunicar. Ahora bien, la sujeción social rivaliza con el modelo de realización de la misma manera que la esclavitud maquínica se extiende a la axiomática efectuada en el modelo. Nosotros tenemos el privilegio de padecer, a través de las mismas cosas y de los mismos acontecimientos, las dos operaciones a la vez. Sujeción y esclavitud, más que dos estadios, forman dos polos coexistentes.

      Ahora podemos volver a las diversas formas de Estado desde el punto de vista de una historia universal. Nosotros distinguimos tres grandes formas: 1) Estados

      arcaicos imperiales, paradigmas, que constituyen una máquina de esclavitud, por sobrecodificación de flujos ya codificados (estos Estados tienen poca diversidad, en razón de una cierta inmutabilidad formal que es válida para todos); 2) Estados muy diversos entre sí, imperios evolucionados, ciudades, sistemas feudales, mo-narquías..., que proceden más bien por subjetivación y sujeción, y que constituyen conjunciones tópicas o cualificadas de flujos descodificados; 3) Estados-naciones modernos, que llevan aún más lejos la descodificación, y que son como los modelos de realización de una axiomática o de una conjugación general de los flujos (estos Estados combinan la sujeción social y la nueva esclavitud maquínica, y su misma diversidad concierne a la isomorfía, la polimorfía o heteromorfía eventuales de los modelos con relación a la axiomática).

      Por supuesto, hay todo tipo de circunstancias externas que marcan profundos cortes entre estos tipos de Estado, y que en primer lugar sumen a los imperios arcaicos en un olvido radical, en un sepultamiento del que sólo los saca la arqueología. Brusca desaparición de estos imperios, como en una catástrofe instantánea. Como la invasión doria, una máquina de guerra se erige y se ejerce desde fuera, y mata la memoria. Sin embargo, las cosas suceden de otro modo en el interior, en el que los estados resuenan entre sí conjuntamente, se apropian de los ejércitos, e imponen una unidad de composición, a pesar de sus diferencias de organización y de desarrollo. Es cierto que todos los flujos descodificados, cualesquiera que sean, sirven para formar una máquina de guerra contra el Estado. Pero todo cambia según que estos flujos se conecten con la máquina de guerra, o, por el contrario, entren en conjunciones o en una conjugación general que los adaptan al Estado. Desde este punto de vista, los Estados modernos tienen con el Estado arcaico una especie de unidad trans-espaciotemporal. Entre I y II, la correlación interna aparece más claramente en la medida en que las formas fragmentadas del mundo egeo presuponen la gran forma imperial de Oriente, y en ella encuentran precisamente las reservas o el excedente agrícola que no tienen necesidad de producir o de acumular por su cuenta. Y en la medida en que los Estados de la segunda época se ven a pesar de todo obligados a rehacer las reservas, aunque sólo fuera en virtud de las circunstancias externas —¿qué Estado podría prescindir de ellas?— siempre lo hacen reactivando una forma imperial evolucionada, que vuelve a ser resucitada por el mundo griego, romano o feudal: siempre hay un imperio en el horizonte, que desempeña el papel de significante y de englobante para los Estados subjetivos. Y entre II y III, la correlación no es menor; pues no faltan las revoluciones industriales, y la diferencia entre las conjunciones tópicas y la gran conjugación de los flujos descodificados es tan pequeña que se tiene la impresión de que el capitalismo no ha cesado de nacer, de desaparecer y de resucitar, en todas las encrucijadas de la historia. Y entre III y I, la correlación también es necesaria: los Estados modernos de la tercera época restauran el imperio más absoluto, nueva ―megamáquina‖, cualquiera que sea la novedad o la actualidad de la forma devenida inmanente, a realizar una axiomática que funciona tanto por esclavitud maquínica como por sujeción social. El capitalismo ha despertado el Urstaat, y le da nuevas fuerzas.52

      Como decía Hegel, no sólo todo Estado implica ―los momentos esenciales de su existencia en tanto que Estado‖, sino que hay un único momento, en el sentido de acoplamiento de las fuerzas, y ese momento de Estado es captura, lazo, vínculo, nexum, captura mágica. ¿Habría que hablar de un segundo polo, que operaría más bien por pacto o contrato? ¿No es esa más bien la otra fuerza, de tal forma que la captura forma el único momento de la pareja? Pues las dos fuerzas son, la sobrecodificación de los flujos codificados y el tratamiento de los flujos descodificados. El contrato es una expresión jurídica de este segundo aspecto: aparece como el proceso de subjetivación, cuyo resultado es la sujeción. Y es necesario que el contrato vaya hasta el final, es decir, que ni siquiera se haga entre dos personas, sino entre sí y sí mismo, en la misma persona Ich = ich, en tanto que súbdita y soberana. Extrema perversidad del contrato que restituye el más puro de los vínculos. El vínculo, el lazo, la captura, atraviesan así una larga historia: primero lazo colectivo imperial, objetivo; luego todas las formas de lazos personales subjetivos; por último, el Sujeto que se liga a sí mismo, y de esa forma renueva la más mágica de las operaciones, ―la energía cosmopolita que destruye toda barrera y todo lazo para erigirse como única universalidad, única barrera y único lazo‖53. Incluso la sujeción no es más que una etapa para el momento fundamental del Estado, captura civil o esclavitud maquínica. Por supuesto, el Estado no es ni el espacio de la libertad, ni el agente de una servidumbre forzosa o de una captura de guerra. ¿Habría, pues, que hablar de una ―servidumbre voluntaria‖? Es como la expresión ―captura mágica‖: sólo tiene el mérito de subrayar el aparente misterio. Existe una esclavitud maquínica de la que siempre se diría que se presupone, que sólo aparece como ya realizada, y que ni es tan ―voluntaria‖ ni es ―forzosa‖.


      Proposición XIV: Axiomática y situación actual.


      La política no es ciertamente una ciencia apodíptica. Procede por experimentación, tanteo, inyección, retirada, avances, retrocesos. Los factores de decisión y de previsión son limitados. Nada más absurdo que suponer un supergobierno mundial, que decidiría en última instancia. Ni siquiera se puede llegar a prever el aumento de una masa monetaria. De igual modo, los Estados están afectados por todo tipo de coeficientes de incertidumbre y de imprevisión. Galbraith, François Châtelet, han creado el concepto de errores decisivos y constantes, que constituyen la gloria de los hombres de Estado no menos que sus raras evaluaciones positivas. Razón de más para asimilar política y axiomática. Pues en la ciencia una axiomática no es en modo alguno una potencia transcendente, autónoma y decisoria, que se opondría a la experimentación y a la intuición. Por un lado, hay tanteos, experimentaciones, modos de intuición propios. Al ser los axiomas independientes los unos de los otros, ¿se pueden añadir axiomas, y hasta qué punto (sistema saturado)? ¿Se pueden retirar axiomas, y hasta qué punto (sistema ―debi-litado‖)? Por otro lado, la axiomática se caracteriza por enfrentarse a proposiciones llamadas indecidibles o por afrontar potencias necesariamente superiores que no puede dominar54. Por último, la axiomática no constituye una vanguardia de la ciencia, sino más bien un bloqueo, una vuelta al orden, que impide que los flujos

      semióticos descodificados, matemáticos y físicos, huyan por todas partes. Los grandes axiomáticos son hombres de Estado de la ciencia, que obstruyen las líneas de fuga tan frecuentes en matemáticas, que pretenden imponer un nuevo nexum, incluso provisional, y hacen una política oficial de la ciencia. Son los herederos de la concepción teoremática de la geometría. Cuando el intuicionismo se opuso a la axiomática, no sólo lo hacía en nombre de la intuición, de la construcción y de la creación, sino también en nombre de un cálculo de los problemas, de una concepción problemática de la ciencia, que no era menos abstracta, pero que implicaba una máquina abstracta completamente distinta, que actuaba en lo indecible y en lo huidizo55. Las características reales de la axiomática permiten decir que el capitalismo y la política actual son literalmente una axiomática. Pero precisamente por esta razón nada está decidido de antemano. A este respecto, se puede hacer una descripción sumaria de los ―elementos‖.


      1. Adjunción, sustracción. — Los axiomas del capitalismo no son evidentemente proposiciones teóricas, ni fórmulas ideológicas, sino enunciados operatorios que constituyen la forma semiológica del Capital, y que entran como partes componentes en los agenciamientos de producción, de circulación y de consumo. Los axiomas son enunciados principales, que no derivan o no dependen de otro. En ese sentido, un flujo puede ser objeto de uno o varios axiomas (constituyendo el conjunto de los axiomas la conjugación de los flujos); pero también puede no tener axiomas propios, y su tratamiento no ser más que una consecuencia de los otros axiomas; por último, puede quedar fuera del campo, evolucionar sin límites, quedar en estado de variación ―salvaje‖ dentro del sistema. En el capitalismo existe una tendencia a añadir constantemente axiomas. Después de la guerra del 14-18, la influencia conjugada de la crisis mundial y de la revolución rusa forzaron al capitalismo a multiplicar los axiomas, a inventar otros nuevos, que concernían a la clase obrera, al empleo, a la organización sindical, a las instituciones sociales, al papel del Estado, al mercado exterior y al mercado interior. La economía de Keynes, el New Deal, fueron laboratorios de axiomas. Ejemplos de nuevas creaciones de axiomas después de la segunda guerra mundial: el plan Marshall, las formas de ayudas y de préstamos, las transformaciones del sistema monetario. Los axiomas no sólo se multiplican en periodo de expansión o de relanzamiento. Lo que hace variar la axiomática, en relación con los Estados, es la distinción y la relación entre mercado exterior y mercado interior. La multiplicación de axiomas se produce sobre todo cuando se organiza un mercado interior integrado que compite con las exigencias del mercado exterior. Axiomas para los jóvenes, para los viejos, para las mujeres, etc. Se podría definir un polo de Estado muy general,

        ―social democracia‖, por esa tendencia a la adjunción, a la invención de axiomas, en relación con dominios de inversión y fuentes de beneficio: no es un problema de libertad o de coerción, de centralismo o de descentralización, sino de cómo se controlan los flujos. En este caso, se les controla multiplicando los axiomas directores. Pero en el capitalismo la tendencia inversa no es menor: tendencia a retirar, a sustraer axiomas. Uno se limita a un pequeño número de axiomas que regulan los flujos dominantes, recibiendo los otros flujos un estatuto derivado de

        consecuencia (fijado por los ―teoremas‖ que derivan de los axiomas), o quedando en un estado salvaje que no excluye la intervención brutal del poder del Estado, al contrario. El polo de Estado ―totalitarismo‖ encarna esta tendencia a restringir el número de axiomas, y opera por promoción exclusiva del sector externo, recurso a los capitales extranjeros, desarrollo de una industria orientada hacia la exportación de materiales brutos o alimentarios, hundimiento del mercado interior. El Estado totalitario no es un máximo de Estado, sino más bien, según la fórmula de Virilio, el Estado mínimo del anarcocapitalismo (cf. Chile). En última instancia, los únicos axiomas retenidos son el equilibrio del sector externo, el nivel de las reservas y la tasa de inflación; ―la población ya no es un elemento, ha devenido una conse-cuencia‖; en cuanto a las evoluciones salvajes, aparecen entre otras en las variaciones del empleo, los fenómenos de éxodo rural, de urbanización-chabolismo, etc. —El caso del fascismo (―nacionalsocialismo‖) es diferente del totalitarismo. Pues coincide con el polo totalitario en el hundimiento del mercado interior y la reducción de axiomas. Sin embargo, la promoción del sector externo no se hace en modo alguno recurriendo a los capitales exteriores y a la industria de exportación, sino mediante una economía de guerra, que supone un expansionismo extraño al totalitarismo y una creación autónoma de capital. En cuanto al mercado interior, es efectuado por una producción específica de Ersatz. Por eso el fascismo implica también una proliferación de axiomas que hace que a menudo se le haya relacionado con una economía keynesiana. Ahora bien, se trata de una proliferación ficticia o tautológica, un multiplicador por sustracción, que convierte al fascismo en un caso muy especial56.


      2. Saturación. — ¿Se pueden distribuir las dos tendencias inversas diciendo que la saturación del sistema señala el punto de inversión? No, pues la saturación es más bien relativa. Si Marx ha presentado el funcionamiento del capitalismo como una axiomática es sobre todo en el célebre capítulo sobre la baja tendencial de la tasa de beneficio. El capitalismo es claramente una axiomática, puesto que sus únicas leyes son inmanentes. Querría hacer creer que se enfrenta a los límites del Universo, al límite extremo de los recursos y de las energías. En realidad, sólo se enfrenta a sus propios límites (depreciación periódica del capital existente), y sólo rechaza o desplaza sus propios límites (formación de un nuevo capital, en nuevas industrias con fuertes tasas de beneficio). Esa es la historia del petróleo y de lo nuclear. Las dos cosas se producen al mismo tiempo: el capitalismo se enfrenta a sus límites, y al mismo tiempo los desplaza, para situarlos más lejos. Se dirá que la tendencia totalitaria, restringir los axiomas, corresponde al afrontamiento de los límites, mientras que la tendencia socialdemócrata corresponde a su desplazamiento. Pues bien, las dos cosas van unidas, bien en dos lugares diferentes pero coexistentes, o bien en momentos sucesivos pero estrechamente ligados, actuando siempre la una sobre la otra, e incluso la una en la otra, constituyendo la misma axiomática. Un ejemplo típico sería el Brasil actual, con su ambigua alternativa

        ―totalitarismo-socialdemocracia‖. Por regla general, los límites son tanto más móviles cuanto que se retiran axiomas en tal punto, pero en otra parte se añaden. Sería todo un error desinteresarse de la lucha al nivel de los axiomas. A menudo se

        considera que todo axioma, en el capitalismo o en uno de sus Estados, constituye una ―recuperación‖. Pero este concepto desencantado no es un buen concepto. Las modificaciones constantes de la axiomática capitalista, es decir, las adjunciones (enunciación de nuevos axiomas) y las sustracciones (creación de axiomas exclusivos), son objeto de luchas que no están en modo alguno reservadas a la tecnocracia. En todas partes, en efecto las luchas obreras desbordan el marco de las empresas que implican sobre todo proposiciones derivadas. Las luchas tienen directamente por objeto los axiomas que dirigen los gastos públicos de Estado, o incluso que conciernen a tal o tal organización internacional (por ejemplo, una firma multinacional puede planificar voluntariamente la liquidación de una fábrica en un país). De ahí que el peligro de una burocracia o de una tecnocracia obreras mundiales que se ocuparían de estos problemas sólo puede ser conjurado en la medida en que luchas locales tiene directamente como objetivo los axiomas nacionales e internacionales, precisamente en el punto de su inserción en el campo de inmanencia (potencialidad del mundo rural a este respecto). Siempre hay una diferencia fundamental entre los flujos vivientes y los axiomas que los subordinan a centros de control y de decisión, que hacen que les corresponda tal o tal segmento, que miden sus cuanta. Pero la presión de los flujos vivientes, y de los problemas que plantean e imponen, debe ejercerse dentro de la axiomática, tanto para luchar contra las reducciones totalitarias como para prevenir y precipitar las adjunciones, orientarlas, e impedir su perversión tecnocrítica.


      3. Modelos, isomorfía. — En principio, todos los Estados son isomorfos, es decir, son dominios de realización del capital en función de un solo y mismo mercado mundial exterior. Ahora bien, un primer problema sería saber si la isomorfía implica una homogeneidad o incluso una homogeneización de los Estados. Así ocurre, como se ve en la Europa actual, en lo relativo a la justicia y a la policía, al código de circulación, a la circulación de mercancías, a los costes de producción, etc. Pero sólo es cierto en la medida en que se tiende hacia un mercado interior único integrado. De lo contrario, el isomorfismo no implica en modo alguno homogeneidad: hay isomorfía, pero heterogeneidad, entre Estados totalitarios y socialdemócratas, siempre que el modo de producción es el mismo. Las reglas generales a este respecto son la siguientes: la consistencia, el conjunto o la unidad de la axiomática son definidos por el capital como ―derecho‖ o relación de producción (para el mercado); la independencia respectiva de los axiomas no contradice en modo alguno este conjunto, sino que procede de las divisiones y sectores del modo de producción capitalista; la isomorfía de los modelos, con los dos polos de adjunción y de sustracción, equivale a la distribución en cada caso del mercado interior y del mercado exterior. —Ahora bien, ésta sólo es una primera bipolaridad que es válida para los Estados del centro, y bajo el modo de producción capitalista. Pero el centro ha visto cómo se le imponía una segunda bipolaridad Oeste- Este, entre los Estados capitalistas y los Estados socialistas burocráticos. Pues bien, aunque esta nueva distinción pueda repetir ciertos rasgos de la precedente (al ser asimilados los Estados llamados socialistas a Estados totalitarios), el problema se plantea de otro modo. Las numerosas teorías de ―convergencia‖, que intentan, demostrar una

        cierta homogeneización de los Estados del Este y del Oeste, son poco convincentes. Ni siquiera el isomorfísmo conviene: hay heteromorfía real, no sólo porque el modo de producción no es capitalista, sino porque la relación de producción no es el Capital (sería más bien el Plan). No obstante, si los Estados socialistas siguen siendo modelos de realización de la axiomática capitalista es en función de la existencia de un solo y único mercado mundial exterior que sigue siendo aquí el factor decisivo, por encima incluso de las relaciones de producción de las que deriva. Incluso puede suceder que el plan burocrático socialista tenga como una función parasitaria con relación al plan del capital, que pone de manifiesto una creatividad mayor, del tipo ―virus‖. —Por último, la tercera bipolaridad fundamental es la del centro y de la periferia (Norte-Sur). En virtud de la independencia respectiva de los axiomas, se puede decir con Samir Amin que los axiomas de la periferia no son los mismos que los del centro57. Y, una vez más, la diferencia y la independencia de los axiomas no comprometen en modo alguno la consistencia de la axiomática de conjunto. Al contrario, el capitalismo central tiene necesidad de esta periferia constituida por el Tercer Mundo, en la que instala una gran parte de su industria más moderna, donde no se contenta con invertir capitales, sino que le proporciona capital. Por supuesto, el problema de la dependencia de los Estados del Tercer Mundo es evidente, pero no es el más importante (es una herencia del antiguo colonialismo). Es evidente que incluso la independencia de los axiomas nunca ha garantizado la independencia de los Estados, sino que más bien asegura una división internacional del trabajo. Una vez más, el problema fundamental es el de la isomorfía con relación a la axiomática mundial. Pues bien, en gran medida, hay isomorfía entre los Estados Unidos y las tiranías más sanguina-rias de América del Sur (o bien entre Francia, Inglaterra, la R.F.A. y ciertos Estados africanos). Sin embargo, por más que la bipolaridad centro-periferia, Estados del centro y del Tercer Mundo, repita a su vez rasgos distintivos de las dos bipolaridades precedentes, también escapa a ellas y plantea otros problemas. Pues, en una gran parte del Tercer Mundo, la relación de producción general puede ser el capital, e incluso en todo el Tercer Mundo, en el sentido de que el sector so-cializado puede utilizar esa relación, y en ese caso continuarla por su cuenta. Pero el modo de producción no es necesariamente capitalista, no sólo en las llamadas formas arcaicas o de transición, sino en los sectores más productivos y de alta industrialización. Se trata, pues, de un tercer caso, incluido en la axiomática mundial: cuando el capital actúa como relación de producción, pero en modos de producción no capitalistas. Se hablará entonces de una polimorfía de los estados del Tercer Mundo con relación a los Estados del centro. Y es una dimensión de la axiomática tan necesaria como las otras: incluso mucho más necesaria, puesto que la heteromorfía de los llamados Estados socialistas le ha sido impuesta al capitalismo que la digiere a duras penas, mientras que la polimorfía de los Estados del Tercer Mundo es parcialmente organizada por el centro, como axioma de sustitución de la colonización. —Siempre encontramos el problema literal de los modelos de realización de una axiomática mundial: la isomorfía de los modelos, en principio en los Estados del centro; la heteromorfía impuesta por el Estado socialista burocrático; la polimorfía organizada de los Estados del Tercer Mundo. Una vez

        más, sería absurdo creer que la inserción de los movimientos populares en todo ese campo de inmanencia está condenada de antemano, y suponer, o bien que hay

        ―buenos‖ Estados que serían democráticos, socialdemócratas, o en el otro extremo socialistas, o bien, por el contrario, que todos los Estados son equivalentes y homogéneos.


      4. La potencia. — Supongamos que la axiomática libera necesariamente una potencia superior a aquella que trata, es decir, a la de los conjuntos que le sirven de modelos. Algo así como una potencia del continuo, ligada a la axiomática, y que sin embargo la desborda. Inmediatamente reconocemos esta potencia como potencia de destrucción, de guerra, encarnada en complejos tecnológicos militares, industriales y financieros, en continuidad los unos con los otros. Por un lado, la guerra sigue evidentemente el mismo movimiento que el del capitalismo: de la misma manera que el capital constante crece proporcionalmente, la guerra deviene cada vez más ―guerra de material‖, en la que el hombre ya ni siquiera representa un capital variable de sujeción, sino un puro elemento de esclavitud maquínica. Por otro lado y sobre todo, la importancia creciente del capital constante en la axiomática hace que la depreciación del capital existente y la formación de un nuevo capital adquieran un ritmo y una amplitud que pasan necesariamente por una máquina de guerra encarnada ahora en los complejos: ésta participa activamente en las redistribuciones del mundo exigidas por la explotación de los recursos marítimos y planetarios. Un ―umbral‖ continuo de la potencia acompaña siempre el desplazamiento de los ―límites‖ de la axiomática; como si la potencia de guerra sobresaturase siempre la saturación del sistema y la condicionase. —A los conflictos clásicos entre Estados del centro (y colonización periférica) se han unido, o más bien los han sustituido, dos grandes líneas conflictivas, entre el Oeste y el Este, entre el Norte y el Sur, que coinciden y engloban al conjunto. Pues bien, no sólo el sobrearmamento del Oeste y del Este deja subsistir enteramente la realidad de las guerras locales, y les da una nueva fuerza y nuevos retos; no sólo funda la posibilidad ―apocalíptica‖ de un enfrentamiento directo según los dos grandes ejes; también se diría que la máquina de guerra adquiere un sentido específico suplementario, industrial, político, judicial, etc. Bien es verdad que a lo largo de su historia los Estados no han cesado de apropiarse de la máquina de guerra; y que al mismo tiempo la guerra, en su preparación y su efectuación, devenía objeto exclusivo de la máquina, pero como guerra más o menos ―limitada‖. En cuanto a la finalidad, continuaba siendo la finalidad política de los Estados. Los diferentes factores que tendieron a convertir la guerra en una guerra ―total‖, y especialmente el factor fascista, marcaron el inicio de una inversión del movimiento: como si los Estados, tras el largo periodo de apropiación, reconstituyesen una máquina de guerra autónoma, a través de la guerra que hacían los unos contra los otros. Pero esta máquina de guerra liberada o desencadenada continuaba teniendo por objeto la guerra en acto, en tanto que guerra devenida total, ilimitada. Toda la economía fascista devenía economía de guerra, pero la economía de guerra tenía todavía necesidad de la guerra total en tanto que objeto. Como consecuencia, la guerra fascista seguía estando bajo la fórmula de Clausewitz, ―continuación de la política

        por otros medios‖, aunque esos otros medios deviniesen exclusivos, o la finalidad política entrase en contradicción con el objeto (de ahí la idea de Virilio de que el Estado fascista era un Estado ―suicida‖ más que totalitario). Sólo después de la II Guerra Mundial la automatización, luego la automatización de la máquina de guerra, han producido su verdadero efecto. Ésta, si tenemos en cuenta los nuevos antagonismos que la atravesaban, ya no tenía por objeto exclusivo la guerra, sino que se responsabilizaba de la paz y tenía por objeto la paz, la política, el orden mundial, en resumen, la finalidad. Ahí es donde aparece la inversión de la fórmula de Clausewitz: la política deviene la continuación de la guerra, la paz libera técnicamente el proceso material ilimitado de la guerra total. La guerra deja de ser la materialización de la máquina de guerra, la máquina de guerra deviene guerra materializada. En ese sentido, ya no había necesidad de fascismo. Los fascistas sólo habían sido niños precursores, y la paz absoluta de la supervivencia lograba lo que la guerra total no había logrado. Ya estábamos en la tercera guerra mundial. La máquina de guerra reinaba sobre toda la axiomática como la potencia del continuo que en-volvía la ―economía-mundo‖, y ponía en contacto todas las partes del universo. El mundo volvía a ser un espacio liso (mar, aire, atmósfera) en el que reinaba una sola y misma máquina de guerra, incluso cuando oponía sus propias partes. Ahora, las guerras formaban parte de la paz. Es más, los Estados ya no se apropiaban de la máquina de guerra, reconstituían una máquina de guerra en la que ellos ya sólo eran las partes. —Entre todos los autores que han desarrollado un sentido apo-calíptico o milenarista, corresponde a Paul Virilio el haber señalado cinco puntos rigurosos: cómo la máquina de guerra había encontrado su nuevo objeto en la paz absoluta del terror o de la disuasión; cómo efectuaba una ―capitalización‖ técnico-científica; cómo esta máquina de guerra no era terrible en función de la posible guerra que nos prometía como un chantaje, sino, por el contrario, en función de la paz real muy especial que ella promovía y ya instauraba; cómo esta máquina de guerra ya no tenía necesidad de un enemigo cualificado, sino que, conforme a las exigencias de una axiomática, se ejercía contra el ―enemigo indeterminado‖, interior o exterior (individuo, grupo, clase, pueblo, acontecimiento, mundo); cómo de ella surgía una nueva concepción de la seguridad como guerra materializada, como inseguridad organizada o catástrofe programada, distribuida, molecularizada 58.


      5. Tercero incluido. Que la axiomática capitalista tenga necesidad de un centro, y que ese centro se haya constituido al Norte, tras un largo proceso histórico, nadie lo ha mostrado mejor que Braudel: ―sólo puede haber una economía-mundo cuando la red tiene unas mallas suficientemente tupidas, cuando el intercambio es bastante regular y voluminoso para dar vida a una zona central‖ 59. A este respecto, muchos autores consideran que el eje Norte-Sur, centro-periferia, sigue siendo hoy más importante que el eje Oeste-Este, e incluso lo determina fundamentalmente. Eso expresa una tesis corriente, repetida y desarrollada por Giscard d’Estaing: cuanto más las cosas se equilibran en el centro, entre el Oeste y el Este, empezando por el equilibrio del sobrearmamento, más se desequilibran o se

        ―desestabilizan‖ entre el Norte y el Sur, y desestabilizan el equilibrio central. Está claro que, en estas fórmulas, el Sur es un término abstracto que designa el Tercer

        Mundo o la periferia; e incluso que hay sures o terceros mundos interiores al centro. También está claro que esta desestabilización no es accidental, sino que es una consecuencia (teoremática) de los axiomas del capitalismo, y fundamentalmente del axioma llamado del intercambio desigual, indispensable para su funcionamiento. Esta fórmula también es la versión moderna de la más vieja fórmula que ya era válida para los imperios arcaicos, bajo otras condiciones. Cuanto más so-brecodificaba los flujos el imperio arcaico, más flujos descodificados suscitaba, que se volvían contra él y lo obligaban a modificarse. En la actualidad, cuanto más los flujos descodificados entran en una axiomática central, más tienden a escaparse a la periferia, y a plantear problemas que la axiomática es incapaz de resolver o de controlar (incluso con los axiomas especiales que añade para esta periferia). — Los cuatro flujos principales que atormentan a los representantes de la economía-mundo o de la axiomática son: el flujo de materia-energía, el flujo de población, el flujo alimentario y el flujo urbano. La situación parece inextricable, puesto que la axiomática no cesa de crear el conjunto de esos problemas, al mismo tiempo que sus axiomas, incluso multiplicados, le privan de los medios para resolverlos (por ejemplo, la circulación y la distribución que harían posible la alimentación del mundo). Incluso una socialdemocracia adaptada al Tercer Mundo no se propone realmente integrar toda una población miserable a un mercado interior, sino más bien llevar a cabo la ruptura de clase que seleccionará los elementos integrables. Y los Estados del centro no sólo tienen que enfrentarse al Tercer Mundo, no sólo tienen cada uno un tercer mundo exterior, sino que también hay terceros mundos interiores que crecen en ellos y actúan sobre ellos desde dentro. Diríase incluso que en ciertos aspectos la periferia y el centro intercambian sus determinaciones: una determinación del centro, un despegue del centro con relación a los conjuntos territoriales y nacionales, hace que las formaciones periféricas devengan verdaderos centros de inversión, mientras que las formaciones centrales se periferizan. Las tesis de Samir Amin se ven así a la vez reforzadas y relativizadas. Cuanto más la axiomática mundial instala en la periferia una alta industria y una agricultura altamente industrializada, reservando provisionalmente para el centro las llamadas actividades postindustriales (automatización, electrónica, informática, conquista del espacio, sobrearmamento...), más instala también en el centro zonas periféricas de subdesarrollo, terceros mundos interiores, sures interiores. ―Masas‖ de la población entregadas a un trabajo precario (subcontratación, trabajo interino o negro), y cuya subsistencia oficial sólo es asegurada por prestaciones de Estado y salarios precarios. Pensadores como Negri, a partir del caso ejemplar de Italia, han sido los que han elaborado la teoría de este margen interior, que tiende cada vez más a fusionar los estudiantes como los emarginati 60. Estos fenómenos confirman la diferencia entre la nueva esclavitud maquínica y la sujeción clásica. Pues la sujeción continuaba centrada en el trabajo, y remitía a una organización bipolar propiedad-trabajo, burguesía-proletariado. En cambio, en la esclavitud y la dominación central del capital constante, el trabajo parece fragmentarse en dos direcciones: la de un sobretrabajo intensivo que ya ni siquiera pasa por el trabajo, y la de un trabajo extensivo que ha devenido precario y flotante. La tendencia totalitaria a abandonar los axiomas del empleo, y la tendencia socialdemócrata a multiplicar los

        status, pueden aquí combinarse, pero para efectuar siempre las rupturas de clase. Razón de más para que se acentúe la oposición entre la axiomática y los flujos que ella no logra dominar.


      6. Minorías. — Nuestra época deviene la época de las minorías. Hemos visto en varias ocasiones que éstas no se definían necesariamente por el pequeño número, sino por el devenir o la flotación, es decir, por la distancia que las separa de tal o tal axioma que constituye una mayoría redundante (―Ulyses o el europeo medio actual, que habita en las ciudades‖, o bien, como dice Yann Moulier, ―el obrero nacional, cualificado, varón y de más de treinta y cinco años‖). Una minoría puede implicar únicamente un pequeño número; pero también puede implicar el mayor número, constituir una mayoría absoluta indefinida. Es lo que sucede cuando autores, que incluso son considerados de izquierda, adoptan el gran grito de alarma capitalista: en veinte años, ―los blancos‖ sólo constituirán el 12% de la población mundial... Así, no se contentan con decir que la mayoría va a cambiar, o ya ha cambiado, sino más bien que sobre ella actúa una minoría proliferante y no numerable que amenaza con destruir la mayoría en su mismo concepto, es decir, en tanto que axioma. Y en efecto, el extraño concepto de no-blanco no constituye un conjunto numerable. Lo que define, pues, una minoría no es el número, sino las relaciones internas al número. Una minoría puede ser numerosa o incluso infinita; e igual ocurre con una mayoría. Lo que las distingue es que la relación interna al número constituye en el caso de una mayoría un conjunto, finito o infinito, pero siempre numerable, mientras que la minoría se define como conjunto no numerable, cualquiera que sea el número de sus elementos. Lo que caracteriza lo innumerable no es ni el conjunto ni los elementos, más bien es la conexión, el ―y‖, que se produce entre los elementos; entre los conjuntos, y que no pertenece a ninguno de los dos, que les escapa y constituye una línea de fuga. Pues bien, la axiomática sólo maneja conjuntos numerables incluso infinitos, mientras que las minorías constituyen esos conjuntos ―difusos‖ no numerables, no axiomatizables, en resumen, esas ―masas‖, esas multiplicidades de fuga o de flujo. — Ya se trate del conjunto infinito de los no-blancos de la periferia, o del conjunto reducido de los vascos, los corsos, etc., por todas partes encontramos las premisas de un movimiento mundial: las minorías recrean fenómenos ―nacionalitarios‖ que los Estados-naciones se habían encargado de controlar y de ahogar. El sector socialista burocrático no escapa ciertamente a estos movimientos, y, como decía Amalrik, los disidentes no son nada, o sólo sirven de peones en la política internacional, si se les abstrae de las minorías activas en la U.R.S.S. Poco importa que las minorías sean incapaces de constituir Estados viables desde el punto de vista de la axiomática y del mercado, puesto que a largo plazo promueven composiciones que ya no pasan por la economía capitalista ni por la forma-Estado. Evidentemente, la respuesta de los Estados, o de la axiomática, puede ser conceder a las minorías una autonomía regional, o federal, o estatutaria, en resumen, añadir axiomas. Pero precisamente ese no es el problema: esa operación sólo consistiría en traducir las minorías en conjuntos o subconjuntos numerables, que pasarían a formar parte de la mayoría en calidad de elementos, que podrían ser contados en una mayoría. E

        igual ocurriría con un estatuto de las mujeres, un estatuto de los jóvenes, un estatuto de los trabajadores eventuales..., etc. Incluso se puede concebir, en la crisis y la sangre, una inversión más radical que convertiría el mundo blanco en la periferia de un centro amarillo; esa sería sin duda una axiomática completamente distinta. Pero nosotros hablamos de otra cosa, que sin embargo no estaría regulada: las mujeres, los no-hombres, en tanto que minoría, en tanto que flujo o conjunto no numerable, no recibirían ninguna expresión adecuada al devenir elementos de la mayoría, es decir, conjunto finito numerable. Los no-blancos no recibirían ninguna expresión adecuada al devenir una nueva mayoría, amarilla, negra, conjunto numerable infinito. Lo propio de la minoría es ejercer la potencia de lo no-nume-rable, incluso cuando está compuesta de un solo miembro. Esa es la fórmula de las multiplicidades. Minoría como figura universal, o devenir todo el mundo. Mujer, todos tenemos que devenirlo, ya seamos masculinos o femeninos. No-blancos, todos tenemos que devenirlo, ya seamos blancos, amarillos o negros. —Una vez más, esto no quiere decir que la lucha al nivel de los axiomas carezca de importancia; al contrario, es determinante (a los niveles más diferentes, lucha de las mujeres por el voto, el aborto, el empleo; lucha de las regiones por la autonomía; lucha del Tercer Mundo; lucha de las masas y de las minorías oprimidas en las regiones del Este o del Oeste...). Pero, también, siempre hay un signo que demuestra que esas luchas son el índice de otro combate coexistente. Por modesta que sea una reivindicación siempre presenta un punto que la axiomática no puede soportar, cuando las personas reclaman el derecho de plantear ellas mismas sus propios problemas y de determinar al menos las condiciones particulares bajo las cuales éstos pueden recibir una solución más general (defender lo Particular como forma innovadora). Resulta asombroso constatar cómo la misma historia se repite: la modestia de las reivindicaciones de las minorías, al principio, va unida a la impotencia de la axiomática para resolver el más mínimo problema correspondiente. En resumen, la lucha en torno a los axiomas es tanto más importante cuanto que pone de manifiesto y aumenta la diferencia entre dos tipos de proposiciones, las proposiciones de flujos y las proposiciones de axiomas. La potencia de las minorías no se mide por su capacidad de entrar y de imponerse en el sistema mayoritario, ni siquiera por su capacidad de invertir el criterio necesariamente tautológico de la mayoría, sino por su capacidad de ejercer una fuerza de los conjuntos no numerables, por pequeños que sean, contra la fuerza de los conjuntos numerables, incluso infinitos, incluso invertidos o cambiados, incluso si implican nuevos axiomas o, todavía más, una nueva axiomática. El problema no es en modo alguno el de la anarquía o la organización, ni siquiera el de la centralización y la descentralización, sino el de un cálculo o concepción de los problemas relativos a los conjuntos no numerables frente a una axiomática de los conjuntos numerables. Pues bien, este cálculo puede tener sus composiciones, sus organizaciones, incluso sus centralizaciones, pero no pasa por la vía de los Estados ni por los procesos de la axiomática, sino por un devenir de las minorías.


      7. Proposiciones indecidibles. —Se objetará que la axiomática libera la potencia de un conjunto infinito no numerable: precisamente la de su máquina de guerra. Sin

embargo, parece difícil aplicarla al ―tratamiento‖ general de las minorías sin desencadenar la guerra absoluta que supuestamente debe conjurar. También hemos visto cómo la máquina de guerra organiza procesos cuantitativos y cualitativos, miniaturizaciones y adaptaciones que hacen que sea capaz de graduar sus ataques o sus respuestas, siempre en función de la naturaleza del ―enemigo inde-terminado‖ (individuos, grupos, pueblos...). Pero, en esas condiciones, la axiomática capitalista no cesa de producir y de reproducir aquello que la máquina de guerra intenta exterminar. Incluso la organización del hambre multiplica los hambrientos en la misma medida en que los mata. Incluso la organización de los campos, en la que el sector ―socialista‖ se ha horriblemente distinguido, no garantiza la solución radical con la que sueña la potencia. El exterminio de una minoría todavía hace nacer una minoría de esa minoría. A pesar de la constancia de las ma-sacres, es relativamente difícil liquidar un pueblo o un grupo, incluso en el Tercer Mundo, desde el momento en que presenta suficientes conexiones con elementos de la axiomática. Desde otros puntos de vista todavía, se puede predecir que los próximos problemas de la economía, que consisten en volver a formar capital en relación con nuevos recursos (petróleo marino, nódulos metálicos, materias alimentarias) no sólo exigirán una redistribución del mundo que movilizará la máquina de guerra mundial y opondrá sus partes en función de los nuevos objetivos; también se asistirá probablemente a la formación o reconstitución de conjuntos minoritarios, en relación con las regiones concernidas. — Por regla general, las minorías tampoco resuelven su problema por integración, incluso con axiomas, estatutos, autonomías, independencias. Su táctica pasa necesariamente por ahí. Pero, si son revolucionarias, es porque implican un movimiento más profundo que pone en tela de juicio la axiomática mundial. La potencia de minoría, de particularidad, encuentra su figura o su conciencia universal en el proletario. Pero, en la medida en que la clase obrera se define por un estatuto adquirido, o incluso por un Estado teóricamente conquistado, sólo aparece como ―capital‖, una parte del capital (capital variable), y no escapa al plan del capital. Como mucho el plan deviene burocrático. En cambio, escapando al plan del capital, no cesando de escapar a él, una masa deviene sin cesar revolucionaria y destruye el equilibrio dominante de los conjuntos numerables61. Es difícil imaginarse cómo sería un Estado-amazona, un Estado de las mujeres, o bien un Estado de los trabajadores eventuales, un Estado del ―rechazo‖. Si las minorías no constituyen Estados viables, cultural, política, económicamente, es porque ni la forma-Estado, ni la axiomática del capital, ni la cultura correspondiente les convienen. A menudo se ha visto cómo el capitalismo mantenía y organizaba Estados no viables, según sus necesidades, y precisamente para aplastar a las minorías. Al mismo tiempo, el problema de las minorías es más bien acabar con el capitalismo, redefinir el socialismo, constituir una máquina de guerra capaz de responder a la máquina de guerra mundial, con otros medios. —Si las dos soluciones de exterminio y de integración apenas parecen posibles es en virtud de la ley más profunda del capitalismo: el capitalismo no cesa de plantear y rechazar sus propios límites, pero sólo lo hace suscitando otros tantos flujos en todos los sentidos que escapan a su axiomática. No se efectúa en los conjuntos numerables que le sirven de modelos sin constituir a la vez con-

juntos no numerables que atraviesan y trastocan esos modelos. No opera la ―conjugación‖ de los flujos descodificados y desterritorializados sin que los flujos no vayan todavía más lejos, no escapen tanto a la axiomática que los conjuga como a los modelos que los reterritorializan, y no tiendan a entrar en ―conexiones‖ que trazan una nueva Tierra, que constituyen una máquina de guerra cuyo objetivo ya no es ni la guerra de exterminio ni la paz del terror generalizado, sino el movimiento revolucionario (conexión de los flujos, composición de los conjuntos numerables, devenir-minoritario de todo el mundo). No se trata de una dispersión o de una fragmentación: se trata más bien de la oposición entre un plan de consistencia y el plan de organización y de desarrollo del capital, o el plan socialista burocrático. Un constructi-vismo, un ―diagramatismo‖, actúa en cada caso mediante la determinación de las condiciones del problema, mediante las relaciones transversales de los problemas entre sí: se opone tanto a la automatización de los axiomas capitalistas como a la programación burocrática. En ese sentido, lo que nosotros llamamos ―proposi-ciones indecidibles‖, no es la incertidumbre de las consecuencias que caracterizan necesariamente a cualquier sistema. Al contrario, es la coexistencia o la insepara-bilidad de lo que el sistema conjuga, y de lo que no cesa de escaparle según líneas de fuga a su vez conectables. Lo indecidible es por excelencia el germen y el lugar de las decisiones revolucionarias. En ocasiones se invoca la alta tecnología del sistema mundial de esclavitud; pero incluso, o sobre todo, esa esclavitud maquínica abunda en proposiciones y movimientos indecidibles que, lejos de remitir a un saber de especialistas juramentados, proporcionan otras tantas armas al devenir de todo el mundo, devenir-radio, devenir-electrónica, devenir-molecular. 62. No

hay lucha que no se realice a través de todas esas proposiciones indecidibles, y que no construya conexiones revolucionarias contra las conjugaciones de la axiomática.

NOTAS


  1. El principal libro de DUMÉZIL a este respecto es Mitra-Varuna (en el que también se hace un análisis del ―Tuerto‖ y del ―Manco‖).

  2. El tema del Dios-ligador y del nudo mágico ha sido objeto de estudios mitológicos globales: especialmente MIRCEA ELIADE, Images et symboles, Gallimard, cap. III (trad. cast., ed. Taurus). Pero esos estudios son ambiguos, porque utilizan un método sincrético o arquetípico. El método de Dumézil, por el contrario, es diferencial: el lema de la captura o del lazo sólo agrupa elementos diversos bajo un rasgo diferencial, constituido precisamente por la soberanía política. Sobre la oposición de estos dos métodos véase ORTIGUES, Le discours et le symbole, Aubier.

3 DUMÉZIL, Mitra-Varuna, págs. 113-114, 151, 202-203.

4 Idem, pág. 150: ―Existen diversas maneras de ser dios de la guerra, y Tiwaz define una que las etiquetas dios guerrero, dios combatiente... no expresarían correctamente. Tiwaz es otra cosa: el jurista de la guerra, y al mismo tiempo una especie de diplomático‖ (lo mismo se diría de Marte).

5 Idem. págs. 124-132.

  1. JÜNGER, Abeilles de verre, Bourgois, pág. 182.

  2. MARCEL DETIENNE, Les maîtres de vérité... (trad. cast., ed. Taurus); y ―La phalange, problèmes et controverses‖ (en Problèmes de la guerre en Grèce ancienne, Mouton). Cf. también J.—P., VERNANT, Les origines de la pensée grecque.

  3. JACQUES HARMAND ( La guerre antique, P.U.F., pág. 28) cita ―la empresa de grandes efectivos dirigida singularmente por un funcionario civil, Ouni, bajo el faraón Pepi Iº hacia 1400‖. Incluso la democracia militar tal y como Morgan la describía supone un Estado arcaico de tipo imperial, no lo explica (esto es lo que se deduce de los trabajos de Detienne y de Vernant). Esc mismo Estado imperial más que guerreros utiliza fundamentalmente carceleros y policías: cf. DUMÉZIL, Mitra- Varuna, págs. 200-204.

  4. La idea de una formación despótica asiática aparece en el siglo XVIII, especialmente en Montesquieu, pero para describir un estado evolucionado de los imperios, y en correspondencia con la monarquía absoluta. Muy distinto es el punto de vista de Marx, que recrea la noción para definir los imperios arcaicos. Los principales textos a este respecto son: MARX, Grundrisse, Pléiade II, págs. 312 sigs. (trad. cast., ed. Siglo XXI); WITTFOGEL, Le despotisme oriental, ed. de Minuit (y el prefacio de Vidal-Naquet en la primera edición, pero que fue suprimido en la segunda a petición de Wittfogel) (trad. cast., ed. Guadarrama), TOKEL, Sur le mode de production asiatique, Studia histórica 1966; el estudio de conjunto del C.E.R.M., Sur le mode de production asiatique, cd. Sociales.

  5. Varron hacía un célebre juego de palabras entre nexum y nec suum fit (= la cosa no deviene propiedad del que recibe). En efecto, el nexum es una forma fundamental del derecho romano arcaico, en la que lo que obliga no es un acuerdo entre partes contratantes, sino únicamente la palabra del prestamista o del donante, de acuerdo con un modo mágico-religioso. No es un contrato (mancipatio), y no implica ni compra-venta, incluso diferida, ni interés, aunque pueda, eso creemos, implicar una especie de renta. Cf. especialmente PIERRE NOAILLES, Fas et Jus, Les Belles lettres; y DUMÉZIL, que insiste en la relación de nexum y de lazo mágico, Mitra- Varuna, pág. 118-124.

  6. Cf. las excavaciones y trabajos de J. MELLAART, Earliest Civilizations in the Near East, y Çatal Hüyük,

    Londres. La urbanista Jane Jacobs ha elaborado a partir de ellos un modelo imperial al que denomina

    ―Nueva Obsidiana‖ (a causa del nombre de las lavas que servían para hacer herramientas), y que podría llegar hasta los inicios del Neolítico e incluso más lejos. Insiste en el origen ―urbano‖ de la agricultura y en el papel de las hibridaciones que se producen en las reservas urbanas de granos: la agricultura se opone a las reservas, y no a la inversa. En un estudio inédito JEAN ROBERT analiza las tesis de Mellaart y la hipótesis de Jane Jacobs, y las utiliza en nuevas perspectivas: Decoloniser l‟espace.

  7. CLASTRES, La société contre l‟Etat. Ya hemos visto cómo, según Clastres, la guerra primitiva era uno de los principales mecanismos que conjuraba el Estado, en la medida en que mantenía la oposición y la dispersión de pequeños grupos segmentarios. Pero también, desde ese punto de vista, la guerra primitiva continúa subordinada a los mecanismos de conjuración, y no se autonomiza en una máquina, incluso cuando implica un cuerpo especializado.

  8. Según GRYAZNOV, en la Edad de Bronce, son los agricultores sedentarios los que se ponen a no-madizar en la estepa: es un ejemplo de movimiento en zig-zag en la evolución. Cf. Sibérie du Sud, Nagel, págs. 99, 133-134.

  9. JEAN ROBERT aísla esta noción de ―inversion de los signos y de los mensajes‖: ―En una primera fase, las informaciones circulan principalmente de la periferia hacia el centro, pero, a partir de un cierto punto crítico, la ciudad emite hacia el mundo rural mensajes cada vez más imperativos‖ y deviene exportadora (Décoloniser l‟espace).

  10. Sobre las ciudades chinas y su subordinación al principio imperial, cf. BALAZS, La bureaucratia celeste, Gallimard. Y BRAUDEL, Civilisation materialle et capitalisme, pág. 403, (trad. cast., ed. Labor): ―En la India, como en China, las estructuras sociales rechazan de antemano la ciudad, ofreciéndole, diríamos, un material de mala calidad, refractario. (...). Pues la sociedad está atrapada, lo que se dice atrapada, en una especie de sistema irreductible, de cristalización previa.‖

  11. En todos estos sentidos, FRANÇOIS CHATELET pone en entredicho la noción clásica de Estado-ciu-dad, y duda de que la ciudad ateniense pueda ser asimilada a cualquier tipo de Estado (―La Grèce classique, la Raison, l’Etat‖, en En marge, l‟Occident et ses autres, Aubier). Problemas análogos se plantearían en el caso del Islam, y también en el de Italia, Alemania y Flandes a partir del siglo XI: en ellos el poder político no implica la forma-Estado. Por ejemplo, la comunidad de las ciudades han-seáticas, sin funcionarios, sin ejército, e incluso sin personalidad jurídica. La ciudad siempre forma parte de una red de ciudades, ahora bien, ―la red de ciudades‖ no coincide con ―el mosaico de Es-tados‖: sobre todos estos puntos, cf. los análisis de FRANÇOIS FOURQUET y LION MURARD, Généalogie des équipements collectifs, 10-18, págs. 79-106.

  12. LÉVI-STRAUSS, Anthropologie structurale, Plon, págs. 167-168 (trad. cast., ed. Eudeba).

  13. Sobre un ejemplo preciso, Louis Berthe analiza la necesidad de una ―tercera-aldea‖, que impide que el circuito orientado se cierre: ―Aines et cadets, l’alliance et la hiérarchie chez les Baduj‖, págs. 214-215.

  14. BRAUDEL, Civilisation matérielle et capitalisme, págs. 391-400 (sobre las relaciones ciudad-Estado en Occidente). Y, como señala Braudel, una de las razones de la victoria de los Estados sobre las ciudades a partir del siglo XV fue que sólo el Estado tiene la facultad de apropiarse plenamente de la máquina de guerra: por reclutamiento territorial de los hombres, inversión material, industrialización de la guerra (en las manufacturas de armas, más que en las fábricas de alfileres, es donde aparece la producción en serie y la división mecánica). Las ciudades comerciantes, por el contrario, tienen necesidad de guerras rápidas, recurren a mercenarios, y sólo pueden encastrar la máquina de guerra.

  15. Es un tema desarrollado a menudo por SAMIR AMIN: ―Puesto que la teoría de las relaciones entre formaciones sociales diferentes no puede ser economicista, las relaciones internacionales, que se sitúan precisamente en ese marco, no pueden dar lugar a una teoría económica‖ ( Le développement inégal, ed. de Minuit, págs. 124 sig.) (trad. cast., ed. Fontanella).

  16. Cf. JACQUES LACARRIÈRE, Les hommes ivres de Dieu, Fayard (trad. cast., ed. Agora).

  17. SAMIR AMIN analiza esta especificidad de las ―formaciones periféricas‖ del Tercer Mundo, y distingue dos tipos principales, oriental y africana, americana: ―América Latina, Asia y el Oriente árabe, el Africa negra no han sido transformadas de la misma manera, puesto que no han sido integrados en la misma etapa del desarrollo capitalista al centro, y por lo tanto no han desempeñado las mismas funciones en ese desarrollo‖ ( Le developpement inégal, págs. 257 y sigs.; y L‟accumulation à l‟échelle mondiale, ed. Anthropos, págs. 373-376 (trad. cast., ed. Siglo XXI). No obstante, veremos cómo el centro y la periferia están obligados, en ciertas condiciones, a intercambiar sus características.

  18. GAETAN PIROU, Economie libérale et économie dirigée, ed. Sedes, t. I. pág. 117: ―La productividad del obrero marginal no sólo determina el salario de ese obrero marginal, sino el de todos los demás, de la misma manera que, cuando se trata de mercancías, la utilidad del último cubo de agua o del último saco de trigo regulaba el valor, no sólo de ese cubo o de ese saco, sino de todos los demás cubos o sacos‖. (El marginalismo pretende cuantificar el agenciamiento, cuando en realidad todo tipo de factores cualitativos influyen en la evaluación del ―último‖).

  19. Sobre la importancia de una teoría de la evaluación y del tanteo en el marginalismo, cf. la exposición crítica de FRANDIN, Les fondements logiques de la théorie néoclassique de l‟echange, Maspero. Para los marxistas, también existe un tanteo, pero que no puede basarse en la cantidad de trabajo socialmente necesario; Engels habla de ello, precisamente a propósito de las sociedades precapitalistas. Invoca

    ―un proceso de aproximación en zig-zag, numerosos tanteos en la oscuridad‖ que se regulan más o menos sobre ―la necesidad que cada uno tiene de esforzarse‖ (uno se preguntará si este último miembro de la frase no reconstituye una suerte de criterio marginalista). Cf. ENGELS, prefacio al Capital, libro III. ed. Sociales, págs. 32-34 (trad. cast., ed. F.C.E.).

  20. RICARDO, Principes de l‟économie et de l‟impôt, Flammarion, cap. II (trad. cast., ed. Aguilar). Y el análisis de MARX de las dos formas de ―renta diferencial‖, Capital, III, 6‖ sección.

  21. Naturalmente, la tierra menos fecunda es también, teóricamente, la más reciente o la última de una serie (lo que permite decir a muchos comentaristas que Ricardo, en su teoría de la renta, se ha ade-

    lantado al marginalismo). Pero esa ni siquiera es una regla, y Marx muestra que es posible un ―mo-vimiento creciente‖, tanto como un ―movimiento decreciente‖, y que un mejor terreno ―puede situarse en el último rango‖ (cf. Pléiade, II, págs. 1318-1326).

  22. Ricardo, pág. 64: ―Si el aire, el agua, la elasticidad del vapor y la presión de la atmósfera pudiera tener cualidades variables y limitadas; si uno pudiera, además, apropiárselas, todos esos agentes proporcionarían una renta, que se desarrollaría a medida que se utilizasen sus diferentes cualidades‖.

  23. Las dos formas de renta diferencial están basadas en la comparación. Pero Marx defiende la existencia de otra forma, desconocida por los teóricos (Ricardo), y que los prácticos conocen bien, dice: es la renta absoluta, basada en el carácter especial de la propiedad de la tierra en tanto que monopolio. En efecto, la tierra no es una mercancía como las otras, porque no es reproducible al nivel de un conjunto determinable. Existe, pues, monopolio, lo que quiere decir ―precio de monopolio‖ (el precio de monopolio, y la renta eventual correspondiente, son cuestiones completamente distintas). En el caso más simple, la renta diferencial y la renta absoluta se distinguen de la forma siguiente: el precio del producto se calcula según el peor terreno, el contratista del mejor terreno tendría un sobrebeneficio si éste no se transformara en renta diferencial del propietario; pero, por otro lado, la plus-valía agrícola es proporcionalmente más grande que la plusvalía industrial (?), el contratista agrícola en general tendría un sobrebeneficio si éste no se transformara en renta absoluta del propietario. La renta es, pues, un elemento necesario para la igualación o distribución del beneficio: sea igualación de la tasa de beneficio agrícola (renta diferencial), sea igualación de esa tasa con la del beneficio industrial (renta absoluta). Algunos economistas marxistas han propuesto un esquema completamente distinto de la renta absoluta, pero que conserva la distinción necesaria de Marx.

  24. BERNARD SCHMITT (Monnaie, salaires et profit, ed. Castella, págs. 289-290) distingue dos formas de captura o de ―captación‖, que por otra parte corresponden a dos figuras principales de la caza, la espera y la persecución. La renta sería una captura residual o de espera, porque depende de fuerzas exteriores y actúa por transferencia; el beneficio, una captura de persecución o de conquista, porque deriva de una acción específica, y requiere una fuerza que le es propia o una ―creación‖. No obstante, sólo es verdad en relación a la renta diferencial; como lo señalaba Marx, la renta absoluta representa el aspecto ―creador‖ de la propiedad de la tierra (Pléiade II, pág. 1366).

  25. EDUARD WILL (Korinthiaka, ed. De Boccard, págs. 470 sig.) analiza un caso tardío, pero ejemplar, el de la reforma del tirano Cypselos en Corinto: a) una parte de las tierras de la aristocracia de linaje son confiscadas, y distribuidas a los campesinos pobres; b) pero, al mismo tiempo, se constituye una reserva metálica, por captura sobre los proscritos; c) este mismo dinero es distribuido entre los pobres, pero para que lo entreguen como indemnización a los antiguos propietarios; d) éstos entonces pagaron el impuesto en dinero, para asegurar una circulación o rotación de la moneda, y una equivalencia con los bienes y servicios. Se encuentran ya figuras análogas directamente inscritas en los imperios arcaicos, independientemente de los problemas de la propiedad privada. Por ejemplo, se distribuyen tierras a los funcionarios en tanto que tales, que las explotan o las arriendan. Pero, si el funcionario recibe de ese modo una renta en trabajo y en naturaleza, debe pagar al emperador un impuesto exigible en dinero. De ahí la necesidad de ―bancos‖ que, en condiciones complejas, aseguren la equivalencia, la conversión, la circulación bienes-moneda a través de toda la economía: cf. GUILLAUME CARDASCIA, ―Armée et fiscalité la Babylonie achéménide‖, en Armées et fiscalité dans le monde antique, C.N.R.S., 1977.

  26. Autores como WILL, O GABRIEL ARDANT, han mostrado que la función comercial no explicaba el origen de la moneda, unido a las ideas de ―retribución‖, ―pago‖, ―importación‖. Y lo prueban especialmente gracias al mundo griego y occidental; pero, incluso en los imperios de oriente, el monopolio de un comercio monetarizado creemos que supone el impuesto monetario. Cf. EDOUARD WILL, ―Réflexions et hipothèses sur les origines du monnayage‖, Revue numismatique 1955; GABRIEL ARDANT, Histoire financière de l‟antiquité à nos jours, Gallimard (págs. 28 sig.: ―los medios que dieron nacimiento al impuesto dieron igualmente nacimiento a la moneda‖).

  27. Sobre este aspecto del impuesto indirecto, cf. A. EMMANUEL, L‟échange inégal, Maspero, págs. 55-56, 246 sig. (trad. cast., ed. Siglo XXI), (en relación al comercio exterior). En lo que concierne a las relaciones impuestos-comercios, un caso histórico particularmente interesante es el del mercantilismo, analizado por ERIC ALLIEZ ( Capital et pouvoir, texto inédito).

  28. Bernard Schmitt, Monnaie, salaires et profits.

  29. MARX insiste a menudo sobre los puntos siguientes, especialmente en sus análisis de la acumulación original: 1º) éste precede al modo de producción, y lo hace posible; 2‖) implica, pues, una acción específica del Estado y del derecho, que no se oponen a la violencia, sino al contrario la promuevan (―algunos de estos métodos reposan sobre el empleo de la fuerza bruta, pero todos sin excepción

    explotan el poder del Estado, la fuerza concentrada y organizada de la sociedad‖ Pléiade I, pág. 1213); 3‖) esta violencia de derecho aparece en primer lugar bajo su forma bruta, pero deja de ser consciente a medida que se establece el modo de producción, y parece remitir a la pura y simple Naturaleza (―en ocasiones se puede recurrir aún a la obligación, al empleo de la fuerza bruta, pero sólo es excepción‖, I, pág. 1196); 4º) un movimiento de ese tipo se explica por el carácter particular de esa violencia, que en ningún caso se deja reducir al vuelo, al crimen o a la ilegalidad (cf. Notes sur Adolph Wagner, II, pág. 1535: el descuento sobre el obrero no es un descuento de piel, el capitalismo ―no se limita a deducir o a robar, sino que arranca la producción de una plusvalía, es decir que contribuye a crear en primer lugar aquello sobre lo que se descontará. (...) En el valor constituido sin el trabajo del capitalismo existe una parte que éste puede apropiarse de derecho, es decir, sin violar el derecho que corresponde al intercambio de mercancías‖.

  30. En ese sentido, Jean Robert demuestra claramente que la acumulación original implica la construcción violenta de un espacio homogeneizado, ―colonizado‖.

  31. TÖKEI, ―Les conditions de la propiéte foncière dans la Chine de l’époque Tcheou‖, Acta antiqua 1958, Marx y Engels recordaban ya que la plebe romana (constituida especialmente de libertos públicos) era la única que tenía ―el derecho de asignar la propiedad del ager publicus”: los plebeyos de-venían propietarios privados de bienes de la tierra, así como de riquezas comerciales y artesanales, precisamente en la medida en que estaban ―excluidos de todos los derechos públicos‖ (cf. MARX Grundrisse, Pléiade II, pág. 319, ENGELS, Origine de la famille, ed. Sociales, pág. 119 (trad. cast., ed. Ayuso).

  32. Cf. los dos grandes libros de V. GORDON CHILDE, L‟Orient prehistorique (trad. cast., ed. Fundamentos) y especialmente L‟Europe préhistorique, Payet (trad. cast., ed. Icaria). Sobre todo, el análisis arqueológico permite a Childe concluir que el mundo egeo no presenta lugares de acumulación de riquezas y de mercancías comparables a las del Oriente, págs. 107-109.

  33. Sobre las diferencias entre la ―esclavitud generalizada‖ en el imperio arcaico, y la esclavitud privada, la prestación feudal, etc., cf. CHARLES PARAIN, ―Protohistorie méditerranéenne et mode de production asiatique‖, en C.E.R.M., Sur le mode de production asiatique, págs. 170-173.

  34. Cf. BOULVERT Domestique et fonctionnaire sous le haut-empire romain, Les Belles Lettres. De forma más general, PAUL VEYNE ha analizado la formación de un ―derecho subjetivo‖ en el Imperio Romano, las instituciones correspondientes, y el nuevo sentido público de lo privado. Muestra cómo ese derecho romano es un ―derecho sin conceptos‖, que procede por ―tópico‖, y en ese sentido se opone a la concepción moderna del derecho, ―axiomática‖: cf. Le pain et le cirque, ed. du Seuil, cap. III y IV, y pág. 744.

  35. Cf. FRANÇOIS HINCKER, ―La monarchie absolue française‖, en C.E.R.M., Sur le féodalisme, ed. Sociales.

  36. EDGAR QUINET, Le génie des religions, OEuvres complètes, Hachette, t. I.

  37. MARX, Introduction générale à la critique de léconomie politique, Pléiade I, pág. 258. (trad. cast., ed. Siglo XXI).

  38. Sobre la independencia histórica de dos series, y su ―encuentro‖, cf. BALIBAR, en Lire le Capital,

    Maspero, t. II, págs. 286-289 (trad. cast., ed. Siglo XXI).

  39. ARGHIRI EMMANUEL, L‟échange inégal, págs. 68-69 (y la cita de Sweezy: ―Capital no es un simple sinónimo de medios de producción, es los medios de producción reducidos a un fondo de valor cualitativamente homogéneo y cuantitativamente conmensurable‖, de ahí el igual reparto del beneficio). En su análisis de la acumulación original del capital, MAURICE DOBB muestra bien que ésta no trata sobre los medios de producción, sino sobre ―derechos y títulos de riqueza‖ convertibles, en virtud de las circunstancias, en medios de producción (Etudes sur le développement du capitalisme, Maspero, págs. 189-199) (trad. cast., ed. Siglo XXI).

  40. Cf. la oposición señalada por ciertos juristas, y recogida por PAUL VEYNE, entre el derecho romano

    ―tópico‖, y el derecho moderno del tipo código civil ―axiomático‖. Se pueden definir ciertos aspectos fundamentales que acercan el Código Civil a una axiomática más que a un código: 1º) el predominio de la forma enunciativa sobre la imperativa, y sobre las fórmulas afectivas (condenación, exhortación, admonestación, etc.); 2º) la pretensión del Código de formar un sistema racional completo y saturado; 3‖) pero, al mismo tiempo, la relativa independencia de las proposiciones, que permite añadir axiomas. Sobre estos aspectos, cf. JEAN RAY, Essai sur la structure logique du code civil français, Alean. Sabemos que la sistematización del derecho romano se hace muy tardíamente, en los siglos XVII y XVIII.

  41. Cf. JEAN SAINT-GEOURS, Pouvoir el finance, Fayard. Saint-Geours es uno de los mejores analistas del sistema monetario, pero también de los mixtos ―privado-público‖ en la economía moderna.

  42. Sobre la tendencia a la eliminación de la renta de la tierra en el capitalismo, cf. AMIN y VERGOPOULOS, La question paysanne et le capitalisme, ed. Anthropos. Samir Amin analiza las razones por las que la renta de la tierra y la renta minera, de dos maneras diferentes, conservan o adquieren un sentido actual en las regiones periféricas: La loi de la valeur et le materialisme historique, ed. Minuit, cap. IV y VI.

  43. Los libros de introducción al método axiomático subrayan un cierto número de problemas. Así, el hermoso libro de ROBERT BLANCHÉ, L‟aixiomatique, P.U.F. Existe en primer lugar el problema de la independencia respectiva de los axiomas, y de la saturación o no del sistema (s.s. 14 y 15). En segundo lugar, los ―modelos de realización‖, su heterogeneidad, pero también su isomorfía en relación a la axiomática (s 12). Y luego la eventualidad de una polimorfía de los modelos, no sólo en un sistema no saturado, sino incluso en una axiomática saturada (s.s. 12, 15, 26). Y luego, además, el problema de las

    ―proposiciones indecidibles‖ a las que se enfrenta una axiomática (s. 20). Por último, el problema de la ―potencia‖, que hace que los conjuntos infinitos no demostrables desborden la axiomática (s 26 y la potencia del continuo). Todos estos aspectos fundan la confrontación de la política con la axiomática.

  44. L. MUMFORD, ―La première mégamachine‖, Diogène, julio 1966.

  45. La ergonomía distingue los sistemas ―hombre-máquina‖ (o puestos de trabajo) y los sistemas

    ―hombres-máquinas‖ (conjuntos comunicantes de elementos humanos y no humanos). Así pues, no se trata sólo de una diferencia de grado, el segundo punto de vista no es una generalización del primero: ―La noción de información pierde su aspecto antropocéntrico‖, y los problemas no son de adaptación, sino de elección de un elemento humano o no humano según los casos. Cf. MAURICE de MONTMOLLIN, Les systèmes hommes-machines, P.U.F. El problema ya no es adaptar, incluso bajo violencia, sino de localizar: ¿dónde está tu sitio? Incluso las enfermedades pueden servir, en lugar de ser corregidas o compensadas. Un sordo-mudo puede ser esencial en un sistema de comunicación

    ―hombre-máquina‖.

  46. Uno de los temas de base de la ciencia-ficción es mostrar cómo el sometimiento maquínico se combina con los procesos de sujeción, pero los desborda y se distingue de ellos, realizando un salto cualitativo; por ejemplo, Bradbury: no siendo ya la televisión un instrumento que ocuparía el centro de la casa pero constituyendo los muros de la casa.

  47. Cf. LEWIS MUMFORD, Le mythe de la machine, Fayard, t. II, págs. 319-350 (comparación de ―la antigua megamáquina‖ y de la moderna: a pesar de la escritura, la antigua presentaba sobre todo una dificultad de ―comunicación‖).

  48. MARX, Economie et philosophie, Pléiade II, pág. 72.

  49. Esos son, históricamente, los dos grandes problemas de la axiomática: el encuentro con proposiciones ―indecidibles‖ (enunciados contradictorios son igualmente indemostrables); el encuentro con potencias de conjuntos infinitos que por naturaleza escapan al tratamiento axiomático (―el continuo, por ejemplo, no puede ser concebido axiomáticamente en su especificidad estructural, puesto que toda axiomática que uno se diera comportará un modelo enumerable‖; cf. Robert Blanché, pág. 80).

  50. La escuela ―intuicionista‖ (Brower, Heyting, Griss, Bouligand, etc.) tiene una gran importancia matemática, no porque haya hecho valer derechos irreductibles de la intuición, ni siquiera porque elaboraba un construccionismo muy nuevo, sino porque desarrolla una concepción de los problemas, y de un cálculo de los problemas, que rivaliza intrínsecamente con la axiomática y procede con otras reglas (especialmente a propósito del tercero excluido).

  51. Creemos que uno de los mejores análisis de la economía nazi es el de JEAN-PIERRE FAYE, Langages totalitaires, págs. 664-667: muestra cómo el nazismo es claramente un totalitarismo, precisamente por su Estado-mínimo, su rechazo de toda estatización de la economía, su comprensión de los salarios, su hostilidad hacia los trabajos públicos; pero, al mismo tiempo, como el nazismo procede a una creación de capital interior, a una construcción estratégica, a una industria de armamento, que le hacen rivalizar o en ocasiones incluso confundirse con una economía de tendencia socialista (―algo que parece semejarse a los préstamos suecos preconizados por Myrdal con vistas a las grandes obras, pero que de hecho y de pronto es lo contrario, escritura de la economía de armamento y de la economía de guerra‖, y la diferencia correspondiente entre ―el patrón de trabajos públicos‖ y ―el abastecedor del ejército‖, págs. 668, 676).

  52. Cf. la lista critica de los axiomas de la periferia por SAMIR AMIN: L‟accumulation à l‟échelle mondiale, págs. 373-376.

  53. PAUL VIRILIO, L‟insécurité du territoire; Vitesse et politique; Défense populaire et luttes écologiques: más allá del fascismo y de la guerra total es precisamente donde la máquina de guerra encuentra su objeto completo, en la amenazante paz de la disuasión nuclear. Es ahí donde la inversión de la fórmula de Clausewitz adquiere un sentido concreto, al mismo tiempo que el Estado político tiende a debilitarse

    y la máquina de guerra se apodera de un máximo de funciones civiles (―someter el conjunto de la sociedad civil al régimen de la seguridad militar‖, ―descalificar el conjunto del hábitat planetario despojando a los pueblos de su calidad de habitante‖, ―hacer desaparecer la distinción de un tiempo de guerra y de un tiempo de paz (...)‖: cf. el papel de los media a este respecto). Un ejemplo simple lo proporcionarían ciertas policías europeas, cuando reclaman el derecho de ―tirar a ojo‖: dejan de ser engranajes del aparato de Estado para devenir las piezas de una máquina de guerra.

  54. BRAUDEL muestra cómo ese centro de gravedad se constituirá al norte de Europa, pero como resultado de movimientos que, desde los siglos IX y X, hacen que concurran y rivalicen los espacios europeos del Norte y del Sur (este problema no se confunde con el de la forma-ciudad y el de la forma-Estado, pero coincide con él). Cf. ―Naissance d’une économie-monde‖, en Urbi, I, septiembre 1979.

  55. A partir de TRONTI (Ouvriers et Capital, Bourgois), y luego de Antonio Negri con la autonomia italiana, se formó un movimiento de investigación marxista con el fin de analizar las nuevas formas de trabajo y de lucha contra el trabajo. Se trataba de demostrar a la vez: 1.°) que no es un fenómeno accidental o ―marginal‖ al capitalismo, sino esencial en la composición del capital (crecimiento proporcional del capital constante); 2.°) pero también que ese fenómeno engendra un nuevo tipo de luchas, obreras, populares, étnicas, mundiales y en todos los campos. Cf. ANTONIO NEGRI, passim, y sobre todo Marx más allá de Marx; D. H. ROTH, L‟autre mouvement ouvrier en Allemagne, Bourgois; y los trabajos actuales en Francia de Yann Moulier, Alain y Danièle Guillerm, Benjamin Coriat, etc.

  56. Se trata de una de las tesis esenciales de Tronti, que ha determinado las nuevas concepciones de la

    ―masa-obrera‖ y de la relación con el trabajo: ―Para luchar contra el capital, la clase obrera debe luchar contra sí misma en tanto que capital; es el estadio supremo de la contradicción, no para los obreros sino para los capitalistas. (...) El plan del capital comienza a funcionar al revés, no ya como desarrollo social sino como proceso revolucionario”. Cf. ouvriers et capital, pág. 322; y lo que Negri ha llamado la Crise de l‟Etat-plan, Feltrinelli.

  57. Es otro aspecto de la situación actual: ya no las nuevas luchas ligadas al trabajo y a la evolución del trabajo, sino todo el campo de lo que se llama las ―prácticas alternativas‖ y la construcción de tales prácticas (las radios libres serían el ejemplo más simple, pero también las redes comunitarias urbanas, la alternativa a la psiquiatría, etc.). Sobre todos estos puntos, y la relación entre los dos aspectos, cf. FRANCO BERNARDI BIFO, Le ciel est enfin tombé sur la terre, ed. du Seuil; y Les Untorelli, ed. Recherches.


14

1440

LO LISO Y LO ESTRIADO


Quilt


El espacio liso y el espacio estriado, —el espacio nómada y el espacio sedentario, —el espacio en el que se desarrolla la máquina de guerra y el espacio instaurado por el aparato de Estado, no son de la misma naturaleza. Unas veces podemos señalar una oposición simple entre los dos tipos de espacios. Otras debemos indicar una diferencia mucho más compleja que hace, que los términos

sucesivos de las oposiciones consideradas no coincidan exactamente. Otras, por último, debemos recordar que los dos espacios sólo existen de hecho gracias a las combinaciones entre ambos: el espacio liso no cesa de ser traducido, transvasado a un espacio estriado; y el espacio estriado es constantemente restituido, devuelto a un espacio liso. En un caso, se organiza incluso el desierto; en el otro, el desierto triunfa y crece; y las dos cosas a la vez. Pues bien, las combinaciones de hecho no impiden la distinción de derecho, la distinción abstracta entre los dos espacios. Por eso los dos espacios no comunican entre sí de la misma manera: la distinción de derecho determina las formas de tal o tal combinación de hecho, y el sentido de esa combinación (¿es un espacio liso el que es capturado, englobado por un espacio estriado, o es un espacio estriado el que se disuelve en un espacio liso, el que permite que se desarrolle un espacio liso?). Hay, pues, un conjunto de problemas simultáneos: las oposiciones simples entre los dos espacios; las diferencias complejas; las combinaciones de hecho, y los pasos del uno al otro; las razones de la combinación, que no son en absoluto simétricas, y que hacen que unas veces se pase del liso al estriado, y otras del estriado al liso, gracias a movimientos totalmente diferentes. Hay, pues, que considerar un cierto número de modelos, que serían como aspectos variables de los dos espacios y de sus relaciones.


Modelo tecnológico. — Un tejido presenta en principio un cierto número de características que permiten definirlo como espacio estriado. En primer lugar, está constituido por dos tipos de elementos paralelos: en el caso más sencillo, unos son verticales, otros horizontales, y los dos se entrecruzan, se cruzan perpendicularmente. En segundo lugar, los dos tipos de elementos no tienen la misma función; unos son fijos, y los otros móviles, pasando por encima y por debajo de los fijos. Leroi-Gourhan ha analizado esta figura de los ―sólidos flexibles‖, tanto en el caso de la cestería como en el del tejido: los montantes y las hebras, la cadena y la trama1. En tercer lugar, un espacio estriado de este tipo está necesariamente delimitado, cerrado al menos por un lado: el tejido puede ser infinito en longitud, pero no en anchura, pues ésta está definida por el marco de la urdimbre; la necesidad de un ida y vuelta implica un espacio cerrado (y las figuras circulares o cilíndricas también son cerradas). Por último, este tipo de espacio presenta necesariamente un revés y un derecho; incluso cuando los hilos de la urdimbre y los de la trama tienen exactamente la misma naturaleza, el mismo número y la misma densidad, el tejido reconstituye un revés al quedar sólo de un lado los hilos anudados. ¿En función de todas estas características, no puede Platón tomar el modelo del tejido como paradigma de la ―ciencia real‖, es decir, del arte de gobernar a los hombres o de ejercer el aparato de Estado?

Pues, entre los productos sólidos flexibles, está el fieltro, que procede de forma totalmente distinta, como un antitejido. El fieltro no implica ninguna separación de los hilos, ningún entrecruzamiento, sino únicamente un enmarañamiento de las fibras, que se obtiene por presión (por ejemplo, enrollando alternativamente el bloque de fibras hacia adelante y hacia atrás). Las que se enmarañan son las mi-croescamas de las fibras. Un conjunto imbricado de este tipo no es en modo alguno homogéneo: sin embargo es liso, y se opone punto por punto al espacio del

tejido (es infinito por derecho, abierto o ilimitado en todas las direcciones; no tiene derecho ni revés, ni centro; no asigna fijos y móviles, sino que más bien distribuye una variación continua). Pues bien, incluso los tecnólogos que manifiestan las mayores dudas sobre el poder de innovación de los nómadas les conceden al menos el homenaje del fieltro: espléndido aislante, invención genial, materia de la tienda, del vestido, de la armadura, entre los turco-mongoles. Sin duda, los nómadas de África y del Magreb tratan la lana más bien como tejido. Pero sin perjuicio de desplazar la oposición, ¿no estaremos ante dos concepciones, e incluso dos técnicas muy diferentes de tejer, que en cierto modo se distinguen como el tejido y el fieltro? Pues en el sedentario, el tejido-vestido y el teji-do-tapicería tienden a anexionar unas veces el cuerpo, otras el espacio exterior, a la casa inmóvil: el tejido integra el cuerpo y el afuera en un espacio cerrado. El nómada, por el contrario, cuando teje ajusta el vestido e incluso la casa al espacio del afuera, al espacio liso abierto en el que el cuerpo se mueve.

Entre el fieltro y el tejido, existen muchos entrecruzamientos, muchas combinaciones. ¿No es posible todavía desplazar la oposición? Por ejemplo, las agujas tejen un espacio estriado, una de las agujas desempeña la función de urdimbre, y la otra la de trama, aunque de forma alternativa. El ganchillo, por el contrario, traza un espacio abierto en todas direcciones, prolongable en todos los sentidos, aunque ese espacio todavía tenga un centro. Más significativa aún sería la distinción entre el bordado, con su tema o motivo central, y el patchwork, con su pieza a pieza, sus añadidos de tela sucesivos infinitos. Evidentemente, el bordado puede ser extraordinariamente complejo, en sus variables y sus constantes, sus fijos y sus móviles. El patchwork puede presentar a su vez equivalentes de temas, de simetrías, de resonancia que lo acercan al bordado. Ahora bien, en el patchwork el espacio no está constituido de la misma manera que en el bordado: no hay centro; un motivo de base (block) está compuesto de un único elemento; la repetición de este elemento libera valores exclusivamente rítmicos, que se distinguen de las armonías del bordado (especialmente en el crasy patchwork que ajusta piezas de talla, forma y color variables, y que juega con la textura de las telas). ―Trabajaba en él desde hacía quince años, lo llevaba con ella a todas partes en un deformado saco de brocado, que contenía toda una colección de trozos de tela de color, de todas las formas posibles. Nunca era capaz de decidirse a disponerlos según un modelo definitivo, por eso los cambiaba, los volvía a colocar, reflexionaba, los cambiaba y los volvía a colocar de nuevo como las piezas de un juego de paciencia nunca terminado, recurrir a las tijeras, alisando con sus suaves dedos2...‖ Una colección amorfa de trozos yuxtapuestos, cuya conexión puede hacerse de infinitas maneras: como veremos, el patchwork es literalmente un espacio riemaniano, o más bien lo inverso. De ahí que en la fabricación del patchwork se constituyan grupos de trabajo muy especiales (la importancia del quilting party en América, y su papel desde el punto de vista de una colectividad femenina). El espacio liso del patchwork muestra suficientemente que ―liso‖ no quiere decir homogéneo, al contrario: es un espacio amorfo, informal y que prefigura el op‟art.

A este respecto, una historia especialmente interesante sería la del quilt. Se denomina quilt a la reunión de dos capas de tela pespunteadas conjuntamente

entre las que a menudo se introduce un relleno. De ahí la posibilidad de que no haya ni derecho ni revés. Pues bien, si seguimos la historia del quilt en una corta secuencia de migración (los colonos que dejan Europa por el Nuevo Mundo) vemos que se pasa de una fórmula en la que domina el bordado (quilts llamados ―ordi-narios‖) a una fórmula patchwork (“quilts en aplicación‖, y sobre todo, “quilts de piezas añadidas‖). Pues, si bien los primeros colonos del siglo XVII llevan sus quilts ordinarios, espacios bordados y estriados de una gran belleza, cada vez desarrollan más una técnica de patchwork, a finales del siglo XVII, primero como consecuencia de la penuria textil (restos de tela, trozos recuperados de vestidos usados, utilización de los restos acumulados en la ―bolsa de los trapos‖), luego como consecuencia del éxito de las telas de algodón indias. Es como si un espacio liso se liberase, saliese de un espacio estriado, no sin que exista correlación entre los dos, a continuación del uno por el otro, avance del segundo a través del primero, pero persistiendo, sin embargo, una compleja diferencia. De acuerdo con la migración, con su grado de afinidad con el nomadismo, el patchwork no sólo tomará nombres de trayectos, sino que ―representará‖ trayectos, será inseparable de la velocidad o del movimiento en un espacio abierto 3.


Modelo musical. — Pierre Boulez ha sido el primero que ha desarrollado un conjunto de oposiciones simples y de diferencias complejas, pero también de correlaciones recíprocas no simétricas, entre espacio liso y espacio estriado. Ha creado esos conceptos, y esas palabras, en el campo musical, y los ha definido precisamente a varios niveles, para explicar a la vez su distinción abstracta y las combinaciones concretas. Al nivel más simple, Boulez dice que en un espacio-tiempo liso se ocupa sin contar, y que en un espacio-tiempo estriado se cuenta para ocupar. Hace así sensible o perceptible la diferencia entre multiplicidades no métricas y multiplicidades métricas, entre espacios direccionales y espacios dimensionales. Los hace sonoros y musicales. Y sin duda, su obra personal está hecha con esas relaciones creadas, recreadas musicalmente 4.

A un segundo nivel, se dirá que el espacio puede sufrir dos tipos de cortes: uno, definido por un patrón, otro, irregular y no determinado, que puede efectuarse donde uno quiera. A un tercer nivel todavía, se dirá que las frecuencias pueden distribuirse en intervalos, entre cortes, o distribuirse estadísticamente, sin corte: en el primer caso, se llamará ―módulo‖ a la razón de distribución de los cortes e intervalos, razón que puede ser constante y fija (espacio estriado recto) o que puede ser variable, regular o irregularmente (espacios estriados curvos, focalizados si el módulo es variable regularmente, no focalizados si es irregular). Pero, cuando no hay módulo, la distribución de las frecuencias no tiene corte: se hace ―estadística‖, en un fragmento de espacio por pequeño que éste sea; no por ello deja de tener dos aspectos, según que la distribución sea igual (espacio liso no dirigido), o más o menos rara, más o menos densa, (espacio liso dirigido). ¿En el espacio liso sin corte ni módulo, puede decirse que no hay intervalo? O bien, por el contrario, ¿no ha devenido todo en el intervalo, intermezzo? Lo liso es un nomos, mientras que lo estriado siempre tiene un logos, la octava, por ejemplo. Lo que le preocupa a Boulez es la comunicación entre los dos tipos de espacio, sus alternancias y superposi-

ciones: cómo ―un espacio liso fuertemente dirigido tenderá a confundirse con un espacio estriado‖, cómo ―un espacio estriado, en el que la distribución estadística de las alturas utilizadas de hecho será igual, tenderá a confundirse con un espacio liso‖; cómo la octava puede ser sustituida por ―escalas no octaviantes‖ que se reproducen según un principio de espiral; cómo la ―textura‖ puede ser trabajada a fin de perder sus valores fijos y homogéneos para devenir un soporte de deslizamientos en el tiempo, de desplazamientos en los intervalos, de transformaciones son „art comparables a las del op‟art.

Volviendo a la oposición simple, lo estriado es lo que entrecruza fijos y variables, lo que ordena y hace que se sucedan formas distintas, lo que organiza las líneas melódicas horizontales y los planos armónicos verticales. Lo liso es la variación continua, es el desarrollo continuo de la forma, es la fusión de la armonía y de la melodía en beneficio de una liberación de valores propiamente rítmicos, el puro trazado de una diagonal a través de la vertical y de la horizontal.


Modelo marítimo. — Naturalmente, tanto en el espacio estriado como en el espacio liso existen puntos, líneas y superficies (también volúmenes, pero por ahora dejamos de lado ese problema). Pues bien, en el espacio estriado, las líneas, los trayectos tienen tendencia a estar subordinados a los puntos: se va de un punto a otro. En el liso, ocurre justo lo contrario: los puntos están subordinados al trayecto. Ese era ya el vector vestido-tienda-espacio del exterior, entre los nómadas. Es la subordinación del hábitat al trayecto, la adecuación del espacio del interior al espacio del exterior: la tienda, el iglú, el barco. Tanto en el espacio liso como en el estriado existen paradas y trayectos; pero, en el espacio liso, el trayecto provoca la parada; una vez más, el intervalo se apodera de todo, el intervalo es sustancia (de ahí los valores rítmicos)5.

En el espacio liso, la línea es, pues, un vector, una dirección y no una dimensión o una determinación métrica. Es un espacio construido gracias a operaciones locales con cambios de dirección. Estos cambios de dirección pueden ser debidos a la propia naturaleza del trayecto, como entre los nómadas del archipiélago (espacio liso ―dirigido‖); pero con mayor motivo pueden ser debidos a la variabilidad de la meta o del punto a alcanzar, como entre los nómadas del desierto que van hacia una vegetación local y temporal (espacio liso ―no dirigido‖). Pero dirigido o no, pero sobre todo en el segundo caso, el espacio liso es direccional, no dimensional o métrico. El espacio liso está ocupado por acontecimientos o haecceidades, mucho más que por cosas formadas o percibidas. Es un espacio de afectos más que de propiedades. Es una percepción háptica más bien que óptica. Mientras que en el estriado las formas organizan una materia, en el liso los materiales señalan fuerzas o le sirven de síntomas. Es un espacio intensivo más bien que extensivo, de distancias y no de medidas. Spatium intenso en lugar de Extensio. Cuerpo sin órganos en lugar de organismo y de organización. En él, la percepción está hecha de síntomas y de evaluaciones más bien que de medidas y de propiedades. Por eso el espacio liso está ocupado por las intensidades, los vientos y los ruidos, las fuerzas y las cualidades táctiles y sonoras, como en el desierto, la estepa o los hielos6. Chasquido del hielo y canto de las arenas. El espacio estriado, por el

contrario, está cubierto por el cielo como medida y las cualidades visuales mesurables derivadas de él.

Aquí es donde se plantearía el problema muy especial del mar. Pues el mar es el espacio liso por excelencia, y sin embargo es el que más pronto se ha visto confrontado con las exigencias de un estriaje cada vez más estricto. El problema no se plantea en la proximidad de la tierra. Al contrario, el estriaje de los mares se ha realizado en la navegación de altura. El espacio marítimo se ha estriado en función de dos conquistas, astronómica y geográfica: el punto, que se obtiene por un conjunto de cálculos a partir de una observación exacta de los astros y del sol; la carta, que entrecruza los meridianos y los paralelos, las longitudes y las latitudes, cua-driculando así las regiones conocidas o desconocidas (como una tabla de Men-deleiev). Según la tesis portuguesa, ¿hay que asignar una fecha-transición hacia 1440, que habría señalado un primer estriado decisivo y que habría hecho posibles los grandes descubrimientos? Nosotros más bien estamos de acuerdo con Pierre Chaunu cuando invoca una larga duración, en la que lo liso y lo estriado se enfrentan en el mar, y en la que el estriaje se instala progresivamente7. Pues, antes de la tardía localización de las longitudes, existe toda una navegación nómada empírica y compleja que hace intervenir los vientos, los ruidos, los colores y los sonidos del mar; luego una navegación direccional, preastronómica y ya astronómica, que utiliza una geometría operatoria, sólo opera todavía por latitud, sin posibilidad de ―señalar el punto‖, sólo dispone de portulanos y no de verdaderas cartas, sin ―generalización traducible‖; y los progresos de esta navegación astronómica primitiva, primero en las condiciones especiales de latitud del océano ín-dico, después en los circuitos elípticos del Atlántico (espacios rectos y curvos)8. Es como si el mar no sólo hubiese sido el arquetipo de todos los espacios Usos, sino el primero de esos espacios en sufrir un estriado que lo dominaba progresivamente y lo cuadriculaba aquí o allá, por un lado, luego por el otro. Las ciudades comerciantes han participado en ese estriaje, y con frecuencia innovado, pero sólo los Estados podían generalizarlo, elevarlo al nivel global de una ―política de la ciencia‖ 9. Progresivamente se ha instaurado lo dimensional, que subordinaba lo direccional o se superponía a ello.

Sin duda, de esa forma, el mar, arquetipo del espacio liso, ha sido también el arquetipo de todos los estriajes del espacio liso: estriaje del desierto, estriaje del aire, estriaje de la estratosfera (que hace que Virilio pueda hablar de un ―litoral vertical‖ como cambio de dirección). En el mar fue donde primero se dominó el espacio liso, y donde se encontró un modelo de organización, de imposición del estriado, válido para otros sitios. Lo que no contradice la otra hipótesis de Virilio: al término de su estriaje, el mar vuelve a producir una especie de espacio liso, ocupado primero por el fleet in being, luego por el movimiento constante del submarino estratégico, que desborda todo cuadriculado, que inventa un neonomadismo al servicio de una máquina de guerra todavía más inquietante que los Estados que la reconstituyen en el límite de sus estriajes. El mar, luego el aire y la estratosfera vuelven a ser espacios lisos, pero para mejor controlar la tierra estriada, en la más extraña de las inversiones10. El espacio liso siempre dispone de una potencia de desterritorialización superior al estriado. Cuando uno se interesa por los nuevos

oficios e incluso por las nuevas clases, ¿cómo no interrogarse sobre esos técnicos militares que vigilan día y noche las pantallas de radar, que habitan o habitarán por mucho tiempo los submarinos estratégicos y los satélites, y qué ojos, qué oídos de apocalipsis ponen, pues apenas pueden ya distinguir un fenómeno físico, un vuelo de saltamontes, un ataque ―enemigo‖ procedente de cualquier punto? Todo esto para recordar que lo liso puede ser trazado y ocupado por potencias de organización diabólicas; pero, sobre todo, independientemente de cualquier juicio de valor, para mostrar que hay dos movimientos no simétricos, uno que estría lo liso, otro que vuelve a producir liso a partir de lo estriado. (E incluso con relación al espacio liso de una organización mundial, ¿no existen también nuevos espacios lisos, o espacios agujereados, que nacen como alarde? Virilio invoca el inicio de un hábitat subterráneo en el ―espesor mineral‖, y que puede tener valores muy diversos).

Volvamos a la oposición simple entre lo liso y lo estriado, pues aún no estamos en condiciones de considerar sus combinaciones concretas y disimétricas. Lo liso y lo estriado se distingue en primer lugar por la relación inversa del punto y de la línea (la línea entre dos puntos en el caso de lo estriado, el punto entre dos líneas en lo liso). En segundo lugar, por la naturaleza de la línea (lisa-direccional, intervalos abiertos; estriado-dimensional, intervalos cerrados). Por último, existe una tercera diferencia que concierne a la superficie o al espacio. En el espacio estriado se delimita una superficie y se ―reparte‖ según intervalos determinados, según cortes asignados; en el liso, se ―distribuye‖ en un espacio abierto, según las frecuencias y la longitud de los trayectos (logos y nomos) 11. Ahora bien, por simple que sea, la oposición no es fácil de situar. No podemos contentarnos con oponer directamente el suelo liso del ganadero-nómada a la tierra estriada del cultivador sedentario. Es evidente que el campesino, incluso sedentario, participa plenamente del espacio de los vientos, de las cualidades sonoras y táctiles. Cuando los antiguos griegos hablan del espacio abierto del nomos, no delimitado, no fraccionado, campo preurbano, ladera de montaña, meseta, estepa, no lo oponen a la agricultura, que, por el contrario, puede formar parte de él, lo oponen a la polis, a la urbe, a la ciudad. Cuando Ibn Khaldoun habla de la Badiya, de la beduinidad, ésta incluye tanto a los cultivadores como a los ganaderos nómadas: la opone a la Hadara, es decir, a la

―ciudadanía‖. Evidentemente, esta precisión es importante; y sin embargo no cambia casi nada. Pues, desde los tiempos más remotos, desde el neolítico e incluso el paleolítico, la ciudad inventa la agricultura: bajo la acción de la ciudad, el agricultor, y su espacio estriado, se superponen al cultivador todavía en espacio liso (cultivador transhumante, semisedentario o ya sedentario). Por eso podemos encontrar a ese nivel la oposición simple que en principio rechazábamos entre agricultores y nómadas, entre tierra estriada y suelo liso, pero pasando indirectamente por la ciudad, en tanto que fuerza de estriaje. Por tanto, no sólo el mar, el desierto, la estepa y el aire, son el lugar de una confrontación entre lo liso y lo estriado, también lo es la propia tierra, según que exista una agricultura en espacio-nomos o una agricultura en espacio-urbe. Es más: ¿no habrá que decir lo mismo de la urbe? Contrariamente al mar, la urbe es el espacio estriado por excelencia; pero así como el mar es el espacio liso que se deja fundamentalmente estriar, la urbe sería la fuerza de estriaje que volvería a producir, a abrir por todas

partes espacio liso, en la tierra y en los demás elementos —fuera de ella, pero también en ella—. Espacios lisos surgen de la ciudad que ya no son únicamente los de la organización mundial, sino los de una respuesta que combina lo liso y lo agujereado, y que se vuelve contra la ciudad: inmensos suburbios cambiantes, provisionales, de nómadas y de trogloditas, residuos de metal y de tejido, patchwork, que ya ni siquiera son afectados por los estriajes de la moneda, del trabajo o de la vivienda. Una miseria explosiva, que la ciudad segrega, y que correspondería a la fórmula matemática de Thom: ―un alisado retroactivo‖12. ¿Fuerza condensada, potencialidad de una respuesta?

Así pues, cada vez, la oposición simple ―liso-estriado‖ nos remite a complicaciones, alternancias y superposiciones mucho más difíciles. Pero esas complicaciones confirman en primer lugar la distinción, precisamente porque ponen en juego movimientos disimétricos. De momento, sólo habría que decir que existen dos tipos de viaje, que se distinguen por el papel respectivo del punto, de la línea y del espacio. ¿Viaje-Goethe y viaje-Kleist? ¿Viaje francés y viaje inglés (o americano)?

¿Viaje-árbol y viaje-rizoma? Pero nada coincide exactamente, y además todo se combina, o pasa del uno al otro. Pues las diferencias no son objetivas: se puede habitar en estriado los desiertos, las estepas o los mares; se puede habitar en liso incluso las ciudades, ser un nómada de las ciudades (por ejemplo un paseo de Miller, en Clichy o en Brooklin, es un trayecto nómada en espacio liso, logra que la ciudad vomite un patchwork, diferenciales de velocidad, retrasos y aceleraciones, cambios de orientación, variaciones continuas... Los beatniks deben mucho a Miller, pero todavía modificarán la orientación, harán un nuevo uso del espacio fuera de las ciudades). Ya hace mucho tiempo que Fitzgerald decía: no se trata de partir hacia los mares del Sur, no es eso lo que determina el viaje. No sólo existen extraños viajes en la ciudad, también existen viajes in situ: no nos referimos a los drogadictos, cuya experiencia es demasiado ambigua, sino más bien a los verdaderos nómadas. Y a propósito de estos nómadas se puede decir, como lo sugiere Toynbee: no se mueven. Son nómadas a fuerza de no moverse, de no migrar, de mantenerse en un espacio liso que se niegan a abandonar, y que sólo abandonan para conquistar y morir. Viaje in situ, ese es el nombre de todas las intensidades, incluso si se desarrollan también en extensión. Pensar es viajar, y nosotros hemos intentado anteriormente construir un modelo tecnológico de los espacios lisos y estriados. En resumen, los viajes no se distinguen ni por la cualidad objetiva de los lugares ni por la cantidad mesurable de movimiento —ni por algo que estaría únicamente en el espíritu— sino por el modo de espacialización, por la manera de estar en el espacio, de relacionarse con el espacio. Viajar en liso o en estriado, pensar del mismo modo... Pero sin olvidar los pasos del uno al otro, las transformaciones del uno en el otro, las inversiones. En la película En el curso del tiempo, Wenders hace que se entrecrucen y se superpongan los trayectos de dos personajes, uno de los cuales realiza un viaje que todavía es goethiano, cultural, memorial, ―educativo‖, estriado por todas partes, mientras que el otro ya ha conquistado un espacio liso, sólo hace experimentación y amnesia en el ―desierto‖ alemán. Pero, curiosamente, el primero se abre al espacio y efectúa una especie de aislado retroactivo, mientras que estrías vuelven a formarse en el segundo, a cerrar

su espacio Viajar en liso es todo un devenir, aunque sea un devenir difícil, incierto. No se trata de volver a la navegación preastronómica ni a los antiguos nómadas. El enfrentamiento de lo liso y lo estriado, los pasos, alternancias y superposiciones, continúan hoy en día, y en los sentidos más diversos.


Modelo matemático. — Evidentemente, un acontecimiento decisivo se produjo cuando el matemático Riemann sacó lo múltiple de su estado de predicado, para convertirlo en un sustantivo, ―multiplicidad‖. Era el final de la dialéctica, en beneficio de una tipología y de una topología de las multiplicidades. Cada multiplicidad se definía por n determinaciones, pero unas veces las determinaciones eran independientes de la situación, otras dependían de ella. Por ejemplo, se puede comparar la dimensión de la línea vertical entre dos puntos y la dimensión de la línea horizontal entre otros dos: vemos aquí que la multiplicidad es métrica, al mismo tiempo que se deja estriar, y que sus determinaciones son tamaños. En cambio, no se puede comparar la diferencia entre dos sonidos de igual altura y de distinta intensidad con dos sonidos de igual intensidad y de distinta altura; en ese caso sólo se pueden comparar dos determinaciones ―si una es una parte de la otra y contentándonos entonces con juzgar que ésta es más pequeña que aquella, sin que podamos decir cuánto‖13. Estas segundas multiplicidades no son métricas, y sólo se dejan estriar y medir por medios indirectos a los que no dejan de resistir. Son anexactas y sin embargo rigurosas. Meinong y Russell invocaban la noción de distancia, y la oponían a la de tamaño (magnitud) 14. Las distancias no son, en sentido estricto, indivisibles: se dejan dividir, precisamente en el caso en el que una determinación es capaz de ser una parte de la otra. Pero, contrariamente a los tamaños, no se dividen sin cambiar cada vez de naturaleza. Una intensidad, por ejemplo, no está compuesta de tamaños adicionales desplazables: una temperatura no es la suma de dos temperaturas más pequeñas, una velocidad no es la suma de dos velocidades más pequeñas. Pero cada intensidad, al ser ella misma una diferencia, se divide según un orden en el que cada término de la división se distingue por su naturaleza del otro. La distancia es, pues, un conjunto de diferencias ordenadas, es decir, englobadas las unas en las otras, de tal forma que se pueda juzgar cuál es la mayor y cuál es la más pequeña, independientemente de un tamaño exacto. Por ejemplo, el movimiento se dividirá en galope, trote y paso, pero de tal forma que lo dividido cambia de naturaleza en cada momento de la división, sin que uno de esos momentos entre en la composición del otro. En ese sentido, esas multiplicidades de ―distancia‖ son inseparables de un proceso de variación continua, mientras que las multiplicidades de ―tamaño‖, por el contrario, reparten fijos y variables.

Por eso creemos que Bergson (mucho más aún que Husserl, o incluso Meinong y Russell) ha tenido una gran importancia en el desarrollo de la teoría de las multiplicidades. Pues, a partir del Essai sur les données inmédiates, la duración es presentada como un tipo de multiplicidad, que se opone a la multiplicidad métrica o de tamaño. La duración no es en modo alguno lo indivisible, sino lo que no se divide sin cambiar de naturaleza en cada división (la carrera de Aquiles se divide en pasos, pero precisamente esos pasos no componen esa carrera como si fueran tamaños) 15. En cambio, en una multiplicidad como la extensión homogénea, la

división siempre puede llevarse tan lejos como uno quiera, sin que nada cambie en el objeto constante; o bien los tamaños pueden variar sin más efecto que una ampliación o disminución del espacio que estrían. Bergson distinguía, pues, ―dos tipos muy distintos de multiplicidades‖, una, cualitativa y de fusión, continua; otra, numérica y homogénea, discreta. Se señalará que la materia efectúa una especie de ir y venir entre las dos, unas veces todavía englobada en la multiplicidad cualitativa, otras ya desarrollada en un ―esquema‖ métrico que la empuja fuera de sí misma. La confrontación de Bergson con Einstein, desde el punto de vista de la Relatividad, resulta incomprensible si uno no se remite a la teoría de base de las multiplicidades riemanianas, tal como Bergson la transforma.

A menudo hemos encontrado todo tipo de diferencias entre dos tipos de multiplicidades: métricas, y no métricas; extensivas, y cualitativas; centradas, y acentradas; arborescentes, y rizomáticas; numerarias, y planas; dimensionales, y direccionales; de masa, y de manada; de tamaño, y de distancia; de corte, y de frecuencia; estriadas, y lisas. No sólo lo que puebla un espacio liso es una multiplicidad que cambia de naturaleza al dividirse —por ejemplo, las tribus en el desierto: distancias que se modifican sin cesar, manadas que no cesan de metamorfosear-se—, sino que el propio espacio liso, desierto, estepa, mar o hielo, es una multiplicidad de ese tipo, no métrica, acentrada, direccional, etc. Pues bien, se podría pensar que el Número pertenece exclusivamente a las otras “des, y que les proporciona el estatuto científico que no tienen las multiplicidades no métricas. Pero eso sólo en parte es cierto. Es cierto que el número es el correlato de la métrica: los tamaños sólo estrían el espacio remitiendo a números, y a la inversa, los números llegan a expresar relaciones cada vez más complejas entre tamaños, suscitando de esa forma espacios ideales que refuerzan el estriaje y lo hacen coextensivo a toda la materia. Existe, pues, una correlación que constituye la ciencia mayor, entre la geometría y la aritmética, la geometría y el álgebra, en el seno de las multiplicidades métricas (los autores más profundos a este respecto son aquellos que han visto, a partir de las formas más simples, que el número tenía aquí un carácter exclusivamente cardinal, y la unidad un carácter esencialmente divisible) 16. Por el contrario, diríase que las multiplicidades no métricas o de espacio liso sólo remiten a una geometría menor, puramente operatoria y cualitativa, en la que el cálculo es necesariamente muy limitado, en la que las operaciones locales ni siquiera son capaces de una traducibilidad general, ni de un sistema homogéneo de referencia. Y sin embargo esta ―inferioridad‖ sólo es aparente, pues esta independencia de una geometría casi analfabeta, amétrica, hace posible a su vez una independencia del número, que ya no tiene como función medir tamaños en el espacio estriado (o a estriar). El propio número se distribuye en el espacio liso, que ya no se divide sin cambiar cada vez de naturaleza, sin cambiar de unidad, cada una de las cuales representa una distancia y no un tamaño. Es el número articulado, nómada, direccional, ordinal, el número numerante que remite al espacio liso, de la misma manera que el número numerado remitía al espacio estriado. Por eso se debe decir de toda multiplicidad: ya es número, todavía es unidad. Pero ni es el mismo número en los dos casos, ni la misma unidad, ni la misma manera de dividirse la unidad. Y la ciencia menor no cesará de enriquecer la mayor, comunicándole su

intuición, su trayectoria, su itinerancia, su sentido y su atracción por la materia, la singularidad, la variación, la geometría intuicionista y el número numerante.

Pero hasta ahora sólo hemos considerado un primer aspecto de las multiplicidades lisas o no métricas, por oposición a las métricas: cómo puede una determinación ser capaz de formar parte de otra sin que se pueda asignar tamaño exacto ni unidad común, ni indiferencia ante la situación. Es el carácter englobante o englobado del espacio liso. Ahora bien, el segundo aspecto es más importante: cuando la propia situación de dos determinaciones excluye su comparación. Sabemos que ese es el caso de los espacios riemanianos, o más bien de los trozos riemanianos de espacio, los unos con relación a los otros: ―Los espacios de Riemann están desprovistos de todo tipo de homogeneidad. Cada uno de ellos se caracteriza por la forma de la expresión que define el cuadrado de la distancia entre dos puntos infinitamente próximos. (...). De donde resulta que dos observadores próximos pueden referir en un espacio de Riemann los puntos que están en su entorno inmediato, pero sin una nueva convención no pueden referirse el uno con relación al otro. Cada entorno es, pues, como una pequeña porción de espacio euclidiano, pero el enlace de un entorno con el entorno siguiente no está definido y puede hacerse de infinitas maneras. El espacio de Riemann más general se presenta así como una colección amorfa de fragmentos yuxtapuestos sin estar unidos los unos a los otros”; y es posible definir esta multiplicidad independientemente de cualquier referencia a una métrica, por condiciones de frecuencia o más bien de acumulación válidas para un conjunto de entornos, condiciones completamente distintas de las que terminan los espacios métricos y sus cortes (incluso si de ello deriva una relación entre los dos tipos de espacios)17. En resumen, si seguimos esta bella descripción de Lautman, el espacio riemaniano es un puro patchwork. Tiene conexiones o relaciones táctiles. Tiene valores rítmicos que no se encuentran en otras partes, aunque pueden ser traducidos a un espacio métrico. Heterogéneo, en variación continua, es un espacio liso, en tanto que amorfo, no homogéneo. Así pues, nosotros definimos un doble carácter positivo del espacio liso en general: por un lado, cuando las determinaciones que forman parte la una de la otra remiten a distancias englobadas o a diferencias ordenadas, independientemente del tamaño; por otro, cuando surgen determinaciones que no pueden formar parte la una de la otra, y que se conectan por procesos de frecuencia y acumulación, independientemente de la métrica. Son los dos aspectos del nomos del espacio liso.

No obstante, siempre tendremos una necesidad disimétrica de pasar de lo liso a lo estriado, pero también de lo estriado a lo liso. Pues si bien es verdad que la geometría itinerante y el número nómada de los espacios lisos no cesan de inspirar la ciencia real del espacio estriado, inversamente la métrica de los espacios estriados (metron) es indispensable para traducir los extraños elementos de una multiplicidad lisa. Pues bien, traducir no es un acto simple: no basta con sustituir el movimiento por el espacio recorrido, son necesarias una serie de operaciones ricas y complejas (y Bergson fue el primero en decirlo). Tampoco es un acto secundario. Traducir es una operación que sin duda consiste en someter, sobrecodificar, dominar el espacio liso, neutralizarlo, pero también proporcionarle un medio de propagación, de extensión, de refracción, de renovación, de crecimiento, sin el cual tal vez moriría

por sí solo: como una máscara sin la que ya no podría haber ni respiración ni forma general de expresión. La ciencia mayor tiene una constante necesidad de una inspiración que procede de la menor; pero la menor nada sería si no afrontase las más elevadas exigencias científicas, y no pasase por ellas. Veamos tan sólo dos ejemplos de la riqueza y de la necesidad de las traducciones, que implican tantas posibilidades de abertura como riesgos de cierre o de interrupción. Por un lado, la complejidad de los medios gracias a los cuales se traducen intensidades en cantidades extensivas, o, más generalmente, las multiplicidades de distancia en sistemas de tamaños que los miden y los estrían (el papel de los logaritmos a este respecto). Por otro y sobre todo, la figura y la complejidad de los medios gracias a los cuales los fragmentos reimanianos de espacio liso reciben una conjunción euclidiana (el papel de un paralelismo de los vectores en un estriado infinitesimal) 18. No hay que confundir la conexión propia de los fragmentos de espacio reimanianos (―acu-mulación‖) con esta conjunción euclidiana del espacio de Riemann (―pa-ralelismo‖). Y sin embargo las dos están ligadas, se relanzan. Nunca se acaba nada: el modo en que un espacio liso se deja estriar, pero también el modo en que un espacio estriado vuelve a producir liso, con valores, efectos y signos eventualmente muy diferentes. Quizá habría que decir que todo progreso se realiza por y en el espacio estriado, pero que es en el espacio liso donde se produce todo devenir.

¿Podría darse una definición matemática muy general de los espacios lisos? Parece que los ―objetos fractales‖, de Benoit Mandelbrot, van en esa dirección. Son conjuntos cuyo número de dimensiones es fraccionario o no entero, o bien entero, pero con variación continua de dirección. Por ejemplo, un segmento en el que se sustituye el tercio central por el ángulo de un triángulo equilátero, repitiendo a continuación la operación en cada uno de los cuatro segmentos, etc., hasta el infinito, según una relación de homotecia, —un segmento de este tipo constituirá una línea o curva infinita de dimensión superior a 1, pero inferior a la superficie (=2) —. Parecidos resultados pueden obtenerse por agujereado, supri-miendo ―bahías‖ a partir de un círculo, en lugar de añadir ―cabos‖ a partir de un triángulo; de igual modo, un cubo que se agujerea según el principio de homotecia deviene menos que un volumen y más que una superficie (es la presentación matemática de la afinidad entre un espacio libre y un espacio agujereado). También, aunque bajo otras formas, el movimiento browniano, la turbulencia, la bóveda celeste, son ―objetos fractales‖19. Tal vez así dispondríamos de una nueva manera de definir los conjuntos difusos. Pero, sobre todo, el espacio liso recibe así una determinación general, que explica sus diferencias y relaciones con el estriado: 1) llamaremos estriado o métrico a todo conjunto con un número entero de dimensiones, y en el que se pueden asignar direcciones constantes; 2) el espacio liso no métrico se constituye mediante la construcción de una línea de dimensión fraccionaria superior a 1, de una superficie de dimensión fraccionaria superior a 2; 3) el número fraccionario de dimensiones es el índice de un espacio propiamente direccional (de variación continua de dirección, sin tangente); 4) el espacio liso se define, pues, por la carencia de una dimensión suplementaria a lo que le recorre o se inscribe en él: en ese sentido, es una multiplicidad plana, por ejemplo, una línea que como tal ocupa un plano; 5) el espacio y lo que ocupa el espacio tienden a

identificarse, a tener igual potencia, bajo la forma anexacta y sin embargo rigurosa del número numerante o no entero (ocupar sin contar); 6) este espacio liso, amorfo, se constituye por acumulación de entornos, y cada acumulación define una zona de indiscernibilidad propia del ―devenir‖ (más que una línea y menos que una superficie, menos que un volumen y más que una superficie).




La curva de Von Koch: ¡más que una línea, menos que una superficie! Al segmento AE (1) se le quita su segundo tercio y se sustituye por el triángulo BCD (2). En (3), se repite esta operación con cada uno de los segmentos AB, BC, CD y DE separadamente. Se obtiene así un trazado an-guloso en el que todos los segmentos son iguales. En cada uno de estos segmentos se repite por tercera vez (4) la operación anterior (2) y (3); y así sucesivamente, hasta el infinito. De ese modo, en el límite se obtiene una ―curva‖ formada por un número infinito de puntos angulosos y que no admite tangente en ninguno de sus puntos. La longitud de esa curva es infinita y su dimensión es superior a uno: representa un espacio de dimensión 1,261 859 (exactamente log 4/log 3).

La esponja de Sierpinsky: ¡más que una superficie, menos que un volumen! La ley de vaciado de este cubo es intuitiva, a simple vista: cada agujero cuadrado está rodeado de ocho agujeros un tercio más pequeños; estos ocho agujeros están a su vez rodeados de ocho agujeros todavía un tercio más pequeños. Y así sucesivamente, indefinidamente. El dibujante no ha podido representar la infinidad de agujeros cada vez más minúsculos más allá del cuarto orden, pero es evidente que al final ese cubo está infinitamente ahuecado, su volumen total tiende a cero, mientras que la superficie total lateral de los vaciados crece hasta el infinito. La dimensión de este ―espacio‖ es 2,726 8. Así pues, está ―comprendido‖ entre una superficie (de dimensión 2) y un volumen (de dimensión 3). El ―tapiz de Sierpinsky‖ es una de las caras de ese cubo, mientras que los vaciados son cuadrados y la ―dimensión‖ de esa superficie es 1,261 8 (Reproducido de Studies in Geome-try, de Leonard Bumenthal and Karl Mayer, Freeman and Company, 1970).


A propósito de los “objetos fractales” de B. Mandelbrot


Modelo físico.— A través de los diferentes modelos, se confirma una cierta idea del estriaje: dos series de paralelas, que se entrecruzan perpendicularmente, y en las que unas, las verticales, desempeñan más bien el papel de fijas o constantes, mientras que las otras, las horizontales, desempeñan más bien el papel de variables. En líneas generales, ese es el caso de la urdimbre y de la trama, de la armonía

y de la melodía, de la longitud y de la latitud. Cuanto más regular es el entrecruzamiento, más denso es el estriaje, más homogéneo tiende a devenir el espacio: en ese sentido, desde el principio nos ha parecido que la homogeneidad no era la característica fundamental del espacio liso, sino, por el contrario, el resultado final del estriado, o la forma límite de un espacio estriado por todas partes, en todas las direcciones. Y si aparentemente lo liso y lo homogéneo comunican, eso sólo sucede en la medida en que lo estriado no logra su ideal de homogeneidad perfecta sin estar dispuesto a volver a producir liso, según un movimiento que se superpone al de lo homogéneo, pero que continúa siendo totalmente diferente. En efecto, bajo cada modelo nos ha parecido que lo liso pertenecía a una heterogeneidad de base: fieltro o patchwork y no tejido, valores rítmicos y no armonía-melodía, espacio riemaniano y no euclidiano —variación continua que desborda cualquier distribución de las constantes y de las variables, liberación de una línea que no pasa entre dos puntos, liberación de un plan que no procede por líneas paralelas y perpendiculares.

Esa relación entre lo homogéneo y lo estriado puede expresarse en los términos de una física elemental, imaginaria: 1) Comenzáis estriando el espacio con verticales de gravedad, paralelas entre sí; 2) Estas paralelas o fuerzas tienen una resultante que se aplica en un punto del cuerpo que ocupa el espacio, centro de gravedad; 3) La posición de este punto no cambia cuando se modifica la dirección de las fuerzas paralelas, cuando devienen perpendiculares a su primera dirección; 4) Descubrís que la gravedad es un caso particular de una atracción universal, según líneas rectas cualesquiera o relaciones biunívocas entre dos cuerpos; 5) Definís una noción general de trabajo, por la relación fuerza-desplazamiento en una dirección;

6) Tenéis así la base física de un espacio estriado cada vez más perfecto, no sólo en la vertical y en la horizontal, sino en todas las direcciones subordinadas a puntos. Ni siquiera hay necesidad de invocar esta pseudofísica newtoniana. Los griegos ya pasaban de un espacio estriado verticalmente, de arriba a abajo, a un espacio centrado, de relaciones simétricas y reversibles en todas direcciones, es decir, estriado en todos los sentidos a fin de constituir una homogeneidad. Evidentemente, ahí había como dos modelos de aparato de Estado: el aparato vertical del imperio, el aparato isoformo de la ciudad 20. La geometría se enfrenta, pues, a un problema físico y a un asunto de Estado.

Pues bien, es evidente que el estriaje así constituido tiene sus límites: no sólo cuando se hace intervenir el infinito, en grande y en pequeño, sino también cuando se consideran más de dos cuerpos (―problema de los tres cuerpos‖). Analicemos, en el caso más sencillo, cómo el espacio escapa a los límites de su estriaje. En un polo, escapa por la declinación, es decir, por la mínima desviación, por la desviación infinitamente pequeña entre la vertical de gravedad y el arco de círculo al que esta vertical es tangente. En el otro polo, escapa por la espiral o el torbellino, es decir, una figura gracias a la cual todos los puntos del espacio son ocupados simultáneamente, bajo leyes de frecuencia o de acumulación, de distribución, que se oponen a la llamada distribución ―laminar‖ correspondiente al estriaje de las paralelas. Pues bien, de la mínima desviación al torbellino, la consecuencia es buena y necesaria: entre ambos se extiende precisamente un espacio

liso que tiene como elemento la declinación, y como población la espiral. El espacio liso está constituido por el ángulo mínimo, que se desvía de la vertical, y por el torbellino, que desborda el estriaje. La fuerza del libro de Michel Serres radica en haber mostrado esa relación entre el clinamen como elemento diferencial generador, y la formación de los torbellinos y turbulencias como lo que ocupa un espacio liso engendrado; y en efecto, el átomo antiguo, de Demócrito a Lucrecio, siempre ha sido inseparable de una hidráulica o de una teoría generalizada de las fluxiones y de los flujos. Nada se entiende del átomo antiguo si no se ve que lo específico de él es circular y fluir. Al nivel de esta teoría aparece la estricta correlación entre una geometría arquimedeana, muy diferente del espacio homogéneo y estriado de Euclides, y una física democristiana, muy diferente de la materia sólida o laminar21. Pues bien, la misma coincidencia hace que ese conjunto no esté en modo alguno ligado a un aparato de Estado, sino a una máquina de guerra: una física de las manadas, de las turbulencias, de las ―catástrofes‖ y epidemias, para una geometría de la guerra, de su arte y de sus máquinas. Serres puede así enunciar lo que él cree que es el objetivo más profundo de Lucrecio: pasar de Marte a Venus, poner la máquina de guerra al servicio de la paz22. Pero esta operación no pasa por el aparato de Estado, al contrario, expresa una última metamorfosis de la máquina de guerra y se realiza en espacio liso.

Ya hemos visto en otra parte que existía una distinción entre ―acción libre‖ en espacio liso y ―trabajo‖ en espacio estriado. Y en efecto, en el siglo XIX se prosigue una doble elaboración: la de un concepto físico-científico de Trabajo (peso-altura, fuerza-desplazamiento), y la de un concepto socioeconómico de fuerza de trabajo o de trabajo abstracto (cantidad abstracta homogénea aplicable a todos los trabajos, susceptible de multiplicación y de división). Se establecía así una profunda relación entre la física y la sociología, de tal forma que la sociedad propor-cionaba una medida económica del trabajo, y la física, a su vez, una ―moneda mecánica‖ del trabajo. El régimen del salariado tenía como correlato una mecánica de las fuerzas. Nunca la física fue más social, puesto que en los dos casos se trataba de definir un valor medio constante, para una fuerza de levantamiento o de arrastre ejercida lo más uniformemente posible por un hombre-standard. Imponer a toda actividad el modelo trabajo, traducir todo acto en trabajo posible o virtual, disciplinar la acción libre, o bien (lo que viene a ser lo mismo) relegarla al campo del ―ocio‖, que sólo existe con relación al trabajo. Se comprende así por qué el modelo-Trabajo formaba parte fundamentalmente del aparato de Estado, en su doble aspecto físico y social. El hombre standard ha sido en primer lugar el de los trabajos públicos 23. No es en una fábrica de alfileres donde primero se plantean los problemas del trabajo abstracto, de la multiplicación de sus efectos, de la división de sus operaciones: surgen primero en las obras públicas, y también en la organización de los ejércitos (no sólo disciplina de hombres, sino también producción industrial de armas). Nada más normal: no es que la máquina de guerra implique ella misma esa normalización. Pero el aparato de Estado, en los siglos XVIII y XIX, disponía de ese nuevo medio para apropiarse de la máquina de guerra, someterla preferentemente al modelo-Trabajo del taller y de la fábrica, que se elaboraba en otro campo, aunque más lentamente. Por eso la máquina de guerra

ha sido quizás la primera en ser estriada, en liberar el tiempo de trabajo abstracto multiplicable en sus efectos, divisible en sus operaciones. Ahí es donde la acción libre en espacio liso debía ser vencida. El modelo físico-social del Trabajo pertenece al aparato de Estado, como su invención por dos razones. Por un lado, porque el trabajo sólo aparece con la constitución de un excedente, todo trabajo es de reservas, por eso el trabajo (en sentido estricto) sólo comienza con lo que se denomina sobretrabajo. Por otro, porque el trabajo efectúa una operación generalizada de estriaje del espacio-tiempo, una sujeción de la acción libre, una anulación de los espacios lisos, que tiene su origen y su medio en la empresa esencial del Estado, en su conquista de la máquina de guerra.

Contraprueba: allí donde no hay aparato de Estado, ni sobretrabajo, tampoco hay modelo-Trabajo. Habría variación continua de acción libre, que pasa de la palabra a la acción, de tal acción a tal otra, de la acción al canto, del canto a la palabra, de la palabra a la obra, en un extraño cromatismo, con momentos álgidos o de esfuerzo que el observador externo sólo puede ―traducir‖ en términos de trabajo, que surgen de manera intensa y rara. Siempre se ha dicho de los negros: ―No trabajan, no saben lo que es el trabajo‖. Es cierto que se les ha forzado a trabajar, más que a nadie, según la cantidad abstracta. También parece cierto que los indios ni siquiera entendían, y eran ineptos para cualquier trabajo organizado, incluso esclavista: si los americanos importaron tantos negros fue porque no podían utilizar a los indios, que más bien se dejaban morir. Algunos etnólogos eminentes han planteado una cuestión esencial. Han sabido invertir el problema: las llamadas sociedades primitivas no son sociedades de penuria o de subsistencia, falta de trabajo, sino, por el contrario, sociedades de acción libre y de espacio liso, que no tienen ninguna necesidad de un factor-trabajo, ni tampoco constituyen reservas24. No son sociedades de pereza, aunque su diferencia con el trabajo pueda expresarse bajo la forma de un ―derecho a la pereza‖. Estas sociedades no carecen de leyes, aunque su diferencia con la ley pueda expresarse bajo la apariencia de una

―anarquía‖. Su ley es más bien la del nomos, que regula una variación continua de la actividad, con su propio rigor, su propia crueldad (desembarazarse de lo que no se puede transportar, ancianos o niños...).

Pero, si el trabajo constituye un espacio-tiempo estriado que corresponde al aparato de Estado, ¿no es eso verdad sobre todo en el caso de las formas arcaicas o antiguas? Pues ahí es donde el sobretrabajo es aislado, diferenciado bajo forma de tributo o corbea. Ahí es donde el concepto de trabajo puede aparecer en toda su pureza: por ejemplo, las grandes obras de los imperios, las obras hidráulicas, agrícolas o urbanas, en las que se impone una circulación ―laminar‖ de las aguas por franjas supuestamente paralelas (estriaje). Por el contrario, parece que, en el régimen capitalista, el sobretrabajo es cada vez menos discernible del ―simple‖ trabajo, y que lo impregna completamente. Las obras públicas modernas no tienen el mismo estatuto que las grandes obras imperiales. ¿Cómo se podría distinguir el tiempo necesario para la reproducción, y un tiempo ―extorsionado‖, puesto que han dejado de estar separados en el tiempo? Por supuesto, esta observación no contradice la teoría marxista de la plusvalía, pues Marx muestra precisamente que esa plusvalía deja de ser localizable en el régimen capitalista. Esa es incluso su

aportación fundamental. Marx puede así presentir mejor que la propia máquina deviene generadora de plusvalía y que la circulación del capital pone en entredicho la distinción entre un capital variable y un capital constante. En esas nuevas condiciones, sigue siendo verdad que todo trabajo es sobretrabajo; pero el sobretrabajo ya ni siquiera pasa por el trabajo. El sobretrabajo, y la organización capitalista en su conjunto, pasan cada vez menos por el estriaje de espacio-tiempo que corresponde al concepto físico-social de trabajo. Más bien se diría que la aliena-ción humana ha sido sustituida en el propio sobretrabajo por una ―esclavitud maquínica‖ generalizada, de tal forma que se proporciona una plusvalía independientemente de cualquier trabajo (el niño, el jubilado, el parado, el telespectador, etc.). No sólo el usuario como tal tiende a devenir un empleado, sino que el capitalismo no actúa tanto mediante una cantidad de trabajo como mediante un proceso cualitativo complejo que pone en juego los modos de transporte, los modelos urbanos, los medios de comunicación, la industria del ocio, las formas de percibir y de sentir, todas las semióticas. Es como si el capital circulante, al final del estriaje que el capitalismo ha sabido llevar a un punto de perfección sin igual, segregase, necesariamente, reconstituyese una especie de espacio liso en el que de nuevo se pone en juego el destino de los hombres. Por supuesto, el estriaje subsiste bajo sus formas más perfectas y severas (ya no es sólo vertical, ahora actúa en todos los sentidos); no obstante, remite sobre todo al polo estatal del capitalismo, es decir, al papel de los aparatos de Estado modernos en la organización del capital. Por el contrario, al nivel complementario y dominante de un capitalismo mundial integrado (o más bien integrante), se produce un nuevo espacio liso en el que el capital alcanza su velocidad ―absoluta‖, basada en componentes maquínicas, y ya no en la componente humana del trabajo. Las multinacionales fabrican un tipo de espacio liso desterritorializado en el que tanto los puntos de ocupación como los polos de intercambio devienen muy independientes de las vías clásicas de estriaje. Lo nuevo siempre es las nuevas formas de rotación. Las formas actuales aceleradas de la circulación del capital hacen cada vez más relativas las distinciones entre capital constante y capital variable, e incluso entre capital fijo y capital circulante; lo esencial es más bien la distinción entre un capital estriado y un capital liso, y el modo en que el primero suscita el segundo a través de los complejos que sobrevuelan los territorios y los Estados, e incluso los diferentes tipos de Estados.


Modelo estético: el arte nómada. — Varias nociones, prácticas y teóricas, sirven para definir un arte nómada y sus desarrollos (bárbaros, góticos y modernos). En primer lugar la ―visión próxima‖, por oposición a la visión alejada; también el ―es-pacio táctil‖, o más bien el ―espacio háptico‖, por oposición al espacio óptico. Háptico es mejor término que táctil, puesto que no opone dos órganos de los sentidos, sino que deja entrever que el propio ojo puede tener esa función que no es óptica. Aloïss Riegl, en unas páginas admirables, ha dado a esa pareja Visión próxima-Espacio háptico un estatuto estético fundamental. No obstante, debemos ignorar provisionalmente los criterios propuestos por Riegl (después por Worringer, y en la actualidad por Henri Maldiney) para arriesgar un poco nosotros mismos, y utilizar libremente esas nociones25. Lo Liso nos parece a la vez el objeto de una

visión próxima por excelencia y el elemento de un espacio háptico (que puede ser visual, auditivo tanto como táctil). Lo Estriado, por el contrario, remitiría a una visión más lejana, y a un espacio más óptico —incluso si el ojo, a su vez, no es el único órgano que posee esa capacidad—. Y además, siempre hay que corregir mediante un coeficiente de transformación en el que los pasos entre estriado y liso son a la vez necesarios y problemáticos, y por ello tanto más inquietantes. La ley del cuadro es estar hecho de cerca, aunque se vea de lejos, relativamente. Uno puede distanciarse de la cosa, pero no es buen pintor aquel que se distancia del cuadro que está haciendo. E incluso de la ―cosa‖: Cezanne hablaba de la necesidad de ya no ver el campo de trigo, de estar demasiado cerca de él, de perderse, sin referencia, en espacio liso. A partir de ese momento puede surgir el estriado: el dibujo, los estratos, la tierra, la ―testaruda geometría‖, la ―medida del mundo‖, las

―capas geológicas‖, ―todo cae a plomo‖... Sin perjuicio de que lo estriado desaparezca a su vez en una ―catástrofe‖, en beneficio de un nuevo espacio liso, y de otro espacio estriado.

Un cuadro se hace de cerca, aunque se vea de lejos. De igual modo, se dice que el compositor no oye: pues oye de cerca, mientras que el auditor oye de lejos. Y el escritor escribe con una memoria corta, mientras que el lector se supone que está dotado de una memoria larga. El espacio liso, háptico y de visión próxima, tiene una primera característica: la variación continua de sus orientaciones, de sus referencias y de sus conexiones; actúa de vecino a vecino; por ejemplo, el desierto, la estepa, el hielo o el mar, espacio local de pura conexión. Contrariamente a lo que se suele decir, en él no se ve de lejos, y no se le ve de lejos, nunca se está ―en-frente‖, ni tampoco se está ―dentro‖ (se está ―en‖...). Las orientaciones carecen de constante, cambian según las vegetaciones, las ocupaciones, las precipitaciones temporales. Las referencias no tienen un modelo visual que permita intercam-biarlas y reunirías en un tipo de inercia asignable a un observador inmóvil externo; al contrario, están unidas a tantos observadores que se pueden calificar de ―móna-das‖, pero que más bien son nómadas que mantienen entre sí relaciones táctiles. Las conexiones no implican ningún espacio ambiente en el que la multiplicidad estaría inmersa, y que proporcionaría una invariancia a las distancias; al contrario, se constituye según diferencias ordenadas que hacen variar intrínsecamente la división de una misma distancia 26. Estos problemas de orientación, de referencia y de conexión son expuestos por las más célebres piezas del arte nómada: esos animales retorcidos ya no tienen tierra; el suelo cambia constantemente de dirección, como en una acrobacia aérea; las patas se orientan en sentido inverso a la cabeza, la parte posterior del cuerpo está invertida; los puntos de vista ―mona-dológicos‖ sólo pueden ser conectados en un espacio nómada; el conjunto y las partes dan al ojo que los mira una función que ya no es óptica, sino háptica. Es una animalidad que no se puede ver sin tocarla espiritualmente, sin que el espíritu no devenga un dedo, incluso a través del ojo. (De una manera mucho más rudimentaria, ese es el papel del caleidoscopio: dar al ojo una función digital). El espacio estriado, por el contrario, se define con las exigencias de una visión alejada: constancia de la orientación, invariancia de la distancia por intercambio de referencias de inercia, conexión por inmersión en un medio ambiente, constitución de

una perspectiva central. Pero evaluar las potencialidades creadoras de este espacio estriado, cómo puede salir del liso y a la vez relanzar el conjunto de las cosas, es más difícil.

Lo estriado y lo liso no se oponen simplemente como lo global y lo local. Pues, en un caso, lo global todavía es relativo, mientras que en el otro lo local ya es lo absoluto. Allí donde la visión es próxima, el espacio no es visual, o más bien el propio ojo tiene una función háptica y no óptica: ninguna línea separa la tierra y el cielo, que son de la misma sustancia; no existe horizonte, ni fondo, ni perspectiva, ni límite, ni contorno o forma, ni centro; no existe ninguna distancia intermediaria, o toda distancia es intermediaria. Por ejemplo, el espacio esquimal 27. Pero de una manera completamente distinta, en un contexto completamente diferente, la arquitectura árabe traza un espacio que comienza muy cerca y muy bajo, que sitúa abajo lo ligero y lo aéreo, mientras que lo sólido o lo pesado se sitúa arriba, en una inversión de las leyes de la gravedad en la que la falta de dirección, la negación del volumen, devienen fuerzas constructivas. Existe un absoluto nómada como integración local que va de una parte a otra, y que constituye el espacio liso en la sucesión infinita de las conexiones y de los cambios de dirección. Es un absoluto que se confunde con el propio devenir o con el proceso. Es lo absoluto del paso, que en el arte nómada se confunde con su manifestación. En el arte nómada lo absoluto es local, precisamente porque en él el lugar no está delimitado. Por el contrario, si nos remitimos al espacio óptico y estriado, de visión alejada, vemos que lo global relativo que caracteriza este espacio requiere también lo absoluto, pero de una forma totalmente distinta. Ahora lo absoluto es el horizonte o el fondo, es decir, lo Englobante, sin el cual ya no existiría lo global o lo englobado. Sobre ese fondo se destaca el contorno relativo o la forma. Lo absoluto puede aparecer en lo Englobado, pero únicamente en un lugar privilegiado, bien delimitado como centro, y cuya función, por tanto, es rechazar fuera de los límites todo aquello que amenaza la integración global. Vemos perfectamente cómo el espacio liso subsiste, pero para que surja el estriado. Pues el desierto o el cielo, o el mar, el Océano, lo Ilimitado, desempeña sobre todo el papel de englobante, y tiende a devenir horizonte: la tierra es así rodeada, globalizada, ―fundada‖ por este elemento que la mantiene en equilibrio inmóvil y hace posible una Forma. Y en la medida en que lo englobante aparece en el centro de la tierra, desempeña un segundo papel, que consiste ahora en rechazar hacia un transfondo detestable, hacia un paraíso de los muertos, todo lo que aún podía subsistir de liso o de no mesurado 28. El estriaje de la tierra tiene como condición implícita ese doble tratamiento de lo liso: por un lado llevado o reducido al estado absoluto de horizonte engloblante, por otro, expulsado de lo englobado relativo. Las grandes religiones imperiales tienen, pues, necesidad del espacio liso (del desierto, por ejemplo), pero para darle una ley que se opone totalmente al nomos, y que transforma lo absoluto.

Quizá eso explique la ambigüedad que nosotros vemos en los hermosos análisis de Riegl, de Worringer y de Maldiney. Captan el espacio háptico en las condiciones imperiales del arte egipcio. Lo definen por la presencia de un fondo-hori-zonte, por la reducción del espacio al plano (vertical y horizontal, altura y anchura) y por el contorno rectilíneo que encierra la individualidad, la sustrae al cambio. Tal

es la forma-pirámide sobre fondo de desierto inmóvil, que tiene en todas sus caras una superficie plana. Por el contrario, muestran cómo, con el arte griego (luego en el arte bizantino, y hasta en el Renacimiento), se distingue en ella un espacio óptico que arrastra al fondo con la forma, hace que los planos se interfieran, conquista la profundidad, actúa sobre una extensión voluminosa o cúbica, organiza la perspectiva, utiliza relieves y sombras, luces y colores. De esa forma, desde el principio, encuentran lo háptico en un punto de mutación, en unas condiciones en las que ya sirve para estriar el espacio. Lo óptico hará que ese estriaje sea cada vez más perfecto, más concentrado, o más bien perfecto de otra forma, concentrado de otra forma (no se trata de la misma ―voluntad-artística‖. No obstante, todo se produce en un espacio de estriaje que pasa de los imperios a las urbes, o a los imperios evolucionados. No es casualidad que Riegl tienda a eliminar los factores propios de un arte nómada o incluso bárbaro; y que Worringer, en el momento en el que sin embargo introduce la idea de un arte gótico en el sentido más amplio, relacione esta idea, por un lado con las migraciones del Norte, germánicas y cél-ticas, y por otro con los imperios de Oriente. No obstante, entre los dos estaban los nómadas, que no se dejan reducir a los imperios con los que se enfrentaban, ni a las migraciones que desencadenaban; y precisamente los godos formaban parte de esos nómadas de la estepa, junto con los sármatas y los hunos, vector esencial de una comunicación entre Oriente y el Norte, pero también factor irreductible a una u otra de esas dos dimensiones 29. Por un lado, Egipto tenía ya sus hicsos, Asia Menor sus hititas, China sus turco-mongoles; y por otro, los hebreos tenían sus habiru, los germanos, los celtas y los romanos tenían sus godos, los árabes tenían sus beduinos. Existe una especificidad nómada que se reduce demasiado rápido a sus consecuencias, situándolos en los imperios o entre los migrantes, relacionándolos con unos o con otros, negándoles su propia ―voluntad‖ de arte. Una vez más, se rechaza que el intermediario entre el Oriente y el Norte haya tenido su especificidad absoluta, se rechaza que el intermediario, el intervalo, tenga precisamente ese papel sustancial. Pero es que además no lo tiene en tanto que ―vo-luntad‖, sólo tiene un devenir, inventa un ―devenir-artista‖.

Cuando invocamos una dualidad primordial de lo liso y de lo estriado es para decir que las diferencias ―háptico-óptico‖, ―visión próxima-visión lejana‖, están a su vez subordinadas a esa distinción. No hay, pues, que definir lo háptico por el fondo inmóvil, el plano y el contorno, puesto que ya es un estado mixto en el que lo háptico sirve para estriar, y ya sólo utiliza sus componentes lisas para convertirlas en otro espacio. La función háptica y la visión próxima suponen en primer lugar lo liso, que no implica ni fondo, ni plano, ni contorno, sino cambios direccionales y conexiones entre partes locales. Y a la inversa, la función óptica desarrollada no se conforma con llevar el estriaje a un nuevo punto de perfección, confiriéndole un valor y una dimensión universales imaginarias; también sirve para volver a producir liso, al liberar la luz y modular el color, al restituir una especie de espacio háptico aéreo que constituye el lugar no limitado de la interferencia de los planos 30. En resumen, lo liso y lo estriado deben ser definidos en primer lugar por sí mismos, antes que de ellos deriven las distinciones relativas de lo háptico y de lo óptico, de lo próximo y de lo alejado.

Aquí es donde interviene una tercera pareja: ―línea abstracta-línea concreta‖ (junto a ―háptico-óptico‖ y ―próximo-alejado‖). Worringer es el que ha dado una importancia fundamental a esta idea de línea abstracta, al considerarla como el comienzo mismo del arte o la primera expresión de una voluntad artística. El arte, máquina abstracta. Y sin duda, una vez más, tenderíamos a esgrimir de antemano las mismas objeciones que precedentemente: Worringer cree que la línea abstracta aparece en principio bajo la forma imperial egipcia, geométrica o cristalina, la más rectilínea posible; sólo después pasaría por un avatar particular, constituyendo la

―línea gótica o septentrional‖, en un sentido muy amplio 31. Para nosotros, por el contrario, la línea abstracta es en primer lugar ―gótica‖, o más bien nómada, y no rectilínea. Por eso no entendemos de la misma manera la motivación estética de la línea abstracta, ni su identidad con el comienzo del arte. Mientras que la línea egipcia rectilínea (o ―regularmente‖ redondeada) encuentra una motivación negativa en la angustia de lo que pasa, fluye o varía, y erige la constancia y la eternidad de un En-sí, la línea nómada es abstracta en un sentido completamente distinto, precisamente porque es de orientación múltiple y pasa entre los puntos, las figuras y los contornos: su motivación positiva está en el espacio liso que traza, y no en el estriaje que realizaría para conjurar la angustia y dominar lo liso. La línea abstracta es el afecto de los espacios lisos, y no el sentimiento de angustia que apela al estriaje. Por otro lado, es cierto que el arte sólo comienza con la línea abstracta; pero no porque la rectilínea fuese la primera manera de romper con una imitación de la naturaleza, imitación no estética de la que aún dependerían lo prehistórico, lo salvaje, lo infantil como lo que carece de una ―voluntad de arte‖. Al contrario, si existe plenamente un arte prehistórico es porque maneja la línea abstracta, aunque no rectilínea: ―El arte primitivo comienza en lo abstracto e incluso en lo prefi-gurativo, (...) el arte es abstracto al principio, no ha podido ser otro en su origen 32. En efecto, la línea es tanto más abstracta cuanto que no hay escritura, bien porque todavía no existe, bien porque sólo existe en el exterior o al lado. Cuando la escritura se encarga de la abstracción, como en los imperios, la línea ya destituida tiende necesariamente a devenir concreta e incluso figurativa. Los niños ya no saben dibujar. Pero, cuando no hay escritura, o bien cuando los pueblos no tienen necesidad de una escritura personal porque se la proporcionan imperios más o menos próximos (por ejemplo los nómadas), en ese caso, la línea sólo puede ser abstracta, goza necesariamente de toda la potencia de abstracción que no encuentra en otra parte salida alguna. Por eso nosotros creemos que los diversos grandes tipos de línea imperial, la línea rectilínea egipcia, la línea orgánica asiría (o griega), la línea englobante china, suprafenoménica, transforman ya la línea abstracta, la sacan de su espacio liso y le confieren valores concretos. No obstante, puede decirse que esas líneas imperiales son contemporáneas de la línea abstracta; ésta sigue estando al ―comienzo‖, en la medida en que es el polo siempre presupuesto de todas las líneas capaces de constituir otro polo. La línea abstracta está al comienzo, tanto por su propia abstracción histórica como por su datación prehistórica. Por eso aparece en la originalidad, en la irreductibilidad del arte nómada, incluso cuando existe interacción, influencia, enfrentamiento recíprocos con líneas imperiales del arte sedentario.

Abstracto no se opone directamente a figurativo: lo figurativo nunca pertenece como tal a una ―voluntad de arte‖; por eso en arte no se puede establecer una oposición entre una línea figurativa y otra que no lo es. Lo figurativo o la imitación, la representación, son una consecuencia, un resultado que procede de ciertas características de la línea cuando adquiere tal o tal forma. Así pues, en primer lugar hay que definir esas características. Supongamos un sistema en el que las transversales están subordinadas a diagonales, las diagonales a horizontales y verticales, las horizontales y verticales a puntos incluso virtuales: un sistema rectilíneo o unilineal de ese tipo (cualquiera que sea el número de líneas) expresa las condiciones formales bajo las cuales un espacio es estriado, y la línea constituye un contorno. Una línea de ese tipo es representativa en sí, formalmente, incluso si no representa nada. Por el contrario, una línea que no delimita nada, que ya no rodea ningún contorno, que ya no va de un punto a otro, sino que pasa entre los puntos, que no cesa de separarse de la horizontal y de la vertical, de desviarse de la diagonal cambiando constantemente de dirección, —esta línea mutante sin exterior ni interior, sin forma ni fondo, sin comienzo ni fin, tan viva como una variación continua, es verdaderamente una línea abstracta, y describe un espacio liso—. No es inexpresiva. Sin embargo, es cierto que no constituye ninguna forma de expresión estable y simétrica, basada en una resonancia de los puntos, en una conjunción de las líneas. Pero no por ello deja de tener rasgos materiales de expresión que se desplazan con ella, y cuyo efecto se multiplica gradualmente. Por eso Worringer puede decir de la línea gótica (para nosotros, la línea nómada que se caracteriza por la abstracción): tiene la potencia de expresión y no la forma, tiene la repetición como potencia y no la simetría como forma. En efecto, gracias a la simetría los sistemas rectilíneos limitan la repetición, impiden su progresión infinita, y mantienen la dominación orgánica de un punto central y de líneas irradiantes, como en las figuras reflejadas o estrelladas. Pero desencadenar la potencia de repetición como una fuerza maquínica que multiplica su efecto y prosigue un movimiento infinito es lo propio de la acción libre, que procede por desfase, descentramiento, o cuando menos por movimiento periférico: un politetismo desfasado más bien que un antitetismo simétrico 33. No habrá, pues, que confundir los rasgos de expresión que describen un espacio liso, y que se conectan con una materia-flujo, con las estrías que transforman el espacio, lo convierten en una forma de expresión que cuadricula la materia y la organiza.

Las páginas más hermosas de Worringer son aquellas en las que opone lo abstracto a lo orgánico. Lo orgánico no designa algo que estaría representado, designa sobre todo la forma de la representación, e incluso el sentimiento que relaciona la representación con un sujeto (Einfühlung). ―En el interior de la obra de arte se desarrollan procesos formales que corresponden a las tendencias naturales orgánicas en el hombre‖. Ahora bien, no puede ser lo rectilíneo, lo geométrico, que en ese sentido se opone a lo orgánico. La línea orgánica griega que somete el volumen o la espacialidad sustituye a la línea geométrica egipcia que los reducía al plano. Lo orgánico, con su simetría, su contorno, su exterior y su interior, sigue remitiendo a las coordenadas rectilíneas de un espacio estriado. El cuerpo orgánico se prolonga en líneas rectas que lo relacionan con lo lejano. De ahí la primacía

del hombre, o del rostro, puesto que es esa misma forma de expresión, a la vez organismo supremo y relación de todo organismo con el espacio métrico en general. Por el contrario, lo abstracto sólo comienza con lo que Worringer presenta como el avatar ―gótico‖. Esa línea nómada de la que dice: es mecánica, pero de acción libre y giratoria; es inorgánica, pero sin embargo viva, y tanto más viva cuanto más inorgánica. Se distingue a la vez de lo geométrico y de lo orgánico. Eleva a la intuición las relaciones ―mecánicas‖. Las cabezas (incluso la del hombre, que ya no es rostro) se desenrollan y enrollan en lazos en un proceso continuo, las bocas se repliegan en espiral. Los cabellos, los vestidos... Esta línea frenética de variación, en lazo, en espiral, en zigzag, en S, libera una potencia de vida que el hombre corregía, que los organismos encerraban, y que la materia expresa ahora como el rasgo, el flujo o el impulso que la atraviesa. Si todo es vivo no es porque todo es orgánico y está organizado, sino, al contrario, porque el organismo es una desviación de la vida. En resumen, una intensa vida germinal inorgánica, una potente vida sin órganos, todo lo que pasa entre los organismos (―una vez que los límites naturales de la actividad orgánica han sido rotos, ya no hay límites‖...). A menudo se ha querido señalar una especie de dualidad en el arte nómada, entre la línea abstracta ornamental y los motivos de animales; o, más sutilmente, entre la velocidad con la que la línea integra y arrastra rasgos expresivos, y la lentitud o la parálisis de la materia animal así atravesada. Entre una línea de fuga sin comienzo ni fin y un remolino sobre sí casi inmóvil. Pero finalmente todo el mundo está de acuerdo en que se trata de una misma voluntad, o de un mismo devenir 34. Pues bien, no es porque lo abstracto engendre por azar o por asociación motivos orgánicos. Precisamente porque en él la pura animalidad es vivida como inorgánica, o supraorgánica, puede perfectamente combinarse con la abstracción, e incluso combinar la lentitud o la pesadez de una materia con la extrema velocidad de una línea que ya sólo es espiritual. Esa lentitud pertenece al mismo mundo que la extrema velocidad: relaciones de velocidad y de lentitud entre elementos, que de todas formas exceden el movimiento de una forma orgánica y la determinación de los órganos. La línea se escapa de la geometría, gracias a una movilidad huidiza, y al mismo tiempo la vida se separa de lo orgánico, gracias a un torbellino in situ y permutante. Esa fuerza vital propia de la abstracción traza el espacio liso. La línea abstracta es el afecto de un espacio liso, del mismo modo que la representación orgánica era el sentimiento que presidía el espacio orgánico. Por eso las diferencias háptico-óptico, próximo-alejado, deben estar subordinadas a la de la línea abstracta y la línea orgánica, para encontrar su principio en una confrontación general de los espacios. Y la línea abstracta no puede ser definida como geométrica y rectilínea. De donde deriva el siguiente problema: ¿a qué debe llamarse abstracto en el arte moderno? A una línea de dirección variable, que no traza ningún contorno y no delimita ninguna forma...35


No hay que multiplicar los modelos. En efecto, sabemos que hay otros muchos: un modelo lúdico, en el que los juegos se enfrentarían según su tipo de espacio, y en el que la teoría de los juegos no tendría los mismos principios, por ejemplo, el espacio liso del go y el espacio estriado del ajedrez; o bien un modelo

noológico, que no concierne a los contenidos del pensamiento (ideología), sino a la forma, la manera o el modo, la función del pensamiento, según el espacio mental que traza, desde el punto de vista de una teoría general del pensamiento, de un pensamiento del pensamiento. Etc. Es más, todavía habría que tener en cuenta otros espacios: el espacio agujereado, cómo comunica de manera diferente con el liso y con el estriado. Ahora bien, lo que nos interesa son los pasos y las combinaciones, en las operaciones de estriaje, de alisado. Cómo el espacio no deja de ser estriado bajo la presión de fuerzas que se ejercen en él; pero cómo también desarrolla otras fuerzas y segrega nuevos espacios lisos a través del estriaje. Incluso la ciudad más estriada segrega espacios lisos: habitar la ciudad en nómada, o en troglodita. A veces bastan movimientos, de velocidad o de lentitud, para rehacer un espacio liso. Evidentemente, los espacios lisos no son liberadores de por sí. Pero en ellos la lucha cambia, se desplaza, y la vida reconstruye sus desafíos, afronta nuevos obstáculos, inventa nuevos aspectos, modifica los adversarios. Nunca hay que pensar que para salvarnos basta con un espacio liso.

NOTAS


  1. LEROI-GOURHAM L‟homme et la matière, Albin Michel, págs. 244 sig. (y la oposición del tejido y del fieltro).

  2. FAULKNER, Sartoris, Gallimard, pág. 136 (trad. cast., ed. Seix Barral).

  3. Sobre esta historia del quilt y del patchwork en la inmigración americana, cf. JONATHAN HOLSTEIN, Quilts, Musée des arts decoratifs 1972 (con reproducciones y bibliografía). Holstein no pretende que el quilt sea la fuente principal del arte americano, pero señala hasta qué punto ha podido inspirar o relanzar ciertas tendencias de la pintura americana: por un lado con el ―blanco sobre blanco‖ de los quilts ordinarios, por otro con las composiciones-patchwork (―en ellas encontramos efectos op, imágenes en serie, el empleo de campos coloreados, una comprensión real del espacio negativo, el modo de la abstracción formal, etc‖, pág. 12).

  4. PIERRE BOULEZ, Penser la musique aujourd‟hui, Mediations, págs. 95 sig. En el párrafo siguiente resu-mimos el análisis de Boulez.

  5. Sobre este ajuste del adentro al afuera, en los nómadas del desierto, cf. Annie Milovannoff, ―La seconde peau du nomade‖. Y, sobre las relaciones del iglú con el afuera, en los nómadas del hielo EDMUND CARPENTER, Eskimo.

  6. Las dos descripciones convergentes del espacio de hielo y del espacio de arena: E. CARPENTER, Eskimo, y W. THESIGER, Le désert del déserts (en los dos casos la misma indiferencia hacia la astronomía).

  7. Cf. la exposición de PIERRE CHAUNU, L‟expansion européenne du XIII págs. 288-305. (trad. cast., ed. Labor).

  8. Especialmente PAUL ADAM, ―Navigation primitive et navigation astronomique‖, en Colloque d‟histoire maritime V (cf. la geometría operatoria de la estrella polar).

  9. Guy Beaujouan, IBID.

  10. PAUL VIRILIO, L‟insecurite du territoire: sobre cómo el mar vuelve a producir un espacio liso en el fleet in being, etc.; y sobre cómo surge un espacio liso vertical, de dominación aérea y estratosférica (especialmente cap. IV, ―Le littoral vertical‖).

  11. E. Laroche señala perfectamente la diferencia entre la idea de distribución y la de reparto, entre los dos grupos lingüísticos a este respecto, entre los dos géneros de espacio, entre el polo ―provincia‖ y el polo ―ciudad‖.

  12. Esta expresión aparece en RENÉ THOM, que la emplea en relación con una variación continua en la que la variable reacciona sobre sus antecedentes: Modèles mathèmatiques de la morphogenèse, 10-18, págs. 218-219.

  13. Sobre la presentación de las multiplicidades de Riemann y de Helmholtz, cf. JULES VUILLEMIN,

    Philosophie de l‟algèbre, P.U.F., págs. 409 sig.

  14. Cf. RUSSEL The principies of Mathematics, Allen ed., cap. XXXI (trad. cast., ed. Espasa Calpe). La exposición que viene a continuación se aparta de la teoría de Russel. Puede verse un excelente análisis de las nociones de distancia y de tamaño según Meinong y Russell en ALBERT SPAIER, La pensée et la quantité, Alcan.

  15. A partir del capítulo II del Essai (trad. cast., ed. Cristiandad), BERGSON emplea de forma repetida el sustantivo ―multiplicidad‖, en condiciones que deberían despertar la atención de los comentaristas: la referencia implícita a Riemann no nos parece dudosa. En Matière et mémoire (trad. cast., ed. Cristiandad) explicará que la carrera o incluso el paso de Aquiles se dividen perfectamente en ―submúl-tiplos‖, pero que tienen otra naturaleza que lo que dividen; e igual ocurre con el paso de la tortuga; y,

    ―en ambos casos‖, la naturaleza de submúltiplos es distinta.

  16. Cf. BERGSON, Essai, ed. du Centenaire, pág. 56: si una multiplicidad ―implica la posibilidad de tratar cualquier número como una unidad provisional que se añadirá a ella, inversamente las unidades son a su vez verdaderos números, tan grandes como se quiera, pero que se consideran provisionalmente indescomponibles para componerlos entre sí‖.

  17. ALBERT LAUTMAN, Les schémas de structure, Hermann, págs. 23, 34-35.

  18. Sobre esta conjunción propiamente euclidiana (muy diferente del proceso de acumulación), cf. Lautman, págs. 45-48.

  19. BENOIT MANDELBROT, Les objectes fractals, Flammarion (trad. cast., ed. Tusquets).

  20. Sobre los dos espacios, cf. J. P. VERNANT, Mythe et pensée chez les Grecs, t. I, págs. 174-175 (trad. cast., ed. Ariel)

  21. MICHEL SERRES, La naissance de la physique dans le texte de Lucrèce: ―La física se apoya mucho más en un espacio vectorial que en un espacio métrico‖ (pág. 79). Y sobre el problema hidráulico, págs. 104-107.

  22. M. SERRES, págs. 35, 135 sig.

  23. Anne Quemen ha demostrado perfectamente la importancia de los Puentes y Caminos en esta elaboración del concepto de trabajo. Por ejemplo, Navier, ingeniero y profesor de mecánica, escribe en 1819: ―Hay que establecer una moneda mecánica con la que se pueda estimar las cantidades de trabajo empleadas para efectuar todo tipo de fabricación‖.

  24. Es un lugar común en los relatos de los misioneros: nada corresponde a una categoría de trabajo, incluso en la agricultura trashumante, en la que, sin embargo, las actividades de roturación son penosas. MARSHALL SAHLINS no se ha contentado con señalar la brevedad del tiempo de trabajo necesario para el mantenimiento y la reproducción, sino que insiste sobre factores cualitativos: la variación continua que regula la actividad, la movilidad o la libertad de movimiento que excluye las reservas y se compara con la ―comodidad de transporte del objeto‖ (―La première société d’abondance‖, Temps modernes, octubre 1968, págs. 654-656, 662-663, 672-673).

  25. Los textos principales son: A. RIEGL, Spätrömische Kunstindustrie, Vienne; W. WORRINGER, Abstraction el Einfühlung, Klincksieck; H. MALDINEY, Regard, parole, espace, especialmente ―L’art et le pouvoir du fond‖, y los comentarios de Maldiney sobre Cézanne.

  26. Todos estos puntos remitían ya a un espacio de Riemann, en su relación esencial con ―mónadas‖ (por oposición al sujeto unitario del espacio euclidiano): cf. Gilles Chatelet, ―Sur une petite phrase de Riemann‖ Analytiques n.º 3, mayo 1979. pero, si las ―mónadas‖ ya no se consideran cerradas sobre sí mismas, y se supone que mantienen relaciones directas de vecino a vecino, el punto de vista puramente monadológico se revela insuficiente y debe ser sustituido por una ―nomadología‖ (idealidad del espacio estriado, pero realismo del espacio liso).

  27. Cf. la descripción del espacio de los hielos, y del iglú, por EDMUND CARPENTIER, Eskimo: ―No hay distancia intermedia, ni perspectiva o contorno, el ojo sólo puede captar millares de plumas hu-meantes de nieve (...) Una tierra sin fondo ni borde (...) un laberinto vivo con los movimientos de un pueblo formando muchedumbre, sin que unas paredes planas estáticas no detengan el oído o el ojo, y el ojo pueda deslizarse aquí, pasar allá‖.

  28. Estos dos aspectos, lo Englobante y el Centro, en el análisis que J. P. VERNANT hace del espacio de Anaximandro ( Mythe et pensée chez les Grecs, t. I, III parte). Desde otro punto de vista, ésa es la historia del desierto: su posibilidad de devenir lo englobante y también de verse apartado, rechazado por el centro, como en una inversión de movimiento. En una fenomenología de la religión tal y com Van der Leeuw ha sabido hacerla el nomos aparece claramente como lo englobante-límite o fondo, pero también como lo rechazado, lo excluido, en un movimiento centrífugo.

  29. Cualesquiera que sean las interacciones, el ―arte de la estepa es totalmente específico, y pasará a los germanos de la migración: a pesar de todas sus reservas hacia una cultura nómada, RENÉ GROUSSET lo ha señalado perfectamente, L‟empire des steppes, Payot, págs. 42-62. La irreductibilidad del arte escita al arte asirio, del arte sármata al arte persa, del arte húnico al arte chino. Se ha podido decir que en el arte de las estepas fue mayor la influencia que lo que tomó prestado (especialmente el problema del arte ordos y de sus relaciones con la China).

  30. Sobre este problema de la luz y del color, especialmente en el arte bizantino, cf. Henri Maldiney, págs. 203 sig. 239 sig.

  31. RIEGL ya sugería una correlación ―háptico-próximo-abstracto‖. Pero es Worringer el que desarrolla ese tema de la línea abstracta. Y, si la concibe esencialmente bajo su forma egipcia, también descubre una segunda forma, en la que la línea abstracta adquiere una vida intensa y un valor expresionista, aunque siga siendo inorgánica: Abstraction et Einfüblung, cap. V, y sobre todo L‟art gothique, págs. 61-80 (trad. cast., ed. Revista de Occidente).

  32. LEROI-GOURHAN, Le geste et la parole, Albin Michel, t. I. págs. 263 sig; t. II, págs. 219 sig. (―Las marcas rítmicas son anteriores a las figuras explícitas‖). La posición de Worringer era muy ambigua, pues, al pensar que el arte prehistórico era fundamentalmente figurativo, lo excluía del Arte, como si tratase de unos ―garabateos infantiles‖: Abstraction et Einfühlung, págs. 83-87. Después, sugiere la hipótesis de que los habitantes de las cavernas son quizá el ―último miembro terminal‖ de una serie que habría comenzado por lo abstracto (pág. 166). Pero, ¿esa hipótesis no forzaría a Worringer a modificar su concepción de lo abstracto, y a dejar de identificarlo con la geometría egipcia?

  33. WORRINGER opone la potencia de repetición, mecánica, multiplicadora, sin orientación fija, y la fuerza de simetría, orgánica, aditiva, orientada y centrada. Ve en esa oposición la diferencia fundamental entre la ornamentación gótica y la ornamentación griega o clásica: L‟art gothique, págs. 83-87

    (―la melodía infinita de la línea septentrional‖). En un hermoso libro, Esthétiques d‟Orient el d‟Occident, Alcan, LAURE MORGENSTERN desarrolla un ejemplo preciso y distingue ―el antitetismo simétrico‖ del arte persa sasánide, y ―el antitetismo desfasado‖ del arte de los nómadas iranizantes (Sármatas). Muchos comentaristas han insistido, sin embargo, en los motivos simétricos y centrados del arte nómada o bárbaro. Pero Worringer respondía de antemano: ―En lugar de una estrella regular y geométrica bajo todas esas relaciones, en lugar de la rosácea o de otras figuras en reposo, aparece la rueda que gira, la turbina o la rueda llamada sol; todos esos modelos expresan un movimiento violento; la dirección del movimiento no es irradiante sino periférica‖. La historia tecnológica confirma la importancia de la turbina en la vida nómada. En otro contexto, bioestético, GABRIEL TARDE oponía la repetición como potencia indefinida y la simetría como limitación. Con la simetría, la vida se hacía un organismo y adquiría una forma estrellada, o reflejada, replegada (Irradiantes y Moluscos). Bien es cierto que en ese caso desencadenaba otro tipo de repetición, en la reproducción externa; cf. L‟opposition universelle, Alcan.

  34. Sobre todos estos puntos, cf. el libro muy intuitivo de GEORGES CHARRIÈRE, L‟art barbare, ed. du Cercle d’art, en el que encontramos un gran número de reproducciones. René Grousset es el que mejor ha insistido sobre la lentitud como polo dramático del arte nómada: L‟empire des steppes, pág. 45.

  35. En su prefacio a Abstraction el Einfühlung, DORA VALLIER tiene razón cuando señala la independencia respectiva de Worringer y de Kandisky, y la diferencia de sus problemas. No obstante, sigue manteniendo que entre ellos puede haber convergencia o resonancia. En cierto sentido, todo arte es abstracto, el arte figurativo sólo deriva de ciertos tipos de abstracción. Pero, en otro sentido, si existen así tipos de líneas muy diferentes, geométrica-egipcia, orgánica-griega, vital-gótica, etc., se trata de determinar cuál sigue siendo abstracta o realiza la abstracción como tal. Se puede dudar que sea la línea geométrica, en la medida en que esta todavía traza una figura, aunque sea abstracta o no representativa. La línea abstracta sería más bien la que MICHAEL FRIED define a partir de ciertas obras de Pollock: multidireccional, sin interior ni exterior, sin forma ni fondo, que no delimita nada, que no describe un contorno, que pasa entre las manchas y los puntos, que llena un espacio liso, que mezcla una materia visual háptica y próxima, que ―atrae al ojo del espectador y al mismo tiempo no le deja ningún lugar para descansar‖ (―Trois peintres americaines‖, en Peindre, págs. 267 sig.). En Kandisky, la abstracción no se realiza tanto gracias a las estructuras geométricas como a las líneas de marcha o de recorrido que parecen remitir a motivos nómadas mongoles.

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CONCLUSIÓN: REGLAS CONCRETAS Y MÁQUINAS ABSTRACTAS


Einstein al ordenador

S

Estratos, estratificación.


Los estratos son fenómenos de espesamiento en el Cuerpo de la

3 Tierra, a la vez moleculares y molares: acumulaciones, coagulaciones, sedimentaciones, plegamientos. Son Cinturas, Pinzas o Articulaciones. Sumaria y tradicionalmente se distinguen tres grandes estratos: físico-quí-mico, orgánico, antropomórfico (o ―aloplástico‖). Cada estrato, o articulación, se compone de medios codificados, sustancias formadas. Formas y sustancias, códigos y medios no son realmente distintos. Son las componentes abstractas de toda articulación.

Un estrato presenta, evidentemente, formas y sustancias muy diversas, códigos y medios variados. Tiene, pues, a la vez tipos de organización formal y Modos de desarrollo sustancial diferentes que lo dividen en paraestratos y epistratos: por ejemplo las divisiones del estrato orgánico. Los epistratos y paraestratos que subdividen un estrato pueden a su vez ser considerados como estratos (de forma que la lista nunca es exhaustiva). A pesar de sus distintas formas de organización y de desarrollo, todo estrato no deja de tener una unidad de composición. La unidad de composición concierne a rasgos formales comunes a todas las formas o códigos de un estrato, y a elementos sustanciales, materiales comunes a todas sus sustancias o sus medios.

Los estratos tienen una gran movilidad. Un estrato siempre es capaz de servir de substrato a otro, o de repercutir en otro, independientemente de un orden evolutivo. Y sobre todo, entre dos estratos o entre dos divisiones de estratos, se producen fenómenos de interestratos: transcodificaciones y pasos de medios, mezclas. Los ritmos remiten a esos movimientos interestráticos, que también son actos de estratificación. La estratificación es como la creación del mundo a partir del caos, una creación continuada, renovada. Y los estratos constituyen el Juicio de Dios. El artista clásico es como Dios: al organizar las formas y las sustancias, los códigos y los medios, y los ritmos, crea el mundo.

La articulación, constitutiva de un estrato siempre es una doble articulación (doble-pinza). En efecto, articula un contenido y una expresión. Pero, mientras que forma y sustancia no son realmente distintas, el contenido y la expresión sí lo son. Los estratos responden, pues, a la cuadricula de Hjelmslev: articulación de contenido y articulación de expresión, teniendo el contenido y la expresión cada uno por su cuenta forma y sustancia. Entre los dos, entre el contenido y la expresión, no hay correspondencia, ni relación causa-efecto, ni relación significado-significante: hay distinción real, presuposición recíproca, y únicamente isomorfía. Ahora bien, el contenido y la expresión no se distinguen de la misma manera en cada estrato: los tres grandes estratos tradicionales no tienen la misma distribución del contenido y de la expresión (por ejemplo, en el estrato orgánico hay una ―linea-lización‖ de la expresión, y en los estratos antropomorfos una ―sobreli-

nealidad‖). Por eso lo molar y lo molecular entran, según el estrato considerado, en combinaciones muy diferentes.

3 ¿Qué movimiento, qué impulso nos arrastra fuera de los estratos (me-

y 4 taestratos)? Por supuesto, no hay razón para pensar que los estratos físico-químicos agotan la materia: hay una Materia no formada, submolecular. Tampoco los estratos orgánicos agotan la Vida: el organismo es más bien lo que la vida se opone para limitarse, y hay una vida tanto más intensa, tanto más poderosa, cuanto que es anorgánica. Asimismo, hay Devenires no humanos del hombre que desbordan por todas partes los estratos antropomorfos. Pero, ¿cómo alcanzar ese ―plan‖, o mejor, cómo construir ese plan, trazar la ―línea‖ que nos conduce a él? Pues, fuera de los estratos o sin los estratos, ya no tenemos formas ni sustancias, ni organización ni desarrollo, ni contenido ni expresión. Estamos desarticulados, ni siquiera parece que los ritmos nos sostengan. ¿Cómo la materia no formada, la vida anorgánica, el devenir no humano podían ser otra cosa que un puro y simple caos? Al mismo tiempo, todas las empresas de desestratificación (por ejemplo, desbordar el organismo, lanzarse a un devenir) deben en primer lugar observar reglas concretas de una prudencia extrema: toda desestratificación

6 demasiado brutal corre el riesgo de ser suicida, o cancerosa, es decir, unas veces se abre al caos, al vacío y a la destrucción, vuelve a cerrar sobre nosotros los estratos, que se endurecen aún más, y pierden incluso sus grados de diversidad, de diferenciación y de movilidad.


A

Agenciamientos


Los agenciamientos son ya algo distinto que los estratos. No obstante, se

11 hacen en los estratos, pero actúan en zonas de descodificación de los medios: en primer lugar extraen de los medios un territorio. Todo agenciamiento es en primer lugar territorial. La primera regla concreta de los agenciamientos es descubrir la territorialidad que engloban, pues siempre hay una: en su basurero o en su banco, los personajes de Beckett se hacen un territorio. Descubrir los agenciamientos territoriales de alguien, hombre o animal: ―mi casa‖. El territorio está hecho de fragmentos descodificados de todo tipo, extraídos de los medios, pero que a partir de ese momento adquieren un valor de ―propiedades‖: hasta los ritmos adquieren aquí un nuevo sentido (ritornelos). El territorio crea el agenciamiento. El territorio excede a la vez el organismo y el medio, y la relación entre ambos; por eso el agenciamiento va más allá también del simple ―comportamiento‖ (de ahí la importancia de la distinción relativa entre animales de territorio y animales de medio).

Territoriales, los agenciamientos siguen perteneciendo, no obstante, a los estratos; al menos pertenecen a ellos en un aspecto. Y, bajo ese aspecto,

4 en todo agenciamiento se distingue el contenido y la expresión. En cada agenciamiento hay que encontrar el contenido y la expresión, evaluar su

distinción real, su presuposición recíproca, sus inserciones fragmento a fragmento. Pero si el agenciamiento no se reduce a los estratos es porque en él la expresión deviene un sistema semiótico, un régimen de signos, y el contenido, un sistema pragmático, acciones y pasiones. Es la doble articulación rostro-mano, gesto-palabra, y la presuposición recíproca entre ambos. Esa es, pues, la primera división de todo agenciamiento: por un lado, agenciamiento maquínico, y por otro, a la vez e inseparablemente, agenciamiento de enunciación. En cada caso hay que encontrar uno y otro: ¿qué se hace y qué se dice? Y entre los dos, entre el contenido y la expresión, se establece una nueva relación que todavía no aparecía en los estratos: los enunciados o las expresiones expresan transformaciones incorporales que como tales (propiedades) ―se atribuyen‖ a los cuerpos o a los contenidos. En los estratos, ni las expresiones formaban signos, ni los contenidos pragmata, por eso no aparecía esa zona autónoma de transformaciones incorporales expresadas por las primeras, atribuidas a los segundos. Por supuesto, los regímenes de signos sólo se desarrollan en los estratos aloplásticos o antropomorfos (incluidos los animales territorializados). Pero no por ello dejan de atravesar todos los estratos, y los desbordan. En la medida en que los agenciamientos continúan sometidos a la distinción del contenido y de la expresión, siguen perteneciendo a los estratos; y los regímenes de signos se pueden considerar como si constituyeran a su vez estratos, en el sentido amplio que hemos visto precedentemente. Ahora bien, puesto que la distinción contenido-expresión adquiere una nueva figura, nos encontramos ya, en sentido estricto, en otro elemento que el de los estratos.

Pero el agenciamiento también se divide según otro eje. Su territorialidad (contenido y expresión incluidos) sólo es un primer aspecto, el otro está constituido por las líneas de desterritorialización que lo atraviesan y lo arrastran. Estas líneas son muy diversas: unas abren el agenciamiento territorial a otros agenciamientos, y lo hacen pasar a ellos (por ejemplo, el ritornelo territorial del animal deviene ritornelo de corte o de grupo...). Otras actúan directamente sobre la territorialidad del agenciamiento, y lo abren a una tierra excéntrica, inmemorial o futura (por ejemplo, el juego del

11 territorio y de la tierra en el lied o, más generalmente, en el artista román-y4 tico). Otras, por último, abren esos agenciamientos a máquinas abstractas y cósmicas que ellos efectúan. Y, al igual que la territorialidad del agenciamiento tenía su origen en una cierta descodificación de los medios, tam-

bién se prolonga necesariamente en esas líneas de desterritorialización. El territorio es tan inseparable de la desterritorialización como el código lo era de la descodificación. Y según esas Líneas el agenciamiento ya no presenta expresión ni contenido distintos, sino únicamente materias no formadas, fuerzas y funciones desestratificadas. Las reglas concretas de agenciamiento actúan, pues, según esos dos ejes: por un lado, ¿cuál es la territorialidad del agenciamiento, cuáles son el régimen de signos y el sistema pragmático? Por otro, ¿cuáles son los máximos de desterritorialización, y las máquinas abstractas que efectúan? El agenciamiento es tetravalente: 1)

contenido y expresión; 2) territorialidad y desterritorialización. Como los cuatro aspectos en el ejemplo privilegiado de los agenciamientos de Kafka.



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R

Rizoma


No sólo los estratos, también los agenciamientos son complejos de líneas. Se puede fijar un primer estado de la línea, o una primera especie: la línea está subordinada al punto; la diagonal, a la horizontal y a la vertical; la línea hace contorno, figurativo o no; el espacio que traza es de estriaje: la multiplicidad numerable que constituye continúa sometida a lo Uno en una dimensión siempre superior o suplementaria. Las líneas de este tipo son molares, y forman un sistema arborescente, binario, circular, segmentario. La segunda especie es muy diferente, molecular y del tipo ―rizoma‖. La diagonal se libera, se rompe o serpentea. La línea ya no hace contorno, y pasa entre las cosas, entre los puntos. Pertenece a un espacio liso. Traza un plan que ya no tiene más dimensiones que lo que lo recorre; la multiplicidad que constituye ya no está subordinada a lo Uno, sino que adquiere consistencia en sí misma. Son multiplicidades de masas o de manadas, no de clases; multiplicidades anómalas y nómadas, y ya no normales o legales; multiplicidades de devenir, o de transformaciones, y ya no de elementos numerables y relaciones ordenadas; conjuntos difusos, y ya no exactos, etc. Desde el punto de vista del pathos, la psicosis y sobre todo la esquizofrenia expresan esas multiplicidades. Desde el punto de vista de la pragmática, la brujería las maneja. Desde el punto de vista de la teoría, el estatuto de las multiplicidades es correlativo del de los espacios e inversamente: pues los espacios lisos del tipo desierto, estepa o mar, no carecen de pueblo o están despoblados, están poblados por las multiplicidades de segunda especie (las matemáticas y la música han ido muy lejos en la elaboración de esta teoría

de las multiplicidades).

No obstante, no basta con sustituir la oposición de lo Uno y de lo múltiple por una distinción de los tipos de multiplicidad. Pues la distinción de los dos tipos no impide su inmanencia, ―surgiendo‖ cada uno de la otra a su manera. Más que multiplicidades arborescentes y otras que no lo son, existe una arborificación de las multiplicidades. Así sucede cuando los agujeros negros distribuidos en un rizoma se ponen a resonar juntos, o bien cuando los tallos forman segmentos que estrían el espacio en todos los sentidos, y lo vuelven comparable, divisible, homogéneo (lo hemos visto especialmente en el caso del Rostro). Así sucede también cuando los movimientos de ―masa‖, los flujos moleculares, se conjugan en puntos de acumulación o de pausa que los segmentan y los rectifican. Y a la inversa, aunque no simétricamente, los tallos de rizoma surgen constantemente de los árboles, las masas y los flujos constantemente se escapan, inventan conexiones que saltan de árbol en árbol, y que desenraizan: todo un alisado del espacio, que actúa a su vez sobre el espacio estriado. Incluso sobre to-


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dos los territorios están agitados por esos profundos movimientos. O bien el lenguaje: los árboles del lenguaje están sacudidos por brotes y rizomas. Por eso las líneas de rizoma, de hecho, oscilan entre las líneas de árbol que las segmentarizan, e incluso las estratifican, y las líneas de fuga o de ruptura que las arrastran.

Así pues, estamos hechos de tres líneas, pero cada especie de línea tiene sus peligros. No sólo las líneas de segmentos, que nos cortan y nos imponen las estrías de un espacio homogéneo, sino también las líneas moleculares que arrastran ya sus microagujeros negros; por último, las líneas de fuga que siempre corren el riesgo de abandonar sus potencialidades creadoras para transformarse en línea de muerte, ser transformadas en línea de destrucción pura y simple (fascismo).


C

Plan de Consistencia. Cuerpo sin órganos.


El plan de consistencia o de composición (planomeno) se opone al plan de organización y de desarrollo. La organización y el desarrollo conciernen a forma y sustancia: desarrollo de la forma y, a la vez, formación de sustancia o de sujeto. Pero el plan de consistencia ignora la sustancia y la forma: las haecceidades, que se inscriben en ese plan, son precisamente modos de individuación que no proceden ni por la forma ni por el sujeto. El plan consiste abstractamente, pero realmente, en las relaciones de velocidad y de lentitud entre elementos no formados, y en las composiciones de afectos intensivos correspondientes (―longitud‖ y ―latitud‖ del plan). En un segundo sentido, la consistencia reúne concretamente los heterogéneos, los heteróclitos, como tales; asegura la consolidación de los conjuntos difusos, es decir, de las multiplicidades del tipo rizoma. En efecto, procediendo por consolidación, la consistencia actúa necesariamente en el medio, por el medio, y se opone a todo plan de principio o de finalidad. Spinoza, Hölderlin, Kleist y Nietzsche son los agrimensores de ese plan de consistencia. Nunca unificaciones, totalizaciones, sino consistencias o consolidaciones.

En ese plan de consistencia se inscriben: las haecceidades, acontecimientos, transformaciones incorporales aprehendidas por sí mismas; las esencias nómadas o difusas, sin embargo rigurosas; los continuums de intensidad o variaciones continuas, que desbordan las constantes y las variables; los devenires, que no tienen ni término ni sujeto, pero que arrastran a uno y a otro a zonas de entorno de indecidibilidad; los espacios lisos, que se componen a través del espacio estriado. En cada caso, diríase que un cuerpo sin órganos, cuerpos sin órganos (mesetas) intervienen: para la individuación por haecceidad, para la producción de intensidades a partir de un grado cero, para la materia de la variación, el medio del devenir o de la transformación, el alisado del espacio. Potente vida no orgánica que se escapa de los estratos, atraviesa los agenciamientos, y traza una línea abstracta sin contorno, línea del arte nómada y de la metalurgia itinerante.


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¿Es el plan de consistencia el que constituye el cuerpo sin órganos, o son los cuerpos sin órganos los que componen el plan? ¿El Cuerpo sin órganos y el Plan son la misma cosa? De todas formas, el componente y lo compuesto tienen la misma potencia: la línea no tiene dimensión superior al punto, la superficie no tiene dimensión superior a la línea, el volumen no tiene dimensión superior a la superficie, sino siempre un número de dimensión fraccionaria, anexacto, o que no cesa de crecer o de decrecer con las partes. El plan efectúa la sección de multiplicidades de dimensiones variables. Así pues, lo fundamental es el modo de conexión de las diversas partes del plan: ¿En qué medida los cuerpos sin órganos se componen juntos? ¿Cómo se prolongan los continuums de intensidad? ¿En qué orden se hacen las series de transformación? ¿Cuáles son esos encadenamientos alógicos que siempre se producen en el medio, y gracias a los cuales el plan se construye fragmento a fragmento según un orden fraccionario creciente o decreciente? El plan es como una hilera de puertas. Y las reglas concretas de construcción del plan sólo son válidas en la medida en que ejercen un papel selectivo. En efecto, el plan, es decir, el modo de conexión, proporciona el medio para eliminar los cuerpos vacíos y cancerosos que rivalizan con el cuerpo sin órganos; para rechazar las superficies homogéneas que enmascaran el espacio liso; para neutralizar las líneas de muerte y de destrucción que desvían la línea de fuga. Sólo es retenido y conservado, así pues, creado, sólo consiste lo que aumenta el número de conexiones en cada nivel de la división o de la composición, así pues, en el orden decreciente tanto como en el creciente (lo que no se divide sin cambiar de naturaleza, lo que no se compone sin cambiar de criterio de comparación...).


D

Desterritorialización


La función de desterritorialización: D es el movimiento por el que ―se‖ abandona el territorio. Es la operación de la línea de fuga. Pero diferentes casos se presentan. La D puede estar enmascarada por una reterritorialización que la compensa, de esa forma la línea de fuga permanece bloqueada: en ese sentido, se dice que la D es negativa. Cualquier cosa puede servir de reterritorialización, es decir, ―valer como‖ territorio perdido; en efecto, uno puede reterritorializarse en un ser, en un objeto, en un libro, en un aparato o sistema... Por ejemplo, el aparato de Estado se denomina equivocadamente territorial: de hecho efectúa una D, pero esa D queda inmediatamente enmascarada por reterritorializaciones en la propiedad, el trabajo y el dinero (es evidente que la propiedad de la tierra, pública o privada, no es territorial, sino reterritorializante). Entre los regímenes de signos, el régimen significante alcanza, indudablemente, un alto nivel de D; pero, puesto que efectúa al mismo tiempo todo un sistema de reterritorializaciones en el significado, en el propio significante, bloquea la línea de fuga y sólo deja subsistir una D negativa. Otro caso se presenta cuando la D deviene posi-


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tiva, es decir, se afirma a través de las reterritorializaciones que ya sólo juegan un papel secundario, pero, no obstante, sigue siendo relativa, puesto que la línea de fuga que traza está segmentarizada, dividida en ―procesos‖ sucesivos, se precipita en agujeros negros, o incluso aboca a un agujero negro generalizado (catástrofe). Ese es el caso del régimen de signos subjetivo, con su D pasional y conciencial, que es positiva, pero sólo en un sentido relativo. Se señalará ya que esas dos grandes formas de D no mantienen una relación evolutiva simple: la segunda puede escaparse de la primera, pero también puede conducir a ella (así ocurre especialmente cuando las segmentaciones de líneas de fuga convergentes entrañan una reterritorialización de conjunto, o en beneficio de uno de los segmentos, de tal forma que el movimiento de la fuga queda detenido). Hay todo tipo de figuras mixtas que recurren a formas muy diversas de D.

¿Hay una D absoluta, y qué quiere decir ―absoluto‖? Primero habría que comprender mejor las relaciones entre D, territorio, reterritorialización y tierra. En primer lugar, el propio territorio es inseparable de vectores de desterritorialización que actúan sobre él internamente: bien porque la territorialidad es flexible y ―marginal‖, es decir, itinerante, bien porque el propio agenciamiento territorial se abre a otros tipos de agenciamientos que lo arrastran. En segundo lugar, la D es a su vez inseparable de reterritorializaciones correlativas. La D nunca es simple, siempre es múltiple y compuesta: no sólo porque participa a la vez de formas diversas, sino porque hace converger velocidades y movimientos distintos según los cuales se asigna a tal o tal momento un ―desterritorializado‖ y un ―deste-rritorializante‖. Ahora bien, la reterritorialización como operación original no expresa un retorno territorio, sino esas relaciones diferenciales internas a la propia D, esa multiplicidad interna a la línea de fuga (cf. ―teoremas de D‖). Por último, la tierra no es en modo alguno lo contrario de la D: lo vemos ya en el misterio de lo ―natal‖, en el que la tierra como hogar ardiente, excéntrico o intenso, está fuera del territorio y sólo existe en el movimiento de la D. Pero, es más, la tierra, la glaciar, es la Desterritorializada por excelencia: en ese sentido pertenece al Cosmos, y se presenta como el material gracias al cual el hombre capta las fuerzas cósmicas. Se dirá que la tierra, en tanto que desterritorializada, es el estricto correlato de la D, hasta el punto de que la D puede denominarse creadora de tierra

—una nueva tierra, un universo, y ya no sólo una reterritorialización.

Así pues, ―absoluto‖ quiere decir lo siguiente: lo absoluto no expresa nada transcendente ni indiferenciado; ni siquiera expresa una cantidad que sobrepasaría cualquier cantidad dada (relativa). Sólo expresa un tipo de movimiento que se distingue cualitativamente del movimiento relativo. Un movimiento es absoluto cuando, cualesquiera que sean su cantidad y su velocidad, relaciona ―un‖ cuerpo considerado como múltiple con un espacio liso que ocupa de manera turbulenta. Un movimiento es relativo, cualquiera que sea su cantidad y su velocidad, cuando relaciona un cuerpo considerado como Uno con un espacio estriado en el que se desplaza, y que

mide según rectas al menos virtuales. La D es negativa o relativa (no obstante, ya efectiva) cada vez que actúa según este segundo caso, bien por reterritorializaciones principales que bloquean las líneas de fuga, bien con reterritorializaciones secundarias que las segmentarizan y tienden a reple-garlas. La D es absoluta, según el primer caso, cada vez que realiza la creación de una nueva tierra, cada vez que conecta las líneas de fuga, las lleva a la potencia de una línea vital abstracta o traza un plan de consistencia. Pues bien, lo que viene a complicarlo todo es que esta D absoluta pasa necesariamente por la relativa, precisamente porque no es transcendente. Y a la inversa, la D relativa o negativa tiene necesidad de un absoluto para llevar a cabo su separación: convierte lo absoluto en un ―englobante‖, un totalizante que sobrecodifica la tierra, y que como consecuencia conjuga las líneas de fuga para detenerlas, destruirlas, en lugar de conectarlas para crear (en ese sentido nosotros oponíamos conjugación y conexión, aunque a menudo las hayamos tratado como sinónimos desde un punto de vista muy general). Hay, pues, un absoluto limitativo que ya interviene en las D propiamente negativas o incluso relativas. Y, sobre todo, en ese giro de lo absoluto las líneas de fuga no sólo están bloqueadas o segmentarizadas, sino que se convierten en línea de destrucción y de muerte. Pues ese es el desafío de lo negativo y de lo positivo en lo absoluto: la tierra anillada, englobada, sobrecodificada, conjugada como objeto de una organización mortuoria y suicida que la rodea por todas partes, o bien la tierra consolidada, conectada al Cosmos, situada en el Cosmos según líneas de creación que la atraviesan como otros tantos devenires (las palabras de Nietzsche:

―Que la tierra devenga la ligera‖...). Así pues, existen al menos cuatro formas de D que se enfrentan y se combinan, y que hay que distinguir mediante reglas concretas.


M

Máquinas abstractas (diagrama y filum)


En un primer sentido, no existe la máquina abstracta, ni máquinas abstractas que serían como Ideas platónicas, transcendentes y universales, eternas. Las máquinas abstractas actúan en los agenciamientos concretos: se definen por el cuarto aspecto de los agenciamientos, es decir, por los

11 máximos de descodificación y de desterritorialización. Trazan esos máxi-

mos; también abren el agenciamiento territorial a otra cosa, a agenciamientos de otro tipo, a lo molecular, a lo cósmico, y constituyen devenires. Así pues, siempre son singulares e inmanentes. Contrariamente a lo que sucede en los estratos, y también en los agenciamientos considerados bajo los demás aspectos, las máquinas abstractas ignoran las formas y las sustancias. En ese sentido son abstractas, pero ese es también el sentido riguroso del concepto de máquina. Las máquinas abstractas exceden toda mecánica. Se oponen a lo abstracto en su sentido ordinario. Las máquinas abstractas se componen de materias no formadas y de funciones no formales. Cada

5 máquina abstracta es un conjunto consolidado de materias-funciones (filum y diagrama). Esto se ve con toda claridad en un ―plan‖ tecnológico: ese tipo de plan no está compuesto simplemente de sustancias formadas, aluminio, plástico, hilo eléctrico, etc., ni de formas organizadoras, programa, prototipos, etc., sino de un conjunto de materias no formadas que ya sólo presentan grados de intensidad (resistencia, conductibilidad, calentamiento, estiramiento, velocidad o retraso, inducción, transducción...), y de funciones diagramáticas que sólo presentan ecuaciones diferenciales o más generalmente ―tensores‖. Por supuesto, en el seno de las dimensiones del agenciamiento, la máquina abstracta, o máquinas abstractas se efectúan en formas y sustancias, con estados de libertad variables. Pero ha sido necesario simultáneamente que la máquina abstracta se componga y componga un plan de consistencia. Abstractas, singulares y creativas, aquí y ahora, reales aunque no concretas, actuales aunque no efectuadas, por eso las máquinas abstractas están fechadas y tienen nombre (máquina abstracta-Einstein, máquina abstracta-Webern, pero también Galileo, Bach o Beethoven, etc.). No es que remitan a personas o a momentos efectuantes, al contrario, son los nombres y las fechas los que remiten a las singularidades de las máquinas, y a su efectuado.

Ahora bien, si las máquinas abstractas ignoran la forma y la sustancia,

¿qué sucede con la otra determinación de los estratos o incluso de los agenciamientos, el contenido y la expresión? En cierto sentido, se puede

  1. decir que esta distinción también deja de ser pertinente con relación a la máquina abstracta; y precisamente porque ésta ya no tiene formas y sustancias que condicionen la distinción. El plan de consistencia es un plan de variación continua, cada máquina abstracta puede ser considerada como una

    ―meseta‖ de variación que pone en continuidad variables de contenido y de expresión. Así pues, el contenido y la expresión alcanzan en él su más alto

  2. grado de relatividad, devienen los ―funtivos de una misma función‖ o los

  3. materiales de una misma materia. Pero, en otro sentido, se dirá que la distinción subsiste, e incluso es recreada, en el estado de rasgos: hay rasgos de contenido (materias no formadas o intensidades) y rasgos de expresión (funciones no formales o tensores). La distinción se ha desplazado completamente, o incluso es nueva, puesto que ahora concierne a los máximos de desterritorialización. En efecto, la desterritorialización absoluta implica un ―desterritorializante‖ y un ―desterritorializado‖, que en cada caso se distribuyen, uno para la expresión, el otro para el contenido, o ala inversa, pero que siempre vehiculan una distinción relativa entre los dos. Por eso la variación continua afecta necesariamente al conjunto del contenido y de la expresión, pero no por ello deja de distribuir dos papeles disimétricos como elementos de un solo y mismo devenir, o como los cuantos de un solo y mismo flujo. De ahí la imposibilidad de definir una variación continua que no afecte ya a la vez al contenido y a la expresión para volverlos indiscernibles, pero que no proceda también por uno u por otro, a fin de determinar los dos polos relativos y móviles de lo que deviene indiscernible. Así, hay

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que definir rasgos o intensidades de contenido y, a la vez, rasgos o tensores de expresión (artículo indefinido, nombre propio, infinitivo y fecha), que se revelan, arrastrándose unos y otros alternativamente, en el plan de consistencia. Pues la materia no formada, el filum, no es una materia muerta, bruta, homogénea, sino una materia-movimiento que implica singularidades o haecceidades, cualidades, e incluso operaciones (familias tecnológicas itinerantes); y la función no formal, el diagrama, no es un metalenguaje inexpresivo y sin sintaxis, sino una expresividad-movimiento que siempre implica una lengua extranjera en la lengua, categorías no lingüísticas en el lenguaje (familias poéticas nómadas). En ese caso, se escribe directamente con lo real de una materia no formada, al mismo tiempo que esta materia atraviesa y tensa el lenguaje no formal en su totalidad: ¿un devenir animal como las ratas de Kafka, los ratones de Hofmannsthal, los becerros de Moritz? Una máquina revolucionaria, tanto más abstracta cuanto que es real. Un régimen que ya no utiliza ni el significante ni lo subjetivo.

Todo eso se refiere a las máquinas abstractas inmanentes y singulares. Pero no impide que ―la‖ máquina abstracta pueda servir de modelo transcendente, en condiciones muy particulares. Ahora los agenciamientos concretos están relacionados con una idea abstracta de la Máquina, y están afectados de coeficientes que explican sus potencialidades, su creatividad, según su manera de efectuarla. Los coeficientes que ―cuantifican‖ los agenciamientos conciernen a las componentes variables de agenciamiento (territorio, desterritorialización, reterritorialización, tierra, Cosmos); las diversas líneas enmarañadas que constituyen el ―mapa‖ de un agenciamiento (líneas molares, líneas moleculares, líneas de fuga); las diferentes relaciones de cada agenciamiento con un plan de consistencia (filum y diagrama). Por ejemplo, la componente ―brizna de hierba‖ puede cambiar de coeficiente a través de los agenciamientos animales de especies sin embargo muy próximas. Por regla general, un agenciamiento tiene tanta más afinidad con la máquina abstracta cuanto que presenta líneas sin contorno que pasan entre las cosas, y goza de una potencia de metamorfosis (transformación y transubstan-ciación que corresponde a la materia-función: cf. la máquina de las Olas.

Nosotros hemos considerado sobre todo dos grandes agenciamientos antropomorfos y aloplásticos, la máquina de guerra y el aparato de Estado. Se trata de dos agenciamientos que no sólo difieren en naturaleza, sino que son diferentemente cuantificables con relación a ―la‖ máquina abstracta. Con el filum, con el diagrama, la relación no es la misma; no son las mismas líneas ni las mismas componentes. Este análisis de los dos agenciamientos, y de sus coeficientes, muestra que la máquina de guerra no tiene de y por sí la guerra por objeto, pero lo adquiere necesariamente cuando se deja apropiar por el aparato del Estado. En ese punto preciso, la línea de fuga, y la línea vital abstracta que efectúa, se transforman en línea de muerte y de destrucción. La ―máquina‖ de guerra (de ahí su nombre) está, pues, mucho más próxima de la máquina abstracta que del aparato de Estado, que le hace perder su potencia de metamorfosis. La escritura, la música, pueden ser máquinas de


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guerra. Un agenciamiento está tanto más próximo de la máquina abstracta viviente cuanto que abre y multiplica las conexiones, traza un plan de consistencia con sus cuantificadores de intensidades y de consolidación. Pero se aleja de ella a medida que sustituye las conexiones creadoras por conjunciones que crean bloqueo (axiomática), organizaciones que crean estrato (estratómetros), reterritorializaciones que crean agujero negro (seg-mentómetros), conversiones en líneas de muerte (deleómetros). Se ejerce así toda una selección sobre los agenciamientos, según su capacidad para trazar un plan de consistencia de conexiones crecientes. El esquizoanálisis no sólo es un análisis cualitativo de las máquinas abstractas con relación a los agenciamientos, también es un análisis cuantitativo de los agenciamientos con relación a una máquina abstracta supuestamente pura.

Todavía hay un último punto de vista, el análisis tipológico. Pues hay tipos generales de máquinas abstractas. La máquina o las máquinas abstractas del plan de consistencia no agotan y no dominan el conjunto de las operaciones que constituyen los estratos e incluso los agenciamientos. Los estratos ―prenden‖ en el plan de consistencia, forman en él espesamientos, coagulaciones, cinturas que van a organizarse y desarrollarse según los ejes de otro plan (sustancia-forma, contenido-expresión). Pero en ese sentido, cada estrato tiene una unidad de consistencia o de composición, que concierne en primer lugar a los elementos sustanciales y a los rasgos formales, y que revela una máquina abstracta propiamente estrática que regula ese otro plano. Y hay un tercer tipo: pues en los estratos aloplásticos especialmente propicios a los agenciamientos, se erigen máquinas abstractas que compensan las desterritorializaciones con reterritorializaciones, y sobre todo las descodificaciones con sobrecodificaciones o equivalentes de sobrecodificación. Hemos visto particularmente que si bien es verdad que hay máquinas abstractas que abren los agenciamientos, también máquinas abstractas los cierran. Una máquina de consignas sobrecodifica el lenguaje, una máquina de rostridad sobrecodifica el cuerpo e incluso la cabeza, una y máquina de esclavitud sobrecodifica o axiomatiza la tierra: no se trata en modo alguno de ilusiones, sino de efectos maquínicos reales. En ese caso ya no podemos decir que los agenciamientos se miden sobre una escala cuantitativa que los acerca o los aleja de la máquina abstracta del plan de consistencia. Hay tipos de máquinas abstractas que no cesan de actuar las unas en las otras, y que cualifican los agenciamientos: maquinas abstractas de consistencia, singulares y mutantes, de conexiones multiplicadas; pero también máquinas abstractas de estratificación, que envuelven el plan de consistencia con otro plan; y máquinas abstractas sobrecodificantes o axiomáticas, que realizan las totalizaciones, las homogenizaciones, las conjunciones de cierre. Por eso toda máquina abstracta remite a otras máquinas abstractas: no sólo porque son inseparablemente políticas, económicas, científicas, artísticas, ecológicas, cósmicas —perceptivas, afectivas, activas, pensantes, físicas y semióticas—, sino porque entrecruzan sus diferentes tipos tanto como su rival ejercicio. Mecanosfera.


ÍNDICE DE REPRODUCCIONES


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  1. Sylvano Bussoti, Cinco piezas para piano para David Tudor, con la amable autorización de G. Ricordi, Milan, Copyright 1970 by G. Ricordi E. C. SPA.......................................................................................................................

  2. Foto Boyer, Huellas de lobo en la nieve, colec. Viollet ...................................

3 Foto Boyer, Bogavante, colec. Viollet .............................................................

  1. Fritz Lang, El testamento del doctor Mabuse (efigie del doctor Mabuse agujereada por balas)...............................................................................................

  2. El arca de la alianza con la columna de fuego y la nube; Museo de las artes decorativas, colec. Viollet .................................................................................

  3. M. Griaule y G. Dieterlan, El zorro pálido, Instituto de etnología, Museo del hombre (primer Yala del huevo de Amma) ...........................................

  4. Duccio, Vocación de San Pedro y San Andrés, Nueva York, colec. Bulloz Rostros de los cilindros mágicos etíopes, según los documentos de Jacques Mercier.................................................................................................................

  5. R. F. Outeault, Buster Brown, el pequeño cartero, Librería Hachette..............

  6. Fernand Léger, Los hombres en la ciudad, 1919. Museo Salomón R. Gug-genheim, Nueva York, foto Robert E. Mates..............................................

  7. Hombre lobo de la ánfora etrusco de Cerveteri, Museo del Louvre, foto Chu-zeville...................................................................................................................

    Plato etrusco, Museo nacional etrusco, roma..................................................

  8. Paul Klee, Die Zwitschermaschine, 1922, colec. Museo de Arte Moderno de Nueva York........................................................................................................

  9. Dibujo del carro de madera que se encuentra en el Museo del Ermitage, Leningrado..........................................................................................................

Eisenstein, La huelga, colec. Cahiers du cinema...........................................

13 Chomel, Diccionario económico, 1732, artículo ―Perdiz‖.................................

14 Crazy en bandas, Vermont 1965, en Jonathan Holstein, quilts, Museo de las artes decorativas, París, 1972......................................................................

Resumen del libro de Benoit Mandelbrot, por Lancelot Herrisman, en

Science et Vie, diciembre 1977.............................................................................

15 Einstein al ordenador.........................................................................................


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TABLA DE MATERIAS


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1. INTRODUCCIÓN: RIZOMA…………………………………...

Raíz, raicilla y rizoma. — Problemas de los libros. — Lo Uno y lo Múltiple. — Árbol y rizoma. — Las direcciones geográficas, Oriente, Occidente, América. — Los perjuicios del árbol. — ¿Qué es una meseta?

2. 1914 - ¿UNO SÓLO O VARIOS LOBOS?.........................................

Neurosis y psicosis. — Por una teoría de las multiplicidades. — Las manadas. — Lo inconsciente y lo molecular.

3. 10.000 a. J. C. - LA GEOLOGÍA DE LA MORAL...........................

Los estratos. — La doble articulación (segmentaridad). — En qué se basaba la unidad de un estrato. — Los medios. — Diversidad de un estrato: formas y substancias, epistratos y parastratos. — El contenido y la expresión. — La diversidad de los estratos. — Molar y molecular. — Máquina abstracta y agenciamiento: sus estados comparados. — Metaestratos.

  1. 20 noviembre 1923 - POSTULADOS DE LA LINGÜÍSTICA.......

    La consigna. — El discurso indirecto. — Consigna, actos y transformaciones incorporales. — Las fechas. — Contenido y expresión: las variables incorporales. — Las fechas. — Contenido y expresión, las variables en los dos casos. — Los aspectos del agenciamiento. — Constantes, variables y variación continua. — La música. — El estilo. — Mayor y menor. — El devenir. — Muerte y fuga, figura y metamorfosis.

  2. 587 a. J. C. - SOBRE ALGUNOS REGÍMENES DE SIGNOS.....

    El régimen significante despótico. — El régimen subjetivo pasional.

    — Los dos delirios y el problema de la psiquiatría. — Historia antigua del pueblo judío. — La línea de fuga y el profeta. — Rostro, desviación, traición. — El libro. — Sistema de la subjetividad: conciencia y pasión, los Dobles. — Escena conyugal y escena de despacho. — La redundancia. — Las figuras de la desterritorialización. — Máquina abstracta y diagrama. — Generativo, transformacional, diagramático y maquínico.

  3. 28 noviembre 1947 - ¿CÓMO HACERSE UN CUERPO SIN ÓRGANOS?.............................................................................................

    Cuerpo sin órganos y ondas, intensidades. — El huevo. — Masoquismo, Amor cortés, Tao. — Estratos y plan de consistencia. — Antonin Artaud. — Arte de la prudencia. — Problema de los tres Cuerpos. — Deseo, plano, selección y composición.

  4. AÑO CERO – ROSTRIDAD……………………………………

Pared blanca, agujero negro. — Máquina abstracta de rostridad.—

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Cuerpo, cabeza y rostro. — Rostro y paisaje. — Le roman courtois. Teoremas de desterritorialización. — Funciones sociales del rostro. — El rostro y el Cristo. — Las dos figuras del rostro: cara y perfil, la desviación. — Deshacer el rostro.

  1. 1874 - TRES NOVELAS CORTAS O ―¿QUÉ HA PASADO?‖.....

    Novela corta y cuento: el secreto. — Las tres líneas. — Corte, fisura, ruptura. — La pareja, el doble y el clandestino.

  2. 1933 - MICROPOLÍTICA Y SEGMENT ARIDAD…………….

Segmentaridad, primitiva y civilizada. — Molar y molecular. — El fascismo y el totalitarismo. — Línea de segmentos, flujo de cuantos. — Gabriel Tarde. — Masas y clases. — Máquina abstracta: la mutación y la sobrecodificación. — ¿Qué es un centro de poder?

— Las tres líneas y los peligros de cada una. — Miedo, claridad, poder y muerte.

10 1730 - DEVENIR-INTENSO, DEVENIR-ANIMAL, DEVE-NIR- IMPERCEPTIBLE.........................................................................

El devenir. — Tres aspectos de la brujería: las multiplicidades; el Anomal o el Outsider; las transformaciones. — Individuación y Haecceidad: las 5 de la tarde... — Longitud, latitud y plan de consistencia. — Los dos planes, o las dos concepciones del plan.

—Devenir-mujer, devenir-niño, devenir-animal, devenir- molecular: zonas de entorno. — Devenir imperceptible. — La percepción molecular. — El secreto. — Mayoría, minoría, minoritario. — Carácter minoritario y disimétrico del devenir: doble-devenir. — Punto y línea, memoria y devenir. — Devenir y bloque. — Oposición de los sistemas puntuales y de los sistemas multilineales. — La música, la pintura y los devenires. — El ritornelo. — Continuación de los teoremas de desterritorialización.

— El devenir contra la imitación.

11 1837 - DEL RITORNELO...................................................................

En la oscuridad, en casa, hacia el mundo. — Medios y ritmo. — La pancarta y el territorio. — La expresión como estilo: rostros rítmicos, paisajes melódicos. — El canto de los pájaros. — Territorialidad, agenciamientos e interagenciamientos. — El territorio y la tierra, lo Natal. — Problema de la consistencia. — Agenciamiento maquínico y máquina abstracta. — El clasicismo y los medios. — El romanticismo, el territorio, la tierra y el pueblo. — Arte moderno y cosmos. — Forma y sustancia, fuerzas y materiales. — La música y los ritornelos, el grande y el pequeño ritornelo.

12 1227 - TRATADO DE NOMADOLOGÍA: LA MÁQUINA DEGUERRA.........................................................................................

Los dos polos del Estado. — Irreductibilidad y exterioridad de la


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máquina de guerra. — El hombre de guerra. — Menor y mayor: las ciencias menores. — Cuerpo y espíritu de cuerpo. — El pensamiento, el Estado y la nomadología. — Primer aspecto: máquina de guerra y espacio nómada. — La religión. — Oriente, Occidente y Estado. — Segundo aspecto: máquina de guerra y composición de los hombres, número nómada. — Tercer aspecto: máquina de guerra y afectos nómadas. — Acción libre y trabajo. — Naturaleza de los agenciamientos: herramientas y signos, armas y joyas. — La metalurgia, la itinerancia y el nomadismo. — Filum maquínico y linajes tecnológicos. — Espacio liso, espacio estriado, espacio agujereado. — La máquina de guerra y la guerra: complejidad de la relación.

13. 7.000 a. J. C. - APARATO DE CAPTURA..........................................

El Estado paleolítico. — Grupos primitivos, ciudades, Estados y organizaciones mundiales. — Anticipar, conjurar. — Sentido de la palabra "el ultimo" (marginalismo). — El intercambio y las reservas. — La captura: propiedad de la tierra (renta), fiscalidad (impuesto), trabajos públicos (beneficio). — Problemas de la violencia. — Las formas de Estado, y las tres edades del Derecho. — El capitalismo y el Estado. — Sujeción y servidumbre. — La axiomática y sus problemas.

14. 1440 - LO LISO Y LO ESTRIADO.....................................................

Modelo tecnológico (textil). — Modelo musical. — Modelo marítimo. — Modelo matemático (las multiplicidades). — Modelo físico. — Modelo estético (el arte nómada).

15. CONCLUSIÓN: REGLAS CONCRETAS Y MÁQUINAS ABSTRACTAS.................................................................................................


ÍNDICE DE REPRODUCCIONES...................................................


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Esta sexta edición de

MIL MESETAS (CAPITALISMO Y EZQUIZOfRENIA)

de Gilles Deleuze y Félix Guattari,

se terminó de imprimir el día 6 de septiembre de 2004


www.taringa.net wviento 18/09/2010